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    Crítica [Cannes 2026] | Her Private Hell

    || Críticas | Cannes 2026 | ★★☆☆☆
    Her Private Hell
    Nicolas Winding Refn
    Estatuas de mármol en un escaparate de lujo


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Dinamarca, 2026. Título original: «Her Private Hell». Dirección: Nicolas Winding Refn. Guion: Nicolas Winding Refn y Esti Giordani. Compañías: Neon, byNWR Originals. Festival de presentación: Cannes 2026 (Proyección fuera de competición). Distribución en España: Mubi. Fotografía: Magnus Nordenhof Jonck. Música: Pino Donaggio. Montaje: Matthew Newman. Diseño de producción: Gitte Malling. Reparto: Sophie Thatcher (Elle), Charles Melton (Private K), Havana Rose Liu (Dominique), Kristine Froseth (Hunter), Dougray Scott (Johnny Thunders), Diego Calva (Nico), Shioli Kutsuna (Ms T), Aoi Yamada (Ms S), Hidetoshi Nishijima (Hayashi). Duración: 109 minutos.

    En Her private hell, Refn lleva su habitual formalismo al paroxismo, algo que parecía difícil teniendo en cuenta que ha construido sus últimas propuestas desde el exceso. La película se abre con unos planos generales de una ciudad futurista donde no hay edificios normales, sino enormes rascacielos cuyos contornos están cubiertos por luces de neón. La estatua de unas manos de diamante anuncian la concepción estética que va a defender el director durante dos horas: el cuerpo como lujosa obra de arte. El marco en el que la obra es expuesta viene a ser una continuación del mismo pensamiento. Tanto el expositor como el objeto expuesto son el producto de una lógica aristocrática para la cual la búsqueda de la belleza no es sino un intento de encontrar la pureza. Se trata, por tanto, de llevar a cabo un ejercicio de depuración: se desecha lo que “ensucia”, lo que “contamina” unas formas prenatales y perfectas. El trabajo de Refn consiste en ir quitando capas hasta encontrar el valioso núcleo. El cuerpo como diamante que pulir y la violencia como herramienta. Cuando la protagonista llega al edificio en el que sucede casi toda la película, la está esperando una joven que quiere convertirse en actriz. Ambas van a compartir cartel en una película que está por rodarse. El contraste entre ellas es evidente. La primera viste caros vestidos de lujo, lleva puestas por toda la cara unas pegatinas que simulan ser pequeñas joyas, camina de forma rígida y lenta, cuando se tumba o se sienta lo hace como si estuviese posando y habla en voz baja, con una cadencia monocorde e inexpresiva. En pocas palabras —y utilizando su propia expresión—: vivir, para ella, es “performar”. La segunda chica, por su parte, viste prendas de lo más cotidiano —unos vaqueros y un top—, no lleva joyas, se mueve de forma espontánea y al hablar expresa siempre la emoción que la situación que esté viviendo le provoca. Pero esto no tarda en cambiar. La aspirante entiende la lógica del mundo del que quiere formar parte y pronto empieza a vestirse, moverse y hablar como lo hace su compañera. No son ellas las únicas que actúan así. Todos los personajes que comparecen en escena están más cerca del maniquí que del ser humano. El énfasis con el que hacen el más mínimo gesto, el tiempo que se toman antes de decir una palabra y su forma de relacionarse son estrategias a través de las que pretenden ofrecer una imagen artificiosa de sí mismos, estetizarse para devenir obra de arte. Su forma de ser es sustituida por una forma de estar.

    La pureza que buscan —tanto los personajes como el propio cineasta— no se encuentra en lo humano. Las estatuas, que tienen un peso considerable dentro de las composiciones de Refn, son el objetivo a alcanzar o, mejor dicho, el objeto en el que convertirse. La belleza se encuentra en ellas, en sus cuerpos musculados e inmutables, en su rigidez inexpresiva, ajena a todo lo que sucede a su alrededor. Her private hell le atribuye un sentido negativo a la expresión de las emociones, a los cuerpos no hegemónicos, a la espontaneidad y al movimiento considerado improductivo o injustificado. La homogeneidad se impone como norma para que los personajes puedan hacerse arte. El planteamiento roza el fascismo y lo termina alcanzando cuando entra en escena un soldado estadounidense que luce con orgullo su uniforme militar mientras asesina con saña a miembros de la yakuza. Si las mujeres no pasan de ser, en la película, objetos que se poseen y se contemplan, los japoneses son meros mafiosos y su cultura, puro folclore exótico.

    Pero, volviendo a la noción de belleza que trabaja la cinta: los personajes devienen bustos para que Refn los pueda cristalizar en imágenes. Una vez que los actores se han convertido en estatuas que posan en escenarios de un lujo obsceno —habitaciones de lujo, camas con sábanas de seda, fiestas privadas que siguen una particular lógica secreta—, el director traza unas composiciones no menos esteticistas en las que la luz plana de los neones convierte su piel en una superficie marmórea, lisa y brillante. Los planos, a veces simétricos, a veces organizados siguiendo las líneas de los decorados que retratan, no pasan de ser expresiones de una mirada fascinada por el lujo. Nada sorprendente si se tiene en cuenta que las propuestas formalistas siempre se construyen desde un barroquismo que termina sublimando los materiales reales —espacios, ropas, iluminaciones, etc.— que le dan forma para convertidos en subliminal objeto de deseo. En Her private hell, sin embargo, no hay nada de subliminal: las prendas de lujo, los diamantes y las estancias ostentosas son los evidentes signos de un lenguaje publicitario a través del que Refn construye su particular noción del deseo.

    Un deseo que es en todo momento extradiegético; es decir, unidireccional: de la cámara a los personajes sin posibilidad de réplica. Entre los propios protagonistas no existe o es puro fuego de artificio convertido en diálogo con pretensiones filosóficas. El deseo surge ante la contemplación de un cuerpo-obra que está siendo expuesto en un espacio- expositor. Tanta importancia tiene que el cuerpo parezca una estatua griega que lleva ropa cara y diamantes, como que la geometría de la habitación en la que se encuentra se vea subrayada por la composición del plano. Cuerpo, vestimenta, decorado y luz alineados en una misma superficie para construir una imagen “atractiva”. Mientras otras películas que tienden a la estetización subordinan todos los elementos de su puesta en escena en favor de la sublimación de uno de ellos (el todo por la parte), Refn hace lo contrario y dispone las partes de una forma simétrica dentro del plano (en favor del todo). Esto se aprecia con claridad en la escena en la que la protagonista tiene un encuentro sexual con un personaje secundario. Sus cuerpos están en la parte inferior derecha del plano y no tienen menos peso que el enorme ventanal sobre el que están apoyados ni que el neón que tiñe todo de azul. Con la excepción de la violencia, la estetización de Refn no tiene que ver con un acto en sí como con conseguir que la imagen devenga espectáculo de formas vacías. La principal preocupación de Refn consiste en equilibrar todo aquello que está en escena para ofrecer una imagen que él considera “bella” y que se debería desear desde la frialdad del observador lejano. El cuerpo tiene que ser obra de arte para que, sumado a los demás elementos de puesta en escena, la imagen cumpla las expectativas voyeristas del director. Por ello, Her private hell no pasa de ser la grabación de un desfile de moda de alta costura que se proyecta sobre un escaparate de lujo. Y nada hay menos atractivo, por vacío, insustancial y elitista, que sus pretenciosas imágenes de diseño. ♦


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