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    Crítica | Yo, capitán

    || Críticas | ★★★☆☆
    Yo, capitán
    Matteo Garrone
    Los nuevos héroes de nuestro tiempo


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Italia, Bélgica y Francia, 2023. Presentación: Festival de Venecia 2023. Título original: Io Capitano. Dirección: Matteo Garrone. Guion: Matteo Garrone, Massimo Ceccherini, Massimo Gaudioso y Andrea Tagliaferri. Producción: Achimede / Rai Cinema / Tarantula / Pathé. Fotografía: Paolo Carnera. Montaje: Marco Spoletini. Música: Andrea Farri. Diseño de producción: Dimitri Capuani. Vestuario: Stefano Ciammitti. Reparto: Seydou Sarr, Moustapha Fall, Issaka Sawadogo, Hichem Yacoubi, Doodou Sagna, Ndeye Khady Sy, Venus Gueye, Oumar Diaw, Joe Lassana, Mamadou Sani, Bamar Kane. Duración: 121 minutos.

    El mar Mediterráneo y el mar Rojo no pueden confundirse, pues están separados por el canal de Suez, pero el primero cada vez se asemeja más al segundo por la sangre derramada en sus aguas al morir en ellas miles de inmigrantes. Cada año la ruta que une el norte del continente africano con el sur de Europa es transitada por jóvenes y mayores, hombres y mujeres, provenientes de Senegal, Congo, Camerún, Nigeria u otros países subsaharianos donde la pobreza, el hambre y la inseguridad se hacen insostenibles. Estas condiciones de precariedad les obligan a emigrar, buscando una vida mejor, dejando atrás su hogar y sus familias y adentrándose en un terreno desconocido, por mucho que la globalización difunda imágenes de un supuesto paraíso a su alcance en el viejo continente. Lo cierto es que muchos no alcanzan esta meta y la mayoría de los que lo hacen ven truncados sus sueños, sumidos en una nueva precariedad a la que se une la marginación. Es una tragedia humana que nos afecta a todos, de la que los ciudadanos y mandatarios europeos también se hacen responsables. El trabajo de las ONGs o el pacto migratorio, las ayudas sociales o el control de fronteras, pretenden dar respuesta a esta situación tan compleja y terrible, pero siempre son insuficientes ante las dimensiones que alcanza, sobre todo porque detrás de estos números, de las cifras de los naufragados, de los expulsados y de los acogidos, hay individuos con una historia única detrás, seres humanos que requieren una atención específica.

    Yo capitán se inspira en estos testimonios reales para centrarse en una historia análoga, ciñendo así el foco para evitar que un drama de estas características se quede en un recuento coral o generalizado. Cuenta la historia de Seydou, un joven senegalés que parte de Dakar con su primo, con el dinero que han ahorrado a escondidas, sin el consentimiento de sus padres y apenas un esbozo de planificación sobre las etapas que tendrán que superar (con énfasis en el recorrido por el desierto del Sáhara y la estancia en Trípoli antes de embarcar rumbo a Italia). Es cierto que su ciudad de origen es una capital, más desarrollada que otras localizaciones de las que provienen otros inmigrantes africanos, y, aunque Seydou no vive en un ambiente por así decir acomodado, al menos sus necesidades básicas están cubiertas. De hecho, en esa primera parte Garrone no se recrea en una sordidez en gran medida ajena a lo que se retrata, sino que la estética es desde un comienzo luminosa y la sucesión de acciones está marcada por una ligera benevolencia, sin aristas ni grandes conflictos. La primera escena de tensión llega en un marco íntimo e independiente de lo que pueda rodear a Seydou y su madre (por lo que podría suceder en cualquier otro sitio), cuando este se atreve a mencionarle en su casa la posibilidad de su partida, antes de desmentirse ante la reacción desolada de ella. Por lo demás esta familia está compenetrada y el joven protagonista no tiene problemas con nadie, al menos no que tengan hueco en la sintética estructura del libreto. En suma, el motivo del viaje que emprenden está en su destino más que en su origen, pues los dos adolescentes sueñan con una fama y un reconocimiento que no tienen en Dakar, pero que se antojan ilusorios.

    Su optimismo distanciado de la realidad se contagia también en el tratamiento dramático de una cinta que, incluso después de ese comienzo, en las primeras etapas del viaje, obvia o pasa por encima de los momentos más crueles (algo derivado igualmente de lo mucho que abarca, con muchas elipsis) e incluso introduce algún inesperado paréntesis poético, metafórico, imaginado por Seydou (acorde con esa suerte de realismo mágico típico de otras películas del cineasta italiano). Sin embargo, esto nos muestra precisamente lo que él imagina para ignorar lo que realmente pueda pasar, por la dureza e incomprensión de los hechos, hasta que llega un punto en que su crueldad se impone, sin escapatoria posible. El tono de esta película evoluciona así un tanto, desde algo parecido a la pura aventura (hasta la banda sonora tiene algo de thriller trepidante) para volverse inevitablemente más duro, aunque salvo en contadas escenas (dos episodios en el desierto, el arresto en una cárcel en Libia, quizá algún momento de la última parte en el barco) no tiene intención de acentuar la tragedia inherente a la narración con una violencia explícita en pantalla, pues esa narración se prestaría fácilmente a lo que se conoce en el cine como misery porn. Ya en la propia naturaleza de la historia que se nos cuenta, bastante fiel a la situación antes descrita, subyace la desdicha de quienes la protagonizan, sin que haga falta recalcarla. Y, más allá de ese contexto, importa también la naturaleza del sujeto: en este caso Seydou (memorable interpretación la de su primerizo actor homónimo) es alguien que, pese a sus lógicos temores y dudas, mantiene una visión ingenua, casi idealista de los acontecimientos, ayudado asimismo por algo de buena suerte (en especial su encuentro con un amable constructor) que compensa la desgracia de otros momentos sufridos. Yo capitán es entonces coherente con esta visión, tanto en el fondo como en la forma, en otras palabras, tanto en lo que muestra como en cómo lo hace, aunque quizá sobran esos dos o tres excursos líricos a los que antes nos referíamos, por quebrar ese estilo uniforme. También es quizá excesivo, por muy elegante y justificado que parezca, el uso de encadenados, acordes eso sí al frecuente y suave discurrir de la acción y sus transiciones. En cualquier caso, estos son detalles menores que no empañan el logro de un filme ambicioso y oportuno, y la única crítica más relevante es que su propia estructura, episódica, amplia y de gran alcance, cercena en parte el desarrollo personal e íntimo del personaje, convertido sobre todo en representante de una figura y de un mensaje que merecen, eso sí, toda nuestra atención. ♦


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