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    Locarno 2026 | Selección oficial

    Programa de la 79ª edición

    Como también ocurre con el Festival de Karlovy Vary, la última etapa del Festival de Locarno abraza sin complejo alguno su pertinencia en el circuito. Lejos quedan los tiempos con la dirección de Carlo Chatrian, en el que el certamen helvético logró conjugar la alta vanguardia del cine de autor con propuestas mediáticas que convirtieron a la Piazza Grande en el epicentro cinematográfico de agosto. Ahora, desde una posición más modesta, quizá más apropiada, Locarno huye de ese concepto de meca autoral, una definición más publicitaria que ajustada, para retornar a sus raíces. Puede que le falten apellidos ilustres a este período comandado por Giona A. Nazzaro, asideros que permiten trascender en un circuito atiborrado de propuestas y dominado por la social media. Locarno pasa a un segundo plano de forma consciente, ocupando el lugar que le corresponde históricamente. El de un festival de prestigio silencioso pero de idiosincrasia sólida.

    Una definición que encaja con la sección de su sección oficial, repleta de primerizos y con tan solo un par de autores ubicados en la umbría cinematográfica como Denis Côté o el ubicuo Hong Sang-soo. Entremedias hallamos cineastas con un recorrido interesante en el circuito como Florin Serban, Ann Oren, Basil de Cunha y, ante todo, la española Meritxell Colell Aparicio. La cineasta barcelonesa retorna a la ficción dentro de una filmografía dominada por el formato documental. Tras la magnífica Con el viento (2018), Colell Aparicio vuelve a la narrativa con Lejos de los árboles, un filme definido por ella misma como «una carta de amor a los abuelos de quienes nunca me despedí. Un homenaje a los familiares que fueron a la guerra siendo niños, cuyo silencio nos llegó a nosotras, sus nietas. Una historia de historias que reafirma la necesidad de recordar, escuchar y amar». La película cuenta en su reparto con Angélica Castelló, Jose Luis López Cama, Teresita Sánchez y Caterina Ramírez Guallar y está rodada por el camarógrafo Julián Elizalde. Con este trabajo Colell Aparicio encabeza una exigua representación española en los concursos oficiales que completa el cortometraje Los andares, de Isa Luego y Sofía Esteve, presente en Pardi de Domani.

    Concorso Internazionale


    • A Margem do Rio (The Riverbank), de Matheus Farias y Enock Carvalho (Brasil, Alemania).
    • Alberi erranti, de Salvatore Mereu (Italia).
    • Brave New Love, de Maria Bäck (Dinamarca, Suecia, Grecia).
    • D'ici là, de Sarah Leonor (Francia).
    • I Rarely Wake Up Dreaming, de Isabelle Stever (Alemania, Ucrania).
    • Ketticè, de Giovanni Tortorici (Italia).
    • Lejos de los árboles, de Meritxell Colell Aparicio (España, Perú, Italia).
    • Manhunt, de Wayne Wapeemukwa (Canadá).
    • Nu e locul tau aici (You Don't Belong Here), de Florin Șerban (Rumanía).
    • Nun Dul Dega Eomne (Nowhere To Lay My Eyes), de Hong Sangsoo (Corea del Sur).
    • O Jacaré, de Basil Da Cunha (Suiza, Portugal).
    • Objet a, de Ann Oren (Alemania, Luxemburgo, Grecia).
    • Princesa Burro, de Cristóbal León y Joaquín Cociña (Chile, Francia, Uruguay, Países Bajos, Alemania).
    • Rehmat, de Gurvinder Singh (India, Francia).
    • The House on the Moon, de Nelson Yeo (Singapur, Taiwán, Alemania, Indonesia).
    • Thính Giác (Hearing), de Lê Bảo (Singapur, Vietnam, Noruega, Francia, Indonesia, Arabia Saudí, Camboya, Tailandia, Taiwán).
    • Violence du corps de l'autre (Nobody's Violence), de Denis Côté (Canadá).


    por Emilio M. Luna
    agosto 05, 2026

    Locarno 2026 | Selección oficial

    por Emilio M. Luna | agosto 05, 2026

    Fruit Gathering, Globo de Cristal

    Palmarés de la 60ª edición del KVIFF

    El filme birmano Fruit Gathering, dirigida por el debutante en el largo Aung Phyoe, se ha alzado como el gran triunfador de la 60ª edición del Festival de Karlovy Vary, ganando el máximo galardón: el Globo de Cristal. La película nos sitúa en la cotidianidad de dos jóvenes mujeres en el Rangún contemporáneo. Un presente marcado por largas jornadas laborales, la represión social y la incertidumbre económica. Los anhelos no verbalizados son el motor de una juventud que mira más allá pese a unas condiciones de vida alienantes. El jurado, compuesto por Justin Chang, Amanda Nell Eu, Pavel Rejholec, Nadia Turincev y Eskil Vogt, la definió como «un retrato exuberante y meditativo sobre el trabajo y la amistad antes de transformarse, de manera inesperada y orgánica, en un desgarrador drama de obsesión y deseo queer».

    La propuesta eslovaca Lover, Not a Fighter, dirigida por Martina Buchelová, consiguió el máximo galardón de la segunda sección en importancia, Proxima. «En un mundo cinematográfico donde las ambiciones grandilocuentes están sobrevaloradas, esta hermosa película llega con ternura, reuniendo los momentos cotidianos y las relaciones que conforman la sustancia de la vida en una obra a la vez apasionantemente familiar y original. La directora comprende lo que significa ser joven y sabe que uno nunca deja de madurar: el cambio es una constante que trae consigo tanto asombro como pérdida», declaró el jurado del apartado compuesto por Estrella Araiza, Dirk Decker, Jakub Felcman, Devika Girish y Marija Kavtaradze. Lover, Not a Fighter habla de un bala perdida que, en verano, de forma inesperada, encuentra a algo parecido al amor. Es el debut cinematográfico de Buchelová.

    A continuación el palmarés.

    COMPETICIÓN


    • Globo de Cristal a la Mejor Película: Fruit Gathering, de Aung Phyoe (Myanmar, Francia, República Checa).
    • Premio Especial del Jurado: The Guest, de Mads Mengel (Dinamarca).
    • Mejor Dirección: Mads Mengel por The Guest (Dinamarca).
    • Mejor Actriz: Anna Schinz por A Happy Family (Suiza).
    • Mejor Actor: Ghassan Saad por Pipes (Líbano).
    • Premio del Público: Bára – Diary of a Rockstar, de Helena Třeštíková (República Checa).
    • Premio FIPRESCI: Only Beautiful Things to Look At / Prameň, de Ivan Ostrochovský (Eslovaquia, República Checa, Hungría).

    PROXIMA


    • Gran Premio Proxima: Lover, Not a Fighter, de Martina Buchelová (Eslovaquia, República Checa).
    • Premio Especial del Jurado: Incinerator, de Shuntarō Uchida (Japón).
    • Mejor Dirección: Efthimis Kosemund-Sanidis por A Whole Person Almost (Grecia, Bulgaria, Alemania, Chipre, Rumanía).
    • Mención Especial: 33 Steps, de Anna Domček y Šimon Domček (Eslovaquia, República Checa).
    • Premio FIPRESCI: Petty Thieves, de Mate Ugrin (Croacia, Alemania, Francia).

    por Emilio M. Luna
    julio 12, 2026

    Karlovy Vary 2026 | Palmarés: «Fruit Gathering», Globo de Cristal

    por Emilio M. Luna | julio 12, 2026

    La identidad suspendida

    Tercera sesión de la 32ª edición del Festival Ibérico

    La actual crisis migratoria perfora también nuevos espacios de observación en el cine. Por ejemplo, la importancia de dialogar con la arquitectura. En Homing (Hansel Rodrigues y Lizzie Atherton, 2026) el espacio de una casa se levanta como un personaje más de la acción. El fortuito encuentro con un desconocido en el jardín de una familia de clase media sirve para enfocar un relato con distintos puntos de vista. Todo parte del océano, de la inmensidad de unas aguas verticales que la cámara filma como una nave extraterrestre a punto de amenizar. Ese recién llegado irrumpe mojado y desorientado, dialogando con la respuesta urgente y espontanea de cada uno de nosotros. ¿Qué pasaría si dejásemos entrar a una persona desconocida en nuestro hogar? El miedo y la duda hacen acto de presencia en unos personajes ambiguos que interpretan la situación de diferente manera. El espectador, como ellos, apenas conoce nada de ese hombre, que por su comportamiento podría constituir una seria amenaza al establishment familiar. Los prejuicios asaltan viviendo una situación límite de tensión y angustia. Homing juega con los estilemas del home invasion, género cercano al terror, sin embargo, su apariencia se acerca más al estilo minimalista e incómodo del Haneke de Funny Games. Un cine social filmado con empuje y energía y un adecuado sentido del tiempo y del espacio. La casa, ubicada en las costas de Inglaterra, simula efectos de organicidad y vida propia. Una estructura laberíntica que nos trae a la memoria la plasticidad de la casa de Parásitos, entendida como pirámide social y resonancia de las actitudes naturales e intrínsecas del colectivo. Un trabajo de la escuela de cine (ESCAC), producido por el director Juan Antonio Bayona.

    Para los artífices de Chicken Jazz (Imanol Ruiz de Lara, 2025) la trompeta es el macguffin de la historia. Un instrumento que sirve de engarce para reflotar sentimientos enterrados del pasado. Es el motor o caja de música que despierta a Teo (Tamar Novas) del letargo en el que vive. La vida de Teo transcurre monótona y vacía. Trabaja en la pollería que hereda de su padre. Un negocio ruinoso, y destartalado que parece cobijar la existencia gris del protagonista. Su director recrea un mundo extraño en donde el tiempo pasa lentamente. El pollo, aparte de un disfraz, o máscara, ilustra la doble personalidad de Teo, un alter ego, una imagen que recuerda a la del conejo gigante, amigo de James Stewart, en la maravillosa El invisible Harvey. Una especie de cuento navideño o fabula con tintes dickensianos. El ambiente gélido, frio y desapacible traduce las emociones del protagonista que no tendrá más remedio que replantearse su vida con la llegada de Andrea (Susana Abaitua), su ex, y de la trompeta que trae consigo. Una bonita fabula de reconciliación y de amor por la música que cuenta además con la breve aparición del talismán Ramón Barea (presente en tres cortometrajes de esta edición).

    En Navajeros (Eloy de la Iglesia) los miembros de la banda del Jaro se reunían todos los días en los descampados periféricos de San Blas o Tetuán. Los bares o locales de alterne eran otros puntos de encuentro en el que beber, escuchar música o planear golpes callejeros. Polígono X (Néstor López, 2025) se apropia convenientemente del lenguaje tradicional del cine quinqui para contarnos las peripecias de un grupo de chavales que se reúnen en las canchas de su barrio para jugar al futbol. La principal virtud del filme reside en la forma en la que López ejecuta la acción, a través de un plano secuencia fluido y orgánico, que pone al espectador en el centro del lugar. De esa forma el director expande las posibles lecturas e interpretaciones del relato, al reflejar la realidad de la calle y ese aire directo y mareante del cine de pandillas callejeras. La cancha es el espacio limítrofe que excluye a los brasileños del barrio de al lado, en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo en un mismo campo de batalla. Néstor López destapa las conductas racistas y violentas de ciertas masculinidades enfrascado en un estilo visual entre el western urbano de Walter Hill, y el cine quinqui de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma. Juan José Ballesta sobresale en un reparto coral de actores no profesionales.

    Jervasío
    (David Rosel, Félix Bollaín, 2025) es una breve cinta de animación de carácter 100% punk. En la mañana siguiente de su 27 cumpleaños Jervasio es sorprendido por el revisor del tren sin el billete de transporte correspondiente. La ficción propone entonces un divertido duelo entre el revisor y el joven que traspasa las fronteras de lo real. Una metáfora del espíritu de resistencia ante las dificultades de la vida cotidiana, y también una curiosa parábola antisistema. Cuenta con las voces de los actores Ricardo Gómez y César Tormo.

    La barraca (Julia Castaño, 2025) pertenece a ese grupo de películas rodadas desde un punto de vista personal, intentando establecer una clara sintonía con el espectador. En plena temporada de verano uno empatiza fácilmente con Joana (Julia Fortaña), una de tantas personas que trabajan de cara al público en bares y restaurantes. No es fácil ver los toros desde la barrera, o, mejor dicho, desde la barra de un bar, lugar al que su directora nos emplaza para experimentar la ansiedad, angustia y estrés al que son sometidos los trabajadores que lidian, en circunstancias extremas, con todo tipo de clientes. Castaño halla en su historia ese estado de frenesí constante, de no poder parar un solo segundo ni para respirar. Una obra de lenguaje tangible que se toca, sufre y siente alrededor de una cámara integradora, colocada en primera línea de batalla.

    Los periodistas interpretados por Redford y Hoffman en Todos los hombres del presidente teclean sin parar con sus máquinas de escribir. Esa mecánica repetida una y otra vez sin cesar simula el sonido de unas metralletas disparando. La información es una bala que Alan J. Pakula transmitía por medio del repique y golpeteo de la dactilográfica, usada por los periodistas como arma arrojadiza. En la inclasificable Noites mais faceis (Joao Pedro Mamede, 2025) los títulos iniciales aparecen sobreimpresionados en una hoja de Excel del ordenador y los del final emulan el sonido de esas viejas computadoras e impresoras de trabajo y oficina. Un edificio tétrico, sombrío y lóbrego filmado como una especie de prisión, en donde sus oficinistas siguen un ritmo de trabajo infernal bajo las miradas de control y acoso de los encargados. Una obra extraña, misteriosa, que alterna todo tipo de géneros y estilos, para acabar encontrando un híbrido maravilloso entre el cine surrealista de Terry Gilliam y el horror liminal de moda. Su director juega con el espectador en un brillante ejercicio de estilo teatral, con fugas absurdas y delirantes – la secuencia musical – y un mensaje codificado acerca de la alineación del individuo y las cadenas impuestas por el trabajo.

    El cine es una droga. El soporte fotoquímico, actualmente pieza de museos y reliquias, arrastra un magnetismo cegador que nos impide apartar la mirada. El celuloide suspende la identidad de aquellos que de alguna manera han manipulado sus esencias. Lo sabía muy bien Iván Zulueta, hasta el punto de comparar en Arrebato (1980), la adicción a la heroína con la del celuloide. Cuestión de enganche y de identidad vampírica.

    Los murciélagos han abandonado el campanario (Alfonso Bernal, Manuel Bernal, 2025) es el proyecto final de estudios de dos hermanos cineastas. Un cortometraje contado desde la melancolía, que lo convierte en un trabajo de temprana madurez dada la pasión desmedida que se desprenden de sus imágenes. Rodado en 16 milímetros, emulando las texturas y el grano del cine antiguo, también es un homenaje indisimulado a las películas de Bela Lugosi y el cine de Jess Franco, envuelto en un tono sarcástico de comedia negra. Sin embargo, esas hechuras no impiden ahondar en un enfoque más profundo y reflexivo acerca del vampirismo de una sociedad dormida buscando despertar. Nacho Sánchez interpreta a ese chupasangre que lidera una peculiar comunidad aislada en un castillo abandonado, con la intención de poder rodar la puesta del sol. La hermosa idea de un plano final con el que enterrarse para siempre es, a fin de cuentas, la esencia principal de este interesantísimo corto, que ganó el premio a mejor cortometraje de escuela en los Fugaz 2026.

    El oficio de actor no es solo el lujo y oropel de las grandes estrellas de cine. Existe una invisibilidad latente en esos miles de actores sacrificados en un segundo o tercer plano, trabajando casi a hurtadillas, o de manera no profesional. Recordemos ese bello tributo a los cómicos ambulantes que significó El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán Gómez, 1986). In memoriam (Teresa Bellón, Cesar F. Calvillo, 2025), el corto que marca el final de esta edición, habla precisamente del vacío de un actor en un oficio no siempre agradecido. Básicamente un artefacto que mira al cine dentro del cine con ironía y mala leche. Los entresijos de la industria y la mirada distante de un lenguaje sencillo en el que la cámara asimila su condición demiúrgica, favorecen el humor negro de este divertido trabajo de comedia. Y tratándose del mundillo del actor no podemos pasar por alto sus excelentes interpretaciones, en especial, la brillante actuación de Cristina Soria. ♦

    por David Tejero Nogales
    julio 09, 2026

    Ibérico 2026 | Tercera jornada

    por David Tejero Nogales | julio 09, 2026

    Deformaciones contextuales

    Segunda sesión de la 32ª edición del Festival Ibérico

    No conviene perder de vista lo que venimos comentando estos días acerca de la identidad y de la memoria. A veces no es suficiente con capturarla, sino que se debe asistir a una transformación y sacudir esa identidad hasta volcarla por completo. Pordentro (Álvaro G. Company, Mario Hernández, 2026) confronta el rostro de Elías (Ramon Barea) con el recuerdo imborrable de muchos otros grandes actores de nuestra cinematografía que como aquí tuvieron que adentrarse en la piel de otros. Así de pronto brotan con facilidad los papeles excelsos de figuras de la talla de José Luis López Vázquez (Mi querida señorita), o José Sacristán (Un hombre llamado flor de otoño). En su memoria reside esta hermosa historia de identidad en el que el veterano actor logra trasmitir una performance sutil y tierna llena de claroscuros emocionales. Sus directores subrayan la importancia del tránsito más allá del lugar o del momento. Pordentro es una película contada en un lenguaje sencillo, de frente, con un maravilloso duelo actoral entre padre e hija (Lorena López), desnudos ante la condena de sus lazos efectivos. Sus autores eligen una narrativa visual que traduce perfectamente las inquietudes y necesidades de su actor principal. Un formato más panorámico para las escenas dentro del hogar de Elías, más familiar y seguro, en contraste con el formato cuadrado del resto, estanco de una mayor opresión e incomodidad.

    La animación cobra doble protagonismo en esta segunda edición del festival. El fantasma de la quinta (James A. Castillo, 2025) recoge un tramo muy concreto de la vida del pintor Francisco de Goya. Su director busca ahondar en los rincones más profundos de la razón humana. Una casa con vida propia que arrastra a un Goya devorado por las sombras de su pasado. Un viaje terrorífico, en el que dialogar con fantasmas y repasar al mismo tiempo su etapa creativa más oscura – las pinturas negras -. Un equipo excepcional de animadores e ilustradores dibujan una obra espectacular, de mucho virtuosismo audiovisual. La voz en off de la actriz Maribel Verdú da cuerpo y tono a esta pesadilla que recuerda a títulos famosos sobre la figura del pintor como Goya en Burdeos (Carlos Saura) o Goya, genio y rebeldía (Konrad Wolf), centrados también en aspectos siniestros y decadentes de su vida y obra. Además, cuenta con un halo próximo al romanticismo gótico de Edgar Allan Poe.

    El otro cortometraje animado proviene de Portugal. En las imágenes de Cäo Sozinho (Marta Reis Andrade, 2025) se albergan surcos y huellas de realismo mágico y una poesía extrañamente lastimosa. Una animación de contrastes, que divaga en los aspectos más recónditos de la memoria. Ganadora en distintos festivales - Valladolid, Quirino o los Sophia - del premio al mejor cortometraje de animación, este perro solitario aplica con estilo propio los escenarios estéticos de una soledad aterradora. Su directora se vale de las mejores técnicas creativas, alternando la animación 2D con pinturas analógicas, para exponer un lienzo plástico con mucha delicadeza, proyectado sobre una aparente cascada de metáforas, y sin casi diálogos. Es una de esas películas que transitan las ruinas y el eco de un sollozo interminable. Un buen ejemplo del extraordinario momento que atraviesa la animación ibérica.

    En Portugal, más o menos como en España, hay una crisis habitacional sin precedentes. El precio medio de una vivienda se ha triplicado en pocos años. Agente inmobiliario sem casa para viver (Felipe Amorim, 2025) es una curiosa cinta rodada en formato de falso documental. Haría una buena pareja de baile con El príncipe nigeriano siendo ambos estudios pertinentes de la compleja situación que sufre la juventud en el mercado laboral y de la vivienda. Sergio Pinto (Amorim) es un famoso tiktoker con miles de seguidores en internet y un gran promotor inmobiliario, sin embargo, esa fachada queda al descubierto en la parcela individual fuera del trabajo. Lo dual de una estampa social asimétrica, y las pesquisas para hacerse hueco en el sector, son parte de un relato en primera persona consonante con el lenguaje actual de las redes sociales y las aplicaciones de internet.

    Disecció d´ una incoheréncia en crisi (Nausica Serra, 2025) señala con el dedo directamente al comportamiento errático de los adultos. Dos mundos, el de los niños y el de sus padres, un claro espejo en el que mirarse unos a otros. La reproducción de patrones y conductas abogan por confluir en una misma dirección. Serra narra con sentido del humor una historia de urbanidad, patente en el desarrollo de unos adultos que se comportan como críos o viceversa. El intercambio de roles acaba por desentrañar un interesante cuadro de ética y educación contemporánea. Gran trabajo de todo su reparto, en especial las niñas.

    El paso del tiempo ahoga. Se percibe en La última canción (María Lorente Becerra, 2026) una salida precisa de escape hacia nuestro pasado. Los cambios de ritmo mantienen nuestra atención en esa delicada e inteligente marea de ilusiones rotas, despeñadas por los recuerdos de una excelente y adecuada Ángela Molina. La Rosario interpretada por la veterana actriz es esa estrella caída en el olvido que tuvo hace años su fugaz momento de gloria con una exitosa canción del verano. La directora emplea brillantes argucias técnicas en el saber mirar de frente a esa mujer que rehúye de los espejos. La escena del principio ya es toda una declaración de intenciones con el vaho del cuarto de baño difuminando las imágenes de ese rostro cansado, magullado por los años. Me hace pensar en aquella maravillosa imagen de El apartamento en donde el rostro de Jack Lemmon quedaba cortado al mirarse en un espejo de mano roto. Como pasaba en la hermosa cinta de Billy Wilder, La última canción habla de personas solas que buscan un mínimo de esperanza en sus rutinas diarias. El encuentro de Rosario con el personaje de Albert Plá mantiene un dialogo a caballo entre el patetismo y la inocencia que sin duda marca el aura del filme. Un triste paseo nostálgico acerca de lo que fuimos y de la identidad que todavía nos califica, con o sin espejos delante.

    La interacción del hombre con la naturaleza es uno de los argumentos más significativos de la obra del escritor Jack London. Lo es también al mismo tiempo de todo el imaginario romántico del western, el paradigma de un viajero sumido al paisaje que lo delimita y forma. El hombre frente a las dificultades agrestes de su entorno, no solo como medio o hábitat en el que moverse y sobrevivir, sino como exploración del espacio geográfico. En las obras de London los enfrentamientos son habituales, y pasa igual en la mirada del cineasta Guillermo de Oliveira, proyectando en sus películas esa misma pasión por la expectativa de un horizonte a todas luces protagonista. Todo es un viaje, hombres que llegan y salen buscando un sitio el que pernoctar o echar raíces. En el western existe un peligroso sentido de pertenencia, y el espacio muta hostil, vago y violento. El territorio entonces se perfila como trampa mortal. El hombre rehúye de vivir en comunidad y ansia solamente una cosa: conquistarlo.

    Cara de cona
    (Guillermo de Oliveira, 2025) se basa en un relato de London. Una reinterpretación libre en tono de comedia negra. Un forastero, Pardavila (Diego Anido), llega a una localidad gallega. A Matías (Milo Taboada) no le hace ninguna gracia. No sabemos por qué, pero su cara y su sonrisa no le gustan nada. Su mera presencia le repele. Todos sus esfuerzos se centran en echarlo fuera de su territorio. Una de indios y vaqueros. En los poblados del lejano Oeste el extranjero debía soportar las miradas esquivas y sospechosas de los lugareños. Los matones hacían uso de la fuerza, y los más listos de su perspicacia. El protagonista de Cara de cona no es ni una cosa ni la otra, pero su absurdo e irracional odio se inclina hacia una subordinación con la naturaleza, de arraigo individualista, y claro está, de pertenencia. El nuevo vecino implica una amenaza. Un invasor que viene a pisotear el carácter cultural e histórico del paisaje.

    El director de Desenterrando Sad Hill (2018), y Sauerdogs (2022) entiende esa lejana masculinidad, tóxica, de hombres deformados por el paisaje que los rodea. Lo vemos nada más comenzar: un primer plano de Matías en paz y armonía con las flores de su hogar, filmado dentro, literalmente, con su silueta insertada en el paisaje. Cara de cona apuesta por una fotografía excepcional a la hora de mirar el verde de esos bosques y montes gallegos, mostrados a través de un lenguaje rodado en formato panorámico con grandes angulares y unas tomas espectaculares desde arriba. La imagen viva del western. Por si fuera poco, la música de Zeltia Montes evoca patrones de repetición similares a los del maestro Ennio Morricone, en un tejido sonoro muy bien combinado con la personalidad telúrica de la Galicia rural que se muestra en la cinta. ♦

    por David Tejero Nogales
    julio 08, 2026

    Ibérico 2026 | Segunda jornada

    por David Tejero Nogales | julio 08, 2026

    Cuestión de memoria, identidad y supervivencia

    Primera sesión de la 32ª edición del Festival Ibérico

    La identidad o marca de nuestro cine es algo que va mucho más allá de los criterios nacionalistas o de protección. Me gusta pensar en la memoria cultural de cada cinematografía, entendiendo los mecanismos que hacen funcionar un conjunto de espejos en el que vernos reflejados. Según Roland Barthes, el cine es una trampa perfecta, un artefacto capaz de combinar lo real con lo imaginario. El cineasta y escritor francés Marcel Pagnol introduciría una de las medidas más revolucionarias de la época para garantizar la supervivencia del cine de su país frente a la maquinaria estadounidense. Justo después de terminar la Segunda Guerra Mundial, los americanos desembarcaban en la industria francesa sometiéndola a sus estrenos más populares. El cine de Hollywood llegaba para quedarse. Los franceses pensaban como americanos, comían y vestían como ellos. El lujoso aparataje de las películas estadounidenses, y el esplendor de sus estrellas cegaban la mirada de los espectadores. Pagnol, temiendo una destrucción de la identidad cinematográfica, y tras los precedentes de Alemania acaparando el control de los estudios, idearía un impuesto o tasa que saldría de los beneficios de la taquilla de ese cine norteamericano y que iría destinado a fomentar la producción de películas locales. Una medida muy interesante que sirve de borrador para las futuras medidas proteccionistas del cine europeo frente a los todopoderosos. Todo esto lo cuenta y muy bien el director Sylvain Chomet en A Magnificent Life (2025), biopic animado sobre la vida de Marcel Pagnol, artista multidisciplinar y pionero fundamental en la historia del séptimo arte.

    Memoria, identidad y supervivencia. Esas tres leyes marcan el devenir de los acontecimientos culturales de nuestro cine. Sirvan de ejemplo aquellas maravillosas películas de género policiaco rodadas en España en los años 50 en el que la crítica social estaba adherida al paisaje de las ciudades. Las calles principalmente de Madrid o Barcelona, proyectaban una radiografía de los valores y maneras de vivir de una sociedad sometida al régimen y modos de vida de la época. Cineastas como Juan Bosch, Adolfo Santillan, Pérez Doltz, Ignacio F. Iquino, Julio Coll, Ricardo Gascón o Rovira Beleta, entre muchos otros, filmaban un cine social disimulado bajo los parámetros del noir con herencia internacional. Descubrimos en muchos de esos títulos los típicos lugares de las ciudades de aquellos años: como los cines, los talleres mecánicos, comercios, bares, sus plazas y sus costumbres. La pantalla del cine asume enfocar el imaginario de un mundo que se resiste a la invisibilidad.

    Como parte de la identidad del cine tenemos la complicada supervivencia del cortometraje. En estos días hemos conocido la noticia del cierre por parte de Movistar Plus+ de su programa Proyecto Corto, una de las divisiones especializadas en la compra y financiación de cortometrajes independientes. Una zancadilla considerable a la estructura audiovisual de las películas cortometrajes. El escritor Miguel Marías escribiría hace cosa de un par de años en su blog un extenso artículo acerca de la historia del cortometraje en nuestro país. En un principio, y cito sus palabras, podríamos verlo como un formato indeseado, usado de trampolín o de trasunto para poder realizar un largometraje. Sin embargo, Marías abre un abanico de enfoques que ponen en entredicho la propia manufacturación de los cortometrajes, así como la precariedad de medios con los que lidian los autores a la hora de contar un relato. Mi conclusión y experiencia programando y viendo cortos no es limitante, sino todo lo contrario, existe un claro desequilibrio de producción en los trabajos de cineastas con arrojo que desde luego deben poner a tono sus cualidades narrativas ante la dificultad de la financiación o pobreza logística. Un último estertor de valientes en un panorama francamente desolador. No negaremos por supuesto lo que mencionaba Marías en su artículo, puesto que a lo largo de la historia muchos cineastas empezaron en el corto antes de desembarcar en la primera división rodando largometrajes. Por cierto, un deseo de lo más natural. Recuerdo la primera vez que mantuve una conversación con Alejandro Pachón sobre la comparativa inútil entre cortometraje y largometraje, y me invitaba a poder entender la naturaleza y conflicto de hacer un buen cortometraje. Su manera de defender el formato me emociona todavía. Alejandro fue adalid de los malabares de ese mismo cine que se lleva estrenando en el Festival Ibérico más de 32 años ininterrumpidos. Su identidad y memoria permanecen a salvo.

    La 32º edición arranca con El príncipe nigeriano (Marcel Sesplugues, 2025). Un trabajo filmado con un estilo contemporáneo, gracias a su dinámico montaje, en línea con las formas de expresión virtual de las nuevas generaciones a través del foco de los móviles y de las aplicaciones de internet. Su protagonista es un joven ambicioso que trabaja en una inmobiliaria y que desea dar un golpe de efecto para poder mudarse a Miami. La parábola de las falsas expectativas y las aspiraciones de muchos jóvenes de hacerse ricos y vivir con grandes lujos se interpreta en el guion de una cinta con un fuerte poso de amargura. La precariedad laboral y la inseguridad de muchos ante las mentiras de las redes e internet son otros de los temas a tratar por su director. Un cine con tintes costumbristas y sociales llevados de la mano de un excelente Guillermo Leal, que soporta con aplomo y naturalidad numerosos primeros y primerísimos planos. La cámara ejerce de espejo de la cotidianidad del barrio y de sus gentes. Es el germen de una identidad dual que tiende puentes intergeneracionales.

    A los de mi generación salir en verano a la calle a jugar no nos parece algo tan descabellado. En los 80, mucho antes de la era virtual y de los móviles, la única manera de entretenerse era dándole patadas a un balón. El barrio que describe Rui Carlos (Margarida Paias, 2025), podría ser cualquier calle o plaza de casi cualquier pueblo o ciudad de España o Portugal. Un espacio extemporáneo en el que los niños gritan, saltan y corren en derredor de ese elemento conciliador que es la pelota. Un balón de futbol metáfora y símbolo de resistencia. Su realizadora arranca y termina con un plano representativo de lo que manifiesta su relato. Ponerle tiritas a las cosas que más queremos es algo de esa infancia criada en torno a las calles. Los adultos son voces en fuera de campo por medio de las ventanas llamando a sus hijos para cenar. Como en los tebeos, o en los comics, Paias filma esa extraña melancolía del pasado. Me viene a la cabeza las tiras y dibujos de Snoopy en el que esos adultos no eran más que voces ininteligibles incapaces de interferir en el (complejo) universo de los niños. Rui Carlos es una bonita historia de amistad. Un trabajo donde predominan los colores primarios y la fuerza de las miradas. La cámara adopta el perfil de un catalejo usando zooms y cámara lenta en paralelo a las estéticas de esos años. La música recorre el patio central evocando los sonidos del afilador o la cigarra, en plena siesta veraniega.

    Pinchu es así (Carmen Córdoba, 2025) se construye mediante técnicas y procesos de animación muy interesantes que sirven como contrapunto a su mensaje. Un tono divertido y caricaturesco en el que mantener abierto el debate acerca de las relaciones sociales y de los comportamientos en grupo. Sus creadores combinan la animación 2D con entornos tridimensionales. La película denota un estilo muy particular, de autor, gracias al singular diseño de personajes, obra de la ilustradora María Herreros. La supervivencia de una persona ajena a la marea social en la que se relaciona posibilita esa otra mirada, más personal e íntima, sobre las apariencias. Las conductas machistas y deplorables de algunos quedan totalmente al descubierto en este divertido retrato con influencias del esperpento valleinclanesco, ganador del mejor cortometraje de animación en el último Festival de Cine de Málaga.

    Me gusta la idea de enseñarnos la realidad que nos rodea desde ópticas vaporosas, pivotando sobre fuentes indirectas y creando un efecto extraño, misterioso y paranormal. El lenguaje de A fronteira azul (Dinis M. Costa, 2025) es el de una obra próxima al cine extraterrestre, en el que nuestra mirada y ojos están guiados por una cámara que desde luego evita posarse en los arquetipos del cine social. La actualidad internacional ante los problemas migratorios adopta en la cinta de Costa un gesto fantasmático. El cineasta articula una puesta en escena espacial, de enfoques dispares y yuxtapuestos. Su cámara se esconde, o bien detrás de los objetivos velados de las cámaras de seguridad, o en la cubierta de un barco en el océano. Las miradas se perfilan en un tejido caleidoscópico, de cielos azules y relámpagos en la noche. Es bellísimo y, al mismo tiempo, desolador asistir a un paisaje irremediablemente perdido. El ocaso de A fronteira azul es el de unas personas flotando en el vacío de su existencia, privados de identidad. Un naufragio por tierra, mar y aire. Bajo esta perspectiva, triangular, fluye un relato narrado con pulso de hierro. Señalar la increíble dirección de fotografía a cargo de Tomas Brice y el excelente diseño de sonido.

    Una debilidad personal podría ser Montecarlo 67 (Rubén Guindo, 2025), primero desde un punto de vista virtuoso, acogiéndose a las reglas del metacine, cine dentro del cine, y segundo por tratar con cariño una anécdota aparentemente increíble de esas que los artistas suelen contar entre bambalinas. La estructura del film rompe la cuarta pared para interpelarnos directamente como espectadores y hacernos participes de una leyenda o bonita casualidad. Los protagonistas son gente muy apegadas a la memoria colectiva. Chicho Ibáñez Serrador (Carlos Santos) y Pilar Miró (Viki G. Velilla) asisten al festival de Montecarlo. Una vez acabada la gala se pasean por la ciudad y se encuentran con un jovencísimo Steven Spielberg (Marco Steel). Esa larga conversación, mecida por la brisa de una placida noche del 67, logra trasplantar al terreno de lo natural y espontáneo, las ilógicas reglas del cine. Guindo apoyado por sus actores rompe una y otra vez esa barrera imaginaria y transmite, con belleza, el amor por el oficio. Una historia nacida de la curiosidad, rodada en blanco y negro y que funciona tanto de trasunto emocional como de divertimento. Montecarlo 67 también es ese mirar a la nostalgia del pasado con una sonrisa.

    Señuelo (Martha G. Ayerbe, 2025) ofrece una curiosa reinterpretación de los relatos de caza que abundan en la historia de nuestro cine. Una respuesta en tono fantástico a la imagen de esas dos Españas que persisten en el presente de la misma manera que hace décadas se peleaban en las imágenes de la popular La caza (Carlos Saura). La directora, bajo la tutela y producción de Juan Antonio Bayona, ejerce un brillante dominio de puesta en escena con una intensa voluntad telúrica. La fotografía acentúa esa oscuridad perdiéndose en la espesura verde y marrón de los bosques y de la tierra. Un híbrido que aúna mensaje ecologista con denuncia social, y terror fantastique con comedia. La atmósfera nos remite al cine de Spielberg/Bayona (un déjà vu inevitable en la aparición y diseño de la criatura), y el niño (Aniol Cisquella), se corona como todo un acierto de casting. Mención especial para la excelente banda sonora de Pedro Osuna.

    Para terminar, contamos con el cortometraje Una vocal (Polo Menárguez, 2025), en el que destaca su virtuoso aparato formal, rodado íntegramente en un elegante plano secuencia, maniobra estilística que ejerce de herramienta para excavar en los recuerdos de la memoria familiar. Madre e hija (Sonia Almarcha y Mirela Balic) esperan en la sala de un anatómico forense la verificación de un cadáver. Ese suceso da pie a una hábil comedia negra que esconde con pericia y detalle aspectos y rasgos de profunda importancia. Temas espinosos como el maltrato, o el abandono reflotan en el guion y son trasladados a la pantalla en forma de risa congelada. Una cinta notable que basa sus mejores armas en el buen hacer de la escritura fílmica. ♦

    por David Tejero Nogales
    julio 07, 2026

    Ibérico 2026 | Primera jornada

    por David Tejero Nogales | julio 07, 2026

    Innovaciones artificiales

    Especial (S8) 2026 | Jeanne Liotta

    En su artículo ¿Ser es natural? Pasolini escribió, con respecto al New Cinema estadounidense en general y al cine de Andy Warhol en particular, que, “como siempre, culturalmente, el nuevo cine es una extrema consecuencia del neorrealismo, con su culto al documento y a la verdad. Pero mientras el neorrealismo cultivaba con optimismo, sentido común y bondad, su culto de la realidad con los planos-secuencia anexos, el nuevo cine invierte las cosas; en su culto exacerbado de la realidad y en sus interminables planos-secuencia, en vez de tener como premisa fundamental “Lo que es significante, es”, tiene como premisa fundamental “Lo que es, es insignificante”. Más allá de los evidentes problemas que acarrea la visión jakobsoniana que Pasolini defiende en sus escritos, y que nada tienen que ver con su cine —sus imágenes desnudan la débil construcción de sus textos teóricos—, lo interesante del párrafo citado es el modo en que consigue definir la línea de pensamiento sobre la que aquella neovanguardia surgida en los sesenta en Nueva York levantó su obra: la frivolización del cine, su impugnación como forma de indagación y conocimiento de la realidad, y la conversión de esa misma realidad en una suerte de nebulosa inconsistente y abstracta, incapturable e incomprensible.

    Por entonces, Sontag predicaba —antes incluso que Lyotard— la muerte (artificial) de la verdad, la ciencia, la historia y la ideología en favor de un arte opaco que debía limitarse a seducir a los espectadores. El elitismo formalista que Ortega y Gasset había teorizado décadas antes en La deshumanización del arte encontraba en los escritos de Sontag un lenguaje más pomposo, pero —en lo superficial— menos aristocrático: lo que se buscaba ya no era un arte “puro”, sino uno “moderno” y “novedoso”. Similar significante para un mismo significado. Bajo esa defensa de las formas onanistas y autosuficientes se ocultaba un desprecio por las obras que rasgaban los velos que ocultaban la realidad en su intento de observar el mundo en toda su complejidad. En pocas palabras, la retórica engolada intentaba imponerse sobre el lenguaje preciso. Las imágenes debían vestir al poder en vez de desnudarlo y, para ello, lo estético tenía que volverse, según Rafael Chirbes, “un valor indiscutible, pero, a la vez, voluble, (...) que roza el peligro de lo inane: un sucedáneo de rebeldía que agota sus fuerzas en la representación”. En ese aquelarre formalista y posmoderno, el cine y la pintura de Warhol alcanzaron su pico de fama.

    Didi-Huberman explica muy bien el gran problema de esa corriente cuando dice que “lo que (Pasolini) le reprocha a los partidarios del “cine de cine” no es otra cosa que movimiento de transgresión perpetua que acaba por olvidar contra qué se ejerce la transgresión. Es entonces un movimiento que ignora dónde está el frente en el que combate, tanto es verdad, según Pasolini, que no hay transgresión que valga sin la puesta en marcha de una línea de confrontación destinada a saber reconocer, para combatirlo mejor, a su enemigo (…) Esto implica, de parte del cineasta de Accattone, una inversión de perspectiva y una crítica afilada del vocabulario contemporáneo: lo que se denomina, en los años 60, la vanguardia pop (se trate de Andy Warhol o de Godard mismo, cuyos rasgos de artista pop son innumerables) no sería sino un fenómeno estético atrapado en la trama del neocapitalismo, y caracterizado justamente por su incapacidad para poner en acto los elementos populares a los que Pasolini estaba, por su parte, tan apegado (…) Si existe un “cine de poesía”, no podría, según Pasolini, sino suspender su propia autoridad ante los gestos simples en los que vemos “realizarse la teoría en las calles, entre la gente” (…) La vanguardia en el cine se portará mucho mejor cuando renuncie a los dominios del metalenguaje y ya no haga de la “lumpen-realidad” ese tabú que tan a menudo entristeció a Pasolini”.

    Las películas de Jeanne Liotta son herederas de ese cine de abstracciones e innovaciones vacuas. Sin embargo, Liotta introduce una diferencia con respecto al cine de Warhol: el plano secuencia no es la única herramienta a través de la que afirmar el carácter trivial, “insignificante” de la vida. Si bien es cierto que la dilatación del tiempo a través de la prolongación de la duración del plano es la base sobre la que se construye Muktikara, una de las películas proyectadas durante el ciclo que le dedica a la directora el S8, no es el único método con el que Liotta consigue convertir las imágenes inexpresivos telones sobre los que los espectadores pueden proyectar sus propias teorías hermenéuticas. El montaje se convierte no en una herramienta inexpresiva, sino en una que castra la posibilidad de que exista un discurso objetivo, material, en la obra. No se trata de que la unión de dos planos no diga nada, sino de que se trabaja esa unión de tal forma que impida que del encuentro entre las imágenes pueda desprenderse un sentido nuevo. Se monta contra el propio montaje. Se lo transforma en puro trámite; en un movimiento que se produce sin motivo alguno y que, de no ser llevado a cabo, tampoco afectaría a la película.

    Las imágenes, al igual que sucedía en algunas piezas de la Kinothek Asta Nielsen, buscan ser mero reflejo de la intrascendencia que proyectan los astros cuando se los observa sin telescopio ni herramientas de ampliación. Los pequeños puntos brillantes que flotan en una masa oscura se convierten así en la percha sobre la que los espectadores pueden colgar sus diferentes visiones del mundo. El paso de un plano a otro no tiene ninguna implicación discursiva porque la imagen ha devenido monolito kubrickiano. Si existe una diferencia entre las piezas del Asta Nielsen y las de Liotta, esta radica en que, en las primeras, la idea de intrascendencia —que no de lirismo: esa, como bien explicamos en su momento, era apriorística— se construía al mismo tiempo que lo hacía la película, mientras que en la segunda constituye el punto de partida, es la base sobre la que se levanta lo demás. En el primer caso, cada nuevo plano era el reflejo de un nuevo tipo de luz o de un movimiento diferente de la rama de un árbol; por el contrario, en el segundo, las nuevas imágenes no pretenden mostrar un planeta diferente ni un fenómeno cosmológico nuevo, sino prolongar el estado de abstracción de los espectadores para que puedan seguir proyectando lo que les dé la gana sobre la pantalla. El cine como vivencia privada e incomunicable, como particular ejercicio de psicoanálisis.

    Es, por tanto, el de Liotta un cine connotativo, más preocupado por encontrar cualquier formulación que le permita no decir nada del objeto que filma que de posicionarse y ofrecer una visión concreta sobre el mismo. Y ello porque sus imágenes se construyen desde un principio de abstracción por medio del cual la realidad deviene masa informe cuyo carácter maleable permite que los espectadores lancen sobre ella sus propias ideas o pensamientos. En la citada Muktikara, el plano general de un lago se va volviendo cada vez más difuso y brumoso hasta que las formas que lo componen —el árbol, el reflejo del cielo sobre el agua— se vuelven indistinguibles. En esa mezcla de formas vagas, las posibilidades interpretativas son infinitas. En otras piezas, el nivel de abstracción alcanza tal punto que la pantalla parece un cuadro de Pollock en movimiento. Y en Eclipse, la directora diseña una sucesión de colores brillantes que pretenden simular la experiencia del eclipse sin la necesidad de recurrir a los propios elementos reales —el sol y la luna— que protagonizan el fenómeno. Liotta intenta reproducir el acontecimiento excluyendo la propia realidad que lo hace posible, su sustancia misma. El eclipse, para la cineasta, es incomprensible y, por tanto, lo único que puede hacer con él es utilizarlo como pretexto para crear esas formas seductoras que proponía Sontag. Esa impugnación del conocimiento, además de surgir de un sustrato de raíz irracionalista, también proyecta un miedo, una incapacidad de enfrentarse a la realidad. Las imágenes como ansiolítico contra la complejidad del mundo (y, en este caso, del universo).

    En todas las piezas, la construcción del sentido recae sobre los hombros de los espectadores, que son libres de inventar cualquier teoría sobre lo que están viendo, puesto que las imágenes buscan, precisamente, ser susceptibles de soportar la proyección hermenéutica más descabellada. El único motor de las películas es su propósito de innovación técnica: encontrar nuevos modos de deformar las imágenes, nuevas maneras de abstraerlas, de construir texturas, etc. Avances todos ellos que se sostienen en el aire y que no tienen ningún peso ni relevancia. Expresiones de un cine autofágico que agota sus fuerzas en la representación de una renovación del lenguaje cinematográfico que no es tan vanguardista ni rupturista como pretende. Como bien supo ver Pasolini, esa innovación puramente formalista y metalingüística que rechaza el contacto con el mundo termina olvidando contra qué ejerce la transgresión y, en el proceso, sirve como telón de fondo detrás del que se puede esconder el poder. ♦

    por Rubén Téllez Brotons
    junio 29, 2026

    Especial (S8) 2026 | Jeanne Liotta: «Innovaciones artificiales»

    por Rubén Téllez Brotons | junio 29, 2026

    Las coyunturas del montaje

    Especial (S8) 2026 | Kinothek Asta Nielsen

    Una de las cuestiones que plantea el ciclo de la kinoteca Asta Nielsen, integrado dentro de la programación del S8, es si el carácter casero de las cámaras Super 8 y las de 16 mm implica que las películas que se filman con ellas se deben circunscribir al relato de la intimidad de los autores o a la captura de lo efímero. Algo parecido plantean los cortos contemporáneos que forman parte de la sección de Sinais. Si bien es cierto que la ligereza y el pequeño tamaño de la Super 8 la convirtió, allá por los ochenta, en el aparato predilecto para la grabación de celebraciones y eventos familiares, no lo es menos que esto no debería haberse convertido en un caparazón que contuviese sus posibilidades expresivas. La paradoja está en que un cine que se pretende experimental no consiga sobrepasar las fronteras artificiales que delimitan el uso de su principal herramienta creativa.

    Spaces, de Gunter Geller, y When you see a rose, de Renate Sami, constituyen el paradigma de la filmación de acontecimientos efímeros que, al ser particularizados de forma extrema, devienen elementos abstractos dentro de los que se diluye tanto el propio mundo en el que tienen lugar como ellos mismos en tanto que realidad sensorial. Ninguna de las dos piezas dice nada sobre el pequeño suceso que convierten en el núcleo de las imágenes y en el centro omnívoro del microcosmos en el que se producen: al focalizarse en lo mínimo sin contextualizarlo para poder construir un discurso sobre él, las películas lo transforman en algo profundamente trascendental, en una suerte de totalidad misteriosa e inconcreta que se encuentra escondida en lo más pequeño. Sin embargo, su singularidad no se debe a su irrepetibilidad, sino al hecho de que es lo único que tiene presencia en la película: lo demás no existe. El propósito no es filmar el placer sensorial que acompaña la contemplación de lo efímero —el modo en que un rayo de luz crepuscular entra por la ventana o la forma en que el viento mueve las ramas de un árbol—, sino hacer de la imagen un reflejo insustancial de dichos movimientos efímeros. Son estas, por tanto, imágenes que, lejos de reflexionar sobre la futilidad de determinados acontecimientos naturales o de ponerlos en valor, se dedican a afirmar el lirismo que tienen por el mero hecho de ser fugaces. Pero hay un matiz: sus planos no son líricos, puesto que dan por sentado que este es consustancial al hecho que están retratando y, por ello, no hacen uso de ningún recurso expresivo para capturarlo. No importan la posición de la cámara ni la concatenación de los planos como elementos de construcción de sentido: importa ofrecer el instante en el que lo pequeño sucede, porque entonces se obra una suerte de milagro new age. Así, al ser el lirismo un elemento apriorístico, nunca llega a hacer acto de presencia en las imágenes. Además, el acercamiento de estas dos películas a dichos fenómenos mínimos termina derivando en un culto hacia lo “banal” en tanto que expresión metafísica de belleza.

    En el caso de Spaces, Geller monta una serie de imágenes en las que la luz del sol entra en las diferentes estancias de una casa abandonada. El amanecer, la mañana, el mediodía, la tarde y el anochecer se vuelven perceptibles gracias a los cambios del sol, a la intensidad con la que brilla y al modo en que su luz entra en la casa. Sin embargo, la duración de cada plano rara vez es superior a dos segundos. La imagen intenta ser el reflejo del tiempo que dura el destello de luz. La repetición constante de los mismos planos hace que el visionado de la película se asemeje a la contemplación acrítica de una serie de fogonazos lumínicos. Nada más. Por su lado, When you see a rose constituye un intento de capturar el movimiento de diferentes flores cuando son mecidas por el viento. Sami filma las plantas desde diferentes ángulos para no perder ningún matiz de su movimiento o de su forma. No hay ideas, únicamente un retrato inexpresivo de un fenómeno micro que termina convertido en una nadería debido a la ausencia de ideas de la puesta en escena. No hay una realidad en sus imágenes, sólo un pseudorrealismo, término que André Bazin utilizó para denominar aquellas películas que no buscan “expresar a la vez la significación concreta y esencial del mundo”, porque se conforman con “la ilusión de las formas”.

    Cuando las cámaras de 16 mm no se emplean para la reproducción acrítica de la privacidad más inmediata o para la presentación de lo efímero como fenómeno místico, por pequeño, se utilizan para jugar. Citrus Fruit II, de Uli Versum, es un claro ejemplo de ello. Un hombre pasa delante de la cámara cargando con una cesta de limones; de repente, alguien, en fuera de campo, comienza a gritarle frases en alemán. Lo que le dice no tiene la mayor relevancia, dado que sus palabras no aparecen en ningún momento subtituladas, por lo que se intuye que para la comprensión de la pieza no es necesario entenderlas. La repetición de la misma escena busca conseguir un efecto cómico a fuerza de llevar la representación al extremo del ridículo. Versum intercala estas secuencias con otras en las que el personaje, en un espacio abstracto, se coloca delante de la cesta de limones y comienza a reírse de forma exagerada. Los gestos hiperbólicos del actor intentan seguir exprimiendo lo surrealista del momento, al igual que la posición de la cámara, que va alternando entre diferentes angulaciones que enfatizan el histrionismo de su interpretación. Si en el teatro de Brecht la ruptura del naturalismo buscaba, en palabra de Walter Benjamin, “descubrir primero las situaciones”; es decir, introducir un elemento de extrañamiento para pausar el devenir de la narración y obligar a los espectadores a reflexionar sobre aquello que estaban viendo, en Citrus Fruit II dicha ruptura se convierte en un gesto performático y autosuficiente que sólo busca provocar una risa efímera. El gesto enfático que carece de intención discursiva da lugar a un estallido humorístico de acción limitada que, sin embargo, inconscientemente ofrece una imagen que condensa el gran problema de aquellas cintas cuya búsqueda de una ruptura formal no viene acompañada por el propósito de encontrar un nuevo lugar desde el que mirar el mundo, sino por un deseo de renovación estética que flote por encima de la realidad que debería retratar.

    Sin salirse de ese gesto de autocomplacencia metacinematográfico, And she, she loved predators – step into the garden, too, pone en escena la tramoya del proceso de montaje en un intento por demostrar que este ya no está al servicio de la imagen; más bien, todo lo contrario. La imagen desvela la forma en que construye sus procesos de significación para devorarse a sí misma en su intento de existir sin mirar el mundo exterior. El informalismo de todas las propuestas descritas hasta el momento pone en evidencia que parte del cine experimental que se filmó en Alemania entre los años ochenta y noventa estaba directamente influido por la obra de Andy Warhol, los textos de Susan Sontag y demás propuestas formalistas que defendían que el artista no debía indagar en la realidad de su tiempo, sino crear formas sensuales y atractivas que no expresasen idea alguna. La imagen como reflejo de lo efímero, como juguete o como narciso prepotente que sólo sabe hablar de sí mismo.

    Únicamente dos películas del ciclo ejercen de contrapunto de esta corriente: Kool Killer, de Pola Reuth, y Alpine Lake, de Matthias Muller. La primera sigue los preceptos de Eisenstein a la hora de poner en relación dos imágenes, puesto que utiliza un “montaje conocimiento, montaje como un medio, más que nada, de revelar la concepción ideológica”. Un hombre se sube en un trampolín dispuesto a saltar a una piscina desde una gran altura. Sin embargo, antes de lanzarse, comienza a hacer diversas poses. Reuth intercala los planos de su cuerpo hipermusculado con imágenes de estatuas griegas clásicas, de idéntica complexión. Previamente, durante los primeros segundos de la pieza, había mostrado una imagen de Humphrey Bogart, paradigma del galán de Hollywood. Tres iconos que ejercen como símbolos de sus respectivas épocas, pero que, al ser puestos en relación a través del montaje, se convierten en síntomas a partir de los cuales se puede rastrear el conjunto de normas estéticas —e ideológicas— que en ellos se volvieron hegemónicas. Entre el plano del culturista en el trampolín y el de la estatua apenas hay diferencias, ni en la envergadura de los músculos ni en sus respectivas posiciones. Aunque procedentes de diferentes épocas y forjados por concepciones del mundo diferentes, ambos cuerpos mantienen la misma concepción violenta de términos como perfección y pureza, cuyo propósito homogeneizador deriva en lo mismo: una exclusión de la diferencia en favor de un ideal del cuerpo “superior”.

    Por su lado, Alpine Lake retrata el día a día de una mujer atrapada en la opresiva rutina de las tareas del hogar. Un tocadiscos y una televisión se convierten en los metrónomos que expresan el monótono ritmo de su rutina y, al mismo tiempo, en los acompañamientos visuales y sonoros que le ayudan a aliviar su pesadez. Muller filma su cotidianidad de forma elíptica, aislando cada tarea y movimiento en planos cortos que le permiten destacar el mecanicismo con que los lleva a cabo. El aburrimiento y el cansancio producen una necesidad de fuga que la música y las imágenes televisivas alivian. Algo parecido sucede en la segunda mitad de la película, cuando el punto de vista cambia y son las fugas imaginativas del hijo las que la cineasta escruta. El valor de Alpine Lake está precisamente en su capacidad para ofrecer un análisis no de las fantasías de una parte de la sociedad alemana de los años noventa, sino de las causas que llevan a las personas a fantasear. Su notable uso del montaje como herramienta de indagación y conocimiento deja en evidencia lo banal del uso que el resto de películas del ciclo hacen de él. ♦

    por Rubén Téllez Brotons
    junio 16, 2026

    Especial (S8) 2026 | Kinothek Asta Nielsen: «Las coyunturas del montaje»

    por Rubén Téllez Brotons | junio 16, 2026

    Karlovy Vary 2026 | Selección oficial

    Programa de la 60ª edición del KVIFF

    Doce largometrajes competirán por el Globo de Cristal en la próxima edición del Festival de Karlovy Vary, que cumple 60 años. Por el certamen checo desfilarán los últimos trabajos de cineastas como Kristina Grozeva & Petar Valchanov, Valeria Sarmiento, Ivan Ostrochovský o Šimon Holý, todos habituales en este clásico de la cinematografía estival. Justin Chang, Amanda Nell Eu, Pavel Rejholec, Nadia Turincev y Eskil Vogt conforman el jurado del apartado principal.

    En la sección Proxima está programada la única producción española en competición, Camionero, primer largo de ficción del argentino Francisco Marise, con guion de Javier Rebollo y el propio Marise, que pasó por Cinema Pendent de L’Alternativa (Premio Mecas 2023).

    A continuación, el listado completo de participantes.

    CRYSTAL GLOBE COMPETITION


    • 3 nedelje posle / 3 Weeks After, de Miroslav Terzić (Serbia, Bulgaria).
    • Cherni pari za beli noshti / Black Money for White Nights, de Kristina Grozeva y Petar Valchanov (Bulgaria, Grecia).
    • Chica Checa, de Šimon Holý (República Checa, Francia, Eslovaquia).
    • Cinco años, cuatro meses / Five Years, Four Months, de Esteban Hoyos García y Juan Miguel Gelacio Ramírez (Colombia, Estados Unidos).
    • Detrás de la lluvia / Behind the Rain, de Valeria Sarmiento (Chile).
    • Gæsten / The Guest, de Mads Mengel (Dinamarca).
    • A Happy Family, de Jan-Eric Mack (Suiza).
    • Hijamat, de Nader Saeivar (Alemania).
    • The Lion at My Back, de Tonia Mishiali (Chipre, Luxemburgo, Grecia).
    • Pipes, de Karim Kassem (Líbano).
    • Prameň / Only Beautiful Things to Look At, de Ivan Ostrochovský (Eslovaquia, República Checa, Hungría) | *Cabecera.
    • Thit-thee Khu / Fruit Gathering, de Aung Phyoe (Myanmar, Francia, República Checa).

    PROXIMA COMPETITION


    • 33 krokov / 33 Steps, de Anna Domček y Šimon Domček (Eslovaquia, República Checa).
    • Camionero / Truck Driver, de Francisco Marise (España, Argentina).
    • Contra la Naturaleza / Against Nature, de Axel Bertha (México).
    • Enas olokliros anthropos schedon / A Whole Person Almost, de Efthimis Kosemund-Sanidis (Grecia, Bulgaria, Alemania, Chipre, Rumanía).
    • Homo Sive Natura, de Giovanni C. Lorusso (Italia).
    • The Ink-Stained Hand and the Missing Thumb, de Yashasvi Juyal (India).
    • Mein Freund der Pornostar / My Friend the Porn Star, de Rosa Friedrich (Austria).
    • Milovník, nie bojovník / Lover, Not a Fighter, de Martina Buchelová (Eslovaquia, República Checa).
    • Paris Paris, de Isabelle Tollenaere (Bélgica).
    • Rain Catcher, de Michele Fiascaris (Italia, Reino Unido).
    • Shokyakuro / Incinerator, de Shuntaro Uchida (Japón).
    • Sitni lopovi / Petty Thieves, de Mate Ugrin (Croacia, Alemania, Francia).

    SPECIAL SCREENINGS


    • Bára Basiková / Bára - Diary of a Rockstar, de Helena Třeštíková (República Checa).
    • Dvě deci tuše / A Pint of Ink, de Ester Geislerová (República Checa, Eslovaquia).
    • Kdyby se holubi proměnili ve zlato / If Pigeons Turned to Gold, de Pepa Lubojacki (República Checa, Eslovaquia).
    • Khaneh doost injast / The Friend's House is Here, de Maryam Ataei y Hossein Keshavarz (Irán, Estados Unidos).
    • Learning To Breathe Underwater, de Rebekah Fortune (Reino Unido, Países Bajos, Irlanda).
    • Město otců / City of Fathers, de Zdeněk Tyc (República Checa, Eslovaquia, Polonia).
    • Mistryně / Everything As It Should Be, de Bohdan Karásek (República Checa).
    • Morten, de Ivan Pavljutskov (Estonia, Lituania).
    • Robert Richardson: The White Devil, de Jana Hojdová (República Checa, Estados Unidos).
    • The Story of Documentary Film - 1980s, de Mark Cousins (Reino Unido).
    • To Die to Live, de Yuliia Hontaruk (Ucrania, Letonia, Eslovaquia).
    • Vyvolený / Gregorius, the Chosen One, de Tomasz Mielnik (República Checa, Polonia, Rumanía).
    • Zpráva pro Minervu 2 / A Report for Minerva 2, de Miroslav Krobot y Lubomír Smékal (República Checa).


    por Emilio M. Luna
    junio 02, 2026

    Karlovy Vary 2026 | Selección oficial

    por Emilio M. Luna | junio 02, 2026

    Fjord, de Cristian Mungiu, Palma de Oro 2026

    Palmarés de la 79ª edición del Festival de Cannes.

    El rumano Cristian Mungiu ha conseguido la segunda Palma de Oro de su carrera con Fjörd, un drama familiar con una indisimulada narrativa progresista protagonizado por Sebastian Stan y Renate Reinsve, dos de los intérpretes del momento. El cineasta de Iasi ya obtuvo el máximo galardón del certamen francés en 2007 con la descomunal 4 meses, 3 semanas y 2 días, que supuso, aparte de su presentación internacional, la apertura de la corriente del «nuevo cine rumano», que dominó el circuito de festivales durante la segunda década del siglo XXI. «Hemos corrido el riesgo de hablar de cosas que conocemos pero que no nos atrevemos a decir. La situación del mundo no es la mejor. Nosotros deberíamos cambiar algo para dejar algo mejor a nuestros hijos. La sociedad está dividida, radicalizada y esta película es un alegato contra todo eso», declaró en el proscenio del Gran Teatro Lumiére, Mungiu, cuya película será distribuida en España por Caramel Films. Tras Fjörd, Fatherland, La bola negra, Minotaur, A Man of His Time, All of a Sudden y Coward completaron un nutrido cuadro de honor de una 79ª edición sin demasiadas pocas salidas del guion previsto.

    COMPETICIÓN


    • Palma de Oro: Fjord, de Cristian Mungiu (Rumanía).
    • Gran Premio del Jurado: Minotaur, de Andreï Zviaguintsev (Rusia, Francia).
    • Premio a la Mejor Dirección (ex aequo): La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi (España).
    • Premio a la Mejor Dirección (ex aequo): Fatherland, de Pawel Pawlikowski (Polonia, Reino Unido).
    • Premio al Mejor Guion: A Man of His Time, de Emmanuel Marre (Bélgica, Francia).
    • Premio del Jurado: The Dreamed Adventure , de Valeska Grisebach (Alemania).
    • Premio a la Mejor Interpretación Femenina: Virginie Efira y Tao Okamoto por All of a Sudden, de Ryusuke Hamaguchi (Japón, Francia).
    • Premio a la Mejor Interpretación Masculina: Emmanuel Macchia y Valentin Campagne por Coward, de Lukas Dhont (Bélgica).
    • Palma de Oro al Mejor Cortometraje: Para los contrincantes, de Federico Luis (Argentina).
    • Caméra d’or: Ben’imana, de Marie-Clémentine Dusabejambo (Ruanda, Francia, Bélgica).

    UN CERTAIN REGARD


    La interesante cineasta austríaca Sandra Wollner ha conseguido el premio más importante de su corta carrera con Everytime, filme que narra la sanación en Tenerife de una familia tras sufrir una tragedia. Una propuesta emocionante y bellamente filmada que ha conseguido el máximo galardón de Un Certain Regard. Le corset, película de animación de Louis Clichy, consiguió el Gran Premio del Jurado. Este drama infantil sobre la discapacidad lo distribuirá en España Karma Films.

    • Premio Un Certain Regard: Everytime, de Sandra Wollner (Austria).
    • Premio del Jurado: Elephants in the Fog, de Abinash Bikram Shah (Nepal).
    • Premio Especial del Jurado: Le corset, de Louis Clichy (Francia).
    • Premio de Interpretación femenina: Marina de Tavira, Mariangel Villegas y Daniela Marín Navarro por Siempre soy tu animal materno, de Ximena García Lecuona (México).
    • Premio de Interpretación masculina: Bradley Fioma Dembeasset por Congo Boy, de Nelson Makengo (República Democrática del Congo, Bélgica).

    SEMANA DE LA CRÍTICA


    Una de las sensaciones de esta edición ha sido La Gradiva, debut en el largo de la camarógrafa Marine Atlan, ganadora del máximo galardón de la Semana. La Gradiva es un coming-of-age que tiene como punto de partida el viaje de una clase de Secundaria a las ruinas de Pompeya. El primer amor, las expectativas, la ilusión y la desilusión y las dinámicas sociales se conjugan en esta historia de la que es testigo el propio tiempo, con la forma de las arquitecturas y las esculturas. Será distribuida en España por Elástica. La española Viva, dirigida por Aina Clotet, es otra de las grandes vencedoras de esta 65ª edición de la Semana de la Crítica, con su premio revelación para esta cineasta y actriz de esta dramedia que dibuja un futuro cercano, marcado por la sequía, en la que una mujer, ya en la cuarentena, se plantea retomar su vida tras un período sombrío debido a un cáncer. Viva la estrenará en España Caramel Films.

    • Grand Prix AMI Paris: La Gradiva, de Marine Atlan (Francia, Italia).
    • Prix Fondation Louis Roederer de la Révélation: Aina Clotet por Viva (Alive), de Aina Clotet (España).
    • Prix Découverte Sony du court métrage: Skinny Bottines (Skinny Boots), de Romain F. Dubois (Canadá).
    • Prix Fondation Gan à la Diffusion: Pyramide Distribution, distribuidora francesa de Wu ming nü hai (A Girl Unknown / La Deuxième fille), de ZOU Jing (China).
    • Prix SACD: Blerta Basholli & Nicole Borgeat, autoras de Dua (Kosovo, Suiza, Francia).
    • Prix Canal+ du court métrage: „Vaterland“ oder Ein Bule Namens Yanto ("Vaterland" or A Bule Named Yanto), de Berthold Wahjudi (Alemania, Indonesia).

    QUINCENA DE CINEASTAS


    La francesa Too Many Beasts, dirigida por Sarah Arnold, ha conseguido el galardón más importante de la Quincena de Cineastas, el Europa Cinema Label. El filme es un policíaco aderezado con humor y con conciencia ecologista que sigue la investigación de una detective de la gendarmería francesa y un psicólogo que busca hallar a un agricultor desaparecido tras el choque entre agricultores y cazadores por la pertinencia de los jabalíes en la campiña. Alexia Mannenti y Ella Rumpf son sus protagonistas. Por otra parte, la última película de la británica Clio Barnard, I See Buildings Fall Like Lightning, drama generacional ambientado en Birmingham, ha conseguido el Premio del Público.

    • People’s Choice Audience Award: I See Buildings Fall Like Lightning, de Clio Barnard (Reino Unido).
    • Europa Cinemas Label al Mejor Film Europeo: Too Many Beasts, de Sarah Arnold (Francia).
    • SACD Coup de Coeur: Shana, de Lila Pinell (Francia).
    • Carrosse d'Or: Claire Denis.

    por Emilio M. Luna
    mayo 24, 2026

    Palmarés de la 79ª edición del Festival de Cannes: «Fjord», de Cristian Mungiu, Palma de Oro

    por Emilio M. Luna | mayo 24, 2026

    Lo demás es ruido,
    Lady Harimaguada de Oro

    Palmarés de la 25ª edición del Festival de Las Palmas.

    El cineasta mexicano Nicolás Pereda se ha alzado con el máximo galardón de la 25ª edición del Festival de Las Palmas con su largometraje Lo demás es ruido. «Una propuesta cinematográfica muy creativa que entrelaza las relaciones humanas, principalmente entre géneros y generaciones, con cuestiones artísticas y recursos cinematográficos. El uso de la luz, del encuadre y del sonido crea una composición humorística pero conmovedora protagonizada por actrices destacadas, entre ellas Teresita Sánchez», justificó el jurado compuesto por Barbara Gasser, Jean-Michel Frodon y Shivendra Singh Dungarpur. Lo demás es ruido, que fue una de las cintas triunfadoras del último BAFICI, es una comedia que pivota sobre la preparación de una entrevista televisiva de una música y que derivará en una serie de encuentros inesperados. La Lady Harimaguada de Plata ha ido a parar al filme lituano How to Divorce During the War. «Refleja la agonía y el impacto de un conflicto externo con las consecuencias descontroladas de decisiones personales y profesionales», apostilló el jurado. La película de Andrius Blaževičius narra la coincidencia de la ruptura de un matrimonio con el inicio de la invasión rusa en Ucrania. Una propuesta que fue presentada en Sundance consiguiendo excelentes críticas.

    A continuación, listamos el palmarés de la sección oficial:

    • Lady Harimaguada de Oro: Lo demás es ruido, de Nicolás Pereda (México, Alemania, Canadá).
    • Lady Harimaguada de Plata: How to Divorce During the War, de Andrius Blaževičius (Lituania, República Checa, Luxemburgo, Irlanda).
    • Premio a la Mejor Interpretación: Danielle Brooks, por If I Go Will They Miss Me (Walter Thompson-Hernandez, Estados Unidos).
    • Mención Especial del Jurado: Eva Kostic, por su interpretación en 17 (Kosara Mitić, Macedonia del Norte, Serbia, Eslovenia).
    • Premio al Mejor Cortometraje: Heartbeat, de Jay Rosenblatt & Stephanie Rapp (Estados Unidos).
    • Mención Especial Cortometraje: Honey, My Love, So Sweet, de JT Trinidad (Filipinas).
    • Premio del Público: 17, de Kosara Mitić (Macedonia del Norte, Serbia, Eslovenia).


    por Emilio M. Luna
    mayo 02, 2026

    Palmarés de la 25ª edición del Festival de Las Palmas

    por Emilio M. Luna | mayo 02, 2026

    Encender la ceniza, soñar el cuerpo

    Punto de Vista 2026: «I lit the fire!», de Valeria Lemeshevskaya & «Masayume», de Nao Yoshigai.

    Javier Acevedo Nieto | Pamplona.

    Una mano que prende, una respiración que se acompasa, una ceniza que se sostiene apenas. I Lit the Fire!, de Valeria Lemeshevskaya, y Masayume, de Nao Yoshigai, llegaron a Pamplona con biografías muy distintas, certificadas por los itinerarios de festivales que las enmarcan. Y, sin embargo, vistas en sucesión, las dos cintas comparten una misma fricción epistemológica: la pregunta por cómo se filma una vida cuando ya no se la posee.

    Ambas son películas de combustión ya que literalmente en el caso de Lemeshevskaya la cineasta bielorrusa, exiliada en Biskek, enciende la lumbre de un hogar provisional en una aldea kirguís; metafóricamente en el de Yoshigai, que prende la mecha de un duelo después de perder a su madre y se interna en un templo zen para reaprender a respirar. Las dos directoras se ponen en escena, las dos se filman a sí mismas y las dos asumen el riesgo de la primera persona en un género, el documental contemporáneo, donde la autoinscripción ha pasado de ser excepción a convertirse en doxa. La diferencia es que ninguna de las dos cae en la trampa narcisista que Renov denunciaba a comienzos de siglo: el yo aquí no es destino sino umbral y plataforma de observación de algo que las excede. La cámara —dispositivo prostético en Lemeshevskaya, plataforma coreográfica en Yoshigai— deja de ser instrumento para convertirse en una piel capaz de transitar entre dos cuerpos, dos memorias, dos paisajes. Y ese es, quizás, el primer concepto que las hilvana: el de un documental como hogar precario, encendido a fuerza de fricción.

    La sinopsis oficial habla de un encuentro entre dos personas. Una cineasta inmigrante de Bielorrusia y Zaremma Kochkorova, una niña de diez años que vive en una aldea del sur de Kirguistán. La descripción es exacta y, sin embargo, omite lo esencial. I Lit the Fire! no es la película de un encuentro, más bien es la película de una equivalencia. Lemeshevskaya sabe que el documental etnográfico tradicional —ese al que Bill Nichols llamó modo de exposición— se desploma cuando la diferencia cultural se convierte en simetría. Si filmara a la pequeña Zaremma desde la posición clásica del observador, la película sería una postal antropológica más, una variante para festival de aquello que Said denominó la mirada exílica institucionalizada, es decir, un orientalismo amable. Lemeshevskaya hace lo contrario. Coloca su cuerpo dentro del plano, deja que la cámara tiemble cuando la niña corre, asume la incomodidad de ser filmada por una niña que aprende a filmar, y construye un dispositivo donde el punto de vista se desplaza, se intercambia y, a veces, se confunde.

    Aquí emerge el primer rasgo de estilo de una directora cuya filmografía previa anunciaba ya esta voluntad de fragmentación lírica. Cada plano de la película tiene esa solidez compositiva del que ha pensado el encuadre como un cuadro antes de pensarlo como ventana. La luz natural, el equipo mínimo —la directora filma y monta sola—, la elección de un pueblo de montaña aislado donde la modernidad llega a cuentagotas, todo apunta a una poética del despojamiento que recuerda a las experiencias de Sharon Lockhart con la duración o, en el ámbito hispano, a la atención dosificada de María Elorza. Pero hay un elemento que la singulariza. La obsesión por el rostro. Bachelard escribió que la casa es nuestro rincón del mundo y nuestro primer universo, y que la imaginación funciona en sus rincones, pues Lemeshevskaya sustituye la casa por el rostro de Zaremma. Filma esa cara como quien filma una topografía habitable, una geografía íntima donde se reflejan los miedos y las esperanzas que el catálogo del festival ya enuncia. La niña deja de ser objeto etnográfico para convertirse en arquitectura afectiva.

    El procedimiento es aparentemente sencillo y técnicamente rigurosísimo. La cineasta alterna planos próximos con composiciones más amplias en las que la niña se confunde con los animales, con la madera de las viviendas, con la hoguera del título. La cámara es una extensión más del cuerpo de la directora y eso significa, en términos de Sobchack, que filmar es exponerse, sostener lo que ocurre sin esconderse tras el dispositivo. La mirada que enuncia la película no es la del cineasta tradicional, externo, omnisciente, sino la del que está dentro y, por estarlo, vacila. De ahí que el montaje renuncie a la racionalidad clásica del raccord y opte por elipsis, repeticiones de gesto, retornos al mismo rostro en horas distintas, una circularidad que dialoga con las Meditaciones sobre el presente de Ute Aurand y Jeannette Muñoz programadas en el mismo festival, sin caer en el mimetismo. En un cine de no ficción cada vez más adicto a la voz del autor —al ensayo confesional bien delimitado—, Lemeshevskaya construye lo que Rascaroli llamaría una cámara personal sin sujeto único, un dispositivo donde el yo se vuelve poroso. El lugar desde el que se enuncia la película no es Bielorrusia ni Kirguistán: es la ranura entre las dos. La película orienta una infancia kirguís y una madurez exiliada hacia los mismos enseres, los mismos animales, la misma lumbre.

    Por otra parte, hay un trasfondo político insoslayable. Lemeshevskaya pertenece a una generación de cineastas bielorrusos que, tras 2020, han tenido que rehacer su práctica fuera del país. El cine documental bielorruso del último lustro —piénsese en piezas como Belarus 23.34 (Tatsiana Svirepa) o en proyectos de exilio rodados en Kiev y Varsovia— se ha visto forzado a reformularse en clave nómada, a buscar formas que sostengan la pertenencia sin tierra. I Lit the Fire! responde a esa exigencia con elegancia. La película construye una película sobre la posibilidad de fundar hogar en otra parte sin clausurar la nostalgia. Por eso el plano del fuego —cuando la niña sopla las brasas y la cineasta, fuera de campo, ríe— funciona como una pequeña teoría política. La hospitalidad se enciende. Y el espectador entiende, sin necesidad de subrayado, que esa lumbre encendida en una aldea de Kirguistán es, también, una hoguera contra el fascismo blando que expulsó a su autora. El gesto se inscribe en una tradición de cine de la supervivencia. La pequeña luz que persiste cuando la luz grande de los reflectores intenta extinguirla.

    Si Lemeshevskaya construye un documental que se aproxima al ensayo etnográfico para subvertirlo, Yoshigai opera la dirección contraria. Su debut en el largometraje, Masayume —palabra japonesa que designa lo soñado que se cumple en la realidad—, parte de un material que parece pertenecer al cine confesional puesto que la directora ha perdido a su madre, su cuerpo y su mente se desequilibran a los treinta y cuatro años. Entonces decide retirarse a entrenar zen en un templo y se desplaza al instante, casi de inmediato, hacia un terreno donde el documental se cruza con la danza, la animación, la performance y el archivo familiar.

    I LIT THE FIRE!
    por Javier Acevedo Nieto
    mayo 01, 2026

    Encender la ceniza, soñar el cuerpo: «I lit the fire!», de Valeria Lemeshevskaya & «Masayume», de Nao Yoshigai

    por Javier Acevedo Nieto | mayo 01, 2026

    I lit the Fire!, Gran Premio

    Palmarés de la 20ª edición de Punto de Vista.

    La 20ª edición del Festival Punto de Vista se ha saldado con la victoria de la propuesta I lit the Fire!, de Valeria Lemesevskaya, que ha obtenido el Gran Premio Punto de Vista a la Mejor Película, dotado con 10.000 euros. «Una película con un pulso energético distintivo que reflexiona sobre la idea de hogar y revela la vida con una fuerza convincente y contagiosa. Un espíritu y un temperamento emergen gradualmente a través de una atención obsesiva a un rostro y un cuerpo, trazando la vida cotidiana de una niña entre su familia y animales. Nos entusiasma este enfoque vital y visceral del documental como un lugar de encuentro. Con este premio queremos apoyar a Valeria Lemeshevskaya en la continuación de su trayectoria artística», ha declarado el jurado compuesto por Beatriz Navas, Catarina Boieiro y Daphne Xu. Víctor Ladera, director de Sin ton ni son, ha obtenido el Premio Jean Vigo a la Mejor Dirección, dotado de 5.000 euros. «El poder del enigma se manifiesta como una fuerza creativa e imaginativa. La obra, marcada por su aparente austeridad y un número reducido de elementos, despliega sin embargo una riqueza efervescente en la que cada componente adquiere una intensidad significativa. Dentro de esta tensión entre lo mínimo y lo expansivo, lo enigmático no se resuelve, sino que se activa como catalizador de interpretación y experiencia», justificaron los tres miembros del jurado de esta rica edición del certamen navarro, epicentro un año más del mejor cine documental en sus diferentes formatos.

    ► Gran Premio Punto de Vista a la Mejor Película, dotado con 10.000 euros, para I lit the Fire! de Valeria Lemesevskaya.
    ► Premio Jean Vigo a la Mejor Dirección, dotado con 5.000 euros, para Víctor Ladera por Sin ton ni son. ► Premio al Mejor Cortometraje, dotado con 3.000 euros y auspiciado por EITB, para 3cm of Complexity de Anna Vasof.
    Premios especiales:

    ► Premio Especial del Público a la Mejor Película, dotado con 1.650 euros, para Krakatoa de Carlos Casas.
    ► Premio de la Juventud a la Mejor Película, dotado con 1.500 euros y que cuenta con la colaboración del Instituto Navarro de la Juventud, para Fomos Ficando Sós de Adrián Canoura.

    Menciones especiales:

    ► Mención Especial del Jurado para Masayume de Nao Yoshigai.
    ► Mención Especial del Jurado para Daria’s Night Flowers de Maryam Tafakory.

    por EAM
    abril 26, 2026

    Palmarés de la 20ª edición de Punto de Vista

    por EAM | abril 26, 2026

    Espejos de la contemporaneidad

    Anotaciones sobre la 25ª edición del Festival de Las Palmas.

    El Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria celebra su vigésimo quinta edición consolidando una línea editorial que privilegia el riesgo estético y la profundidad temática frente a las inercias comerciales. La Competición Oficial de Largometrajes de este año, compuesta por diez títulos —siete producciones de 2026 y tres de 2025—, se articula bajo el concepto curatorial «Como en un espejo». Esta premisa no es gratuita: la selección busca confrontar al espectador con las fisuras de la identidad, las estructuras familiares y los complejos procesos de pertenencia en un mundo globalizado. Las obras, que llegan a la capital grancanaria tras un exhaustivo recorrido por certámenes de prestigio como Berlín, Cannes, Venecia, Sundance o Locarno, ofrecen un mapa de las preocupaciones del cine de autor actual. Desde propuestas que lindan con el documental de archivo hasta dramas de ficción de una sobriedad cortante, el festival propone una experiencia inmersiva que se aleja del mero entretenimiento para indagar en la esencia del individuo. La diversidad geográfica es notable, con trabajos procedentes de India, Canadá, Estados Unidos, Argentina, Alemania, Lituania y los Balcanes, evidenciando que las crisis de identidad y los reencuentros con la raíz son preocupaciones transversales que ignoran fronteras nacionales.

    Dentro de este bloque competitivo, la mitad de la selección explora la precariedad y el duelo desde ángulos sumamente personales y sociales. Songs of the Forgotten Trees, de Anuparna Roy, sitúa la mirada en Mumbai para narrar la convivencia de dos mujeres migrantes marcadas por la inestabilidad laboral; un retrato íntimo que dialoga conceptualmente con Lucky Lu, de Lloyd Lee Choi, donde un repartidor en Nueva York inicia una búsqueda contrarreloj de 48 horas para recuperar su bicicleta robada, desvelando en el proceso las tensiones que atraviesan los trabajadores migrantes. Por su parte, el veterano Ross McElwee regresa con Remake, una pieza donde el cine se convierte en la única herramienta posible para procesar la muerte de su hijo Adrian, repensando cuatro décadas de archivo personal bajo la sombra de la ausencia. En una línea más ligada a la contingencia geopolítica, Andrius Blaževičius presenta How to Divorce During the War, situando una crisis matrimonial lituana en el marco inmediato de la invasión rusa de Ucrania, cuestionando la validez de las decisiones privadas cuando el entorno se desmorona. Finalmente, Nicolás Pereda, en Lo demás es ruido, ofrece una exploración sobre el prestigio y la amistad a través de una compositora que concede su primera entrevista televisada en un entorno doméstico precario, subrayando la fragilidad de la imagen pública frente a la realidad cotidiana.

    ▼ BI GAN BLUES: A Short Story (2022); Kaili Blues (2015).


    En un contexto global de homogeneización cultural, la persistencia de un certamen que defiende el cine como un espacio de resistencia y espejo crítico de la realidad resulta, hoy más que nunca, estrictamente necesaria.


    La otra mitad de la Competición Oficial profundiza en la violencia sistémica y la reconstrucción del pasado. Bosque arriba en la montaña, de Sofía Bordenave, analiza el asesinato del joven mapuche Rafael Nahuel en 2017 a manos de la policía argentina, utilizando el archivo para exponer un desequilibrio histórico arraigado. El concepto de la comunidad como tribunal se manifiesta en Trial of Hein, de Kai Stäenicke, donde un hombre que regresa a su isla natal tras catorce años es sometido a un juicio popular para probar su identidad. La vulnerabilidad adolescente y la supervivencia compartida son el eje de 17, de Kosara Mitic, que aborda las consecuencias de una agresión sexual en el contexto de una excursión escolar. En un tono más orientado a la búsqueda de raíces y el misterio, Nina Roza, de Geneviève Dulude-De Celles, sigue a un hombre que regresa a Bulgaria para investigar a una niña prodigio, enfrentándose a sus propios fantasmas migratorios. Cierra la terna If I Go Will They Miss Me, de Walter Thompson-Hernandez, un retrato generacional en South Central, Los Ángeles, donde la culpa de 1992 se entrelaza con la fantasía de un niño en el presente. Como apoyo a su audiencia histórica, el festival permitirá que los jóvenes nacidos en 2000 y 2001, coincidiendo con el nacimiento del certamen, accedan de forma gratuita a estas proyecciones previa acreditación en taquilla.

    El broche de oro de esta 25ª edición es el ciclo «Bi Gan Blues», dedicado al cineasta chino Bi Gan, receptor del Premio Especial 25 Aniversario y considerado una de las voces más originales de la última década. La retrospectiva permite un recorrido exhaustivo por su universo onírico a través de ocho títulos, incluyendo sus tres largometrajes: la multipremiada Kaili Blues (Lady Harimaguada de Oro 2015), la inmersiva Largo viaje hacia la noche y su estreno más reciente, Resurrection (2025), una obra de 160 minutos que supuso el estreno en la sección oficial de Cannes del realizador asiático. El ciclo se completa con sus piezas breves The Poet and Singer, A Short Story y Secret Goldfish, además de una «carta blanca» compuesta por dos títulos fundamentales para entender su sensibilidad: Spring in a Small Town (Mu Fei, 1948) y The World (Jia Zhangke, 2004), esta última también ganadora del máximo galardón del festival en 2005. Esta programación especial no solo celebra el talento individual de Bi Gan, sino que refuerza el compromiso del FICLPGC con una cinematografía que desafía las estructuras temporales y espaciales convencionales. La presencia de figuras como Oliver Laxe, Alberto Rodríguez o Albert Serra en las Jornadas del Oficio Cinematográfico termina de perfilar un encuentro que prioriza el análisis reflexivo sobre la industria y la creación.

    En un contexto global de homogeneización cultural, la persistencia de un certamen que defiende el cine como un espacio de resistencia y espejo crítico de la realidad resulta, hoy más que nunca, estrictamente necesaria.

    La 25ª edición del Festival de Las Palmas se desarrollará del 23 de abril al 3 de mayo.

    SECCIÓN OFICIAL


    • Songs of the Forgotten Trees, de Anuparna Roy (India, 77 min.).
    • Lucky Lu, de Lloyd Lee Choi (Estados Unidos, Canadá, 103 min.).
    • Remake, de Ross McElwee (Estados Unidos, 114 min.).
    • How to Divorce During the War (Skyrybos karo metu), de Andrius Blaževičius (Lituania, República Checa, 108 min.).
    • Lo demás es ruido (Everything Else Is Noise), de Nicolás Pereda (México, Alemania, Canadá, 71 min.).
    • Bosque arriba en la montaña (Forest Up in the Mountain), de Sofía Bordenave (Argentina, 91 min.).
    • Trial of Hein (Der Heimatlose), de Kai Stäenicke (Alemania, 122 min.).
    • 17, de Kosara Mitic (Macedonia, Serbia, 105 min.).
    • Nina Roza, de Geneviève Dulude-De Celles (Canadá, 104 min.).
    • If I Go Will They Miss Me, de Walter Thompson-Hernandez (Estados Unidos, 92 min.).

    Bosque arriba en la montaña; How to Divorce During the War.
    Remake; Trial of Hein

    por Emilio M. Luna
    abril 19, 2026

    Anotaciones sobre la 25ª edición del Festival de Las Palmas

    por Emilio M. Luna | abril 19, 2026

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