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    Cannes 2023
    Cannes 2023
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★☆
    Nuestro día
    Hong Sang-soo
    Hong rechaza la corona y abre una cerveza


    Mariona Borrull Zapata
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Corea del Sur, 2023. Título original: «Woo-ri-ui-ha-ru/우리의 하루». Dirección: Hong Sang-soo. Guion: Hong Sang-soo. Compañías productoras: Jeonwonsa Film Co. Productores: Hong Sang-soo. Música: Hong Sang-soo. Fotografía: Hong Sang-soo. Montaje: Hong Sang-soo. Reparto: Ki Joo-bong, Kim Min-hee, Song Sun-mi, Park Miso, Ha Seong-guk, Kim Seung-yun. Presentación oficial: Quincena de Cineastas del Festival de Cannes. Duración: 84 minutos.

    Hong Sang-soo entrega una película esencialista y cansada de historias, un díptico pulido sobre la realidad sin filtro que, sin embargo, reverbera con la buena mano de quien no pide, sino facilita. Narrativamente cercana a La mujer que escapó, ese domingo que transcurría sin que pasara en verdad nada en especial, In Our Day se ocupa esta vez de retratar cómo una misma jornada transcurre para dos grupos de personajes que nada tienen que ver el uno con el otro… Más allá de una guitarra y un bol de fideos. El cine de Hong nos reta hoy a jugar con lo que hay en escena, prescindiendo de toda lectura psicológica, temática, simbólica.

    Como frontera última de su ataque a la parafernalia extra-cinematográfica, Hong nos entrega las llaves del fondo del estómago de sus protagonistas. «Sangwon confía en su amiga, pero cree que la única en la que puede confiar es en sí misma», reza la cartela que abre el primero de los tres fragmentos de día en la que la acompañaremos. Sangwon (Kim Minhee) se está quedando en casa de su amiga Jung-soo (Song Sunmi), después de una experiencia dura rodando fuera de Corea. Sangwon es fisgona, directa y se mueve como Pedro por su casa, por lo que enseguida encontrará en el gato de su colega, apodado Uliui («nosotros» en coreano), a un esbirro y destinatario ideal para sus caprichos. Atento, en una de esas decisiones que hacen grande al cine de Hong, la cámara va a colocarse a la altura del gato mientras Sangwon le da de comer chucherías. Son demasiadas, le reprocha su amiga, pero mamá Kim no atiende.

    Al rato, las chicas reciben a Jisoo (Park Misoo), una aspirante a actriz que ha llegado para pedir consejo sobre su carrera. Hong activa con pericia el malestar de Sangwon, que responde al interés de la visitante con pasión exagerada, como si la incomodidad la llevara a dejarse los huesos para convencerse de realmente cree en lo que dice. Por suerte, también los guiones de Hong dejan suficiente tiempo a sus personajes para que, al rato, se encuentren de verdad sobre el tablero de juego. La joven Jisoo propone a las dos amigas comer ramuyan, una suerte de fideos instantáneos que despertarán, ahora sí, la complicidad en la sala. Entonces, recordamos por qué lo que comemos nos define, y por qué nunca volveríamos a ingerir un bote más de Yatekomo. Quizás pensemos en las amistades que nos han servido de referentes, y en cómo ser guía fue un efecto de la amistad, más que un faro del que colgarnos. Decíamos, Hong no pide, facilita.

    Al poeta Hong Uiji (Ki Joo-bong) «un trago le vendría de perlas». Últimamente, nos informa una cartela, el escritor ha ganado en popularidad entre la juventud, y hoy no deja de recibir cartas y visitas inoportunas. Le conocemos mientras se auto-inmola a base de tragar fideos ramuyan aderezados con una cantidad ingente de pimienta. Atónita, Kijoo (Park Miso) lo graba para un proyecto documental sobre su figura, del que sólo le queda capturar fragmentos de su día a día. Evidentemente molesto por ser objeto de escrutinio, el poeta va a relacionarse con la directora con excesiva complicidad, de forma que nunca sabremos decir si Hong Uiji está siendo halagador o irónico cuando habla las bondades de las cervezas sin alcohol que Kijoo le ha comprado.

    In Our Day puede leerse como un film-ilustración, si se quiere. Otro de los machos bobos del cine de Hong acabará de dibujar la carga que supone ser un referente de nadie: Jaewon (Ha Seong-guk) llega con bolsas llenas de alcohol y cigarros, que el médico ha prohibido al poeta y que el joven no tendrá problema alguno en llevarse de vuelta a casa. A Jaewon, Hong va a encuadrarlo con una cantidad de aire tremenda por encima de sus hombros, mientras pregunta a Hong Uiji –siguiendo su arquetipo de hombre-idiota, al que el cielo debería caerle sobre la cabeza– sobre el sentido de la vida y el significado del amor. El joven no entiende por qué su ídolo le espeta que «no busque significados» en la vida.

    Por suerte, el día de Sangwon, Jung-soo y Jisoo, incluso el de Kijoo, puedan rebatir el ademán hueco y megalómano del aspirante. No hay que buscar significados, ni profetas… Pero a Hong Sang-soo no dejamos de admirarlo.


    por Mariona Borrull Zapata
    julio 12, 2024

    Crítica | Nuestro día

    por Mariona Borrull Zapata | julio 12, 2024
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★☆☆
    Eureka
    Lisandro Alonso
    Tiempo inexistente, espacio relativo


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Argentina, Francia, Alemania, Portugal, México, 2023. Título original: «Eureka». Dirección: Lisandro Alonso. Guion: Lisandro Alonso, Fabián Casas, Martín Camano. Compañías productoras:4L, Luxbox, Komplizen Film, Woo Films, Rosa Filmes, Fortuna Films. Música: Domingo Cura. Fotografía: Timo Salminen, Mauro Herce. Reparto: Viggo Mortensen, Chiara Mastroianni, José María Yazpik, Rafi Pitts. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival de Cannes. Duración: 146 minutos.

    El tiempo es un invento de los hombres, solo el espacio es real. Esto es lo que, parafraseando, afirma uno de los personajes de la última película de Lisandro Alonso. Pero es una afirmación engañosa, porque el espacio, aquí, tampoco es demasiado concreto. Tales personajes aparecen en uno u otro, aun separados por la lejanía u otra dimensión, según las necesidades simbólicas de la trama. No puede ser de otra manera cuando esta pretende ofrecer una visión espiritual, ajena a los límites de la cotidianeidad o la cronología de los acontecimientos, de la maldición de todo un pueblo, definido por la cultura, no por la geografía. Da la casualidad de que este pueblo es el indígena, por lo que curiosamente han coincidido en el mismo fin de semana de su presentación en Cannes dos filmes que ponen el foco en esta comunidad. El otro, cómo no, es el de Martin Scorsese. Evidentemente, no es una programación fortuita aunque, más allá de esta coincidencia esencial, en lo demás ambas películas no tienen nada que ver, precisamente porque son coherentes con las trayectorias de sus respectivos realizadores. La carrera de Alonso debe sus frutos al circuito alternativo, por lo esporádico y esotérico de sus propuestas, si bien esta última se mueve en un nivel mayor de ambición formal y material, destacando la apuntada disociación espacio temporal.

    Eureka está dividida en tres historias (aunque la primera y la tercera operan casi, respectivamente, a modo de prólogo y epílogo) en las que, de manera más o menos marcada, el protagonismo corresponde, como decíamos, a personajes de raza india. La primera de las tres es un western en blanco y negro donde Viggo Mortensen, que repite bajo la dirección del argentino después de Jauja, vuelve a interpretar a un hombre perdido en busca de su hija perdida. En este caso, como es obvio, el personaje no es indio, pero, en realidad, el mismo es literalmente una mera proyección de lo que otras personas ven. Por lo demás, para más señas, se trata de un diestro pistolero, que no duda en asesinar a sangre fría a todo aquel que se cruza en su camino, en el inhóspito pueblo al que llega. En cualquier caso, todos estos son daños colaterales, hasta una resolución truncada cuando advertimos que toda esta primera historia es también colateral de la principal. Esta siguiente se desarrolla ya en el presente, en una reserva indígena y con el protagonismo derivado ahora hacia otra clase de justiciero, de género femenino y profesión policiaca. Esta mujer lleva pacientemente a cabo su patrulla nocturna, mientras otra joven del lugar realiza misteriosas visitas. La última de ellas trasciende a la tercera parte del relato, en un plano ya claramente alegórico u onírico según el momento o la interpretación, que transcurre en el Amazonas de 1973.

    Cada una de estas tres historias, además de variar en personajes y localización, lo hacen en varios aspectos formales. En particular, su formato o relación de aspecto es distinto, más reducido cuanto más remota es la época retratada y, en el primer caso, con una justificación adicional que no procede anticipar, bastante brillante hay que reconocer. Pero esa primera parte, la más sugerente por ser la inicial y trabajada desde un punto de vista estético (aunque la última también es llamativa, incluso algo reminiscente del estilo de Apichatpong Weerasethakul), es demasiado corta, y lo que sigue no es tan interesante. Alonso, fiel a su estilo, renuncia a buena parte de la ortodoxia narrativa para elaborar una historia más difusa, más abstracta. Sin embargo, esa difusión o abstracción, que debería llevar al espectador a completar (gracias a la imagen o el sonido) la insuficiencia de la información directa que se pueda desplegar en la pantalla, aquí es completada por el propio cineasta, de forma contraproducente, al insistir en ciertos elementos, tanto estéticos como narrativos, que se vuelven entonces reiterativos. Dicho de otra manera, la ambigüedad de la película no es tan lograda cuando la misma se basa en pocos y constantes recursos, que como tales dejan de ser ambiguos. Puede que Alonso, en esta insistencia (evidente por ejemplo en el deambular de la policía o en el comportamiento de los indios de la última parte), nos quiera hablar del bucle sin salida que en su vida cotidiana (o no tan cotidiana) padecen todas estas personas. Pero lo cierto es que Eureka, tal como se puede visionar, no alcanza todo su potencial y hasta genera cierta desconexión, no solo en su intrigante y relativista idea del tiempo y el espacio.



    por Ignacio Navarro
    junio 12, 2024

    Crítica | Eureka

    por Ignacio Navarro | junio 12, 2024
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★☆
    La quimera
    Alice Rohrwacher
    En busca del alma perdida


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Italia, Francia, Suiza, 2023. Título original: «La Chimera». Dirección: Alice Rohrwacher. Guion: Alice Rohrwacher. Compañías productoras: Tempesta, Ad Vitam Production, Amka Films Productions, arte, RAI Cinema, SRG SSR Idée Suisse, CNC Aide aux cinémas du monde - Institut Français. Fotografía: Hélène Louvart. Presentación oficial: Sección oficial del Festival de Cannes. Reparto: Isabella Rossellini, Josh O'Connor, Alba Rohrwacher, Carol Duarte, Vincenzo Nemolato, Milutin Dapcevic. Duración: 130 minutos.

    El pueblo italiano es uno de los más anclados en su Historia. No puede ser de otra manera cuando, todavía hoy en día, se hallan reliquias que datan de muchos siglos atrás, incluso de antes de Cristo. Pero estos descubrimientos ligados a la Antigüedad han marcado desde pronto la evolución sociopolítica de este pueblo, y por extensión de buena parte de Europa. Ejemplos determinantes serían la recepción del Derecho romano en el siglo XII o el Renacimiento en torno al siglo XV, ambos fenómenos de gran influencia y recorrido que partieron de la recuperación de objetos, archivos o meras ideas provenientes del Imperio romano y su cultura. Como ejemplo más reciente cabría mencionar incluso la dictadura fascista de Mussolini, cuyos símbolos y proclamas intentaban evocar los de antaño, para empaparse de su gloria eterna, aunque con un resultado, en este caso, mucho más parcial y censurable. Tras ello, en la segunda mitad del siglo XX, el recuerdo en Italia de su pasado remoto se fue circunscribiendo a la historiografía y los museos, donde las pinturas y estatuas quedaban protegidas del tacto, el traslado o cualquier otro uso más allá de su estudio y observación. Sin embargo, para llegar a estas colecciones, antes las obras expuestas tuvieron que ser descubiertas, desenterradas, y su origen es difícil de imaginar cuando, después y de forma permanente, se contemplan tras un vidrio y un cartel, ya limpias, puras e inertes.

    La Chimera, última película de la italiana Alice Rohrwacher, juega con todo este contexto, en concreto, con la visión que pueden ofrecer en su país las obras de la Antigüedad, como fue la época dominada por los etruscos, para quien no se limita a visitar sus exposiciones o galerías. Las perspectivas que se abren son entonces muy variadas: la de quienes rastrean y, con suerte, encuentran esas piezas ocultas; la de quienes comercian, como parte compradora o vendedora, con ellas; o la de quienes conviven con sus representaciones, quienes ven en ellas algo más que la materia de la que están hechas. El protagonista de La Chimera, de nombre Arthur (conmovedor Josh O’Connor), pertenece a este último grupo, aunque también lidere un grupo de simples saqueadores, llamados Tombaroli. Su liderazgo es extraño, puesto que dicho grupo está integrado por gente del lugar, pobres y marginados, que alternan su profesión clandestina con desfiles o actos para entretenimiento del populacho, para ganarse la vida. En cambio, el mentado personaje principal es un inglés docto en arqueología, un extranjero de otra cultura, si bien obsesionado ahora con la que le rodea, escondida en tumbas o esparcida en salones. Esta obsesión, empero, tiene que ver sobre todo con el recuerdo de su novia, Beniamina, la hija de una matriarca local (memorable Isabella Rossellini) que desapareció hace tiempo y cuya muerte ambos se niegan a asumir. Su madre, por ilusión enajenada. El, como resultado de su proyección incorpórea.

    Por resumir, y como asegura otra vecina de la localidad, sirvienta de la matriarca y confidente del protagonista, este y sus compañeros no deberían ultrajar estas obras de valor incalculable, porque ya solo deberían poder contemplarlas las almas, no los ojos de los hombres. Y una de esas almas sería la de Beniamina, convertida a su vez en preciado objeto de deseo, aunque sólo para un hombre y en su memoria. Con esta compleja, poco ortodoxa premisa, por llamarla de algún modo, Rohrwacher sigue la estela de sus trabajos anteriores que difuminan la línea entre realidad y fantasía, así como entre pasado, presente y futuro. Como en Lázaro feliz, el paso del tiempo es distinto para sus personajes, aunque en este caso dicha alteración no se presenta como disparidad cronológica, sino como cuestión de percepción, del mismo modo que la fantasía es solo personal. La Chimera es entonces más introspectiva que esa anterior película, y su visualización depende del estado de ánimo del protagonista. Los cambios en la relación de aspecto (de nuevo con los bordes redondeados, de impresión fabulesca, como si se exhibiera un pergamino) y su correspondiente clase de celuloide (16 mm, Super 16 o 35 mm) u otras alteraciones de la imagen como la cámara rápida o lenta o el plano invertido gracias al giro vertical de 180° de la cámara son todos recursos que se insertan a partir de una acción o mirada de este personaje.

    Especialmente revelador es ese plano invertido, usado hasta en dos ocasiones, para mostrar que aquel vive entre dos mundos, el que está en la superficie y el que está bajo tierra, teniendo en cuenta que esta última dimensión, para él, también es propia del cielo, del paraíso, de cualquier lugar imaginario por donde pueda errar el alma de Beniamina. En cualquier caso, en esa peculiar búsqueda que, como es natural, no puede tener final feliz, Arthur va acentuando su decadencia, su traje cada vez es más raído y su mirada cada vez más perdida, por lo que no puede decirse ya que provenga de otra clase o que demuestre más categoría que los demás. Es, como ellos, un ser a la deriva. Entre tanto, el metraje se ve impregnado de una anarquía, acorde tanto a falta de asidero del personaje principal como al comportamiento ilícito y rebelde de todos ellos, que queda patente tanto desde un punto de vista técnico como narrativo. A los inesperados trucos de montaje se suman escenas espontáneas, fuera de tono y precedente, hasta confesiones dirigidas directamente a cámara, para hacer forzoso partícipe (y cómplice) al espectador de una historia que, de lo contrario, pronto le podría eludir. Lo que sí es constante en la cinta de Rohrwacher es su sensibilidad para, por muy singular, incluso sucio o inhóspito que sea el paisaje retratado, saber captar su belleza inherente, a la vista de cualquiera que quiera fijarse, por lo que tal belleza no queda reservada a creaciones ancestrales, míticas y encubiertas.


    por Ignacio Navarro
    abril 19, 2024

    Crítica | La quimera

    por Ignacio Navarro | abril 19, 2024
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★★
    El árbol de las mariposas doradas
    Thien An Pham
    Eterna puesta en escena


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Vietnam, Francia, Singapur, 2023. Título original: «BÊN TRONG VỎ KÉN VÀNG». Dirección: Thien An Pham. Guion: Thien An Pham. Compañías productoras: Deuxieme Ligne Films, Fasten Films, JK Film, Potocol. Fotografía: Dinh Duy Hung. Presentación oficial: Quincena de Cineastas de Cannes. Reparto: Nguyen Thi Truc Quynh, Le Phong Vu, Vu Ngoc Manh, Nguyen Thinh. Duración: 182 minutos.

    El cine contemplativo se está convirtiendo en una especialidad del sureste asiático, desde Tailandia a Filipinas, pasando por China o Malasia. Nombres como Apichatpong Weerasethakul, Lav Diaz, Bi Gan, Hou Hsiao Hsien, Tsai Ming-liang, Wang Xiaoshuai, incluso el malogrado Hu Bo, por citar solo algunos, representan esta consolidada tendencia. Cada uno con su personalidad y sus matices, apuestan por un cine con un ritmo y una visión fuera de norma, sobre todo por enfatizar la imagen pausada y normalmente asociada a fenómenos naturales, que rebajan la escala comparativa de los personajes. Y es que no hay que olvidar que todos estos países se caracterizan por culturas que tradicionalmente han valorado los vínculos con la naturaleza y la colectividad antes que las necesidades de cada individuo por sí solo. Pues bien, entre esos países, por pura pertenencia geográfica, también se encuentra Vietnam, nación de la que proviene el joven realizador Thien An Pham. Su ópera prima, Inside the Yellow Cocoon Shell, se presenta en esta edición de la renombrada Quincena de Cineastas del festival de Cannes, cuyo nuevo equipo programador quiere recuperar un enfoque de la selección dirigido al descubrimiento de nuevos talentos, para que su premiere en la Croisette pueda apoyarles al máximo y darles la mayor visibilidad posible. Y la película que aquí reseñamos es un ejemplo inmejorable.

    Aunque la misma sigue los mencionados referentes del antes llamado, por abreviar, cine contemplativo, y entre ellos quizá la influencia más directa, tanto por generación como por estilo, sea la de Bi Gan, no estamos ante una película que pueda ser reconocida fácilmente por un público, que lo hay, fiel a este tipo de cine, si no viene precedida por una puesta de largo festivalera. Es, como decíamos, un debut, por lo que el nombre de Thien An (por ahora) es desconocido, y al ser su primera película tiene lógicamente mucho camino por recorrer aún. Pero, precisamente, su condición de tal, con el apabullante y maduro resultado que contra todo pronóstico consigue, obliga a valorar al máximo su calidad. Esta reside, en esencia, en la integridad de la puesta en escena, esto es, cómo poner en escena con la mayor sugerencia y significado posibles, pero sin ningún tipo de intrusismo ni artificio, todos los elementos, naturales o superficiales, que sostienen la trama. Resumamos antes esta última. Tres hombres toman algo en una terraza con otros muchos vecinos de Saigón, pendientes de un partido que se está jugando en un campo anejo y de otro que se está retransmitiendo por radio o televisión. La algarabía y concentración de personas es tal que pasa casi desapercibido un choque entre dos motos, inicialmente fuera de campo, hasta que una de las víctimas fatales del accidente resulta ser la cuñada de uno de esos tres amigos que estaban sentados en la mesa cercana, el hombre al que a partir de entonces seguirá siempre la cámara.

    Tragedia del destino o llamada de atención, esta muerte y los trámites que le suceden (atención al sobrino que se ha quedado huérfano, traslado del cuerpo al campo donde residía la familia, y todo el periodo de funeraria y rezo subsiguientes) sirven en cualquier caso para impulsar la búsqueda espiritual de un héroe que hasta entonces era reacio a emprenderla, como admite en ese diálogo inicial, incierto cuando se abordan temas de fe, conciencia y propósito vital. Es un hombre que se deja llevar, que carece de motivaciones y objetivos concretos, pero que ante tamaña pérdida se ve obligado a replantearse sus prioridades, cualesquiera que pueda tener. Su personalidad en todo caso queda reducida, no por despreciada sino por minorada, a la vista de la mayor importancia concedida a todo lo que le rodea. Al principio es uno más de los muchos habitantes de Saigón, ciudad caótica de calles y establecimientos siempre repletos de gente, y luego, aunque esté recién llegado, pasa a ser uno más de los habitantes de ese entorno rural y religioso que, con sus costumbres, ritos y sobrio respeto, lo acompañan en todo el proceso de duelo. Pero, sobre todo, es un ente vivo más entre los muchos que pueblan la flora y la fauna circundantes, cuyos diversos especímenes son los que ganan protagonismo en la pantalla.

    Por ello Thien An y su director de fotografía Dinh Duy Hung cuidan, ante todo, la puesta en escena. Se trata de diseñar cada plano de tal manera que la cámara, para enriquecerlo, pueda captar al máximo sus elementos, partiendo de los esenciales, como son el agua, el aire o el fuego. Un mismo plano se convierte en otra cosa cuando empieza a llover, cuando sopla el viento o cuando su luminosidad se ve reducida a la de una solitaria vela. Entonces, cada plano, como tal plano secuencia, adquiere la cualidad de varios, si bien la ausencia de corte, al margen de acentuar la organicidad de lo captado, permite que las distintas escenas parezcan parte de un todo continuo, casi cíclico. El protagonista viaja en coche o en moto, recorre lugares distanciados, se encuentra con varios personajes y pasan los días y noches, pero la sensación es de permanencia, de que no puede escapar de una realidad perpetua que le sobrepasa. Hay, en suma, una plena correspondencia entre fondo y forma, hasta que aquel queda absorbido por esta, como es natural cuando la historia de este personaje solo tiene sentido como parte mínima de una mayor escala. Esto solo puede funcionar si la planificación está a la altura, y lo está: todos los planos son una maravilla de composición, sobre todo porque mantienen el principio de que la cámara, por muy virtuosa que sea, queda al servicio de la acción o del paisaje, que es lo que en todo momento guía su encuadre o movimiento.

    Merece la pena destacar algunas de estas tomas, empezando sin ir más lejos por la primera, a cuyo contenido ya hemos aludido. Aquí el movimiento es reducido, porque el dinamismo ya lo proporciona la cantidad de personas y objetos en el encuadre preciso. Escenas posteriores ambientadas en una sauna o ante una mesa de masaje van introduciendo la humedad o el vapor como filtro recurrente de Thien An y Duy Hung, para jugar con la textura de la imagen, que en muchas ocasiones no presenta una acción de forma directa, sino delimitada o filtrada por algún elemento más o menos etéreo o transitorio. Es el caso, por ejemplo, de un plano más tardío en que el protagonista acude a visitar a una antigua amiga, convertida en monja, que trabaja tras una reja enfocada y luego desenfocada en primer término, por lo que, en efecto, la acción está mediatizada por ella. Más sorprendente es en cualquier caso un plano central, el de más larga duración, que empieza en el jardín de una casa, sigue al protagonista y su sobrino en moto hasta otra casa y queda pendiente de la nostálgica y reveladora conversación que aquel mantiene con el viejo propietario de esta. Es un plano impresionante, hipnótico, por lo sencillo que parece pese a tan elaborada planificación, que podría recordar a Kaili Blues, del citado Bi Gan, pero que va más allá en su capacidad de inmersión dentro de la narración en su conjunto… Esta va evolucionando hacia una dimensión cada vez menos real y más onírica o introspectiva, hasta un desenlace tan enigmático como catártico, inconcluso pero coherente con lo visto previamente. Inside the Yellow Cocoon Shell no es una obra redonda y no puede serlo cuando a lo que quiere transmitir no se le puede imponer un cierre o una finalidad determinada, a la vista de sus desatadas o elusivas, según el caso, intenciones estéticas y narrativas. Sin embargo, es una obra tan arriesgada, ambiciosa y asombrosa que no queda otra opción que rendirse plenamente a ella.


    por Ignacio Navarro
    abril 11, 2024

    Crítica | El árbol de las mariposas doradas

    por Ignacio Navarro | abril 11, 2024
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★☆
    Club Zero
    Jessica Hausner
    Food for thought


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Austria, Francia, Reino Unido, 2023. Título original: «Club Zero». Dirección: Jessica Hausner. Guion: Géraldine Bajard, Jessica Hausner. Compañías productoras: Coop 99, Coproduction Office, Essential Filmproduktion, BBC Film, Club Zero. Música: Markus Binder. Fotografía: Martin Gschlacht. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival de Cannes. Reparto: Mia Wasikowska, Sidse Babett Knudsen, Elsa Zylberstein, Mathieu Demy. Duración: 110 minutos.

    El consumismo y el desperdicio alimentario están entre los factores más contaminantes del planeta. Aunque este efecto se tiende a achacar sobre todo al dióxido de carbono, a la sequía o al deterioro de la capa de ozono, lo cierto es que los residuos alimentarios, por el gas metano que generan, contaminan más de 20 veces más que el CO2, y el irresponsable empleo del agua para todo tipo de hábitos de consumo agrava su escasez. Ambos, en cualquier caso, están relacionados, puesto que la inmensa mayoría de la gente tiende a gastar o comprar más de lo que efectivamente necesita, en este caso más líquido o comida sólida de la que luego ingerirá. Es algo pernicioso para la salud del planeta, además de para la salud de cada uno, pues todos sabemos que esta mejora cuanto menos se coma, o cuantos menos excesos gastronómicos se cometan. El extremo opuesto, con todo, también es perjudicial, ya que puede desembocar en un trastorno alimentario de graves consecuencias. Todo esto es sabiduría popular, al margen de sus irrefutables y contrastadas pruebas, por lo que cuestionarlo es como seguir convencido de que la Tierra es plana... O de que los gases de efecto invernadero no deben limitarse o que el cambio climático no existe. Sin salirnos pues de este marco, las colectividades o los grupos marginales que defienden estas posturas, podría decirse, casi antisistema, entran en un terreno propio no del consenso científico, sino de la fe sectaria.

    Club Zero designa a un grupo de esta naturaleza, o ideología, pues hace falta todo un sistema alternativo de ideas para defender lo que creen los miembros que lo integran. Y es que comer no es necesario para vivir. Así termina instruyendo la profesora de un liceo elitista, llamada Miss Novak e interpretada con rigor por Mia Wasikowska, a su reducido y sumiso grupo de alumnos (alguno de ellos inicialmente rebelde, pero luego presionado para seguir la mentalidad del rebaño), en una clase específica dedicada a la nutrición. Lo que empieza como una postura razonable, acorde al consenso, esto es, que comer menos y de forma más pausada (alimentación consciente, lo llama Miss Novak) es beneficioso para la salud (tanto personal como planetaria), pronto deriva al absurdo radical, teniendo en cuenta que el mentado extremo de falta absoluta de alimentación, ajeno a la guía docente de la clase curricular, no es el que se ajusta a los principios de base de sus miembros (salvo la profesora), sino de los de una asociación más opaca y oficiosa, el internacional “Club Zero” del título (al que ella pertenece). En cualquier caso, llegados a este punto, no se suspende la incredulidad ante lo narrado, porque desde el principio la película de Jessica Hausner acentúa su esencia surrealista, ajena a la pura realidad.

    De hecho, la artificialidad de la narración, como una especie de híbrido entre el colorido Wes Anderson y el oscuro Yorgos Lanthimos, impide que nos la tomemos en serio en ningún momento. Aunque aborda temas candentes y polémicos, lo hace siempre con ironía y desfachatez, en especial con unos diálogos más pendientes de su intención didáctica o categórica (o directamente del chiste) que de una genuina expresión emocional. Esto podría ser criticable, pero concuerda con la naturaleza de unos personajes que renuncian a su complejidad humana a merced de una simplificación deshumanizada. La misma se refuerza con una visualización anacrónica, propia de la ciencia ficción que asume la historia, aunque su decorado se puede reconducir a una tendencia concreta, como es el arte pop (manifestación, por cierto, caracterizada igualmente por la rebelión ante el orden capitalista establecido). En efecto, toda la iconografía de la película recuerda a esta representación, y así cada plano se escenifica como toda una obra pictórica (con atrezo exacto y recargado, líneas duras, encuadres geométricos…), si bien con más énfasis en la arquitectura de la imagen que en su fotografía. En toda esta visualización es asimismo importante el vestuario, que dice mucho de cada personaje aunque, a su vez, difumina su identidad de género o la época de su vestimenta, lo que contribuye a la unión de todos ellos bajo un mensaje colectivo (incluido el inglés usado por quienes, según el acento, provienen de lugares distintos). En fin, entre estos apartados, destaca la esporádica, falsamente monocorde banda sonora, que añade una nota de asincronismo al conjunto. En suma, estamos ante un filme muy elaborado, en muchos aspectos, que, al mismo tiempo, se presenta solo como la punta de un iceberg, para provocar y para entretener más que para profundizar en su premisa... Y ello, de vez en cuando entre tanta propuesta sesuda, es de agradecer.


    por Ignacio Navarro
    marzo 21, 2024

    Crítica | Club Zero

    por Ignacio Navarro | marzo 21, 2024
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★☆
    May December
    Todd Haynes
    Todd Haynes y su mejor película de tarde


    Mariona Borrull Zapata
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Reino Unido-Estados Unidos-Polonia, 2023. Título original: «May December». Dirección: Todd Haynes. Guion: Samy Burch, Alex Mechanik. Compañías productoras: MountainA, Gloria Sanchez, Killer Films. Productores: Natalie Portman, Sophie Mas, Christine Vachon, Pamela Koffler, Grant S. Johnson, Tyler W. Konney, Jessica Elbaum, Will Ferrell. Música: Marcelo Zarvos. Fotografía: Christopher Blauvelt. Montaje: Alfonso Gonçalves. Reparto: Natalie Portman, Julianne Moore, Charles Melton, Cory Michael Smith, Elizabeth Yu, Gabriel Chung, Piper Curda, D.W. Moffet, Lawrence Arancio. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival de Cannes. Duración: 113 minutos.

    Mariposas ampliadas hasta la monstruosidad entre tallos en verde, amarillo y lila, una tipografía a corte de neón y un tiempo acotado: May-December. Asistiendo al espectáculo mórbido desbocado que convocan los créditos iniciales de la nueva película de Todd Haynes, el mismo que levantara el espíritu humeante y tranquilo de la Nueva York noir en los primeros compases de Carol (2015), nos preguntamos una vez más si une cineasta no es, en el fondo, aquello que come. Para May December (2023), mezclaremos en la Thermomix dos paquetes enteros de película de tarde, un puñado de cine como juego y una pizca de terapia de pareja. El resultado llega con cuatro notas de piano de Marcelo Zarvos (tras la partitura de Aguas oscuras), sólo porque aún queda un tiempo para que la Toxic de Britney Spears se convierta, en barbecho, en el vino añejo del thriller camp.

    Con May December, volvemos a los orígenes excitados de Todd Haynes y Christine Vachon, productora y socia habitual, dentro de la buena cosecha del New Queer Cinema (Poison -1991-). Los identificamos como quien reconoce a sus padres en fotografías antiguas, tras el brío con el que Julianne Moore, madre de familia en plenos preparativos para la fiesta de graduación de su hijo mayor, cierra la nevera y exclama, levemente preocupada pero resolutiva: «¡No hay suficientes perritos calientes!» (la cámara reencuadra esta declaración de guerra con un zoom de énfasis necesariamente irónico y la platea de la Debussy estalla a carcajadas). Julianne, Gracie en el filme, está preocupada porque la presencia de Elizabeth Berry (Natalie Portman) rarifique el ambiente. Elizabeth vendrá para estudiar a Gracie, esa profesora que empezó una relación con un alumno suyo de trece años, que fue a prisión y volvió para formar una familia con él. Con 36 a sus anchas espaldas, tres hijes y una casa en común, hoy Joe (Charles Melton) puede por fin «pasar por» la pareja de Gracie. La lectura queer está ahí para quien la necesite.

    Viuda negra del acting, protegida detrás de unas Elizabeth, viene a estudiar la normalidad madura de una familia estadounidense, un estado cero de la cuestión que rápidamente la película de Haynes se encarga de desmentir. La actriz y su inspiración corren a reconocerse como iguales, pero surfean sus intercambios entre sonrisas tensas y silencios incómodos; la fiesta enseguida convoca a una niña que chilla como cerdo en un matadero y la relación entre Gracie y su marido pronto adquiere un tono paternalista algo incómodo… Diremos: ¿quién somos para juzgar? Más tarde, la cabeza de familia concluirá que quizás para llegar a la verdad tenía que ser todo un poco extraño (el inglés «awkward»). Sin embargo, afortunadamente al Haynes de May December la realidad le interesa sólo en momentos puntuales: por ejemplo, cuando mira a la inseguridad crónica de Joe, aquel crío madurado repentinamente –allí hay un drama que, reconoce, merece ser explorado en la pantalla–. Pero May December no es un Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002).

    Si Haynes discurre habitualmente por los carriles expresivos del melodrama, campo donde se juega todo el artefacto piromusical al servicio de la enjundia emotiva, hoy lo pasa de rosca y lo lleva a consciencia hacia el terreno del telefilme, de la acuñada «película de tarde». Quien la ha dormido (la siesta) lo sabe: la película de tarde pone la tilde en cuñas bien asentadas de las fórmulas que incorpora, adoptando alternativamente los rasgos que demarcan las variantes del thriller (erótico, conspiranoico) y replicando sus aciertos con alegría. La falta de compromiso para nadie, excepto para sí mismas, las ha vuelto populares, ligeras, fantabulosas. Dulce hogar para lo camp y, en última instancia, para lo queer. También para tode aquelle que quiera pasarlo bien: Julianne Moore, experta en la gestualidad de su boca (específicamente curtida en el arte de apretar los labios), aquí ensaya las posibilidades de un ligero ceceo. Natalie Portman, imitándola para preparar el papel, simula su ceceo y lo acentúa. Juguetonamente, auguraríamos que la sobreactuada Moore trabaja en el registro del melodrama, mientras que la sobreactuada Portman se mueve en el terreno de la película de tarde.

    Estructurada a partir de variaciones sobre el plano medio, manos libres y proximidad en el rostro, Haynes las reconoce en todo el esplendor que el cine puede ofrecer a una estrella que se divierte (porque, lo tenemos dicho, el play no corresponde sólo al teatro). Las re-encuadra, puntualizando acerca de sus pasajes más memorables como lo haría un Hong Sang-soo, les permite entrar y salir del espacio en plano de formas sorprendentes y divertidas. Una y otra vez, la cámara se divierte rompiendo el eje visual. Trastabilla para iniciar un simpático baile de claqué y, como sus actrices, patina para salirse también un poco de madre. Bien lejos de la realidad, May December es un espectáculo gozoso.


    por Mariona Borrull Zapata
    febrero 23, 2024

    Crítica | Secretos de un escándalo

    por Mariona Borrull Zapata | febrero 23, 2024
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★★
    La zona de interés
    Jonathan Glazer
    La modernidad no es sólo un fuera de campo


    Mariona Borrull Zapata
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Reino Unido-Estados Unidos-Polonia, 2023. Título original: «The Zone of Interest». Dirección: Jonathan Glazer. Guion: Jonathan Glazer (Novela: Martin Amis). Compañías productoras: A24, Film4 Productions, JW Films, Extreme Emotions, House Productions. Productores: Ewa Puszczynska, James Wilson. Música: Mica Levi. Diseño de producción: Chris Oddy. Fotografía: Lukasz Zal. Montaje: Paul Watts. Reparto: Sandra Hüller, Christian Friedel, Ralph Herforth, Max Beck. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival de Cannes. Duración: 105 minutos.

    Más cercana al espíritu del Mayo del 68 que todo el resto de la Sección Oficial, The Zone of Interest toma las armas estéticas de la Modernidad cinematográfica para actualizar el debate estanco sobre la imposibilidad y la responsabilidad de representar el horror. La nueva apuesta de Jonathan Glazer, diez años después de la magistral Under the Skin, es mucho más que un estudio sobre el fuera de campo. Es una bomba con orfebrería de reloj suizo, que se autodestruye al tratar de definir incluso qué es un «fuera de campo».

    Basada libremente en la novela homónima de Martin Amis, editada en España por Anagrama, The Zone of Interest cuenta la historia de un «mandado» (Christian Friedel, el profesor de La cinta blanca) que trabaja como comandante en el campo de exterminio de Auschwitz… Su nombre es Rudolf Höss. Rudolf vive en una casa ajardinada con sus cinco hijes y su mujer (Sandra Hüller, orgullo y disgusto a partes iguales, con un punto de histrionismo). La parcela, «decorada con mucho gusto», se encuentra cómodamente situada a pocos metros de la valla a los crematorios que Rudolf dirige. Allí vive también un perro negro y enorme, Dilla, que no deja de lloriquear y ladrar.

    Nos preguntamos si es el único capaz de oír del zumbido grave que día y noche llega desde el campo de muerte: el ronroneo constante de los hornos, los aullidos humanos y los disparos puntuales, lejanos todos aunque igualmente distinguibles. Glazer mantiene su banda de sonido en un ámbito diegético, de forma que el audio de sus imágenes corresponde a lo que la cámara podría recoger del mundo delante de sí; aquí y ahora. Aquí y ahora es lo único que tenemos, y aquí y ahora es muerte. ¿Cómo relegar, entonces, la presencia del terrorífico crematorio vecino a la categoría de «ruido blanco»? [1] El ruido blanco se nos mete en el cuerpo, pero no da arcadas.

    Dilla no es la única atacada por la inquietud. La «criada» de la familia tarda minutos en preparar, colocar y verter una copa de coñac para el señor (la primera crisis de la representación llega cuando percibimos en una sencilla sucesión de gestos los ecos de la crueldad pasada, pero nunca accedemos a esa violencia original). De madrugada, bajo la luz rojiza de las chimeneas ardientes, la abuela se agazapa y se coge el vientre. El hijo pequeño suplica el perdón para algún abuso más allá del cristal de su habitación, aunque no lo entienda o pueda poner en palabras. Incluso el padre autoritario se turba, en un plano-contraplano entre tiempos que –mi estómago dice– quedará grabado para los anales del cine.

    The Zone of Interest se construye a base de fuera de campos, claro, entre imágenes que hablan sólo a la piel, como las cartelas en negro, blanco y rojo que van ahogando el metraje para dar paso a la enervante mezcla de órganos, sintetizadores y voces compuesta por Mica Levi. También a las que se dirigen al ojo solamente. La película despierta desde un cuadro en negro de casi cinco minutos, y tarda unos cuantos más en ir desvelando el monstruoso lugar que ocupan sus protagonistas en el mundo, en lo político y en lo moral: un uniforme, un trozo de chimenea y, de repente, nos cae encima el peso monstruoso del nacionalsocialismo.

    También desde el montaje firmado por Paul Watts, colaborador habitual de Glazer, se apuesta por el juego de los desvelares. Dos de las niñas miran algo en la entradilla de casa, con los bañadores aún chorreando agua de la piscina. Apenas habremos visto los charcos en el suelo, que un corte nos lleva a otro lugar y tema, antes de volver a la entradilla con la madre, que abronca con dureza a la criada por haber mojado el piso. Aquí se disparan ráfagas de ironía dramática, se monta para desvincular las acciones de sus efectos, quizás para hacer perder a los personajes o para advertirnos de que todo puede volver, sin previo aviso. En todo caso, nosotres lo habremos visto a venir.

    De ello se encarga una planificación que toma la estética de la videovigilancia como filtro para pensar prácticamente toda la puesta en forma. Glazer mira al mundo con un gran angular deformante y la calidad de un vídeo ligero, encuadrando desde los rincones de las estancias y siempre a nivel de cintura. La cámara monta en reacción al movimiento del reparto, como si los cuerpos en escena motivaran con sus desplazamientos el cambio de una perspectiva a otra. Los cortes son rápidos y no tienen siquiera una finalidad descriptiva. Nos enseñan más porque sí, vuelven caleidoscópicas situaciones que en una dramaturgia clásica (humanista, cercana a la experiencia humana) hubieran estado encuadradas de forma mucho más sencilla, con uno o dos tiros sostenidos de cámara.

    La hiperrealidad da cabida a todo aquello que reconocemos no estar viendo, vuelve aún más claustrofóbica una realidad familiar angustiante, repleta de niños crueles y mujeres despechadas. A la Sra. Höss le veremos las piernas, en primer término y extrañamente plegadas sobre la cama, cuando suplique a su marido que se marchen de vacaciones y él le dé una respuesta vaga. Glazer nunca busca dibujar un estudio de personaje y, de hecho, no ofrece ni un primer plano a la pareja de protagonistas… Su cine es cerebral y demiúrgico, kubrickiano. Paradójicamente, ofrece los pasajes de mayor cercanía (¿casi intimidad?) a un mundo exterior, nocturno y peligroso. De madrugada, una chica joven se escabulle de casa para esconder manzanas en las trincheras que se empleaban para llevar a prisioneres a las excavaciones. La cámara nocturna la encuadra de lejos, dando tiempo y espacio para su ritual inexplicado. Con los blancos por negros, en plena oscuridad, nos permitirá abstraernos del horror que la vida diurna depara.

    Se trata de uno de muchos gestos modernos, compenetrados en un superorganismo terrorífico y armado explícitamente contra la comodidad de nuestras butacas. El salto radical entre la concepción interior y exterior del espacio; la inclusión de escritos de la época como voz narradora en off o con subtítulos sin locutor; la presencia desconcertante de travellings de seguimiento en los que «se cuelan» elementos inesperados (un río que esconde el terror bajo las aguas, el perro que aparece en cuadro para asaltar mesas decorosamente preparadas)… Aunque «inesperados» de qué, pienso, si Glazer afianza una y otra vez su dominio total del mundo narrativo. Lo opaca a base de planos cenitales e insertos juguetones, incluso coreografiando la destrucción de toda verosimilitud en la profundidad de campo, que sus personajes explotan una y otra vez, a base de acercarse y alejarse en línea recta con respecto al tiro de cámara. The Zone of Interest juega como una criatura y tiene todas las características de un mantra.

    Así, radicalmente moderna, la de Glazer reconoce su incapacidad para dictar conclusiones o reconstruir cualquier certeza. Hacia el final de la cinta, que ubica a la figura del padre dentro de la institución nazi, la cámara decide rebajar su intervencionismo y contemplar el cuerpo entero de Rudolf, mientras pasa una revisión médica o en un evento social. A una distancia segura: ese es el trecho que la película escoge para con su protagonista, como si después de las constantes negociaciones con su figura, la imagen por fin tirara la toalla. Superado el engorroso deber del humanismo, sólo entonces, podrá esgrimir The Zone of Interest un castigo y una advertencia.

    nota:
    [1] Para hablar de las tremendas dimensiones políticas detrás de lo que es «ruido blanco» y lo que no, toca recomendar el episodio 7 de Reasonably Sound: Taylor Swift's White Noise.


    por Mariona Borrull Zapata
    enero 19, 2024

    Crítica | La zona de interés

    por Mariona Borrull Zapata | enero 19, 2024
    || Críticas | ★★★★☆
    Los que se quedan
    Alexander Payne
    Everybody knows


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: The Holdovers. Dirección: Alexander Payne. Guion: David Hemingson. Compañía: CAA Media Finance. Música: Mark Orton. Fotografía: Eigil Bryld. Reparto: Paul Giamatti, Da'Vine Joy Randolph, Dominic Sessa, Carrie Preston, Brady Hepner, Gillian Vigman, Michael Provost, Tate Donovan. Duración: 133 minutos.

    Existen muchas formas de criticar en el cine tanto a los ricos como al sistema profundamente injusto y desigual que los sostiene. Haneke, por ejemplo, disecciona en la mayoría de sus películas a una clase burguesa egoísta y ensimismada que vive protegida dentro de una burbuja metálica y opaca que les separa de los peligros exteriores al mismo tiempo que les evita los remordimientos. La estrategia del director austríaco es introducir en dicha burbuja un elemento punzante que la haga reventar desde dentro; o, dicho de otro modo, torturar física y mentalmente a los protagonistas, alterar la tranquilidad de su, en apariencia, limpia rutina para obligarles a mostrarse tal y como son, habiendo demostrado, en el proceso, cómo sus convenciones sociales, su elevado conocimiento y su elegante y parsimoniosa forma de hablar son, por un lado, formas de distinción social —Bourdieu—; y, por otro, una máscara pulcra que oculta sus estrategias sucias para conseguir, mantener y ejercer el poder. Un ejemplo paradigmático podría ser Caché: en ella, Haneke filmaba con una cámara clínica, objetiva, fría y distante a sus personajes, negándole al espectador la posibilidad de empatizar con ellos al presentarles en todo momento —desde la misma infancia— como seres calculadores y sin escrúpulos incapaces de reconocer el alcance del dolor que provocan sus acciones. Ruben Ostlund, por su parte, ha ido cambiando su forma de abordar las críticas a los privilegiados y poderosos a lo largo de su carrera. Empezó siguiendo el ejemplo de su admirado Haneke; o sea, distanciándose de la acción lo máximo posible y revistiendo sus imágenes de un aura gélida que potenciaba los niveles de incomodidad de la platea. La diferencia entre ambos directores radicaba en que el sueco no introducía ningún factor externo dentro del día a día de sus personajes, sino que los dejaba a su libre albedrío con la convicción de que no necesitaban nada ni a nadie para dejarse en evidencia, puesto que se bastaban y se servían por sí mismos. Así, con el paso del tiempo, Ostlund fue sembrando sutiles semillas de humor en sus imágenes que germinaron por completo en su última película, El triángulo de la tristeza, sátira brutal sobre los excesos y caprichos de los multimillonarios, en la que la carcajada ahogada en lujos, por momentos, llegaba a hacerle sombra al discurso crítico y en la que la mala baba y la hipérbole ebria de vino grotesco y absurdo parecían anunciar en determinadas secuencias los síntomas de un guion escrito a brocha gorda. La cinta, en resumen, era más divertida y malintencionada que las anteriores, pero también menos aguda.

    En Los que se quedan, Alexander Payne propone una nueva forma de dejar en evidencia las desigualdades del sistema: hacerlo desde una perspectiva humanista con respecto a los personajes que están en lo alto. La película cuenta la historia de Paul Hunham (Paul Giamatti), un profesor malhumorado a quien el director del internado para ricos en el que trabaja le obliga a permanecer en el centro durante la Navidad, cuidando de los chavales que no pueden volver a sus casas durante las vacaciones. A medida que vaya pasando el tiempo, la rigidez e intransigencia que guían sus acciones —y que le hacen a ver a sus alumnos como adolescentes imbéciles y excitados— irán desapareciendo, permitiéndole entablar una amistad con uno de los jóvenes a su cargo (Dominic Sessa), abandonado a conciencia por su madre, y con la jefa de cocina (Da´Vine Joy Randolph), cuyo hijo acaba de ser asesinado en la Guerra de Vietnam.

    La nueva película del director de Nebraska funciona con la precisión de un reloj suizo: sus engranajes estéticos están tan bien ensamblados y son tan conscientes de cuál es su función en la totalidad de la propuesta, que se acoplan los unos a los otros sin hacerse sombra en ningún momento, evitando que la tensión dramática decaiga, que las escenas mueran por superposición de elementos y, sobre todo, asegurándose de que el público empatice desde los primeros fotogramas con los personajes, por muy repulsivos que puedan parecer en un inicio. Porque la idea de Payne es en todo momento dejar a la vista el funcionamiento de un capitalismo que a base de repetir la palabra meritocracia hasta el agotamiento la ha convertido en su mantra, convenciendo a mucha gente de que a base de trabajo duro y esfuerzo pueden llegar a ser los nuevos Elon Musk y ocultando, al mismo tiempo, que nadie parte desde la misma línea de salida y que, por tanto, hay unos que tienen muchas más posibilidades —o todas— de llegar a su meta, mientras que otros, siendo realistas, no es que tengan menos, es que no tienen casi ninguna. Y precisamente de eso trata Los que se quedan, de los chavales de familias bien que desde que nacen tienen el futuro solucionado, que no necesitan estudiar porque sus padres son los principales inversores de unos colegios privados en los que les aprueban pese a tener la mochila cargada de suspensos, para que luego puedan ir a las universidades más prestigiosas y colocarse en los consejos de las empresas familiares. Que la propia narración se inicie porque el protagonista se empeña en no regalarle el aprobado a un alumno cuyo padre es uno de los principales «donantes» del instituto, impidiéndole así entrar en la facultad, no es sino una declaración de intenciones por parte del director.

    La genialidad de la propuesta consiste en emplear la estructura de una película navideña para toda la familia como Caballo de Troya para esconder en su interior una autopsia amarga, por realista, del sistema que impera en el mundo. David Hemingson, el guionista de la cinta, reconfigura los códigos del cuento navideño extirpándole los tendones melodramáticos y tramposos; construyendo el humor desde una mirada limpia de prejuicios que, lejos de cincelar la sonrisa del espectador a costa de ridiculizar a los personajes —como el último Ostlund—, busca en todo momento mostrar su rostro más amable; rompiendo con la mayoría de los estereotipos que caracterizan este tipo de películas. Pese a todo, el punto de partida —dos personajes completamente dispares que se detestan se ven obligados a pasar un breve período de tiempo juntos que les servirá para romper sus prejuicios, conocerse mejor y terminar entablando una amistad profunda— es el que es, y, por tanto, está claro cuál va a ser el final de la cinta. Lo que no está claro es lo que va a pasar en medio, y ese es otro de los grandes aciertos del guionista: diseñar un entramado dramático ascendente que sorprende sin valerse de efectismos. Otro de los aciertos, ya se ha dicho, es el de mantener siempre en primer, segundo o tercer término de la imagen a los personajes de abajo, para contextualizar las escenas y remarcar que, al final del día, los estudiantes son unos privilegiados.

    Y es que Payne quiere dejar constancia en cada secuencia de las desigualdades del sistema, de que a unos les envían a la guerra mientras que otros la ven retransmitida por televisión; de que unos tienen que limpiar o arreglar lo que los otros se divierten ensuciando o rompiendo; de que mientras que unos cocinan, friegan y hacen las camas con toda la dignidad del mundo, otros hacen pellas y derrochan todo lo que pueden; y, en definitiva, de que mientras unos —el profesor Hunham y la jefa de cocina— se dejan la espalda trabajando para poder vivir con unas condiciones dignas, otros —los alumnos— no tienen que mover un dedo para llevar una existencia opulenta. A pesar de todo, el director se niega a observar a sus personajes desde la perspectiva inclemente de Haneke y, como el humanista que es, adentra su cámara en la vida de cada personaje —incluido el personaje de Dominic Sessa— para entenderle mejor, para mostrar todas las aristas de su realidad y darle la oportunidad de expresarse, de describir sus miedos, sus heridas del pasado, las sombras que acosan su presente y sus ansias para el futuro.

    Así, la puesta en escena es de una calidez melancólica absorbente, que abraza al espectador y le invita a ser un personaje más, a querer a los protagonistas como si estuviese con ellos. Payne construye imágenes precisas que desprenden emoción por cada uno de sus fotogramas y que no necesitan primeros planos ni diálogos explícitos para dejar huella en la memoria de la mirada, sino, más bien, todo lo contrario: la contención estilística y las elipsis son dos de los pilares sobre las que se sustenta el acierto estético de la cinta. Los que se quedan, en fin, es un perfecto ejemplo de humanismo cinematográfico que nunca pierde el norte y es consciente en todo momento de que, pese a que todo el mundo sufre, unos lo tienen mucho más fácil que otros; y que subraya, como cantaba Leonard Cohen:«Everybody knows that the dice are loaded / Everybody rolls with their fingers crossed / Everybody knows the war is over / Everybody knows the good guys lost / Everybody knows the fight was fixed / The poor stay poor, the rich get rich / That's how it goes / Everybody knows». ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    enero 14, 2024

    Crítica | Los que se quedan

    por Rubén Téllez Brotons | enero 14, 2024

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