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    Crítica | Dos madres perfectas

    Dos madres perfectas

    LA BURBUJA TÓXICA

    crítica de Dos madres perfectas | Adore. Anne Fontaine, 2013

    En el año 2009 la directora francesa Anne Fontaine aparecía en el panorama cinematográfico con la que a día de hoy es su película más conocida: Coco avant Chanel, un filme encuadrado en el socorrido género del biopic en torno a la figura de la famosa modista. Una obra que poco aportaba a todos los niveles pero que reflejaba con nitidez la idiosincrasia que caracteriza a su dilatada filmografía —que tiene como puntal la interesante Natalie X—. El interés por personajes de clase media alta, por esos ambientes de frivolidad y altivez con mujeres de mediana edad, atrapadas en una vida de convencionalismos que no acaba de complacerles y que normalmente intentan romper de formas poco aceptables a nivel social. Su última creación no es la excepción a la regla. Dos madres perfectas trata la historia de dos mujeres que rondan la cuarentena, amigas íntimas desde la infancia, con dos hijos de la misma edad que, debido al aislamiento y la costumbre, acaban forjando, al igual que sus progenitoras, un fuerte lazo afectivo que acabará por viciar todos los espacios.

    De esta forma, la película comienza dibujando las circunstancias de este grupo hermético, de limitada comunicación con el exterior. Ambas mujeres viven junto a la costa, a unos pasos de distancia la una de la otra, en un precioso acantilado repleto de vegetación situado en una bahía de arena blanca y aguas turquesas. Es importante remarcar la belleza del ambiente. El marco en el que se moverán estos personajes ayuda a comprender de manera bastante clara el porqué de sus intereses. Son personas acomodadas, a las que la educación ha condicionado para mantener una red de relaciones que no se salga de la familiaridad. El grupo de convivencia lo componen cinco miembros: Dos mujeres, el marido de una de ellas, y sus respectivos hijos. Por un lado tenemos a Roz, casada con un profesor de universidad cuyo hijo Tom, es un entusiasta aficionado al teatro. Lil, por el contrario, es viuda. Su hijo Ian es un joven solitario, pero suple la falta de una figura paterna con la presencia constante de Roz y Tom en su vida. En los primeros diez minutos de metraje, el filme realiza dos elipsis temporales que abarcan varios años, buscando con celeridad el punto de interés de la historia y la relación a dos bandas que se establece entre Roz e Ian, y Lil y Tom. El cuadro de una familia perfecta que se toma demasiado en serio a sí misma.

    Dos madres perfectas

    El desarrollo de Dos madres perfectas merece analizarse. Fontaine toma como base un punto de partida, cuanto menos, algo telenovelesco. Estas relaciones amorosas entre mujeres de un grado económico importante, con los hijos de sus respectivas amigas, es algo que despierta recelo. Esta gente esta encerrada en su burbuja. Y es difícil encontrar la empatía. La frivolidad se apodera de las primeras conversaciones. Es fácil prejuzgar a estos personajes observándoles, pero Fontaine procura vadear el terreno de las obviedades sirviéndose de una serie de saltos a lo largo de varios años que hacen avanzar la historia a distintos puntos de intensidad explorando situaciones diversas. Es de agradecer que la cineasta no se estanque en los pasajes más delicados y melodramáticos de un relato que, en principio, se presta un tanto al ridículo y la incomprensión, y, en su lugar, se preocupe más por intentar comprender a sus criaturas que por explotar la vena más superficial que se le ofrece. La historia de estas madres con sus hijos puede despertar rechazo, y no es para menos. Sus personajes no son simpáticos, pero tampoco lo pretenden. Aún con todo, Fontaine tiene mano para dibujar estos ambientes, optando por una solemnidad que pretende claramente humanizar a esas dos mujeres, mostrar sus dilemas internos. Sirva como muestra la escena de una Naomi Watts sorprendentemente envejecida mirándose al espejo del baño en un primer plano muy poco favorecedor.

    Doris Lessing (autora de la novela en la que se basa el largometraje) propone una serie de contenidos de cierto calado: El hastío vital, la aceptación de la vejez, la inconsciencia postadolescente, los corazones suicidas, los convencionalismos sentimentales... Es interesante como Fontaine introduce todos esos elementos en la cinta. Posiblemente sea el punto más destacable. Aunque falla a la hora de determinar la motivación que desencadena esas relaciones sexuales. Sobre todo la de Roz con Ian. No hay un motivo claro. Simplemente sucede, y no queda claro por qué. Tampoco los personajes se lo preguntan. Uno intuye cierto aburrimiento por parte de ella, cada vez más alejada de su marido, que encuentra como válvula de escape el carnaval hormonal de su joven vecino. Por su parte, la relación de Lil y Tom surge como una especie de acto reflejo y respuesta vengativa a ese primer affaire que no tarda en descubrirse. De esa forma Lessing establece el interés central de todo el embrollo: La convivencia autoconsciente de estas cuatro personas, con sus respectivas relaciones y el (aparente) respeto mutuo entre todas ellas ante una situación cuya atmósfera es demasiado densa pese a que la fotografía se empeñe en enaltecer la belleza del emplazamiento, marcando los días de mayor felicidad del grupo intensificando los colores a través del mar y la luz del sol.

    Dos madres perfectas

    El aislamiento de estos personajes se intuye como parte del problema. El paso del tiempo lo confirma. El momento en el que Tom abandona su hogar durante un tiempo por primera vez es el momento en el que los sentimientos inalterados empiezan a cambiar. La confianza encerrada en cuatro paredes puede confundir ciertas emociones. Llega un momento incluso en el que la maternidad parece ocupar el centro del discurso. La incapacidad de dos mujeres para dejar que sus hijos abandonen el hogar, la incapacidad para cambio alguno. “Debemos dejarlos ir”, le dice Roz a Lil en un momento dado. La conclusión de la obra es certera, aunque sería difícil catalogarla de optimista. Todo depende del prisma con el que cada uno juzgue la situación. Desde luego a nivel formal la obra sabe defenderse. Y Fontaine puede presumir de tener en sus manos un guión cuanto menos solvente, escrito por una persona ya curtida en estas lides pasionales: Christopher Hampton, guionista habitual de Stephen Frears, aun con el “san benito” a sus espaldas de la insuperable adaptación de Las amistades peligrosas. Hampton sabe como tratar un relato como el de Lessing, aunque sea poco amigable, procurando explotar los aristas que subyacen en el conjunto.

    Ayudan mucho a ello las actrices protagonistas. Sería un error no hacer un inciso en la naturalidad que desprende su trabajo y la complicidad que se respira en el ambiente. Sin ello el filme se hundiría sin remedio, y parte de que no lo haga es gracias a su elenco. Naomi Watts es una de las productoras de la cinta y se nota su implicación. La comodidad con la que se desenvuelve en escena es evidente, comprendiendo a su personaje tanto como Robin el suyo propio. Ellas dos son el alma del relato. No puede decirse lo mismo de Xavier Samuel, actor australiano de cierta proyección internacional, pero de registro tremendamente limitado. A su favor hay que decir que, a pesar de todo, Ian es un personaje hecho a su medida. Inexpresivo, introspectivo, con cierta prepotencia. Así es como lo muestra Fontaine. En la última esquina, el semidesconocido James Frecheville, ya visto en Animal Kingdom, tal vez sea el que más desencajado de todo el casting, aunque se beneficia sobremanera de tener como partenaire a una mujer de la talla de la Watts. Es bien sabido que un actor limitado es siempre más competente cuando el actor que le da la replica es bueno, y esta película es el ejemplo perfecto.

    Dos madres perfectas

    Dos madres perfectas es, en conclusión, una obra que ofrece una visión particular sobre ciertos temas que muy posiblemente provocarán úlceras al espectador más ortodoxo. La verosimilitud de la situación presentada es difícil de aceptar y se puede convertir en la principal razón para desconectar con la narración. La actitud que toman los propios personajes resulta, en cierta forma, algo ofensiva. El espectador se cuestiona la moralidad de esa situación mientras ellos la aceptan sin mucha resistencia. E instintivamente surge una pregunta lanzada al aire ¿Acaso soy yo el convencional por no acabar de entenderlo? Anne Fontaine tira la piedra, pero esconde la mano. Eso sí, mostrando una clara tendencia al paternalismo, abriendo una vía de salvación cuando difícilmente la realidad concede esa oportunidad. Por su parte, la ambigüedad del desenlace, de ese último plano, retrotrae a la misma cuestión anteriormente citada. Y es posiblemente la baza más poderosa de la película en cuanto a las cuestiones que lanza al público. Cada uno que responda según sus valores. | ★★★★★ |

    Gonzalo Hernández.
    Redacción Madrid.

    Australia, Francia, 2013. Título original: Adore (Perfect Mothers en EE.UU), Directora: Anne Fontaine. Guión: Christopher Hampton. Interpretes: Naomi Watts, Robin Wright, Xavier Samuel, James Frechevile, Ben Mendelsohn. Fotorgrafía: Christophe Beaucarne. Productoras: Gaumont, Screen Australia, Ciné@, Hopscotch Features, Mon Voisin Productions, France 2 Cinéma, Screen NSW, France Télévisions, Canal +, Ciné+. Presentación oficial: Festival de Sundance (18 de Enero 2013).

    Dos madres perfectas póster
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