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    Cannes 2015
    Cannes 2015

    Danza al descompás

    crítica ★ de La bailarina (La danseuse, Stéphanie di Giusto, Francia, 2016).

    En cierto modo, la figura de la bailarina Loïe Fuller es interpretable como un adelanto de las revoluciones estéticas que supuso el cine primitivo. Los trucajes de Méliès alumbraron el inmenso potencial del medio como nuevo espectáculo de artificio, trascendiendo su uso para las actualités o el teatro filmado. Con ello, el cine inició su rebelión contra el utilitarismo técnico al que parecía habérsele condenado: en lugar de instrumento para la representación de viejos artes, inició su andanza como nuevo arte en busca de su propia especificidad. El gesto atesora algo de romántico si consideramos el valor que tiene, en plena revolución industrial, que una innovación tecnológica en principio concebida (al igual que las demás) con miras instrumentales y económicas alcanzara su emancipación como fin en sí misma. Pues bien, hay mucho de eso en la nueva danza que Fuller inventó un par de décadas antes del nacimiento del cinematógrafo. La «danza serpentina» ideada por la estadounidense fue pionera, entre otras cosas, por la incorporación de efectos de artificio basados en una de las grandes tecnologías emergentes de su tiempo: la electricidad. El uso de potentes focos de luz filtrados por pantallas de color, sumados a la porosidad cromática de los amplios tejidos que utilizaba para crear figuras en continua evanescencia con motivos florales, venían a contravenir los preceptos del neoclasicismo aplicados a la danza: frente al rigor de la coreografía y la pose perfecta, el baile de Fuller era una celebración de la fugacidad de la luz y el movimiento donde lo artificial, lo tecnológico (por oposición a lo meramente corporal) tenía amplia cabida. Un avance estético inserto en una época donde tecnología y arte estaban condenados a fundirse por colisión, y que con todo el sentido fue contemporáneo al auge de la pintura impresionista o la escultura de Rodin. Es precisamente en esta combinación entre interés por lo fugaz e incorporación de lo tecnológico a lenguaje artístico donde el cine primitivo encontró su propio camino.

    Ahora bien, situados en estas coordenadas, hay algo de paradójico en La bailarina, obra con la que la realizadora francesa Stéphanie di Giusto ha pretendido reivindicar la figura algo olvidada de Fuller. Que, en forma y fondo, se cuente la historia de una innovadora radical de manera tan reaccionaria, tan poco contagiada por la efervescencia creativa de la época que recrea. En primer lugar, porque cae en los tics más convencionales del biopic. La estructura narrativa se basa en la amplitud temporal y la sucesión de breves escenas que pretenden funcionar como resumen de distintos estadios de la evolución vital de Fuller: los orígenes familiares, el brote de inspiración, la incomprensión inicial, el primer éxito, las dificultades posteriores y demás tópicos del esquema. El problema, en este caso, es que Di Giusto no posee el sentido del ritmo y la capacidad de condensación necesarios para no naufragar en latitudes ya tan exploradas. Tomemos por caso la escena en la que a la protagonista (encarnada por la cantante SoKo) le asalta la inspiración para crear su nueva danza a raíz de un incidente con su vestuario durante un espectáculo de vodevil en el que interviene. Dicha escena bordea lo ridículo no tanto por lo forzado que resulta el detalle como catalizador, sino por cómo se ha conducido hasta él. La Fuller ficcional ha sido presentada mediante una serie de trazos gruesos, incluyendo un crecimiento en una Illinois rural con un padre alcohólico (convertido inexplicablemente para la ocasión en francés, por cierto), el brote entre los establos de su pasión por el teatro, su marcha a Nueva York junto una madre ultrapuritana y su primer descubrimiento del mundo libertino. Con tal cóctel de motivos la asociación de ideas parece obvia, pero aun así el filme no logra transmitir un avance causal. Cada giro parece dictado por puro capricho del guion, de modo que los cambios que afectan a la protagonista durante todo el metraje no dejan de antojarse impostados. Aspectos como su sexualidad liberal, su paso de las aspiraciones como actriz al mundo de los cabarés de vodevil o sus empujes de creatividad escénica, que aparecen de forma aleatoria según las conveniencias del avance narrativo, hacen que el mismo personaje tenga que ser reformulado continuamente a causa de la torpeza del libreto.

    por Miguel Muñoz Garnica
    noviembre 12, 2016

    Crítica | La bailarina

    por Miguel Muñoz Garnica | noviembre 12, 2016
    Le petit prince

    Viaje desde la niñez a la vejez

    crítica de El principito (Le petit prince, Mark Osborne, Francia, 2015).

    Resulta curioso que un libro en principio tan intrascendente como El principito (Le Petit Prince), publicado en 1943 por el aviador francés Antoine de Saint-Exupéry, se haya convertido en uno de los más traducidos, leídos y admirados de la literatura contemporánea, sin menospreciar sus adaptaciones a otros medios como el teatro, el cine o la televisión. Su historia es narrada por un aviador que, siguiendo las propias experiencias de su autor, se estrella en el desierto del Sáhara, y ahí se encuentra con el principito del título que dice venir de un planeta lejano, donde convive con una rosa que adora, y en cuyas inmediaciones hay otros planetas habitados por otros individuos igual de solitarios y extravagantes. En solo esta frase queda resumido el grueso del argumento, confirmando así su apuntada levedad, aunque también cuente con detalles de presunta hondura filosófica y hayan abundado sus interpretaciones de mayor profundidad existencial. En cualquier caso, realizar una nueva adaptación para un largometraje animado en el contexto actual, y dirigirla a todos los públicos, plantea el dilema sobre el grado de fidelidad que debe guardarse hacia la fuente original. Un clásico de esta altura puede suscitar revuelo si se altera demasiado, pero, por otro lado, como hemos adelantado su material se antoja insuficiente para desarrollar una trama que a priori mantenga la atención de su espectador potencial, teniendo en cuenta además que una película no tiene por qué responder sobre su mayor o menor respeto al texto previo en que se basa, sino juzgarse con independencia. Pues bien, un interesante punto de equilibrio es el que habrían encontrado Mark Osborne, director de Kung Fu Panda (2008), y sus guionistas Irena Brignull y Bob Persichetti, enmarcando el susodicho relato en otra historia ajena que debería reflejarlo y trascenderlo.

    En concreto, el metraje arranca con la visita de una madre (con la voz en versión original de Rachel McAdams) y su hija (con la de Mackenzie Foy) a un instituto donde la primera quiere que la segunda sea matriculada, para lo cual debe superar una prueba milimetrada, hasta el punto de que ha memorizado su respuesta a una pregunta final que se sabe de antemano. Sin embargo esta pregunta cambia en el último momento y trastoca su preparación, anticipando así que por muy planificadas que se tengan las cosas, a veces es necesario recurrir a la espontaneidad. La madre hace caso omiso a esta obviedad y se empeña en que su hija siga unas pautas muy marcadas de estudio durante el resto del verano, tachando cada día y hora determinadas actividades a realizar a partir de un trabajoso cuadro que las prevé todas. Empero uno de estos días nuestra pequeña protagonista se topa de forma temeraria con su anciano vecino (dotado del carisma comunicativo de Jeff Bridges), en una morada colorida y destartalada que se aparta de la gris uniformidad arquitectónica del barrio, en consonancia con un personaje que vive anclado en la nostalgia de un pasado sin reglas. Y es que el mismo no es otro que el aviador del cuento, memoria que comparte con la rebelde chiquilla que figura como su único contacto con el mundo actual. Es entonces cuando comienza la interacción entre ambos niveles de ficción, separados por su tratamiento visual. En efecto, las viñetas del librito cobran vida mediante una animación tradicional en stop-motion en sintonía con las primitivas acuarelas de Saint-Exupéry, mientras que la principal y envolvente trama se caracteriza por la animación computarizada a la que estamos más acostumbrados en nuestra modernidad.

    por Ignacio Navarro
    septiembre 09, 2016

    Crítica | El principito

    por Ignacio Navarro | septiembre 09, 2016

    Reacción antes que acción

    crítica de Los anarquistas (Les anarchistes, Elie Wajeman, Francia, 2015).

    Algún día el yunque, cansado de ser yunque, pasará a ser martillo. La cita es de Mijail Bakunin, principal referente del movimiento anarquista que alcanzó su apogeo en la segunda mitad del siglo XIX, pues ya en el siglo XX el desarrollo del socialismo y la consolidación de la democracia lo confinarían a hechos y teorías cada vez más marginales. Y es que como revela la frase anterior, la doctrina de Bakunin hacía un llamamiento a la acción violenta y la destrucción regeneradora, rivalizando en su momento con las posiciones de Marx y Engels, pero luego el propio acontecer pragmático de las circunstancias sociopolíticas irían mitigando ese ímpetu inicial. En Francia fue patente esta evolución, ya que justo en 1899 es cuando se constituyó el bloque de izquierdas que en parte puso en peligro el asentamiento de la república hasta entonces en manos más conservadoras, si bien al mismo tiempo la consolidó al materializar su alternancia política y resolver con equilibrio asuntos pendientes como el caso Dreyfus. A ese mismo año clave se remonta Elie Wajeman para ambientar su segunda película como director, presentada el año pasado en el Festival de Cannes e incluida este año en la sección de Memoria del festival Atlántida de Filmin, enmarcándose así en la mirada que este certamen ha dedicado al pasado, el presente y el futuro de Europa.

    Se titula Los anarquistas (Les anarchistes) y gira en torno a las vivencias y acciones de un grupo de individuos representativos de esta corriente en París. En concreto el metraje arranca con la confesión de uno de sus integrantes, la joven Judith Lorillard (Adèle Exarchopoulos), que asegura que se ha unido al movimiento, pese a su peligro y anunciada decadencia, nada menos que por amor, y eso le ha proporcionado la confianza que necesitaba en una etapa tan tumultuosa. Tras los créditos se nos introduce al coprotagonista Jean Albertini (Tahar Rahim), agente de policía al que su superior encarga infiltrarse en la pequeña banda de la que forma parte Judith e informar sobre sus planes y relaciones. Para ello el tal Jean debe abandonar a su prometida y su hogar, aunque tampoco deja demasiado atrás ya que es huérfano y no se le conocen amistades. Esta somera descripción de los dos personajes principales pone ya de manifiesto que Wajeman y su coguionista Gaëlle Macé introducen determinadas escenas para darles a aquellos una motivación y un background característicos, como es natural, pero lo hacen con cuentagotas y no de forma continua. Un buen ejemplo es el de la citada orfandad de Albertini, que interrumpe el relato de base en un instante dado para que él se pase por comisaría, consulte los archivos de su padre y se reúna en casa de quien fue su última mujer para intentar sacar algo en claro de su pasado. Pero al salir de la estancia, donde han aflorado sentimientos a priori impactantes, no se vuelve a saber más del tema ni el mismo ha aportado casi nada a la progresión narrativa.

    por Ignacio Navarro
    agosto 09, 2016

    Crítica | Los anarquistas

    por Ignacio Navarro | agosto 09, 2016
    Gui lai

    Olvidar lo inolvidable

    crítica de Regreso a casa (Gui lai / 歸來, Zhang Yimou, China, 2014).

    Una de las características que diferencian a Oriente de Occidente es su relación con la Historia. Es cierto que en ambas partes del mundo ha habido reformas y revoluciones que han provocado una ruptura con el pasado, y en la actual globalización las disparidades se difuminan. Pero si observamos la vida cotidiana en Japón o China advertimos una cierta cronología ancestral, reflejada en el arte o las costumbres, más llamativa que la nuestra o la de nuestros vecinos occidentales. Es mayor el valor que impone la tradición, y por extensión lo es su respeto y su ilustración. En este sentido, en el cine asiático abundan las minuciosas recreaciones históricas, que se remontan a siglos o décadas atrás: tendencia en la que se enmarca entre otros el reconocido Zhang Yimou. Su trilogía extraoficial Hero (Ying xiong, 2002), La casa de las dagas voladoras (Shi mian mai fu, 2004) y La maldición de la flor dorada (Man cheng jin dai huang jin jia, 2006) estaba ambientada en la China feudal y durante la dinastía Tang, mientras que su ópera prima Sorgo rojo (Hong gao liang, 1987) y su penúltima película Las flores de la guerra (Jin ling shi san chai, 2011) volvían la vista hacia los años 30. Ésta además hacía gala de una espectacularidad de medios, tanto artísticos como técnicos, que a todas luces se supera en su próxima cinta, The Great Wall. Ambas compartirían asimismo un protagonismo de estrellato: en aquella Christian Bale, en esta Matt Damon. Entremedias Yimou se ha permitido sin embargo contarnos una historia más íntima y personal, a menor escala, aunque como discutiremos enseguida su alcance sea más amplio de lo que parece.

    Hablamos de Regreso a casa, oportuno título con varias acepciones, empezando con una metalingüística, ya que con ella su director recoge una de las experiencias que marcaron su juventud y la de muchos de sus compatriotas: la Revolución Cultural de Mao Zedong. Yimou llevaba un tiempo planteándose una o varias historias que transcurrieran en esa época, como ya hiciera Amor bajo el espino blanco (Shan zha shu zhi lian, 2010). Y en concreto la que nos ocupa es también un guiño a sus orígenes al reunirse con su musa Gong Li en el papel principal, el de Yu. Empero el verdadero regreso a casa es el de su marido en la ficción, Lu, a cargo del actor Chen Daoming. El mismo es arrestado y encarcelado por su presunta ideología, que no se explicita, lo cual trivializa el motivo de su condena, como fue el caso de incontables víctimas de la citada represión popular. Aunque tras una elipsis la narración se sitúa al fin de la revuelta, con la liberación de los disidentes y su vuelta al hogar, es entonces cuando surge el drama más profundo, y es que tras varios años sin verse y como consecuencia de una peculiar amnesia, su mujer ya no se acuerda de él y no lo identifica como su marido. Éste deberá recurrir pues a una serie de artimañas para convencerla de quién es, con la ayuda de su hija antes afín al partido, con la que él ahora se ha reconciliado, a diferencia de su madre que no le ha perdonado el rechazo anterior que profesó hacia su padre.

    por Ignacio Navarro
    agosto 05, 2016

    Crítica | Regreso a casa

    por Ignacio Navarro | agosto 05, 2016
    Mountains may depart

    Zhangke novelesco

    crítica de Más allá de las montañas (山河故人, Shan he gu ren, Jia Zhangke, China, 2015).

    «A cada hora el poder del mundo se concentra y se globaliza. La masificación ha hecho estragos, ya es difícil encontrar originalidad en las personas y un idéntico proceso se cumple en los pueblos, es la llamada globalización».
    (Ernesto Sábato, La resistencia)

    Con el tiempo, las palabras de Sábato han ido evidenciando dolorosamente que tenían mucho más de profecía que de advertencia. La dictadura de lo masivo surgida en buena medida del boom de lo tecnológico, primero con su implantación en lo industrial y luego con la irrupción de la electrónica de masas, ha sido un fenómeno inevitable de deshumanización que el cine ha venido denunciando ya desde sus orígenes, en una larga tradición que emparenta las preocupaciones de Chaplin con las de Jia Zhangke. Pero si algo tiene este último de particular es que se ha convertido en uno de los grandes retratistas del caso más extremo, por lo desmesurado de su intensidad y lo acelerado de su transición, de asunción del capitalismo globalizado más salvaje. China, esa demostración de que, pese a las advertencias, esta doctrina parece seguir siendo una opción a la que un país entero está dispuesto a arrojarse sin red. La filmografía de Zhangke, significativamente iniciada al albor del nuevo siglo, es una continua observación estupefacta de la máquina apisonadora en la que se ha convertido el sistema chino. Ya sea en su dimensión más física, mediante el derrumbe total del pasado y los hogares de una comunidad que tiene lugar en la ciudad devastada (a causa de la construcción de la Presa de las Tres Gargantas) en la que transcurre Naturaleza muerta; en la exploración de la incomunicación que genera el habitar entornos marcados por su artificialidad manifiesta, como el parque de atracciones de The World; o apuntando a la culpabilidad invisible de un sistema político corrupto y hermético a través del nexo de unión que dejaban entrever los cuatro episodios de Un toque de violencia. En las tres películas la temática de fondo, que apuntábamos al comienzo de estas líneas, es común. Más allá de las montañas no es ninguna excepción a este principio, si bien se puede entender como un intento más ambicioso de explorar sus ecos, apostando esta vez por el desarrollo afectivo de sus personajes, la amplificación temporal y algunas cuestiones formales. Tres aspectos en los que procedemos a ahondar.

    Respecto al desarrollo afectivo de sus criaturas, se puede pensar en una de las escenas más impactantes de Un toque de violencia, en la que un empresario fustiga al personaje de Zhao Tao (musa habitual de Zhangke) con un fajo de billetes después de que ésta se haya negado a mantener relaciones sexuales con él. Fijémonos ahora en la premisa argumental de la cinta que nos ocupa: en su primer episodio, ambientado en un año 2000 en el que la bestia del capitalismo feroz empieza a desperezarse, Tao (interpretada también por Zhao Tao) se ve empujada a elegir entre dos amigos que la cortejan: Liangzi, un minero humilde, y Zhang, un magnate emergente. La ostentación de riqueza de Zhang, expresada por ejemplo en el coche que compra (Zhangke ha contado, como muestra de lo acelerado de la conversión capitalista china, que adquirir un coche propio no se convirtió en algo común en su país hasta finales de los noventa), termina decantando la decisión de Tao. Porque, además, se evidencia que la posición económica dicta también los talantes (¿o es al revés?) del Zhang arrogante y autoritario y el Liangzi dócil y retraído. Es más, respecto a esta presencia totalizadora del dinero en el relato, el nombre que eligen Tao y Zhang para el hijo que tienen juntos no puede ser más explícito: Dólar. ¿Qué implicaciones tienen estos detalles? Pues que lo que en Un toque de violencia funcionaba como un recurso de impacto plástico tiene en Más allá de las montañas unas ramificaciones mucho más amplias, dado que esta obsesión por la riqueza condiciona todo su desarrollo narrativo. Se podría decir que lo que Zhangke plantea es una indagación en todo lo que acarrea la existencia de un personaje como el empresario corrupto de Un toque de violencia (que en el fondo parece no ser demasiado distinto de Zhang): el origen de su corrupción moral, cómo sus decisiones basadas en lo materialista condicionan sus relaciones personales y las vidas posteriores de los que le rodean, y de qué manera sus faltas generan vacíos en la generación venidera.

    por Miguel Muñoz Garnica
    mayo 21, 2016

    Crítica | Más allá de las montañas

    por Miguel Muñoz Garnica | mayo 21, 2016

    A doscientos metros, gire hacia su tesoro

    crítica de El tesoro (Comoara, Corneliu Porumboiu, Rumanía, 2015).

    El motivo narrativo de la búsqueda del tesoro es de esos que, al instante, nos despierta la intuición de un arco argumental prototípico. No en vano, se pliega con especial comodidad a la estructura de planteamiento, nudo y desenlace que nuestro canon occidental nos ha hecho interiorizar hasta convertirla en un acto reflejo de expectativa. La búsqueda del tesoro es un viaje que tiene su propuesta inicial, sus preparativos, su desplazamiento y su consumación, punteados por los diversos obstáculos que surgen en ese camino y que le dan su componente aventurero. Ya dependiendo de la iconografía específica que se le añada y la lectura sobre el espíritu humano que subyazca, las variaciones a partir de ese esquema pueden ser amplísimas. Del amor inequívoco por lo heroico de La isla del tesoro a esa celebración de lo antiheroico que es El tesoro de Sierra Madre. Ahora bien, lo que define en última instancia a este motivo narrativo tan atávico es la voluntad personal hacia ese tesoro como elemento catalizador de todo lo demás. Algo a lo que no es ajena El tesoro, como se puede deducir de un título tan esencialista. Porumboiu hila su trama a partir de la relación que se crea entre Adrian y Costi, dos vecinos de un edificio anodino en Bucarest, cuando el primero pide prestado dinero y su ayuda al segundo para poder financiar la búsqueda de un tesoro que su abuelo, tras la proclamación de la república popular, enterró en la antigua casa familiar para ocultarlo antes de que los comunistas expropiaran la parcela.

    Porumboiu no sólo se amolda a este carácter catalizador del tesoro, sino que además realiza un ejercicio de estricta sumisión al esquema que hemos adelantado. Tras el mencionado planteamiento, surge la planificación, los primeros impedimentos previos al desplazamiento, el viaje en sí mismo, la búsqueda sobre el terreno, el resultado y un obstáculo final antes de consumar el desenlace. Y sin embargo, El tesoro resulta un ejercicio de originalidad radical. ¿Qué hace posible esta aparente paradoja? Pues, precisamente, esta adscripción tan meticulosa a lo estructural de su narración. Porque el cineasta, y he aquí la importancia de la iconografía escogida, encuadra su argumento de peripecias a la caza de fortuna en un escenario tan poco propicio para el mismo como la Rumanía sumida en una época de “posts”. Post-industrialismo, en el que la tecnología ha ido supliendo a la acción humana pura y reduciendo la capacidad de actuación del hombre en autonomía. Post-utopismo, en el que el fervor revolucionario (explicitado en ese pasado comunista de Rumanía que es el origen de la existencia del mismo tesoro) ha dejado paso al desengaño y la consecuente pasividad vital ante una burocracia inexpugnable, consagrada a proteger a sus ciudadanos de sus propios desmadres idealistas. Contados bajo la perspectiva de un postmodernismo cuya influencia en la cinta que nos ocupa muy es reconocible en esa preocupación por la reflexión sobre las formas de narrar más que por la narración en sí misma.

    por Miguel Muñoz Garnica
    abril 25, 2016

    Crítica | El tesoro

    por Miguel Muñoz Garnica | abril 25, 2016

    Soñar lo real

    crítica de Cemetery of Splendour (รักที่ขอนแก่น, Rak Ti Khon Kaen, Apichatpong Weerasethakul, Tailandia, 2015).

    En una de sus primeras imágenes, la prodigiosa Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas dedica un largo plano a mostrar un buey que se desata de un árbol y camina por el interior de un bosque hasta que es rescatado por su pastor. Descrita así, estamos ante una de esas imágenes tan fáciles de caricaturizar para el detractor de turno del cine “moderno”: un único plano de varios minutos dedicado exclusivamente a filmar un animal, que para más inri no parece tener ninguna conexión con el argumento de la cinta. No obstante, para que el que suscribe, estamos hablando de una de las escenas más bellas de todo el cine de Apichatpong Weerasethakul. La dimensión poética que alcanza la delicadeza con la que el pastor guía al buey de vuelta a sus terrenos, o el mero vagar de la criatura perdiéndose entre los bosques, es una excelente muestra de lo que convierte al cine del tailandés en una vivencia única. Y tiene que ver con la capacidad del espectador para realizar un pequeño ejercicio de fe: asumir que, más allá de lo sensorialmente perceptible que muestran la imagen filmada y el sonido grabado, existe un universo sobrenatural que en su mayor parte sólo puede percibirse mediante la intuición. Esto es, mediante la capacidad de dar cabida al pensamiento “mágico”. Expliquémonos. Hemos hablado de fe, y de hecho la tentación de asociar el cine de Apichatpong a la imaginería de la religión budista es grande. La propia referencia a las “vidas pasadas” que hace la película empuja a entender la figura del buey como una encarnación anterior del tío Boonmee, lo que de por sí explicaría por qué este animal puede ser percibido por el espectador como un elemento de trascendencia que, de forma inconsciente, despierta ese placer estético que surge ante la contemplación de lo misterioso. Pero, para ello, nuestro ejercicio de fe tendría que consistir en aceptar la creencia budista en la reencarnación. Y no se trata exactamente de eso. El propio director advierte que él no cree en dogmas budistas como la mentada reencarnación o el karma. Sin embargo, su cine está plagado de imágenes que tienen relación con esas ideas.

    Cemetery of Splendour no es ninguna excepción a este principio. Su argumento de base es de corte realista: Jenjira, una enfermera voluntaria, regresa a su pueblo natal (Khon Kaen, lugar de nacimiento y crecimiento del propio Apichatpong) para ayudar a unos soldados que sufren una extraña enfermedad del sueño que los tiene durmiendo la mayor parte del tiempo en un hospital improvisado en una escuela. Ahora bien, este realismo se matiza cuando Jenjira, budista devota, va estableciendo contactos con el mundo onírico de Itt (un soldado con el que crea una relación maternal) a través de una médium que afirma poder comunicarse con los espíritus en trance de los soldados y que es capaz de sentir sus vidas anteriores. Incluso se le aparecen en una escena las dos diosas del templo de Khon Kaen al que suele acudir a realizar ofrendas, que le revelan el origen de la enfermedad de los soldados: reyes antiguos, las ruinas de cuyo cementerio se encuentran precisamente bajo la escuela-hospital, que absorben el sueño de los soldados para hacerles participar en las batallas que libran en el más allá. Con lo cual, el director da cabida a manifestaciones de fenómenos religiosos en los que él mismo no cree. ¿Cómo encajar, por tanto, esta aparente contradicción al enfrentarse a la película? ¿Cómo orientar el ejercicio de fe que Cemetery of Splendour requiere para ser disfrutada?

    por Miguel Muñoz Garnica
    abril 10, 2016

    Crítica | Cemetery of Splendour

    por Miguel Muñoz Garnica | abril 10, 2016
    Louder than bombs

    Guilty pleasures

    crítica de El amor es más fuerte que las bombas (Louder than bombs, Joachim Trier, Noruega, 2015).

    Lánguidamente avanza la vida del inadaptado, turbado por la incomprensión social que despiertan sus acciones; esperando paciente a sus felices momentos de soledad, disfrutando de su verdadero yo alejado de miradas juiciosas, esquivas, jocosas, de reproches a media voz, de sentir vergüenza por ser el causante de tantas, a su vez, vergüenzas ajenas, conocedor de que su fallo no lo es tanto, de que su inadaptación no es tal, sino una profunda y reprochable lacra del sistema educativo; ese que nos obliga a aceptar sumisos un modelo de vida, un patrón, una camisa, de algún modo opresiva y limitante, que impide al sujeto expresarse libremente y se adhiere a él inflexiblemente, con un exceso de almidón —siguiendo con la metáfora textil—, mientras su cuerpo pugna con fiereza por desembarazarse de ese lastre que le obliga a estar estático cuando quiere moverse, o a estar en silencio cuando necesita gritar. Así se origina, por sacudidas incontroladas de ira e inconformismo, lo que comúnmente se conoce como mal temperamento, rebeldía o inmadurez, a fuerza de impulsos espasmódicos y erráticos cuyo origen radica primordialmente en la propia fuente de su corrección. La severidad y la mano dura son la principal causa de que adolescentes como Conrad Reed, que se niegan rotundamente a permanecer inmóviles en su fase de modelación, sean llamados inadaptados sociales o “misfits” herméticos para los que la sociedad no tiene tiempo. Jonah, hermano de Conrad, es el ejemplo opuesto; desde joven ha aceptado las reglas según le eran planteadas, obteniendo así una proyección muy alentadora y, al mismo tiempo, entendible, en función del inmaculado sistema de enseñanza americano; logrando con sacrificio y esfuerzo los tres fundamentos básicos del ciudadano modélico: carrera, familia y empleo. Pero Louder Than Bombs evita desde el comienzo mostrarse clara en sus intenciones, por lo que la apología del conservadurismo institucional no parece que vaya a durar mucho tiempo.

    Gracias a las diferentes narraciones y a su perspectiva múltiple, la película nos ofrece un sorprendente mapa difuso de las apariencias y la necesidad de encontrar recompensas a todas nuestras acciones. La narración nos confundirá, no sólo por los mencionados trucos de (mala)interpretación, sino también por ocultar aspectos fundamentales de la trama que saldrán a relucir con posterioridad para evidenciar lo vago e impreciso de las percepciones cuando éstas son tomadas a primera vista y en base a las apariencias. Gracias al fantástico uso de las analepsis y las escenas oníricas, el realizador nos introduce en su juego de segundas intenciones. Joachim Trier es un poeta melancólico que responde con sutil naturalidad y despiadada honestidad a la falsedad espiritual que abunda en nuestra sociedad. Doctorado, gracias a sus dos obras anteriores: Reprise (2006) y Oslo, 31 de agosto (2011), en la composición de esquemas individuales de fuerte tendencia abstracta, consigue con su última película un acertado nivel de sensibilidad al expandir esos retratos a la pluralidad de un planteamiento coral, donde el protagonismo no queda tan bien definido como en esos anteriores trabajos. Pese a ello, no renuncia a definir la alienación de sus personajes a consecuencia de su incapacidad para conectar con la belleza de la vida, originando una irreversible decepción frente al mundo, incapaz de hacer frente a sus diferencias genuinas. Esta situación promueve la constante humillación personal, lo que insta a los perjudicados a cerrarse interiormente y levantar un sistema defensivo a prueba de preguntas indiscretas. Mentiras piadosas que se convierten en secretos indómitos. Trier retoma nuevamente el tema del suicidio como uno de los desasosiegos imperantes de su cine, un cine visceral de magnetismo hipnótico y sentimientos a flor de piel.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 23, 2016

    Crítica | El amor es más fuerte que las bombas

    por Alberto Sáez Villarino | enero 23, 2016

    Love Oddity

    crítica de Carol (Todd Haynes, Reino Unido, 2015).

    «La novela es heterosexual, la poesía, por el contrario, es absolutamente homosexual». Posiblemente sea esa cita de Bolaño (y, obviamente, el contexto en el cual fue escrita), lo que nos lleva a pensar en Todd Haynes como si de un poeta visceral-realista se tratase. Sin querer entrar en los gustos y estilismos personales del director, lo que está claro es que su obra sí refleja el descontento y la incomprensión sufrida por los homosexuales, sobre todo en un futuro lacerantemente cercano y un presente “comprensivo” que repite de manera incesante términos como “tolerancia”, “igualdad”, “aceptación”, pero no puede evitar censurar con un aplomo dogmático ciertas muestras de afecto públicas que, lejos de prohibirse, son miradas con reprobación al considerarse inapropiadas en un entorno expuesto a las posibles y fortuitas miradas ingenuas de nuestros impresionables pequeños que, como ya sabemos, tienden a imitar todo lo que ven. Carol lo tiene todo para convertirse en un melodrama romántico indigesto, con una ambientación navideña y la desfasada moraleja efectista extraída de los cuentos sobre “familia rica-familia pobre”; afortunadamente, Haynes saca su lado más poético para destrozar la previsible narración con una dosis de rabia y pasión. Lejos de quedarse en la, ya recurrente, historia lésbica de implicaciones socio-políticas, el autor incurre en la injusticia, la brutalidad y la barbarie propagandística, ya no hacia un colectivo (que también), sino hacia un individuo concreto a consecuencia del odio y la intransigencia machista.

    Con eso y con todo, Carol se queda a las puertas de la excelencia en un grito que no llega a desgañitarse en su protesta y se ahoga a causa de un final de cuento de princesas. Los espectadores necesitábamos el realismo o, como mínimo, una ración de ese descaro visceral, esa honesta brutalidad presente en la impecable literatura sucia de Bukowski, Ford o el propio Bolaño, que nos hiciera pensar que no todo ha sido una astuta broma cinematográfica, una broma de gusto exquisito, eso sí, pero con un deje de inseguridad, de desasosiego al no terminar de creer en unos personajes que, hasta el desenlace, nos habían atrapado y convencido; estábamos dispuestos a entregarles nuestra alma, a dejarnos seducir por la quimérica fantasía que nos convertía a nosotros mismos en Carol, o Therese, o Haynes, o en la misma Patricia Highsmith escribiendo una historia de dolor y sufrimiento que recordaríamos con orgullo y la cabeza alta. No queremos decir con ello que esté mal acabada, de hecho, es un gran final, absolutamente necesario para una época intransigente donde el lesbianismo fue considerado un ejercicio merecedor de castigo y sanción, aunque en nuestro tiempo ese final, se hubiera visto reforzado por una reverdecida adaptación o modernización más acorde con la situación actual —siempre, claro está, respetando el contexto histórico en el que se ha enmarcado la historia, cambiando así la moraleja, y no la totalidad de las acciones—. Es por ello por lo que opinamos que el desenlace no quedó a la altura del resto del metraje, puede que por falta de nervio, de agallas o, simplemente, por meras desavenencias interpretativas sin importancia, que nos hacen, como exigentes espectadores, exhortar para que cada película se ruede a nuestro antojo y según nuestras filias más personales. Todo ello quedará, no obstante, relegado al olvido, o al pequeño sector mental de lo anecdótico pues lo que prevalecerá tras el visionado serán las actuaciones de los dos personajes principales. Dos mujeres de procedencias diametralmente opuestas, con intereses muy diferentes y una forma de ver y afrontar la vida que les resulta mutuamente incomprensible y asombrosa.

    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 15, 2015

    Crítica | Carol

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 15, 2015

    Esquivar o exponer la realidad

    crítica de Las mil y una noches (As Mil e Uma Noites, Miguel Gomes, Portugal, 2015).

    Volume 1, O inquieto / Volume 2, O Desolado / Volume 3, O Encantado

    «Todo el cine es político». Con esta implacable afirmación uno de grandes referentes del cine comprometido, Costa-Gavras, revelaría la intención que subyace en toda película de lanzar un mensaje a la sociedad y guiar la conciencia colectiva hacia su transformación. Y es que el cine no sólo sirve para escapar de la realidad, sino también para reflejarla, de manera que el cineasta aparece como exponente de un discurso de cara a sus potenciales espectadores, que pueden compartir o no con él su visión de las cosas. Ahora bien, cuando lo que se retrata es un paisaje generalizado, sobre el que la mayoría tiene la misma opinión crítica, como es el de la reciente crisis económica en Europa, es fácil que la historia que se narra conecte con casi todos nosotros, y así nos hacemos enseguida partícipes del comentario o de la denuncia de su director. Entonces es cuando la película adquiere una trascendencia más allá de la artística y entra más claramente en el terreno sociopolítico, ganando con ello un valor añadido que es el que no debería hacernos olvidar todo el poder que puede llegar a tener el cine, y el respeto que por ello merece como expresión del patrimonio de un país. En cualquier caso, las cintas que directamente apuestan por esta vertiente documental siguen siendo marginales, por lo que es más frecuente combinarlas con un relato ficticio, y así puede citarse la obra de directores contemporáneos como Ken Loach o Jafar Panahi. Y a ellas debe añadirse ahora la trilogía de Las mil y una noches (As Mil e Uma Noites) que el cineasta portugués Miguel Gomes ha presentado este año en Cannes.

    Sin embargo, no estamos precisamente ante una película al uso, como las que a través de su dramatización sacan a relucir algún tema real conflictivo. En la citada combinación entre el relato imaginado y el retrato social surge, según Gomes, un dilema, pues como él mismo advierte en el primer acto de su último trabajo, al mezclarlos se traicionaría el espíritu de cada uno de ellos. El hecho de que el propio director y coguionista aparezca en pantalla haciendo esta declaración nos adelanta ya que estamos ante un proyecto de tintes autobiográficos además de documentales, y a priori difícil de catalogar entre los géneros cinematográficos clásicos. El volumen 1 del tríptico, El inquieto, comienza con unos planos descriptivos de un puerto gris mientras oímos en off las entrevistas de estibadores que han perdido su trabajo. Y a ello sigue la narración igual de deslucida sobre los problemas que tienen que afrontar los agricultores ante una plaga de insectos. Estos dos episodios los conecta Gomes como metáfora de la deshumanización que sufren las víctimas de un despido, y como el director quiere huir de estas experiencias, rechaza rodar una película que él considera inútil y contraproducente. Sin embargo, ante la insistencia de su equipo, se convence de que la mejor manera de hacerlo es a través de los cuentos de Sherezade, o al menos inspirándose libremente en ellos. Entonces el metraje de repente nos sitúa junto a las vírgenes de una isla de Bagdad, ataviadas según las leyendas del medioevo, al tiempo que se deja oír el leitmotiv de Perfidia, bolero repleto de romanticismo que se escuchará en varias ocasiones clave (normalmente al comienzo de un nuevo capítulo).

    por Ignacio Navarro
    diciembre 12, 2015

    Crítica | Las mil y una noches (Vol. 1, 2 & 3) de Miguel Gomes

    por Ignacio Navarro | diciembre 12, 2015
    Il racconto dei racconti

    Tríptico de reminiscencias

    crítica de El cuento de los cuentos (Il racconto dei racconti, Matteo Garrone, Italia, 2015).

    Si hay un país donde la historia pasada no ha dejado de estar presente en las mentes futuras, ese es Italia. Arrancando de la antigua Roma, recorriendo luego el Renacimiento, la unificación y el fascismo, el papel que en él ha jugado la herencia cultural y su mitología ha sido decisivo y constante en su progreso social y político. En particular, el Renacimiento se produjo en este marco geográfico porque las ruinas de la antigüedad no habían quedado del todo soterradas, ni sus habitantes las habían despejado por completo de su imaginario. Y a su vez varios autores de este periodo luminoso, entre los que destaca Maquiavelo, anticiparon con su obra la unión de las ciudades y los señoríos, y con él el nacimiento del Estado moderno. Centrándonos con todo más bien en el terreno literario, en los siglos XV y XVI cobró fuerza el humanismo, como consecuencia de la exaltación de la personalidad y la búsqueda del placer individual, si bien bajo ciertas pautas éticas y normativas. Con ello también empezaba a disociarse la teología de los escritos, adquiriendo éstos un tono profano acorde con los intereses de la incipiente burguesía. El Decamerón de Boccaccio fue un exponente temprano de esta evolución, y su huella la recogió, ya propiamente en la época renacentista, el napolitano Giambattista Basile. En 1634 se publicó su antología El cuento de los cuentos, una serie de relatos sobre fábulas fantásticas pobladas por personajes nobles y seres tradicionales del género, junto a otros nuevos propios de otras culturas, como los ogros. A esta recopilación se le conoce como el Pentamerón, y su influencia en la literatura posterior también fue patente. A partir de ahí, el cine ha seguido esta misma senda, pues también en Italia el séptimo arte presenta una continuidad de cuyos principales hitos es difícil escapar. Fellini rodó varias películas rastreables a la Roma clásica, tras él Pasolini adaptó el Decamerón en 1971 y ahora Matteo Garrone se ha atrevido con la obra de Basile, sin perder tampoco de vista los máximos referentes de su profesión.

    El cuento de los cuentos (Il racconto dei racconti), presentada este año en Cannes, enseguida muestra sin embargo un estilo propio, alejado tanto del de su fuente original como del de esos anteriores directores italianos. Y es que la pomposidad a la que apela con naturalidad el género, presente en el libro de Basile a través de su retórica elocuente, y en los filmes aludidos mediante su barroquismo visual, se transforma aquí en economía narrativa y en elegancia técnica. Desde el prólogo inicial, Garrone y sus coguionistas se cuidan de no contar más de lo necesario para anticipar las motivaciones de sus protagonistas. Si un gesto puede sustituir una palabra o si una acción puede reemplazarse por una elipsis, esa es la dirección que se toma. Y a este fondo se une el componente formal, pues con la misma intención la mayoría de escenas se ruedan con el menor número de planos posible, los cuales encuadran sin rodeos el objeto al que en ese momento el espectador debe prestar su atención. Sin duda es de admirar esta apuesta sintética y rica, tanto dramática como estéticamente. Como decíamos, ello se comprueba desde el inicio del metraje, cuando dos de los cuatro reyes que habitan en el lugar imaginario donde transcurre la historia celebran una fiesta en su castillo. Todos ríen menos la reina (Salma Hayek), y cuando surge una mujer embarazada aquella sale disgustada. Así, con un par de signos y miradas, rodados igualmente en un par de tomas, se nos hace partícipes de su disgusto: el hecho de no haber podido ser madre hasta ahora. Y ello impulsará el resto de su trama. La misma implica la llegada de un hechicero que aconseja a la gobernante matar a un enorme lagarto marino, arrancar su corazón y comérselo para quedarse preñada. En la empresa muere su marido (John C. Reilly), y aunque ella consigue su objetivo, también tiene un hijo la cocinera a cargo del manjar, y en la relación futura entre los dos hermanos gemelos surgirá un nuevo conflicto.

    por Ignacio Navarro
    diciembre 10, 2015

    Crítica | El cuento de los cuentos

    por Ignacio Navarro | diciembre 10, 2015

    La metamorfosis de Moro

    crítica de Langosta (The lobster, Yorgos Lanthimos, Grecia, 2015).

    La búsqueda del amor es una invención incorrecta, incoherente y vilmente manipulada por los estudios cinematográficos para que, cada 14 de febrero, la gente invierta cantidades ingentes de dinero y, lo que es peor, deposite toda su esperanza en encontrar a su media naranja; otro término absurdo que hace referencia a la falaz teoría de que en algún lugar del planeta existe una persona que reúne unos requisitos de compatibilidad absolutos con nosotros, y al primer contacto visual con ella sabremos —sabremos, y punto—, que "él/ella es el/la indicado/a, pausa-suspiro”. El resultado de esta búsqueda desesperada, para aquellos pobres pusilánimes que han estado influenciados por las rom-com de sobremesa hasta el punto del lavado de cerebro, suele ser tan catastrófico como la bancarrota absoluta o la depresión aguda e irreversible al comprobar, con una mezcla de espanto y ofensa, que esa media naranja a la que por fin han dado caza con total certeza, no cumple, una vez estudiado con proyección el venidero romance, los requisitos imprescindibles de idoneidad, ya sea por una discrepancia geográfica, un fallo de correspondencia o por tratarse el susodicho "semi-anaranjado", de un gato, un perro o una langosta (muchos han sido los casos de enamoramiento entre hombre y langosta, acabando casi todos ellos en desgraciados incidentes de canibalismo). Pese a que las relaciones entre humanos y animales son cada vez más frecuentes en nuestra sociedad (como también lo es la toxoplasmosis y, casualmente, —aunque quizá sin relación alguna—, la alergia al gluten), las explícitas reglas impuestas por Yorgos Lanthimos en su creación de un universo amorosamente distópico, establecen que las personas han de, llegada una edad, emparejarse con un par humano para poder continuar disfrutando de la bipedestación y (aunque quizá esto no sea tan necesario en la mencionada sociedad) el raciocinio. Así comienza The Lobster, el último desvarío sardónico del director de la revolucionaria Canino (Kynodontas, 2009).

    Y precisamente una langosta es el animal escogido por David para, en caso de no cumplir con la fecha límite establecida por la “residencia de esparcimiento” en su romántica empresa de encontrar pareja, pasar sus últimos días en la tierra de esa guisa: “crustaceiforme”. Esa es la premisa principal del nuevo experimento sociológico de Lanthimos, en el que presenta una humanidad exenta de soltería, donde las ciudades están pobladas por parejas “felices” y todos los desgraciados solitarios se ven obligados a confinarse en centros de emparejamiento preventivos o, si lo prefieren, huir hacia los despoblados suburbios de las ciudades y establecer comunas sediciosas de supervivencia, convirtiéndose así en un problema para el sistema y, por lo tanto, en un potencial objetivo a eliminar. “El delito mayor del hombre es haber nacido”, comentaba hace cerca de 400 años Calderón y, ¡cuánta razón tenía el aurisecular dramaturgo!, y ¡qué desazonadoramente actual resulta ese verso! El director griego utiliza la estricta premisa del emparejamiento preceptivo como ejemplo metafórico de la completa privación del libre albedrío. Para ello, la cinta seguirá los pasos del mencionado David, un timorato y medroso Colin Farrell, desde el momento en el que entra al centro de terapia y se le ofrece un período de gracia de 45 días —prorrogables según un sistema de recompensas por “buen comportamiento”— disfrutando de todo el lujo y el confort de su nueva residencia antes de ser animalizado. No tardará en darse cuenta de que, por mucho empeño y tiempo que dedique a su cometido, sus posibilidades de terminar en una pecera o en una cazuela son cada vez mayores, por lo que decidirá buscar una alternativa que comience con un plan de fuga. Así es como el protagonista conocerá a un grupo de rebeldes con quienes comparte una afinidad mucho mayor que con cualquiera de las mujeres a las que había conocido anteriormente, aceptando sin mucho miramiento las necesarias normas que este grupo exige para poder admitirlo como nuevo integrante de su comunidad.

    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 04, 2015

    Crítica | Langosta

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 04, 2015
     Mustang de Deniz Gamze Ergüven

    De jaulas a pájaros

    crítica de Mustang (Denis Gamzer Ergüven, Francia, 2015).

    Nacemos como piezas de un engranaje, afectadas por el entorno cultural y el sistema ideológico imperante en la sociedad que nos ve crecer. Si en países como el nuestro la libertad y el margen de acción y decisión de las mujeres se ven limitados por la violencia estructural del patriarcado, ¿qué decir de la falta absoluta que niñas, adolescentes y mujeres experimentan en otros regímenes de auténtica represión, privadas de sus derechos humanos más básicos y despojadas de cualquier intento de individualismo, de cualquier posibilidad de guiar su cuerpo, su sexualidad y sus decisiones laborales o sentimentales por el sendero de su voluntad? Desde los matrimonios pactados de conveniencia, hasta las lapidaciones, las violaciones ejercidas por familiares, los frenos al desarrollo de los impulsos sexuales o la virginidad como muestra obligatoria de pureza, existe un escalofriante abanico de muestras de la suerte que correrás en muchos lugares del mundo según lo que tengas entre las piernas. Dichas aberraciones pueden encontrar en el cine un vehículo para darse a conocer, para modificar conciencias y permitir que un poco de luz sea arrojada en las mentes más oscuras y cerradas. Como alegato crítico, fascinante y conmovedor llegaba a las pantallas del Festival Cineuropa Mustang, una ópera prima con mayúsculas firmada por la turca Deniz Gamze Ergüven, nominada a los premios LUX del Parlamento Europeo junto a las cintas Mediterránea y Urok. Esta directora novel nos ofrece una historia atrevida y rupturista cargada de emociones fuertes, de preguntas incómodas, de salvaciones, condenas y sobre todo, una representación en miniatura de la sociedad y el entorno familiar de cinco hermanas de Oriente Medio que nos pone los pelos de punta.

    Como si de la casa de Bernarda Alba de Lorca se tratase, nos encontramos desde el comienzo de la narración de Mustang con un escenario cerrado de connotaciones claustrofóbicas correspondiente a una casa del ámbito rural ubicada cerca de un pueblecito turco, en la que viven cinco hermanas huérfanas de diferentes edades —comprendidas entre los 12 y los 16 años— junto a su abuela abnegada y estricta y el déspota salvaje de su tío. Educadas en el hogar con mano dura y privadas del contacto social externo, el quinteto de niñas vive bajo el yugo constante de la represión, estando condenadas por su género a una privación total de libertades con el objetivo de preservar su castidad y encontrarles marido lo antes posible por orden de edad. El detonante de la expropiación extrema de libertad de estas jóvenes, abocadas a ser lolitas complacientes vendidas al mejor postor, se muestra al comienzo de la historia. Cuando las cinco hermanas celebran en la playa el fin del curso escolar tras despedir a su maestra, el simple hecho de estar jugando subidas a los hombros de unos compañeros de clase hace estallar la ira de su abuela, que, avergonzada por la supuesta obscenidad de sus nietas, decide acotar su espacio vital y comenzar a prepararlas para su destino: el matrimonio y ergo, la maternidad. Dictados y normas impuestas, obligatorias e incuestionables, como esa sábana que el himen debe manchar de sangre tras el primer coito, como el repulsivo derecho de pernada envuelto en el veto del silencio, como la reja que separa el cautiverio de los bosques y playas, que aleja una vida triste de la bulliciosa y multicultural Estambul. La ciudad que las protagonistas vislumbran como la única escapatoria a la desdicha de su encierro.

    por Anónimo
    noviembre 26, 2015

    Crítica | Mustang

    por Anónimo | noviembre 26, 2015

    Nacer en la cara mala del mundo

    crítica de Mediterránea (Jonas Carpignano, Italia, 2015).

    Te despiertas un día cualquiera. El reloj de los pobres vive en la cartera y en el estómago. Tiritando, echas en falta una chaqueta que te abrigue en condiciones de las temperaturas extremas, de ese frío aterrador que cala hasta los huesos. Las tripas te rugen de hambre como sonajeros. Fumas un cigarro. Caminas con ampollas en los pies, con unas zapatillas gastadas. Tal vez por el desierto ardiente, tal vez por las esquinas destartaladas de una barricada buscando vender algún bártulo, cualquier cachivache demasiado insignificante para el bolsillo de los adinerados. Burkina Faso, Argelia, Libia. Sentir el cemento del suelo al dormir y ponerse en pie con el mismo desafío: seguir respirando. Siempre a la expectativa de una oportunidad, casi has perdido el miedo. La supervivencia anestesia, las ganas de estar vivo se sobreponen al pánico a cualquier obstáculo. Sufres ataques de salvajes saqueadores armados. Pasas una noche de tormenta en una lancha neumática camino a Sicilia, a riesgo de ahogarte. Llegas a Italia, ansioso por deslomarte, juntar billetes, conseguir un contrato. Poder enviar dinero a tu hija de siete años, que vive en África con tu hermana. La comunicación con tu familia se restringe a móviles viejos, llamadas de Skype en cybercafés de mala muerte. Los ricos persiguen sueños, los pobres engullen las oportunidades como bocados. Cargan la rabia como un fardo, pocas veces pierden las ganas de bailar. Si estás leyendo esto, seguramente esta no sea tu historia. Pero además de la de Ayiva y su amigo Abas, es un calco con variaciones de las miles y millones de historias que a día de hoy suceden en nuestro mundo. Sin que a nadie parezca importarle demasiado. Mediterránea, ópera prima del italiano Jonas Carpignano —tras dos incursiones en el mundo del cortometraje—, aborda el tema de la inmigración —y por consiguiente, la explotación laboral ejercida desde el primer mundo hacia los recién llegados a sus países— desde una perspectiva personal, emocional y humana. Con la cámara al hombro y un cuidado realismo estético, la cinta nos dirige de forma natural a los ojos y a la vida de su protagonista, del que Alassane Sy hace una interpretación veraz, sentida y rotunda. El director guiña un ojo mirando hacia la vanguardia más famosa de su tierra, la de los grandes maestros del neorrealismo italiano para contar —una historia sobre la supervivencia y la tolerancia.

    Hay que señalar que Mediterránea se trata de una de las tres películas finalistas de la edición 2015 de los Premios LUX de cine del Parlamento Europeo, junto a las cintas Mustang y Urok. Todas ellas comparten el interés por abordar candentes cuestiones sociales con una vigencia estricta en la actualidad que vivimos, tocando temáticas como la educación o la inmigración. El cine de corte social, al igual que la literatura u otras manifestaciones artísticas, es el reflejo de una actualidad abatida por problemas cuyas resoluciones y experiencias deben dejar eco en nosotros más allá de la pantalla. En esa lucha, Mediterránea trata de ser un espejo fidedigno de la batalla por la propia supervivencia de un joven sin papeles que quiere hacerse un hueco en las tierras europeas. Un pulso incansable contra empresarios, explotadores, contra el frío, las enfermedades, el racismo y la carencia de respuestas institucionales. Un alegato para mostrar que nunca deben existir ciudadanos de segunda o de primera. Jonas Carpignano nos traslada a los ojos de Ayiva mediante un estilo artesano, tan próximo que duele, tan cálido y cercano que resulta imposible no contagiarse de la vivacidad de su historia. Algo muy interesante en lo tocante al guion de la cinta es que en ella desarrolla las tramas de sus dos anteriores cortometrajes. Por un lado nos chocamos contra la representación del violento levantamiento de los trabajadores africanos en el barrio de Rosarno en Italia, tras sufrir acoso y discriminación por parte de los lugareños —que plasmó en el corto A Chjàna (2012)— y, por el otro, la visión de las condiciones de vida en el sur del país, denunciando en A ciambra (2011) una sociedad racista y agresiva focalizada en un niño romano, llamado Pío Amato. Ambos personajes se reencuentran de nuevo en esta propuesta del joven cineasta, componiendo una odisea tremendamente visual que pasa por desiertos áridos y peligrosos hasta eternas jornadas laborales como recolector de naranjas en Calabria.

    por Anónimo
    noviembre 26, 2015

    Crítica | Mediterránea

    por Anónimo | noviembre 26, 2015
    Trois souvenirs de ma jeunesse

    Bajo el humo de Gauloises

    crítica de Trois souvenirs de ma jeunesse (Arnaud Desplechin, 2015).

    El amor adolescente está conformado por una suerte de imprecisas acciones movidas por convicciones incondicionales y la certeza absoluta de contar con una única y extraordinaria conexión respecto a la figura del amado, en cuya persona depositamos una confianza ciega estimulada, posiblemente, por un irrefutable test de afinidad leído en las últimas páginas de una guía de televisión y basado en una ciencia tan exacta como es la incuestionable astrología-zodiacal. El enamorado se adentra entonces en un estado de arrogante ensimismamiento del que, antes o después, terminará despertando; ya sea por las buenas o por las malas, dependiendo de qué surja antes: la madurez, y la posibilidad de afrontar con ella esa relación de manera coherente y racional, o el engaño —propio o ajeno—, que dejará al traidor a merced de un memorioso y concienzudo karma, y al traicionado aquejado de un dolor incurable —o eso pensamos todos alguna vez— mientras un séquito de empáticas plañideras lo sitúa, con gran aplomo, a la altura de los grandes sufridores y mártires que en la historia de la humanidad han sido. Arnaud Desplechin sentía una necesidad imperiosa de adentrarse en la descripción de este apasionado e impulsivo amor. Tanto es así, que para dar excusa al desarrollo primordial del mismo, se inventa una rocambolesca historia (o dos) de tintes macguffianos, correspondiente a las dos primeras historias de Trois souvenirs de ma jeunesse y que, pese a tener una función claramente introductoria y preparatoria del verdadero quid, o esencia primera del proceso fílmico, refleja igualmente esas características que el autor expresará, de manera más reflexiva y con posterioridad, en ese tercer y final acto, dando así sentido al tríptico título.

    Esther es el nombre asignado al relato perentorio y, como decíamos, antes de llegar a él tendremos que atravesar otros dos en los que el director nos presenta a su personaje principal: su ya conocido alter ego, Paul Dédalus. El primer argumento sirve de aproximación a la infancia de Paul; la relación del protagonista con sus padres y la falta de afecto en la etapa de desarrollo será imprescindible para comprender algunas de sus decisiones posteriores como adulto. Los excesos y defectos de las personas mayores marcarán la personalidad del niño en este periodo de aprendizaje en el que el carácter comienza a forjarse, como describiera Delibes en La sombra del ciprés es alargada, de manera maravillosamente pesimista con aquella frase que resonaría en la memoria de Pedro y le perseguiría para siempre como un lastre inquebrantable: “Las bodas no serían tan frecuentes, ni se adornarían con detalles tan superfluos e insensatos si los novios pensasen en su día que uno de los dos ha de enterrar irremediablemente al otro.” Después llegará el episodio en el que se desvela que no está todo perdido para Paul; pese a su tormentosa infancia podremos vislumbrar un rayo de esperanza en su comportamiento desprendido, motivado por la camaradería y el amor fraternal. A estas alturas Desplechin comienza a mostrarse impaciente, no ve el momento de capitular y enlazar con su obsesión: Esther. Y así llega el tercer episodio, de manera abrupta y precipitada, algo que, como veremos a continuación, no nos resultará difícil de perdonar cuando todas las piezas empiecen a funcionar como un todo en torno a esa joven misteriosa que da título al relato.

    por Alberto Sáez Villarino
    noviembre 11, 2015

    Crítica | Tres recuerdos de mi juventud

    por Alberto Sáez Villarino | noviembre 11, 2015

    El álbum familiar de Koreeda

    crítica de Nuestra hermana pequeña (海街diary, Umimachi Diary, Hirokazu Koreeda, 2015).

    Uno de los muchos dilemas existenciales que plantea el cine de ficción es hasta qué punto lo que retrata es inventado y hasta qué punto es real. El cineasta que crea una historia inevitablemente toma experiencias de su propia vida, pero las mismas suelen difuminarse en el marco imaginado que aparece en pantalla. En otras palabras, el artista puede ser más o menos consciente en cuanto a sus intenciones autobiográficas, las cuales pueden ser a su vez más o menos reconocibles en el producto final. Pues bien, en pocas filmografías como la del director japonés Hirokazu Koreeda puede rastrearse con mayor claridad una narrativa que corre paralela a sus propias vivencias. Por ejemplo, él mismo confesaba que su reciente paternidad había sido determinante en la concepción de su anterior filme, De tal padre, tal hijo (Soshite chichi ni Naru, 2013), la historia de dos familias cuyos hijos fueron intercambiados al nacer. Una paternidad que ya venía anticipada en Milagro (Kiseki, 2011), el relato de dos hermanos separados por el divorcio de sus padres. Vemos ya cómo a este cineasta le interesan tanto los fuertes y duraderos lazos familiares como las rupturas que pueden provocar sus vicisitudes. De hecho él mismo tuvo que convivir en su infancia con un padre ausente, antiguo prisionero de guerra, fallecido al igual que su madre no hace muchos años. Esta otra vertiente trágica e inevitable de la familia también está pues presente en la visión de Koreeda, y así lo recoge en su última obra, presentada este año en la sección oficial en el festival de Cannes, Nuestra hermana pequeña (Umimachi Diary).

    En efecto, estamos ante una obra que vuelve a insistir en las intricadas relaciones que pueden derivar del matrimonio. La historia arranca con la muerte del padre de tres hermanas, que vive en otra ciudad con otra mujer tras haber abandonado a la madre de aquellas por una mujer, también fallecida, que es a su vez la madre de una niña que hasta ahora vivía con su padre y su madrastra. Es este el resumen conciso y quizás confuso de una premisa que para nosotros también tarda un tiempo en aclararse. Las citadas hermanas asisten al entierro de su padre y tras ello deciden acoger en su hogar natal a esa hermana pequeña que se ha quedado huérfana y que da título a la cinta. Y a partir de ahí la película podría dividirse en dos partes. En la primera asistimos a la llegada y acomodo de la niña, adaptándose a las costumbres de su nueva casa o a las actividades de su nueva escuela, con la ilusión y la felicidad que supone reencontrarse con una familia. Y en la segunda, una vez establecidas estas nuevas relaciones, subyacen antiguos conflictos que habían quedado relegados por el optimismo anterior, en particular tras la visita de la madre originalmente engañada que también había decidido mudarse a otra localidad. Esta sencilla división permite clarificar un tanto el relato y ayudaría a interpretar el verdadero significado de muchas escenas en apariencia anodinas, las cuales a menudo giran en torno a estos personajes comiendo en casa o fuera, o paseando por las calles de un bello emplazamiento costero que proporciona gran parte del atractivo de la historia.

    por Ignacio Navarro
    octubre 17, 2015

    Crítica | Nuestra hermana pequeña

    por Ignacio Navarro | octubre 17, 2015
    Mia madre

    El cine, la familia, la pérdida

    crítica de Mia madre (Nanni Moretti, 2015).

    La familia desata las pasiones más íntimas. La muerte de un hijo, de una hermana, de un padre o de una abuela son dramas que forman parte de la vida. La intimidad de ese dolor, que sientes tuyo y de nadie más, es la que Nani Moretti nos invita a observar. En esta ocasión hace con Mia madre (2015) lo que en su día con La habitación del hijo (ganadora de la Palma de Oro en 2001). Son películas distintas pero que suponen una dupla perfecta sobre el duelo. En una la muerte es repentina y llega demasiado pronto, en la otra es un proceso lento que desemboca en lo inevitable. Cada pérdida es única, distinta. Si bien todas conducen al llanto, a la desesperación, a la rabia, a la soledad o a la culpa. El realizador italiano vuelve a retratar el proceso paliativo de las heridas emocionales. Y lo hace muy bien (al menos cuando se ciñe estrictamente a eso). En Mia madre cede el protagonismo a Margherita (Maegherita Buy), su alter ego femenino (relegándose a un papel secundario, como ya vino haciendo en sus dos trabajos anteriores). Directora de cine que se encuentra en un momento vital harto complicado: enfrascada en su último proyecto cinematográfico, en proceso de separación de su pareja, con una hija adolescente y su madre gravemente enferma. El (supuesto) epicentro de la historia es la enfermedad de la madre y los cambios familiares que eso conlleva en general, y los que se producen en Margherita en particular. La protagonista se verá superada por las circunstancias y su único apoyo es su hermano (Nanni Moretti), quien renuncia a su empleo por mera desidia vocacional y para ocuparse de la madre. Los puntos de vista y los múltiples frentes abiertos dotan al último trabajo del cineasta transalpino de una complejidad que no es necesariamente beneficiosa para el devenir narrativo, pero que demuestra su capacidad para elaborar relatos de distintos niveles, ricos en subtextos.

    En esta cara B sobre la pérdida de un familiar Moretti puso el alma. En las entrevistas promocionales comentaba cómo la muerte de su madre, durante el montaje de Habemus Papam (2011), fue la principal inspiración del libreto. Incluso se ayudó del diario escrito por él mismo durante la enfermedad de su progenitora. Una jugada tan pasional como inteligente pues dotó a la historia de lustre en términos de verosimilitud. Nadie puede pasar por alto la rebosante autenticidad de los diálogos en el hospital, sobre todo cuando se sumergen en lo trivial. Hay una escena que captura, sin aspavientos, la vida: Margherita habla con su madre de lo entrañablemente pesados que son unos vecinos que han ido a visitarla. Esa tierna concesión a lo insignificante es uno de los puntos fuertes de la cinta. No obstante, el filme es un rizoma que emite raíces a distintos niveles. Por lo tanto se puede decir que es una obra con muchas películas en su interior. Por separado funcionan de manera extraordinaria. Pero juntas no empastan como debieran. En honor a la verdad hay que decir que el trabajo como cineasta de la protagonista atrapa, aprisiona al cinéfilo. Solo un director experimentado puede captar con tanto tino lo que supone su oficio. A los mitómanos esas secuencias de John Turturro, conduciendo mientras tratan de filmar una toma, les encandilarán. De todas formas en su relación con el resultado final uno no acaba de compartir su relevancia. Es comprensible el afán de Moretti por tratar de plasmar su realidad ficcionada de la manera más fehaciente (entiéndase el galimatías), pero, al juicio del que suscribe, quedaría una película más redonda si hubiese hecho su particular La noche americana (1973) o si se centrase en la tragedia familiar. Podrían resultar al menos dos obras más que dignas de Mia madre.

    por Anónimo
    octubre 03, 2015

    Crítica | Mia madre

    por Anónimo | octubre 03, 2015

    Leones en jaulas de papel

    crítica de Sicario (Denis Villeneuve, 2015).

    Se cierran las fronteras en la Europa del Este, la única vía de escape a la terrible situación bélica que se vive actualmente en Siria es tapiada a consecuencia, en gran medida, de la presión popular. Mientras cuatro millones de personas suplican por un lugar en el que cobijarse de las constantes detonaciones que arrasan día tras día su país, y del reguero de muertes que éstas originan, nosotros, europeos del primer mundo acomodado —y perdón por la generalización—, apelamos a un dictamen justo basado en unas prioridades que consideramos ineludibles. No es que seamos reacios a ofrecer ayuda al necesitado, el problema es simplemente que, “ahora”, no es un buen momento. Y es precisamente ese “ahora” el que nos ha excusado cada vez que nuestro apoyo ha sido requerido, un presente inmediato que nunca sonó tan ambiguo e indefinido: desesperanzador. ¿Qué podemos hacer? Nos gusta el orden y cada cosa en su sitio; los santos en el cielo y los pecadores en el infierno. Somos capaces de asumir que la coherencia en el infierno es el caos mismo, siempre que éste no salga de sus fronteras y nos salpique. En el infierno, el orden se conserva gracias a que las víctimas asumen su condición de mártires, a quienes lloraremos desconsoladamente y cuyas imágenes llenarán los muros digitales de todas nuestras redes sociales. Sin embargo, cuando esas víctimas, esperanzadas por nuestro apoyo remoto, deciden pedir ayuda real, en ese momento se subvierte el orden establecido y el caos invade nuestra zona de confort. Las consecuencias de perder la contención de la violencia entre estratos geográficos, dejando que la crueldad se expanda fuera de sus fronteras asumibles, son devastadoras.

    Sicario muestra uno de esos infiernos terrenales, donde hace tiempo que el primer mundo tiró la toalla y lo abandonó a su suerte en medio de un caos violento reinado por los magnates del crimen. El filme se recrea con una impresionante potencia audiovisual —ojo a la fotografía de Roger Deakins— en las consecuencias que se producen cuando esas fronteras invisibles que lo separan del mundo civilizado desaparecen, y ese orden, aniquilado, origina que se crucen ambos mundos en un choque de secuelas fatales. ¿Quiere por ello, Denis Villeneuve, reinventar el thriller sobre el narcotráfico o, siquiera, mostrar una situación que no conociéramos previamente? No, sin lugar a dudas, lo que interesa al director canadiense no es tanto la realidad que se esconde tras la historia como la metaficción y su manera de plantearla; ese hermetismo y brutalidad tan característico que rodea a sus personajes en medio de una ciudad sin ley. Para ello recurrirá como motor principal de la acción a la violencia. La violencia, o el uso de ésta, como excusa para hacer avanzar una narración sustentada por la intriga y la tensión contenida. Una estrategia de representación de los acontecimientos que suscita un estado de estrés insostenible, incrementando su nivel de intensidad progresivamente a lo largo del metraje aunque, en ningún momento, llegará a detonar abiertamente, pero dejará al espectador sumido en esa angustia insoportable de nerviosismo por la constante sensación de que algo está a punto de ocurrir. La vehemencia es una forma de vida heredada de ese brutal escenario que es la Ciudad de Juárez, presentada por Villeneuve con características prosopopéyicas de verdadera maldad, donde no existe otra alternativa que la supervivencia. Juárez cobra vida desde los primeros minutos y jugará sus cartas como en una partida de póker o como si de la propia guerra fría se tratara, a base de amenazas y demostraciones de crueldad sin llegar a lanzar el esperado envite final. La mejor defensa de la ciudad es el temor y la cantidad de leyendas creadas en torno a ella, cuya veracidad, muy pocos han osado a comprobar y los que lo han hecho no han llegado muy lejos para contarlo. El terror que un entorno así genera a su alrededor funciona como un sistema defensivo perfecto para evitar que los enemigos de los jefes del cártel se acerquen demasiado, cualquier invasión de alguien externo es una potencial amenaza y una presencia hostil que no será bienvenida.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 20, 2015

    Crítica | Sicario

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 20, 2015
    La giovinezza

    Nessun dorma

    crítica a La juventud (La giovinezza / Youth, Paolo Sorrentino, 2015).

    Trepa, calculador, aprovechado, arribista, advenedizo, oportunista, pelota, lameculos… el hombre moderno dispone de un sinfín de sinónimos con los que etiquetar a una persona que, bajo su punto de vista, disfruta de un éxito inmerecido. No hay duda de que efectivamente existen cierto tipo de individuos cuya personalidad se adapta cual guante a la definición de todos esos adjetivos, sin embargo, hemos llegado a tal punto en la competitiva sociedad actual, que tendemos a una generalización y presunción de hipocresía hacia todo aquel que ha alcanzado unos determinados logros en la vida. Los métodos para llegar al éxito serán objeto de nuestra recelosa suspicacia dada la propia naturaleza envidiosa inherente que nos caracteriza, llevándonos a menospreciar el fin y los medios del prójimo con el único objetivo de justificar nuestra propia mediocridad y el duro hecho de que, probablemente, él es simplemente más apto que nosotros para una determinada tarea. Al final, todo se reduce al miedo y a la inseguridad. Los mayores complejos del hombre vienen de su enorme ego y se traducen en una sensación de inferioridad que lo lleva a cometer las acciones más irracionales. Si existe un término que defina perfectamente todo ese temor, es precisamente el que da título a la película que hoy nos ocupa: La juventud. La palabra juventud no comienza a tener sentido hasta que se ha finalizado la etapa a la que hace referencia. Los jóvenes no tienen consciencia de su lozanía al no conocer empíricamente otro estado de madurez con el que compararla. Es por ello por lo que son los adultos los que buscan aferrarse a un objeto, ideología o moda que les devuelva esa sensación —adulterada—, mientras tratan de evitar ser desplazados por otros que cuentan con más tiempo y energía. Paolo Sorrentino muestra esta disyuntiva de forma metafórica, desde la misma perspectiva que adoptara en su anterior trabajo, La gran belleza (La grande bellezza, 2013): la de todos aquellos que hace tiempo perdieron pero ansían recuperar, aunque sea por última vez, aquel arrogante sentimiento de superioridad que ni tan siquiera los sueños les vuelven a traer a la memoria.

    Una de las más preponderantes preguntas que surgen viendo La juventud es, ¿son belleza y juventud, para Sorrentino, dos términos interdependientes? La respuesta parece un claro sí, pero con ciertos matices, como por ejemplo que esa dependencia no parece seguir una lógica directamente proporcional. Lo importante para el director italiano es encontrar lo atractivo en aquello que escapa de los cánones estéticos convencionales, y lo juvenil en lo maduro; su objetivo radica en hallar la poesía oculta en las formas y los sonidos para la creación de un cine, ora indulgente, ora indolente, basado en la armonía de las relaciones entre los sujetos y el entorno. Para lograr dicho propósito, la película nos traslada paradójicamente a un balneario de los Alpes suizos. Y decimos paradójicamente porque éste parece uno de los últimos lugares donde alguien esperaría encontrar “juventud” propiamente dicha. Como podremos comprobar, la juventud tiene muchas caras, y todas ellas se manifestarán en aquellos que viven de —o por— sus logros pasados. Fred Ballinger, un antiguo director de orquesta, sería el vivo ejemplo de los que viven de las rentas de una fructífera juventud, sin embargo, no busca prolongar su legado al ser consciente de lo limitado de sus beneficios en comparación con el inmenso hastío que le produciría reconducir una sinfonía que dejó de tener sentido cuando entendió la vaguedad de su mensaje. Fred se dará cuenta, sólo al separarse de su obra, de la magnitud de su amor. Un terrible e inútil amor tardío sin valor y sin mayor utilidad que la de entregarse al autocompadecimiento. ¿De qué te sirve ahora, Fred? Mick Boyle, por el contrario, sigue inmerso en un talento que parece haberlo abandonado tiempo atrás. Boyle, un director de cine venido a menos, antepone su obra a cualquier otra faceta de su vida, por lo que trata de demostrarse que aún no ha dicho la última palabra, buscando la construcción de un nuevo trabajo que vuelva a aportarle, por fin, confianza y sentido a su vida. Juntos se dedican a espiar el juego de dos longevos amantes que se odian en público a diario para desearse en secreto en lugares inapropiados. La juventud de Mick y Fred no se aprecia en sus traviesas aventuras y pasatiempos voyerísticos con los que se entretienen añadiendo un poco de adrenalina a sus monótonas vidas, sino en su propia amistad, un sentimiento genuino y desinteresado consistente en una espontánea demostración de afecto y preocupación sin cuestionar en ningún momento las acciones del otro.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 02, 2015

    Crítica | La juventud (Youth)

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 02, 2015
    El hijo de Saúl

    Arbeit Macht Frei

    crítica a El hijo de Saúl (Saul fia, László Nemes, 2015).

    Cuando una persona o sociedad fundamenta su entera existencia en hacer daño a los demás, no hay duda de que al final podría llegar a ser toda una institución destrozando vidas a través de los métodos más dispares e inhumanos. La sola existencia de esas “unidades de trabajo” apodadas Sonderkommandos demuestra el abyecto y, al mismo tiempo, pragmático estilo de tortura de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, los alemanes delegaban en estos elegidos aquellas tareas que implicaban un esfuerzo físico más intenso, dentro de las asignaciones propias de los guardias de seguridad en los campos de concentración. Por otro, estos presos disfrazados de seguratas estigmatizados eran uno de los mayores entretenimientos de las tropas del Tercer Reich, quienes se divertían a su costa humillándolos, haciéndoles creer que tenían la más mínima responsabilidad sobre el resto de prisioneros y obligándolos a realizar vejaciones sobre sus propios camaradas, amigos o familiares. Pese a que la aclamada ópera prima de László Nemes, El hijo de Saúl (Saul fia), queda contextualizada en un momento y lugar muy específicos —y recurrentes—: la Segunda Guerra Mundial y el campo de concentración de Auschwitz, el peso de la trama se centrará en este grupo de desdichados y, en concreto, en uno de ellos: Saúl. La cinta se aleja de esta manera de una extremada pretenciosidad, tanto visual como narrativa, para optar por un más que acertado minimalismo dramático, convirtiéndose así en un espécimen único dentro de una familia muy numerosa. La trama general queda pues relegada a un segundo plano, en beneficio de ese viaje —ya no iniciático, sino más bien terminal— propio del protagonista, que será lo verdaderamente importante de la narración.

    Desde los primeros segundos de metraje, la cámara se situará a escasos centímetros del actor principal, y ahí se quedará durante las dos horas de duración. Su rostro frío e inexpresivo nos revela la apagada mirada de alguien a quien ya poco le queda por perder. Su labor dentro del campo de concentración es de las más terroríficas que se han dado y, al mismo tiempo, le permite conservar una cierta esperanza de supervivencia; una existencia prolongada cuyo sentido será puesto en duda a cada minuto, mientras tenga que seguir escoltando a sus iguales hasta la entrada de una cámara de gas, donde los ayudará a desvestirse, los forzará a introducirse en ese oscuro habitáculo con una pueril mentira que hace mucho tiempo perdió cualquier viso de credibilidad y, por último, accionará el mecanismo que los conducirá a una muerte espantosa mientras él, con una mezcla de diligente rapidez e inconsciencia mecánica, engrosará las arcas del gobierno alemán con las pertenencias de los ejecutados, a excepción de algunos “objetos brillantes” que pasarán a los fondos de una agrupación de trabajadores, especie de sindicato sin libertades, ni derechos, ni la posibilidad de defender los intereses de sus miembros. Durante una de las limpiezas rutinarias, mientras apartaba los cuerpos sin vida de las víctimas, Saúl descubre una extraña y perturbadora irregularidad que le lleva a pensar que su hijo, al que hacía mucho tiempo que no veía, acaba de ser asesinado. Obviamente, al impacto de la noticia se le une la consternación de ser, no el responsable, pero sí el verdugo de su propio vástago.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 02, 2015

    Crítica | El hijo de Saúl

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 02, 2015
    Blue Heron
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