Alteridad a máximo volumen
Cineclub by BenQ: «Velvet Goldmine», de Todd Haynes.
Estados Unidos, 1998. 123 minutos. Título original: Velvet Goldmine. Director: Todd Haynes. Guion: Todd Haynes, basado en una idea original de James Lyons. Fotografía: Maryse Alberti. Música: Carter Burwell y Craig Wedren. Productores: Christopher Ball, Scott Meek, Sandy Stern, Michael Stipe, Bob Weinstein y Harvey Weinstein. Diseño de producción: Christopher Hobbs. Dirección artística: Andrew Munro. Edición: James Lyons. Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Ewan McGregor, Toni Collette, Christian Bale, Stephen Graham, Emily Woof, Michael Feast, Mairead McKinley, Osheen Jones, Micko, Danny Nutt, Wash Westmoreland, Don Fellows, Ganiat Kasumu, Ray Shell, Alastair Cummings, Jim Whelan, Tim Hans, Ryan Pope, Lindsay Kemp, Carlos Miranda, Emma Handy.
Todd Haynes inició su trayectoria vinculado a círculos minoritarios del cine independiente norteamericano, especialmente al conocido como «New Queer Cinema». Dicha corriente nació como respuesta a la visión paternalista y edulcorada del
mainstream hollywoodiano sobre la homosexualidad, una tendencia que se produjo en el cine comercial entre finales de los 80 y principio de los 90 con la loable intención de «normalizar» a las personas de esta inclinación sexual para que la mayoría biempensante empatizara con la tragedia padecida por ellas por culpa del SIDA. Frente a ello, autores como Gus Van Sant, Gregg Araki o Derek Jarman pretendieron proporcionar una imagen integral, y repleta de claroscuros, del colectivo LGBT, donde la provocación y el afán artístico apuntalaban la hondura y complejidad de esa perspectiva. Pese a moverse, por tanto, en ámbitos creativos
underground, el realizador californiano pronto adquirió reconocimiento de la crítica, merced a un talento desbordado y a una coherencia y una personalidad inusuales, hasta el punto de tratarse hoy de uno de los cineastas estadounidenses en activo de mayor prestigio. Además de una lucidez autoral con la que sabe equilibrar perfectamente lo popular con lo artístico, o séase, la transmisión de un mensaje con el espectáculo, entre las muchísimas virtudes que acumula su carrera se cuentan la valentía y la ambición con las que afronta cada uno de sus nuevos proyectos. O dicho de otro modo: aunque en sus películas existan una serie de recurrencias visuales y temáticas que permiten identificarlas como partes integrantes de un mismo corpus creativo (v. gr. sensualismo formal, protagonismo de los marginados, humor negro e ironía, crítica social, falsedad de lo aparencial…), al mismo tiempo es patente la voluntad del autor por rehuir el adocenamiento. Por ello, y por el hecho de que muchas de sus obras se inspiren abierta o veladamente en filmes clásicos –como la miniserie
Mildred Pierce (2011) o la analepsis que de una manera tan similar a
Breve encuentro (1945) de David Lean abre y cierra
Carol (2015)–, a Haynes es fácil atribuirle la etiqueta de «posmoderno». Sin embargo, la metarreferencialidad y el homenaje que aparecen en muchas de sus creaciones no son meras afectaciones de estilo fruto de las modas estéticas de su contexto, sino que las emplea con un doble propósito creativo: de un lado, expresar una concepción del arte como elemento de revelación, vinculada al concepto de bricoleur (bricolaje) de Lévi-Strauss, esto es, «elaborar conjuntos estructurados, no directamente con otros conjuntos estructurados, sino utilizando residuos y restos de acontecimientos […], sobras y trozos, testimonios fósiles de la historia de un individuo o de una sociedad». En este sentido, la influencia del antropólogo francés en los modernos estudios semióticos –disciplina en la que se especializó Haynes– incide en la existencia de ciertas constantes simbólicas en los desarrollos culturales de las distintas civilizaciones y en sus procesos de creación mitológico-artística:
«La imagen puede no ser una idea, pero puede desempeñar el papel de signo, o más exactamente cohabitar con la idea en un signo […]. Por su parte, el pensamiento mítico no es solamente prisionero de acontecimientos y de experiencias que dispone y redispone incansablemente para descubrirles un sentido; es también liberador, por la protesta que eleva contra el no-sentido, con el cual la ciencia se había resignado, al principio, a transigir. […] Las consideraciones anteriores […] han rozado el problema del arte, y quizás podríamos indicar brevemente cómo, en esta perspectiva, el arte se inserta, a mitad de camino, entre el conocimiento científico y el pensamiento mítico o mágico; pues todo el mundo sabe que el artista, a la vez, tiene algo del sabio y del bricoleur: con medios artesanales, confecciona un objeto material que es al mismo tiempo objeto de conocimiento».
Junto a ello, Haynes pretende plasmar una determinada visión de la vida, la de su generación, en la que la experiencia cultural y la artística se encuentran prácticamente al mismo nivel que las vivencias personales. No es casualidad, por tanto, que en su filmografía abunden las obras de época, o que guste por la exacerbación y/o subversión –a veces sutiles y otras, muy explícitas– de los elementos característicos de los géneros fílmicos: el melodrama en
Lejos del cielo (2002), el relato de iniciación en
Wonderstruck (2017), etc. En este sentido,
Velvet Goldmine (1998) es la respuesta de Haynes al musical, lo que explica que, en vez de que los personajes se pongan a bailar y/o cantar inesperadamente en medio de la secuencia narrativa, haya actuaciones pregrabadas o en directo, se escuche música mediante diferentes canales (radio, tiendas de discos, jukebox…), la acción se ambiente varias veces en discotecas y en conciertos y aparezcan fragmentos de supuestos videoclips. La cinta, empero, va más allá de ser una actualización «realista» del género, entre otras razones porque, de hecho, se instala desde el arranque de su metraje en un universo de fantasía. En puridad, lo que hace que
Velvet Goldmine devenga una de las propuestas fílmicas más radicalmente originales y atípicas nunca rodadas –no en balde premiada a la Mejor Contribución Artística en Cannes– es su condición de estudiada oda a todo un movimiento de la música popular, el
glam rock, cuyo efímero desarrollo temporal y espacial (apenas un lustro en el Reino Unido) no es óbice para que haya dejado sentir su influencia en toda la música pop anglófona –y, por extensión, occidental– posterior. Y si bien no es esta la tribuna en la que desmenuzar las claves de dicha corriente musical, a efectos prácticos, baste con señalar para lo que nos interesa que, coherentemente, Haynes apuesta por traducir los elementos constituyentes de la misma en el ámbito cinematográfico. De ahí la fastuosidad de cada uno de sus planos, de un exquisito y elegante barroquismo, merced a la exuberancia de todas sus instancias discursivas: desde el vestuario de Sandy Powell (que fue nominada al Óscar por su trabajo) hasta su puesta en escena, pasando por la fotografía, la banda sonora, las interpretaciones, el montaje… Incluso los títulos de crédito de abertura y de cierre, a cargo de Marlene McCarty (Bureau), son un alarde de opulencia y fantasía visuales que por momentos logran distraer de su función informativa.