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    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★★★
    The Dreamed Adventure
    Valeska Grisebach
    La historia continúa


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Alemania, 2026. Título original: «Das geträumte Abenteuer». Título internacional: «The Dreamed Adventure». Dirección: Valeska Grisebach. Guion: Valeska Grisebach y Lisa Bierwirth. Compañías productoras: Komplizen Film (Jonas Dornbach, Janine Jackowski, Maren Ade). Coproducción: Alemania, Francia, Bulgaria, Austria. Fotografía: Bernhard Keller. Montaje: Bettina Böhler. Reparto: Yana Radeva (Veska), Syuleyman Letifow (Saïd), Stoicho Kostadinov, Nikolay Shekerdjiev, Denislava Yordanova, Tiana Georgieva. Duración: 167 minutos.

    The dreamed adventure bien podría formar parte de un programa doble junto con Pacifiction, de Albert Serra. Ambas tienen por protagonistas a sujetos que intentan conocer la lógica interna de un país para ellos desconocido. La paradoja de ambas películas está en que convierten los reflejos abstractos que surgen de la visión que sus personajes tienen de un espacio y sus habitantes en imágenes que concretan un estado de ánimo al mismo tiempo que formulan una serie de apuntes sobre el mismo. Este tipo de relatos atravesados por una sensación de desarraigo y no pertenencia tienden a exotizar los paisajes (humanos) que atraviesan sus protagonistas debido a que su punto de vista y el de la narración es uno y el mismo. Por eso, el mérito de Serra y Grisebach radica en no quedarse en la superficie de la abstracción —es decir, en no trabajar el espacio como un mero escenario de tramoya impenetrable cuyos “misterios” funcionan como pretextos para crear una tensión autosuficiente que nunca se termina de resolver— para indagar en lo que hay detrás. En sus obras se trata de entender un mundo, no de reproducir acríticamente las subjetividades de un personaje. El objeto de estudio se filma como una realidad viva en vez de como un fondo opaco que termina subordinado a los caprichos del protagonista. El acierto está en el distanciamiento.

    Precisamente por eso, Grisebach dedica los primeros minutos de la película a cuestionar las posibilidades de entender el funcionamiento de un pueblo desde sus márgenes. Su protagonista no deja de mirar, de escrutar calles y edificios, pero su expresión de desconcierto nunca varía. Con la cámara siempre situada dentro de los coches en los que viajan los dos personajes principales —muestra de la distancia que hay entre ellos y un país en cuyo presente no saben situarse debido a que interpretan el papel del observador ajeno, del entomólogo que quiere conocer sin implicarse—, un hombre regresa al pequeño pueblo de Bulgaria —situado en la frontera con Turquía y Grecia— en el que vivió hace años y que está controlado por una mafia que opera en las sombras. La dislocación personaje-espacio es total: ha pasado tanto tiempo desde su marcha que, pese a recordar el funcionamiento del mecanismo turbio que oprime al pueblo, es incapaz de identificarlo con precisión, de situarse frente a él para enfrentarlo. Por eso, su viaje se resume en una búsqueda de la nada. Intenta encontrar los restos del pasado del que huyó para poder entender el presente, pero lo único con lo que se encuentra es con el silencio. Su desligamiento con respecto al espacio es total: o los espectadores lo ven a él mirando o ven lo que mira. No hay un diálogo entre el hombre y el espacio; sólo un intento de penetrar unas calles en las que no encuentra aquello que busca.

    Cuando el personaje desaparece, el protagonismo recae sobre una vieja amiga suya que trabaja como arqueóloga en unas excavaciones cercanas al pueblo. Su oficio no es casual: desenterrar el pasado es un paso ineludible que debe realizar si quiere comprender el presente. Sin embargo, uno de los mafiosos de la zona admite que se han llevado todo lo que había allí que pudiese tener algún valor. Ese todo en realidad hace referencia a metales y demás materiales del estilo, pero no a las ruinas de las civilizaciones antiguas. Sin percatarse de ello, el personaje admite que la Historia, en la actualidad, no vale nada: el “todo” se reduce a un valor de cambio inexistente. Precisamente por ello, la investigación de la arqueóloga adquiere una doble significación: en el plano literal, le devuelve un valor no mercantil a aquellos objetos que permiten conocer la Historia; en el plano metafórico, supone una indagación en el pasado reciente del país que le permitirá entender el funcionamiento de la actualidad. Así, The dreamed adventure se termina desvelando como un relato sobre el después de la caída del muro de Berlín. O, en palabras de un personaje, sobre la situación del país tras la llegada de la “democracia”.

    La Historia no se clausuró con la desaparición de la URSS, como pretendió Fukuyama, y el sistema que la sucedió es lo que Grisebach pone en cuestión. A medida que la arqueóloga vaya entablando amistad con los habitantes del pueblo, la película dejará de desarrollarse en exteriores opacos y entrará en interiores oscuros. El cambio es significativo, porque las imágenes ya no refutan esa concepción del espacio como escenario exótico, por hermético, sino que intentan seguir el recorrido de las relaciones subterráneas que definen el devenir de los ciudadanos. Las carreteras secundarias, sin asfaltar, las rutas secretas y los edificios abandonados se convierten, junto con unos interiores definidos por la pobreza y el abandono, en las principales localizaciones que recorre la protagonista. El erratismo que define su forma de moverse por esas localizaciones contrasta con la tranquilidad que caracteriza los paseos que los niños del pueblo dan por esos mismos lugares: han nacido allí, conocen las rutas secretas y escuchan las historias de los mafiosos con fascinación. Para ellos, de momento, todo eso no es más que un juego; cuando crezcan será diferente. Sólo la hija del líder de una de las bandas puede disfrutar del privilegio de la inocencia, gracias, en gran medida, a los esfuerzos que hace su padre por mantenerla alejada de la violencia que sustenta su forma de vida.

    Que Serra únicamente fuese capaz de identificar de forma elíptica al poder que operaba por detrás de su protagonista al final de Pacifiction se debía a que dicho poder era el de un Estado colonialista cuya presencia sólo podía filmarse a través de las huellas que dejaban sus múltiples tentáculos —ese coronel interpretado por Marc Susini. En The dreamed adventure, por el contrario, las fuerzas que condicionan la vida en el pueblo —las mafias que monopolizan, por medio del robo y la intimidación, el mercado de la gasolina, metales y demás materias primas de valor— no tienen la envergadura de ese Estado y, por tanto, no pueden ocultar su presencia con tanta efectividad. Las consecuencias son evidentes: no resulta tan difícil ponerle cara y cuerpo. Al ser menor su magnitud, es mayor la facilidad con que Grisebach puede no sólo señalarlo, sino adentrarse en sus mecanismos. De ahí que el tercio final de la película resulte más esclarecedor que el de la cinta de Serra. Sin embargo, algunos críticos han calificado la película como “opaca”; pero nada de eso hay en sus imágenes. La cineasta indaga en el manto de opacidad que recubre una realidad desesperada, pero no la reproduce, no afirma la imposibilidad de conocerla y, además, desmonta la fantasía del espacio pobre como escenario para el turismo exótico, principal recurso narrativo a través del que muchos cineastas ocultan una realidad incómoda que no les interesa filmar. Los personajes de The dreamed adventure están atrapados en un sistema que sólo les deja tres caminos: convertirse en matones de la mafia local, prostituirse en sus fiestas o ser aplastados por su violencia. Las promesas de bonanza que llegaron tras la caída del muro se desvelan puras falacias en cada plano de Grisebach. Su mirada hacia la oscuridad ofrece imágenes muy lúdicas. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    junio 09, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | The Dreamed Adventure

    por Rubén Téllez Brotons | junio 09, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★☆☆☆☆
    La bola negra
    Javier Calvo & Javier Ambrossi
    García Lorca en el mercado de la memoria


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    España, 2026. Título: «La bola negra». Dirección: Javier Calvo y Javier Ambrossi. Guion: Javier Calvo y Javier Ambrossi (basado en la obra inacabada de Federico García Lorca y la obra teatral La piedra oscura de Alberto Conejero). Compañías productoras: Movistar Plus+, Suma Content, El Deseo, Le Pacte, con la participación de Atresmedia. Distribución en España: Elástica Films (estreno en cines el 2 de octubre de 2026). Fotografía: Gris Jordana. Reparto: Guitarricadelafuente, Carlos González, Miguel Bernardeau, Lola Dueñas, Penélope Cruz y Glenn Close. Duración: 155 minutos.

    Año 1937. Los habitantes de un pueblo del norte de España esperan con ansiedad la llegada de la aviación mussoliniana. Un niño de no más de cinco años hace el saludo fascista. Como no levanta el brazo todo lo recto que debería, su hermano le corrige. La escena provoca la risa de los espectadores de la sala Debussy en Cannes. No es un error ni un malentendido, también sucede en la sala Bazin. El posicionamiento frontal de la cámara con respecto al niño resalta la “errónea” posición del brazo y convierte ambos movimientos —el saludo mal realizado y la corrección— en etapas de un mismo gag de tensión ascendente. El saludo fascista se vacía de contenido y pasa a ser un gesto sin significación alguna, porque el humor, en La bola negra, no desnuda lo intolerable, sino que lo blanquea para volverlo asumible; sólo así pueden sus directores emplear su simbología como base para piruetas “humorísticas” e iconográficas. Este momento no es el más abyecto de la película, pero da buena cuenta de lo que está por venir.

    Mientras los habitantes esperan a la aviación italiana con el brazo erguido, los directores aprovechan para componer una imagen inequívocamente fascista. El plano es general y la gente está de espaldas a la cámara; los brazos levantados en una misma dirección orientan la mirada hacia una gran cruz de piedra que está situada en mitad de la parte superior del encuadre. Por encima, una pequeña franja de cielo por la que se espera que pasen los aviones de Mussolini. La composición es puramente totalitaria, no porque utilice la imaginería fascista, sino porque la pone en escena tal y como lo haría un mal imitador de Leni Riefenstahl: convierte a la gente en un bloque unificado y homogéneo, utiliza las líneas para obligar a mirar a la cruz y deja un espacio vacío para que puedan entrar por él los tan esperados italianos, los “salvadores”. Sin embargo, cuando la aviación llega, dispara contra la población civil y bombardea el pueblo. Javier Calvo y Javier Ambrossi, en el momento en el que comienza el estruendo, insertan una música apocalíptica y siguen al que será uno de los protagonistas mientras intenta salvarse. En la huida, escala por unas ruinas que los directores utilizan como recurso esteticista y como metáfora de una España destruida. ¿Quién ha convertido el país en una escombrera? Eso no les interesa tanto, aunque la imagen del personaje utilizando unas flechas como asideros mientras escala esas ruinas remite directamente a la iconografía falangista.

    La bola negra sucede en tres tiempos distintos: 1932, 1937 y 2017. La primera línea es una puesta en escena —con trampa— de la obra póstuma de Lorca que le da nombre a la película; la segunda sigue los pasos de un soldado franquista que se enamora de un preso republicano; la tercera tiene como protagonista al nieto del franquista, que intenta “reconciliarse” con su pasado. La película mira al pasado para poder ofrecer un mensaje conciliador en el presente. No vuelve atrás para poner en cuestión la actualidad, sino para hacer todo lo contrario: negar cualquier continuidad histórica y clausurar el pasado dándole la forma de una microhistoria que se resuelve en el presente sin asperezas ni cambios, como si de un pequeño conflicto familiar se tratase. Y es que precisamente los directores trazan todo el arco discursivo de la cinta partiendo del concepto equidistante de la “guerra fratricida”; el deseo que surge entre el soldado franquista y el republicano actúa como nexo entre ambos y demuestra que el amor puede vencer a la política.

    El presente narrativo no es más que el intento del nieto del soldado franquista de cumplir la última voluntad de su abuelo: pedirle perdón a la familia del republicano al que asesinó. La estrategia es sutil, pero mezquina: en primer lugar, porque da a entender que no mató a nadie más durante la guerra, cuando formó parte de un batallón franquista que convirtió los fusilamientos en una constante; en segundo lugar, porque presenta la Guerra Civil como un conflicto de particulares cuyas heridas deben resolver en privado sus herederos. No hay fosas comunes ni un régimen político heredado de la dictadura de cuyas instituciones nunca se purgaron a los fascistas, tampoco unas empresas que financiaron el golpe de Estado, se enriquecieron durante el franquismo y siguen operando hoy; es decir, no hay necesidad de que la verdad, la justicia y la reparación se hagan efectivas. Al ser meras cuestiones entre particulares, no requieren de soluciones colectivas. Los directores necesitan instaurar ese marco discursivo, porque únicamente desde ahí pueden blanquear al soldado franquista que protagoniza la narración de 1937. En determinado momento, su nieto le pregunta a la madre por qué odia tanto a su abuelo. “Porque él te habría matado por ser gay”, le responde. Los directores se esfuerzan en todo momento en presentarla como una histérica por, entre otras cosas, renegar de un padre fascista. La decisión forma parte de una estrategia narrativa que consiste en darle la vuelta a determinadas situaciones para hacer pasar la excepción como norma y al revés. En este caso, un ejemplo aislado —hija de franquista que se avergüenza de lo que hizo su progenitor— deviene norma general —situación que ni por asomo refleja la realidad— para poder presentar al padre como una pobre víctima solitaria.

    La mercantilización que Calvo y Ambrossi hacen de Lorca resulta problemática. En primer lugar, porque, como hacen con otros tantos elementos y personajes a lo largo de la película, lo condenan a ser mero folclore. En segundo lugar, porque lo abstraen de su contexto histórico para poder presentar la homosexualidad del protagonista de su obra inconclusa como un elemento conciliador de clase y, desde ahí, extrapolarlo al resto de personajes de la película.


    El blanqueo del personaje parece ser el motor de la narración. Pero no se trata de un caso aislado: lo que se pretende hacer asumible es el fascismo para poder fijar unas imágenes iconográficas en las que este tenga cabida. Cuando el republicano se despierta, herido y detenido, el soldado franquista le está custodiando. Los directores insertan un plano de su espalda sudada y musculosa. El erotismo de los sublevados deviene sustancia de unas imágenes que pretenden ser heterodoxas por su acentuación de la desnudez masculina, pero que no pasan de ser obvias, adolescentes y completamente inmorales por lo que tienen de ocultación de la barbarie (¿alguien se habría atrevido a filmar así a un nazi en una película sobre el Holocausto?). No es que los directores busquen una tensión sexual entre ellos –que no la había— para indagar en sus pliegues, sino que los utilizan para fijar unas postales iconográficas en las que dos realidades antitéticas se juntan para crear un efecto inesperado. En este caso, el franquismo y el homoerotismo. Los directores tienen que hacer tolerable al primero para poderlo cruzar con lo segundo; para ello, deciden irrealizarlo por completo.

    De nuevo, hacen de la excepción norma y presentan al soldado franquista como un pobre hombre, apolítico, al que los sublevados le ponen un rifle en las manos y le obligan a combatir. Si bien es cierto que esa situación se dio durante la guerra, no fue la tónica general, por mucho que los directores se empeñen en ello. Lo abyecto llega cuando borran de la imagen cualquier referencia a los falangistas —apenas cuatro camisas azules al fondo del plano—, carlistas —sólo una bandera— y requetés, que fueron quienes reprimieron a la clase obrera en el norte de España de forma sistemática y planificada. De la misma forma, Ambrossi y Calvo miden los planos con cuidado para no sacar determinados símbolos: ninguna referencia a los nazis y ausencia total de las banderas españolas e italianas con el águila negra; la iconografía fascista más conocida se deja fuera para no relacionar al soldado al que intentan redimir con imágenes que remiten a la barbarie. Lo mismo hacen con los fascistas italianos, que al final de la película muestran gestos de bondad y empatía sorpresivos, y con las monjas que los apoyan, que no tienen problema en curar al soldado republicano ni en admitir que “es muy majo”. Hay una diferencia abismal entre blanquear a un sujeto intolerable y narrar sus acontecimientos vitales sin maniqueísmos, pero también sin exculpaciones. Los directores optan en La bola negra por la primera opción y la llevan al extremo, puesto que, ya se ha dicho, no redimen a un sujeto, sino a todo el bando franquista.

    Si su propósito era denunciar la persistencia de la homofobia en la sociedad contemporánea narrando diferentes episodios históricos en los que esta se manifiesta, lo que terminan haciendo es lo opuesto: manipular la Historia para impedir su comprensión y, por tanto, borrar de ella cualquier rastro de intolerancia. Al presentar a los soldados franquistas como gente que se encuentra en el sitio equivocado en el momento erróneo, que en realidad no tiene aspiración política alguna y que carece de cualquier lógica reaccionaria, eliminan la posibilidad de comprender la represión masiva que sufrieron las personas homosexuales. Puesto que, si los fascistas eran tan amables, disfrutaban bañándose desnudos en la playa y no hacían nada cuando veían a dos hombres abrazados en una misma cama, entonces, ¿quién reprimió masivamente a las personas con orientaciones sexuales disidentes?, ¿quién las metió en campos de concentración y trató la homosexualidad como una patología? Las buenas intenciones de los directores se materializan en unos resultados profundamente reaccionarios.

    Pero hay más. La bola negra hace uso de los clichés más rancios y manidos cuando intenta hablar del pasado y del presente de España —palabra siempre pronunciada con un énfasis grandilocuente—. La guitarra clásica, el flamenco, el acento andaluz —mal imitado por actores no andaluces— y los toros; a eso se reduce la representación que los directores hacen del país. Cuando el soldado franquista apunta al republicano con un arma, se empiezan a escuchar las cuerdas de una guitarra. El instrumento como símbolo de la “esencia” de la cultura española, y la pelea entre los dos hombres como otra formulación del irresoluble conflicto cainita que atraviesa la sociedad. Todo muy equidistante. Todo muy folclórico. Todo para salvar a un protagonista que sufre más que cualquier otro personaje. Igual que la imagen que ofrecen los directores de la clase obrera, cuyo insinuado analfabetismo equivale a una obtusa ignorancia política que, de nuevo, vendría a eximir al soldado de sus crímenes. El clasismo de la representación de los pobres es evidente. La deshistorización —esa misma clase obrera es la que paró el golpe de Estado; es decir, sabían distinguir entre fascistas y republicanos porque su educación política era sólida—, también.

    La mercantilización que Calvo y Ambrossi hacen de Lorca resulta problemática. En primer lugar, porque, como hacen con otros tantos elementos y personajes a lo largo de la película, lo condenan a ser mero folclore. En segundo lugar, porque lo abstraen de su contexto histórico para poder presentar la homosexualidad del protagonista de su obra inconclusa como un elemento conciliador de clase y, desde ahí, extrapolarlo al resto de personajes de la película. La bola negra, por tanto, bien puede verse como un efectista producto de manufactura española —aglutina todos los clichés— que exportar al extranjero. Más allá de esa lectura, lo que queda es una obra que a ratos blanquea el fascismo y a ratos lo ensalza. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 24, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | La bola negra

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 24, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★☆☆☆ ½
    La perra
    Dominga Sotomayor
    Dos miradas abstractas


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Chile-Brasil, 2026. Título original: La perra. Dirección: Dominga Sotomayor. Guion: Inés Bortagaray. Historia original: Pilar Quintana. Fotografía: Simone D’Arcangelo. Música: Clint Mansell. Compañías: Planta, RT Features. Reparto: Manuela Oyarzún, Selton Mello. Duración: 112 min.

    En una isla al sur de Chile, una perra se ahoga, dejando huérfanos a unos cuantos cachorros. Silvia adopta a uno. La energía del animal le insufla algo de movimiento interno a su rutina, a todas luces solitaria: trabaja recogiendo algas y dedica su tiempo libre a limpiar la casa en la que vivió durante su infancia: evitar su deterioro le ofrece la ilusión de que la posibilidad de acceder al pasado es real. Su pareja pasa mucho tiempo fuera y ella apenas tiene amistad con nadie del pueblo. El cachorro, de nombre Yuri, pasa a ser su único —e inconsciente— apoyo emocional. Sin embargo, desde el inicio la perra demuestra una clara vocación por la exploración: olfatea, muerde, juega, corre, se esconde y busca por una isla devenida parque de juegos. Dominga Sotomayor despliega aquí sus mejores ideas de puesta en escena. Los primeros planos del animal demuestran que no es un mero apéndice de la protagonista. De hecho, durante la primera parte de la cinta, Yuri tiene más presencia que Silvia. Cuando la perra corre por la playa o juega con la zapatilla de Silvia, la cámara se coloca a su altura para seguir sus movimientos o registrar sus expresiones faciales. La escala del plano se ajusta a la visión del animal y no al revés.

    El ímpetu explorador de la perra es incontrolable y el gran mérito de la directora radica en su habilidad para reproducirlo. Sin embargo, tras unos primeros minutos prometedores, el punto de vista de la cinta cambia. Sotomayor vuelve sobre el rostro de Silvia y su retrato del mundo humano nada tiene que ver con el del mundo animal. A su favor hay que decir que consigue capturar el estado de ánimo que impera en la isla, pero de forma muy general, sin precisar ni matizar nada. En las imágenes de La perra, el mar, siempre presente como telón que cubre un horizonte inalcanzable, es decir, como frontera para la imaginación, encuentra un sentido contradictorio: por un lado, es una amenaza constante, la expresión de un peligro potencial que apela al subconsciente de la protagonista y que condiciona su relación con Yuri; por otro lado, se convierte en un imán para la mirada, que se siente atraída por el vértigo que ofrece la enorme masa de agua. Por encima de estos dos sentidos más bien connotativos, hay uno objetivo que los aplasta. El mar como medio de vida: la mayoría de la población de la isla trabaja en la pesca o recogiendo algas. Los barcos viejos y oxidados, las redes de pesca y los pecios de naufragios son una constante en las playas; han pasado a formar parte del paisaje. Por ello, cuando Silvia las atraviesa, la cámara apenas se para en ellas.

    La imagen que la cinta ofrece del pueblo es abstracta. Sotomayor nunca llega a formular una visión articulada y específica de lo que allí sucede. Insinúa, sí, pero sin perfilar los contornos de una realidad que termina convertida en un objeto brumoso. Más allá de la soledad que acompaña a Silvia y de las dos pinceladas a través de las que esboza la dinámica social en el pueblo, la directora nunca consigue concretar un discurso. Algo parecido le sucede cuando rompe la linealidad temporal para volver al pasado de su personaje dispuesta a convertir un relato de eminente carácter realista —aunque, ya se ha dicho, no muy trabajado— en una suerte de fábula mística sobre la imposibilidad de dominar la naturaleza. Entonces, la relación que mantiene Silvia con Yuri y con la isla comienza a estar regida por una lógica metafísica: lo inevitable organiza los movimientos de la protagonista sin que sea consciente, permitiendo que una esencialista “naturaleza de las cosas” se despliegue. Yuri no deja de escaparse de casa, pero esto ya no es una expresión de su ímpetu y su nerviosismo; es un comportamiento que opera en un plano simbólico y que construye su sentido en relación con otras acciones cuya significación última también supera su propia realidad material.

    El animal deviene sinécdoque que expresa la sustancia de lo natural, mientras que Silvia hace lo propio con la esencia del ser humano. Teniendo en cuenta que lo mejor de la película estaba en la humildad de sus intenciones y la sencillez de sus resoluciones de puesta en escena, el desbordamiento de sus nuevos propósitos y la pretenciosidad ridícula de sus ideas lastran su devenir. Como el relato ya no versa sobre la relación de una mujer con su perra, sino sobre el intento del ser humano de dominar una naturaleza salvaje e incontrolable, la violencia se convierte en el único intento de resolución posible entre dos tensiones que, pese a todo, no van a dejar de existir. De esa concepción del mundo surge una escena final en la que Silvia utiliza una piedra para matar al perro. Si la película se salva es porque, al igual que sucedía durante su primera mitad, Sotomayor tampoco consigue concretar esa visión absurda y metafísica del mundo; únicamente la insinúa con resultados no demasiado satisfactorios. El resultado: La perra se queda en tierra de nadie, varada entre dos abstractas visiones del mundo a las que no les da forma. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 22, 2026

    Crítica [Cannes 2026] La perra

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 22, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★☆☆ ½
    Kokurojo:
    The Samurai
    and the Prisoner
    Kiyoshi Kurosawa
    El antes y el después


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Japón, 2026. Título original: 黒牢城. Dirección: Kiyoshi Kurosawa. Guion: Kiyoshi Kurosawa. Novela: Honobu Yonezawa. Música: Yoshihiro Hanno. Fotografía: Sasaki Yasuyuki. Compañías: Sochiku, Tokyo Broadcasting System. Distribuidora: Sochiku. Reparto: Masahiro Motoki, Mataki Suda. Duración: 147 min.

    Hace unos días hablábamos del modo en que Hope convertía el montaje en una herramienta de violencia retórica. Las imágenes devenían gesto agresivo debido, por un lado, a la velocidad con la que se sucedían, y, por otro, a la estetización que hacían del asesinato. La destrucción se volvía norma, permitiendo que los personajes fuesen utilizados como carnaza que golpear, aplastar, acribillar o apuñalar. Justo lo contrario sucede en Kokurojo: the samurai and the prisoner. Siendo una película de samuráis filmada en pleno 2026, la posibilidad de que convirtiese la lucha a muerte en una coreografía sensual o en el pretexto para un bombardeo audiovisual sostenido sobre la velocidad del montaje eran múltiples. Sin embargo, si por algo destaca la nueva película de Kiyoshi Kurosawa es por su uso del plano largo y por la rigurosidad de su acercamiento a la muerte. De hecho, la primera sucede fuera de campo. Un niño es asesinado en el palacio del protagonista y el único acercamiento posible a él es a través de su cadáver. Kurosawa mantiene durante unos segundos la cámara sobre el cuerpo sin vida del pequeño, pero no para regodearse en lo truculento de la situación, sino para permitir que los espectadores asuman la realidad de su desaparición a través del estatismo de lo que queda de él.

    Cada segundo que la cámara sigue filmando constituye una evidencia del materialismo de la mirada de Kurosawa y del carácter trágico de la muerte: el niño es sólo un cuerpo inerte que no se va a levantar por mucho que la cámara le siga mirando. Asesinar, en la película, no es algo banal: los personajes son mucho más que instrumentos irrelevantes a través de cuya desaparición se puedan filmar imágenes “lúdicas”. En alguna ocasión no hay un “antes” del asesinato, pero siempre hay un “después”. De hecho, la forma en que Kurosawa filma las demás muertes demuestra un completo desinterés por la truculencia del cuerpo ensangrentado. Durante la batalla de mayor magnitud que tiene lugar en la cinta, el cineasta opta por distanciarse lo máximo posible de las acciones de la guerra para filmarlas desde una lejanía que no tiene más propósito discursivo que evidenciar su rechazo de cuanto está sucediendo en escena. La estrategia es similar a la que utilizaba Visconti durante las batallas de El gatopardo; antes que decir nada sobre la batalla, dejar en claro que su interés es otro. ¿Es un posicionamiento frívolo? No, porque Kurosawa no evita mirar la realidad del tiempo que narra, sino que se interesa por las consecuencias (humanas) antes que por el hecho de la guerra en sí.

    El propósito bien puede ser descrito como el intento de revalorizar una vida en un contexto que únicamente es capaz de producir muerte y de banalizarla. Así lo dice el protagonista: “puedo enviar a miles de personas a morir”. Como ni sus palabras ni su tono reflejan la magnitud de la realidad que están expresando, Kurosawa decide ofrecer un contrapunto. No son mil muertes las que presenta, pero sí las suficientes como para poner en valor las implicaciones de un asesinato. Al inicio de otra contienda, cuando unos soldados disparan a otros con escopetas, el director elude el contraplano de los cuerpos que reciben las balas. El estallido del arma y su correspondiente impacto sonoro tiene un peso fundamental en el plano: la banalidad del gesto mínimo que se requiere para quitarle la vida a alguien —apretar un gatillo— viene acompañado por un estruendo. Luego el silencio; es decir, la ausencia de una imagen que muestre las consecuencias de ese acto, para algunos intrascendente en el marco temporal en que sucede la película. La tiranía de los poderosos durante el feudalismo convertía la vida de sus súbditos en una cifra que se pronunciaba con orgullo (en caso de victoria) o frustración (en caso de derrota), pero que jamás llegaba a tener una existencia real para los señores de la guerra. La muerte no se hacía imagen (mental); de ahí la negación del contraplano que hace Kurosawa en algunos momentos.

    Existen, por tanto, el “antes” y el “después” del asesinato, pero rara vez el “durante”, el acto en sí: el cuerpo del niño del inicio siendo atravesado por una flecha o el de los soldados siendo derribados por las balas. Sólo en las batallas cuerpo a cuerpo se atisba la explicitud de la violencia. Sin embargo, el distanciamiento de la cámara y su posición tienden a acentuar los gestos agónicos del personaje que muere. Tienen más importancia los movimientos realizados durante un enfrentamiento que el propio golpe de gracia, porque Kurosawa no los entiende como una mera coreografía esteticista, sino como el único lenguaje capaz de expresar la desesperación y el miedo que sienten los implicados. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 22, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | Kokurojo: The Samurai and the Prisoner (黒牢城)

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 22, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★☆☆☆
    Her Private Hell
    Nicolas Winding Refn
    Estatuas de mármol en un escaparate de lujo


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Dinamarca, 2026. Título original: «Her Private Hell». Dirección: Nicolas Winding Refn. Guion: Nicolas Winding Refn y Esti Giordani. Compañías: Neon, byNWR Originals. Festival de presentación: Cannes 2026 (Proyección fuera de competición). Distribución en España: Mubi. Fotografía: Magnus Nordenhof Jonck. Música: Pino Donaggio. Montaje: Matthew Newman. Diseño de producción: Gitte Malling. Reparto: Sophie Thatcher (Elle), Charles Melton (Private K), Havana Rose Liu (Dominique), Kristine Froseth (Hunter), Dougray Scott (Johnny Thunders), Diego Calva (Nico), Shioli Kutsuna (Ms T), Aoi Yamada (Ms S), Hidetoshi Nishijima (Hayashi). Duración: 109 minutos.

    En Her private hell, Refn lleva su habitual formalismo al paroxismo, algo que parecía difícil teniendo en cuenta que ha construido sus últimas propuestas desde el exceso. La película se abre con unos planos generales de una ciudad futurista donde no hay edificios normales, sino enormes rascacielos cuyos contornos están cubiertos por luces de neón. La estatua de unas manos de diamante anuncian la concepción estética que va a defender el director durante dos horas: el cuerpo como lujosa obra de arte. El marco en el que la obra es expuesta viene a ser una continuación del mismo pensamiento. Tanto el expositor como el objeto expuesto son el producto de una lógica aristocrática para la cual la búsqueda de la belleza no es sino un intento de encontrar la pureza. Se trata, por tanto, de llevar a cabo un ejercicio de depuración: se desecha lo que “ensucia”, lo que “contamina” unas formas prenatales y perfectas. El trabajo de Refn consiste en ir quitando capas hasta encontrar el valioso núcleo. El cuerpo como diamante que pulir y la violencia como herramienta. Cuando la protagonista llega al edificio en el que sucede casi toda la película, la está esperando una joven que quiere convertirse en actriz. Ambas van a compartir cartel en una película que está por rodarse. El contraste entre ellas es evidente. La primera viste caros vestidos de lujo, lleva puestas por toda la cara unas pegatinas que simulan ser pequeñas joyas, camina de forma rígida y lenta, cuando se tumba o se sienta lo hace como si estuviese posando y habla en voz baja, con una cadencia monocorde e inexpresiva. En pocas palabras —y utilizando su propia expresión—: vivir, para ella, es “performar”. La segunda chica, por su parte, viste prendas de lo más cotidiano —unos vaqueros y un top—, no lleva joyas, se mueve de forma espontánea y al hablar expresa siempre la emoción que la situación que esté viviendo le provoca. Pero esto no tarda en cambiar. La aspirante entiende la lógica del mundo del que quiere formar parte y pronto empieza a vestirse, moverse y hablar como lo hace su compañera. No son ellas las únicas que actúan así. Todos los personajes que comparecen en escena están más cerca del maniquí que del ser humano. El énfasis con el que hacen el más mínimo gesto, el tiempo que se toman antes de decir una palabra y su forma de relacionarse son estrategias a través de las que pretenden ofrecer una imagen artificiosa de sí mismos, estetizarse para devenir obra de arte. Su forma de ser es sustituida por una forma de estar.

    La pureza que buscan —tanto los personajes como el propio cineasta— no se encuentra en lo humano. Las estatuas, que tienen un peso considerable dentro de las composiciones de Refn, son el objetivo a alcanzar o, mejor dicho, el objeto en el que convertirse. La belleza se encuentra en ellas, en sus cuerpos musculados e inmutables, en su rigidez inexpresiva, ajena a todo lo que sucede a su alrededor. Her private hell le atribuye un sentido negativo a la expresión de las emociones, a los cuerpos no hegemónicos, a la espontaneidad y al movimiento considerado improductivo o injustificado. La homogeneidad se impone como norma para que los personajes puedan hacerse arte. El planteamiento roza el fascismo y lo termina alcanzando cuando entra en escena un soldado estadounidense que luce con orgullo su uniforme militar mientras asesina con saña a miembros de la yakuza. Si las mujeres no pasan de ser, en la película, objetos que se poseen y se contemplan, los japoneses son meros mafiosos y su cultura, puro folclore exótico.

    Pero, volviendo a la noción de belleza que trabaja la cinta: los personajes devienen bustos para que Refn los pueda cristalizar en imágenes. Una vez que los actores se han convertido en estatuas que posan en escenarios de un lujo obsceno —habitaciones de lujo, camas con sábanas de seda, fiestas privadas que siguen una particular lógica secreta—, el director traza unas composiciones no menos esteticistas en las que la luz plana de los neones convierte su piel en una superficie marmórea, lisa y brillante. Los planos, a veces simétricos, a veces organizados siguiendo las líneas de los decorados que retratan, no pasan de ser expresiones de una mirada fascinada por el lujo. Nada sorprendente si se tiene en cuenta que las propuestas formalistas siempre se construyen desde un barroquismo que termina sublimando los materiales reales —espacios, ropas, iluminaciones, etc.— que le dan forma para convertidos en subliminal objeto de deseo. En Her private hell, sin embargo, no hay nada de subliminal: las prendas de lujo, los diamantes y las estancias ostentosas son los evidentes signos de un lenguaje publicitario a través del que Refn construye su particular noción del deseo.

    Un deseo que es en todo momento extradiegético; es decir, unidireccional: de la cámara a los personajes sin posibilidad de réplica. Entre los propios protagonistas no existe o es puro fuego de artificio convertido en diálogo con pretensiones filosóficas. El deseo surge ante la contemplación de un cuerpo-obra que está siendo expuesto en un espacio- expositor. Tanta importancia tiene que el cuerpo parezca una estatua griega que lleva ropa cara y diamantes, como que la geometría de la habitación en la que se encuentra se vea subrayada por la composición del plano. Cuerpo, vestimenta, decorado y luz alineados en una misma superficie para construir una imagen “atractiva”. Mientras otras películas que tienden a la estetización subordinan todos los elementos de su puesta en escena en favor de la sublimación de uno de ellos (el todo por la parte), Refn hace lo contrario y dispone las partes de una forma simétrica dentro del plano (en favor del todo). Esto se aprecia con claridad en la escena en la que la protagonista tiene un encuentro sexual con un personaje secundario. Sus cuerpos están en la parte inferior derecha del plano y no tienen menos peso que el enorme ventanal sobre el que están apoyados ni que el neón que tiñe todo de azul. Con la excepción de la violencia, la estetización de Refn no tiene que ver con un acto en sí como con conseguir que la imagen devenga espectáculo de formas vacías. La principal preocupación de Refn consiste en equilibrar todo aquello que está en escena para ofrecer una imagen que él considera “bella” y que se debería desear desde la frialdad del observador lejano. El cuerpo tiene que ser obra de arte para que, sumado a los demás elementos de puesta en escena, la imagen cumpla las expectativas voyeristas del director. Por ello, Her private hell no pasa de ser la grabación de un desfile de moda de alta costura que se proyecta sobre un escaparate de lujo. Y nada hay menos atractivo, por vacío, insustancial y elitista, que sus pretenciosas imágenes de diseño. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 22, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | Her Private Hell

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 22, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★★☆
    Paper Tiger
    James Gray
    Ajuste de cuentas


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Presentación: Festival de Cannes 2026. Dirección: James Gray. Guion: James Gray. Producción: RT Features / AK Productions / Leone Film Group. Fotografía: Joaquín Baca-Asay. Montaje: Scott Morris. Diseño de producción: Happy Massee. Dirección artística: Arthur Jongewaard. Vestuario: Amy Roth. Reparto: Miles Teller, Adam Driver, Scarlett Johansson, Dimiter D. Marinov, Jeff Adler, Joe Marsh Garland, Roman Engel, Gavin Goudey. Duración: 115 minutos.

    James Gray es un cineasta de los llamados clásicos. Actualmente este apelativo puede inducir a error, porque el cine clásico pertenece por definición a la primera mitad del siglo pasado, y Gray es contemporáneo. Nacido en 1969, estrenó su primer largometraje, Little Odessa, en 1994, sobre un asesino a sueldo de la mafia rusa que regresa a su hogar en Brooklyn, enfrentándose a un padre violento y a una madre enferma terminal. Dejando de lado, por ahora, esta enunciación temática, desde aquel comienzo prometedor el cine de Gray se ha ambientado casi siempre en el pasado, más cercano (así los años 80 de La noche es nuestra o Armageddon Time) o más remoto (principios del siglo XX en El sueño de Ellis o Z, la ciudad perdida). Pero no es esta nostalgia, o al menos inquietud por una cierta recreación de época, lo que llevaría a calificar el cine de Gray como clásico, en un sentido más amplio del término. Es su estilo el que recuerda al de cierto cine de antaño, por el mero hecho de saber cómo colocar la cámara e iluminar una escena, y confiar en esa puesta en escena concreta, sin recurrir a múltiples movimientos o cortes para agilizarla. Y, sobre todo, es el desarrollo narrativo de sus películas el que, más allá de su ambientación, se retrotrae a un tipo de relato, por lo general trágico, con motivaciones y conflictos meridianamente expuestos, que obedece a una escritura más ortodoxa de aquello a lo que el cine moderno nos tiene acostumbrados.

    Su nueva película, Paper Tiger, presentada a competición en esta edición del festival de Cannes, confirma todo lo anterior. Es una suerte de regreso a los orígenes de su cine, y al mismo tiempo un paso más en el estilo y el tipo de narración que son la seña de identidad de este guionista y director. En efecto, estamos más cerca de la citada Little Odessa que de Z, la ciudad perdida o Ad Astra, películas más recientes y ambiciosas, aunque la distinción es algo engañosa, ya que estas últimas no realzaban su épica desde el frenesí o la carga visual, sino desde sus propias capas narrativas. En cualquier caso, la historia ahora es más sencilla y lineal, pues gira en torno a una pequeña familia residente en Queens, otra vez en los años 80, que recibe la visita del tío pródigo, por llamarlo de alguna manera, un expolicía cuyo éxito financiero lo ha aproximado a negocios turbios. Para ayudarle en uno de ellos quiere convencer a su hermano, a priori para un mero asesoramiento jurídico y contable, pero los clientes en cuestión, vinculados, de nuevo, con la mafia rusa (ya asentada en esta región pese a los bloqueos de la Guerra Fría), inspiran poca confianza. Así la tensión propia del thriller doméstico está servida, acentuada por una subtrama que afecta a la esposa del protagonista, aunque esta subtrama es quizá lo más errado del meollo dramático, pues está solo introducida para instrumentalizar a tal personaje y provocar que su marido esté más distanciado emocionalmente de ella. La trama principal, por no decir única al margen de tal paréntesis, es la del negocio en cuestión y sus terribles consecuencias, en la línea del género criminal que, en ambientes oscuros y sucios, enfrenta a buenos y malos, convertidos los primeros, eso sí, más bien en personajes grises cuyas intenciones nobles se difuminan en tal contexto opaco y al margen de la ley.

    En resumidas cuentas, no estamos ante una historia novedosa, si bien se diferencia, siguiendo con el nivel narrativo, por el paralelo que traza entre dos hermanos ya crecidos cuyo devenir profesional los ha ido separando a medida que iban creciendo y dos hermanos todavía adolescentes que siguen conviviendo en el mismo hogar antes de que la vida, probablemente, les haga también seguir caminos diferentes. Esta presunta dualidad intergeneracional tiene que ver con la imposición del destino, con cómo una elección vital determinada condena sin remedio a quien la toma, por mucho que intente escapar de su suerte ya trazada. Por eso el metraje arranca con un plano anticipado de la localización en que se resolverá tal destino aciago, para uno de los personajes principales, a lo que sigue un bellísimo y simbólico plano final que confirma ese mensaje de paralelismo familiar que mencionábamos. Entre medias, el buen hacer de Gray y su equipo se percibe en cada detalle de puesta en escena, con una fotografía granulada gracias al celuloide y apoyada en grandes contrastes de iluminación y ángulo, así como la estructura de cada secuencia, donde cada plano tiene su peso propio, todo ello unido a una arriesgada a la vez que solvente decisión de posproducción de sonido. Esta consiste en que las últimas palabras de muchas escenas hilan en la banda sonora con la siguiente, recurso habitual de montaje para permitir transiciones más fluidas, pero que aquí se remarca porque dura más de lo habitual, con una parte concreta del diálogo en que cada frase tiene su propósito, y funciona como eco de la escena anterior. Contribuye, además, a aligerar el conjunto, de lo contrario recargado por su densidad temática y técnica, desde el libreto hasta su plasmación en pantalla. Tal conjunto logra pues la excelencia, en cada uno de los aspectos dignos de análisis, sin olvidar la presencia de dos actores tan fiables en los papeles protagónicos como son Miles Teller y Adam Driver, aquí ambos estupendos y algo alejados de sus caracterizaciones más usuales. Y es que otro de los campos que Gray domina, como director total, es el de la dirección de actores, siendo Paper Tiger, así, una muestra inconfundible de cómo el cine puede seguir elevándose muy por encima de la media desde sus recursos más primigenios, cuando están tan bien trabajados, sin necesidad de recurrir a otras invenciones o artificios. ♦


    por Ignacio Navarro
    mayo 20, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | Paper Tiger

    por Ignacio Navarro | mayo 20, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★☆☆☆☆
    Hope
    Na Hong-jin
    El movimiento como fin


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Corea del Sur, 2026. Título original: Hope/호프. Dirección: Na Hong-jin. Guion: Na Hong-jin. Música: Michael Abels. Fotografía: Hong Kyung-pyo. Compañías: Forged Films, Plus M Entertainment, Westworld. Distribuidora: Plus M Entertainment. Reparto: Hwang Jung-min, Jung Ho-yeon, Bae Doona, Michael Fassbender, Alicia Vikander, Choi Jae-rim, Jung Sung-il y Kim Do-yoon. Duración: 160 min.

    La destrucción como espectáculo lúdico no es un fenómeno nuevo en el cine: Hollywood patentó la marca hace años y la exportó a todas las carteleras extranjeras que pudo —que fueron muchas. Hope, por tanto, no viene a inventar nada; su único propósito es deleitarse en las posibilidades estéticas que ofrecen el caos, la muerte y el ruido. Y es una pena, puesto que sus primeros minutos resultan prometedores. En un pueblo de Corea del Sur de nombre Hope y de emplazamiento desconocido, aparece el cadáver de una vaca. El cuerpo, abandonado en mitad de una carretera no muy frecuentada, está completamente desgarrado. El policía encargado de investigar el caso está desconcertado: parece no saber nada sobre la vida en el pueblo y es incapaz de sacar alguna conjetura sobre la situación. Uno de los jóvenes que encontraron al animal propone una teoría descabellada: ha sido un tigre. Últimamente los han visto por las montañas circundantes. “Un tigre no podría haber arrastrado a la vaca hasta aquí. Además, no se la ha comido”, le responde otro colega. El policía, mientras tanto, intenta situarse dentro de una escena que le supera. Na Hong-jin filma el momento utilizando un gran angular que estira la imagen y anula la posibilidad de obtener planos individuales. Los personajes se encuentran, desconcertados, dentro de los encuadres mientras un cielo azul cae sobre ellos como un peligro inminente.

    Sin que haya habido tiempo para asumir el extraño incidente, llega el siguiente. Esta vez, una vaca que sí ha sido parcialmente devorada por “la bestia”. Después cae el primer humano, cuyo brazo aparece colgado de un árbol. Y, de pronto, todo explota. Las calles del pueblo devienen escaparate de casquería humana y las casas, tiendas y demás edificios se convierten en maquetas que derribar. La lógica de la larga secuencia en la que el policía persigue, primero, y es perseguido, después, por el monstruo es la misma que sigue un niño pequeño cuando juega a romper sus legos: la diversión está en la destrucción. Mientras el policía intenta situarse en la escena, los cuerpos salen volando al fondo del plano. Al principio, no hay necesidad de banda sonora: una conjunción de gritos y golpes ocupa su lugar. Durante los primeros minutos de persecución, los espectadores sólo pueden acercarse a la bestia a través de los cadáveres que deja de por medio. Se cumple, pues, la máxima del cine de terror: no enseñar a la criatura para dejar que trabaje la imaginación del público.

    Hong-jin utiliza el montaje para acrecentar la violencia de la escena. Los cortes llegan en el momento justo en que hay un golpe, una explosión, un disparo, un grito o una caída. El propósito: acentuar el shock. La imagen ya no transforma la violencia en un elemento de disfrute, sino que se convierte ella misma en un gesto violento dirigido a agredir a unos espectadores que deben disfrutar del bombardeo visual y sonoro del que son víctimas. La velocidad con que se suceden los planos hace de la destrucción una partitura estática y deshumanizada. Una vez iniciado el bombardeo de estímulos, es imposible detenerlo; tampoco se puede regular su ritmo porque es puramente monótono debido a la ausencia de un contenido real en su interior. Y si la violenta cadencia se detiene, todo se viene abajo. Por tanto, la única solución posible es estirar el espectáculo hasta que la cinta llegue a su final o hasta que los sujetos implicados mueran.

    Una vez que el monstruo revela su rostro y el misterio desaparece, la tensión se diluye por completo. Cuando el policía se encuentra de frente con la bestia, la violencia deja de estar al fondo del plano para apoderarse de él. Hong-jin introduce entonces nuevos recursos formales que le permiten volver a estetizarla. La imagen adquiere así una doble función: por un lado, espectaculariza la destrucción; por otro, deviene ella misma destrucción retórica. La decisión de ralentizar los momentos en los que un personaje dispara una metralleta o recibe un golpe no es muy original, pero da buena cuenta de los propósitos del director. Aunque hay un momento mucho más clarividente. En mitad de la larga batalla contra el monstruo, un personaje empieza a disparar; sobre el sonido del arma se superpone el de un instrumento de percusión electrónico que produce un efecto sonoro similar al del arma, aunque su flexibilidad permite crear ritmos un poco menos monótonos. La abyección es evidente: la violencia se convierte en música, en una melodía inexpresiva que antepone la velocidad —del montaje— al sentido y a la ética. Una música que, además, se sostiene únicamente por el sentimiento de fascinación que la sangre y las mutilaciones a las que les imprime ritmo puedan generar en los espectadores. Nada justifica la propuesta, salvo el “placer” de ver morir a alguien. Es cierto que Hope no es la única película que apela a emociones tan cuestionables, pero bien puede ser vista como expresión de una época. Y en un momento en el que los genocidios son retransmitidos por televisión, convendría pensar un poco más en los discursos de las imágenes en vez de asumir sus formas acríticamente. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 19, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | Hope (호프)

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 19, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★★★
    La libertad doble
    Lisandro Alonso
    Una vida acechada


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Argentina, 2026. Título original: La libertad doble. Año: 2026. Dirección: Lisandro Alonso. Guion: Lisandro Alonso. Música: Peter Rosenthal. Fotografía: Cobi Migliora. Compañías: Les Films Fauves, The Match Factory, 4L, Planta, Deptford, Cimarrón Cine, Pulpa Film, Carte Blanche. Productor: Lisandro Alonso. Reparto: Misael Saavedra, Catalina Saavedra. Duración: 100 min.

    Han pasado veinticinco años desde La libertad. La sociedad ha cambiado mucho desde entonces; el cine de Lisandro Alonso, también. Por resumirlo a grandes rasgos, podríamos decir que, a partir de Jauja, sus películas se fueron volviendo más complejas: más espacios, más personajes, más tiempos históricos y leves atisbos narrativos que contrastaban con el carácter puramente observacional de sus primeras obras. Ahora, el cineasta regresa a su ópera prima. De nuevo, el plano inicial muestra a Misael cenando frente a una pequeña hoguera: los espectadores reconocen rápidamente la cicatriz de su brazo izquierdo, la forma en la que corta la carne con el cuchillo cuando ya la tiene en la boca, su mirada tensa pero sin preocupaciones aparentes. Hay, sin embargo, un cambio en la manera en la que Alonso le filma. Si antes el plano se mantenía fijo sobre su rostro, ahora la cámara hace un pequeño travelling hacia abajo para capturar el modo en que desmenuza la carne. Ante la ausencia de palabras, son los gestos los que definen al personaje, de ahí que Alonso escrute cada pequeño movimiento en su búsqueda de signos que evidencien el paso del tiempo.

    El primero que se aprecia es de carácter técnico: Misael ha renovado su instrumental: la motosierra ha desplazado al hacha como herramienta principal porque los achaques físicos son ineludibles y el uso exclusivo de una herramienta manual se vuelve imposible. Lo que se mantiene intacto es el ímpetu con el que Alonso captura su día a día. Durante su primera mitad, La libertad doble recopila un archivo gráfico de los diferentes movimientos y técnicas de las que Misael hace uso en su trabajo como leñero. La cámara oscila entre su torso y sus manos: la focalización en el primero permite registrar los movimientos de los músculos de su espalda, la forma en que se tensan y destensan dependiendo de la parte del árbol que esté trabajando, mientras que el suave deslizamiento sobre las segundas resulta fundamental para describir con precisión el abanico de gestos que conforman una técnica pulida con los años. El nexo entre la fuerza y la experiencia queda cifrado en un leve travelling que recorre con ligereza su cuerpo. En un plano general, Misael escoge el árbol que va a talar y lo derriba utilizando la motosierra; después, en un plano más corto, le quita la corteza y alisa la madera con el hacha. El cambio de escala es importante porque cada tamaño del encuadre está ligado a una etapa del proceso. Además, la percepción que Misael tiene del campo no es la misma que la que tienen los espectadores. Para ellos, todo se limita a disfrutar contemplando los movimientos de la naturaleza; para él, el paisaje no es sólo una fuente de placer estético o un espacio tranquilo en el que relajarse, sino también un lugar de trabajo. Perderse en la abstracción contemplativa que supone admirar el modo en que el viento mece las hojas de los árboles tiene un contrapunto de sudor, polvo y cansancio que resulta ineludible.

    Durante la primera mitad de La libertad doble, Alonso trabaja el tiempo de la misma forma que lo hacía en La libertad. No intenta convertir el tiempo fílmico en tiempo real, sino trasladar la experiencia del tiempo real al tiempo fílmico. Alonso no quiere igualar ambas temporalidades, sino encontrar la forma de reproducir la experiencia global del trabajo rutinario a través de unos instantes concretos de una única jornada. Se trata, por tanto, de reconstruir la vivencia de una cotidianidad monótona —no en un sentido negativo— a partir de una de sus partes. Sin embargo, a mitad de metraje algo cambia. Debido a los recortes de Milei en el presupuesto de sanidad, Misael se tiene que hacer cargo de su hermana, que padece un problema de salud mental y está internada en un hospicio que ya no puede hacerse cargo de sus pacientes. El desvío argumental introduce dos nuevos factores en la película. Por un lado, la actualidad política de Argentina deja de ser una nota contextual que se cuela en el relato a través de los programas de radio que escucha el protagonista y se convierte en una fuerza que lo condiciona desde su propio núcleo. Mientras el médico le explica a Misael la situación, repite una frase que condensa a la perfección no sólo su estado anímico, sino el de millones de argentinos: “es así; no debería de serlo, pero es así”. La reiteración expresa una resignación ante el sufrimiento constante de una injusticia que Alonso filma sin gestos enfáticos, pero con una hondura y precisión admirables. La secuencia en el hospicio pone de manifiesto que su talento en el retrato de los espacios no se circunscribe únicamente a los exteriores.

    Por otro, la presencia de la hermana permite que Alonso indague en otro tipo de relación con la naturaleza. La velocidad con que mueve los ojos y las manos es la expresión de una mente que sufre una sobreestimulación constante: no percibe la realidad como lo hace el protagonista y su forma de caminar, mirar y tocar lo demuestra. Si Misael anda con seguridad por el campo es porque lo conoce de principio a fin y el placer que siente está ligado a la tranquilidad de la rutina. En cambio, para su hermana todo es inestable, por novedoso; pasear equivale a explorar y tocar supone descubrir unas texturas extrañas. Su emoción surge del asombro por lo desconocido; la de su hermano, de la certeza de una cotidianidad sin sobresaltos. Hay, por tanto, en La libertad doble un deseo de capturar cada detalle de una forma de vida —de un mundo— en peligro de extinción. El modo en que Misael trabaja manualmente la madera, su relación horizontal con la naturaleza y el sentido de solidaridad que define su amistad con su vecino son realidades acechadas por un capitalismo que las considera meros escombros que barrer. El peligro ya existía hace veinticinco años; ahora su presencia resulta más violenta, por cercana. Por eso, que Alonso regrese a la vida de Misael tiene un valor añadido irreproducible. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 18, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | La libertad doble

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 18, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★★★
    Diary of a Chambermaid
    Radu Jude
    La totalidad de un mundo


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Rumanía, Francia, 2026. Título original: Le Journal d'une femme de chambre. País: Rumanía. Dirección: Radu Jude. Guion: Radu Jude. Obra: Octave Mirbeau. Fotografía: Marius Panduru. Compañías: SBS Productions. Reparto: Ana Dumitrascu, Vicent Macaigne, Melanie Thierry. Duración: 94 min.

    La escena inicial de Diary of a Chambermaid es brillante. Una mujer joven está cruzando un parque. Jude la filma en un plano general en el que queda inscrita su relación con el espacio: la dimensión de los árboles y su disposición en líneas paralelas contrastan con el tamaño del cuerpo del personaje y las infinitas posibilidades de movimiento que puede realizar. La joven se detiene para hacerle una foto a las copas de los árboles, en cuyas hojas se refleja el sol. En el plano subjetivo del móvil, los colores están sobreexpuestos y brillan con mucha más intensidad. La imagen tiene una doble función: imprimir un fenómeno cotidiano que produce un innegable placer estético para poder revisitarlo en un futuro y, al mismo tiempo, potenciar sus cualidades cromáticas. En el plano siguiente, de nuevo general, un hombre se acerca a la joven y le pide algo de dinero. Ella, incómoda, le esquiva como puede y se marcha. La pobreza y el hambre no entienden de bellezas, árboles ni colores. Tampoco de recuerdos: la necesidad de sobrevivir convierte la vida en una constante inmediatez. En una misma escena conviven, pues, el retrato urbano, la captura de un instante agradable, la reflexión sobre el papel de la imagen en la actualidad y la exposición de una realidad injusta. Como siempre en Jude, el propósito es tomarle el pulso a su tiempo; es decir, abarcar la totalidad de un mundo.

    Sin embargo, las generalizaciones y abstracciones no existen en el cine del responsable de Kontinental´ 25, y Diary of a Chambermaid no es una excepción. El escenario: Burdeos. La protagonista: una joven rumana que lleva años viviendo en la ciudad francesa. Su pasado: tiene una hija pequeña en Rumanía que está a cargo de la abuela hasta que ella vuelva. La idea: ahorrar lo máximo posible durante un tiempo para poder pagar las deudas que tiene con el banco; después volver y pasar tiempo con su familia. Ahora trabaja en la casa de una pareja burguesa: limpia, cocina y cuida del hijo del matrimonio. La paradoja es evidente —hace con el hijo de sus empleadores lo que no puede hacer con su propia hija—, la desigualdad —no todo el mundo puede ver crecer a sus hijos ni estar con ellos durante el proceso—, también. En la casa, ocupa los espacios tangenciales de las estancias: sólo en una ocasión se sitúa en el centro del salón, y en la respuesta gestual del empleador se aprecia un desprecio apenas disimulado. Por eso Jude la filma siempre aplastándola contra las paredes, los muebles y la cocina. La frontalidad de la cámara con respecto al personaje convierte el plano en una pequeña celda sin puntos de fuga en cuyo fondo debe permanecer fijado. La desigualdad de clase también condiciona los movimientos que uno puede hacer y los lugares donde puede llevarlos a cabo.

    A lo largo de la película, Jude inserta carteles que indican la fecha en la que suceden las escenas. No es una decisión gratuita. Si la película literalmente funciona como un diario, cada escena debería estar constituida, en principio, por un acontecimiento reseñable que le sucede a la protagonista. El problema radica en que, entre cartel y cartel, la protagonista no hace otra cosa más que limpiar baños, preparar la comida, hacer las camas o recoger del colegio al impertinente niño. Su vida se circunscribe al tiempo en que está trabajando; más allá de eso no hay nada, puesto que sus ratos libres también los dedica a hacer un encargo de sus empleadores: protagonizar el montaje teatral que los alumnos de su jefa están montando a partir de la novela de Octave Mirbeau. El ocio se convierte en un trámite no demasiado cómodo que se ve obligada a realizar.

    El humor de esas escenas teatrales está construido desde la hipérbole gestual: el texto –relativamente convencional— encuentra dimensiones cómicas autosuficientes gracias al desbordamiento del cuerpo dentro del círculo de luz que lo separa de la oscuridad del escenario. Por ejemplo, la exageración en la forma de expresar o de realizar el deseo rompe cualquier tensión sexual, dramática o incluso discursiva —qué se dice sobre ese deseo— para generar un efecto cómico que devora los demás aspectos del montaje. En el plano diegético, dichas secuencias no tienen más propósito que el de aliviar un poco más —el humor es una constante en la cinta, dado que Jude es capaz de desnudar cualquier lógica abusiva introduciendo elementos absurdos sin enfatizarlos: lo extraño naturalizado desnaturaliza lo que debería extrañar a los espectadores: la injusticia— el peso trágico que se cierne sobre los días de la protagonista. En el extradiegético, ponen de manifiesto el carácter narcisista de unos jóvenes privilegiados que convierten un texto sobre la desigualdad de clase en una acumulación de rupturas formalistas que pretende complacer a aquellos espectadores ávidos de “experiencias artísticas fuertes” que, sin embargo, no quieren asistir a la puesta en cuestión de su propia cotidianidad.

    Pero hay más. Como viene siendo habitual en su cine, Jude no deja pasar la oportunidad de hacer un análisis de las diferentes funciones que la imagen tiene en la sociedad. Entre las páginas del diario de la protagonista se cuelan imágenes reales de la guerra en Ucrania, videollamadas y vídeos caseros que su hija le envía para ponerle al día de lo que hace. Tampoco falta una brillante disquisición sobre el papel que la imaginación y la fábula tienen en la vida de dos personas de diferente clase social: en uno —el niño— es puro juego, recreación y disfrute fuera de los márgenes de lo real; en la otra —la protagonista— es un resorte que permite desligarse del mundo para poder seguir viviendo en él. Diary of a Chambermaid es, en fin, otra gran película de Jude y, por tanto, abordar todos sus pliegues en un sólo texto resulta imposible. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 18, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | Diary of a Chambermaid

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 18, 2026
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★☆☆
    Sheep in the box
    Hirokazu Koreeda
    El sentimiento de un insensible


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Japón, 2026. Título original: «箱の中の羊». Dirección: Hirokazu Kore-eda. Guion: Hirokazu Kore-eda. Compañías: AOI Pro., Bun-Buku. Festival de presentación: Cannes 2026 (Sección Oficial a Competición). Distribución en España: Por determinar (Neon tiene los derechos internacionales). Fotografía: Ryuto Kondo. Montaje: Hirokazu Kore-eda. Música: Taku Matsushiba. Reparto: Haruka Ayase, Rimu Kuwaki, Daigo, Kotaro Daigo. Duración: 126 minutos.

    La mayoría de las películas del cineasta japonés Hirokazu Koreeda tienen que ver con la familia. Y, más precisamente, con cómo se construyen y mantienen sus lazos, con la defensa en varias de sus películas de la tesis de que, por encima de la sangre o biología, las verdaderas familias (o grupos de análoga afectividad) se integran y mantienen unidas por otro tipo de vínculos. Desde la adopción hasta el simple acogimiento, legal o clandestino, el argumento es, en efecto, que estas decisiones por las que una o varias personas deciden acoger en su hogar a uno o varios niños, y tratarles en todo caso como si fueran descendientes suyos, pueden tener tanto o más recorrido que la procreación, pues su voluntad sería más férrea, al ir a contracorriente de ciertas convenciones sociales. Aunque a veces, como en De tal padre, tal hijo, una de las mejores películas de este director, la premisa que une a padre e hijo no parte de la voluntad de aquel, sino de un error involuntario, y el dilema es entonces más claro, aunque el autor siga insistiendo en la importancia de ese vínculo alternativo. Por tanto, después de haber abordado este tema desde múltiples vertientes, le quedaba por dar un paso más y plantear el conflicto ya no por la falta de vínculo biológico del retoño, sino por su falta de humanidad, al ser un humanoide creado por inteligencia artificial.

    Esta es la premisa de Sheep in the Box, por la que Koreeda vuelve a competir por la Palma de Oro, que ya ganó con Shoplifters, en un festival del que es muy asiduo. Su vínculo, este de otra naturaleza por completo, con la Croisette explica que casi cualquier obra suya tenga cabida en su selección oficial, aunque no esté quizá a la altura de sus anteriores entregas. En esta ocasión, parecería como si el auge exponencial e imparable de la inteligencia artificial, que cada vez afecta y perturba más facetas de nuestra vida, hubiera casi obligado a Koreeda a incorporarla a su inquietud narrativa habitual, para dar otra vuelta de tuerca a la relación entre unos padres, aquí una pareja cuyo hijo único falleció dos años atrás en un accidente de tráfico, y el humanoide en cuestión, que les es regalado para llenar su vacío y que tiene el mismo aspecto y similar personalidad que aquel hijo. Esta convivencia, entre humano y robot (por muy evolucionado que sea), que compone el grueso de la trama, no es novedosa. La referencia más obvia sería Inteligencia artificial, esa gran obra premonitoria que Spielberg estrenó en 2001 a partir de un guion original de Kubrick, aunque las hay más recientes, en el género de terror o en televisión. Por supuesto, Koreeda, como prolijo cinéfilo (suele aprovechar sus estancias en Cannes para ver tantas películas como puede), es conocedor de lo extendido de la inteligencia artificial ya también en la ficción cinematográfica, y por eso intenta hacer avanzar Sheep in the Box por derroteros inéditos.

    Aquí, con todo, es donde la cinta no acaba de cuajar y resulta algo confusa, esto es, cuando desvía la atención de esa relación tripartita. Esta incluye momentos que funcionan muy bien y hasta logran conmover, como cuando la madre y el pequeño van a un puesto de observación o cuando este y el padre regresan al lugar del accidente. Pero estos momentos son interrumpidos por otros más extraños y el conjunto dramático queda algo truncado. La que sí llama la atención y está muy conseguida a lo largo de todo el metraje es la estética, apenas futurista (un rótulo inicial nos sitúa dentro unos años, y serán menos de los que se piensa), con los primeros compases siguiendo a un dron de reparto hasta la casa de los protagonistas. El diseño de esta residencia y otros interiores y exteriores que aparecen en pantalla están repletos de detalles de atrezo o decoración que, sin llegar a ser de ciencia ficción, sí denotan una evolución (sutil o radical, según se mire) que cabría anticipar en tiempos próximos. La elegancia de la puesta en escena saca buen rendimiento de tal escenografía, fluyendo como lo hace una edición sosegada y sin aristas. En resumidas cuentas, la técnica no falla, pero sí la historia, que sin ser errática sí podríamos afirmar que desaprovecha su potencial. Y es que el mentado giro, coherente como hemos dicho, en la filmografía de Koreeda, debería haber conducido a una profundización del conflicto que tanto le interesa, no a una desviación del mismo, que es lo que aquí sucede. ♦


    por Ignacio Navarro
    mayo 18, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | Sheep in the box (箱の中の羊)

    por Ignacio Navarro | mayo 18, 2026

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