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    Miguel Gomes
    Miguel Gomes
    || Críticas | Cannes 2024 | ★★★★★
    Grand Tour
    Miguel Gomes
    El ángel de la historia


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes |

    ficha técnica:
    Portugal, 2024. Título original: Grand Tour. Duración: 129 min. Dirección: Miguel Gomes. Guion: Telmo Churro, Maureen Fazendeiro, Miguel Gomes, Mariana Ricardo. Fotografía: Gui Liang, Sayombhu Mukdeeprom, Rui Poças. Compañías: Coproducción Portugal-Italia-Francia; Uma Pedra no Sapato, Vivo Film, Shellac Films, Cinémadefacto, The Match Factory. Reparto: Crista Alfaiate, Goncalo Waddington, Jani Zhao, Joao Pérez Vaz, Teresa Madruga.

    Los viajes, en la actualidad, están mecánicamente programados para ofrecerle al turista una ilusión de realidad, un holograma prefabricado en el que todo queda reducido a un mero y estéril producto de consumo. Hoteles y resorts de lujo, cruceros descomunales, gentrificación, rutas perfectamente milimetradas para ocultar las desgracias del lugar visitado y mostrar su lado más estético y preciosista —si lo tiene, si no, también se puede hacer un recorrido por la pobreza y miseria de la gente—, trabajadores explotados sosteniendo toda la industria, flashes de cámara conformando una cacofonía de ruido que copa los monumentos icónicos, hordas de turistas sedientos de fotos que publicar en las redes sociales, balconing, calles llenas de basura y vómito; todo forma parte de una intrincada maraña de suciedad y frenesí.

    Pues bien, en Grand Tour, Miguel Gomes se planta delante de una pantalla devenida en tabula rasa para pensar sobre el propio concepto de viaje, para escarbar entre los escombros sobre los que se levanta y remover las castigadas texturas y sonidos que se ocultan bajo su superficie: la sangre, los idiomas cercenados y moldeadas por otros idiomas, los silencios implantados y sus signos absorbidos por la omnívora bestia del consumo; todo ello convenientemente enterrado por el paso del tiempo. El autor de Las mil y una noches parte de la certeza del estado de la actualidad y, desde ahí, inicia una excavación entre los materiales fílmicos e históricos que, previo proceso de sedimentación y solapamiento, le han dado cuerpo a la imagen petrificada, momificada del viaje contemporáneo. El cineasta arroja cualquier idea preestablecida fuera de los límites del espacio de investigación; un espacio que es, al mismo tiempo, escenario teatral de evidente carácter ficticio y yacimiento arqueológico en el que buscar el sentido histórico de la propia acción de viajar.

    La asincronía entre la imagen y el sonido en la primera secuencia de la película supone una negación de las formas narrativas clásicas con cuyos retales Gomes va a construir el propio camino de su indagación: a través de una operación deconstructiva, el director encuentra en una macedonia de relatos pretéritos que encerraban la realidad dentro del estereotipo los materiales con los que tejer el poliédrico tapiz de impresiones y estallidos materiales que es Grand Tour. El plano general y estático en el que Gomes filma una pequeña noria sin motor que unos jóvenes impulsan de forma manual no viene acompañado de un trabajo realista con el sonido: lo único que se escucha son los suaves crujidos que producen las piezas de la atracción a medida que va girando sobre sí misma; sin sonido de fondo, sin voces, sin susurros, sin risas ni gritos ni pasos. El movimiento de la estructura y la diversión que sienten quienes se suben en ella coagulan en la encendida vivacidad de un murmullo monótono que configura una nueva dimensión del placer sensorial al trenzar la fisicidad de un gesto, su repetición indefinida y la pausa que precisa para ser realizado dentro del propio sonido en el que desembocan todos los esfuerzos de la persona que lo lleva a cabo. En la materialidad que transmite el sonido del movimiento constante, pero heterogéneo de la noria —los chicos que la accionan lo hacen a medida que realizan vistosas y cambiantes acrobacias— bulle con total fogosidad un impulso lúdico íntimamente ligado a la realización tanto de una actividad genérica como a la que Gomes retrata en ese momento en particular.

    A medida que el protagonista va avanzando en su viaje hacia la incertidumbre, los idiomas, las formas de trabajo, los gestos, los movimientos, las gastronomías, las prendas de ropa, las velocidades, las casas, los ritos culturales y, en fin, los modos de vida de los países que atraviesa van cambiando, pero la forma en la que el cineasta los filma sigue siempre el esbozo presentado en la secuencia de apertura. La cámara permanece alejada del sujeto, pero no demasiado; la distancia que mantiene con él le permite capturar con precisión tanto sus acciones como el espacio que las condiciona y, en parte, las define: el modo en que un leñador recoge, transporta y manipula unos troncos de bambú está influenciado por cada matiz de la geografía espacial dentro de la que se mueve; y eso es lo que registra de forma magistral Gomes: la cristalización de una de las posibles fluctuaciones que puede tomar un movimiento que está escribiendo su relación con el entorno. El recurrente uso de planos generales en los que se suele colar un elemento inesperado que permanece —a veces enfocado, a veces desenfocado— en el primer término de la imagen sintomatiza los deseos de improvisación, espontaneidad y aventura que mueven al cineasta, quien deja un espacio vacío en el encuadre para que lo pueda llenar alguna presencia humana, animal, natural o arquitectónica proveniente del magma vital que fotografía. Lo mismo sucede con su puntualizada utilización de la cámara en mano; el contraste entre los movimientos imprecisos que definen esta técnica y el estatismo de la habitual composición fija explícita el inconformismo de un director que se niega a ordenar siempre los elementos que conforman la imagen y que prefiere, en determinados momentos, atrapar un acontecimiento inesperado a vuela pluma, a través de una bocanada impresionista.

    Hay, en ese sentido, un retrato eminentemente materialista de los diferentes países y pueblos que conformaban la Asia de principios del siglo XX, que anula cualquier atisbo de melancolía —huevo de la serpiente de la xenofobia y el reaccionarismo— que pudiese germinar en la película. Lo que Gomes plasma sobre la pantalla son formas concretas y diferentes de ser y de vivir, que carecen de carcasa metafísica que las convierta en monolitos cerrados, excluyentes e inalterables que deban imponerse; heterogéneas expresiones culturales que intentan sobrevivir bajo el yugo del colonialismo. Es en esta cara del prisma que es Grand Tour donde el trabajo que hace el director con los materiales narrativos de épocas pasadas —principalmente, las screwball comedy de los años treinta, y las películas de aventuras de los cuarenta y cincuenta; todas producidas bajo el luminoso paraguas de Hollywood— adquiere mayor resonancia. El formalismo que caracteriza las secuencias en blanco y negro se ve revestido por una pátina de ironía que deshace la linealidad del relato, su lógico avance ininterrumpido y, con él, la historia de un funcionario de la corona inglesa afincado en Birmania que, movido por el impulso de escapar de su prometida, decide atravesar todo el continente. Irónicos son los planos protagonizados por Gonçalo Waddington, como irónico es el momento en el que su personaje, poseído por un arrebato cuyas raíces los espectadores nunca llegarán a conocer, decide dejarlo todo y subirse en un tren que no tardará en descarrilar. La ausencia de cualquier gesto fílmico —un plano cerrado de su rostro, un leve movimiento de cámara, un corte de montaje— que enfatice la trascendencia del momento desgarra las cuerdas dramáticas de la cinta de forma irreparable.

    «La contextualización de las imágenes que lleva a cabo Miguel Gomes, su definición de la lucha por el relato como precisamente eso, lucha por el relato, desemboca de forma ineludible en la denominación de las escenas protagonizadas por los amantes dados a la fuga no sólo como impulsos de un relato ficticio, como piezas de una estructura evidentemente narrativa, —ahí está ese teléfono móvil que, al sonar durante un fragmento situado en el siglo XX, abre la primera grieta en la cuarta pared de la película—, sino como secuencias de una historia falseada por los vencedores, por los colonialistas».


    Los protagonistas, prometido y prometida, perseguido y perseguidora, se convierten así en estorbos, en interferencias externas que aprietan las imágenes en su esfuerzo por apropiarse de un metraje que no les pertenece. Los fragmentos documentales de Grand Tour, filmados en color y en espacios reales, entablan una lucha por la legitimidad del relato con los fragmentos ficticios, rodados, ya se ha dicho, en blanco y negro y en estudio. Los devenires amorosos y metafísicos del funcionario y su prometida se entrometen en el discurrir del flujo de imágenes y sonidos atrapados en la inminencia de la actualidad, mientras ellos intentan apropiarse de las culturas de los diferentes lugares que van cruzando —Birmania, Tailandia, China, Japón, Filipinas, Myanmar—, subordinarlas al humo de sus dudas existenciales, utilizarlas como atrezzo de un monólogo que tiene por argumento el cuestionamiento de sus propios deseos. Los mismos géneros en los que se circunscriben dichos fragmentos ficticios terminan desvelándose pura cristalización de una imagen preconcebida de la realidad, y no imagen de la realidad atrapada a vuela pluma. Ni las screwball comedies proyectaban el cuadro de las relaciones sentimentales reales que en aquellos años treinta se daban en los Estados Unidos, ni las películas de aventuras de los cincuenta eran crónicas de las heroicidades de épicos viajeros; todo lo contrario: si por algo se definía el cine de aquel Hollywood —y quien esto escribe es consciente de la brocha gorda que aplica con la siguiente afirmación— era por su carácter eminentemente representativo, por ser la puesta en escena cinematográfica de una puesta en escena social: libreto sobre libreto; máscara sobre máscara; cámara situada dentro de un escenario que oculta la verdadera vida, la verdadera historia, en el silencio de su tramoya.

    La contextualización de las imágenes que lleva a cabo Miguel Gomes, su definición de la lucha por el relato como precisamente eso, lucha por el relato, desemboca de forma ineludible en la denominación de las escenas protagonizadas por los amantes dados a la fuga no sólo como impulsos de un relato ficticio, como piezas de una estructura evidentemente narrativa, —ahí está ese teléfono móvil que, al sonar durante un fragmento situado en el siglo XX, abre la primera grieta en la cuarta pared de la película—, sino como secuencias de una historia falseada por los vencedores, por los colonialistas. Los efectos de dicho colonialismo se aprecian no sólo en la pugna que mantienen las diferentes imágenes que conforman Grand Tour, en ese conflicto exterior que sucede detrás de la pantalla, sino también dentro de cada plano. Ahí está el funcionario cantando una canción en inglés al lado de un nativo —absorbido por las sombras de la noche selvática— cuyo idioma, cuyas músicas y cuyos bailes han sido —y, en el tiempo histórico en el que se desarrolla esa escena, están siendo— sepultados por el idioma de los colonos y sus distintas músicas y bailes; ahí está el largo plano en el que Gomes aúna las miradas escépticas que tres mujeres, también nativas, arrojan sobre el protagonista, cuya buena disposición para con ellas no se debe sino a la fragilidad de la situación en la que se encuentra (está perdido, cansado, no tiene dinero ni ropa ni un lugar al que ir).

    En la primera parte de la película, el cineasta le niega a su personaje principal la posibilidad de aparecer en el encuadre durante su estancia en los países colonizados; de hecho, las secuencias en las que está físicamente en pantalla se desarrollan en espacios de tránsito —trenes, bosques que cruza para ir de un punto a otro, barcos— o en lugares cerrados, de atmósfera cargada, en los que comparte comida y bebida con otros compañeros británicos. La voz en off del burócrata ofrece una descripción sesgada y deformada de las formas de vida de los lugares a los que llega casi por casualidad, pero, de nuevo, el director desliga imagen y sonido y acompaña la —poco fiable— narración oral con una serie de imágenes documentales en las que quedan registrados los movimientos superficiales de dichos lugares en la actualidad. Sólo cuando el off ha desaparecido, Gomes inserta una larga tirada de planos en los que captura, haciendo pie en el esbozo formal descrito al inicio del texto, los paisajes, oficios, expresiones culturales —las secuencias con las marionetas y las del teatro de sombras son brillantes—, divertimentos y comidas de los oprimidos. Sin embargo, esas secuencias están filmadas en blanco y negro; es decir, las imágenes que las componen no son instantes reales y vivos pescados del arroyo de la realidad, sino realistas representaciones de unas existencias olvidadas, efímeros fulgores en los que se intentan recuperar una parte de las voces y sonidos devorados por el colonialismo. Es desde ahí, desde el hueco que se abre entre las imágenes reconstruidas y las imágenes perdidas, desde donde el director construye el sentido completo de las escenas documentales.

    «Miguel Gomes sigue al pie de la letra aquello que decía Walter Benjamín en sus Tesis de la filosofía de la Historia y “se adueña de un recuerdo tal y como relumbra en un instante de peligro”, puesto que “fija una imagen del pasado tal y como se le presenta al sujeto histórico en el instante de peligro”. Y es que “donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos”, Gomes, cual ángel de la historia, “ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies”. Grand Tour está construida con los materiales que el director encuentra entre esas ruinas».


    Las secuencias contemporáneas, las que se alejan de la maya de la ficción, no encierran más que el eco de las historias que Gomes no consigue, pese a su monumental esfuerzo, rescatar, convertido en superficial exotismo al servicio de los turistas. Las marcas del colonialismo en Asia son evidentes: la velocidad interna de los planos filmados en color, el ritmo al que se mueven las personas que los pueblan, es frenética, no tiene nada que ver con la pausa que caracterizaba las secuencias reconstruidas del siglo pasado. La manera de desplazarse y relacionarse, de trabajar, de preparar la comida, de charlar; todo está atravesado por las violencias del pasado, pero también por el brillo artificial de un presente en el que las ciudades y sus habitantes siguen subordinadas al capricho de los deseos de los turistas. Si el burócrata protagonista objetivaba, a través de su forma de mirar, las expresiones culturales que latían pese al yugo de la opresión, los turistas del siglo XXI hacen lo propio con los resquicios de dichas expresiones, con esos fulgores congelados en el escaparate del ensayo perpetuo que es la vida. Las formas de viajar contemporáneas: nuevos modos de dominación; o una mera continuación de los originales, si se tiene en cuenta la expropiación de los recursos naturales que los países occidentales siguen llevando a cabo en los que fueron colonizados.

    Ciertos críticos han dicho que Grand Tour es una obra vitalista. La afirmación es, en parte, cierta: el carácter lúdico de sus imágenes es innegable, pero surge de la propia vivacidad material de las acciones que Gomes reconstruye, no de la forma de mirar del cineasta. Su indagación en el concepto de viaje convierte la película en un cuerpo desesperado —pese a su rechazo de las atmósferas dramáticas—: el presente es una continuación de las violencias del pasado; el colonialismo muta en neocolonialismo, y el grand tour que realizaban en el siglo XX los acaudalados burócratas es en la actualidad una experiencia envasada al vacío que consumen los pudientes que pueden pagarla. No es casualidad que todas las imágenes documentales de la película sean impresiones exteriores, retratos de calles, carreteras, vehículos: no hay primeros planos de los transeúntes, de los habitantes que se mueven por esos lugares, del interior de los edificios: la cámara resbala por la superficie de los espacios, no llega a penetrar en ellos, a detenerse en sitios concretos que le permitan conocer los acontecimientos que han escrito la historia de las ciudades por las que se mueve. Como ya se ha mencionado, sin las imágenes reconstruidas —los cuadros de costumbre— y las deconstruidas —el relato de los amantes—, esos planos en color carecerían de sentido, puesto que no habría forma de conocer el pasado que los define. Se podría decir que dichos fragmentos no son más que una proyección de la mirada del turista occidental que viaja a Asia buscando experiencias alejadas del frenesí de su rutina.

    De ese callejón sin salida al que llega Gomes, de ese paraje yermo al que le conduce su investigación, surge la agonía que organiza las imágenes. Sin capacidad para ofrecer un final concreto ni un clímax dramático, el director disuelve los relatos de forma brusca, evidencia el carácter teatral del espacio de indagación —la Historia— y encuentra entre sus escombros una suerte de imágenes que, si bien es cierto que no recuperan en su más estricta concreción los relatos de los oprimidos, contienen su rabia y la legitimidad que les fue arrebatada. En Grand Tour, Miguel Gomes sigue al pie de la letra aquello que decía Walter Benjamín en sus Tesis de la filosofía de la Historia y “se adueña de un recuerdo tal y como relumbra en un instante de peligro”, puesto que “fija una imagen del pasado tal y como se le presenta al sujeto histórico en el instante de peligro”. Y es que “donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos”, Gomes, cual ángel de la historia, “ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies”. Grand Tour está construida con los materiales que el director encuentra entre esas ruinas. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    marzo 07, 2025

    Crítica | Grand Tour

    por Rubén Téllez Brotons | marzo 07, 2025
    || Críticas | Mubi | ★★★★☆ |
    Diarios de Otsoga
    Maureen Fazendeiro y Miguel Gomes
    Cuento de verano


    Júlia Gaitano Mendizábal
    Barcelona |

    ficha técnica:
    España, 2021. Título original: «Diários de Otsoga». Dirección: Maureen Fazendeiro, Miguel Gomes. Guion: Maureen Fazendeiro, Miguel Gomes, Mariana Ricardo. Producción: O Som e a Fúria, Uma Pedra no Sapato. Fotografía: Mário Castanheira. Montaje: Pedro Filipe Marques. Música: Reparto: Crista Alfaiate, Carloto Cotta, João Monteiro. Duración: 102 minutos.

    Con el contagioso ritmo de The Night (clásico tema de Frankie Valli & The Four Seasons), Diarios de Otsoga abre su telón. Las tres figuras protagonistas del filme se mueven, bailan, saltan extáticas al son de la música, mientras se dejan iluminar por unas luces de colores, videocliperas. Con este inicio, más que ante una película, parece que estemos ante una fiesta. El filme de Maureen Fazendeiro y Miguel Gomes es muchas cosas, pero quizás la primera y más importante sea esa: una celebración. De la vida, del verano, del cine y del amor por todas esas cosas. Diarios de Otsoga marca la primera ocasión en la que la pareja de cineastas (también pareja en la vida real) realizan un proyecto mano a mano. El pequeño misterio que se esconde en su título no tardará en desvelarse. Tras una cartela inicial que esclarece que la película comienza en el «DÍA 22», y la secuencia musical que la sigue, se presenta el «DÍA 21», y así sucesivamente. Como ya anunciaba ocurrentemente ese mes titular (Otsoga = Agosto), y siguiendo con la idea de que en verano la temporalidad se siente alterada, el filme avanza retrocediendo. Se podría decir que este es solamente uno de los varios guiños que los directores comparten con personajes y espectadores por igual.

    «Dos chicos y una chica. (...) Están por la casa, sin hacer nada, es agosto y nunca salen, siempre están allí». Lo que podría parecer un intento de sinopsis un poco perezosa de Diarios de Otsoga es, en realidad, un resumen apañado y sucinto de una historia de Cesare Pavese, con la que el proyecto que tienen entre manos Fazendeiro y Gomes compartiría algunas similitudes. Maureen la saca a colación en una conversación que tiene en pantalla con su pareja-codirector que, como el resto del equipo que suele quedar tras las cámaras, también quedan incluidos en este diario de rodaje veraniego. Así avanza la película, entre juegos, abstracciones y tiempos muertos. Las tres figuras principales, (¿quizás esos chicos del relato de Pavese?) son encarnados por João Monteiro, Carloto Cotta y Crista Alfaiate, que mantienen sus nombres de pila, entregándose generosamente al divertimento metacinematográfico de los cineastas. En medio de significativos estallidos de vitalidad, con toques de romance fugaz y drama superfluo, Gomes y Fazendeiro construyen, sin prisa pero sin pausa, una historia de confinamiento. Sin embargo, lo que más destaca de ella es que en ningún momento adquiere tono grave. Se escapa constantemente de la sensación de querer hablar de un «gran tema». La situación excepcional que se vivió durante los primeros meses de pandemia sirven para enmarcar a los personajes dentro de un contexto concreto, y condicionar en ciertos aspectos la narración. Más allá de eso, Diarios de Otsoga se zafa de grandes significaciones, manteniéndose en todo momento dentro de una burbuja de intrascendencia absolutamente deliciosa y, añado, muy necesaria en estos tiempos.

    En el inicio (sí, ese que es, en realidad, el final) su planteamiento recuerda al de una película de cámara que se va definiendo en un escenario más bien abstracto. Los cuerpos de Crista, Carloto y João, perezosos y distraídos, llenan una casa vacía, aislada de todo y de todos. A medida que los días van transcurriendo hacia atrás, desvelando pequeños misterios mundanos, la película abre su foco, poco a poco. El contexto de un rodaje va formándose a su alrededor y el espacio se llena, las piezas se ponen en su sitio y vamos comprendiendo el panorama. Aun así, finalmente, que se trate de una película sobre una filmación también es lo de menos. Diarios de Otsoga se centra en presentar un sitio, unos personajes, familiarizarnos con ellos y verles pasar el rato. Se plantea asimismo como una experiencia estetizada de cómo se siente ese transcurrir temporal. Frutas que recuperan su frescor, figuras a contraluz en la noche, un contexto de naturaleza, idílico… y un par de miradas que lo observan todo con humor y cinismo. La visión sobre lo que es la vida según Gomes y Fazendeiro no es frívola, pero tampoco se la toman demasiado en serio, lo cual resulta muy refrescante. Intentar concretar de qué trata la película sería equivalente a forzar y oprimir el verdadero sentido de Diarios de Otsoga que, en realidad, plantea y se apoya en todo lo contrario: la apertura, la incertidumbre, el respiro, la libertad. El poder de existir, dejar que el tiempo (especialmente ese denso tiempo veraniego) fluya, y fluir con él. En la dirección que sea, incluso hacia atrás. Porque a quién le importa. Bailar, saltar, aburrirse, comer fruta, besarse, pasear a los perros, montar en un tractor… Vivir, en definitiva. ⁜


    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    agosto 30, 2022

    Crítica | Diarios de Otsoga | Mubi

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | agosto 30, 2022

    Cannes 2021 (#7)

    Séptima crónica de la 74ª edición del Festival de Cannes.

    ▼ Críticas
    «Titane», Julia Ducournau.
    «A Hero», Asghar Farhadi.
    «Tromperie», Arnaud Desplechin.
    «La Croisade», Louis Garrel.
    «Diários de Otsoga», Maureen Fazendeiro, Miguel Gomes.

    Como señalábamos días atrás, pese a que Cannes sea el aparente bonito escaparate de la élite cinematográfica es fácil caer en la monotonía sesión tras sesión. Es la herencia del cine de autor contemporáneo, capaz de calcar y reciclar ad nauseam. Inmensos en la cotidianeidad y  en el ecosistema de un certamen de estas características, la diversidad, el impacto, la transgresión. se convierten en bienes preciados y enormemente celebrados. Unos calificativos que suelen encajar con productos de género, que buscan crear su propia su propia tendencia, su propia vanguardia. En la última década, ha aparecido títulos que, rompiendo los moldes habituales que se estilan en la competición, se han erigido en objetos de culto, algunos con más vigencia que otros, todo sea dicho. Hablamos de filmes como Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) –el tótem—, Good Time (Ben Safdie & Joshua Safdie, 2017), El lago del ganso salvaje (Diao Yinan, 2019) o, en menor medida, Bacurau (Kleber Mendonça Filho, 2019). Thrillers con aroma a serie B que, por pretensiones y estética, conectaron con una platea cannoise en la que conviven diferentes generaciones de críticos y cinéfilos.

    A estos cuatro títulos referenciales se les une Titane, el esperado segundo largometraje de Julia Ducournau, la rara avis del concurso oficial de esta edición que, probablemente, encontrará el abrazo de la crítica más joven y el rechazo de la prensa más ortodoxa. Ya en su tráiler podíamos predecir que, entre el olor a grasa y combustible, iba a habitar una narrativa compleja, en la que discurrirían temas identitarios de actualidad. No se podía esperar otra cosa de la directora de Crudo (2016), un filme sobre la emancipación femenina desde también un punto de vista genérico; sangre, vísceras y canibalismo mediante. Titane es la provocación que rompe las previsiones, quiebra incluso cierta asepsia autoral, ya que ninguno de los realizadores veteranos apuesta por la aventura; son fieles sí mismos, con las filias, fobias y hastío que a veces esto conlleva. La obra de Ducournau saldrá de Cannes muy reforzada, con un más que probable espacio en el cuadro de honor y un enorme listado de ventas internacionales. El tiempo dirá si es fuego de artificio, otro globo más del circuito de festivales, o es algo más.

    por VV. AA.
    julio 14, 2021

    Cannes 2021 (#7) | Críticas: «Titane», «A Hero», «Deception (Tromperie)», «La Croisade» & «Diários de Otsoga»

    por VV. AA. | julio 14, 2021

    Esquivar o exponer la realidad

    crítica de Las mil y una noches (As Mil e Uma Noites, Miguel Gomes, Portugal, 2015).

    Volume 1, O inquieto / Volume 2, O Desolado / Volume 3, O Encantado

    «Todo el cine es político». Con esta implacable afirmación uno de grandes referentes del cine comprometido, Costa-Gavras, revelaría la intención que subyace en toda película de lanzar un mensaje a la sociedad y guiar la conciencia colectiva hacia su transformación. Y es que el cine no sólo sirve para escapar de la realidad, sino también para reflejarla, de manera que el cineasta aparece como exponente de un discurso de cara a sus potenciales espectadores, que pueden compartir o no con él su visión de las cosas. Ahora bien, cuando lo que se retrata es un paisaje generalizado, sobre el que la mayoría tiene la misma opinión crítica, como es el de la reciente crisis económica en Europa, es fácil que la historia que se narra conecte con casi todos nosotros, y así nos hacemos enseguida partícipes del comentario o de la denuncia de su director. Entonces es cuando la película adquiere una trascendencia más allá de la artística y entra más claramente en el terreno sociopolítico, ganando con ello un valor añadido que es el que no debería hacernos olvidar todo el poder que puede llegar a tener el cine, y el respeto que por ello merece como expresión del patrimonio de un país. En cualquier caso, las cintas que directamente apuestan por esta vertiente documental siguen siendo marginales, por lo que es más frecuente combinarlas con un relato ficticio, y así puede citarse la obra de directores contemporáneos como Ken Loach o Jafar Panahi. Y a ellas debe añadirse ahora la trilogía de Las mil y una noches (As Mil e Uma Noites) que el cineasta portugués Miguel Gomes ha presentado este año en Cannes.

    Sin embargo, no estamos precisamente ante una película al uso, como las que a través de su dramatización sacan a relucir algún tema real conflictivo. En la citada combinación entre el relato imaginado y el retrato social surge, según Gomes, un dilema, pues como él mismo advierte en el primer acto de su último trabajo, al mezclarlos se traicionaría el espíritu de cada uno de ellos. El hecho de que el propio director y coguionista aparezca en pantalla haciendo esta declaración nos adelanta ya que estamos ante un proyecto de tintes autobiográficos además de documentales, y a priori difícil de catalogar entre los géneros cinematográficos clásicos. El volumen 1 del tríptico, El inquieto, comienza con unos planos descriptivos de un puerto gris mientras oímos en off las entrevistas de estibadores que han perdido su trabajo. Y a ello sigue la narración igual de deslucida sobre los problemas que tienen que afrontar los agricultores ante una plaga de insectos. Estos dos episodios los conecta Gomes como metáfora de la deshumanización que sufren las víctimas de un despido, y como el director quiere huir de estas experiencias, rechaza rodar una película que él considera inútil y contraproducente. Sin embargo, ante la insistencia de su equipo, se convence de que la mejor manera de hacerlo es a través de los cuentos de Sherezade, o al menos inspirándose libremente en ellos. Entonces el metraje de repente nos sitúa junto a las vírgenes de una isla de Bagdad, ataviadas según las leyendas del medioevo, al tiempo que se deja oír el leitmotiv de Perfidia, bolero repleto de romanticismo que se escuchará en varias ocasiones clave (normalmente al comienzo de un nuevo capítulo).

    por Ignacio Navarro
    diciembre 12, 2015

    Crítica | Las mil y una noches (Vol. 1, 2 & 3) de Miguel Gomes

    por Ignacio Navarro | diciembre 12, 2015
    Matthew McConaughey en la presentación de The Sea of Trees

    Love is the warmest color

    crónica de la cuarta jornada de la 68ª edición del Festival de Cannes

    Cannes amanecía con aroma neorrealista y los aplausos para el italiano Nanni Moretti en el Gran Teatro Lumière gracias a Mia Madre, película que nos zambullía de lleno en los conflictos personales y laborales de una directora de cine. Posteriormente, vendrían la iraní Nahid y la portuguesa As 1001 Noites, dos valiosas películas, muy diferentes entre sí, que aportaban un esquema muy diferente al que estamos acostumbrados a ver en el circuito más comercial. La primera de ellas versa sobre la historia de lucha y sacrificio de una madre que busca la libertad en un sistema despótico y machista; la segunda es un experimento muy ingenioso y astuto aunque con algún problema de ajuste de tempos. El broche lo ponía Carol, la última creación de Todd Haynes cerraba de forma maravillosa una cuarta jornada donde hemos respirado muy buen cine.

    Imagen del día / «Un viaje sobrenatural a través del purgatorio, nihilista, para conseguir su salvación y finalmente enfrentarse a la vida». Matthew McConaughey, sobre la defenestrada The Sea of Trees | Crítica.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 17, 2015

    Cannes 2015 | Día 4. Críticas: Carol / Mia madre / As 1001 noites (Volume 1, o inquieto) / Nahid

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 17, 2015

    Redención en tres dimensiones

    Crítica de Redemption | cortometraje de Miguel Gomes, 2013

    Había mucha expectación con el nuevo trabajo del director Miguel Gomes. Tras el éxito en festivales internacionales de Tabú, el portugués se lanzaba esta vez al corto para continuar explorando los límites de la realidad y la ficción. De corte experimental en todos los niveles, Redemption es realmente una sorpresa de principio a, sobre todo, fin. Gomes nos cuenta cuatro historias al parecer independientes repartidas en cuatro localizaciones y narradas en sus respectivos idiomas: portugués, francés, italiano y alemán. A través de una voz en off, vamos conociendo cuatros historias que nos hablan de la niñez, la paternidad, la madurez, pero que sobre todo están llenas de melancolía. Estos en principio desconocidos protagonistas necesitan rendir cuentas con un pasado que les ha marcado de por vida. Todo ello acompañado de imágenes de archivo que sirven como apoyo al relato oral. La desconexión autoral y contextual entre texto e imagen crean un híbrido cuyo visionado desconcierta a la vez que atrapa. Aquí es donde reside el aspecto más interesante y experimental del cortometraje. Las imágenes carecen de significado por sí mismas, se presentan totalmente desprovistas de fondo, descontextualizadas. Son como retales viejos de distintas prendas que se unen a través de la palabra, el verdadero hilo de la cinta. Gomes utiliza la narración para dar forma a todo su discurso y, sobre todo, a su intención. Y es en este punto en el que el director introduce una tercera profundidad a su creación: la autoría de la palabra y la dilatación de su descubrimiento como elemento definitivo para la digestión completa del cortometraje.

    por EAM
    junio 14, 2014

    Crítica | Redemption, de Miguel Gomes

    por EAM | junio 14, 2014
    Tabu, de Miguel Gomes
    ENSOÑACIÓN EXÓTICA
    Tabú | Tabu, Miguel Gomes, 2012

    Un explorador descrito como intrépido pero en realidad melancólico recorre pausadamente un sendero trazado en la selva por un séquito de africanos. Al llegar a la altura de un río habitado por un cocodrilo, toma la decisión de entregarle su vida. A ello le sigue un ritual espontáneo, con sus correspondientes bailes y tambores, interpretado por los seguidores del recién fallecido. Sin embargo, enseguida vuelve la embriagadora partitura de Joana Sá y la voz en off del propio Miguel Gomes, recordándonos que este explorador huía de un amor perdido, que únicamente mediante su muerte y resurrección animal podía aspirar a recuperar. Este prólogo, en poco más de cinco minutos, introduce el tono de la película y su juego de dualidades: entre la vida y la muerte, la realidad y la ficción, lo terrenal y lo paradisíaco. También nos mete de lleno en la lírica y la personalidad de una película que pretende ser única y lo consigue.

    Presentada con gran éxito en el pasado festival de Berlín y reconocida por otros muchos certámenes posteriores, Tabú (2012) es el último trabajo de Miguel Gomes, cineasta portugués con pasado de crítico que se caracteriza por el metalingüismo y un peculiar sentido del humor. Aquí rinde homenaje al filme póstumo de Murnau, aunque llevándolo a su terreno, convirtiéndolo en una representación de la historia colonial de su país y en su particular declaración de amor al cine. Mantiene así, tras el prólogo, la estructura en dos actos de aquel, aunque invirtiendo su orden. El primero, llamado “Paraíso perdido”, transcurre en una Lisboa contemporánea, que el blanco y negro de la fotografía vuelve deprimente y vacía. Esta sensación se ve reforzada por la quietud y la falta de vitalidad de los personajes más relevantes de esta parte: Aurora, la más enigmática por el pasado que esconde y por sus extravagantes acusaciones hacia Santa, su criada negra; y Pilar, la aparente protagonista, benéfica y religiosa. Sin embargo, cuando Aurora muere, Gomes altera nuestras expectativas al trasportarnos al segundo acto, llamado “Paraíso”. Este tiene lugar en la África colonial de los años 60, y en él desaparecen los personajes de Pilar y Santa, poniendo aparente punto y final al desarrollo del que sobretodo la primera estaba disfrutando. Esta frustración en el espectador se acentúa cuando queda claro que Gomes quiere alejarse de una estructura convencional, cuyos tres actos exigirían tras este paréntesis africano una vuelta al presente, que nunca llega... No creo que esta revelación le suponga al lector un fastidioso spoiler, pues ya ha quedado advertido que esta película pretende salirse de las normas.

    por Ignacio Navarro
    enero 18, 2013

    TABÚ | MIGUEL GOMES, 2012

    por Ignacio Navarro | enero 18, 2013
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