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    Lisandro Alonso
    Lisandro Alonso
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★★★
    La libertad doble
    Lisandro Alonso
    Una vida acechada


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Argentina, 2026. Título original: La libertad doble. Año: 2026. Dirección: Lisandro Alonso. Guion: Lisandro Alonso. Música: Peter Rosenthal. Fotografía: Cobi Migliora. Compañías: Les Films Fauves, The Match Factory, 4L, Planta, Deptford, Cimarrón Cine, Pulpa Film, Carte Blanche. Productor: Lisandro Alonso. Reparto: Misael Saavedra, Catalina Saavedra. Duración: 100 min.

    Han pasado veinticinco años desde La libertad. La sociedad ha cambiado mucho desde entonces; el cine de Lisandro Alonso, también. Por resumirlo a grandes rasgos, podríamos decir que, a partir de Jauja, sus películas se fueron volviendo más complejas: más espacios, más personajes, más tiempos históricos y leves atisbos narrativos que contrastaban con el carácter puramente observacional de sus primeras obras. Ahora, el cineasta regresa a su ópera prima. De nuevo, el plano inicial muestra a Misael cenando frente a una pequeña hoguera: los espectadores reconocen rápidamente la cicatriz de su brazo izquierdo, la forma en la que corta la carne con el cuchillo cuando ya la tiene en la boca, su mirada tensa pero sin preocupaciones aparentes. Hay, sin embargo, un cambio en la manera en la que Alonso le filma. Si antes el plano se mantenía fijo sobre su rostro, ahora la cámara hace un pequeño travelling hacia abajo para capturar el modo en que desmenuza la carne. Ante la ausencia de palabras, son los gestos los que definen al personaje, de ahí que Alonso escrute cada pequeño movimiento en su búsqueda de signos que evidencien el paso del tiempo.

    El primero que se aprecia es de carácter técnico: Misael ha renovado su instrumental: la motosierra ha desplazado al hacha como herramienta principal porque los achaques físicos son ineludibles y el uso exclusivo de una herramienta manual se vuelve imposible. Lo que se mantiene intacto es el ímpetu con el que Alonso captura su día a día. Durante su primera mitad, La libertad doble recopila un archivo gráfico de los diferentes movimientos y técnicas de las que Misael hace uso en su trabajo como leñero. La cámara oscila entre su torso y sus manos: la focalización en el primero permite registrar los movimientos de los músculos de su espalda, la forma en que se tensan y destensan dependiendo de la parte del árbol que esté trabajando, mientras que el suave deslizamiento sobre las segundas resulta fundamental para describir con precisión el abanico de gestos que conforman una técnica pulida con los años. El nexo entre la fuerza y la experiencia queda cifrado en un leve travelling que recorre con ligereza su cuerpo. En un plano general, Misael escoge el árbol que va a talar y lo derriba utilizando la motosierra; después, en un plano más corto, le quita la corteza y alisa la madera con el hacha. El cambio de escala es importante porque cada tamaño del encuadre está ligado a una etapa del proceso. Además, la percepción que Misael tiene del campo no es la misma que la que tienen los espectadores. Para ellos, todo se limita a disfrutar contemplando los movimientos de la naturaleza; para él, el paisaje no es sólo una fuente de placer estético o un espacio tranquilo en el que relajarse, sino también un lugar de trabajo. Perderse en la abstracción contemplativa que supone admirar el modo en que el viento mece las hojas de los árboles tiene un contrapunto de sudor, polvo y cansancio que resulta ineludible.

    Durante la primera mitad de La libertad doble, Alonso trabaja el tiempo de la misma forma que lo hacía en La libertad. No intenta convertir el tiempo fílmico en tiempo real, sino trasladar la experiencia del tiempo real al tiempo fílmico. Alonso no quiere igualar ambas temporalidades, sino encontrar la forma de reproducir la experiencia global del trabajo rutinario a través de unos instantes concretos de una única jornada. Se trata, por tanto, de reconstruir la vivencia de una cotidianidad monótona —no en un sentido negativo— a partir de una de sus partes. Sin embargo, a mitad de metraje algo cambia. Debido a los recortes de Milei en el presupuesto de sanidad, Misael se tiene que hacer cargo de su hermana, que padece un problema de salud mental y está internada en un hospicio que ya no puede hacerse cargo de sus pacientes. El desvío argumental introduce dos nuevos factores en la película. Por un lado, la actualidad política de Argentina deja de ser una nota contextual que se cuela en el relato a través de los programas de radio que escucha el protagonista y se convierte en una fuerza que lo condiciona desde su propio núcleo. Mientras el médico le explica a Misael la situación, repite una frase que condensa a la perfección no sólo su estado anímico, sino el de millones de argentinos: “es así; no debería de serlo, pero es así”. La reiteración expresa una resignación ante el sufrimiento constante de una injusticia que Alonso filma sin gestos enfáticos, pero con una hondura y precisión admirables. La secuencia en el hospicio pone de manifiesto que su talento en el retrato de los espacios no se circunscribe únicamente a los exteriores.

    Por otro, la presencia de la hermana permite que Alonso indague en otro tipo de relación con la naturaleza. La velocidad con que mueve los ojos y las manos es la expresión de una mente que sufre una sobreestimulación constante: no percibe la realidad como lo hace el protagonista y su forma de caminar, mirar y tocar lo demuestra. Si Misael anda con seguridad por el campo es porque lo conoce de principio a fin y el placer que siente está ligado a la tranquilidad de la rutina. En cambio, para su hermana todo es inestable, por novedoso; pasear equivale a explorar y tocar supone descubrir unas texturas extrañas. Su emoción surge del asombro por lo desconocido; la de su hermano, de la certeza de una cotidianidad sin sobresaltos. Hay, por tanto, en La libertad doble un deseo de capturar cada detalle de una forma de vida —de un mundo— en peligro de extinción. El modo en que Misael trabaja manualmente la madera, su relación horizontal con la naturaleza y el sentido de solidaridad que define su amistad con su vecino son realidades acechadas por un capitalismo que las considera meros escombros que barrer. El peligro ya existía hace veinticinco años; ahora su presencia resulta más violenta, por cercana. Por eso, que Alonso regrese a la vida de Misael tiene un valor añadido irreproducible. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 18, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | La libertad doble

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 18, 2026

    «¿Por qué nosotros, latinoamericanos, pensamos que en Estados Unidos nos van a dar posibilidades para vivir mejor, si ni siquiera pueden solucionar el problema de treinta, cuarenta mil habitantes que son propios de su historia?»


    Entrevista a Lisandro Alonso
    Texto de Rubén Téllez Brotons | | Madrid.


    Nueve años después del estreno de la monumental Jauja, las salas de cine vuelven a albergar una película de Lisandro Alonso, uno de los directores contemporáneos más geniales en su radicalidad, que ha construido su filmografía a base de yuxtaponer tiempos muertos infinitos, silencios que se congelan sobre la pantalla y personajes perdidos por caminos sin final. Eureka, que así se llama su nuevo trabajo, es la proyección de una negación que refuta la posibilidad de asir una identidad individual concreta, al tiempo que un suspiro roto de mutismo que se pierde por los meandros de un espacio alucinado en su intento de hallarse a sí mismo. La negación es, por tanto, el motor que mueve los engranajes de la cinta para que pueda construir su sentido desde la certeza de que la afirmación equivale al estatismo y de que este, a su vez, sólo puede desembocar en el vacío. Es Eureka un instante de claridad que se detiene sobre la mirada durante dos horas y cuarto para mostrar la precariedad en la que viven los nativos americanos en Estados Unidos, para denunciar la forma en que los westerns clásicos les han representado, y, en última, pero no menos importante instancia, para guiar al espectador por un viaje con tintes de fantasía en el que el tiempo y el espacio son conceptos abstractos al servicio de una narración tan lisérgica como fascinante. Charlamos con el realizador.

    En tus anteriores películas, Liverpool y Jauja, ya había reminiscencias del western, pero aquí, en Eureka, se explicitan de forma evidente. Aun así, esa primera parte de la cinta es una suerte de western subversivo, puesto que el humor deja en evidencia el carácter artificial del género, en tanto que construcción de una narración hegemónica en la que los nativos americanos son los “malos” de la historia, mientras que los colonos son los héroes, los buenos. ¿Cómo has trabajado esto?

    Por un lado, sentía placer por hacer un western, que eso habla mucho de toda la influencia que proviene de una cultura que no es la mía: ¿por qué un chico latinoamericano siente deseo de filmar un western? Vaya a saber; quizá porque fui influenciado por el western norteamericano desde que tengo cinco años. Hay muchos que catalogan a determinado tipo de personas como indios, pero yo siempre filmé con ese tipo de personas, de La libertad a Los muertos, siempre filmé con gente que pisa la tierra descalza, que toma agua de río, que vive cerca de la naturaleza. Para mí, decirles “indios” es encasillarlos; son personas, grupos de gente que vive de determinada manera, en determinados lugares; más cerca de la naturaleza que de los semáforos. En este caso, después de hacer Jauja, pensé: “quiero hacer una película que trate sobre esta gente que vive en la naturaleza”. A medida que voy creciendo, siento que disfruto más esos lugares: estar en un lugar a cielo abierto que en uno rodeado de edificios. Empecé a pensar en quiénes habían tratado estas temáticas indígenas, de gente que agrede menos el cambio climático: la gente que había hecho westerns. Si uno se pone un poco más objetivo, se puede dar cuenta que el western desretrató a los protagonistas de sus propias historias, que eran los indios. Clásicamente, eran el eje del problema a conquistar: para conquistar el oeste, había que matar a todos los que están en el medio, o a todos los que están en el sur, o en el norte; había que matar, imponerse. Que no lo veo muy distante a los tiempos que corren hoy en día. Cuando empecé a pensar eso, dije, entonces qué lugar le hace al western si lo pensás de esa manera: ninguno, es un entretenimiento, una farsa que generó millones y millones de dólares que ni siquiera fueron a esas comunidades que desrepresentaban. Vi que eso era complejo y viajé a esas comunidades para ver cómo viven. Le pregunté a Viggo si conocía a alguien que viviese en una reserva indígena; me recomendó dos o tres familias para ir a verlas; fui, empecé a investigar, viajé durante cuatro o cinco años en diferentes oportunidades y cuando llegué a Pine Ridge, fue algo distinto. Yo vengo de Sudamérica, sé lo que es una villa y vivir en situación de calle, pero cuando llegué ahí, fue raro, hay una mística, un aire raro. Me dio mucha curiosidad por filmar, por ver, por entender cómo se sienten ellos, quiénes sienten que eran antes y quiénes son hoy. Son gente que no tiene ni pasaporte, no tienen nacionalidad americana, no salen de ahí; es como un campo de concentración. Me gustó comparar eso con cómo vivimos en Latinoamérica. La diferencia de cómo vivimos en Latinoamérica es que, a pesar de todas las democracias fallidas que tenemos, los incluimos mejor; en Estados Unidos están muy excluidos como minoría. Esto me llevó a pensar: “¿por qué nosotros, latinoamericanos, pensamos que en Estados Unidos nos van a dar posibilidades para vivir mejor, si ni siquiera pueden solucionar el problema de treinta, cuarenta mil habitantes que son propios de su historia?”. Esta fue la excusa gestora del proyecto. Es una película compleja, que no necesariamente cierra, que tiene conclusiones inciertas. Me gusta que tenga conclusiones inciertas y que demande a la persona que está viendo la película. Fue una película difícil de hacer, pero que me dio experiencias como director de cine. Me dio la oportunidad de conocer diferentes comunidades, tratar de hacer el esfuerzo de generar un vínculo que, sin la excusa de hacer la película, no podría haber logrado jamás. Si fuera un turista, habría estado sólo un par de horas y después habría ido a otro destino. Y fue, además, la chance misma: ¿por qué filmé una película en Estados Unidos y en inglés? Porque había ganado dos becas y me tocó estar ahí, si las hubiese ganado en Paraguay, hubiera filmado allí.

    En todas tus películas tus protagonistas emprenden un viaje hacia ninguna parte y, durante el trayecto, se cuestionan su identidad y su lugar en el mundo. En Eureka, esto se ve de forma manifiesta en los personajes de la policía y su sobrina. ¿Cómo trabajas la atmósfera de estos viajes para que desprendan tanta atracción?

    No tengo un método. Es muy instintivo. La policía en su vida es oficial de policía real, y Sadie también vive ahí, tiene una realidad muy parecida a los personajes que yo escribí en el guion. Consciente o inconscientemente, saben de lo que quiere tratar la película, porque lo han vivido. No es algo que tengan que interpretar, lo llevan dentro. Lograr eso es el trabajo instintivo que tengo yo como director: viajar, hacerme presente. Yo les pregunto: “mira, escribí esto, ¿te parece lógico?”; y ellos me responden “no, eso no es tan así, Lisandro. Deberíamos hacerlo de esta manera”. Esto provoca que ellas me cuenten lo que es ser un oficial de policía en Pine Ridge, las cosas que ven, que tienen que atravesar, lo duro que es. Todo eso nutre, y genera un vínculo de confianza que hace que a la hora de rodar tengan claro lo que tienen que hacer. No van a abrir una puerta y van a actuar como policías en acción. Lo hacen naturalmente, porque es algo que saben cómo hacer. Yo no les doy indicaciones, ni les digo “haced este gesto o este otro”. Me dedico a observar, intentando meter la menor cantidad de indicaciones posibles. Marco el límite del encuadre, sugiero la acción y dejo que ellos hagan lo que les parece.

    Hablando de los encuadres y de la puesta en escena; y teniendo en cuenta que la primera parte de la película, la de del western, es muy clásica; y que el tercio final está más en consonancia con Jauja, por citar alguno de tus otros trabajos ¿te resultó complicado pasar de un registro formal a otro?

    Trato de trabajar con la misma gente en los proyectos. Cada vez el sistema de interpretación o de la idea está más aceptado. Pero también le doy mucha libertad a encontrar la película a medida que la filmamos. No es que antes de ir a filmar yo ya sepa cómo va a ser. Obviamente, sé dónde vamos a filmar y quiénes van a estar en escena, pero me pongo a hablar, pienso, escucho, veo, hablo con el fotógrafo, con el camarógrafo, con el sonidista, con cualquier persona que forma parte del grupo más cercano a mí y a mis ideas, y vamos descubriendo. Yo leo el guion de Jauja o de Eureka y digo “no estoy seguro de que todo esto pueda llegar a funcionar. Vamos a ver para qué lado va, si la película cobra vida en sí misma, si nos apoyamos más en este personaje, en este silencio, en este paisaje”. Me parece que lo bueno que tienen este tipo de películas que a mí me gustan y que hago es que cada una tiene un sistema que funciona para la película en sí misma; esas herramientas que usamos no podrían funcionar para otra película, pero, en esta que estamos haciendo, funciona y crea un mundo propio. Eureka era más compleja, porque tenía tres realidades, tres tiempos diferentes, pero, bueno, Jauja era también así, y yo no sabía si iba a funcionar cuando empieza esa parte fantástica en la que no se sabe qué es real y qué no. En Eureka no está eso, pero están estos tres niveles de información que hacen que el espectador sea el protagonista y que conecte esas informaciones, como cuando ve una pintura en la que hay elementos diferentes y tiene que asociar en base al contexto en el que la está viendo. Me parece que eso es lo más importante en este tipo de películas, que hacen que el espectador no sea alguien pasivo, sino alguien activo. No son para todo el mundo. Sí, claro, lo tengo presente. Pero, aunque sea un público minoritario, no es menos importante. Me parece que los que se arriesgan a atravesar este tipo de propuestas, pueden salir mucho más enriquecidos que de otras más convencionales.

    En determinado momento de la película, un personaje dice que “el tiempo es una ficción”. ¿Tú sigues esa premisa a la hora de trabajar el ritmo y el tempo de tus obras?

    Es una frase que causó mucha atención. La escribió Fabián Casas. Yo me la quedé pensando y es complejo lo que propone la frase, y más en el cine. A día de hoy, de hecho, me la sigo pensando. En el momento y en la escena, queda bien, porque la dice un chamán. Es trascendental, mística, pero a la hora de compararla con el tipo de cine que hago… también tiene relación. Sobre todo, en el tema de los lugares y los tiempos, que pueden parecer dilatados, aunque, para mí, no lo son. Yo creo que, instintivamente, cada escena tiene que durar lo que dura, porque lo que pasa en ese tiempo detenido es lo que yo quiero que esté generando el espectador. Quiero que empiece a hacer conexiones. Si empiezo a filmar este teléfono (coge su móvil) dos segundos, son dos segundos y es un teléfono; listo y a otra cosa. Si yo te filmo este teléfono dos minutos, vos vas a decir “¿de quién es?, ¿por qué está en la mesa?, ¿está apagado?, ¿va a sonar?”. Empiezas a sacar conclusiones y conexiones propias que están en vos y que no provienen de ahí. Me parece que los tiempos de los planos que en algunos momentos utilizo son así para que generen eso. Para que puedas ser testigo, segundo a segundo, de lo que está pasando por la cabeza de la protagonista.


    por Rubén Téllez Brotons
    junio 14, 2024

    Entrevista | Lisandro Alonso: «¿Por qué nosotros, latinoamericanos, pensamos que en Estados Unidos nos van a dar posibilidades para vivir mejor, si ni siquiera pueden solucionar el problema de treinta, cuarenta mil habitantes que son propios de su historia?»

    por Rubén Téllez Brotons | junio 14, 2024
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★☆☆
    Eureka
    Lisandro Alonso
    Tiempo inexistente, espacio relativo


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Argentina, Francia, Alemania, Portugal, México, 2023. Título original: «Eureka». Dirección: Lisandro Alonso. Guion: Lisandro Alonso, Fabián Casas, Martín Camano. Compañías productoras:4L, Luxbox, Komplizen Film, Woo Films, Rosa Filmes, Fortuna Films. Música: Domingo Cura. Fotografía: Timo Salminen, Mauro Herce. Reparto: Viggo Mortensen, Chiara Mastroianni, José María Yazpik, Rafi Pitts. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival de Cannes. Duración: 146 minutos.

    El tiempo es un invento de los hombres, solo el espacio es real. Esto es lo que, parafraseando, afirma uno de los personajes de la última película de Lisandro Alonso. Pero es una afirmación engañosa, porque el espacio, aquí, tampoco es demasiado concreto. Tales personajes aparecen en uno u otro, aun separados por la lejanía u otra dimensión, según las necesidades simbólicas de la trama. No puede ser de otra manera cuando esta pretende ofrecer una visión espiritual, ajena a los límites de la cotidianeidad o la cronología de los acontecimientos, de la maldición de todo un pueblo, definido por la cultura, no por la geografía. Da la casualidad de que este pueblo es el indígena, por lo que curiosamente han coincidido en el mismo fin de semana de su presentación en Cannes dos filmes que ponen el foco en esta comunidad. El otro, cómo no, es el de Martin Scorsese. Evidentemente, no es una programación fortuita aunque, más allá de esta coincidencia esencial, en lo demás ambas películas no tienen nada que ver, precisamente porque son coherentes con las trayectorias de sus respectivos realizadores. La carrera de Alonso debe sus frutos al circuito alternativo, por lo esporádico y esotérico de sus propuestas, si bien esta última se mueve en un nivel mayor de ambición formal y material, destacando la apuntada disociación espacio temporal.

    Eureka está dividida en tres historias (aunque la primera y la tercera operan casi, respectivamente, a modo de prólogo y epílogo) en las que, de manera más o menos marcada, el protagonismo corresponde, como decíamos, a personajes de raza india. La primera de las tres es un western en blanco y negro donde Viggo Mortensen, que repite bajo la dirección del argentino después de Jauja, vuelve a interpretar a un hombre perdido en busca de su hija perdida. En este caso, como es obvio, el personaje no es indio, pero, en realidad, el mismo es literalmente una mera proyección de lo que otras personas ven. Por lo demás, para más señas, se trata de un diestro pistolero, que no duda en asesinar a sangre fría a todo aquel que se cruza en su camino, en el inhóspito pueblo al que llega. En cualquier caso, todos estos son daños colaterales, hasta una resolución truncada cuando advertimos que toda esta primera historia es también colateral de la principal. Esta siguiente se desarrolla ya en el presente, en una reserva indígena y con el protagonismo derivado ahora hacia otra clase de justiciero, de género femenino y profesión policiaca. Esta mujer lleva pacientemente a cabo su patrulla nocturna, mientras otra joven del lugar realiza misteriosas visitas. La última de ellas trasciende a la tercera parte del relato, en un plano ya claramente alegórico u onírico según el momento o la interpretación, que transcurre en el Amazonas de 1973.

    Cada una de estas tres historias, además de variar en personajes y localización, lo hacen en varios aspectos formales. En particular, su formato o relación de aspecto es distinto, más reducido cuanto más remota es la época retratada y, en el primer caso, con una justificación adicional que no procede anticipar, bastante brillante hay que reconocer. Pero esa primera parte, la más sugerente por ser la inicial y trabajada desde un punto de vista estético (aunque la última también es llamativa, incluso algo reminiscente del estilo de Apichatpong Weerasethakul), es demasiado corta, y lo que sigue no es tan interesante. Alonso, fiel a su estilo, renuncia a buena parte de la ortodoxia narrativa para elaborar una historia más difusa, más abstracta. Sin embargo, esa difusión o abstracción, que debería llevar al espectador a completar (gracias a la imagen o el sonido) la insuficiencia de la información directa que se pueda desplegar en la pantalla, aquí es completada por el propio cineasta, de forma contraproducente, al insistir en ciertos elementos, tanto estéticos como narrativos, que se vuelven entonces reiterativos. Dicho de otra manera, la ambigüedad de la película no es tan lograda cuando la misma se basa en pocos y constantes recursos, que como tales dejan de ser ambiguos. Puede que Alonso, en esta insistencia (evidente por ejemplo en el deambular de la policía o en el comportamiento de los indios de la última parte), nos quiera hablar del bucle sin salida que en su vida cotidiana (o no tan cotidiana) padecen todas estas personas. Pero lo cierto es que Eureka, tal como se puede visionar, no alcanza todo su potencial y hasta genera cierta desconexión, no solo en su intrigante y relativista idea del tiempo y el espacio.



    por Ignacio Navarro
    junio 12, 2024

    Crítica | Eureka

    por Ignacio Navarro | junio 12, 2024
    Jauja, de Lisandro Alonso

    Jauja, Lisandro Alonso (Argentina, 2014)
    texto por Víctor Blanes Picó (Barcelona)

    ¿Queda alguien que haya visto Jauja y haya podido resistir el impulso de escribir sobre ella, aunque solo sean un par de líneas, un tuit a lo sumo? Hace unos días que tuve ocasión de verla y sus imágenes todavía golpean persistentes en mi cabeza. Su luminosidad ha invadido todos los recovecos de mi memoria visual. La nueva película de Lisandro Alonso se entiende como un lucha de fuerzas antagónicas cuyo sutil enfrentamiento explosiona y se expande hasta límites inesperados, puede que hasta para sus creadores. Así, en Jauja no encontramos personajes, tramas o imágenes que transiten de un punto a otro formando un arco de evolución. Aquí el punto de partida es simplemente una premisa que se propaga y conquista ideas que van mucho más allá de lo que gran parte del cine actual nos tiene acostumbrados.

    Lo abstracto frente a lo mundano

    Jauja era aquel País de Cucaña del que hablaban los aventureros medievales. Un lugar de excesos, vagancia y culto al hedonismo que todos buscaban; la tierra prometida a la que todos ansiaban. El capitán Dinesen también va en busca de un lugar lejano, de la conquista de lo desconocido. Junto con su hija, se embarca en la búsqueda de un desierto casi en el fin del mundo, amenazados por la implacable leyenda del coronel Zuluaga. Todo se complica cuando la hija del capitán desaparece con uno de los locales. Dinesen cambiará así su objetivo y cabalgará para encontrarla. Desde el mismo título de la película, desarrollado al inicio del film con un pequeño inserto en intensas letras rojas, hasta el devenir argumental de la historia identificamos una suerte de voluntad de querer poner los pies en la tierra. El anhelo de descubrir ciudades imaginarias o desiertos lejanos se enfrenta a la dura realidad del sentimiento más básico de un padre. Pero la nueva búsqueda que emprende el capitán le conducirá a esos lares desconocidos, ásperos y casi lunares donde el mismo camino le llevará a abstraerse del mundo que le rodea. En definitiva, su intento de mundanidad le catapulta a los recovecos más desconocidos del significado de la existencia. Lisandro Alonso, a través del misterioso personaje de Ghita Nørby con el que se topa el protagonista en la cueva, nos conducirá a preguntarnos qué es lo que mueve a los hombres, qué es aquello que los hace avanzar. Alonso coloca así a Dinesen en el centro del ring para recibir golpes de realidad y contemplación. La confrontación de la acción fútil de su protagonista contra la abstracción poética de sus pensamientos plasmados en imágenes tiene como resultado una construcción filosófica del ser humano en el cine que coloca a Alonso a la altura de directores como Tarkovski o Bergman. En realidad, Jauja puede que sea lo más parecido a un western en manos de Bergman.

    por EAM
    enero 14, 2015

    Acercamiento a la Jauja de Lisandro Alonso

    por EAM | enero 14, 2015

    Persecución astral

    crítica a Jauja (2014), dirigida por Lisandro Alonso.

    Todas las películas de Lisandro Alonso han estado presentes en el Festival de Cannes. Desde La libertad (2001) hasta Liverpool (2008). Algo excepcional para el cine latinoamericano. Jauja (2014), su última obra, pedía a gritos su participación en la Competición Oficial de la pasada edición del certamen, no obstante, su paso por Un certain regard se saldó con el premio FIPRESCI y un zurrón cargado de elogios. El involucramiento de Viggo Mortensen, productor y protagonista, hablan del reconocido prestigio del realizador argentino al otro lado del cine industrial. Dan fe de ello sus colaboradores, profesionales con pedigrí en el circuito independiente como Timo Salminen –habitual director de fotografía de Aki Kaurismäki– o la sempiterna estrella danesa Ghita Nørby. Su filmografía, prácticamente inédita en nuestro país, no responde a los cánones del cine comercial, se mueve en aguas atípicas, soporíferas, contemplativas y su última obra no es una excepción, si bien tiene una naturaleza más narrativa que sus predecesoras. El punto de arranque son unas líneas sobre la leyenda de Jauja, una Atlántida continental, cuya “única certeza es que todos los que intentaron encontrar el paraíso terrenal se perdieron en el camino”. El cineasta nos indica de esta forma que vuelve a tratar una de las constantes de su obra y de su tierra: el paisaje. A través de un naturalismo extremo y de planos generales recorre los avatares de un ingeniero militar danés –Viggo Mortensen– y su hija en la inhóspita Patagonia.

    En el primer tercio de Jauja Lisandro Alonso da un giro a su cine experimental. La palabra tiene una fuerte presencia, predomina el diálogo sobre el silencio y uno puede sospechar que estamos ante una película convencional. Algunos creían que el director porteño daba su brazo a torcer (¿Qué hace rodando con actores profesionales?). Nada más lejos de la realidad. Sin mucha dilación entramos en el desarrollo del conflicto que nos induce en una letárgica persecución, un peregrinaje sideral de estampas primitivas, vislumbrando una lucha, interna y externa, por la supervivencia. Una manifestación de su necesidad de seguir poniendo en tela de juicio las formas acostumbradas de presentar un discurso en una sala de cine. La deambulación alcaloide de Mortensen desemboca en una meditación (frecuentada en su obra) sobre el espacio-tiempo. El realizador está comprometido con una visión reflexiva sobre las limitadas percepciones (humanas), nos ahoga en consecuencias inesperadas y establece, en el caso particular del ingeniero militar danés y su hija, las posibles implicaciones en los mundos de la imaginación, el mito y la fabulación. No se encuentran respuestas claras sobre el pasado, el presente o el futuro. La fragilidad de los personajes, su templanza y su devenir nos descubren que las clarividencias son abstracciones que confirman que vivimos en un abismo espacio-temporal que define nuestros hechos. En ese precipicio el horizonte geográfico y la relación de la figura humana con el mismo son claves. El paisaje, pese a ser atravesado por un forastero, da testimonio de su singularidad atávica en la identidad cultural de Latinoamérica y se resume en la famosa disyuntiva entre civilización y barbarie, teorizada en el clásico de Faustino Sarmiento. No todo es metafísica, como ven también hay determinismo naturalista. Pero que nadie se lleve a engaño, los límites y profundidades del argumento los debe trazar cada espectador de manera personal.

    por Anónimo
    octubre 25, 2014

    Crítica: Jauja

    por Anónimo | octubre 25, 2014

    Bonus Track Vol. 1

    Crónica de la octava jornada de la 49ª edición de Karlovy Vary
    Críticas|
    Boyhood, de Richard Linklater
    Jauja, de Lisandro Alonso
    The Word, de Anna Kazejak

    Se nota que llega la hora de decir adiós. Para empezar, en la sala de prensa desde donde les escribo está semivacía. Lejos queda la espera para llegar a un hueco donde poder trabajar. La gente se apilaba en las paredas exteriores, buscando ese oro invisible llamado WiFi. El ambiente fuera, en cambio, sigue siendo increíble, y más con la vuelta del buen tiempo. Un paseo por la linde del río camino al Pupp o Lazne III, con un frappé en la mano, es un auténtico placer. El jolgorio contrasta con el trabajo de los operarios, que a un día vista del cierre oficial del festival, ya van recogiendo materiales y estructuras prescindibles. Es momento para el relax y también para algún descubrimiento. Uno de ellos ha sido el Kinosál C, la sala de cine con la que cualquiera sueña como cuarto de estar. 50 cómodas butacas y un olor a celuloide que va más allá de los sentidos. Está justo al lado de la mazmorra de la que les hablaba días antes, el ‘A’. Del cielo al infierno en un único giro. Caminando, observando, se pasan las horas antes de la despedida. También hay momento para algo de cine. Y no de cualquier película. La última proyección del día de ayer fue Boyhood. Sí, esa de la que todo el mundo habla. Una maravilla realmente inspiradora. No fue el único visionado del día. Por la mañana, Jauja, una de esos filmes de festival que dejan huella. Por la tarde, una cinta polaca de clara factoría Sundance. Para hoy, y como bonus track, Blind, La desaparición de Eleanor Rigby y Calvary que mi compañero Gonzalo Hernández reseñó en Berlín. 32 películas vistas pero la que se quedará en mi cabeza es la obra de Richard Linklater. Es nuestra infancia en 150 minutos. Con esta crónica, y a la espera del palmarés y el habitual artículo con el Top del certamen, concluyo la narración de mi paso por la 49ª edición del KVIFF. Agradecimientos a la organización por su apoyo; y a ustedes por su lectura. La próxima parada, San Sebastián. Brzy Karlovy Vary.

    por Emilio M. Luna
    julio 12, 2014

    Karlovy Vary 2014 | Día 8. Críticas: 'Boyhood', 'Jauja' & 'The Word (Obietnica)'

    por Emilio M. Luna | julio 12, 2014

    Planos fijos de una estancada realidad

    crónica de la quinta jornada de la 67ª edición del Festival de Cannes
    Críticas: The Homesman (Tommy Lee Jones), Maps to the Stars (David Cronenberg)
    Jauja (Lisandro Alonso) y Hermosa juventud (Jaime Rosales). 

    Llega el quinto día y Cannes no remonta. Algunos críticos ya dan sus medias del festival entero y parece que el nivel de este año es alarmantemente cuestionable. Pocos autores han superado sus cimas, entregando trabajos correctos e interesantes pero que no acaban de arrebatar como nos gustaría. Son los debutantes y los recién llegados a Cannes los que más están sorprendiendo. Por lo menos los que están demostrando más frescura en sus trabajos. Tommy Lee Jones nos abría el día con un género que, por supuesto, se ha llevado el beneplácito de los críticos más conservadores. Aunque su propuesta es más convencional de lo que Tommy cree, The Homesman se ve con gusto y parte de la culpa es por sus actores. Continuábamos con el sucesivo atracón de Una cierta mirada con el que el Festival nos deleita tras el pase oficial de primera hora. Argentina presentaba Jauja, la que ya se ha convertido en una de las cintas favoritas de la sección paralela. Puro esteticismo y contemplación al que hay que entrar bien predispuesto pero que te puede sacar fuera casi de forma instantánea. Tras ella llegaba Hermosa juventud, la representación española en Cannes de mano de Jaime Rosales. El cineasta ponía el dedo en una llaga a la que ya no le queda sangre. La resaca de una crisis aún existente y de la que la generación de finales de los 80 y primeros 90 empieza a notar las consecuencias. Directa, experimental, con cierta valentía formal y de discurso, Rosales se empeña en mantener vivo el recuerdo de unos problemas que no desaparecerán por más que desplacemos la vista hacía las risas del norte. Hermosa juventud se estrena en España el día 30 de mayo y será interesante las conversaciones que despierte. Finalmente, el plato fuerte del festival. Maps to the Stars era una de las grandes esperadas. Y de hecho su estreno llenó aforo dejándonos a la mitad de la prensa fuera y obligada a esperar al último pase de la noche en la Sala Bazin del Palais, similar a una sala pequeña de los Cines Princesa de Madrid. Allí, Cronenberg dejó desconcierto, decepción y entusiasmo a partes iguales. Su película ha dividido opiniones. Pero siendo quién es tampoco es extraño.

    por Unknown
    mayo 20, 2014

    Cannes 2014 | Quinta jornada. Críticas: 'The Homesman', 'Maps to the Stars', 'Jauja' y 'Hermosa juventud'

    por Unknown | mayo 20, 2014

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