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    Mostra de Venecia 2013
    Mostra de Venecia 2013

    El precio de la redención

    crítica de Locke | de Steven Knight, 2013 | ★★★★

    No hace mucho comentaba Javier Marías en uno de sus artículos (Juro no decir nunca la verdad) el firme propósito que se autoimpuso su padre de no mentir bajo ninguna circunstancia. El propio escritor desconoce si el Sr. Marías —fallecido en 2005— cumplió rigurosamente su promesa hasta el final de sus días, lo que está claro es que semejante iniciativa parece cuando menos improbable en estos tiempos que corren, donde el embuste es el dialecto más hablado y extendido del siglo XXI y se busca la cooperación ciudadana para un “entendimiento” mutuo basado en la distorsión de la realidad. De esta manera, las personas —con este arraigado y dudoso sentido de la franqueza— sienten la necesidad imperiosa tanto de mentir, como de ser mentidas, buscando la adulación falaz y llegando a considerar, en ocasiones, la verdad como una falta no sólo de discreción, sino también de educación. Locke, que toma el nombre de su único protagonista (físico), Ivan Locke, muestra precisamente un hombre que se ha propuesto, aunque sea exclusivamente por una noche, incurrir en este desconsiderado comportamiento con el objetivo de redimirse por un fallo —único— que cometió y mantiene atormentada su conciencia.

    La trama discurre íntegramente en el interior de un vehículo, un ejercicio de estilo minimalista que, representado mediante una fotografía nocturna centrada en primeros planos y el reflejo de las carreteras de Londres sobre las ventanillas transparentes, pone a prueba la capacidad narrativa de Steven Knight y su competencia para no faltar al principal (e inexcusable) mandamiento que el maestro Billy Wilder proclamó como imperativo en cualquier empeño de transmitir una historia: «No aburrirás». Y no aburrir enfocando la cara del mismo hombre (Tom Hardy) en el mismo lugar (el cómodo asiento de su BMW X5) durante una hora y media no parece tarea fácil, sin embargo, el director se las ingenia para ir añadiendo persuasivos elementos a la trama para que ésta tenga finalmente el mismo efecto que la lectura de un apasionante relato de Poe o del propio Javier Marías, donde lo reducido del espacio descrito no hace sino incrementar el atractivo del argumento. Ya en 2010 el español Rodrigo Cortés intentó algo muy similar con Buried (Enterrado); las grandes limitaciones espaciales de ambos filmes los llevan a ser objeto de una irremediable comparación, si bien es cierto que el objetivo de Cortés era el buscar una percepción claramente claustrofóbica, Locke parece más orientada al agotamiento anímico del espectador frente a situaciones de estrés; y lo ejecuta sin la necesidad de recurrir a la descarada, pero eficaz, demagogia que predominaba en la mencionada Buried. El teléfono vuelve a ser el catalizador del guion (trabajo del propio Knight), al igual que fue el principal aliado de Ryan Reynolds en su desesperado intento de escapar del ataúd en el que se encontraba; agravando esa sensación de ansiedad producida por una insistente llamada en espera, la pérdida del control tangible de la situación, o la angustiosa tensión producida por un corte en la línea —voluntario o involuntario— sin haber podido concluir la conversación, dificultando enormemente el principal propósito del artefacto móvil: la comunicación.

    por Alberto Sáez Villarino
    agosto 23, 2014

    Crítica | Locke

    por Alberto Sáez Villarino | agosto 23, 2014
    Attila Marcel, de Sylvain Chomet

    Homeopatía contra el olvido

    crítica de Attila Marcel | Sylvain Chomet, 2013

    Attila Marcel constituye la primera película de acción real de Sylvain Chomet, tras sus dos alabados y premiados largometrajes de animación titulados Bienvenidos a Belleville y El ilusionista. En esta ocasión, el imaginativo cineasta galo recurre a la comedia musical de ficción y nos enamora a través de una absoluta perfección estética, haciendo uso de ilimitados recursos visuales y un abanico de espectacularidad cromática para contarnos una historia sobre la memoria, la palabra y la identidad. El protagonista de este onírico cuento cinematográfico se llama Paul (Guillaume Gouix), testigo a la tierna edad de dos años del traumático acontecimiento de la muerte de sus padres, suceso que lo privó para siempre de las facultades de hablar y recordar con precisión. Su vida rutinaria de hombre de 33 años se focaliza en tocar el piano de su salón para clases de vals y convivir con sus tías, dos ancianas pretenciosas y aristócratas cuya mayor ilusión es ver como se convierte en un laureado y virtuoso pianista. El primer punto de giro de su historia es su encuentro con la señora Proust (Anne Le Ny), una mujer alocada, revolucionaria y budista que tiene un su poder la receta de un mágico té de hierbas, que junto a la música, es capaz de rescatar los remotos recuerdos de su portador. Así, el mudo pero expresivo Paul, que transmite sus sensaciones a cámara mediante su amplio espectro de gestos y la mirada de sorpresa, terror o tristeza de sus ojos sobrenaturales, emprende ese viaje espiritual hacia los confines de su memoria, en el intento por revisionar su infancia y descubrir que le sucedió realmente a sus padres. En el transcurso de una vida tan monótona y plagada de incertidumbre como la suya, conocer la idiosincrasia de Madame Proust y sus novedosas técnicas que mezclan melodía y plantas para desafiar al olvido, suponen un giro de 180 grados para Paul, y filosóficamente hablando, comportan un replanteamiento radical de su existencia.

    por Anónimo
    junio 26, 2014

    Crítica | Attila Marcel, de Sylvain Chomet

    por Anónimo | junio 26, 2014
    Miss Violence

    Billete de ida hacia la tristeza

    crítica de Miss Violence | Alexandros Avranas, 2013

    El título de esta reseña, que tomo prestado de una de mis canciones favoritas de rap, me vino a la cabeza al poco de comenzar a visionar esta claustrofóbica, retorcida y desconcertante cinta griega bautizada Miss Violence, segundo largometraje de Alexandros Avranas que logró hacerse con los premios a mejor dirección y mejor actor (Themis Panou) en el Festival de Venecia del año pasado. Este film nos sitúa en uno de los arranques argumentales más potentes y poderosos de los últimos años; una niña se arroja al vacío desde una ventana el día de su undécimo cumpleaños, con una sonrisa dibujada en el rostro a modo de macabra paradoja, y tras su muerte la perplejidad y la desidia comienzan a imponerse en su entorno familiar. Avranas, sin tocar el contexto de rescate económico y desesperación política de su país, nos sumerge en el seno de una familia de clase media fría y disfuncional, repleta de vínculos enfermizos y tensiones calladas que a través de pistas inteligentes y sutilezas dramáticas se nos irán revelando a lo largo del avance de su trama, a todas luces sofocante, lenta y marcadamente angustiosa. Tras el terrible suicidio de Angelik, la familia parece recubrir los acontecimientos con un halo de serenidad contenida y silencio denso, como si su pequeña jamás hubiese existido, por lo que los Servicios Sociales deciden visitar el hogar para descifrar el clima en el que habitan sus seres, aparentemente amables, educados y tranquilos. Así pues, desde el minuto uno viajamos a lo más recóndito de este hogar anónimo, al kilómetro cero del corazón de la tragedia y la cuna de la perversidad, desvelando poco a poco las complejas, y en ocasiones desquiciantes, repulsivas, y grotescas, conductas de sus personajes, que si bien parecen inexpresivos al vivir envueltos en ese aura de anestesia e indolencia, encarnan actuaciones excelentes y muestran a través de pequeños gestos y detalles el interior de sus corazones. Ya desde su comienzo Miss Violence se muestra rabiosa y contenida, como un animal enjaulado hecho cine; es árida, angosta, insolente, grotesca, insufrible, y sobre todo no apta para estómagos delicados ni cinéfilos impacientes. Los interiores dominan por completo la estética de su imagen, compuesta de planos cerrados, circulares y largos (muchos de ellos magníficas e impecables secuencias de hasta diez minutos), donde los grises, claroscuros y contrastes lumínicos gobiernan un infierno doméstico de puertas y estancias gobernadas por el silencio, que tiene un peso y presencia tanto o importante que el diálogo, pues en el cine y en la vida real lo que no se dice en alto es a veces más importante que la conversación banal o hipócrita. La atmósfera opresiva y los personajes desequilibrados en un hogar desangelado donde el aire puede cortarse con cuchillos me han recordado, inevitablemente, a la sublime Canino (Giorgos Lanthimos, 2009), en mi opinión, una de las muestras de talento más brillantes que el Viejo Continente ha dado en la última década.

    El espectador puede mostrarse reacio ante la falsa calma que impera en este piso anómalo y sus estancias, sorprendido con las dudas e inquietudes que un guión fantástico va destapando, reflexionando de forma astuta y visceral sobre la frialdad y el automatismo de las instituciones burocráticas, la estrecha relación entre autoridad y violencia, la indolencia y el desamparo, y sobre todo, la culpabilidad y la importancia de visibilizar los conflictos domésticos, haya o no haya sangre por medio. Los encuadres radicales, y un tanto excéntricos, dan como resultado una composición totalmente desequilibrada, con la cabeza de sus personajes muchas veces fuera de plano, algo ingenioso que puede crispar los nervios pero que forma parte de esa desazón enfermiza y contagiosa que la historia pretende dibujar. Una banda sonora inquietante transmite la angustia cotidiana que se respira en el ambiente de la casa, y sobre todo, los diálogos y ese enfoque visual elegidos por Avranas apuestan por un naturalismo artesanal en la manufactura, un ritmo pausado pero de entrañas revueltas, y una representación teatral de la maldad y de la violencia que puede recordarnos a maestros del género del drama psicológico como Haneke. Muchos podrán tachar de explícitos, excesivos, salvajes, quizás innecesarios y totalmente insoportables, algunos de los pasajes del filme. Y si bien hago uso habitualmente de la templanza a la hora de sentarme a ver una película, reconozco abiertamente que en Miss Violence, cuesta tener los ojos abiertos, no pestañear, no gritar, o no conmocionarse de una manera que pocas producciones, lecturas, e historias consiguen. Desde que tengo uso de memoria, una de sus secuencias constituye el peor rato que una película ha logrado hacerme pasar. El extremado realismo de la trama, la ausencia total de sutilezas y la plasmación del horror sin filtros ni censuras no harán de su visionado un rato lúdico basado en el ocio, la diversión, o la evasión de nuestras conciencias, sino más bien la sensación de tener una pistola en la nuca y un cargo de conciencia de una tonelada. Lo que empieza como un triste suicidio de una niña con una extraña y contraproducente sonrisa pintada en la cara, que, a priori, parece la peor de las tragedias, puede acabar confirmando que sin duda, las hay mucho peores. Y las iremos conociendo a cuentagotas, como una droga lenta y sin adulterar, como una agonía interminable bajo el tic tac de un cronómetro. Miss Violence es, en el fondo, pura sordidez. Como una canción de Rammstein, una novela de Cela o un poema de Silvia Plaith. ¿Innecesaria? ¿Brillante? ¿Escandalosa? Todo ello, a mi juicio, con una clara y valiente vocación de denuncia y visibilidad social de los fenómenos más turbios que pueden acontecer en el seno de una familia, a simple vista, como otra cualquiera. En definitiva; una cinta soberbia y maravillosa, y a la vez una experiencia horrible y rayana al vómito que no le recomendaría ni al peor de mis enemigos. Puedes sentir el sabor de la sangre en la boca, la arcada en la garganta, la falta de aire en los pulmones. La mejor muestra de la miseria humana que el cine europeo ha dado en los últimos años. | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela

    Grecia, 2013, Miss Violence. Director: Alexandros Avranas. Guión: Alexandros Avranas. Productora: 2/35 / Faliro House Productions / Plays2place Productions. Fotografía: Olympia Mytilinaiou Reparto: Themis Panou, Eleni Roussinou, Chloe Bolota, Kostas Antalopoulos Presentación oficial: 2013, Festival de Venecia: Mejor director, Mejor actor (Panou). 

    por Anónimo
    junio 16, 2014

    Crítica | Miss Violence

    por Anónimo | junio 16, 2014

    A camel with no name

    crítica de El viaje de tu vida (Tracks, 2013) | dirigida por John Curran

    La diferencia entre una aventura y un viaje iniciático reside principalmente en la predisposición y voluntariedad de la acción en sí. De esta manera, se podría decir que la primera es fruto de la aparición de una suerte de causalidades que supediten ese rol de aventurero a un mero capricho del destino —ya sean fortuitas, marcadas por un momento y/o lugar equivocado, como el descrito por Eduardo Mendoza en su novela La verdad sobre el caso Savolta (1975); o ineludibles debido a una posición política complicada, como la mostrada por Michael Mann en El último mohicano (The Last of the Mohicans, 1992)—. También podría darse el caso de que una de estas arriesgadas e inesperadas empresas se convierta posteriormente —debido a un cambio en la personalidad del protagonista por la gran trascendencia de las experiencias vividas— en un viaje iniciático, como le ocurrió a Vladimir Arseniev en la cinta de Akira Kurosawa El cazador (Dersu Uzala, 1975). Ambos ejemplos carecerían, al menos inicialmente, de ese libre albedrío y firmeza que caracterizó la increíble hazaña que refleja Tracks, donde se cuenta de forma autobiográfica la verídica historia de Robyn Davidson quien, en 1977, emulando a Don Quijote (tanto por la incomprensión como por lo resolutivo de su carácter), salió junto a su fiel escudero (Diggity) y su rocín artiodáctilo (cuatro para ser exactos) con la firme intención de poner en práctica un oficio obsoleto; no el de la andante caballería como trató, sin suerte, de promover el de la triste figura, sino el del nomadismo.

    Hasta el desierto de Gibson se traslada la protagonista quien, movida por una desazonadora crisis existencial, se dispone a tomar conciencia de sí misma y de su relación con el entorno, atravesando 2700 kilómetros de la más absoluta aridez pero tratando de correr mejor suerte que el explorador que da nombre al páramo (Alfred Gibson). Ahí es cuando podemos descubrir la desesperación de una persona al enfrentarse a un mundo que ha perdido la vergüenza y el respeto por los valores y la privacidad. A solas frente a ese espectáculo natural, contemplando la belleza de ese minúsculo porcentaje de tierra que el hombre no ha destrozado todavía con sus avances arquitectónicos, empezando a conectar realmente con el más crudo y salvaje entorno mientras trata de huir de un escenario prefabricado que la asfixia, después de haber andado ocho meses sin descanso y sin un adarme de piel viva en las plantas de los pies. En ese instante, un ruido atronador rompe la magia, al tiempo que el monóxido de carbono del tubo de escape de un 4x4 se introduce por sus vías respiratorias. Del vehículo desciende un sonriente hombre impecablemente ataviado con una camisa de flores, unos pantalones kaki, una navaja suiza en el bolsillo izquierdo, un bote de “Relec” en el derecho, prismáticos al cuello, la réflex en la diestra y un bocadillo en la siniestra. Aún no ha tenido tiempo de reaccionar ante semejante estantigua cuando se da cuenta de que —con admirable destreza y deplorables maneras— el “dominguero” del desierto ha puesto a su mujer, su cuñado y sus tres hijas (réplicas exactas de Dora la exploradora) junto a ella, sus camellos y el entrañable Mr. Eddie (un sherpa aborigen) con la intención de hacer uso de su cámara. Roto el idílico escenario que la protagonista tenía en mente, sólo le quedará la recompensa personal de poner a prueba su autosuficiencia y su sentido de la supervivencia.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 07, 2014

    Crítica | El viaje de tu vida

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 07, 2014
    Joe, de David Gordon Green

    Las heridas del alma

    crítica de Joe | de David Gordon Green, 2013

    Desde que ganara su único Oscar por Leaving Las Vegas (1995, Mike Figgis), el volcán Nicolas Cage ha permanecido en estado latente. A aquella tremenda erupción de talento y energía demostrada en su encarnación de un alcohólico suicida, le siguió una carrera repleta de discutibles elecciones de personajes, con aislados fogonazos de genio –Teniente corrupto (2009, Werner Herzog), Kick-Ass (2010, Matthew Vaughn)–, aunque incidiendo más de lo aconsejable en el cine más comercial. 2013 parece ser, definitivamente, el año que pone fin definitivamente a la sequía de buenos proyectos del actor. El responsable de lograr esta resurrección artística no es otro que el director David Gordon Green, que a pesar de ser más conocido por comedias gamberras de la talla de Superfumados (2008) o Caballeros, princesas y otras bestias (2011), tiene en su haber algunas interesantes cintas independientes como George Washington (2000) –por la que ganó el Premio a la Mejor ópera prima del Círculo de Críticos de Nueva York– u All the Real Girls (2003). La proeza de Gordon Green no se queda únicamente en esta oportunidad de darle nuevos bríos a la alicaída estrella, ya que Joe atesora múltiples atractivos como para convertirse por méritos propios en uno de los mejores filmes del año, aun cuando tenga que soportar inevitables y odiosas comparaciones con otra reciente película de ambientes rurales sureños, la excelente Mud (2012, Jeff Nichols), con la que comparte, además, el protagonismo del talentoso adolescente Tye Sheridan.

    por José Martín León
    abril 27, 2014

    Crítica | Joe, de David Gordon Green

    por José Martín León | abril 27, 2014
    At Berkeley

    La importancia de educarse

    crítica de At Berkeley, de Frederick Wiseman, 2013

    Hay profesiones y artes que existen desde los albores de la Humanidad, y la educación es una de ellas. Aunque la misma, huelga decirlo, se puede desarrollar en multitud de lugares y circunstancias, y de hecho está presente de forma casi constante en la vida de una persona, a lo largo de la historia se han consolidado métodos e instituciones específicas para llevarla a cabo. En el marco europeo, es bien conocida la tradición pedagógica griega y latina, así como el surgimiento de las universidades en el Renacimiento, y la posterior evolución, sobre todo durante el siglo XIX, hacia una educación más abierta y plural. Dentro de este progreso, en la actualidad se han mantenido naturalmente las formas más establecidas para enseñar y aprender, pero también se han consolidado nuevos caminos para difundir un activo no sólo intelectual y laboral, sino cultural y social. La educación a distancia y la información en red son hoy instrumentos imprescindibles en este campo, cuyo objetivo autoproclamado suele ser el de llevar la formación superior a los hogares de quienes no están en condición de recibirla in situ. Aunque si esto último se deriva de problemas económicos, debe ser combatido mediante ayudas y apoyos. El discurso no nos es extraño, y menos aún en una época de crisis como la que vivimos. Pero lo curioso del documental At Berkeley es que realiza una ardiente defensa de la educación pública, accesible para todos y de la que nadie debería quedar excluido, y a la vez sirve para instruirnos y literalmente adentrarnos en la vida universitaria sin salirnos de nuestro asiento y sin ir más allá de la pantalla.

    Lo consigue porque no se trata de un documental al uso. La narración en off, las imágenes de archivo y las entrevistas a cámara están totalmente ausentes: en vez de ello, se nos hace partícipes, sin filtros ni rodeos, de la cotidianeidad de la Universidad de California en Berkeley durante un curso académico, desde la imparcialidad y la paciencia que caracterizan el estilo del veterano documentalista americano Frederick Wiseman. Imparcialidad porque la cámara se coloca en el meollo de las clases y reuniones, las conferencias y eventos, las obras y los espectáculos, enfocando las acciones in media res y dejando que las mismas fluyan durante mayor o menor tiempo. Y paciencia porque la película se alarga hasta cerca de las cuatro horas de duración, lo cual permite ofrecer un panorama multidisciplinar y exhaustivo del campus californiano, mostrándonos varias sesiones de trabajo, de humanidades o ciencias; así como numerosos encuentros del cuerpo administrativo, docente o estudiantil, de manera que el conjunto no se eterniza ya que puede incluso vislumbrarse como una serie de pequeños capítulos separados. La visión global es en cualquier caso muy enriquecedora, pues realmente estamos presenciando, desde un punto de vista privilegiado, el día a día de una de las universidades más prestigiosas del mundo, y ante tamaña trascendencia la técnica algo irregular con la que se ruedan sus actividades se queda en un defecto menor.

    por Ignacio Navarro
    abril 14, 2014

    Crítica | At Berkeley

    por Ignacio Navarro | abril 14, 2014
    Under the Skin

    La mujer que cayó a la tierra

    crítica de Under the Skin | Jonathan Glazer, 2013

    Desde que empezaron a aparecer los primeros detalles argumentales de Under the Skin, surgió una comparación, si bien inevitable no por ello menos molesta, que colocaba a la película de Jonathan Glazer (Sexy Beast) como la versión gafapasta de Species (Roger Donaldson, 1995). Es una manía de estos tiempos que corren, eso de convertir una historia en “una versión de…” sólo por el hecho de compartir ciertos elementos argumentales, aunque sean totalmente distintas en cuanto a forma, intención o incluso fondo (que se lo pregunten a la gente detrás de Los juegos del hambre… o de Battle Royale, que no sé cuál de los dos lados debe de estar más harto de la comparación de marras). Y es que, si bien Under the Skin comparte un –mínimo- punto de partida con la película de Donaldson (una hermosa mujer, que en realidad resulta ser un alienígena, devorando hombres literal y metafóricamente por toda la ciudad), cualquier posible parecido acaba ahí.

    Basada, o mejor dicho, inspirada, en una novela del escritor holandés Michel Faber (publicada en España por Anagrama, con el título de Bajo la piel), Under the Skin tiene por protagonista absoluta a Scarlett Johansson, quizá un tipo de actriz que descoloca ver en una película como esta. Algo que, pensándolo bien, no es en absoluto gratuito. Toda ella es un elemento discordante, tanto a nivel actoral (una estrella de Hollywood en mitad de rostros absolutamente desconocidos, cuando no directamente no profesionales) como puramente físico (la exuberante belleza de la actriz choca frontalmente con los pálidos y anodinos aspectos de todo el resto de personas que vemos en pantalla). En manos de Glazer, Scarlett Johansson resulta todo lo alienígena que uno puede esperar de alguien que, viviendo en la “galaxia Hollywood”, hubiese caído en medio del común de los mortales. Por cierto, que nadie espere ver a la Scarlett glamourosa y radiante a la que el público está acostumbrado: parapetada tras un exagerado abrigo de piel falsa, una peluca negra y un kilo de maquillaje aún más choni que el de su personaje en Don Jon, la actriz neoyorkina aparece casi como una caricatura de sí misma; algo que podría bordear el ridículo, de no ser porque el espectador está más ocupado observando, con cierto mal rollo en el cuerpo, el rostro impasible bajo el maquillaje, los ojos de un ser que no se inmuta ante lo que ve. Del que intuimos que podría devorarnos sin pestañear. Esos primeros planos del rostro frío y vacío de la criatura que hay tras el volante de la destartalada furgoneta blanca que recorre las calles de Glasgow observando, buscando, eligiendo, son mucho más perturbadores que algunas de las situaciones más obvias que se puedan plantear durante la película. Puede que con este extraño ser, que apenas pronuncia un puñado de frases en todo el metraje, Jonathan Glazer le haya regalado a Scarlett Johansson el mejor papel de su carrera, al menos hasta el momento.

    por EAM
    abril 09, 2014

    Crítica | Bajo la piel (Under the Skin)

    por EAM | abril 09, 2014
    Why Don't You Play in Hell?, de Sion Sono

    Viejas y futuras glorias

    crítica de Why Don’t You Play in Hell? | Jigoku de naze warui, de Sion Sono, 2013

    En una cabaña aislada en las periferias de un parque, el maestro de la escuela de los pervertidos, flanqueado por dos impasibles secuaces, les explica a unos chicos lo que deben hacer para descubrir su virilidad y su destino. Las verdades del mundo, todo lo que uno busca, está en la entrepierna de la mujer, dice mientras señala el dibujo de unas bragas. Y la fotografía de esta zona de la anatomía femenina es un arte al alcance de pocos elegidos. A continuación, procede pues a demostrar cómo debe realizarse: uno de sus ayudantes ata una cámara a un hilo retráctil, para así poder colocarla momentáneamente entre las piernas de su víctima mediante un sigiloso y rápido movimiento de kung-fu. También se puede instalar el aparato en un cochecito eléctrico, manejándolo a distancia para que circule bajos las faldas de las chicas sin que ellas se den cuenta; o emplear otro tipo de artimañas más o menos elaboradas para capturar la tan ansiada instantánea… Lo relatado hasta ahora no es sino un fragmento de la desbordante trama de esa apabullante obra maestra titulada Love Exposure (Ai no mukidashi, Sion Sono, 2008). Algo semejante sólo se le podía ocurrir a su director, el artista japonés Sion Sono, pues toda su filmografía linda entre la extravagancia y la autenticidad, entre la ridiculez y la brillantez, al tiempo que toca temas polémicos con un desenfado inaudito.

    Ahora, en Why Don’t You Play in Hell? (Jigoku de naze warui), enfoca la historia de dos clanes de yakuzas enfrentados, un conflicto en el que se verán envueltos un equipo de rodaje amateur, la hija de uno de los jefes de la mafia y un chico que se hace pasar por su novio. En un principio se nos introducen estos personajes cuando son más jóvenes, mostrándonos el sangriento antagonismo entre dichos clanes: el del severo pero tierno Muto y el del tradicional pero trastornado Ikegami; el anuncio que rueda la citada y bella hija de Muto, proyectando una futurible carrera de actriz o al menos un hit pegadizo de la radio musical; y la voluntad hiperactiva e irrefrenable de esa panda de críos que ruedan toda acción que se encuentren, con la esperanza de poder un día realizar un largometraje en condiciones... De peleas y sangre, por supuesto. Es fácil por tanto anticipar que, tras una elipsis diez años, este grupo se acabará mezclando con el primero, aunque en una película de Sono las circunstancias siempre sorprenden… pues a menudo son inverosímiles. En efecto, la película se mueve entre caricaturas y estereotipos, pero les da la vuelta con una socarronería tan burda como impresionante, y no hay más remedio que entrar en su juego hilarante y en su mundo paralelo. El metraje va entonces avanzando de forma esperpéntica hacia un clímax que daría envidia al propio Tarantino.

    por Ignacio Navarro
    marzo 31, 2014

    Crítica | Why Don't You Play in Hell?, de Sion Sono

    por Ignacio Navarro | marzo 31, 2014
    L'intrépido, de Gianni Amelio

    Poniendo parches a la crisis

    crítica de L’intrepido | de Gianni Amelio, 2013

    En 1963, el gran Billy Wilder se adelantó a su tiempo (una vez más) con su inolvidable historia de amor de Irma la dulce, protagonizada por Jack Lemmon y Shirley MacLaine. En ella, un gendarme despedido de su trabajo tenía que ingeniárselas para trabajar en multitud de empleos a la vez para poder sacar a su amada prostituta de las calles. Otro gallo les cantaría si les hubiese tocado vivir, 50 años después, la actual crisis económica que nos azota y la preocupante escasez de trabajos. Gianni Amelio, reputado realizador italiano con más de tres décadas de carrera a sus espaldas que incluye obras tan valiosas como Puertas abiertas (1990) –nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa–, Niños robados (1992) –Gran Premio del Jurado en Cannes– o Lamerica –Mejor director en el Festival de Venecia–, volvió a concursar en Venecia 2013 con L'intrepido, una tragicomedia (mucho más trágica que cómica, todo hay que decirlo) que pretende reflejar las consecuencias de esta falta de trabajo.

    La cinta cuenta las aventuras cotidianas de Antonio, un optimista desempleado de 48 años que utiliza la picaresca para llegar a final de mes, ejerciendo las labores de “parche” en multitud de empleos diferentes en los que sustituye a trabajadores que, por cualquier circunstancia, se deban ausentar por un corto espacio de tiempo. No hay palo que se le resista al bueno de Antonio, desde conducir el tranvía a trabajar en una obra (venciendo su fobia a las alturas), pasando por repartidor de pizzas. El poco tiempo libre que le queda lo dedica a pasarlo junto a su hijo veinteañero, un músico frustrado del que siente, a pesar de todo, tremendamente orgulloso y a estudiar para presentarse a distintas oposiciones. Precisamente, en una de estas pruebas, Antonio conoce a una guapa joven (con una actitud mucho más pesimista ante la vida) con la que entabla amistad y por la que empezará a redescubrir el amor. La “gracia”, por llamarla de alguna manera, reside en la facilidad pasmosa con la que Antonio compagina trabajos de las más diversas índoles, apoyada en una entregada interpretación tragicómica de Antonio Albanese –algo así como una versión italiana de nuestro Alfredo Landa– que se convierte fácilmente en lo más defendible de la propuesta. Gianni Amelio no está en esta ocasión a la altura de su filmografía anterior, ya que no logra acertar con el tono adecuado de su película, demasiado dubitativo entre la sátira mordaz propia de Luis García Berlanga y unos inoportunos apuntes de fallido lirismo (casi de cuento de hadas) que acaban tirando por tierra un planteamiento potencialmente interesante.

    L'intrepido, pese a tratarse de una historia que ambiciona ser profundamente humana y que exista una corriente de empatía entre el público y su protagonista, fracasa a la hora de transmitir emociones verdaderas. El filme, no sé muy bien si por la frialdad de sus diálogos o por un ritmo demasiado moroso (que hace que la experiencia parezca más larga de lo deseable), jamás llega a tocar la fibra sensible del espectador, ni tan siquiera cuando su desdichado personaje pase por los peores tragos de la vida, eso sí, sin perder un instante su perpetua sonrisa de los labios. En definitiva, nos encontramos ante una cinta más bienintencionada que conseguida, que comienza francamente bien, con algunas situaciones innegablemente divertidas, pero que termina escabulléndose hacia terrenos mucho más melodramáticos de los que más le valdría haberse mantenido alejada. No sabemos si por un afán de lograr la lágrima fácil del espectador o por la decisión de reflejar la falta de trabajo hasta sus consecuencias más dramáticas, L'intrepido termina siendo un dramón aburrido y perfectamente prescindible. Esto se le podría haber perdonado a cualquier realizador menos experimentado pero, viniendo de alguien tan laureado como Gianni Amelio, se nos antoja insuficiente y con todas las papeletas para convertirse en su trabajo menos trascendente hasta la fecha. | ★★★ |

    José Antonio Martín
    redacción Canarias

    Italia. 2013. Título original: L'intrepido. Director: Gianni Amelio. Guión: Gianni Amelio, Davide Lantieri. Productora: Palomar / Rai Cinema. Fotografía: Luca Bigazzi. Música: Franco Piersanti. Montaje: Simona Paggi. Intérpretes: Antonio Albanese, Livia Rossi, Gabriele Rendina, Alfonso Santagata, Sandra Ceccarelli.

    por José Martín León
    marzo 11, 2014

    Crítica | L'intrepido, de Gianni Amelio

    por José Martín León | marzo 11, 2014
    Die frau des polizisten

    59 fragmentos de un infierno cotidiano

    crítica de La mujer del policía | Die frau des polizisten (The Police Officer´s Wife), de Philip Gröning, 2013

    La relación entre forma y fondo, continente y contenido, es una de las más fascinantes y polémicas del séptimo arte. ¿Deben corresponderse siempre? ¿Cuál es más importante? ¿Se debe cuidar una más que la otra? Éstas y muchas más preguntas salen a colación tras el visionado de una película. The Police Officer´s Wife, presentada en la Mostra de Venecia de 2013 (Premio Especial del Jurado), es una de esas propuestas donde la forma gana el fondo y salva a la película del naufragio. Philip Gröning decide dividir la película, que suma casi 3 horas de metraje, en 59 capítulos. Esa es la forma. El fondo es una historia de desintegración familiar a través de un matrimonio y su hija pequeña. Papá es un maltratador, y Mamá sufrirá cada vez más sus abusos, con la Hija como testigo de esta asfixiante situación. La estrategia propuesta por el director, en el que es su cuarto largometraje de ficción, fascina a la vez que limita. En contra de lo que uno podría pensar, la experiencia es más llevadera. Si se acepta el guante que el cineasta lanza, y con un poco de paciencia, el metraje no pesa. Existen capítulos de todo tipo, cubriendo el espectro desde una brutal agresión matrimonial hasta poco más de 30 segundos que documentan la actividad de una ardilla en el bosque.

    La razón de esta estrategia se presta a más de una interpretación. Este cronista piensa que el cineasta alemán nos desafía a soportar el infierno diario sin contexto, sin observar la evolución dramática del asunto. Mucha cotidianidad alternada con estallidos de violencia para acercarse a tan complicado asunto de una forma nueva. Viene a la mente la manera de Jaime Rosales de enfocar el terrorismo en su estupenda y muy reivindicable Tiro en la cabeza (2008). Se desdramatiza un asunto para tener la posibilidad de observarlo sin cargar las tintas. Pero el experimento no funciona. Es imposible no sentir pena del cuerpo marcado de Alexandra Finder, merecido premio a la Mejor Actriz en el Festival de Sevilla de Cine Europeo; o no sentir repulsa en la escena más dura de la película, donde el maltrato es sutil porque sale de la niña, que le dice a su madre lo mal que huele.

    por Anónimo
    febrero 01, 2014

    Crítica | La mujer del policía

    por Anónimo | febrero 01, 2014

    Y que el público se levante

    crítica de El viento se levanta | Kaze tachinu, Hayao Miyazaki, 2013

    Parece que Miyazaki se despide del cine. La noticia llegaba en el pasado festival de Venecia, en el que presentaba El viento se levanta (Kaze tachinu, 2013). Su canto del cisne. Si se confirma (pues no es la primera vez que Miyazaki dice retirarse para luego volver), no debería sorprendernos tanto a su edad, sobre todo por el esfuerzo mayor del habitual que supone ponerse al frente de una película de los estudios Ghibli. Pero seguiría siendo una jubilación demasiado anticipada para un señor que a sus 72 años desprende todavía una gran vitalidad e ilusión, atributos que lógicamente ha contagiado a su cine. Un cine en el que destacan los largometrajes, que son los que le han otorgado prestigio y reconocimiento, pero cuyos primeros pasos se hallan en dos series de televisión: Lupín (1971-72) y Conan el niño del futuro (1978), y que en la pasada década se ha orientado también en gran parte hacia el mundo del cortometraje. No hay que olvidar además que Miyazaki ha colaborado igualmente en los grandes proyectos de algunos de sus compañeros, como esa cuasi desconocida obra maestra titulada Recuerdos del ayer (Isao Takahata, 1991), o la maravillosa Susurros del corazón (Yoshifumi Kondô, 1995), sin contar con sus inevitables inicios en el departamento de animación propiamente dicho. Son datos que enriquecen la aportación al cine de este maestro, que en su medio siglo de carrera ha permanecido fiel a unos principios que el público casi siempre ha sabido apreciar.

    Y son datos que igualmente justifican todo homenaje que se le pueda hacer a este director con motivo de su último estreno. Por ahora, en la temporada de premios que ha empezado hace unas semanas, le está yendo bastante bien, pero por méritos exclusivos de una película que, lo adelantamos ya, está a la altura de las expectativas. El viento se levanta nos narra la historia real de Jiro Horikoshi, un diseñador japonés de aviones de combate durante la segunda guerra mundial. Un tema espinoso con el que conscientemente Miyazaki pretende rodar su película más madura y adulta, aunque la misma funciona sobre todo cuando toca temas de imaginación e inocencia, cuando se deja llevar por los encantos de las fantasías juveniles y del primer amor. En efecto, en la narración juegan un papel destacado los sueños que el protagonista tiene desde pequeño, en el que se imagina pilotando naves increíbles junto a su ídolo Caproni. En ellas la meticulosidad y el ingenio de los animadores de Ghibli se explotan de manera apabullante, contraponiéndose a la estética más sobria del resto del metraje, aunque en él tampoco falten otras secuencias visualmente elocuentes como esa recreación de un terremoto en Tokio. En cuanto a la subtrama romántica, se desarrolla sobre todo en una segunda parte, y consigue sortear de manera asombrosa toda cursilería gracias a que en ella también sentimos que el protagonista vuelve a ser un niño, como en sus sueños, abandonando sus preocupaciones profesionales. El hilo que pueda establecerse entonces entre esa relación tan espontáneamente íntima y las secuencias oníricas otorga a la película su verdadera magia.

    por Ignacio Navarro
    enero 25, 2014

    Crítica | El viento se levanta

    por Ignacio Navarro | enero 25, 2014
    Vi är bäst! (We are the Best!) de Lukas Moodysson, 2013

    Efervescencia adolescente

    crítica de ¡Somos las mejores! | Vi är bäst! (We are the Best!), de Lukas Moodysson, 2013

    Desde que la película comienza y la cámara nerviosa sigue a una joven por una fiesta de aspecto liberal, un par de cosas están claras. Lukas Moodyson vuelve al género adolescente, y lo hace con mucho acierto. Esta fresca y enérgica propuesta, adaptación del cómic de su pareja Coco Moodysson, nos lleva al Estocolmo de 1982. Bobo y Klara son dos jóvenes inadaptadas que pasan sus días extrañadas ante el mundo que les rodea. Moodyson se pone de su parte desde el comienzo y de forma limpia, haciendo que el entorno sea tan marciano para los espectadores como para ellas. Su aspecto es andrógino y usan la cultura como descacharrante arma arrojadiza, citando cosas sin tener ni idea de lo que están diciendo. Son adorables. We are the best! transmite con admirable pericia esa sensación adolescente de molestia por todo, de que cada acción tiene una importancia tremenda y de vergüenza máxima por los tuyos. Hasta sus últimas consecuencias. No cuenta nada especialmente novedoso, ni quiere hacerlo, pero es una propuesta irresistible.

    La historia dará pronto un pequeño giro, perfectamente integrado, que la llevará a otra situación, inesperada. La pareja protagonista improvisa la formación de una banda para fastidiar a unos veinteañeros rockeros que se meten con ellas. Lo que empieza como una broma les acabará dando la oportunidad perfecta de expresarse y ampliar su grupo de amistades con la inclusión de Hedvig, la única con talento musical. Una chica cristiana que toca la guitarra y canta muy bien. Las jóvenes Mira Barkhammar, Mira Grosin y Liv LeMoyne están estupendas, naturales ante la cámara y dialogando con soltura un guión hilarante, insolente y escrito con conocimiento de causa. Moodysson acierta con la puesta en escena, funcional y neutra, y con las decisiones artísticas que toma para crear el acertado clima de la etapa que están viviendo las chicas protagonistas. A través de pequeñas pinceladas se reflejan sus ambientes familiares, convenientemente distintos, y que ayudan a configurar sus personalidades. Son chicas que se adaptan con facilidad a las circunstancias. La época y el lugar están definidos a la perfección y sin enfatizar más de lo necesario. No parece tampoco un catálogo de puntos a tratar en la convulsa edad de las protagonistas, sino una historia factible en todo momento.

    por Anónimo
    enero 19, 2014

    Crítica | ¡Somos las mejores!

    por Anónimo | enero 19, 2014
    Sacro GRA, de Gianfranco Rosi

    Fresco sobre una ciudad en decadencia

    crítica de Sacro GRA | de Gianfranco Rosi, 2013

    La Sacro GRA es la gigantesca autopista de casi 70 kilómetros que transita y da la vuelta a toda Roma, a la manera de “un anillo de Saturno”. El urbanista Nicolo Bassetti sugirió al director Gianfranco Rossi que la recorriera con su cámara y su contrastado afán documental –su corta filmografía está dedicada al género–. ¿El resultado? Rossi se ha pasado 2 años rodando a lo largo y ancho de la autopista, componiendo un impresionante mosaico de historias que funcionan como cristalina metáfora de una ciudad en problemas. La prueba inicial de la calidad de este documental, primer ganador en su género del León de Oro en la Mostra de Venecia, es que Rossi y su montador Jacopo Quadri han podido condensar ese periodo en unos precisos 93 minutos de transparente buen cine. Un proceso de 7 meses que da como resultado un metraje en el que nada sobra ni nada falta. Sin que el interés quede desregulado respecto a ninguno de los retratos. Fabricando la emoción sin trampas, sólo con una cámara invisible ante la cual todos se muestran cómodos y que captura una cotidianidad hecha de instantes de vida pura y dura. Ni un atisbo de manipulación.

    Es fácil usar como arma contra Sacro GRA el hecho de que hemos visto algunos de sus retratos (el médico de ambulancias bondadoso, las prostitutas lumpen) en programas de televisión de corte sensacionalista, pero en esta película el poder está en el conjunto. Todas las partes suman y el trenzado está realizado a la perfección. El montaje salta de una historia a otra de forma limpia, componiendo poco a poco una imagen tridimensional sobre la desaparición de la clase media en Italia y el ánimo de sobrevivir de un puñado de luchadores. No se enfatiza ni subraya nada. No hay intervención por parte de Rossi en el que es su cuarto largometraje. Ni siquiera las zonas están emplazadas. El trabajo de sacar las conclusiones es nuestro, como espectadores. En cierta forma, el realizador está moviéndose casi en el terreno de la abstracción, arraigada en seres de carne y hueso. Así de grandiosa es su hazaña. Un mérito que muchos espectadores parecen haber captado, a tenor de la espectacular taquilla que la película ha hecho en Italia. Otra cima inédita para un largometraje documental.

    por Anónimo
    diciembre 10, 2013

    Crítica | Sacro GRA

    por Anónimo | diciembre 10, 2013
    Night Moves

    ¿El fin justifica los medios?

    crítica de Night Moves | de Kelly Reichardt, 2013

    A las pantallas de Cineuropa llegaba esta semana Night moves, categorizada por el director del evento como “posiblemente, la mejor del festival”, y que llenó la sala en diferentes sesiones. Su sinopsis parte de la historia de tres ecologistas estadounidenses cuyo objetivo reivindicativo y transgresor es volar una presa hidroeléctrica. Antes de que este filme diese comienzo, su temática a caballo entre el drama y el thriller me pareció interesante y convincente, anticipando que en ella podríamos hallar acción trepidante y tensiones emocionales, replanteamientos de ideales y dilemas éticos entre el triángulo de protagonistas. Siempre es gratificante dejarse llevar títulos cuyo trasfondo promueve la reflexión y ahonda en los valores y vacilaciones del espectador, que en este caso dudará entre la ambivalencia del activismo, la concienciación, el criminalismo y la rebeldía. Sin embargo, el deslucido resultado final, por desgracia lejos de constituir una película redonda, brillante y con ritmo, me acabo pareciendo previsible, farragoso y aburrido.

    La primera mitad de Night moves es, sin lugar a dudas, la parte más interesante de su narración. Este dificultoso plan en el que los tres personajes principales se embarcan presenta imprevistos y complicaciones, ya que deben conseguir una barca, ciertos fertilizantes y una buena ubicación para poder realizar su acción de terrorismo ecologista, a modo de inmenso reclamo social. Ya desde los preparativos la trama aboca una cuestión importante: ¿Hasta dónde puede llegar el fanatismo por un ideal, o hasta qué punto este ideal se corrompe si la metodología empleada para llevarlo a cabo transgrede la ética individual o el derecho de otros? Por otra parte, las personalidades y ambiciones de cada uno de los integrantes del proyecto tienen colores totalmente diferentes a pesar de compartir el mismo objetivo: poco o nada tienen que ver a priori, un ex militar solitario y cabal, un joven meditabundo pero impulsivo que vive en una granja de alimentos ecológicos, o una chica rodeada de lujos que disponen totalmente del dinero de sus padres. Por tanto, la interrelación entre ellos se antoja en un comienzo, un cúmulo de contrastes, de motivaciones y desconfianzas, entusiasmos y tiranteces, y la recreación su plan en la presa hidroeléctrica cuenta con un tratamiento fotográfico impecable y unos escenarios escogidos con acierto. Además, no abundan en los últimos años los filmes que aborden conflictos ligados al deterioro medioambiental o a la necesidad o debate de emprender acciones más activas o incluso radicales para concienciar a la sociedad de los daños y mutilaciones que el paisaje sufre para alimentar el sistema capitalista.

    por Anónimo
    diciembre 08, 2013

    Crítica | Night Moves

    por Anónimo | diciembre 08, 2013
    La jalousie

    Caricaturas de amor y rabia

    crítica de Celos | La jalousie, Philippe Garrel, 2013

    Philippe Garrel presentó en la 70 Mostra de Venecia este nuevo largometraje en blanco y negro de características tragicómicas titulado La jalousie, recién llegado esta semana a las proyecciones del Festival Cineuropa de Santiago de Compostela, con el fin de transportarnos a una historia de amor y otras desavenencias emocionales, pasadas por un delicioso filtro vintage e impregnada del típico humor francés. El veterano director galo pretende rendir homenaje con esta comedia dramática a su difunto padre Maurice Garrel, fallecido hace dos años, pues el hilo temático central de la obra corresponde a un fragmento real vivido por Maurice en su juventud. Así pues, Louis Garrel encarna el papel protagonista de la obra; un hombre treintañero agridulce y apuesto, de temperamento pasional, separado y padre de una hija, que trabaja como actor teatral y que conoce a una hermosa actriz en horas bajas con la que emprende un romance turbulento. Precisamente, la edad de Louis durante el rodaje presenta una curiosa coincidencia autobiográfica, dado que es la misma que tenía su abuelo cuando vivió la particular fábula amorosa plasmada en el cinta. En esta delicada La jalousie, bajo una melodiosa banda sonora y amparada en el dèjá vu hacia décadas lejanas que impone la sofisticada estética retro de Phillippe Garrel, de manera liviana y mediante pequeñas pero cuidadas secuencias, el director continúa desarrollando las preocupaciones existenciales, convertidas en los leitmotivs tratados a lo largo de toda su obra cinematográfica, como en las anteriores Un été brûlant o Los amantes habituales, también protagonizadas por su hijo. Estos conflictos existencialistas se reparten en la amalgama de complicaciones emocionales surgidas de la relación de Louis y Claudia (la bella Anna Mouglalis), una actriz dramática en paro con la que comparte un dimininuto y triste ático de alquiler en el que ella se siente oprimida y claustrofóbica, enfrentándose a fuertes altibajos anímicos.

    por Emilio M. Luna
    diciembre 07, 2013

    Crítica | Celos

    por Emilio M. Luna | diciembre 07, 2013

    Eternas secuencias de una triste Taipei

    crítica de Stray Dogs | Jiaoyou, de Tsai Ming-liang, 2013

    ¿Qué se nos prometía, o anticipaba al menos, a los espectadores en torno al estreno en Compostela de Stray Dogs, en este noviembre cinéfilo de Cineuropa? Siendo uno de los filmes estrella del festival y con una elevada cantidad de proyecciones programadas, la nueva –y, según él, última en su carrera— creación del taiwanés de origen malayo Tsai Ming-liang era descrita en las sinopsis oficiales como "un Taipei apocalíptico de incierto y apasionante destino", una epopeya postmoderna sobre la soledad, el consumismo y la alienación humanas: en definitiva, un filme hermoso lleno de simbolismo y merecedor del Gran Premio del Jurado en la Mostra de Venecia de este año, o sin ir más lejos, el de mejor director en el Festival de Cine Europeo de Sevilla. Bien, lejos de percibir la belleza, el interés temático y la crítica social subyacente en sus personajes o saborear la estética que supuestamente brindan esos planos que duran más que un día sin pan, sólo puedo categorizar este largometraje de soporífero, innecesario, y, en algunas secuencias, completamente irritante para la inmensa mayoría de espectadores, que sólo pueden cruzar los dedos estoicamente desde sus butacas ansiando el paso del minutero. Una lástima, puesto que las ideas que esta cinta aborda tienen una perspectiva interesante.

    La trama es sencilla y se fundamenta más en la ausencia que en la presencia, más en el vacío y desolación de los paisajes urbanos y los subterfugios oscuros que en la acción activa, más en la contemplación y el silencio que en el diálogo (puesto que apenas se oyen 20 o 30 frases breves). Supuestamente situada en el presente, aunque con tintes de un cierto y deprimente furismo, los espacios que hallamos en Stray Dogs son inhóspitos y sórdidos: exteriores ruinosos que causan agorafobia, apartamentos en estado de putrefacción, vastos bosques llenos de maleza y grandes avenidas llenas de tráfico; todos ellos parecen hacer hincapié en el automatismo al que se ha visto sometido el ser humano, en su pequeñez frente a la inmensidad, y en el declive al que han arrastrado a Taipei un estilo de vida sobreexigente y explotador. En definitiva, la ambientación deshumanizada aquí es el pilar en el que sustenta y excusa el filme para erigir una paradoja del progreso, una parábola sobre el caos de la civilización moderna, protagonizada por una familia con problemas que intenta sobrevivir en la ciudad. Su padre, Lee Kang-sheng, es un poste humano que sostiene un cartel publicitario en medio de la calle durante muchas horas, encarnando así el comienzo de la crítica a la cosificación de las personas y la falta de humanidad de un sistema cruel que no para de crecer. El padre intenta ahorrar dinero y mantenerse a flote durmiendo penosamente en lugares abandonados, bebiendo y cuidando de sus hijos pequeños, que prueban muestras de comida en un gran hipermercado a diario.

    Stray Dogs (Jiaoyou)

    Filmada por entero con planos estáticos y largos, en secuencias cuyo significado de fondo es imposible de atisbar, o si lo es, no hay justificación en aguantar durante cinco minutos a un hombre comiendo un zanco de pollo o mordiendo una col cruda mientras llora durante un largo intervalo que se antoja eterno. Si la imagen tiene valor por sí misma, con sus connotaciones y simbolismos, ningún espectador precisa de un margen tan largo para desentrañarla, menos aún cuando ésta no refleja ningún conflicto nuevo, ni existe ningún tipo de interacción entre sus personajes. Aunque es innegable la calidad sobresaliente de la fotografía y de la imagen, el montaje se gana con creces el status de exasperante, ni colirios ni parpadeos, ni redbulls ni un embalse de café salvan a una ya no del bostezo, sino de las ganas de echarse una cabezadita. A lo largo de esta sesión, de aforo prácticamente completo en el teatro, hasta cuarenta personas aproximadamente desfilaron, en diferentes momentos de la película hacia la puerta, y cuando se encendieron las luces, la expresión de alivio genérico fue perceptible en la gran mayoría de los rostros. Stray dogs, como su propio nombre indica, pudo ser el vehículo de un para contar la historia de unos, metafóricamente hablando, perros abandonados, personas sin hogar ni rumbo que viven en crueles metrópolis como Taipei. Víctimas de la crudeza insostenible de un sistema que se retroalimenta a si mismo y que suprime las emociones a golpe de máquina y tecnología, una historia de pena y deshumanización, de una familia que sobrevive al límite, pero no hacía falta que tal ejercicio crítico se convirtiese en una tortura. Demasiada paciencia gastada para un mensaje tan poco profundo. ★★★

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Galicia | enviada especial al Festival Cineuropa de Santiago de Compostela

    Taiwan, Francia, 2013, Jiaoyou (Stray Dogs). Director: Tsai Ming-liang. Guión: Tsai Ming-liang. Productora: Homegreen Films, JBA Productions. Reparto; Lee Kang-sheng, Lu Yi-ching, Lee Yi-cheng, Lee Yi-chieh, Chen Shiang-chyi. Presentación oficial: Festival de Venecia, 2013, Gran Premio del Jurado.

    Stray Dogs (Jiaoyou)
    por Anónimo
    noviembre 25, 2013

    Crítica | Stray Dogs (Jiaoyou)

    por Anónimo | noviembre 25, 2013
    Tom en la granja

    Les enfants terribles de Dolan

    crítica de Tom en la granja | Tom à la ferme, de Xavier Dolan-Tadros, 2013

    Xavier Dolan se ha atrevido, en el cuarto filme de su prematura carrera cinematográfica de inconfundible sello, a virar el timón de sus cámaras y embarcarse en una propuesta de cine negro. Tom à la ferme, ambientada en una siniestra granja de ambiente estático donde el aire se podría cortar con cuchillos, adolece de ciertas incongruencias y excentricidades que limitan el resultado final, pero sin duda hace gala de una estética magnética y claustrofóbica y de sobrias actuaciones interpretativas capaces de transmitir los deseos y pulsiones de sus personajes, furiosos y desequilibrados. En esta obra, ganadora del premio FIPRESCI del Festival de Venecia del presente año, el director canadiense es deudor de los grandes maestros del género más oscuro, con referencias a Alfred Hitchcock en los pasajes más tensos y violentos, y a David Lynch en los más oníricos y surrealistas, formando parte de una atmósfera nerviosa y electrizante donde los peores enemigos de los personajes, como en muchos ocasiones de la vida real, son ellos mismos.

    Para realizar este guión Dolan realizó una adaptación de la obra de teatro homónima de Michel Marc Bouchard, y para comenzar, la trama tiene su punto de inicio en un suceso trágico: Tom es un muchacho joven y amable de Montreal que trabaja como creativo publicitario y que se halla deprimido tras el fallecimiento de su novio a causa de un aparatoso accidente. Interpretado de manera genial por el propio Dolan, Tom acude a la casa familiar situada en el Quebec profundo, para asistir al funeral del fallecido Guillaume. Allí se encuentra una madre, apesadumbrada y de talante bipolar entre la calma y la agresividad, que parece desconocer por completo las relaciones homosexuales de su hijo y a su autoritario y morboso hermano, que lo obliga a participar en la farsa de inventar una “novia ficticia” para cubrir la verdadera identidad de Guillaume. El hermano, gracias a una interpretación con mucha garra y rabia por parte de Pierre-Yves Cardinal comienza un tira y afloja con Tom, que se debate entre la el duelo de su pérdida, sus instintos más animales y la mentira conformista que se le impone con respecto a su vida anterior. El protagonista se queda perplejo de que ninguna persona del pueblo le dirija la palabra al hermano de Guillaume y decide, todavía en shock emocional, quedarse algunos días más en la granja para ayudar a la familia, en un paisaje de tenebrismo donde los terrores parecen amplificarse por las noches, los secretos aguardar trémulos en campos de máiz turbulentos que podrían haber sido imaginados por Van Gogh, y donde cada rincón de la casa parece contener la huella de heridas sin cicatrizar y sucios secretos irresolutos.

    por Anónimo
    noviembre 17, 2013

    Crítica | Tom en la granja

    por Anónimo | noviembre 17, 2013
    3 bodas de más

    Machaque a la digna heroína

    crítica de 3 bodas de más | de Javier Ruiz Caldera, 2013

    La primera escena de esta salvaje y muy divertida película nos remite a la brutal Happiness (Todd Solondz, 1998). Una cruel ruptura en un sitio público con reproches, súplicas e insultos. Pero los tiros de Javier Ruiz Caldera y los guionistas Pablo Alén y Breixo Corral no van por ahí. No hay humanista desesperanza por el ser humano. Las perrerías a las que someten a Ruth (estupenda Inma Cuesta) no hacen sino reafirmar la gran dignidad de un personaje muy bien escrito. Una protagonista tridimensional que sufre la mala fortuna en el amor y el trabajo. La ruptura que abre 3 bodas de más da paso a una situación arquetípica: nuestra protagonista se deja pisar por todos porque no es una persona a la que le gusta hacer ruido. Ni con los ánimos de su madre (una sorprendente, genial Rossy de Palma) ni con los del nuevo becario en el laboratorio donde trabaja, personajes que representan unas formas de afecto y de entender las relaciones más modernas respecto a Ruth. En el papel del becario Dani, Martín Rivas fuerza la naturalidad, habida cuenta de que se pasa la película escupiendo teorías sobre lo divino y lo humano, con una seguridad aplastante. De hecho, la película cae en ocasiones en un exceso de verborrea que revela la ambiciosa intención de Alén y Corral de abarcar demasiado. Aunque se agradece este exceso, todo hay que decirlo, porque es siempre divertido.

    Por azares del destino, Ruth es invitada a 3 bodas de sus ex-novios a lo largo de 1 mes y medio. En la primera de ellas conoce a un cirujano (Quim Gutiérrez haciendo de divertido caballero) con el que comenzará una relación. Cada una de las celebraciones es una oportunidad para los guionistas de crear situaciones humillantes para Ruth. Siempre entretenidas y en muchos casos originales, el catálogo de bromas de la película incluye algunos gags brutales (los peligros del sexo anal y una insólita y racista teoría sobre pezones), constante sorna con el sexo y sus manifestaciones y burlas tanto verbales como visuales. Esta sana política de cargar la película de chistes convierte sus poco más de 90 minutos de metraje en una experiencia siempre llevadera. El ritmo no decae, no hay escenas de puro relleno y hasta cuando se crean situaciones tópicas, que casi parecen peajes a pagar para poder mantener la faceta salvaje del filme, se dinamitan con una nueva ocurrencia. No se desaprovecha ninguna ocasión para plantar un nuevo chascarrillo.

    por Anónimo
    noviembre 11, 2013

    Crítica | 3 bodas de más

    por Anónimo | noviembre 11, 2013
    Parkland

    Los disparos que cambiaron occidente

    crítica de Parkland | de Peter Landesman, 2013

    Bang, bang, bang! Eran las 12:30 de un viernes 23 de noviembre en la abarrotada Plaza Dealy de Dallas, Texas, cuando pleno bullicio multitudinario durante su paseo institucional el presidente John Fitzgerald Kennedy se desplomaba ensangrentado en el asiento de su limusina presidencial. Uno, dos, tres disparos procedentes de un fusil italiano de cerrojo Carcano, perpetrados por Lee Harvey Oswald desde el Almacén de Libros de la localidad, situado a tan sólo 20 metros, perturbaron la calma y aterrorizaron a la muchedumbre que acudía a recibir el saludo del presidente, que fallecía en el hospital de Parkland cuando el minutero del reloj rebasaba las 13:00, y sobre todo, cambiaron para siempre el rumbo de la historia estadounidense y occidental, generando una conmoción social de proporciones titánicas, empapando al mundo de teorías conspirativas y convirtiendo al demócrata Kennedy en el quinto dirigente asesinado de los Estados Unidos. Este caótico episodio abrió una profunda crisis social, un desconcierto lacerante, y aquel viernes de presunta tranquilidad y compromisos políticos anodinos teñido de sangre inauguraba una de las semanas más importantes del siglo pasado para el planeta, ya que dos días después, el asesino de Kennedy también perdía la vida en Parkland tras ser disparado por Jack Ruby. Y las dos caras de la moneda, tanto el presidente como el complejo Oswald, junto al asesino de este último, fueron ingresados en el Parkland Memorial Hospital, del cual ninguno de los miembros del triángulo salió con vida.

    Este filme, interesante y vigoroso debut del director Peter Landesman, revive y recapitula uno de los capítulos más trágicos de la historia estadounidense, sumergiéndose en la franja temporal determinada por el día de la muerte del presidente y los tres sucesivos, y eligiendo para ese corto pero íntenso período de tiempo el hospital de Parkland como original leitmotiv y punto neurálgico de los escenarios de la historia, que por su importancia espaciotemporal da nombre al largometraje. Presentado en la sección oficial de largometrajes del festival de Venecia y nominada al premio del Mejor Público en el de Toronto, este drama histórico de base real nos ofrece una visión renovada de una temática, que aunque ya tratada e incluso manida anteriormente en el cine, ahora se respalda en una narración polifónica basada en las múltiples perspectivas de ese abanico heterogéneo de personajes que vivieron el instante; un joven médico sin demasiada experiencia previa, diversos agentes del Servicio Secreto, el personal más cercano a Kennedy, su desolada mujer Jackie, un agente del FBI, el contrariado hermano mayor de Oswald y su madre o Zapruder, el hombre que filmó la escena del crimen con una cámara que a causa del trauma jamás pudo volver a usar.

    por Anónimo
    noviembre 07, 2013

    Crítica | Parkland

    por Anónimo | noviembre 07, 2013
    Walesa

    La corrección como defecto

    crítica de Walesa, la esperanza de un pueblo | Walesa. Czlowiek z nadziei, de Andrzej Wajda, 2013

    Empecemos diciendo que los grandes festivales del mundo tienden a cerrar anualmente sus certámenes con obras bastante digeribles para una audiencia media. En una semana como la pasada, ya ha habido tiempo para proyectar rarezas y experimentos varios contra los que el público habitual no está vacunado; esa gente que se acerca a la clausura a ver el famoseo y la entrega de premios, ese político al que se ha invitado y queda feo decir que no va, ese empresario que ha invertido en el festival y no quiere perderse el cóctel de clausura, y un larguísimo etcétera. Es por ello por lo que frecuentemente las organizaciones de los festivales recurren a comprar películas que, por encima de todo entretengan, sin renunciar a la calidad (al menos en un primer momento). Se buscan cintas que vengan avaladas por un éxito de público en festivales extranjeros, o por una estrella frente a la cámara o, algo más inusual, detrás de ella. Tal es el caso de este año en la Seminci, donde la obra viene firmada por el reputadísimo director polaco Andrzej Wajda. Si el nombre no les suena les diré que es uno de los grandes cineastas europeos de la historia reciente, un tipo con un currículum envidiable: Palma de oro en Cannes por El hombre de mármol (1977), Premio César por Danton (1983), así como un Oscar, un Oso de Oro, y un León de Oro como reconocimiento a su carrera.

    Hay que remarcar también que película viene con la garantía de haber sido proyectada en las presentes ediciones de Venecia y Toronto, además de ser la seleccionada por Polonia para participar en la próxima edición de los Oscar. La historia, además, no podía ser más popular: un biopic del político polaco Lech Walesa, fundador del primer sindicato independiente de Polonia (Solidaridad), así como primer presidente elegido Premio Nobel de la Paz en el año 1983. Una historia, a priori, interesante, compleja y emocionante y más teniendo en cuenta el carisma de su personaje protagonista, perfectamente caracterizado por el actor Robert Więckiewicz, completo desconocido fuera de las fronteras de su país pero con una amplia trayectoria. La historia comienza con Walesa siendo entrevistado por una popular periodista italiana meses antes de la caída del gobierno de su país. Así, mediante el recurso cliché del flashback, tan empleado en creaciones biográficas, vamos viendo los orígenes de movimiento político de su protagonista, sin duda, el principal y único atractivo del filme: su mal humor, su prepotencia, su claridad de palabra, su ironía, su capacidad discursiva, su retórica… La figura de Walesa está pues, por encima de todo, absorbe en todo momento a los demás personajes que son reducidos a meros objetos para su alabanza. Su inteligencia asombra, su ironía nos saca sutiles e inteligentes risas en ciertas ocasiones, incluso su mal humor y costumbres arraigadas caen simpáticos. Una glorificación que puede resultar excesiva y por momentos poco creíble aunque desde un punto de vista narrativo, tremendamente entretenida y, por momentos, notable. Recordando en este sentido al Nelson Mandela que nos presentó Eastwood en Invictus.

    por Unknown
    octubre 30, 2013

    Crítica | Walesa, la esperanza de un pueblo

    por Unknown | octubre 30, 2013

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