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    Espía como puedas

    crítica a Espías (Spy, Paul Feig, 2015).

    Parece que al cine de espías le ha salido un bufón imitador. Y lo cierto es que ya no miramos a los súper agentes especiales con el mismo respeto y admiración con los que lo hacíamos A.A.P. (antes de Austin Powers). Paul Feig nos mete de lleno, con su nueva película, Espías, en el entramado procedimental de un comando secreto que, por lo paupérrimo de sus instalaciones y lo excéntrico de sus miembros, no parece emanar el aura misteriosa y “súper cool” con la que identificábamos a la CIA a través de las ficciones cinematográficas clásicas, sino que más bien refleja las pobres condiciones de trabajo en las que se encuentran bastantes empleados cuyo entorno es mucho más parecido al de la delirante “TIA” de Ibañez. El director no sólo aprovecha esta comicidad contextual para denunciar la precariedad laboral, también el machismo vigente en las estructuras jerárquicas empresariales. Feig parece que continúa con su empeño de romper los moldes establecidos en su defensa del feminismo y la representación de la mujer en el cine y en la sociedad moderna. Resulta innegable que el realizador se ha convertido en uno de los estandartes del cine cómico-feminista por medio de productos que antes parecían dedicados exclusivamente a un público masculino. Esto ya quedó claro en su fantástica comedia La boda de mi mejor amiga (Bridesmaids, 2011), en la que se mostraban las aventuras pre-matrimoniales de un grupo de amigas, y posteriormente en Cuerpos especiales (The Heat, 2013), donde se adentraba en la comedia de acción —no romántica—, cuyos personajes no quedaban relegados desde el comienzo al rol de damiselas en apuros deseando ser rescatadas por el gran héroe. Parece pues evidente que la próxima y esperadísima entrega de la mítica saga Los cazafantasmas —siguiente proyecto de Feig—, presentará originalidad a raudales en cuanto a la acción anti-ectoplasma y, sobre todo, un punto de vista muy femenino.

    Con las mismas premisas que sustentan a la comedia slapstick, Espías comienza presentando a su protagonista: Susan Cooper, cuya principal función dentro de la CIA es la de asistir remotamente desde una oficina, atestada de ratas y alimañas varias, a su compañero, la estrella del equipo y superespía: Bradley Fine, por quien siente una fuerte atracción. La mujer parece hipnotizada por los aires de galán moderno de Fine, pero éste sólo responderá a sus insinuaciones con arrogantes flirteos, que siempre terminan chocando con la fría y decepcionante realidad. Por medio de satélites y radares, la agente es capaz de alertar a su compañero de cualquier amenaza que pueda aparecer, ofreciendo una enorme ventaja —o viles artimañas que atentan contra la pureza del legendario oficio de espionaje (dependiendo de lo quisquillosos que seamos)— frente a sus enemigos. Y mientras ella hace el trabajo sucio, su protegido en el campo de batalla disfruta de todas las comodidades que la empresa puede ofrecerle —a cambio, claro está, de arriesgar su vida—, como placenteros hoteles de lujo, ropa a medida o los gadgets más asombrosos e innovadores. Un desgraciado giro de los acontecimientos obligará a Susan a trocar su segura posición como agente de oficina para involucrarse de lleno en la acción a pie de campo, y enfrentarse a la malvada Rayna Boyanov, única conocedora de la localización de una potente arma nuclear.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 27, 2015

    Crítica | Espías

    por Alberto Sáez Villarino | junio 27, 2015
    Bad Words

    La venganza del deletreador

    crítica de Bad Words | dirigida por Jason Bateman, 2013

    Aparte de un estupendo cómico, Jason Bateman se ha revelado en los últimos tiempos como un solvente actor de carácter, no solo en sus acertadas colaboraciones con Jason Reitman –Juno (2007), Up in the Air (2009)–, sino también en cintas independientes de talante más abiertamente dramático como la notable Disconnect (2012, Henry Alex Rubin). Tras haberse puesto tras las cámaras en la sitcom Do Not Disturb (2008), Bateman emprende su debut como director de largometrajes con Bad Words (2013), una comedia negra de bajo presupuesto que supone la enésima demostración de su tremenda versatilidad como artista. Como no podía ser de otra forma, también se reserva el papel protagonista, todo un bombón para su exclusivo lucimiento. En el filme encontraremos la faceta más deslenguada, borde y antisocial de Bateman en un tipo de personaje que bebe claramente del inolvidable Melvin con el que Jack Nicholson logró su tercer Óscar en Mejor… imposible (1997, James L. Brooks).

    El brillante prólogo de Bad Words ya sirve perfectamente para entrar en materia y hacernos una idea de lo que nos vamos a encontrar a continuación. En él presenciamos como a un concurso de ortografía para niños, tan populares en los Estados Unidos, se presenta el cuarentón Guy Trilby con la intención de competir, agarrándose a vacíos legales de las normas del mismo. A pesar de la indignación de organizadores y padres de los críos, Guy se convierte en concursante, comenzando una retahíla de juegos sucios para ir eliminando a sus competidores. Como contrapunto al políticamente incorrecto protagonista, la historia presenta a dos personajes que sirven para dulcificar –no demasiado, ya que Bateman tiene la sabiduría suficiente como para que la cinta no pierda su mala leche en ningún momento– el carácter de Guy: Jenny, una periodista que le sigue en su cruzada con la intención de escribir un artículo, y el pequeño Chaitanya, contrincante con quien Guy termina desarrollando unos imprevisibles lazos de amistad. Jason Bateman está pletórico en su actuación, pero es de justicia destacar las valiosas aportaciones de la cada día más en alza Kathryn Hahn y el niño Rohan Chand, que se lleva las escenas más divertidas de la película en sus momentos de gamberra camaradería con Bateman.

    Bad Words no es una comedia apta para todos los públicos, ya que contiene gran cantidad de diálogos soeces, algunos gags trasgresores realmente sorprendentes –la prostituta enseñándole los pechos al niño, previo pago por parte de Guy; el momento “periodo” con una de las niñas concursantes– y un personaje protagonista que reúne los peores defectos del ser humano (racista, homófobo, machista, son algunos adjetivos que le describen bien). Sin embargo, el guionista Andrew Dodge se guarda algunos ases en la manga que, conforme avanza la historia, hacen que nos encariñemos con semejante esperpento de hombre. Y es que en el fondo, tras esta coraza de rebelde sin causa en perpetua guerra con el mundo, Guy no es más que un niño grande, travieso e incorregible, tratando de vivir la infancia que se le ha sido negada. Bateman puede sentirse orgulloso de su ópera prima, ya que con los elementos con que contaba podría haberle salido una de esas simplonas comedias comerciales tipo El cambiazo (2011, David Dobkin) o Por la cara (2013, Seth Gordon) en las que a veces se suele mover. En cambio, el resultado ha sido un sorprendente relato agridulce que, detrás de toda su picante verborrea, esconde bastante corazón. También sirve Bad Words, de paso, para reírse de este tipo de concursos en la que los niños se dejan la vida para ganar y no defraudar a unos padres que son los auténticamente competitivos y sedientos de éxito. De esto ya tuvimos un excelente ejemplo en aquella obra maestra de Paul Thomas Anderson titulada Magnolia (1999), en la que, curiosamente, el veterano Philip Baker Hall desempeñaba un rol similar al que repite en este filme. Escandalosa y, a ratos hilarante, la película no tendrá la repercusión que merece en la taquilla, pero supone una magnífica carta de presentación para un nuevo director que ya tiene en su agenda una segunda incursión con la mismísima Nicole Kidman bajo sus órdenes. Personalmente, apuesto por él. | ★★★★★ |

    José Antonio Martín
    redacción Las Palmas de Gran Canaria

    Estados Unidos. 2013. Título original: Bad Words. Director: Jason Bateman. Guión: Andrew Dodge. Productora: Focus Features / Aggregate Films / MXN / Darko Entertainment. Fotografía: Ken Seng. Música: Rolfe Kent. Montaje: Tatiana S. Riegel. Intérpretes: Jason Bateman, Kathryn Hahn, Rohan Chand, Philip Baker Hall, Allison Janney, Anjul Nigam.

    por José Martín León
    julio 22, 2014

    Crítica | Bad Words

    por José Martín León | julio 22, 2014

    Yo soy político

    crítica de Crónicas diplomáticas. Quai d’Orsay | de Bertrand Tavernier, 2013

    La sátira política es un subgénero de moda últimamente, aunque en España curiosamente parece que su tratamiento está prohibido. Al norte de los Pirineos no tienen reparos en adentrarse en el meollo del asunto, en los intríngulis de los políticos y funcionarios mostrando su trabajo diario de una forma tan realista como surrealista. Más al norte también es común este subgénero, aunque evidentemente el humor británico no es equiparable al francés. Si In the Loop (Armando Iannucci, 2009) nos mostraba las andaduras de un torpe ministro, con una acidez tan mordiente como desenfadada, en El ejercicio del poder (Pierre Schoeller, 2011) asistíamos a los traumas y los aires de grandeza de otro ministro, sólo aparentemente igual de mal parado que su colega británico. Pues aquí el humor llegaba de una manera más burlesca, más cínica… Más mediterránea, en definitiva, porque el gran referente de la película de Schoeller no era otro que Luis Buñuel. Pues bien, Quai d’Orsay (Bertrand Tavernier, 2013), presentada hace unos meses con éxito en el festival de San Sebastián, se aleja incluso más de su comparativo inglés, dando rienda suelta a lo jocoso y lo grotesco, pero evitando en todo momento la caricatura. Tavernier se mueve en un plano más ambicioso y a la vez más teatral, más exagerado en ocasiones pero también más comedido, y consigue encontrar el justo medio para evitar caer en el mal de los personajes esquemáticos y los trazos gruesos. Veamos cómo.

    El primer soporte es, como no podía ser de otra manera, el guion. Pero en este caso interesa remarcarlo porque, al margen de que fue el apartado en el que fue premiada la película en Donostia, está escrito a cuatro manos por Christophe Blain y Abel Lanzac, responsables también del cómic del que surge esta adaptación. Efectivamente, en el origen de todo hay un cómic, lo cual quizás ayude a explicar ese tono teatral ya mencionado, y algún otro elemento como su cadencia de metrónomo. Pero lo llamativo ahora no es eso, sino el hecho de que Blain tiene un origen militar muy marcado y Lanzac es un diplomático especializado en cuestiones culturales. Uniendo estos elementos es de donde resulta tanto la autenticidad de esta sátira ambientada en un departamento de asuntos exteriores, como el comportamiento castrense de sus personajes y en especial del mandamás del cotarro, de nuevo el ministro, interpretado de forma tan hilarante como indignante por el veterano Thierry Lhermitte. Y, como hemos adelantado, su sucesión de tics, gestos y ademanes exagerados logran esquivar milagrosamente la caracterización simplona, algo que también se debe, ya que nos hemos detenido en el guion, en el persistente doble significado de todo diálogo que emite su bocaza.

    por Ignacio Navarro
    enero 11, 2014

    Crítica | Crónicas diplomáticas. Quai d'Orsay

    por Ignacio Navarro | enero 11, 2014
    La vida secreta de Walter Mitty

    El sueño menos cómico de Walter

    crítica de La vida secreta de Walter Mitty | The Secret Life of Walter Mitty, de Ben Stiller, 2013

    Sueña el rico en su riqueza,
    que más cuidados le ofrece;
    sueña el pobre que padece
    su miseria y su pobreza;
    sueña el que a medrar empieza,
    sueña el que afana y pretende,
    sueña el que agravia y ofende,
    y en el mundo, en conclusión,
    todos sueñan lo que son,
    aunque ninguno lo entiende.

    Con semejante elocuencia reflexionaba Segismundo sobre la importancia de los buenos actos, sin importar el estatus social, mientras se preguntaba cuánto de realidad hay en la vida, y qué parte de todo lo que vemos es ficción. El calderoniano protagonista de La vida es sueño, vivía encarcelado por un padre obsesionado con las profecías que le advirtieron sobre la crueldad de su hijo, del mismo modo que Walter Mitty, desde su primera aparición en el cuento de James Thurber, vive atrapado en su aburrida y rutinaria vida, mientras su mente lo trasporta constantemente a diferentes y trepidantes aventuras que lo convierten, según la interpretación del soliloquio de Segismundo, en un intrépido aventurero reprimido. Ben Stiller realiza este remake de la película homónima de 1947 que, dirigida por Norman Z. McLeod, era a su vez adaptación del libro antes mencionado por lo que, a primera vista, carece de todo lo que representa la historia: imaginación y originalidad. Así, que sin estos elementos, el producto no pasa de ser una nueva comedia romántica más, pretenciosa, como la mayoría de las obras de este director y que, mediante una sucesión de imágenes que no resultan convincentes, trata de buscar una profundidad que deviene artificial. El modo de dirigir de Stiller, marcado casi siempre por la exageración, termina por ahogar cualquier esfuerzo para trasmitir algún tipo de emoción o valores al espectador, sus comedias usan la parodia como elemento satírico pero, al llevarlo todo hasta los extremos, resulta tan incoherente que es muy difícil de tomar en serio.

    La vida secreta de Walter Mitty

    No obstante, es de destacar el atrevimiento del realizador, ya que con esta cinta busca congraciarse con aquellos que tachan su trabajo de comedia absurda, para ello cambia de registro y trata de conseguir un resultado mucho más serio sin el repertorio caricaturesco al que sus personajes nos tienen acostumbrados. La película, aunque mantiene la esencia básica del libro sobre un personaje aburrido pero soñador, que anda mezclando fantasía y realidad en cada acción de su anodina vida, le añade ciertas variantes. En esta ocasión, Walter Mitty, que trabaja procesando las imágenes para la revista LIFE, está teniendo problemas para encontrar el negativo de la que será la portada del último número de la publicación impresa. Movido en parte por su intachable responsabilidad profesional y en parte por una compañera de oficina, a la que quiere impresionar, se verá involucrado en un sinfín de aventuras que sobrepasarán cualquiera de sus anteriores fantasías. Un filme mucho más sobrio que ninguno de sus anteriores trabajos y con ciertos destellos de calidad, que nos hacen pensar que, algún día, el director encontrará la idea brillante que lo reconcilie con sus muchos detractores. Sin embargo, no será en esta ocasión, ya que su valentía se superpone a la comicidad que tantos seguidores le había proporcionado, lo que unido a una puesta en escena que no resulta del todo atractiva, anula cualquier esfuerzo e inspiración artística por lograr una comedia romántica más trabajada.

    La vida secreta de Walter Mitty

    La historia resulta muy poco creíble, no en lo concerniente a la imaginación y la materialización de los sueños, que por otra parte es un tema demasiado trillado hoy por hoy como para abordarlo desde un enfoque tan ingenuo; sino porque ya hemos visto otros ejemplos en el cine de personajes con imaginaciones excepcionales, afrontados desde una perspectiva mucho más sugerente y sin caer en los fáciles recursos demagógicos. La ciencia del sueño de Michel Gondry (2006), o la formidable lección de originalidad que nos regaló un niño en la magnífica cinta de Jean-Claude Lauzon, Léolo (1992), como grandes ejemplos. Pero Ben Stiller ya no es ningún niño, ni un joven que nos despierte la suficiente empatía como para que entremos en su quimérico mundo. Un papel de fracasado asustadizo que ya conocemos de memoria por lo que, tras media hora de metraje, todo se vuelve demasiado predecible y las lecciones morales que pretende enseñarnos restan gran parte de una gracia que podría haber hecho la película más llevadera, por lo que la encaminan irremediablemente a un tedioso final que nos dejará indiferentes. Poco pueden aportar Kristen Wiig y Sean Penn —en un cameo tan fugaz que no le permite mucho margen de error—, dos de los cabezas de cartel de un reparto donde destaca un estupendo Adam Scott que, con su pedante y prepotente personaje, consigue las escenas más entretenidas de toda la cinta. Él será el encargado de asesorar y administrar el proceso de digitalización de la revista, en otras palabras, será la persona al mando de la reducción de personal. Un Ryan Bingham sin escrúpulos que ha olvidado el talante y las maneras que hacían al protagonista de Up in the air (2009), de Jason Reitman, ser objeto de disculpa por parte de los empleados a los que estaba despidiendo. No le hubiera venido mal un personaje así a Ben Stiller y el guionista Steve Conrad —En busca de la felicidad (2006)—, en la preproducción de esta comedia tan indolora como olvidable. Al menos, el aire naif que inundará la sala, nos ayudará a abstraernos, como el propio Walter Mitty, de la complicada realidad, aunque sólo sea durante dos horas. | ★★★★★

    Alberto Sáez Villarino
    redacción Dublin

    Estados Unidos. 2013. Título original: The Secret Life of Walter Mitty. Director: Ben Stiller. Guión: Steve Conrad, (Novela: James Thurber). Productora: 20th Century Fox / Red House Entertainment / Truenorth Productions. Fotografía: Stuart Dryburgh. Música: Theodore Shapiro. Montaje: Greg Hayden. Intérpretes: Ben Stiller, Kristen Wiig, Adam Scott, Patton Oswalt, Shirley MacLaine, Kathryn Hahn, Sean Penn, Finise Avery, Joey Slotnick, Toshiko Onizawa, Adrian Martinez.

    Póster La vida secreta de Walter Mitty
    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 24, 2013

    Crítica | La vida secreta de Walter Mitty

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 24, 2013

    Cómplices en la fragilidad

    crítica de Sobran las palabras | Enough Said, de Nicole Holofcener, 2013

    Fue una explosión mayúscula de juventud. Un latido repitiéndose a mil por hora con arrítmica cadencia. Después, juegos y confesiones y silencios trémulos en lugares insospechadamente alejados y próximos a su vez. Os sentíais en una nube sin rumbo ni paradas, a placer y sin intereses que —luego, a continuación— acabarían cobrándose la peor factura: el hábito de soportar al otro. Esa cara, ese cuerpo, esos ronquidos, ese qué sé yo indescifrable que nos hace "ser" y nunca, jamás, a imagen y semejanza del otro. Aquel estado de éxtasis semiinconsciente que a menudo cristaliza en la sagrada institución del matrimonio. Hasta que la parca o la hipoteca (una forma de asesinato, o la muerte en vida) os separase, con la autoridad santiguándose o rellenando un simple formulario en un despacho no tan decimonónico, concluyendo "yo os declaro marido y mujer". Tú y tú. Plenitud incandescente. Todo iba bien y brillaba un sol muy propicio para hablar de metáforas que desembocan en tragedias. Y a veces, sólo a veces, incluso en bostezos de oso-hombre que muta categóricamente en sociópata adicto a los cannoli, a la pasta fría en tuppers y cubierta con papel de aluminio sobre estalagmitas de mozzarella rallada y escurridizos espaguetis que se escurren entre unos labios rojos como tomates. Aunque no era tal el caso. Porque vosotros, ay, decidisteis revitalizar el tópico de la pareja (im)perfecta. Tú, mujer poetisa. Tú, hombre historiador televisivo. Tú, mujer masajista de pelo negro. Tú, señor empresario admirablemente formal. Os casasteis a los treinta y pocos (ese pico sin vértice que nunca importa pero sí, porque la gravedad estira hacia abajo y sus efectos son cada vez mayores y más visibles cumplidos ya los treinta y muchos) y rápidamente tuvisteis una hija guapa y saludable. Erais felices, o todo lo felices que cabía esperar tras seis, quizá ocho años de matrimonio bajo el mismo techo. Nadie regala nada y las instituciones tienden a caer grave y lentamente cual asteroide perdido en un sistema sin sol. Apenas un foco irradiando luz negra. Ley de vida, os dijeron: naces, te desollas las rodillas, te enamoras y, con suerte, aún vives para contarlo sin haber querido. O para querer sin contarlo.

    por Anónimo
    diciembre 20, 2013

    Crítica | Sobran las palabras

    por Anónimo | diciembre 20, 2013
    Bienvenidos al fin del mundo

    Gary King de los humanos

    crítica de Bienvenidos al fin del mundo | The World’s End, de Edgar Wright, 2013

    1999 fue el año en que el director Edgar Wright y los actores Simon Pegg (también co-guionista) y Nick Frost unieron por primera vez sus talentos en Spaced, una modesta sitcom que constó únicamente de 14 episodios de menos de media hora de duración. Un recorrido en antena breve pero suficiente para convertirse en objeto de culto para los seguidores del humor más friki e irónico. Los miles de fans de las peripecias del dibujante de cómics Tim y su compañera de piso Daisy se quedaron con la miel en los labios, esperando que la serie tuviese más continuidad, algo que jamás sucedería (incluso se truncó la posibilidad de un remake americano para Fox). Sin embargo, en 2004, los responsables de aquel éxito volvieron a reunirse para su primera colaboración para el cine, la divertidísima Zombies Party, parodia de las películas de muertos vivientes cuyo estupendo funcionamiento propició la repetición de la fórmula en Arma fatal (2007), en donde los dardos cómicos fueron dirigidos hacia las buddy movies policiacas tipo Arma letal. Tras unos años de separación en los que Wright dirigió la notable Scott Pilgrim contra el mundo (2010) mientras que Pegg y Frost volvieron a ser pareja protagonista en la menos inspirada Paul (2011) –donde quedaron eclipsados por un irreverente alienígena digital–, la pandilla nos ofrece con Bienvenidos al fin del mundo (2013) el prometido (y esperadísimo) capítulo final de su trilogía.

    De nuevo, Wright y Pegg en la escritura del guión vuelven a incidir en los mismos temas y lugares comunes de sus dos anteriores trabajos. Treintañeros para los que el reloj biológico parece haberse detenido en la adolescencia, “exaltando su amistad entre cervezas” en distintos pubs que son como una segunda casa para ellos, vuelven a ser los protagonistas de esta nueva historia. La principal diferencia estriba en que el número de camaradas se extiende aquí a tres integrantes más –a los habituales Simon Pegg y Nick Frost se unen Paddy Considine, Martin Freeman y Eddie Marsan–. Ellos dan vida a un grupo de amigos desde la infancia que se vuelve a reunir 20 años después de su última juerga para completar el reto inacabado de un maratón alcohólico por todos los bares de su pueblo natal, nada más y nada menos que doce establecimientos que conforman lo que ellos denominan la “Milla Dorada” y que tendría como última parada el “Fin del Mundo”. Una noche en la que Andy, Oliver, Steven y Peter aparcarán sus estables vidas, con familias perfectas y prósperos trabajos, para dejarse llevar por el calamitoso Gary King (Pegg, cómo no), el único personaje del grupo que no ha logrado sentar la cabeza, desperdiciando sus días en el alcohol. Las cosas no saldrán precisamente como los amigos esperan, ya que nada más llegar al primer local, comienzan a notar un extraño comportamiento en sus antiguos vecinos, que parecen despojados de cualquier atisbo de emoción humana. Poco podrían imaginar que se esa noche se enfrentarían a una auténtica invasión alienígena, donde seres de otra galaxia han sustituidos a los humanos del pueblo por robots y ese es únicamente el primer paso de un plan para dominar todo el planeta.

    por José Martín León
    noviembre 24, 2013

    Crítica | Bienvenidos al fin del mundo

    por José Martín León | noviembre 24, 2013
    3 bodas de más

    Machaque a la digna heroína

    crítica de 3 bodas de más | de Javier Ruiz Caldera, 2013

    La primera escena de esta salvaje y muy divertida película nos remite a la brutal Happiness (Todd Solondz, 1998). Una cruel ruptura en un sitio público con reproches, súplicas e insultos. Pero los tiros de Javier Ruiz Caldera y los guionistas Pablo Alén y Breixo Corral no van por ahí. No hay humanista desesperanza por el ser humano. Las perrerías a las que someten a Ruth (estupenda Inma Cuesta) no hacen sino reafirmar la gran dignidad de un personaje muy bien escrito. Una protagonista tridimensional que sufre la mala fortuna en el amor y el trabajo. La ruptura que abre 3 bodas de más da paso a una situación arquetípica: nuestra protagonista se deja pisar por todos porque no es una persona a la que le gusta hacer ruido. Ni con los ánimos de su madre (una sorprendente, genial Rossy de Palma) ni con los del nuevo becario en el laboratorio donde trabaja, personajes que representan unas formas de afecto y de entender las relaciones más modernas respecto a Ruth. En el papel del becario Dani, Martín Rivas fuerza la naturalidad, habida cuenta de que se pasa la película escupiendo teorías sobre lo divino y lo humano, con una seguridad aplastante. De hecho, la película cae en ocasiones en un exceso de verborrea que revela la ambiciosa intención de Alén y Corral de abarcar demasiado. Aunque se agradece este exceso, todo hay que decirlo, porque es siempre divertido.

    Por azares del destino, Ruth es invitada a 3 bodas de sus ex-novios a lo largo de 1 mes y medio. En la primera de ellas conoce a un cirujano (Quim Gutiérrez haciendo de divertido caballero) con el que comenzará una relación. Cada una de las celebraciones es una oportunidad para los guionistas de crear situaciones humillantes para Ruth. Siempre entretenidas y en muchos casos originales, el catálogo de bromas de la película incluye algunos gags brutales (los peligros del sexo anal y una insólita y racista teoría sobre pezones), constante sorna con el sexo y sus manifestaciones y burlas tanto verbales como visuales. Esta sana política de cargar la película de chistes convierte sus poco más de 90 minutos de metraje en una experiencia siempre llevadera. El ritmo no decae, no hay escenas de puro relleno y hasta cuando se crean situaciones tópicas, que casi parecen peajes a pagar para poder mantener la faceta salvaje del filme, se dinamitan con una nueva ocurrencia. No se desaprovecha ninguna ocasión para plantar un nuevo chascarrillo.

    por Anónimo
    noviembre 11, 2013

    Crítica | 3 bodas de más

    por Anónimo | noviembre 11, 2013
    Somos los Miller

    De familias postizas y cargamentos de marihuana

    crítica de Somos los Miller | We’re the Millers, Rawson Marshall Thurber, 2013

    Jennifer Aniston es una de esas actrices que despiertan tantos amores como odios entre el público. Desde que dejara de ser la Rachel de Friends, se encasilló en comedias románticas donde sus personajes seguían un patrón demasiado similar al del papel que la hizo popular. Con la independiente The Good Girl (2002) dejó entrever que bajo esa copiada melena rubia subyacía una competente actriz dramática que, lamentablemente, no ha vuelto a emerger. Eso sí, algunas de sus últimas comedias han intentado mostrar a una Aniston más salvaje e irreverente –especialmente celebrado fue su rol de jefa acosadora sexual en la divertida Cómo acabar con tu jefe (2011), aunque también disfruté con sus aventuras erótico-festivas en la comuna hippie de Sácame del paraíso (2012)– que, para ser sinceros, preferimos a su versión modosita y cursi de antaño. Ahora, con 44 años cumplidos, Jennifer se permite alimentar su ego apareciendo ligerísima de ropa y contoneando su envidiable cuerpo en la piel de una stripper venida a menos en su nuevo trabajo, Somos los Miller. Sobre esta nueva faceta sexy de la novia de América se apoyó gran parte de la campaña promocional de la película y el resultado no ha podido ser más satisfactorio (casi 250 millones recaudados hasta el momento en todo el mundo).

    La historia, como era de esperar, suena sobre el papel mucho más trasgresora de lo que finalmente acaba resultando en su traslado a imágenes. David, el protagonista principal, es un camello de poca monta que se ve obligado a aceptar un peligroso trabajo para saldar una deuda con un poderoso traficante. Cruzar la frontera que separa a los Estados Unidos de México para recoger un enorme cargamento de drogas y traerlo consigo sin despertar sospechas es toda una misión suicida. El plan para lograrlo será reclutar a una stripper acosada por las deudas, un británico de 18 años sin demasiadas luces (y virgen) y una malhablada adolescente que vive en la calle para que se hagan pasar por una típica familia cristiana y tradicional que va de vacaciones. Con semejante fauna de personajes, el enredo y las risas son inevitables. El tema de las familias de pega no es algo nuevo bajo el sol –Fernando León de Aranoa lo utilizó en su debut Familia (1996) y para la independiente La familia Jones (2009), con David Duchovny y Demi Moore, sirvió de leitmotiv para ofrecer una interesante crítica sobre el consumismo–. En Somos los Miller, en cambio, se busca la simple diversión, sin demasiadas dobles lecturas. No obstante, su director es Rawson Marshall Thurber, cuya obra más conocida había sido la floja comedia deportiva Cuestión de pelotas (2004), a mayor gloria de Ben Stiller. Lo primero que llama la atención de esta road movie es el talante provocador y subidito de tono de muchos de sus gags y diálogos, sobre todo en su primera mitad.

    por José Martín León
    noviembre 06, 2013

    Crítica | Somos los Miller

    por José Martín León | noviembre 06, 2013

    Piso bonito sin amueblar

    crítica de Prince Avalanche | de David Gordon Green, 2013

    Thoreau. Ese loco. Se propuso experimentar la vida en naturaleza. Construyó una cabaña con sus propias manos. Pasó dos años, dos meses y dos días viviendo en medio de ninguna parte. Pretendía, grosso modo, manifestar la necesidad intrínseca del ser humano de vivir en el entorno natural. Única manera de prescindir de las comodidades de la vida y esquivar los “impedimentos para la elevación de la humanidad”. Era un hombre cansado, en ese momento, de las cosas artificiales e innecesarias. Esta “Thoreau way of life” cristalizó en un ensayo –Walden–. La obra del escritor americano ha sido sometida a constantes revisiones. Es como las modas –sin banalizar–, siempre vuelve. Su última popularización se produjo tras el éxito de Into the Wild (2007), basada en el best-seller homónimo, que relata la vida de un joven estadounidense que lo abandona todo para vivir en la naturaleza, al margen de la sociedad. Con esto de la crisis, Thoreau vuelve a estar en boga. Al menos sus planteamientos básicos –tanto los que se refieren al ámbito de la desobediencia civil, como los naturalistas–. Aderezado con un toque tragicómico, ochentero y ridículo, Thoreau está presente también en Prince Avalanche (2013), película por la que David Gordon Green fue galardonado con el Oso de Plata a la mejor dirección en el pasado Festival de Berlín.

    Si Thoreau fuese un paleto de Texas, de los ochenta y se llamase Alvin –Paul Rudd–, sería de esos tipos genuinos que van pintando las líneas discontinuas de la carretera. Viviría en una tienda de campaña, como los nómadas, y cazaría para alimentarse. Sería un hombre que anhelase experimentar lo que el escritor norteamericano llamó los “hechos esenciales de la vida”; un espécimen que sólo “quiere escuchar el silencio”. Por supuesto, tendría pupilo, un tal Lance –Emile Hirsch–. Sería el contrapunto. Un hedonista provinciano (si es que existe tal cosa en Estados Unidos, entendámonos), un pre Ni-Ni. Uno cuya autoestima varía en función de su capacidad de almibarar (permítaseme la expresión) las bragas ajenas. Un filósofo alfa de vida licenciosa. Un urbanita de discoteca, picos pardos, romances sórdidos y propulsiones primarias. Los Luigi y Mario de los bosques colindantes al asfalto. Es menester, obviamente, la presencia de una Princesa Peach –hermana de Lance, novia de Alvin–. Un cuadro insólito. Fruto del paso por la batidora del director de Superfumados (2008), Thoreau y Á annan veg (2011) –película islandesa objeto del remake–.

    por Anónimo
    noviembre 04, 2013

    Crítica | Prince Avalanche

    por Anónimo | noviembre 04, 2013
    Cuerpos especiales

    COLEGAS A LA FUERZA

    crítica Cuerpos especiales | The Heat, Paul Feig, 2013

    La boda de mi mejor amiga (2011) supuso hace un par de temporadas una de las sorpresas más gratificantes de la cartelera, ofreciendo una especie de alternativa femenina a esas comedias gamberras y habitualmente varoniles de Judd Apatow. Con un reparto de actrices en estado de gracia y un guión chispeante que dosificaba muy bien algo de humor escatológico y unos diálogos subiditos de tono que rompían con el encorsetamiento propio de la comedia romántica más tradicional, la cinta no sólo fue un gran éxito comercial (más de 288 millones de dólares en todo el mundo), sino que fue calurosamente recibida por la crítica, colocando el nombre de su director, Paul Feig, como uno de los realizadores a tener en cuenta dentro del género. En 2013 ha vuelto a repetir la jugada con Cuerpos especiales (traducción muy particular del título original The Heat), comedia policiaca que empareja a dos de las actrices más representativas del humor actual, Sandra Bullock y Melissa McCarthy.

    En el caso de Bullock, su carrera se encuentra totalmente consolidada y en los últimos tiempos se ha preocupado de ampliar registros con personajes dramáticos como los de Crash (2009), The Blind Side (2009) –por la que ganó su discutido Oscar– y, este mismo año, Gravity (2013), la ciencia ficción de Alfonso Cuarón que tantas alegrías promete traerle en la temporada de premios que se avecina. Por su parte, Melissa McCarthy se encuentra en pleno despegue como protagonista después de eclipsar a sus compañeras de La boda de mi mejor amiga con aquella genial caracterización de Megan que le valió una sorprendente nominación al Oscar como mejor actriz secundaria. A McCarthy le sucede lo mismo que a Zach Galifianakis, descubrimiento de Resacón en las Vegas (2009) y que dio el salto a los papeles protagonistas junto a Robert Downey Jr. en Salidos de cuentas (2010). Es una infalible máquina para arrancar la carcajada del espectador en pequeñas píldoras como las de Si fuera fácil (2012) o R3sacón (2013), pero corre el riesgo de resultar demasiado intensa (y pelín cargante) si lleva sobre sus hombros el peso de una película –es el caso de Por la cara (2013), donde le complicaba la vida hasta extremos insoportables al bueno de Jason Bateman–. Afortunadamente, el director de Cuerpos especiales es consciente de ello y ha diseñado un vehículo para lucimiento de la estrella emergente McCarthy, pero con un compartido protagonismo con una Sandra Bullock en su salsa. Ambas salen victoriosas de este duelo interpretativo, demostrando una magnífica química. Se nota que se lo pasaron bien haciéndola y ese buen rollo se contagia al público.

    por José Martín León
    septiembre 02, 2013

    Crítica | Cuerpos especiales

    por José Martín León | septiembre 02, 2013
    Juerga hasta el fin | This is the End

    “DEAR GOD, IT’S ME, JONAH HILL…FROM MONEYBALL”

    crítica de Juerga hasta el fin | This is the End, Seth Rogen & Evan Goldberg, 2013

    Así reza Jonah Hill en la mejor comedia americana del año. Es típica, abusa de referencias fáciles, cae en infinidad de tópicos, pero, sin embargo, sabe explotar sus enormes virtudes articuladas bajo un excelente ritmo cómico y dramático. Estamos hablando de la genial Juerga hasta el fin (This is the End), otro producto que nos llega de la mano de Evan Goldberg and Seth Rogen, las más potentes promesas de la comedia juvenil norteamericana del momento –dejando de lado el hecho de que ambos son ciudadanos canadienses–. Aunque Seth Rogen lleva ya varios años triunfando en comedias para clases medias de dudosa calidad, en las que se ha convertido en el treintañero afable y gordito en que todo yankee se quiere convertir, su claro talento como escritor y su valentía a la hora de producir y financiar ideas que se le ocurren a sus amigos en el baño le ha llevado a respaldar varias cintas de diverso impacto en los últimos seis años. Algunas (Supersalidos) con mayor tino que otras (Pineapple Express). Tras colaborar en estos proyectos con los más sobresalientes activos de la comedia yankee, incluyendo a Jonah Hill, Michael Cera, James Franco, o Danny McBride, ese glorioso Torrente americano… ha creado una interesante alternativa a un panorama devastadoramente dominado por puretas como Adam Sandler, Will Ferrell o Steve Carell.

    por Jon Alonso
    julio 10, 2013

    Crítica | Juerga hasta el fin

    por Jon Alonso | julio 10, 2013
    Los becarios

    COMEDIA PUBLICITARIA, FUNCIONAL APOLOGÍA DEL SUEÑO

    crítica de Los becarios | The Internship, Shawn Levy, 2013

    En la escena más ridícula de Los becarios, Owen Wilson y Vince Vaughn lideran con dudosa eficacia un equipo de quidditch que se ciñe a las volubles reglas de Hogwarts, consistentes, por supuesto, en anotar más puntos que el contrincante mientras se intenta dar caza a la snitch dorada, aquí un tío disfrazado de burbujita de Freixenet con una cola que se mece como un péndulo con punta esférica. Los jugadores se agarran con fuerza a sus escobas. Sin embargo, el vértigo no existe cuando tocas el césped. Los hinchas, a medio camino entre amables hooligans y consumidores crónicos de tubbinatillas, rugen sin moderación. La estampa tiene algo de circo pop: ese carismático dúo de comerciales en paro y cuatro genios de la informática se miden a otro grupo de cerebros con un rey muy repelente, embrión del nuevo arquetipo de universitario sin escrúpulos. Su nombre, Max Minghella. Capitán que dirige a gusto, marcando los tiempos y celebrando los goles (o como se llame la acción de pasarla por el aro); un chupón que sólo cede a la pose de su propia fotografía. Insulta, maltrata a sus compañeros. Quiere ganar a toda costa esa especie de examen al que se han inscrito unos pocos y privilegiados jóvenes —y no tan jóvenes, pues ahí tenemos a dos “gansos” con mucho oficio pero sin más beneficio que la (inexistente) prestación por desempleo o la búsqueda casi desesperada de nuevos metas profesionales, en el crepúsculo de su juventud laboral— con la intención de ganarse un puesto en la sede de Google, en California. Al fondo se erige un brillante edificio en cuya fachada se anuncia dicha empresa, ese famoso buscador que es ya el oráculo del siglo XXI. Antes, un jefe putero interpretado por John Goodman ha despedido a esa dupla de perdedores, expertos de la venta a domicilio, maestros espontáneos de la convicción, luego muy válidos para vender desde batidoras a relojes de pulsera, con facha de triunfadores del Medio Oeste.

    por Anónimo
    junio 27, 2013

    Crítica | Los becarios

    por Anónimo | junio 27, 2013
    R3sacón

    RESACA DE TANTA SECUELA

    crítica de R3sacón | The Hangover Part III, Todd Phillips, 2013

    El cine es, ante todo, un negocio. O al menos eso deben pensar los productores de la industria americana, apoyando cualquier producto que tenga previsible tirón entre el público por muy discutibles que sean sus cualidades artísticas. La clave consiste por tanto en analizar cada producto, cada proyecto, para deducir con qué grado de probabilidad tendrá ese tirón. Pero la industria actual también se caracteriza por las prisas, y por ello a menudo dicho análisis se simplifica al máximo aun manteniendo una alta probabilidad de éxito, eficiente ecuación que se resuelve recurriendo a fórmulas previas que ya han triunfado. Pasando de la teoría a la práctica, ello se plasma en el crecimiento exponencial en los últimos años de las secuelas, las precuelas y los remakes, reiteraciones y derivaciones ad infinitum de los patrones de taquillazos tan contrastados como inesperados, desde la recién estrenada A todo gas 6 (Justin Lin, 2013) hasta la saga de J.R.R. Tolkien a cargo de Peter Jackson. En ese marco se sitúa con plena confianza Todd Phillips, director de la celebrada pero sobrevalorada Resacón en Las Vegas (2009), retomando la trama y los personajes de ésta para cerrar, supuestamente, la trilogía. Sin embargo, su resolución en este caso es discutible ya no solo por la calidad del conjunto, sino por una simplificación del análisis y una repetición de la fórmula tan excesivas que ponen en peligro el objetivo principal, el de ganar dinero. Prueba de ello es la taquilla que ha obtenido esta cinta en su primer fin de semana en Estados Unidos, unos razonables 42 millones de dólares, pero una cantidad doblada por el otro estreno de la semana, la mencionada A todo gas 6. En otras palabras, R3sacón (Estados Unidos, 2013) reintroduce tantos elementos de la primera parte que paradójicamente pierde la frescura y a la vez la coherencia que caracterizaban a aquella, y que tanto gustaron a su público.

    por Ignacio Navarro
    mayo 30, 2013

    Crítica | R3sacón

    por Ignacio Navarro | mayo 30, 2013
    Memorias de un zombie adolescente

    MORIR, REVIVIR Y VIVIR

    crítica de Memorias de un zombie adolescente | Warm Bodies, Jonathan Levine, 2013

    Renqueante y con ojeras, un superviviente forzoso, un muerto muy vivo. Se presenta como un zombi consciente de su enfermedad, cuyos remordimientos —precisamente—de conciencia permiten que reflexione sobre la putrefacción que salpica sus músculos. Es lento, camina encorvado por una terminal atestada de zombis menos proclives a la ensoñación: justo ahí, en ese aeropuerto en ruinas, se alza la primera metáfora del filme. El trasiego de viajantes en standby, de ida pero quién sabe si de vuelta, en un estado de hibernación mental sostenido por un solo cable motivador. O sea, seguir caminando día tras día. A la espera de muchas cosas volátiles, pero solubles como el cacao en polvo. Desayuno, comida o cena. Cerebros, tejido adiposo, un lóbulo a modo de canapé, intestinos bañados en carmesí, algún órgano de pesada digestión. Son zombis, son torpes y, claro está, poseen el olfato de un sabueso detector de sangre caliente, bombeando sin pausa. Los vivos, mientras tanto, se esconden tras los muros de una pequeña gran ciudad. El chaval de la sudadera roja, ‘R’, se muestra temerosamente resignado ante las circunstancias. Vive en un Boing 737, escucha relajado vinilos de bandas míticas como Guns ‘N’ Roses, conversa sentado a la barra de un bar y a través de onomatopéyicos gruñidos con un cuarentón trajeado que levanta el brazo para pedir otra ronda a un camarero que ya no está porque salió por patas o se transformó en cadáver. Dice que es su amigo. Y más tarde comprobaremos cuánto hay de cierto en esa afirmación revestida de humor sin complejos, desenfadado y certero durante largos minutos.

    Dos años después de facturar la imborrable 50/50, Jonathan Levine cambia de tercio y se aproxima, no poco confiado, al cine de multisalas con la adaptación de la novela Memorias de un zombie adolescente, del estadounidense Isaac Marion. En esta primera, Levine demostró una gran habilidad para traducir en imágenes la historia de un veinteañero al que le diagnostican cáncer, a ratos incrédulo y otras veces sumido en la indefensión —y en la incomprensión— de la enfermedad misma, que llega como un obstáculo definitivo, pero, paradójicamente, iniciático para alguien que (des)aprende lecciones entre náuseas y cuya creciente depresión sólo encuentra consuelo en dos figuras: un fiel amigo y una sugerente terapeuta. Etiquetada arriesgadamente como película indie de corto recorrido taquillero, 50/50 fue todo un descubrimiento para la cinefilia doméstica (no tenemos siquiera noticias de su posible estreno en España). Ahora, sin embargo, el realizador dilata su filmografía con una portentosa incursión en la comedia teen de atmósfera postapocalíptica pero con alma redentora: al servicio de amores confitados, y a expensas del triunfo de ese héroe (Nicholas Hoult) que se deja llevar por las escaleras mecánicas del aeropuerto, que se enamora de la flamante rubia que dispara furiosamente y a cámara lenta contra sus finados camaradas. Cazan en hordas, se acompañan para repartirse las balas del enemigo; tú recibes y yo, también. Yo no sangro; tú, tampoco. La escabechina es dantesca, aunque provoca carcajadas por su interés decididamente ilusorio: protegida por su depredador, ella será la portadora del fuego hasta ese fortín urbano que vigila su padre, un John Malkovich que interpreta a John Malkovich con gesto impertérrito y pistola en ristre.

    Memorias de un zombie adolescente

    Memorias de un zombie adolescente es la respuesta —sin codificar, bajo el paraguas de un ejercicio estrictamente lúdico— a su propio contexto dramático. En un mundo infecto, donde la capacidad gestora del Sistema ha desaparecido y la filosofía tribal consiste en sobrevivir-en-lugar-de-vivir, el antídoto se esconde en la memoria, en un pasado remoto o reciente que iluminará el mañana, sea cual sea. Son partes de un discurso informe, sí. Ingenuo o no, el guión se antojaba más gamberro, más permeable a cierta hibridez genérica. El amor, por aquello de las concesiones a su público objetivo, se perfila en detrimento de la parodia. Aun así, se agradece la coherencia implícita de un filme que nunca juega a ser otra cosa más que diversión absoluta con sus necesarios arquetipos. La fotografía del maestro Javier Aguirresarobe confiere al filme un plus de sobriedad, sin duda. Las cámaras sin apoyo, los azules desaturados de las tinieblas fundiendo a cálidos flashbacks subjetivos, resultantes de la ingestión de sesos. Difícil no pensar en la primera lectura. El canibalismo como enlace a un conocimiento superior. La memoria de lo no vivido, o de lo vivido en sueños. ★★★★★

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    Estados Unidos, 2013, Warm Bodies. Director: Jonathan Levine. Guión Jonathan Levine (Novela: Isaac Marion). Fotografía: Javier Aguirresarobe. Música: Marco Beltrami, Buck Sanders. Reparto: Nicholas Hoult, Teresa Palmer, John Malkovich, Rob Corddry, Analeigh Tipton, Dave Franco, Cory Hardrict.

    Memorias de un zombie adolescente poster
    por Anónimo
    abril 19, 2013

    Crítica | Memorias de un zombie adolescente

    por Anónimo | abril 19, 2013
    Sightseers
    mejor actriz y mejor guión | Sitges 2012
    crítica de Sightseers | Ben Wheatley, 2012

    Las road-movies se han consolidado como un género aparte. Si bien es usual que respondan a los principios de otros géneros más universales y antiguos como la comedia, tienen características y propiedades que los diferencian de otras producciones. El rasgo distintivo va más allá del concepto de “viaje”. No simplemente se trata de recorrer una trayectoria física, sino de vivir ese recorrido, de palpitarlo, de transformarse. En una road-movie cómica, como es el caso de Sightseers (Reino Unido, 2012), las cosas nunca saldrán como han sido planeadas: la configuración de sus personajes, junto a los imprevisibles giros del guión, son factores imprescindibles para este tipo de trabajos. El toque de gracia está dado precisamente por ese quiebre de toda estructura preestablecida, de toda norma, de toda ética. Por ello, y tan sólo por ello, puede clasificarse a esta producción británica como una comedia.

    por Anónimo
    abril 09, 2013

    CRÍTICA | SIGHTSEERS

    por Anónimo | abril 09, 2013
    Amor es todo lo que necesitas
    EN ITALIA NACE EL AMOR
    crítica de Amor es todo lo que necesitas | Den skaldede frisør (Love Is All You Need), Susanne Bier, 2012

    Susanne Bier puede presumir de ser una triunfadora en esto del cine. Directora, guionista y productora danesa, no tiene nada que demostrar a estas alturas de la película. Desde su debut en 1991 con Freud´s Leaving Home, sus obras no han parado de recibir premios en los festivales más importantes, siendo sus mayores éxitos Hermanos (2004) –que conocería un remake hollywoodiense protagonizado por Tobey Maguire y Jake Gyllenhaal–, Después de la boda (2006) –candidata al Óscar a la mejor película de habla no inglesa–, Cosas que perdimos en el fuego (2007) –su interesante e infravalorada incursión en el cine americano, protagonizada por Halle Berry–y, especialmente, la cinta que le otorgó el Óscar y la definitiva proyección internacional, En un mundo mejor (2010). Tras ésta, con todas las miradas puestas en su próximo movimiento, Bier sorprende con Amor es todo lo que necesitas, una típica comedia romántica totalmente alejada del dramatismo de sus anteriores obras.

    por José Martín León
    abril 07, 2013

    CRÍTICA | AMOR ES TODO LO QUE NECESITAS

    por José Martín León | abril 07, 2013
    Crítica de Eternamente comprometidos
    YO OS DECLARO…
    Eternamente comprometidos (The Five-Year Engagement, Nicholas Stoller, 2012)
    Columna para El Periódico Extremadura


    Judd Apatow, director, guionista y productor de enorme éxito en Estados Unidos va calando en las carteleras europeas. Su humor, que vaga entre lo irreverente y lo pretenciosamente inteligente, se ha convertido en el estandarte de la nueva comedia americana. Su nueva película en producción, ‘Eternamente comprometidos’ (The Five-Year Engagement, Nicholas Stoller, 2012) llega este fin de semana a España acompañado de una decente recepción estadounidense.

    por Emilio M. Luna
    noviembre 08, 2012

    THE FIVE-YEAR ENGAGEMENT | CRÍTICA

    por Emilio M. Luna | noviembre 08, 2012
    Crítica de En campaña todo vale - The Campaign review
    EL HOMBRE QUE PASEABA A LOS PERROS
    En campaña todo vale (The Campaign, Jay Roach, 2012)

    Fue durante una conversación telefónica. Mi novia de por aquel entonces me relataba lo bien que lo habían pasado ella y su amiga en el cine, viendo una comedia norteamericana que aterrizó en nuestro país con las dudas que suscitan los éxitos inesperados. Con bastante naturalidad pero sin los tecnicismos y florituras que gustan a los sabihondos, me dijo que había disfrutado muchísimo con esa despedida de solteros –créditos finales incluidos–, que por encima de ese guapo rubio que desprendía sex-appeal (Bradley Cooper), asomaba el verdadero hallazgo de Resacón en Las Vegas: un gordito con aspecto de oso de peluche llamado Zach Galifianakis. Un actor cuyo físico resumía punto por punto el gag, muecas contenidas e intervenciones que hacían de este secundario el heredero de una comedia gamberra de perfil inequívocamente ladino. Natural de Wilkesboro (Carolina del Norte), pero con ascendencia griega, Galifianakis reúne todas las aptitudes del showman que bebe de la contracultura. También me contó que esa pandilla de amnésicos tras una noche de juerga en Las Vegas, transmitía innumerables sensaciones, todas ellas gratas. “Tienes que ir a verla”, zanjó. Y eso hice. Y me encontré un producto tan efectivo como revitalizante. No aportaba nada especialmente insólito, sólo diversión, el triunfo de un barbudo que utiliza a su momentáneo bebé –al fin y al cabo no es suyo– para ilustrar la técnica de masturbación masculina, ante el estupor de unos amigos –un dentista mellado y un playboy con jaqueca– que desprecian y deponen en iguales dosis a ese tipo singular. También dejaba entrever la futura consagración de Mike Tyson como monologuista (actualmente protagoniza una obra autobiográfica dirigida por Spike Lee) en Broadway.

    por Anónimo
    octubre 21, 2012

    EN CAMPAÑA TODO VALE | CRÍTICA

    por Anónimo | octubre 21, 2012
    Ghostbuster review
    ¿A QUIÉN VAS A LLAMAR?
    Los cazafantasmas (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984)

    ¿Qué se puede decir de este filme que no se haya dicho ya o que todos no sepamos? Que estamos ante una de las comedias más taquilleras de la Historia del Cine, que significó el espaldarazo final a la fama de sus protagonistas o que tiene como tema principal una de las canciones más pegadizas de los 80, todo eso es innegable. La pregunta clave es si merece Los cazafantasmas (Ghostbusters, 1984) el calificativo de clásico moderno de la comedia o si, por el contrario, ha sido mitificada en exceso gracias al poder de la nostalgia. En nuestra sesión de hoy, quiero apostar por lo primero. Es un clásico y muy merecido. Para asegurarme de ser imparcial, he tenido la oportunidad de volver a verla hace un par de horas y, ciertamente, encuentro detalles que en su día pasaron desapercibidos. El tiempo pone cada cosa en su sitio y mientras en 1984, Los cazafantasmas pudo ser más apreciada por sus efectos especiales y espectacularidad, en la actualidad es cuando mejor se puede apreciar el verdadero punto fuerte de la función: su guión. Como la belleza, que no dura toda la vida, los efectos visuales del filme han quedado desfasados y nos dejan valorar con más claridad unos diálogos muy ingeniosos y cargados de doble sentido y unos actores en estado de gracia, perfectos todos ellos en sus respectivos personajes.

    por José Martín León
    septiembre 15, 2012

    GHOSTBUSTERS (IVAN REITMAN, 1984)

    por José Martín León | septiembre 15, 2012
    Le prénom review
    CATARSIS EN 20 METROS CUADRADOS
    El nombre (Le prénom, Alexandre de La Patellière, Mathieu Delaporte, 2012)

    El sistema de producción del cine francés parece una máquina bien engrasada, goza de buena salud y del favor de un público mayoritariamente adulto –entre los 30 y los 60 años, como los protagonistas de muchas de sus historias– que demanda historias revitalizantes que hablen con soltura –y en ocasiones a pesar del plomo– de las relaciones de pareja, de la amistad, de la depresión, de la alegría, del llanto colectivo, de la expiación grupal o del silencio encerrado en una novela romántica. Son influencias culturales que se filtran y se adhieren al código genético de su narrativa audiovisual. Siempre la distinción, cierto pedigrí, a veces un sencillo eco de la célebre Nouvelle vague.

    por Anónimo
    septiembre 14, 2012

    EL NOMBRE (LE PRÉNOM, 2012)

    por Anónimo | septiembre 14, 2012
    Blue Heron
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