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    Lo nuevo y lo viejo

    Crítica ★★★ de Tanna (Bentley Dean y Martin Butler, Australia, 2015).

    Es famoso el lamento de Emerson acerca de que sus mejores ideas se las robaban sistemáticamente los antiguos; una observación tan lúcida como jocosa, que entronca con la idea borgiana de la inevitabilidad de los «malditos antecesores», cuya existencia haría siempre imposible que alguien pudiera inventar nada. Sin lugar a dudas, Martin Butler y Bentley Dean bien podrían emitir una queja similar a la de los dos escritores citados, ya que al espectador más avezado le resultará inevitable no acordarse, al ver su cinta Tanna (2015) –nominada en los Óscar a la Mejor Película Extranjera–, de una de las obras más destacadas de la historia del cine; me refiero, por supuesto, a Tabú (1931), nacida de la mano de dos cineastas geniales como lo fueron F. W. Murnau y Robert J. Flaherty. Y es que, como en este imperecedero clásico, Tanna se ambienta en una isla del Pacífico, narra una historia de amor imposible y emplea un discurso próximo al reportaje antropológico. En este sentido, es sintomático que los máximos responsables  sean creadores especializados en el género documental; como también lo es que lleven a cabo un filme de «docuficción» inspirado en los que tan bien perfiló a lo largo de su carrera Flaherty, aunque en el caso de Tanna se indique explícitamente la condición de historia ficcionada de la pieza. Ello no es óbice para que asimismo se haga constar que todos los intérpretes son habitantes de la villa de Yakel (igual que se hacía constar al principio de Tabú el origen étnico de los actores) y, también, que el argumento se basa en un hecho real, acaecido en la década de los 80 del siglo pasado.

    Sin embargo, y dado que es de sobras sabido que las comparaciones son odiosas, para juzgar la calidad del largometraje que nos ocupa lo mejor es olvidarnos de su ilustre predecesora. Porque, en última instancia, si Tanna no es tan original como podría parecer a simple vista, o más allá, si en el fondo se trata de una inconfesa «puesta al día» de la película de Murnau, en cualquier caso cuenta con un planteamiento visual propio, sólido e independiente, y deviene una creación notable, cargada como se encuentra de una emoción sincera y desnuda, obtenida gracias al inteligente uso por parte de Butler y Dean de las técnicas del cinema vérité. De esta manera, a la descripción casi etnográfica de las costumbres de los aldeanos, se le suma una trama que enlaza, por su desarrollo pero también por el lirismo arrebatado de su plasmación en imágenes, con las grandes historias de amores contrariados del acervo clásico (v. gr. Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Isabel de Segura y Diego de Marcilla...). No en vano, lo que se interpone entre los jóvenes enamorados, Dain (Mungau Dain) y Wawa (Marie Wawa), es una costumbre de su sociedad que obvia por completo los sentimientos personales: concretamente, el hábito de que los matrimonios sean concertados por los dirigentes de la tribu, y en virtud del cual el romance de los protagonistas pone en peligro las negociaciones de paz entre su pueblo y otro vecino, con el que llevan décadas de enfrentamiento. En realidad, cuanto atañe a la historia de amor sobre la que se asienta el guion posee una encantadora cualidad atemporal, habida cuenta de lo sencillo y clásico de su desarrollo. Y con ello, además, los directores pueden recrearse en cuestiones aparentemente secundarias del relato: como el personaje de Selin (Marceline Rofit), cuya inocencia y rebeldía infantiles parecen corresponderse con la mirada del hombre primigenio; o el volcán Yasur, que al ser venerado como una deidad alcanza proporciones mitológicas conforme avanza el metraje. No es casualidad que el incidente que trunca la relación de Dain y Wawa se produzca cuando Selin esté visitando Yasur por primera vez con el chamán de la aldea, que es también su abuelo (Albi Nagia); o que en el desenlace encuentren en lo alto de su cráter a los protagonistas.

    por Elisenda N. Frisach
    julio 28, 2017

    Crítica | Tanna

    por Elisenda N. Frisach | julio 28, 2017

    Una habitación sin vistas

    Crítica ★★★★ de Berlin Syndrome (Cate Shortland, Australia, 2017).

    La realizadora australiana Cate Shortland, con una filmografía aún breve, está logrando hacerse un nombre dentro de las citas festivaleras. Tuvo una inmejorable carta de presentación con el drama sobre el despertar sexual adolescente Sommersault (2004), llamando poderosamente la atención en la sección Una cierta mirada de Cannes, además de arrasar en los Premios del Instituto Fílmico Australiano, donde consiguió la cifra récord de 13 premios de los 15 a los que aspiraba. Su adaptación de la novela El cuarto oscuro, de Rachel Seiffert, Lore (2012) fue elegida por Australia como representante en los Óscar como mejor película de habla no inglesa, siendo bendecida con unanimidad por una crítica que comparó la forma de dirigir de Shortland con la de grandes genios como Terrence Malick o Lars von Trier. Ahora, tras su paso por el Festival de Sundance, nos llega el último largometraje de la cineasta, Berlin Syndrome (2017), tal vez el más convencional hasta la fecha, pero, no por ello, menos recomendable, ya que sabe llevar a su terreno un libro homónimo de Melanie Joosten cuya historia se inscribe dentro de un subgénero dentro del thriller psicológico protagonizado por personas mentalmente desequilibradas que retienen al objeto de su obsesión en contra de su voluntad, y que ha dado al cine títulos tan emblemáticos como la obra maestra El coleccionista (William Wyler, 1965), Átame (Pedro Almodóvar, 1990) o Misery (Rob Reiner, 1990), pero también muchísimas cintas prescindibles y cargadas de tópicos y una cantidad ingente de telefilmes de sobremesa de dudosa calidad.

    El inicio de Belin Syndrome ya deja claro que estamos ante un filme de lo más estilizado desde las formas, con una excelente fotografía que impregna de melancolía a esos rincones de la capital alemana que la protagonista, Clare, una joven periodista australiana, recorre buscando material para su próximo libro sobre arquitectura. La soledad del turista está muy bien retratada en unos primeros compases en donde se nos presenta a una mujer que ha aparcado por unos días su vida para buscarse a sí misma y demostrar que puede liarse la manta a la cabeza y emprender un viaje al otro lado del mundo con afán aventurero y enriquecedor. A la salida de una librería, conoce accidentalmente a Andi, el atractivo profesor de literatura inglesa de una escuela deportiva, del que se siente atraída al instante. Tras un primer paseo en el que el joven le enseña a la visitante algunos lugares interesantes para su trabajo, al tiempo en que indaga sobre sus circunstancias personales, es en el segundo encuentro de la pareja donde saltan auténticas chispas, consumando una tórrida relación sexual en el apartamento de él. Lo que podría haber sido un típico romance de vacaciones se torna en algo mucho más oscuro desde el momento en que Andi comience a manifestar un carácter obsesivo y peligroso, llegando a encerrar bajo llave a Clare en la casa para impedir que vuelva a Australia y acabe con esta “historia de amor” que acaban de empezar. Es entonces cuando da comienzo la pesadilla de la muchacha, cautiva en la guarida de un psicópata que se ha encaprichado con ella del mismo modo que ya se había enganchado a otras turistas anteriores.

    por José Martín León
    junio 18, 2017

    Crítica | Berlin Syndrome

    por José Martín León | junio 18, 2017

    Turbulento pasado, dulce venganza

    crítica de La modista (The dressmaker, Jocelyn Moorhouse, Australia, 2015).

    A nuestras pantallas llega una peculiar historia fundada sobre la vendetta, esa venganza que se instala en los huesos y puede aguardar durante años, alimentando su rabia; la manera perfecta de llevarse a cabo, el futuro como expiación de los dolores antiguos. La modista, nueva creación de la australiana Jocelyn Moorhouse, se nos presenta como un cóctel de géneros cinematográficos de arrogancia visual y a caballo entre un glamuroso esnobismo y el absurdo total en pos de retratar lo extravagante. Corren los años cincuenta y una prestigiosa modista llamada Tilly Dunnage —Kate Winslet, perfecta en su papel como de costumbre— retorna al turbio pueblo de Dungatar en el que vivió durante su infancia tras hacerse un hueco confeccionando prendas para diversas exclusivas casas de moda parisinas. Portando una maleta y su amada máquina de coser, la misteriosa Tilly, de fuerte carácter, está dispuesta a hurgar en las supurantes heridas de un pasado todavía por resolver, en el que las sombras superan con creces a las luces. Nada más llegar, debe enfrentarse a un buen puñado de actitudes hostiles, las voces vecinales que la acusan de haber matado a un muchacho un par de décadas atrás y la reconciliación maternal tras la perplejidad de su progenitora excéntrica y enferma —interpretada con gracia por Judy Davis—, quien en un comienzo finge no conocerla.

    La modista parte del concepto del exilio y el retorno como un viaje circular, un regreso al punto de partida de las desgracias de la protagonista y una ocasión para remendar las culpas, coser las cicatrices, vengarse de los causantes de su dolor y redimirse del distanciamiento con los seres queridos. Tilly es una mujer que se considera a sí misma maldita, un ser cuya mala estrella ha sido avivada por la muerte de un compañero de colegio durante sus años de niñez, hecho sobre el cual no logra tener recuerdos nítidos hasta su llegada al pueblo. Así, el filme comienza mostrando sentimientos encontrados: la ira y el ansia de redención, la inquietud amorosa y la soledad, la frustración ante la maldición y la recuperación del afecto materno. A su vez, el elenco de secundarios se muestra variopinto, entre los que destaca el galán Teddy, en la piel de Liam Hemsworth —un personaje un tanto hermético y prototípico del que se enamora nuestra protagonista—, o un policía que se traviste con hermosos vestidos a espaldas del cuerpo en sus ratos libres. La llegada de la modista a la villa australiana revolucionará la placidez del vecindario, bajo el yugo de la moral burguesa de los 50 y acostumbrado a una vida sin sobresaltos. Tilly exhibe despampanantes modelos en los espectáculos deportivos para concentrar a la plantilla masculina, comienza a transformar y a enloquecer a las mujeres, a emprender sus propias investigaciones sobre lo acontecido años atrás y a coser y diseñar atuendos para aquellas que lo soliciten.

    por Anónimo
    marzo 18, 2016

    Crítica | La modista

    por Anónimo | marzo 18, 2016

    La tierra reclama a sus hijos

    crítica de Strangerland (Kim Farrant, 2015).

    Tras una etapa marcada asuntos extracinematográficos, Nicole Kidman continúa intentando volver a la primera división de las mejores actrices de las últimas décadas. Aquella que encabezó gracias a sus espectaculares trabajos en Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999) —Tom Cruise desaparecía de la pantalla cada vez que compartía plano con ella—, Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001), Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) o Las horas (Stephen Daldry, 2002), con el que ganó el Óscar a la mejor actriz por su encarnación de la escritora Virginia Woolf. Pues bien, la mujer que aguantó como nadie aquel primer plano de su rostro en los dos minutos más intensos de Reencarnación (Jonathan Glazer, 2004) y que en los últimos años, entre mucho papel desafortunado, nos ha seguido dando puntuales destellos de talento en Rabbit Hole (John Cameron Mitchell, 2010) o El chico del periódico (Lee Daniels, 2012), donde dejó constancia de que continuaba igual de desinhibida en su madurez, vuelve a ofrecer una interpretación sobresaliente, como en sus mejores tiempos, en la cinta indie australiana Strangerland (2015), que supone un irregular aunque interesante debut en la dirección de Kim Farrant.

    Vista en la Sección Oficial Internacional del último Festival de Sundance, la cinta, de manera bastante ambiciosa para tratarse de una ópera prima, no termina de decantarse por ningún género en concreto, tratando de ser una compleja mezcolanza de drama familiar, thriller psicológico y relato de misterio que, a la hora de la verdad, funciona más en momentos aislados que como un todo compacto. La historia de Strangerland se ambienta en el árido paisaje interior del continente australiano, conocido como el “outback”, donde una familia compuesta por un matrimonio que no pasa por su momento de máxima pasión y sus dos hijos, una conflictiva adolescente de 15 años con fama de promiscua en el pueblo y un niño más pequeño que tiene como afición salir de noche a caminar por el desierto, llevan una vida poco feliz, lastrada por las duras condiciones climáticas (calor sofocante, continuas tormentas de arena) y la monotonía del día a día lejos de la ciudad de la que huyeron por difíciles acontecimientos del pasado. La repentina desaparición de los hijos supone una catarsis para la pareja protagonista, que reacciona de manera imprevisible ante la situación, al mismo tiempo que un policía se involucra en exceso en la investigación del caso.

    por José Martín León
    agosto 06, 2015

    Crítica | Strangerland

    por José Martín León | agosto 06, 2015
    Son of a gun

    De peones y reyes

    crítica de Son of a Gun (Julius Avery, 2014).

    Resulta tremendamente agradable y esperanzador comprobar cómo cada vez son más los títulos interesantes que nos llegan desde Australia. Obras como Las últimas horas (Zak Hilditch), The Babadook (Jennifer kent) o Mad Max: Furia en la carretera (George Miller) han contribuido, en los últimos meses, a demostrar que Hollywood está perdiendo el monopolio para ofrecer trabajos de impecable acabado formal y con elevadas aspiraciones artísticas. Desgraciadamente, no todo el monte es orégano y Son of a Gun, el debut en el largometraje de Julius Avery tras más de diez años como realizador de cortos —alguno como Jerrycan (2008) llegó a competir en Cannes—, no podría incluirse en aquel grupo de agradables sorpresas provenientes de las antípodas. Sin embargo, sería injusto no reconocerle a Avery cierto mérito y valentía a la hora de enfrentarse a una ópera prima en donde se ocupa tanto de las labores de dirección como de la escritura del guión, pese a que los resultados sean demasiado desiguales en ambas facetas.

    El primer escollo con el que se encuentra Son of a Gun es la previsibilidad de su argumento. La historia del joven ladrón de poca monta que entra por primera vez en prisión y, ante los peligros de la vida entre rejas —esos presos sedientos de carne fresca, los ajustes de cuentas en el patio—, es tomado bajo la protección de uno de los más peligrosos criminales del país, no es, precisamente, el colmo de la originalidad. Tampoco lo es la naturaleza de la relación que se establece entre maestro y pupilo, en donde se confunden continuamente la admiración y la camaradería con el temor y la desconfianza que despierta un entorno criminal en el que nadie puede permitirse el lujo de descuidarse las espaldas. De hecho, el acto del mafioso de velar por la integridad del muchacho, lejos de ser desinteresado, responde a un plan perfectamente estudiado en el que éste último deberá devolver el favor ayudando a su protector en una peligrosa fuga. Estamos, como se puede adivinar, ante la enésima trama repleta de tópicos y lugares comunes en donde el aspirante a delincuente de primera división se va consolidando, poco a poco, como mano derecha de su mentor, involucrándose en un importante robo de oro y, de paso, enamorándose de la chica que no debe. Es cierto que la película no empieza del todo mal, con unos primeros compases que tienen lugar en el interior de la prisión y muestran cómo el inexperto JR se gana la simpatía del temible Brendan Lynch gracias a su buena mano para el ajedrez —juego que se convierte, por otra parte, en una metáfora de lo que simboliza cada personaje dentro del relato, así como sus sucesivos movimientos y estrategias— Con cierto aire a la magnífica Un profeta (Jacques Audiard, 2009) —salvando mucho las distancias—, este primer tramo como drama carcelario de Son of a Gun se convierte fácilmente en lo mejor de toda la película, mostrando la difícil supervivencia en el interior de la cárcel y las alianzas que surgen entre los protagonistas. Lástima que, una vez en libertad, éstos se pierdan en medio de una función demasiado rutinaria y plana que fracasa estrepitosamente a la hora de crear un mínimo de tensión o suspense.

    por José Martín León
    mayo 29, 2015

    Crítica | Son of a gun

    por José Martín León | mayo 29, 2015

    En busca de la identidad

    crítica a 52 martes (52 Tuesdays, Sophie Hyde, 2014).

    Un año, 52 semanas, 52 martes. Muchos son los acontecimientos que tienen lugar durante ese tiempo. Y, tomando un solo día de cada semana, obtenemos innumerables momentos, tan cruciales como inconexos, que vuelven palpable la eterna sensación cambiante de la existencia. Esa es la base de 52 martes, ópera prima de la australiana Sophie Hyde, quien firma el guion junto a Matthew Cormack. Este pequeño filme independiente plantea una doble fase de autodescubrimiento y búsqueda de la identidad a través de las figuras de una adolescente y su madre, poco a poco convertida en su nuevo padre. Y es que Jane (o James, como se hace llamar ahora) está inmerso en un proceso de cambio de sexo que lo convertirá —físicamente— en el hombre que siempre ha sentido ser. A su vez, su hija, Billie, está experimentando con la vida y la sexualidad, condicionada, tanto por la decisión de su madre/padre, como por las habituales dificultades de la adolescencia.

    Aunque la transexualidad femenina se ha ganado un lugar en el cine moderno a través de la comedia y el melodrama —desde La ley del deseo (1987) hasta la recién estrenada Una nueva amiga (2014) pasando por Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (1993), Mi vida en rosa (1997) y Transamérica (2005)—, la masculina siempre ha abogado por un realismo más crudo que la ha alejado del cine comercial. Dramas como Boys don’t cry (1999), Romeos (2011) o Tomboy (2011) han reflejado, desde puntos de vista muy diferentes, las dificultades sociales atravesadas por los hombres atrapados en cuerpos de mujeres. Pero 52 martes da un paso más allá: el problema ya no es la aceptación de la transexualidad, sino la crisis de identidad sufrida, tanto por la propia persona, como por sus seres queridos. Aunque el viaje interior de James es inevitablemente disruptivo para él y quienes lo rodean, la cinta consigue plantear una realidad tan actual y a la vez tan desconocida como es la reasignación de sexo sin emitir juicios de valor, dejando que sea el espectador quien se forje su opinión, mas haciendo hincapié en el poder del ser humano de decidir con respecto a su propio cuerpo (y su propia vida).

    por Juan Roures
    mayo 25, 2015

    Crítica | 52 martes

    por Juan Roures | mayo 25, 2015

    Los olvidados de Galípoli

    crítica de El maestro del agua (The Water Diviner, Russell Crowe, 2014)

    En el recuerdo de todo aficionado al buen cine siempre estará aquella excelente película bélica de Peter Weir que fue Gallipoli (1981), que supuso uno de los primeros papeles importantes de Mel Gibson en su etapa australiana, antes de su exitoso salto a Hollywood. La historia de los dos amigos atletas que lucharon contra los turcos en la Batalla de Galípoli fue una oportunidad de acercar al espectador uno de los capítulos menos conocidos de la Primera Guerra Mundial, aquella que enfrentó a franceses, británicos y australianos contra otomanos y alemanes por la conquista de Constantinopla (hoy conocida como Estambul) en 1915. 33 años después de aquel clásico del cine, el actor neozelandés Russell Crowe vuelve a incidir en aquella contienda para ambientar su primer trabajo como director, El maestro del agua (2014), un drama histórico que peca de ambicioso ya desde las mismas dimensiones del proyecto, sobre todo tratándose de una ópera prima. Este exceso de confianza no debería ser un inconveniente para llegar a buen puerto, ya que otros intérpretes se dejaron seducir por la magia de la épica en sus primeros trabajos como cineastas. Kevin Costner debutó con la excepcional Bailando con lobos (1990) y Mel Gibson o Angelina Jolie se atrevieron con historias reales más grandes que la vida misma en sus segundos filmes, Braveheart (1995) e Invencible (2014). Desgraciadamente, Crowe no ha corrido la misma suerte que ellos y su obra manifiesta por todos lados los errores más habituales de cualquier director debutante.

    El maestro del agua, basada en un hecho real, cuenta la odisea de Joshua O´Connor, un testarudo zahorí australiano que, cuatro años después de la batalla de Galípoli, se embarca en un viaje a Estambul para localizar los cuerpos sin vida de sus tres vástagos caídos en la contienda y traerlos de regreso a Australia, tal y como le prometió a su esposa. Como no podría ser de otra manera, Crowe se reserva este personaje protagonista de padre coraje y sufridor –al que su mujer en la ficción define como un “hombre capaz de encontrar agua en medio del desierto pero incapaz de encontrar a sus hijos”– que tiene todas las papeletas para su lucimiento y le viene como un guante. La cinta muestra las tristes circunstancias que llevan a O´Connor a emprender ese viaje, las presiones que sufre por parte del cónsul británico para que ceje en su búsqueda y cómo encuentra la ayuda de un oficial turco que bien podría haber empuñado el arma que acabó la vida de sus hijos. En este sentido, se trata de una película profundamente humanística y antibelicista, que apuesta por la unión de los pueblos más allá de sus diferencias culturales, políticas o religiosas, presentando, eso sí, a los griegos como los malos malísimos de la película. Para que no falte de nada, hay lugar para una trama romántica entre O´Conner y la guapa turca que regenta el hotel donde se aloja y que también ha perdido a su esposo en la guerra. Se agradece que Olga Kulylenko vuelva a incidir en esa faceta sensible y dramática que tan bien se le dio en To the Wonder (Terrence Malick, 2012), pero su personaje es bastante prescindible y la historia de amor totalmente esquemática y ñoña (con lectura del futuro sentimental en el interior de una taza de café, incluida). Mejor parado sale el actor y director turco Yilmaz Erdogan, que sabe dotar de humanidad a su personaje del mayor Hassan, eclipsando al propio Crowe en todas las escenas que comparten.

    por José Martín León
    abril 13, 2015

    Crítica | El maestro del agua

    por José Martín León | abril 13, 2015

    Apocalipsis desde las Antípodas

    crítica a Las últimas horas (These Final Hours, Zak Hilditch, 2013) | ★★★ |

    La hipotética llegada del fin del mundo es una temática que ha sido abordada en multitud de ocasiones en el cine, haciendo especial hincapié en la vertiente catastrofista del asunto. Grandes blockbusters hollywoodienses han plasmado, con la ayuda de efectos digitales de última generación, cuál sería el alcance destructor de un asteroide al colisionar con nuestro planeta –Deep Impact (Mimi Leder, 1998), Armageddon (Michael Bay, 1998)–, los efectos devastadores de una posible nueva era glacial –El día de mañana (Roland Emmerich, 2004)– o la llegada del apocalipsis pronosticada por el fin del calendario maya –2012 (Roland Emmerich, 2009). Estos títulos funcionaron a la perfección como fantasiosas aventuras más cercanas a la ciencia ficción que al drama humano, donde estrellas del calibre de Bruce Willis, Dennis Quaid o John Cusack se convertían, prácticamente, en héroes salvadores de la humanidad. Sin embargo, en contadas ocasiones, pequeñas producciones han sabido desmarcarse del adocenamiento para acercarse al lado más intimista del asunto. Sin ir más lejos, la española 3 días (F. Javier Gutiérrez, 2008) mostró las últimas horas de vida de un grupo de personas ante la inminente colisión de un meteorito contra la Tierra sin necesidad de adornar la trama con imposibles operaciones espaciales con las que intentar detener lo inevitable. En esta misma línea se encuadraría Las últimas horas, el sorprendente segundo largometraje de Zak Hilditch tras la premiada Plum Role (2007).

    El mundo se acaba. Es lo que hay. La vida sobre el planeta se extinguirá en menos de un día y el protagonista de la película lo tiene completamente asumido. No es tiempo para increíbles actos de heroicidad. Ni siquiera para intentar arreglar su vida en esas últimas horas para irse de este mundo con la conciencia tranquila. James, al igual que la mayoría de nosotros, elige pasar el tiempo que le queda de vida borracho, colocado y dándolo todo en una fiesta de fin del mundo en donde sus participantes se entregan a una orgía de sexo desenfrenado. Esa era su elección antes de encontrarse con una pequeña niña a la que salva de ser violada por unos desalmados. Es entonces cuando la película entra verdaderamente en materia y nos habla de lo que realmente importa: la supervivencia, no física, sino de los valores que diferencian a los seres humanos del resto de los animales: la conciencia que empuja al hombre a realizar lo que cree correcto ante cada situación, despertando el lado heroico que todos podemos llegar a tener, la fuerza de los lazos familiares aun cuando los miembros de la familia no hayan tenido una relación precisamente idílica, y, sobre todo, la búsqueda del amor verdadero. Porque Las últimas horas es, ante todo, una historia romántica camuflada bajo las formas de uno de esos filmes apocalípticos que tanto les gusta a los australianos. La tierra desde donde nos han llegado memorables fábulas como La última ola (Peter Weir, 1977) o la trilogía de Mad Max, es ahora el escenario de una carrera a contrarreloj en donde James tiene los minutos contados para llevar a la pequeña junto a su padre, reconciliarse con una madre hastiada de los excesos de su hijo y elegir entre morir al lado de su inestable novia o correr a los brazos de una amante que le ha demostrado unos sentimientos más puros. El filme presenta, dentro de la modestia de sus planteamientos, una atractiva atmósfera de caos y destrucción, con delincuentes campando a sus anchas por las calles, asesinando a diestro y siniestro, mientras el resto de ciudadanos colapsan las líneas telefónicas con emotivas llamadas de despedida de sus seres queridos. Cuenta con una acertada fotografía de Bonnie Elliott en la que las tonalidades amarillas se adueñan de las imágenes, logrando la deseada sensación de sofoco y angustia por el inminente desenlace. Del mismo modo, la espectacular partitura musical de Cornel Wilczek acompaña con acierto a las escenas más vibrantes de la cinta. Técnicamente, y a pesar de ser un producto en el que la acción ocupa un lugar bastante secundario, Las últimas horas aprueba con buena nota.

    These Final Hours

    En el apartado interpretativo, cabe destacar que su protagonista masculino, Nathan Phillips, se hizo con el premio al mejor actor en el Festival de Sitges. Ciertamente, su esforzada interpretación va bastante más allá de la típica pose de chico duro y de vuelta de todo y Phillips sabe dotar a su personaje de diferentes matices que le alejan de la linealidad. De hecho, su papel de James entronca directamente con aquel memorable héroe romántico que fue el Lenny interpretado por Ralph Fiennes en Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995), que también se debatía entre la mujer a la que amaba y la que de verdad le amaba a él, en los últimos compases del siglo XX, cuando la amenaza del fin del mundo también flotaba en el ambiente. Hilditch le imprime a su obra un ritmo vertiginoso que atrapa al espectador desde una espectacular escena de apertura que más bien parece un videoclip que resume todo lo que vamos a ver a continuación. Hay momentos para la tensión –ese incómodo personaje de la mujer perturbada de la fiesta que acecha a la niña– y para el calado emocional –el mejor, el breve pasaje en casa de la madre de James, en donde los silencios dicen mucho más que las palabras–, pero sobre todo, la película se sostiene gracias a la química que se establece entre Nathan Phillips y la pequeña Angourie Rice, ya que ambos forman una pareja que logra enternecer en medio de un panorama de infernal deshumanización, manteniendo la esperanza en que el ser humano aún pueda conservar intactos sus principios antes de que el mundo se desintegre bajo sus pies. En definitiva, Los últimos días es una más que interesante propuesta de cine catastrofista de la era The Walking Dead que aboga más pos los personajes y los conflictos dramáticos que por la espectacularidad o la acción. Algo muy de agradecer para los fanáticos del género que busquen algo diferente a lo mil veces visto pero que, tristemente, la perjudica a la hora de tener una más amplia proyección comercial. Por ello, resulta vergonzoso que haya llegado a España directamente al mercado doméstico, cuando las salas de cine se llenan de productos de presupuestos más elevados pero con ideas mucho más pobres. | |

    José Antonio Martín
    Redacción Las Palmas de Gran Canaria


    Ficha técnica
    Australia, 2013. Título original: These Final Hours. Director: Zak Hilditch. Guión: Zak Hilditch. Productora: 8th In Line / XYZ Films. Fotografía: Bonnie Elliott. Música: Cornel Wilczek. Montaje: Nick Meyers. Intérpretes: Nathan Phillips, Angourie Rice, Jessica De Gouw, Kathryn Beck, Daniel Henshall, Lynette Curran, Sarah Snook. Presentación oficial: Cannes 2013.


    póster These Final Hours
    por José Martín León
    marzo 04, 2015

    Crítica | Las últimas horas

    por José Martín León | marzo 04, 2015

    Donde viven los monstruos

    crítica a The Babadook (2014), dirigida por Jennifer Kent. | ★★★★ |

    Viene siendo una tónica habitual que algunas de las más gratificantes sorpresas del último cine de terror nos lleguen desde Australia. Títulos como Triangle (Christopher Smith, 2009) –inexplicablemente, aún inédita en España– o Wolf Creek (Greg McLean, 2005) han demostrado que hay vida inteligente fuera de las fronteras de Hollywood. La última alegría surgida de las antípodas es The Babadook (2014), debut en la dirección de largometrajes de la actriz Jennifer Kent, que desarrolla (y mejora) la idea que dio lugar a su aclamado corto Monster (2005). La cinta, que viene precedida de inmejorables comentarios en su paso por festivales como los de Sundance y Sitges –donde se hizo con el Premio del Jurado y el de Mejor actriz–, no es otra cosa que una nueva vuelta de tuerca al recurrente mito de El hombre del saco, una de las más famosas leyendas urbanas que tanto han servido para infundir temor a los niños que se portan mal a lo largo de los tiempos. ¿Dónde radica el éxito de esta propuesta que tanto revuelo ha causado allá donde ha podido ser vista? Seguramente, habría que buscarlo en la sencillez con que fundamenta su efectividad en unos miedos que resultan perfectamente reconocibles para cualquier espectador. ¿Quién no teme a las pesadillas? ¿Quién no se ha inquietado alguna vez por una misteriosa sombra que emerge de un rincón? ¿No te has sobresaltado nunca por un sonido sospechoso proveniente de detrás de una puerta? The Babadook esquiva inteligentemente los sustos previsibles y fríamente calculados de cualquier producto expresamente diseñado para llenar las salas de cine, optando por entregar una experiencia mucho más dramática, con unos personajes multidimensionales y complejos y una manera de entender el miedo bastante más psicológica que explícita.

    La primera mitad del filme, de hecho, se revela como un acertadísimo retrato familiar (reducido a su más mínima expresión) en donde sus miembros son seres atormentados, azotados por una tragedia difícil de superar y que les ha creado serios trastornos de personalidad. Así, tras la muerte de su marido en un accidente cuando la llevaba al hospital a dar a luz, Amelia debe lidiar sin la ayuda de nadie con Samuel, su problemático y fantasioso hijo de seis años. La relación madre-hijo no es precisamente idílica, ya que la mujer se encuentra en un estado depresivo, superada por la situación de tener que cargar con un niño al que no soportan ni profesores ni familiares. Hastiada de su vida, Amelia únicamente encuentra un pequeño remanso de paz como trabajadora en un centro de ancianos, donde desconecta de un hijo que le exige demasiada atención. Dicho de otra manera: no estamos ante la madre abnegada y sobreprotectora que nos han pintado en títulos similares como Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) o El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), pese a que la descomunal interpretación de Essie Davis –todo un descubrimiento a celebrar– tenga evidentes paralelismos con aquellas encarnaciones de Nicole Kidman y Belén Rueda, a un paso de la locura. Noah Wiseman, con un aplomo impropio de un niño de tan corta edad, le da a Davis una réplica absolutamente electrizante en su papel de Samuel, logrando que el espectador perciba con contundencia los elementos tan serios (y alejados del cine fantástico) que la historia abarca. El sentimiento de culpa, la dificultad para superar la pérdida de un ser querido, la soledad o la marginación infantil, son temas que Kent maneja con tacto y mano firme en su ópera prima, sin trivializarlos en ningún momento.

    por José Martín León
    noviembre 09, 2014

    Crítica | The Babadook

    por José Martín León | noviembre 09, 2014
    The Rocket

    Postales de Laos

    crítica a The Rocket (2013), dirigida por Kim Mordaunt.

    Manufacturar una película de temática oriental desde el punto de vista occidental puede resultar un experimento cinematográfico tan complejo como interesante, sobre todo si sumergimos la narrativa en el contexto de un país cuyo pasado reciente está teñido por la tristeza, el legado de la guerra de Vietnam y los cambios económicos: Hablamos de Laos, un territorio cuya historia equivale a pobreza, a resistencia, a renovación y a esperanza, un lugar poblado por gentes valientes, supersticiosas y familiares, fuertemente influenciadas por el folclore, la religión y el trabajo rural. Sus paisajes inusuales y pintorescos, su clima tropical y sus costumbres son elementos capaces de teñir la estética de un filme de color, novedad y magia, además de introducirnos en el seno de una sociedad desconocida para la mayoría de nosotros. Con la intención de aunar este complejo caleidoscopio de tradición, fuerza, optimismo y sentimientos nace The rocket, la ópera prima del director Kim Mordaut, aspirante australiana en la anterior edición de los Premios Óscar en la categoría de Mejor Película de habla no inglesa. Antes de animarse a debutar el mundo de los largometrajes, su creador ya había acumulado experiencia en el terreno de la interpretación y una amplia carrera en el género documental. Para captar la auténtica esencia de la vida en Laos y poder desplegar el abanico de costumbres, supersticiones y circunstancias que allí se respiran, Mordaunt escogió un reparto variado procedente del país de origen, así como de Tailandia, que combina actores profesionales con otros nóveles y amateurs, y se trasladó a espectaculares ubicaciones geográficas para narrar esta historia. Una narración genuina a modo de fábula con moraleja para momentos de recuperación y cambio, impregnada de realismo mágico, y con un formato que nos recordará a un cuento oriental salpicado de épica y esperanza.

    El protagonista de The rocket es Ahlo (Sitthiphon Disamoe), un niño de diez años huérfano de madre con fama de atraer las desgracias y la desdicha, puesto que debido a una vieja leyenda laosiana los gemelos son imanes para la mala suerte, y su hermano idéntico a él ya había fallecido tras el parto. Como a perro flaco todo son pulgas, su familia, de origen humilde, pierde su hogar y se ve obligada a optar por la emigración y pasar todo tipo de calamidades a lo largo y ancho de Laos, una tierra todavía surcada por las viejas cicatrices y secuelas de la contienda vietnamita. Ahlo se hace amigo del resto de protagonistas; Kia (Loungnam Kaosaina), una huérfana alegre y avispada de nueve años y su excéntrico tío Purple, alcohólico y de mente abierta y liberal. Ahlo, discriminado y vapuleado por su familia, tiene en lo más alto de sus sueños ganar el Rocket Festival, una competición de cohetes de fabricación casera que se realiza de manera anual para clamar a la naturaleza por la llegada de la lluvia, pues la agricultura de subsistencia es la base económica de la región. El folclore, la congoja ante la pérdida, el peso de la estructura familiar y la importancia de los rituales y la espiritualidad son ejes que vertebran los acontecimientos de esta película, que procura desdramatizar las penurias del lugar mediante el humor y la calidez, a través la mirada limpia y enérgica de un protagonista que encarna una actuación sobresaliente. Su aventura no está exenta de peligros, como la proliferación de minas anti-persona, artefactos sin estallar y viejas bombas que provoca que cada paso dado pueda suponer el fin de todo. No es casualidad que en The rocket se palpen constantemente los recovecos y los designios de la muerte, pero siempre sin caer en el sensacionalismo o en la autocompasión histórica. Kim Mordaunt se atreve a usar una perspectiva pasional, positiva, rabiosa, como el enfoque irremediable que la infancia le da siempre a la supervivencia: inconsciente, obvio y repleto de curiosidad. La dulzura de los principales personajes y la ternura que nos transmiten se aleja de construcciones edulcoradas y nos habla de maneras alternativas de mirar hacia el futuro y recuperarse de los varapalos.

    por Anónimo
    octubre 21, 2014

    Crítica | The Rocket

    por Anónimo | octubre 21, 2014

    La ley del silencio

    crítica de The Rover | dirigida por David Michôd, 2014 | ★★★★

    El eslabón perdido, pieza fundamental para la completa demostración de las teorías evolutivas de Darwin, podría ser finalmente rastreado gracias al estudio que David Michôd ha realizado sobre la involución humana. De hecho, cualquier representación cinematográfica de un futuro distópico, siempre implica la regresión del ser humano a sus orígenes más primitivos e irracionales. Somos incapaces de imaginar (con alguna excepción extraordinaria como es el caso de Spike Jonze) un detonante apocalíptico, no relacionado con elementos arcaicos, que nos lleve a una debacle económica como la que da origen a la historia narrada en The Rover, y que sirve como analogía del sensacional concepto metafórico (y fructífero donde los haya) de El planeta de los simios (Planet of the Apes, 1968). Existe un elemento reiterativo común a todos estos trabajos post-apocalípticos: la completa falta de los llamados protocolos sociales. La población se volvería, llegado ese momento, extremadamente desconfiada, territorial y tendente al aislamiento o a la segregación en pequeños grupos o comunidades, organizados para encontrar sustento; de nuevo los tiempos de la supervivencia animal, promovida por teorías como la del anarcoprimitivismo, donde la única ley era la del revolver más rápido.

    En 1979, George Miller puso de moda un nuevo género cinematográfico que mezclaba el western clásico y la ciencia-ficción, convirtiendo, casi de manera inmediata, a Mad Max en una cinta de culto. Desde entonces cambió por completo la concepción poética que se tenía de las películas del oeste, y apareció una mucho más explícita y cercana a las violentas premisas del cine negro. La atmósfera creada por el director australiano nos recuerda a la tradicional oscuridad sucia y polvorienta del western americano, sin embargo, los rituales que este género teje en torno al asesinato y la violencia dejan de tener sentido para Michôd y sus personajes contaminados de un odio irracional e injustificable, más propios del contundente “hard-boiled”. Hay un elemento que enseguida llama la atención por su escasez, y que sería uno de los pilares básicos de este western de la época dorada: la mujer. Exuberantes y desvalidas chicas en apuros que, necesitadas de un héroe salvador, se dejan caer en los brazos del primer pistolero que aparece en la taberna del pueblo. La representación femenina se ha reducido en The Rover tanto como la comunicación entre los propios hombres, donde cada palabra parece ser bien estudiada y meditada antes de perder tiempo y esfuerzo en su pronunciación, situación que perfectamente podría ser la antesala de aquella sensacional ópera prima de Luc Besson, Kamikaze 1999, El último combate (Le dernier combat, 1983), donde la capacidad del habla había sido anulada por completo y la mujer suponía ya una especie extinta. Teóricamente, esta supresión del componente femenino en futuros distópicos ficticios tiene una razón de ser, ya que representaría el premonitorio caos de una sociedad condenada por la falta de sentido común y la brutalidad de los hombres. No obstante, esa ausencia sigue teniendo connotaciones machistas —muy acordes al género— debido a que la presunción de inferioridad (sexo débil) trataría de evidenciar que las mujeres no soportarían una situación de supervivencia extrema.

    por Alberto Sáez Villarino
    agosto 24, 2014

    Crítica | The Rover

    por Alberto Sáez Villarino | agosto 24, 2014
    Un largo viaje

    El ferrocarril de la muerte

    crítica de Un largo viaje | The Railway Man, Jonathan Teplitzky, 2013

    Corría el año 1942. Faltaba poco para el ecuador de la II Guerra mundial cuando Japón ocupó Birmania tras una imprevista victoria sobre los británicos. Se instauró un gobierno nacionalista encabezado por Ba Maw –mero títere de Japón y Tailandia– que pasó a ser aliado del Eje. El principal objetivo en esa zona era la construcción de un ferrocarril entre Tailandia y la capital birmana –Rangún–. Para la titánica empresa los nipones utilizaron a reos (no solo) británicos y chinos. Unos 400.000 prisioneros de guerra, pico y pala en mano, fueron empleados. El precio humano de la obra es incalculable, sobre todo una vez que la línea de ferrocarril alcanzó la inhóspita selva birmana. La bochornosa humedad, las infinitas jornadas de trabajo, la propagación de enfermedades, las plagas de insectos así como los barracones donde estaban hacinados componían las notas de una partitura que sonaba a pesadilla. Los índices de mortandad alcanzaron cotas pirenaicas. Aspectos que rinden honores al sobrenombre con el que fue bautizada la obra: “el ferrocarril de la muerte”. Las condiciones infrahumanas de trabajo se vieron, además, agravadas por las terribles torturas con las que eran castigados los presos. No eran extrañas las palizas, las ejecuciones sumarias o la reclusión, durante semanas, en estrechísimas jaulas de bambú. Las cifras oscilan entre los 200.000 y las 300.000 víctimas mortales. Este escalofriante dato convierte al ferrocarril de Birmania en el campo de concentración más grande de la II Guerra Mundial y el segundo con más víctimas, después de Auschwitz-Birkenau. El gran David Lean popularizó estos tenebrosos hechos con su magnífica El puente sobre el río Kwai (1957), galardonada en su día con siete premios de la Academia. Casi medio siglo después el director australiano, Jonathan Teplitzky, vuelve a desempolvar la barbarie con Un largo viaje (The Railway Man, 2013).

    Protagonizada por Colin Firth y la recauchutada Nicole Kidman. El guion hilvana la historia de un veterano británico de la II Guerra Mundial –Eric Lomax– incapaz de superar las traumáticas cicatrices mentales del conflicto. El eco de las torturas le persiguió allende de los lustros. Al punto que ni siquiera su pasión por los trenes mitiga la amargura. Una herencia a la que intentará poner fin cuando descubre que su torturador –Nagase Takeshi– sigue con vida. Un argumento respaldado por la legitimidad de haberse basado en hechos reales. Pasó por la pasada edición del Festival de San Sebastián sin pena ni gloria. Su acogida fue más bien negativa. Si se analiza fríamente el argumento solo se puede sacar la conclusión de que la cinta tenía todos los ingredientes para ser un pelotazo. Goza de los componentes necesarios para ser un gran éxito de público –a expensas de su improbable estreno en España–. Pero falla. La película no funciona. Es demasiado autoconsciente de su potencial emocional, el papel de Nicole Kidman –como esposa de Lomax– no aporta nada bueno al conjunto y su ambición por llegar a todo bicho viviente le resta verismo. Este último apunte es sin duda, para mí, la razón de su fiasco. El director comete un error “mortal” con la naturaleza del relato, al hilar una obra depurada, correcta, académica cuando lo que imploraba el libreto que tenía entre manos era perversión, brutalidad y decadencia. La vida de Lomax resulta inverosímil, por más que al principio y al final se haga oportuno énfasis en sus bases factuales. Resulta difícil de creer. Sobre todo si a base de elegantes pero inoportunas elipsis te comes la barbarie, el salvajismo que justifica el estado mental del protagonista. Muchos criticaron a la ganadora del Oscar a la mejor película Doce años de esclavitud (2013) por lo opuesto. Ni tanto ni tan poco. Ni por exceso ni por defecto. Decía Aristóteles que la virtud se encontraba el término medio. Pues eso. Máxime si tratas de compensar la balanza abusando de una música empalagosamente dramática. La crudeza está en la realidad diaria, es auténtica. Un traspié prescindir de ella.

    por Anónimo
    mayo 27, 2014

    Crítica | Un largo viaje

    por Anónimo | mayo 27, 2014
    The Turning

    Mi chica en llamas y otras historias

    crítica de The Turning | de Jonathan auf der Heide, Tony Ayres, Cate Blanchett, Jub Clerc,
    Robert Connolly, Shaun Gladwell, Rhys Graham, Justin Kurzel, Yaron Lifschitz, Anthony Lucas,
    Claire McCarthy, Ian Meadows, Ashlee Page, Stephen Page, Warwick Thornton, Marieka Walsh,
    Mia Wasikowska y David Wenham, 2013

    Una primera secuencia lírica e inquietante nos arrastra a los parajes australianos en el comienzo de The Turning, la adaptación cinematográfica del best-seller homónimo de Tim Winton. Este peculiar y extenso proyecto fílmico caracterizado por su bella fotografía y un exquisito hilo argumental, arrastra del papel a la cámara las diecisiete historias entrelazadas que tienen lugar a lo largo de tres décadas y que abordan conflictos humanos y experiencias emocionales de diferentes colores. Para lograr la ambiciosa consecución de esta antología, diecisiete cineastas distintos, bajo la dirección de Robert Conolly, aportan su granito de arena en la elaboración de cada una, produciendo así distintas estéticas y tratamientos narrativos, amparados en la unidad del guión acuñado por el propio Tim Winton, con una clara vocación de preservar las raíces literarias de su obra y construir un discurso expresivo que guarde los secretos y recuerdos de sus personajes. No se convierte así The Turning en un compendio desordenado o asimétrico hecho a base de una suma de interpretaciones por parte de sus múltiples creadores, sino que la ironía socarrona, los componentes místicos y religiosos en torno a la redención, y la búsqueda de la identidad y de la sexualidad se plasman como leitmotivs fundamentales de la obra. La aptitud narrativa de Winton, probablemente el novelista australiano más laureado de su generación, junto a su rico lenguaje repleto de sugerencias, sutilezas e imágenes veladas se trasladan con inteligencia a este puñado de relatos, cuyo mayor exponente es su gran emotividad y contagio de fuerzas: rabia, dolor, deseo punzante, compasión, culpa, amor, tristeza, pintan un empático lienzo que disecciona con agudeza los problemas más habituales del ser humano, esos que no cambian con el transcurso de los siglos.

    Esta película episódica, estrenada a nivel mundial en la parrilla del Festival Internacional de Cine de Melbourne convierte a actores de gran talla en cineastas noveles (Mia Wasikowska, Cate Blanchett y David Wenham), realza a directores más experimentados como Tony Ayres (The Home Song Stories) y Justin Kurzel (Snowtown), y abre puertas espacio a prolíficos talentos de nueva hornada como Jonathan auf der Heide (Tasmania) o Warwick Thornton (Samson & Delilah), junto a otros diversos nombres como el veterano creador de documentales y cortos Rhys Graham, Anthony Lucas (del corto The Mysterious Geographic Explorations of Jasper Morello), Claire McCarthy (The Waiting City), o la galardonada cortometrajista Ashlee Page y Marieka Walsh (del cortometraje The Hunter). Así, nos sumergimos en historias de diferente ubicación espacio-temporal en el lapso de treinta años, unidas por finos hilos. Comenzamos la andanza viviendo las inquietudes y sueños de futuro propios de la adolescencia de un chaval llamado Biggie y su mejor amigo, para seguir con la pérdida de virginidad y la poética del desnudo en el primer amor de dos púberes. En Damage goods, el capítulo más logrado, dominado estéticamente por una pantalla partida, un introvertido fotográfo saca instantáneas de una chica hermosa chica con la cara quemada llamada Strawberry Allison y encuentra la belleza en la destrucción, además de inquietarnos con un poema visceral. Entre otros, en On her knees, observamos una complicada relación entre una madre (Cate Blanchett) y su hijo; en Small mercies nos topamos de frente con el desaliento que provocan los divorcios con un niño de por medio; en Lon, clear view, que incluye pasajes a través de una cámara subjetiva, habla del aturdimiento infantil en torno al mundo, de un dios erigido como un locutor entre las estrellas; Family especula sobre la capacidad de triunfo y superación en una historia de deportistas, en Cockleshell una joven se rebela contra el maltrato que vive en el día a día de su hogar; The turning, que da nombre al filme y al libro, habla de los cambios irreversibles como “cuchillos calientes” a la hora de rehacer completamente tu vida; y, Defender, que cierra la obra de manera magistral, retrata los lastres que el pasado acarrea consigo de un niño a un adulto.

    por Anónimo
    mayo 08, 2014

    Crítica | The Turning

    por Anónimo | mayo 08, 2014

    A camel with no name

    crítica de El viaje de tu vida (Tracks, 2013) | dirigida por John Curran

    La diferencia entre una aventura y un viaje iniciático reside principalmente en la predisposición y voluntariedad de la acción en sí. De esta manera, se podría decir que la primera es fruto de la aparición de una suerte de causalidades que supediten ese rol de aventurero a un mero capricho del destino —ya sean fortuitas, marcadas por un momento y/o lugar equivocado, como el descrito por Eduardo Mendoza en su novela La verdad sobre el caso Savolta (1975); o ineludibles debido a una posición política complicada, como la mostrada por Michael Mann en El último mohicano (The Last of the Mohicans, 1992)—. También podría darse el caso de que una de estas arriesgadas e inesperadas empresas se convierta posteriormente —debido a un cambio en la personalidad del protagonista por la gran trascendencia de las experiencias vividas— en un viaje iniciático, como le ocurrió a Vladimir Arseniev en la cinta de Akira Kurosawa El cazador (Dersu Uzala, 1975). Ambos ejemplos carecerían, al menos inicialmente, de ese libre albedrío y firmeza que caracterizó la increíble hazaña que refleja Tracks, donde se cuenta de forma autobiográfica la verídica historia de Robyn Davidson quien, en 1977, emulando a Don Quijote (tanto por la incomprensión como por lo resolutivo de su carácter), salió junto a su fiel escudero (Diggity) y su rocín artiodáctilo (cuatro para ser exactos) con la firme intención de poner en práctica un oficio obsoleto; no el de la andante caballería como trató, sin suerte, de promover el de la triste figura, sino el del nomadismo.

    Hasta el desierto de Gibson se traslada la protagonista quien, movida por una desazonadora crisis existencial, se dispone a tomar conciencia de sí misma y de su relación con el entorno, atravesando 2700 kilómetros de la más absoluta aridez pero tratando de correr mejor suerte que el explorador que da nombre al páramo (Alfred Gibson). Ahí es cuando podemos descubrir la desesperación de una persona al enfrentarse a un mundo que ha perdido la vergüenza y el respeto por los valores y la privacidad. A solas frente a ese espectáculo natural, contemplando la belleza de ese minúsculo porcentaje de tierra que el hombre no ha destrozado todavía con sus avances arquitectónicos, empezando a conectar realmente con el más crudo y salvaje entorno mientras trata de huir de un escenario prefabricado que la asfixia, después de haber andado ocho meses sin descanso y sin un adarme de piel viva en las plantas de los pies. En ese instante, un ruido atronador rompe la magia, al tiempo que el monóxido de carbono del tubo de escape de un 4x4 se introduce por sus vías respiratorias. Del vehículo desciende un sonriente hombre impecablemente ataviado con una camisa de flores, unos pantalones kaki, una navaja suiza en el bolsillo izquierdo, un bote de “Relec” en el derecho, prismáticos al cuello, la réflex en la diestra y un bocadillo en la siniestra. Aún no ha tenido tiempo de reaccionar ante semejante estantigua cuando se da cuenta de que —con admirable destreza y deplorables maneras— el “dominguero” del desierto ha puesto a su mujer, su cuñado y sus tres hijas (réplicas exactas de Dora la exploradora) junto a ella, sus camellos y el entrañable Mr. Eddie (un sherpa aborigen) con la intención de hacer uso de su cámara. Roto el idílico escenario que la protagonista tenía en mente, sólo le quedará la recompensa personal de poner a prueba su autosuficiencia y su sentido de la supervivencia.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 07, 2014

    Crítica | El viaje de tu vida

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 07, 2014
    El cazador (The Hunter, 2011)

    Tras la pista del Tigre

    crítica de El cazador | The Hunter, de Daniel Nettheim, 2011

    «Y esto era irremediable, pues Harry quería, como todo individuo, ser amado en su totalidad y no podía, por lo mismo, principalmente ante aquellos cuyo afecto le importaba mucho, esconder al lobo y repudiarlo. Pero también había otros que precisamente amaban en él al lobo, precisamente a lo espontáneo, salvaje, indómito, peligroso y violento, y a éstos, a su vez, les producía luego extraordinaria decepción y pena que de pronto el fiero y perverso lobo fuera además un hombre, tuviera dentro de sí afanes de bondad y de dulzura y quisiera además escuchar a Mozart, leer versos y tener ideales de humanidad». De esta manera describía Herman Hesse a su Harry Haller en El lobo estepario y ya nos adelantaba que la naturaleza humana es completamente inextricable, pero que, por su condición misma de humana, todo tiene cabida. Me pareció oportuno citar a Hesse para presentar a Martin (espléndidamente interpretado por Willem Dafoe), otro lobo solitario parco en palabras y poco sociable de cuyo pasado no sabemos nada. Un mercenario de ese “mundo civilizado de hojalata” de Hesse que trabaja por libre y cuya única compañía se la proporciona la música clásica. Su último trabajo consiste en dar caza y tomar muestras del que se cree el único ejemplar de tigre de Tasmania, que, según dicen, aún vive en los frondosos bosques australianos. Un ser solitario a dar caza a otro. Martin establece su campamento base en la casa de Jarrah, un activista pro-medioambiente desaparecido hace ya un tiempo, y convive con la supuestamente viuda (Frances O’Connor) e hijos de éste. Mientras, se disputa fuera la lucha entre madereros, ecologistas y Jack (Sam Neill), un “local” cuyas intenciones y motivaciones se nos muestran un tanto confusas durante la historia. Y es la relación de Martin con éstos y con la misma naturaleza la que gradualmente lo convertirá en ese yo tan oculto como latente; un conflicto donde se hallará a sí mismo. En Martin veo reflejado a otros personajes desamparados que nos ha dado el cine, como Rodrigo Mendoza, ese cazador furtivo de indios de La Misión (Roland Joffé, 1986) o Michael, ese trabajador metalúrgico de El cazador (Michael Cimino, 1978) –los dos papeles, por cierto, interpretados casualmente (o no) por ese poco hablador pero magistral actor llamado Robert De Niro–, todos ellos seres pocos sociables, en constante lucha consigo mismo, supervivientes en junglas y en busca de la redención. Estos tres individuos, de alguna forma u otra, cazaban. Y es que la caza siempre ha sido un tema recurrente por metafórico en el séptimo arte. La caza como búsqueda del sentido de las cosas, en medio de una galopante crisis existencial, de lucha con los fantasmas interiores. Y como ocurre en todos ellos, es la misma aflicción la que les hace humanos, y la muerte la que, finalmente, les concilia con la vida.

    por Anónimo
    abril 16, 2014

    Crítica | El último cazador (The Hunter, 2011)

    por Anónimo | abril 16, 2014

    LA BURBUJA TÓXICA

    crítica de Dos madres perfectas | Adore. Anne Fontaine, 2013

    En el año 2009 la directora francesa Anne Fontaine aparecía en el panorama cinematográfico con la que a día de hoy es su película más conocida: Coco avant Chanel, un filme encuadrado en el socorrido género del biopic en torno a la figura de la famosa modista. Una obra que poco aportaba a todos los niveles pero que reflejaba con nitidez la idiosincrasia que caracteriza a su dilatada filmografía —que tiene como puntal la interesante Natalie X—. El interés por personajes de clase media alta, por esos ambientes de frivolidad y altivez con mujeres de mediana edad, atrapadas en una vida de convencionalismos que no acaba de complacerles y que normalmente intentan romper de formas poco aceptables a nivel social. Su última creación no es la excepción a la regla. Dos madres perfectas trata la historia de dos mujeres que rondan la cuarentena, amigas íntimas desde la infancia, con dos hijos de la misma edad que, debido al aislamiento y la costumbre, acaban forjando, al igual que sus progenitoras, un fuerte lazo afectivo que acabará por viciar todos los espacios.

    De esta forma, la película comienza dibujando las circunstancias de este grupo hermético, de limitada comunicación con el exterior. Ambas mujeres viven junto a la costa, a unos pasos de distancia la una de la otra, en un precioso acantilado repleto de vegetación situado en una bahía de arena blanca y aguas turquesas. Es importante remarcar la belleza del ambiente. El marco en el que se moverán estos personajes ayuda a comprender de manera bastante clara el porqué de sus intereses. Son personas acomodadas, a las que la educación ha condicionado para mantener una red de relaciones que no se salga de la familiaridad. El grupo de convivencia lo componen cinco miembros: Dos mujeres, el marido de una de ellas, y sus respectivos hijos. Por un lado tenemos a Roz, casada con un profesor de universidad cuyo hijo Tom, es un entusiasta aficionado al teatro. Lil, por el contrario, es viuda. Su hijo Ian es un joven solitario, pero suple la falta de una figura paterna con la presencia constante de Roz y Tom en su vida. En los primeros diez minutos de metraje, el filme realiza dos elipsis temporales que abarcan varios años, buscando con celeridad el punto de interés de la historia y la relación a dos bandas que se establece entre Roz e Ian, y Lil y Tom. El cuadro de una familia perfecta que se toma demasiado en serio a sí misma.

    por Unknown
    septiembre 10, 2013

    Crítica | Dos madres perfectas

    por Unknown | septiembre 10, 2013
    Wish You Were Here

    ¿QUÉ PASÓ CON JEREMY?

    crítica de Wish You Were Here | Kieran Darcy-Smith, 2011.

    Comienza la película con dos parejas disfrutando de unas envidiables vacaciones en las paradisiacas palayas de Camboya. Risas, bailes, algo de drogas y mucho, mucho alcohol. Algo trágico debió suceder, ya que lo siguiente que vemos es que solo tres de los cuatro amigos han regresado a Australia, mientras que el restante ha sido dado por desaparecido en circunstancias extrañas en el estado asiático. Dave y Alice, feliz matrimonio con dos preciosos hijos y un nuevo bebé en camino, intentan evitar a la desolada Steph, hermana de Alice y novia del perdido Jeremy. El espectador ya se empieza a plantear preguntas. ¿Qué sucedió con Jeremy?, ¿por qué se sienten incómodos Dave y Alice por la presencia de Steph? A lo largo de todo el filme, los saltos temporales son constantes, intercalando los presentes momentos de la investigación de dicha desaparición con los hechos que ocurrieron durante tan fatídico viaje.

    por José Martín León
    junio 30, 2013

    Crítica | Wish You Were Here

    por José Martín León | junio 30, 2013
    Sleeping Beauty, de Julia Leigh

    LA ERÓTICA DEL ABURRIMIENTO

    crítica de Sleeping Beauty | Julia Leigh, 2011

    Los clásicos literarios estimulan –a diferencia de los credos– modernizadas y múltiples reinterpretaciones, y se engrandecen con ellas. El séptimo arte recrea una y otra vez los clásicos notables, desde los tiempos de Méliès. El cine, como arte recién surgida, se apoyó en otras formas de expresión, de cariz artístico, en la búsqueda de la conformación de una identidad propia apoyada en los códigos que ya le eran familiares al gran público. Le cogió el gustillo, y a ello sigue. Es evidente que existen riesgos en estas revisiones, pero releer a Dickens, a los Hermanos Grimm, a Julio Verne, Zola o Kafka es dar visos de contemporaneidad a referentes del pasado desde nuestro contexto histórico, entenderlo al socaire de otro prisma distinto del que fueron concebidos. Es una actualización del mito. Una visión o concepción personal. Una exégesis con voluntad renovadora que enriquece, normalmente, a la obra original y da lustre a la neófita. Se me vienen a la memoria Blancanieves (2012) de Pablo Berger, o la revisión del mito de Prometeo de Ridley Scott –Blade Runner (1982) –. Ejemplos reseñables de cómo hacer buen cine apoyándose en la literatura. Reescribiendo. Sleeping Beauty –ópera prima de la escritora australiana Julia Leigh– es una versión contemporánea del cuento de los Hermanos Grimm Dornröschen (La bella durmiente). Renueva el cuento con un inquietante retrato del mundo de la prostitución, a través de una joven universitaria que se sumerge en un meretricio de erótica marcadamente gerontológica. Su “vagina es un templo”, así que no sufrirá penetración alguna, pero será víctima de un somnífero que impedirá tener conocimiento de lo que hacen con su cuerpo.

    por Anónimo
    junio 30, 2013

    Crítica | Sleeping Beauty

    por Anónimo | junio 30, 2013
    Lore
    crítica de Lore | Cate Shortland, 2012
    premio a la mejor dirección | Seminci 2012

    El olvido y la memoria. Los dos caminos posibles que puede tomar la Historia, o las pequeñas historias que la constituyen. Como sujetos sociales activos, somos un elemento esencial en la conservación o la desaparición de viejas ideas, testimonios, documentación, o en su conjunto, somos responsables de que muchas voces sean silenciadas. La cinematografía, por su parte, es un medio que intenta plasmar en su soporte audiovisual estos acontecimientos, discursos o pequeñas historias de vida, que podrían haber formado parte de la Historia. Sin embargo, la industria cinematográfica no garantiza que se vayan a conservar. El espectador es, pues, la piedra angular: la memoria, o el olvido, influenciados por los efectos del medio cinematográfico.

    por Anónimo
    mayo 06, 2013

    Crítica | Lore

    por Anónimo | mayo 06, 2013

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