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    Locarno 2026
    Locarno 2026
    || Críticas | Locarno 2026 | ★★★★☆
    Viva Carmen
    Sébastien Laudenbach
    El aleteo de la pluma artística


    Ignacio Navarro Mejía
    Locarno (Suiza) |

    ficha técnica:
    Francia, 2026. Título original: «Carmen, l'oiseau rebelle». Título internacional: «Viva Carmen». Dirección: Sébastien Laudenbach. Guion: Sébastien Laudenbach y Santiago Otheguy. Compañías productoras: Folivari. Presentación oficial: Quinzaine des Cinéastes, Festival de Cannes 2026. Fotografía: (Autor gráfico: Cyril Pedrosa). Montaje: Catherine Aladenise. Música: Amine Bouhafa e Isabelle Laudenbach. Reparto (voces): Camélia Jordana, Milo Machado-Graner, Soumaye Bocoum, Carl Malapa. Duración: 90 minutos.

    Desde el estreno de Carmen, la célebre ópera de Bizet, esta ha gozado de numerosísimas representaciones, adaptaciones y reformulaciones. El propio Bizet no pudo disfrutar de tal éxito y recorrido pues falleció joven al poco de estrenar su obra, que padeció una mala acogida inicial, pero lo cierto es que desde dicho estreno parisino, allá por 1875, Carmen ha pasado a formar parte de la cultura popular, y cada cual la ha interpretado a su manera... Aunque solo sea mientras tararea la melodía de su pieza más reconocible, Habanera, y se asocia a multitud de escenarios o sentimientos. De la misma manera, el cine ha hecho suyas varias adaptaciones, dirigidas incluso por cineastas de la talla de Raoul Walsh u Otto Preminger, esta última más bien una interesante variante a partir del teatro norteamericano, titulada Carmen Jones, en otro contexto y con un elenco afroamericano. En cualquier caso, seguía habiendo margen, en la gran pantalla, para recuperar esta historia y darle otra vuelta de tuerca, dada la riqueza de su fuente y, al mismo tiempo, su terreno inexplorado en algunos aspectos.

    Pues bien, esto es lo que ha realizado el director de animación Sébastien Laudenbach, en este caso por tanto como película animada, que además prescinde de muchos elementos de la historia original e, incluso, de buena parte de su banda sonora. Esto último resulta arriesgado, por renunciar a un valor seguro y del gusto de tanta gente, si bien resulta harto coherente con la propuesta. Presentada en el festival de Cannes, no estamos ante la típica película infantil de animación, pero sí ante un esfuerzo por acercar esta historia a un público amplio, de todas las edades, incluso a quienes no están ya familiarizados con ella. Ante ello, hay libertad, como decíamos, para alterarla como se considere oportuno, hasta el punto de que los dos personajes principales de esta versión son inventados (siguen presentes, ahora como secundarios, la gitana Carmen, el cabo José o el torero Escamillo, con matices en sus acciones y motivaciones) y la música de Bizet solo se entreoye en determinados momentos (entre composiciones derivativas o enteramente distintas, sin perder la armonía del conjunto), dotándolos eso sí de una especial trascendencia. Así, para quien ya conoce la trama y su música, su esencia se sigue percibiendo y, para quien no, se descubre la historia por primera vez.

    La gran novedad y virtud de la cinta, en todo caso, está en su imagen. En el trazo, el color, las luces y las sombras, el trabajo de Laudenbach y su equipo es de un despliegue apabullante, sucediéndose plano tras plano como acuarelas que pictóricamente, por momentos, nos retrotraen hasta a los grabados de Goya. El nombre del pintor aparece, junto al de Cervantes, en uno de los locales dibujados en la película, que aquí con fidelidad a su fuente se sigue ambientando en la Sevilla de 1820, lo que no es más que un guiño a la cultura española que retrata con trazo más grueso que el de su imagen, aunque, recordémoslo, también lo hacía la ópera francesa de Bizet, y aquí el filtro es de la misma nacionalidad. Importan más el exotismo que permite una mirada ajena, y todo el romanticismo y la mística que envuelven el drama, cuya contextualización andaluza refuerza su pasión y ardor, por seguir con los tópicos. Al final, la historia acaba siendo casi lo de menos en esta nueva adaptación, que maravilla en aspectos en que aquella, por mucha trayectoria que ya tuviera, aún no lo había hecho. ♦

    por Ignacio Navarro
    agosto 17, 2026

    Crítica | Viva Carmen

    por Ignacio Navarro | agosto 17, 2026
    || Críticas | Locarno 2026 | ★★★☆☆
    You Don't Belong Here
    Florin Serban
    Alargar un juicio prematuro


    Ignacio Navarro Mejía
    Locarno (Suiza) |

    ficha técnica:
    Rumanía, 2026. Título original: «Nu e locul tău aici». Título internacional: «You Don't Belong Here». Dirección y Guion: Florin Șerban. Compañías productoras: Fantascope Films. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de Locarno 2026. Fotografía: Liviu Mărghidan. Montaje: Florin Șerban. Música: Marius Leftărache y Nikita Dembinski. Reparto: Adrian Văncică, Teodor Butănescu, Cristina Richter, Alex Conovaru, Izdrailă Janir. Duración: 154 minutos.

    Curiosamente, dos películas seleccionadas a competición en esta edición del festival de Locarno han coincidido en un tema muy específico, en ambos casos sirviendo de premisa a sus historias: el odio a los gitanos. Más allá de esta coincidencia casi casual, lo cierto es que el racismo y la intolerancia hacia determinadas personas, por su etnia o procedencia, están volviendo a dominar la sociedad y la política europeas, alentados por los extremismos y populismos. Por ello siempre procede su denuncia bajo cualquier manifestación artística, pues más allá de los mensajes directos, muchas veces aquella es más eficaz para reincorporarse o retenerse en lo más hondo de la percepción humana. Y, sobre todo, a través de la ficción, facilitan que cada persona pueda procesar tal manifestación como algo individualizado y propio.

    La nueva película del rumano Florin Serban, You Don’t Belong Here, ganadora del Leopardo de Oro del certamen suizo, trata esta problemática con seriedad y compromiso. Ya su título anuncia la exclusión con la que marcan algunos ciudadanos europeos, en este caso rumanos, a quienes consideran que no deben convivir con ellos. Lo hacen mediante actos vandálicos que destrozan sus coches y adhieren a ellos las pegatinas con el susodicho mensaje, y los responsables concretamente son jóvenes radicalizados, sector de la población donde, por cierto, este viraje se está pronunciando más. La película arranca con uno de estos crímenes, o “misiones” como las llaman ellos, que acaba con la muerte accidental de un vecino gitano, golpeado por el hijo del protagonista. Una de las primeras coincidencias dramáticamente provechosas, pero lógicamente sospechosas, es que uno de los coches destrozados es el de ese protagonista, padre como decíamos de uno de los malhechores, lo que acentúa su condición de víctima, pues en todo caso estamos ante un personaje sufrido (su mujer y madre del chaval falleció hace años) que condena el incivismo (uno de sus mejores amigos es policía).

    Sobre esta base, la película explora con arduo dramatismo las penurias del personaje, médico reconocido por otro lado, sobre todo cuando descubre el crimen que ha cometido su hijo. Esta escena es de las más logradas, aquella en la que le arranca tal confesión, en un plano sostenido en penumbra en el dormitorio del chico. En otros momentos, sin embargo, la planificación alargada de ciertas secuencias no resulta tan efectiva, por ejemplo en cierta conversación entre el protagonista y el policía, y ciertas subtramas desvían el foco del conflicto principal (incluso aunque tengan que ver con la problemática antes relatada, como el cadáver desnudo de un gitano en el hospital), y en cambio se dedica menos tiempo a cuestiones más relacionadas con él, como la de los cómplices del crimen, reducidas a alguna escena también eficaz como aquella en que el chico se encuentra con uno de ellos en los entornos de una presa. El contraste en interés y efecto entre estas escenas, logrados en unas y menos en otras, revela lo descompensado de un metraje que alcanza las dos horas y media por alargar, en suma, trechos del mismo sin que el efecto acumulativo, en lo dramático, se perciba con toda su nitidez y emoción. La confirmación de esta carencia la hallamos en la última secuencia, una suerte de epílogo, inteligentemente construida pero prolongada en exceso, por culpa de lo cual acaba siendo anticlimática. Hemos ahondado en esto como crítica a una película que, con todo, tiene indudables cualidades, desde su visión e interpretaciones, pasando por la forma cruda y compleja en que plasma toda su narración. Consigue, esto debe reconocerse, transmitir de una manera impactante lo inhóspito de un lugar que a priori no debería serlo, ya no solo para los “extranjeros”, sino para sus propios ciudadanos. ♦

    por Ignacio Navarro
    agosto 17, 2026

    Crítica | You Don't Belong Here

    por Ignacio Navarro | agosto 17, 2026

    La nueva ola rumana emerge

    Palmarés de la 79ª edición del Festival de Locarno

    Gran año para el cine rumano en el circuito de festivales. A la segunda Palma de Oro para Cristian Mungiu –con Fjörd, su primer largo rodado en inglés— se le unió este pasado fin de semana el Leopardo de Oro del Festival de Locarno para Florin Șerban, con You Don't Belong Here. Ambos pertenecientes al movimiento que emergió a finales de la primera década del siglo XXI, denominado la Nueva Ola del Cine Rumano, representan sin embargo dos perfiles muy distintos. Mientras Mungiu se movido en la umbría del circuito, con selecciones habituales en la competición de Cannes, Serban ha mantenido una posición más discreta, al igual que su propia filmografía, desde que despuntara con su ópera prima Si quiero silbar, silbo (2010), Gran Premio del Jurado de la Berlinale. Con su quinto largo, You Don't Belong Here, ha obtenido el mayor reconocimiento de su carrera.

    El jurado integrado por Fabrice du Welz, Liza Johnson, Matías Piñeiro, Annemarie Jacir y Răzvan Rădulescu, eligió a la cinta rumana «por la fuerza de su escritura, la singularidad de su visión y la excepcional maestría de su lenguaje cinematográfico». Du Welz, presidente de el jurado, reconoció que la película era «puro cine» en la traslación de este drama padre-hijo donde un médico descubre que su hijo adolescente es investigado por asesinato.

    A continuación, el listado de premiados.

    Concorso Internazionale


    • Pardo d’Oro (Mejor Película): Nu e locul tau aici (You Don't Belong Here), de Florin Șerban (Rumanía).
    • Premio Especial del Jurado: A Margem do Rio (The Riverbank), de Matheus Farias y Enock Carvalho (Brasil, Alemania).
    • Mejor Dirección: Hong Sangsoo por Nun dul dega eomne (Nowhere To Lay My Eyes) (Corea del Sur).
    • Mejor Interpretación: Kim Minhee por Nun dul dega eomne (Nowhere To Lay My Eyes) (Corea del Sur).
    • Mejor Interpretación: Monica Bellucci por Ketticè (Italia).
    • Mención Especial: Xavier Bergeron por Violence du corps de l'autre (Canadá).
    • Mención Especial: Teodor Butănescu por Nu e locul tau aici (You Don't Belong Here) (Rumanía).
    • FIPRESCI: Lejos de los árboles, de Meritxell Colell (España).

    Concorso Cineasti del Presente


    • Pardo d’Oro: La ilusión de un verano sin fin, de Alessandra Sanguinetti (Argentina, EE. UU.).
    • Mejor Dirección Emergente: Beatrice Gibson por At Night (Reino Unido, Francia).
    • Premio Especial del Jurado CINE+OCS: Revolutionaries Never Die, de Mohanad Yaqubi (Palestina, Bélgica, Catar).
    • Mejor Interpretación: Idrissu Tontie Jr. por Ego Reach We All (Ghana, Francia, Arabia Saudí).
    • Mejor Interpretación: Manal Issa por L'estive (Bélgica, Francia).
    • Mención Especial: Los días libres, de Lucila Mariani (Argentina, Brasil, México, Francia).
    • Mención Especial: Hanabi, de Ana Vaz (Francia, Brasil).

    Pardi di Domani


    • Pardino d’Oro al Mejor Cortometraje de Autor: The Bovine Comedy, de Ratchapoom Boonbunchachoke (Francia).
    • Mención Especial (Corti d’Autore): Et si Thuy n'existait pas, de Carlo Francisco Manatad (Filipinas, Francia, Indonesia).
    • Pardino d’Oro al Mejor Cortometraje Internacional: Melk, de Filip Anthonissen (Bélgica).
    • Pardino d’Argento Internacional: Khufu, de Mahmoud Assi (Egipto, Francia, Suecia, Canadá).
    • Mejor Dirección Internacional: Marco Cavazzin por Mutrion (Italia).
    • Candidato de Locarno a los Premios del Cine Europeo: Melk, de Filip Anthonissen (Bélgica).
    • Mención Especial Internacional: Las damas, de Camille Zéhenne (Francia).
    • Pardino d’Oro al Mejor Cortometraje Suizo: Typhoon Mambo, de Domenico Singha Pedroli (Suiza, Francia, Tailandia).
    • Pardino d’Argento Suizo: Alles Gute, de Patricia Strübin (Suiza).
    • Premio Mejor Nuevo Talento Suizo: Charlyne Genoud por Respirer une fois sur trois (Suiza).

    Ópera Prima


    • Swatch First Feature Award: La ilusión de un verano sin fin, de Alessandra Sanguinetti (Argentina, EE. UU.).


    por Emilio M. Luna
    agosto 17, 2026

    Locarno 2026 | Palmarés

    por Emilio M. Luna | agosto 17, 2026
    || Críticas | Locarno 2026 | ★★★★☆
    Nowhere to Lay My Eyes
    Hong Sang-soo
    Pasatiempo insular


    Ignacio Navarro Mejía
    Locarno (Suiza) |

    ficha técnica:
    Corea del Sur, 2026. Título original: «Nunduldega eomne / 눈둘데가 없네». Título internacional: «Nowhere to Lay My Eyes». Dirección, Guion, Producción, Fotografía, Montaje y Música: Hong Sang-soo. Compañías productoras: Jeonwonsa Film. Presentación oficial: Sección Oficial (Concorso Internazionale) del Festival Internacional de Cine de Locarno 2026. Reparto: Kim Min-hee, Choi Myeong-Gil, Kwon Hae-Hyo, Shin Seok-ho. Duración: 72 minutos.

    El origen de una historia puede ser de muy distinta índole, bien un libro u otro material preexistente, bien una idea que brota de la imaginación o de una experiencia concreta. O puede ser también una localización, esto es, que el germen de la película sea querer rodar en un lugar determinado, y sobre ello construir la historia. Cuando esto sucede, suele ser porque tal localización tiene algo singular que la diferencia de otras, ya sea desde el punto de vista paisajístico o urbano, o quizá por su propia historia u otra idiosincrasia. Así ocurre de hecho con la isla de Jeju, la mayor de Corea del Sur, al sur de la península, pues está considerada una gran atracción patrimonial y turística por esa singularidad en el paisaje, entre otros elementos como su clima o sus playas. Sin embargo, que el origen de la nueva película de Hong Sang-soo, bellamente titulada Nowhere to Lay My Eyes, sea haber querido rodar en tal isla (no por primera vez, maticemos) nos obliga a reconsiderar tal justificación. Y es que, fiel a su estilo, la nueva obra del coreano elude poner en valor la geografía que rodea a los personajes, por dos motivos: por el tipo de cámara y óptica que utiliza, de definición limitada, al margen de otras carencias técnicas autoimpuestas para mayor libertad creativa; y por situar la acción, casi en su totalidad, fuera de los escenarios a priori atractivos, ya sea en interiores o en exteriores, donde el paisaje remoto también queda difuminado.

    La localización es entonces, más bien, una excusa narrativa para impulsar el desarrrollo de esos personajes, siguiendo el proceso de construcción diario, editando a medida que avanza y en función de lo que se ha ido grabando, que acomete Hong. Pero sus películas siempre logran una coherencia inédita, de especial mérito al construirse desde la aparente improvisación. Aquí el personaje principal vuelve a ser interpretado por Kim Min-hee, una trabajadora precaria de Seúl cuya verdadera pasión es filmar cortos documentales con su pequeña cámara. A la mentada isla acude con su hermano para visitar a su madre, que regenta con éxito una pensión y un restaurante y está separada de su anterior marido, un sinvergüenza en toda regla al parecer, ahora emparejada con un hombre que la adora (encarnado por otro habitual de Hong, Kwon Hae-hyo). La historia sigue entonces las interacciones entre estos cuatro personajes, al que se une la hija de este último, pintora aficionada que pronto admira el talento artístico y la sabiduría de la protagonista. Más recelos suscita en su madre, que sin llegar a expresarlo la considera una fracasada, aunque su opinión podría cambiar cuando conecta con lo que ha realizado su hija.

    Aquí está la clave de la resolución del conflicto, por llamarlo de algún modo, pues como en toda película de Hong, no hay antihéroes ni tragedias, ni situaciones verdaderamente dramáticas. Cada escena se plantea desde necesidades básicas, como ir a pasear, a tomar café o a cenar (de obligada presencia en el atrezo es el soju, aunque esta vez no hay animales), ya que los personajes casi nunca aparecen trabajando o están de vacaciones, y los comentarios son de lo más triviales, sobre la calidad de la bebida o la comida, por ejemplo. Pero siempre se deslizan reflexiones de mayor enjundia (aquí con el añadido de una ocasional voz en off), sobre la salud, la muerte o el legado que se deja, eso sí, sin quebrar la ligereza, sin incidir en ningún tipo de solemnidad. Y, como decíamos, aquí la solución del problema planteado, que sería simplemente el de cierta incomprensión o frustración entre madre e hija, estaría en el propio cine, y cómo este refleja la realidad y ayuda a entenderla mejor. La protagonista, en un momento dado, afirma que no le gustan los documentales porque son todos engañosos y sesgados. Los suyos también lo son, pero conscientemente, como expresión de sus dudas o anhelos, y el punto climático se halla en la repetición de uno de ellos, primero solo con sonido, con la imagen fuera de campo (de nuevo Hong recurre a una estructura episódica y por reiteración, aunque aquí solo parcialmente), lo que confirma, de manera sutil, cómo el cine prolonga la experiencia vital. El personaje de la madre parece captar esa esencia, aunque queda en el aire si su hija se quedará con ella o volverá a Seúl, pues la corta duración del metraje, en concordancia con todo su minimalismo, impone tal ambigüedad. ♦

    por Ignacio Navarro
    agosto 14, 2026

    Crítica | Nowhere to Lay My Eyes (눈둘데가 없네)

    por Ignacio Navarro | agosto 14, 2026
    || Críticas | Locarno 2026 | ★★★★☆
    Lejos de los árboles
    Meritxell Colell Aparicio
    Viaje a las profundidades del recuerdo


    Ignacio Navarro Mejía
    Locarno (Suiza) |

    ficha técnica:
    España / Perú / Italia, 2026. Título original: «Lejos de los árboles». Dirección y Guion: Meritxell Colell. Compañías productoras: Allegra Films (España), Animalita Films (Perú), Exit Media (Italia). Presentación oficial: Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de Locarno 2026. Fotografía: Julián Elizalde. Montaje: Meritxell Colell. Música: Angélica Castelló. Reparto: Angélica Castelló (Adela), José Luis López Cama, Teresa Sánchez, Caterina Ramírez Guallar. Duración: 121 minutos.

    Con ocasión de la presentación de España otra vez, de Jaime Camino, uno de los programadores del festival de Locarno comentó que los cineastas españoles eran expertos en realizar interesantes ejercicios de memoria, individual o colectiva, en ese caso concreto sobre la guerra civil. Sobre esta ya se ha producido mucho en nuestra industria, desde aquella cinta de los años 60, pero son más recientes los ejercicios de memoria, valga la redundancia, introspectivos y modernos, usando varios recursos cinematográficos (algunos reales, como imágenes de archivo, grabaciones, fotografías o diarios) para exorcizar un trauma personal asociado a una historia mayor. Romería, de Carla Simón, es un buen ejemplo de ello, también por la mezcla de tono documental y lírico que caracterizaría a algunas de estas películas. La referencia al documental es oportuna en el caso de otra catalana, Meritxell Colell Aparicio, pues parte de su trayectoria hasta la fecha ha discurrido por el mismo. Ahora presenta una cinta en rigor de ficción que en gran medida parece un documental, y que está basado parcialmente en su experiencia y en particular la relación con sus abuelos, cuya infancia se vio truncada por la guerra civil, que forzó a muchos al exilio.

    El título Lejos de los árboles, aparte de coincidir con el de un documental censurado en tiempos del franquismo, admite varias interpretaciones. Una podría aludir a quien está lejos de sus raíces, aunque a veces estas son difíciles de definir. Para quien siempre ha vivido en un mismo sitio, no hay duda de cuál es su hogar. En cambio, otras veces cuesta identificarlo, pues puede ser donde se ha nacido, donde se ha pasado la mayor parte de la vida o donde actualmente se tienen el trabajo, la familia y las amistades. En la historia que nos narra Colell Aparicio, centrada como adelantábamos en la relación entre la protagonista y sus abuelos, esa identidad y patria de pertenencia se difumina. Los abuelos, catalanes, tuvieron que abandonar España muy jóvenes, a causa del susodicho conflicto, trasladándose como otros tantos a México. Pero ahora la protagonista, ya con cincuenta años, vive en Viena, aunque esta ciudad no se ve durante el metraje, pues este se desarrolla durante un largo viaje que emprende por Perú. Hay así al menos cuatro países con los que podría identificarse ese personaje principal: el de sus abuelos, el de su infancia, el de su actual residencia o en el que actualmente se halla, con el que también forja un fuerte lazo, gracias no solo al recorrido por su territorio y a la fascinación por sus costumbres, sino al tiempo compartido con su gente, en especial el ayudante local que la acompaña. A partir de ahí, una de las varias virtudes de Lejos de los árboles es aunar esa difusión de las coordenadas espaciales con la de las temporales. Espacio y tiempo pierden sus habituales constantes y asideros para transformarse en mapa y estado de las acciones y reminiscencias de los personajes. Por tanto, el metraje también alterna entre varias épocas y en ocasiones las confunde, por ejemplo uniendo en el encuadre a la abuela de pequeña con su actual nieta, o dialogando a través del montaje entre varias de sus edades.

    Este efecto lo logra la edición no solo con la incorporación de imágenes de archivo, grabaciones y fotografías, sino con otros recursos modernos como las videollamadas, los audios desincronizados o los excursos dramáticos o poéticos, imaginados o no, al margen de la trama principal. Con todo, pese a esta complejidad, la película preserva una atención a lo íntimo y personal. El meollo narrativo se basa en la interacción entre dos personas, más allá de un idioma que pueden compartir o no (aquí se emiten varios, además del castellano y el catalán, como el quechua), por lo que la comprensión no se ciñe al entendimiento idiomático, sino a otros gestos o miradas, y a la escucha más allá de la mera recepción de las palabras del interlocutor. Las experiencias, al margen de la cultura y la idiosincrasia de cada cual, pueden ser comunes, incluso entre quienes a priori difieren tanto como los dos personajes principales. Y el componente autobiográfico se extiende a ellos, no solo a la cineasta, pues por ejemplo la protagonista vive realmente en Viena y trabaja con edición de sonido... y sus abuelos españoles también emigraron a México. Todo se compenetra pues en esta película (aunque tanta imbricación alarga demasiado el desenlace), pero lo mejor es que la misma se puede apreciar simplemente a un nivel más directo, visual, ya que goza de un gran cuidado de imagen, aprovechando tanto los exteriores montañosos y nublados peruanos como la nostalgia ensoñadora de la casa mexicana de infancia para componer planos de lo más sugestivos. Y eso es lo que ante todo transporta al espectador, con independencia de su nacionalidad, ascendencia u otras señas de identidad.​ ♦

    por Ignacio Navarro
    agosto 13, 2026

    Crítica | Lejos de los árboles

    por Ignacio Navarro | agosto 13, 2026
    || Críticas | Locarno 2026 | ★★★★☆
    Objet A
    Ann Oren
    Las raíces bajo el cemento


    Ignacio Navarro Mejía
    Locarno (Suiza) |

    ficha técnica:
    Alemania / Luxemburgo / Grecia, 2026. Título original: «Objet a». Dirección: Ann Oren. Guion: Ann Oren y Geoffroy Grison. Presentación oficial: Festival de Locarno (Competición). Compañías productoras: Schuldenberg Films. Coproducción: Tarantula Luxembourg, asterisk. Fotografía: Juan Sarmiento G. Montaje: Hansjörg Weißbrich. Música: Kyan Bayani. Reparto: Aenne Schwarz, Louis Hofmann, Simone Bucio, Georg Friedrich, Sofia Kokkali. Duración: 95 minutos.

    Estos últimos meses están alentando los augurios más apocalípticos. Más allá de los irresolubles conflictos bélicos y las persistentes desigualdades socioeconómicas, la amenaza viene también de la naturaleza, por efecto del hombre eso sí. El cambio climático es más que patente, pese a los negacionismos, provocando catástrofes cada vez más graves, manteniendo el auge de la temperatura y acentuando las sequías. “Europa se está secando” rezaba hace poco un titular televisivo, de manera tan sintética y alarmante como certera, como se comprueba en todo el continente, desde la bajada del nivel del Danubio hasta la escasez de riego en los cultivos, por no hablar del agravante de los incendios, padecidos en España pero también en Francia y otros países vecinos. La visión, desde luego, es desalentadora, y como decíamos al principio da motivos de sobra a quienes juzgan con pesimismo el futuro de la humanidad, por culpa de su egoísmo y falta de empatía. Porque los culpables no hay que buscarlos más que en nosotros mismos, aunque la mayoría hagamos abstracción de nuestra responsabilidad, o creamos tener la conciencia limpia por llevar un estilo de vida saludable o ejercer una profesión que contribuye al bien común.

    En este marco se mueve la nueva película de Ann Oren, Objet A, presentada a competición en Locarno, como ya hiciera con su anterior trabajo Piaffe. Este ya dejaba entrever el talento de la guionista y directora para retratar la cotidianidad europea urbana con énfasis en el absurdo y hasta en lo surrealista de la pervivencia de ciertos patrones, reglas o incluso formas de vida alejadas de la naturalidad. Pero aquel trabajo era algo irregular y le faltaba la trascendencia del mensaje que ahora sí aparece claramente en Objet A, en donde, además, Oren ha depurado su estilo narrativo y técnico. La premisa es la de una exitosa pareja de cirujanos que conviven en un hogar refinado, en el que desde que se levantan se sigue una rutina estricta, ya sea para los ejercicios de gimnasia del marido o para la preparación del desayuno por parte de la esposa. La rutina se quiebra por primera vez cuando ella no puede salir de casa para ir a trabajar en su coche porque un caracol se ha colado en el tubo de escape. Entonces tiene que coger el metro, cuya suciedad y barullo altera bastante el mundo que tiene superficialmente construido gracias a su posición y sus hábitos diarios, hasta el punto de que se ve compelida a robar el mechero de un pasajero molesto, y en la huida tropieza y sufre una fractura en la pierna. Tal es el incidente que desencadena, por recomendación de su colega médico, una visita al peculiar taller llamado como la película, donde fabrican prótesis y otros artefactos con material orgánico, incluida la madera. A ella se le da una prótesis para apoyar su rodilla y andar con la misma doblada, pero esta nueva prolongación de su cuerpo excita los fetichismos ya compartidos con su marido y ahora con una paciente esotérica (se nombre explícito Gaia) a la que han extraído un quinto dedo de la mano. Todo ello suena extravagante, y en verdad lo es, pero a medida que avanza la historia cobra más y más sentido, pues tiene que ver con esa deshumanización provocada por un desprecio y distanciamiento del contacto directo con la naturaleza (la general y la nuestra), hasta que este se acaba imponiendo de nuevo y permite restablecer, a su vez, el verdadero contacto humano.

    En el subtexto, ya sea por artículos de periódico y noticias de la radio, se insiste en la visión apocalíptica que antes resumíamos, incluyendo una mención expresa a los incendios. Pero la película evita en todo momento ser aleccionadora o expositiva, pues de hecho tiene muy pocos diálogos y su estructura se basa en una sucesión de acciones falsamente aleatorias, ya que en verdad todas tienen un propósito y obedecen a la progresión de los tres personajes principales. Los tres están muy bien definidos, desde el cirujano que se refugia en su cuerpo para intentar inútilmente minorar la degradación ajena, hasta la cirujana que sí acepta mejor los inexplicables cambios que se producen en ella y su entorno y reacciona a ellos con madurez y sensibilidad, pasando por esa paciente introvertida en mayor comunión con la naturaleza, que les abre el camino para que esta les invada de nuevo. El desenlace puede ser quizá lo más cuestionable, pero impacta y funciona como culminación climática antes de la escena final que confirma el mensaje antes esbozado. Estructura narrativa aparte, la película tiene una estética perfectamente diseñada, sin ningún fallo de planificación (cada plano y corte de montaje son ortodoxos, lo que es casi una excepción hoy en día), con una puesta en escena siempre bien pensada: así por ejemplo, desde disposiciones más evidentes como el paralelismo visual entre el manejo de los utensilios de cocina y de las herramientas de operación, hasta detalles más fugaces como las ramas del árbol que, reflejadas en la ventana del coche, se mezclan con el cabello de Gaia. Técnicamente la cinta es en verdad admirable, pero sin llegar a incurrir en un virtuosismo (salvo en esa última parte) que estaría reñido con la forma ambigua y a la vez clarividente en que se nos cuenta esta "sencilla" historia. Por el contrario, tenemos aquí un gran ejemplo de cineasta con voz propia que sabe imprimirla en todo el conjunto, regalándonos una experiencia tan única como representativa de esos males y desfases que aquejan nuestra sociedad moderna. ♦


    por Ignacio Navarro
    agosto 11, 2026

    Crítica | Objet A

    por Ignacio Navarro | agosto 11, 2026

    Locarno 2026 | Selección oficial

    Programa de la 79ª edición

    Como también ocurre con el Festival de Karlovy Vary, la última etapa del Festival de Locarno abraza sin complejo alguno su pertinencia en el circuito. Lejos quedan los tiempos con la dirección de Carlo Chatrian, en el que el certamen helvético logró conjugar la alta vanguardia del cine de autor con propuestas mediáticas que convirtieron a la Piazza Grande en el epicentro cinematográfico de agosto. Ahora, desde una posición más modesta, quizá más apropiada, Locarno huye de ese concepto de meca autoral, una definición más publicitaria que ajustada, para retornar a sus raíces. Puede que le falten apellidos ilustres a este período comandado por Giona A. Nazzaro, asideros que permiten trascender en un circuito atiborrado de propuestas y dominado por la social media. Locarno pasa a un segundo plano de forma consciente, ocupando el lugar que le corresponde históricamente. El de un festival de prestigio silencioso pero de idiosincrasia sólida.

    Una definición que encaja con la sección de su sección oficial, repleta de primerizos y con tan solo un par de autores ubicados en la umbría cinematográfica como Denis Côté o el ubicuo Hong Sang-soo. Entremedias hallamos cineastas con un recorrido interesante en el circuito como Florin Serban, Ann Oren, Basil de Cunha y, ante todo, la española Meritxell Colell Aparicio. La cineasta barcelonesa retorna a la ficción dentro de una filmografía dominada por el formato documental. Tras la magnífica Con el viento (2018), Colell Aparicio vuelve a la narrativa con Lejos de los árboles, un filme definido por ella misma como «una carta de amor a los abuelos de quienes nunca me despedí. Un homenaje a los familiares que fueron a la guerra siendo niños, cuyo silencio nos llegó a nosotras, sus nietas. Una historia de historias que reafirma la necesidad de recordar, escuchar y amar». La película cuenta en su reparto con Angélica Castelló, Jose Luis López Cama, Teresita Sánchez y Caterina Ramírez Guallar y está rodada por el camarógrafo Julián Elizalde. Con este trabajo Colell Aparicio encabeza una exigua representación española en los concursos oficiales que completa el cortometraje Los andares, de Isa Luego y Sofía Esteve, presente en Pardi de Domani.

    Concorso Internazionale


    • A Margem do Rio (The Riverbank), de Matheus Farias y Enock Carvalho (Brasil, Alemania).
    • Alberi erranti, de Salvatore Mereu (Italia).
    • Brave New Love, de Maria Bäck (Dinamarca, Suecia, Grecia).
    • D'ici là, de Sarah Leonor (Francia).
    • I Rarely Wake Up Dreaming, de Isabelle Stever (Alemania, Ucrania).
    • Ketticè, de Giovanni Tortorici (Italia).
    • Lejos de los árboles, de Meritxell Colell Aparicio (España, Perú, Italia).
    • Manhunt, de Wayne Wapeemukwa (Canadá).
    • Nu e locul tau aici (You Don't Belong Here), de Florin Șerban (Rumanía).
    • Nun Dul Dega Eomne (Nowhere To Lay My Eyes), de Hong Sangsoo (Corea del Sur).
    • O Jacaré, de Basil Da Cunha (Suiza, Portugal).
    • Objet a, de Ann Oren (Alemania, Luxemburgo, Grecia).
    • Princesa Burro, de Cristóbal León y Joaquín Cociña (Chile, Francia, Uruguay, Países Bajos, Alemania).
    • Rehmat, de Gurvinder Singh (India, Francia).
    • The House on the Moon, de Nelson Yeo (Singapur, Taiwán, Alemania, Indonesia).
    • Thính Giác (Hearing), de Lê Bảo (Singapur, Vietnam, Noruega, Francia, Indonesia, Arabia Saudí, Camboya, Tailandia, Taiwán).
    • Violence du corps de l'autre (Nobody's Violence), de Denis Côté (Canadá).


    por Emilio M. Luna
    agosto 05, 2026

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    por Emilio M. Luna | agosto 05, 2026

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