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    Crítica | Los que se quedan

    || Críticas | ★★★★☆
    Los que se quedan
    Alexander Payne
    Everybody knows


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: The Holdovers. Dirección: Alexander Payne. Guion: David Hemingson. Compañía: CAA Media Finance. Música: Mark Orton. Fotografía: Eigil Bryld. Reparto: Paul Giamatti, Da'Vine Joy Randolph, Dominic Sessa, Carrie Preston, Brady Hepner, Gillian Vigman, Michael Provost, Tate Donovan. Duración: 133 minutos.

    Existen muchas formas de criticar en el cine tanto a los ricos como al sistema profundamente injusto y desigual que los sostiene. Haneke, por ejemplo, disecciona en la mayoría de sus películas a una clase burguesa egoísta y ensimismada que vive protegida dentro de una burbuja metálica y opaca que les separa de los peligros exteriores al mismo tiempo que les evita los remordimientos. La estrategia del director austríaco es introducir en dicha burbuja un elemento punzante que la haga reventar desde dentro; o, dicho de otro modo, torturar física y mentalmente a los protagonistas, alterar la tranquilidad de su, en apariencia, limpia rutina para obligarles a mostrarse tal y como son, habiendo demostrado, en el proceso, cómo sus convenciones sociales, su elevado conocimiento y su elegante y parsimoniosa forma de hablar son, por un lado, formas de distinción social —Bourdieu—; y, por otro, una máscara pulcra que oculta sus estrategias sucias para conseguir, mantener y ejercer el poder. Un ejemplo paradigmático podría ser Caché: en ella, Haneke filmaba con una cámara clínica, objetiva, fría y distante a sus personajes, negándole al espectador la posibilidad de empatizar con ellos al presentarles en todo momento —desde la misma infancia— como seres calculadores y sin escrúpulos incapaces de reconocer el alcance del dolor que provocan sus acciones. Ruben Ostlund, por su parte, ha ido cambiando su forma de abordar las críticas a los privilegiados y poderosos a lo largo de su carrera. Empezó siguiendo el ejemplo de su admirado Haneke; o sea, distanciándose de la acción lo máximo posible y revistiendo sus imágenes de un aura gélida que potenciaba los niveles de incomodidad de la platea. La diferencia entre ambos directores radicaba en que el sueco no introducía ningún factor externo dentro del día a día de sus personajes, sino que los dejaba a su libre albedrío con la convicción de que no necesitaban nada ni a nadie para dejarse en evidencia, puesto que se bastaban y se servían por sí mismos. Así, con el paso del tiempo, Ostlund fue sembrando sutiles semillas de humor en sus imágenes que germinaron por completo en su última película, El triángulo de la tristeza, sátira brutal sobre los excesos y caprichos de los multimillonarios, en la que la carcajada ahogada en lujos, por momentos, llegaba a hacerle sombra al discurso crítico y en la que la mala baba y la hipérbole ebria de vino grotesco y absurdo parecían anunciar en determinadas secuencias los síntomas de un guion escrito a brocha gorda. La cinta, en resumen, era más divertida y malintencionada que las anteriores, pero también menos aguda.

    En Los que se quedan, Alexander Payne propone una nueva forma de dejar en evidencia las desigualdades del sistema: hacerlo desde una perspectiva humanista con respecto a los personajes que están en lo alto. La película cuenta la historia de Paul Hunham (Paul Giamatti), un profesor malhumorado a quien el director del internado para ricos en el que trabaja le obliga a permanecer en el centro durante la Navidad, cuidando de los chavales que no pueden volver a sus casas durante las vacaciones. A medida que vaya pasando el tiempo, la rigidez e intransigencia que guían sus acciones —y que le hacen a ver a sus alumnos como adolescentes imbéciles y excitados— irán desapareciendo, permitiéndole entablar una amistad con uno de los jóvenes a su cargo (Dominic Sessa), abandonado a conciencia por su madre, y con la jefa de cocina (Da´Vine Joy Randolph), cuyo hijo acaba de ser asesinado en la Guerra de Vietnam.

    La nueva película del director de Nebraska funciona con la precisión de un reloj suizo: sus engranajes estéticos están tan bien ensamblados y son tan conscientes de cuál es su función en la totalidad de la propuesta, que se acoplan los unos a los otros sin hacerse sombra en ningún momento, evitando que la tensión dramática decaiga, que las escenas mueran por superposición de elementos y, sobre todo, asegurándose de que el público empatice desde los primeros fotogramas con los personajes, por muy repulsivos que puedan parecer en un inicio. Porque la idea de Payne es en todo momento dejar a la vista el funcionamiento de un capitalismo que a base de repetir la palabra meritocracia hasta el agotamiento la ha convertido en su mantra, convenciendo a mucha gente de que a base de trabajo duro y esfuerzo pueden llegar a ser los nuevos Elon Musk y ocultando, al mismo tiempo, que nadie parte desde la misma línea de salida y que, por tanto, hay unos que tienen muchas más posibilidades —o todas— de llegar a su meta, mientras que otros, siendo realistas, no es que tengan menos, es que no tienen casi ninguna. Y precisamente de eso trata Los que se quedan, de los chavales de familias bien que desde que nacen tienen el futuro solucionado, que no necesitan estudiar porque sus padres son los principales inversores de unos colegios privados en los que les aprueban pese a tener la mochila cargada de suspensos, para que luego puedan ir a las universidades más prestigiosas y colocarse en los consejos de las empresas familiares. Que la propia narración se inicie porque el protagonista se empeña en no regalarle el aprobado a un alumno cuyo padre es uno de los principales «donantes» del instituto, impidiéndole así entrar en la facultad, no es sino una declaración de intenciones por parte del director.

    La genialidad de la propuesta consiste en emplear la estructura de una película navideña para toda la familia como Caballo de Troya para esconder en su interior una autopsia amarga, por realista, del sistema que impera en el mundo. David Hemingson, el guionista de la cinta, reconfigura los códigos del cuento navideño extirpándole los tendones melodramáticos y tramposos; construyendo el humor desde una mirada limpia de prejuicios que, lejos de cincelar la sonrisa del espectador a costa de ridiculizar a los personajes —como el último Ostlund—, busca en todo momento mostrar su rostro más amable; rompiendo con la mayoría de los estereotipos que caracterizan este tipo de películas. Pese a todo, el punto de partida —dos personajes completamente dispares que se detestan se ven obligados a pasar un breve período de tiempo juntos que les servirá para romper sus prejuicios, conocerse mejor y terminar entablando una amistad profunda— es el que es, y, por tanto, está claro cuál va a ser el final de la cinta. Lo que no está claro es lo que va a pasar en medio, y ese es otro de los grandes aciertos del guionista: diseñar un entramado dramático ascendente que sorprende sin valerse de efectismos. Otro de los aciertos, ya se ha dicho, es el de mantener siempre en primer, segundo o tercer término de la imagen a los personajes de abajo, para contextualizar las escenas y remarcar que, al final del día, los estudiantes son unos privilegiados.

    Y es que Payne quiere dejar constancia en cada secuencia de las desigualdades del sistema, de que a unos les envían a la guerra mientras que otros la ven retransmitida por televisión; de que unos tienen que limpiar o arreglar lo que los otros se divierten ensuciando o rompiendo; de que mientras que unos cocinan, friegan y hacen las camas con toda la dignidad del mundo, otros hacen pellas y derrochan todo lo que pueden; y, en definitiva, de que mientras unos —el profesor Hunham y la jefa de cocina— se dejan la espalda trabajando para poder vivir con unas condiciones dignas, otros —los alumnos— no tienen que mover un dedo para llevar una existencia opulenta. A pesar de todo, el director se niega a observar a sus personajes desde la perspectiva inclemente de Haneke y, como el humanista que es, adentra su cámara en la vida de cada personaje —incluido el personaje de Dominic Sessa— para entenderle mejor, para mostrar todas las aristas de su realidad y darle la oportunidad de expresarse, de describir sus miedos, sus heridas del pasado, las sombras que acosan su presente y sus ansias para el futuro.

    Así, la puesta en escena es de una calidez melancólica absorbente, que abraza al espectador y le invita a ser un personaje más, a querer a los protagonistas como si estuviese con ellos. Payne construye imágenes precisas que desprenden emoción por cada uno de sus fotogramas y que no necesitan primeros planos ni diálogos explícitos para dejar huella en la memoria de la mirada, sino, más bien, todo lo contrario: la contención estilística y las elipsis son dos de los pilares sobre las que se sustenta el acierto estético de la cinta. Los que se quedan, en fin, es un perfecto ejemplo de humanismo cinematográfico que nunca pierde el norte y es consciente en todo momento de que, pese a que todo el mundo sufre, unos lo tienen mucho más fácil que otros; y que subraya, como cantaba Leonard Cohen:«Everybody knows that the dice are loaded / Everybody rolls with their fingers crossed / Everybody knows the war is over / Everybody knows the good guys lost / Everybody knows the fight was fixed / The poor stay poor, the rich get rich / That's how it goes / Everybody knows». ♦


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