|| Críticas | Locarno 2026 | ★★★★☆
Las raíces bajo el cemento
Ignacio Navarro Mejía
Locarno (Suiza) |
ficha técnica:
Alemania / Luxemburgo / Grecia, 2026. Título original: «Objet a». Dirección: Ann Oren. Guion: Ann Oren y Geoffroy Grison. Presentación oficial: Festival de Locarno (Competición). Compañías productoras: Schuldenberg Films. Coproducción: Tarantula Luxembourg, asterisk. Fotografía: Juan Sarmiento G. Montaje: Hansjörg Weißbrich. Música: Kyan Bayani. Reparto: Aenne Schwarz, Louis Hofmann, Simone Bucio, Georg Friedrich, Sofia Kokkali. Duración: 95 minutos.
Estos últimos meses están alentando los augurios más apocalípticos. Más allá de los irresolubles conflictos bélicos y las persistentes desigualdades socioeconómicas, la amenaza viene también de la naturaleza, por efecto del hombre eso sí. El cambio climático es más que patente, pese a los negacionismos, provocando catástrofes cada vez más graves, manteniendo el auge de la temperatura y acentuando las sequías. “Europa se está secando” rezaba hace poco un titular televisivo, de manera tan sintética y alarmante como certera, como se comprueba en todo el continente, desde la bajada del nivel del Danubio hasta la escasez de riego en los cultivos, por no hablar del agravante de los incendios, padecidos en España pero también en Francia y otros países vecinos. La visión, desde luego, es desalentadora, y como decíamos al principio da motivos de sobra a quienes juzgan con pesimismo el futuro de la humanidad, por culpa de su egoísmo y falta de empatía. Porque los culpables no hay que buscarlos más que en nosotros mismos, aunque la mayoría hagamos abstracción de nuestra responsabilidad, o creamos tener la conciencia limpia por llevar un estilo de vida saludable o ejercer una profesión que contribuye al bien común.
En este marco se mueve la nueva película de Ann Oren,
Objet A, presentada a competición en Locarno, como ya hiciera con su anterior trabajo
Piaffe. Este ya dejaba entrever el talento de la guionista y directora para retratar la cotidianidad europea urbana con énfasis en el absurdo y hasta en lo surrealista de la pervivencia de ciertos patrones, reglas o incluso formas de vida alejadas de la naturalidad. Pero aquel trabajo era algo irregular y le faltaba la trascendencia del mensaje que ahora sí aparece claramente en
Objet A, en donde, además, Oren ha depurado su estilo narrativo y técnico. La premisa es la de una exitosa pareja de cirujanos que conviven en un hogar refinado, en el que desde que se levantan se sigue una rutina estricta, ya sea para los ejercicios de gimnasia del marido o para la preparación del desayuno por parte de la esposa. La rutina se quiebra por primera vez cuando ella no puede salir de casa para ir a trabajar en su coche porque un caracol se ha colado en el tubo de escape. Entonces tiene que coger el metro, cuya suciedad y barullo altera bastante el mundo que tiene superficialmente construido gracias a su posición y sus hábitos diarios, hasta el punto de que se ve compelida a robar el mechero de un pasajero molesto, y en la huida tropieza y sufre una fractura en la pierna. Tal es el incidente que desencadena, por recomendación de su colega médico, una visita al peculiar taller llamado como la película, donde fabrican prótesis y otros artefactos con material orgánico, incluida la madera. A ella se le da una prótesis para apoyar su rodilla y andar con la misma doblada, pero esta nueva prolongación de su cuerpo excita los fetichismos ya compartidos con su marido y ahora con una paciente esotérica (se nombre explícito Gaia) a la que han extraído un quinto dedo de la mano. Todo ello suena extravagante, y en verdad lo es, pero a medida que avanza la historia cobra más y más sentido, pues tiene que ver con esa deshumanización provocada por un desprecio y distanciamiento del contacto directo con la naturaleza (la general y la nuestra), hasta que este se acaba imponiendo de nuevo y permite restablecer, a su vez, el verdadero contacto humano.
En el subtexto, ya sea por artículos de periódico y noticias de la radio, se insiste en la visión apocalíptica que antes resumíamos, incluyendo una mención expresa a los incendios. Pero la película evita en todo momento ser aleccionadora o expositiva, pues de hecho tiene muy pocos diálogos y su estructura se basa en una sucesión de acciones falsamente aleatorias, ya que en verdad todas tienen un propósito y obedecen a la progresión de los tres personajes principales. Los tres están muy bien definidos, desde el cirujano que se refugia en su cuerpo para intentar inútilmente minorar la degradación ajena, hasta la cirujana que sí acepta mejor los inexplicables cambios que se producen en ella y su entorno y reacciona a ellos con madurez y sensibilidad, pasando por esa paciente introvertida en mayor comunión con la naturaleza, que les abre el camino para que esta les invada de nuevo. El desenlace puede ser quizá lo más cuestionable, pero impacta y funciona como culminación climática antes de la escena final que confirma el mensaje antes esbozado. Estructura narrativa aparte, la película tiene una estética perfectamente diseñada, sin ningún fallo de planificación (cada plano y corte de montaje son ortodoxos, lo que es casi una excepción hoy en día), con una puesta en escena siempre bien pensada: así por ejemplo, desde disposiciones más evidentes como el paralelismo visual entre el manejo de los utensilios de cocina y de las herramientas de operación, hasta detalles más fugaces como las ramas del árbol que, reflejadas en la ventana del coche, se mezclan con el cabello de Gaia. Técnicamente la cinta es en verdad admirable, pero sin llegar a incurrir en un virtuosismo (salvo en esa última parte) que estaría reñido con la forma ambigua y a la vez clarividente en que se nos cuenta esta "sencilla" historia. Por el contrario, tenemos aquí un gran ejemplo de cineasta con voz propia que sabe imprimirla en todo el conjunto, regalándonos una experiencia tan única como representativa de esos males y desfases que aquejan nuestra sociedad moderna. ♦