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    Noruega
    Noruega

    Mainstream con acento nórdico

    crítica de La ola (Bølgen) (Roar Uthaug, Noruega, 2015).

    Noruega conoció uno de los desastres naturales más impactantes y dramáticos de toda su historia en 1934, cuando una gigantesca avalancha de dos millones de metros cúbicos de montaña, provocada por un corrimiento de tierra, se precipitó sobre el fiordo de Tafjord, un pequeño pueblo de la costa occidental de la península escandinava, desde una altura de 700 metros. La devastadora consecuencia fue un tsunami local que acabó con la vida de 47 personas que vivían en las cercanías de la orilla del fiordo. Según los expertos en geología, a día de hoy están contabilizadas unas 300 laderas inestables en montañas de aquel país, por lo que las posibilidades de una nueva tragedia de magnitudes similares a la de Tafjord son muy elevadas. Uno de los lugares que mayor riesgo presentan de derrumbamiento por erosión lo tenemos en el paso de montaña de Åkneset, situado sobre el estrecho fiordo de Geiranger, por lo que se encuentra en constante vigilancia por un grupo de geólogos del Centro de detección y aviso de desprendimientos de montaña, que controlan cualquier actividad sospechosa de tan colosal mole de roca. Tan desoladoras estadísticas son las que han servido de base científica para el argumento de La ola (2015), toda una superproducción europea que ha contado con un generoso capital de 50 millones de coronas para reconstruir de manera espectacular una catástrofe de grandes dimensiones que poco tiene que envidiar a otros títulos del género concebidos por los grandes estudios de Hollywood.

    Aprovechando la buena racha de éxitos a nivel internacional de propuestas nórdicas como Headhunters (Morten Tyldum, 2011) o Kon-Tiki (Joachim Rønning, Espen Sandnerg, 2012), poseedoras de una factura impecable capaz de rivalizar con el cine norteamericano, John Kåre Raake y Harald Rosenløw-Eeg fantasean en su guion con la posibilidad de que se cierna sobre Geiranger una desgracia como la de Tafjord, con una ola de 85 metros de alto arrasando la población. La casualidad ha hecho que este filme dirigido por Roar Uthaug –dueño de una filmografía poco relevante, con títulos tan enfocados al entretenimiento ligero como el slasher Cold Prey (2006) o la fantasía infantil La montaña mágica (2009)– se estrene el mismo año que San Andrés (Brad Peyton, 2015), un blockbuster veraniego diseñado para que el musculoso Dwayne Johnson “The Rock” pueda ejercer de héroe a prueba de catástrofes varias, y que ponía en imágenes un hipotético desplazamiento de las fallas que provocarían un terremoto de magnitud 9 en California. Dos historias con puntos de partida similares que, sin embargo, representan la cara y la cruz de lo que define al nuevo cine catastrofista. La ola comienza con una breve introducción en forma de imágenes de archivo y una voz en off que informa al espectador de los peligros a los que están expuestos los preciosos fiordos noruegos, para, acto seguido, presentarnos a los protagonistas. Así, la cámara, elegante en sus encuadres y con una fotografía de gran calidad a cargo de John Christian Rosenlund, que sabe capturar toda la belleza de su espectacular marco natural, sigue al geólogo Kristian Eikjord en su coche hasta el hogar que comparte junto a su esposa e hijos (un chico adolescente y una niña de menor edad). A la manera del cine de Spielberg, una situación cotidiana sirve para dibujarnos unos perfiles bastante aproximados de los dos miembros del matrimonio: en medio de una mudanza (la familia está apunto de dejar su tranquila vida en Geiranger, arrastrados por una nueva oferta de empleo para el patriarca en la ciudad), la decidida y resolutiva esposa trata de arreglar una tubería rota mientras que el marido no es capaz de identificar una llave inglesa dentro de una caja de herramientas. Queda claro, de este modo, que la cinta de Uthaug no va a caer en el tópico de convertir a Kristian en un salvador sobrehumano, optando por enfrentar a personas de carne y hueso, cargadas de miedos e inseguridades, frente a circunstancias extremas de las que les resultará difícil salir.

    por José Martín León
    abril 26, 2016

    Crítica | La ola (Bølgen)

    por José Martín León | abril 26, 2016
    Louder than bombs

    Guilty pleasures

    crítica de El amor es más fuerte que las bombas (Louder than bombs, Joachim Trier, Noruega, 2015).

    Lánguidamente avanza la vida del inadaptado, turbado por la incomprensión social que despiertan sus acciones; esperando paciente a sus felices momentos de soledad, disfrutando de su verdadero yo alejado de miradas juiciosas, esquivas, jocosas, de reproches a media voz, de sentir vergüenza por ser el causante de tantas, a su vez, vergüenzas ajenas, conocedor de que su fallo no lo es tanto, de que su inadaptación no es tal, sino una profunda y reprochable lacra del sistema educativo; ese que nos obliga a aceptar sumisos un modelo de vida, un patrón, una camisa, de algún modo opresiva y limitante, que impide al sujeto expresarse libremente y se adhiere a él inflexiblemente, con un exceso de almidón —siguiendo con la metáfora textil—, mientras su cuerpo pugna con fiereza por desembarazarse de ese lastre que le obliga a estar estático cuando quiere moverse, o a estar en silencio cuando necesita gritar. Así se origina, por sacudidas incontroladas de ira e inconformismo, lo que comúnmente se conoce como mal temperamento, rebeldía o inmadurez, a fuerza de impulsos espasmódicos y erráticos cuyo origen radica primordialmente en la propia fuente de su corrección. La severidad y la mano dura son la principal causa de que adolescentes como Conrad Reed, que se niegan rotundamente a permanecer inmóviles en su fase de modelación, sean llamados inadaptados sociales o “misfits” herméticos para los que la sociedad no tiene tiempo. Jonah, hermano de Conrad, es el ejemplo opuesto; desde joven ha aceptado las reglas según le eran planteadas, obteniendo así una proyección muy alentadora y, al mismo tiempo, entendible, en función del inmaculado sistema de enseñanza americano; logrando con sacrificio y esfuerzo los tres fundamentos básicos del ciudadano modélico: carrera, familia y empleo. Pero Louder Than Bombs evita desde el comienzo mostrarse clara en sus intenciones, por lo que la apología del conservadurismo institucional no parece que vaya a durar mucho tiempo.

    Gracias a las diferentes narraciones y a su perspectiva múltiple, la película nos ofrece un sorprendente mapa difuso de las apariencias y la necesidad de encontrar recompensas a todas nuestras acciones. La narración nos confundirá, no sólo por los mencionados trucos de (mala)interpretación, sino también por ocultar aspectos fundamentales de la trama que saldrán a relucir con posterioridad para evidenciar lo vago e impreciso de las percepciones cuando éstas son tomadas a primera vista y en base a las apariencias. Gracias al fantástico uso de las analepsis y las escenas oníricas, el realizador nos introduce en su juego de segundas intenciones. Joachim Trier es un poeta melancólico que responde con sutil naturalidad y despiadada honestidad a la falsedad espiritual que abunda en nuestra sociedad. Doctorado, gracias a sus dos obras anteriores: Reprise (2006) y Oslo, 31 de agosto (2011), en la composición de esquemas individuales de fuerte tendencia abstracta, consigue con su última película un acertado nivel de sensibilidad al expandir esos retratos a la pluralidad de un planteamiento coral, donde el protagonismo no queda tan bien definido como en esos anteriores trabajos. Pese a ello, no renuncia a definir la alienación de sus personajes a consecuencia de su incapacidad para conectar con la belleza de la vida, originando una irreversible decepción frente al mundo, incapaz de hacer frente a sus diferencias genuinas. Esta situación promueve la constante humillación personal, lo que insta a los perjudicados a cerrarse interiormente y levantar un sistema defensivo a prueba de preguntas indiscretas. Mentiras piadosas que se convierten en secretos indómitos. Trier retoma nuevamente el tema del suicidio como uno de los desasosiegos imperantes de su cine, un cine visceral de magnetismo hipnótico y sentimientos a flor de piel.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 23, 2016

    Crítica | El amor es más fuerte que las bombas

    por Alberto Sáez Villarino | enero 23, 2016

    Frías carencias afectivas

    crítica de De nærmeste (Anne Sewitsky, Noruega, 2015).

    Con De nærmeste (2015), su tercer trabajo como realizadora, la noruega Anne Sewitsky ha vuelto a visitar el Festival de Sundance cinco años después de que su ópera prima Siempre feliz (2010) obtuviera el Premio del Jurado (World Cinema) a la mejor película. A aquel debut francamente prometedor —también triunfó en nuestro Festival de Sevilla, llevándose el trofeo a la mejor película—, le seguiría Totally True Love (2011), la exitosa adaptación de una novela infantil de Vigdis Hjorth. Con dos antecedentes tan claramente enmarcados en el género de la comedia resulta, cuanto menos, sorprendente, la contundente apuesta por el drama que Sewitsky realiza en una historia que acumula una gran cantidad de elementos que podrían haberla convertido fácilmente en un lacrimógeno culebrón televisivo. Sin embargo, la directora ha sabido esquivar con elegancia cualquier atisbo de tremendismo, a pesar de contar con algún ingrediente que se presta con facilidad a la polémica, manteniéndose en un tono casi siempre sobrio, al que la frialdad estilística y narrativa habitual en el cine nórdico ayuda, para bien y para mal, a contener la gran maraña de conflictos emocionales a los que se enfrentan los personajes, de un modo que recuerda a la obra de la danesa Susanne Bier.

    La historia presenta a un puñado de personajes, pertenecientes a una misma familia totalmente desestructurada. Todos y cada uno de ellos presentan acentuadas carencias afectivas que les imposibilita mostrar sus sentimientos, tendiendo a rechazarse los unos a los otros, víctimas de unas relaciones paterno-filiales mal gestionadas a lo largo de más de tres décadas. La protagonista central es Charlotte, una joven de 27 años que encuentra en sus clases de baile para niños una vía de escape a una existencia vacía y marcada por una relación de amor-odio con su madre, una mujer más preocupada en mantenerse ocupada en un sinfín de actividades que en prestarle atención a su esposo moribundo o a las reclamaciones de cariño de su hija. Por otro lado está Henrik, de 35 años, un hermano al que no conoce, ya que su madre le abandonó nada más nacer. Pese a que, aparentemente, lleva una vida ordenada en compañía de su esposa e hijo y con un buen empleo, la sombra del rencor hacia aquella familia que se le negó no le deja a ser completamente feliz. La película muestra cómo las vidas de estas dos personas dan un vuelco de 180º cuando tienen la posibilidad de conocerse y, contra todo pronóstico, sus lazos afectivos comienzan a cruzar la frontera del amor fraternal para convertirse en una tormentosa historia de amor incestuoso que amena con dinamitar sus vidas y las de quienes les rodean. Un tema tan espinoso como el del incesto es tratado, gracias al templado guión, de una forma natural e incluso justificable si se atiende a las profundas carencias afectivas que sufren Charlotte y Henrik. Las escenas sexuales, eso sí, son bastante osadas, mostrando a sus actores tan desnudos física como emocionalmente, ya que en ellas se manifiesta en toda su crudeza la rabia contenida que ambos personajes albergan en su interior.

    por José Martín León
    noviembre 19, 2015

    Crítica | Homesick (De nærmeste)

    por José Martín León | noviembre 19, 2015
    Amanda Awards

    No ha sido un año especialmente positivo para la industria noruega el pasado 2014. Ya lo auguraba la pobre recepción en el Festival de Toronto de la candidata del país escandinavo, 1001 grams, en los Óscar y la vuelta a Sundance de Anne Sewitsky con Homesick. Críticas mediocres y nula repercusión internacional que se reflejan en las candidaturas de la 31ª edición de los Premios Amanda, los laureles más importantes del cine noruego. Precisamente, el filme de Bent Hamer es el principal favorito de la gala que se celebrará en el Maritim Hall de Haugesund y que se supondrá el pistoletazo de salida de una muestra que se celebrará, del 15 al 31 de agosto, en la nombrada ciudad de Vestlandet y que está organizado por la Academia Noruega y Warner Bros. Pictures.

    Mejor película noruega

    1001 Grams – Bent Hamer.
    Børning – Hallvard Bræin.
    Out of Nature – Ole Giæver.

    Mejor película infantil

    Casper and Emma’s Wonderful Christmas – Arne Lindtner Næss.
    Operation Arctic – Grethe Bøe-Waal.
    Captain Sabertooth and the Treasure of Lama Rama – Lisa Marie Gamlem and John Andreas Andersen.

    Mejor dirección

    1001 Grams – Bent Hamer.
    Brothers – Aslaug Holm.
    Here Is Harold – Gunnar Vikene.

    Mejor actriz

    Inga Ibsdotter Lilleaas – Women in Oversized Men’s Shirts.
    Agnes Kittelsen – Staying Alive.
    Ine Marie Wilmann – Homesick.

    Mejor actor

    Elias Ali – Haram.
    Colin Farrell – Miss Julie.
    Bjørn Sundquist – Here Is Harold.

    Mejor actriz secundaria

    Ida Husøy – Børning.
    Anne Krigsvoll – Women in Oversized Men’s Shirts.
    Silje Storstein – Homesick.

    Mejor actor secundario

    Anders Baasmo Christiansen – Captain Sabertooth and the Treasure of Lama Rama.
    Hallvard Holmen – Women in Oversized Men’s Shirts.
    Henrik Mestad – Børning.

    Mejor guion

    1001 Grams – Bent Hamer.
    Women in Oversized Men’s Shirts – Gunnhild Øyehaug and Yngvild Sve Flikke.
    Out of Nature – Ole Giæver.

    Mejor fotografía

    1001 Grams – John Christian Rosenlund.
    Beatles – Philippe Kress.
    Here Is Harold – Simon Pramsten.

    Mejor dirección artística

    1001 Grams – Astrid Astrup, Tim Pannen and Alain Guffroy.
    Beatles – Peter De Neergaard.
    Here Is Harold – Peter Bävman and Cecilie De Lange.

    Mejores efectos visuales

    Børning – Gimpville v/Lars Erik Hansen.
    Captain Sabertooth and the Treasure of Lama Rama – Storm Studio w/Morten Moen and Tine Teigene Dalen.
    Operation Arctic – Storyline Studios w/Torgeir Busch E Ivar André Rystad.

    Mejor música

    1001 Grams – John Erik Kaada.
    The Disappearing Illusionist – Nicholas Sillitoe.
    me – Nils Petter Molvær.

    Mejor montaje

    Brothers – Aslaug Holm, Hilde Bjørnstad and Anders Teigen.
    The Accidental Rock Star – Christoffer Heie.
    me – Unni Straume.

    Mejor diseño de sonido

    Beatles – Tormod Ringnes and Baard Haugan Ingebretsen.
    Børning – Fredric Vogel og Petter Fladeby.
    The Accidental Rock Star – Svenn Jakobsen.

    Mejor cortometraje

    Bunker – Vibeke Heide.
    Foul – Rune Denstad Langlo.
    Skate –Jørn Nyseth Ranum.

    Mejor documental

    Brothers – Aslaug Holm.
    Drone – Tonje Hessen Schei.
    Pels – Ola Waagen.

    Mejor película extranjera proyectada en Noruega

    Interstellar (USA) – Christopher Nolan, distribuida por SF Norge.
    Leviatán (Rusia) – Andrey Zvyagintsev, distribuida por Arthaus.
    Sueño de invierno (Turquía) –Nuri Bilge Ceylan, distribuida por Fidalgo.
    Whiplash (USA) – Damien Chazelle, distribuida por United International Pictures.
    Relatos salvajes (Argentina) – Damián Szifrón, distribuida por Norsk filmdistribusjon.
    por Emilio M. Luna
    junio 22, 2015

    Nominaciones Amanda Awards 2015, los premios del cine noruego

    por Emilio M. Luna | junio 22, 2015

    Love will tear us apart

    Crítica en la Seminci a Miss Julie (La señorita Julie, 2014), dirigida por Liv Ullmann. | ★★★★ |

    Como dato inicial, baste indicar que Miss Julie es una adaptación escrita por la propia Liv Ullman del clásico teatral de August Strindberg, relato que narra la historia de la hija de un terrateniente que seduce a su criado durante la noche de San Juan. Una premisa simple con tres únicos personajes (la noble, el criado y la cocinera) que desarrolla todo su potencial a través de la situación y del discurso. Ullman decide arriesgarse mantiéndose fiel al texto original, no añade elementos y crea una propuesta puramente teatral, tanto en forma como en tempo actoral, que, sin embargo, no renuncia a la belleza fílmica, con una fotografía cuidadísima (iluminación digna de elogio) o una composición de planos que sabe aprovechar a la perfección los recursos del audiovisual. No sabemos si la elección de Chastain y Farrell responde a gustos personales o a necesidades económicas de asegurar un reembolso, pero la verdad es que la química creada entre el irlandés y la pelirroja californiana de aspecto gaélico es prácticamente instantánea. Ella, que tiene el papel difícil, cumple con sobrada nota, reflejando una progresión emocional de vértigo, desde el modelo barbie cautivadora hasta la esquizofrénica de tendencias suicidas. Lamentablemente, no puede decirse lo mismo de Farrell, incómodo en gran parte del metraje y bastante sobreactuado, como si no hubiera captado la esencia de la adaptación cinematográfica y se hubiera quedado congelado sobre la tarima del escenario.

    ¿Y qué hay de la historia? Resulta tremendamente compleja debido a la profundidad de sus personajes y a la renuncia autoral de polarización de éstos en un único estereotipo, vicio en el que tragedias de tintes griegos como esta suelen caer con frecuencia. Así pues ni negro ni blanco, toda una paleta de grises desdibujada en los pretéritos ocultos que poco a poco se van desvelando, pues a pesar de que la cocinera y el criado mantienen un romance, es ineludible el recíproco deseo sexual que este mantiene con la hija del duque. Deseo con el que Chastain, valiéndose de sus poderosos atributos femeninos, tentará al joven, atraído en principio por la añoranza de sus recuerdos, la belleza de la pelirroja, y la imposibilidad de relación con un miembro de la nobleza. Y, sin embargo, como tan a menudo pasa en la vida real, el encuentro sexual dará un giro a la situación, y las bonitas palabras de antes no serán más que adornos que el viento se ha llevado arrebatando a la joven la ternura y el cariño que creyó podía llegar a poseer. La aparente seguridad en sí misma que durante toda su vida había poseído se quebrará como una rama seca para desvelar las inseguridades de aquella que necesita reflejar consigo misma la sinceridad que mantiene con los demás: se siente atrapada en un mundo que no la corresponde, en una realidad que no entiende y la supera. Será entonces él quién abuse de ella desde la ceguera del poder que ve accesible. La Diosa a la que ha venerado toda su vida y el poder de esta, a su alcance. La mujer vista como objeto de deseo y como medio de consecución de la riqueza. La carencia material que se superpone a la rotura emocional. El acto sexual como acto de posesión. La atracción como violencia pasional imprevisible en medio de cruces de tensión desgarradora de dos personajes quebrados por una vida de la que desean escapar juntos. Y, entre medias, la pobre cocinera encerrada en la habitación, cuya firme creencia en la rectitud, en la búsqueda de modelo perfecto en sus señores, la llevara a superar sus celos monógamos con una repulsión ante el robo de la pureza de la hija del conde por parte de un inferior.

    La belleza inunda la pantalla con una pulcritud de escena que bien pudiera haber tomado Ullman del gran maestro sueco, Ingmar Bergman —con el que tuvo una hija—, las emociones fluyen con una Chastain entregada por completo a su papel, pero son las palabras las que mandan en un contexto en el que ni los propios personajes saben exactamente qué es lo que sienten o lo que quieren comunicar. Quizás. es por ello por lo que resulta tan estimulante seguir un conflicto que parece no tener fin. Love will tear us apart que decían los Joy Division. | |

    Álvaro Martín
    Enviado especial a la 59ª edición de la Seminci


    por Unknown
    octubre 21, 2014

    [Seminci 2014] Crítica | Miss Julie

    por Unknown | octubre 21, 2014
    Kraftidioten

    Polvo al polvo

    crítica de In Order of Disappearence | Kraftidioten, dirigida por Hans Petter Moland, 2014

    Atendiendo a las palabras de Ibsen “Siempre hay, al menos, un lugar oscuro que ha de mantenerse oculto en el corazón de todos los hombres” (Los pilares de la sociedad, 1877), resulta bastante entendible que, en circunstancias extraordinarias, nuestro nivel de tolerancia ante las ofensas se vea superado por ese recóndito y tenebroso lugar, el cual saldrá a relucir activado por una desgraciada situación que, como si de un percutor se tratase, pondrá de manifiesto una faceta sombría de nuestra personalidad desconocida hasta el momento. In Order of Disappearance muestra un nuevo caso de este comportamiento vengativo tan recurrente en el séptimo arte, con la particularidad de que el protagonista, un hombre en apariencia pacífico e incapaz de hacer daño a nadie, sufrirá una transformación decadente o, por usar un anglicismo muy popular —por razones obvias—, un proceso “Breaking Bad” que le convertirá en una persona completamente diferente. De esta forma, al igual que Walter White o Edmond Dantès, Nils sufrirá un cambio tan radical como el descrito por Alexandre Dumas en El conde de Montecristo: “Y ahora... adiós a la amabilidad, humanidad y gratitud. He sustituido a la Providencia para recompensar a los buenos, que el Dios de la venganza me ceda ahora su lugar para castigar a los malvados”.

    Los detonantes susceptibles de activar ese acto de desagravio pueden ser muchos y muy variados, así, el escritor Jesús Marchamalo, en su libro La venganza. El placer de la justicia salvaje, introduce una relación de patrones comunes muy repetidos que explicarían la mayoría de estos casos. En este estudio podemos comprobar que es la enajenación transitoria debido al dolor por la pérdida de un ser cercano —causa primera y origen fundamental de la vorágine violenta de esta película—, la más recurrente de estas razones, aunque este hecho desencadenará posteriormente un nuevo abanico de motivos subsecuentes por los que llevar a cabo más represalias —ojo por ojo—. Así pues, el filme sufrirá una división argumental para decantarse hacia el género de gángsters, donde los móviles inspiradores de la venganza son la ambición, la territorialidad jerárquica de poder o la traición. Las luchas entre clanes, concepto apreciable hacia la mitad de metraje, provocan una serie de asesinatos en cadena, los cuales, muy raramente, se verán interrumpidos por la acción policial, sino que sólo cesarán por un pacto de sangre o la completa eliminación militar de uno de los bandos. La aparición de las fuerzas del orden, anecdótica y satírica, es utilizada como medio de mostrar la mediocridad de los cuerpos de policía en pequeñas localidades rurales donde nunca pasa nada, completamente incapaces de afrontar una situación de emergencia. El proceso de investigación, tanto el policial como el del protagonista en su búsqueda de culpables, no es importante para Hans Petter Moland en la construcción de su estructura narrativa, así como tampoco lo son los medios utilizados para llegar a cada objetivo, lo que realmente le interesa al director son las acciones y las consecuencias de cada una de ellas. Aquí es donde más diferencias encontramos con las obras de los hermanos Coen, Fargo y Muerte entre las flores, claras influencias de Petter Moland, en las que el proceso investigativo es prioritario.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 30, 2014

    Crítica | Uno tras otro (In order of disappearance)

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 30, 2014

    Gritos y susurros

    crítica de La señorita Julia | Miss Julie, de Liv Ullmann, 2014

    Escrita por August Strindberg en 1888, Miss Julie fue, en su momento, una obra de teatro que retrataba de forma pionera la diferencia de clases teniendo en cuenta la dominancia de los hombres sobre las mujeres, y el lugar que cada uno tenía en la sociedad. Estamos a finales del siglo XIX, cuando la aristocracia todavía forma parte importante del statu quo de Occidente, y un lacayo no podía permitirse la verbalización de sentimientos. A la manera de Emma Thompson y Anthony Hopkins en Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993), pero con unas emociones mucho más despiadadas y dolorosas, Jessica Chastain y Colin Farrell se cuestionan el uno al otro lo que ambos piensan y sienten sobre sí mismos y sus circunstancias. Julie se siente atraída por John, pero él esta prometido con Katherine, el ama de llaves de la casa. Julie, ejerciendo su poder como señora, obliga a John a acercarse a ella, a servirla y a convertirle en poco menos que en un esclavo. Pero él, como hombre, se permite manipularla apoyándose en sus emociones. Así, uno y otro, mantienen, a lo largo de dos horas, una tenso vis a vis entre varias estancias de la casa; principalmente en la cocina, pero también el dormitorio y el jardín, componiendo un hermoso tríptico casi pictórico sobre los corsés sociales.

    El tratamiento de Liv Ullmann es puramente dramatúrgico. Su minimalismo, que espantará al amante de lo convencional, hacer recordar a experimentos recientes como la obra de Von Trier Dogville. Una metodología dogmática, hierática y escasa de elementos estridentes. Una técnica en desuso que la cineasta escandinava rescata como si desde la butaca observara su amante y mentor Ingmar Bergman. Enfrente, tres actores que se mueven por un set concebido como si fuera la tarima de un teatro, donde hasta las pisadas tienen la misma sonoridad, y las declamaciones adquieren los mismos ecos. Las interpretaciones son de un carácter alejado de la contención de la narrativa cinematográfica. Jessica Chastain hace uso de todas sus tablas para componer el que es uno de sus papeles de su carrera, de una desnudez brutal que intimida; grita hasta el llanto, se arrastra, se mancha de sangre, y roza el patetismo en medio de la pantalla. Uno se siente incómodo, pues Ullmann se muestra muy poco pudorosa con las miserias expuestas. John disfruta de su poder sobre ella, del hecho de que pierda su honor ante la sociedad recurriendo a una atracción física a la que ayuda mucho la elección de Colin Farrell, actor con algo menos de soltura, pero igualmente solvente que, en sus momentos más álgidos, roza por poco la sobreactuación. Y en el tercer rincón, Samantha Morton sacando lo mejor de sí en un papel pequeño pero triste. Miss Julie supone el placer de ver a dos buenos actores haciendo su trabajo sin nada más a su disposición que ellos mismos. Y cuando tienes un buen texto de fondo, el resultado, aunque sea más o menos exigente, es siempre placentero. Más del ciento por cien de la obra son ellos. Un ejercicio actoral tan anacrónico como insuperable en la actualidad.

    por Unknown
    septiembre 10, 2014

    [TIFF] Crítica | La señorita Julia

    por Unknown | septiembre 10, 2014
    Blind, de Eskil Vogt

    Solipsismo urbano en apartamentos vacíos

    crítica de Blind | dirigida por Eskil Vogt, 2014

    Ingrid acaba de quedarse ciega. No sale de su apartamento y la comunicación con su marido se ha llenado de espacios vacíos, verbales, pero también físicos. La distancia cada vez es mayor. Aunque él intenta convencerla para afrontar de nuevo el mundo, ella rechaza su acercamiento, refugiándose en el inmaculado salón de paredes blancas que, en esta nueva situación, conforma su principal rincón vital. Un sillón junto a la ventana, y un portátil, en el que Ingrid va escribiendo la historia de un joven ya entrado en años, poco agraciado, de pelo largo, constitución fuerte y, como ella, un solitario. Le llama Morten y está obsesionado con su vecina de enfrente, Elin, a la que observa cada noche, entre pausas en las que desahoga sus apetitos sexuales frente a la pantalla del ordenador. Adentrándose en las fantasías ficcionadas de Ingrid, Eskil Vogt (director y guionista) construye un relato dentro de otro y, a la manera de una muñeca rusa, estructura un conjunto de vidas urbanas en el que todos los personajes, incluidos los secundarios, presentan una actitud marcadamente melancólica. El que fuera guionista de Joachim Trier ha sabido empaparse de la filosofía de personajes de su mentor para trasladarlo a su propio universo y estilo con la superación por bandera. Vogt presentaba su película en el pasado Festival de Berlín aludiendo directamente a lo previsible de la mayoría de propuestas que llegaban a las carteleras. A la falta de sorpresas y giros (siempre desde la coherencia) de un buen guión que se preocupe por la antítesis del método McKee, el del manual de escritura de escuadra y cartabón. No seguir el camino preestablecido sino utilizar las normas para revertirlas. Y así, comenzó a escribir Blind (2014) con la idea de que el público no pudiera adelantar los acontecimientos y las decisiones de sus personajes. La jugada le ha salido redonda y su debut ya se ha saldado con el mejor premio posible. El del sello Europa Cinemas, en el citado certamen berlinés, que le asegura una distribución completa en el viejo continente.

    Hablamos de solipsismo contemporáneo. El de personas aisladas en las cuatro paredes de su casa, o de su vida, tanto da, en la vorágine de una ciudad capitalina donde, como ya dibujada Winterbottom en el 99 con Wonderland, las multitudes amplifican el aislamiento. Allí era Shirley Henderson (Nadia) la que vagaba en busca de un alma gemela en los anuncios de los periódicos, caminando entre las deprimentes composiciones de Michael Nyman, con una fotografía que buscaba más la vida nocturna que la luz del día. Aquella era una historia que Ingrid podría haber escrito, y Nadia, su alter ego. Con la presentación de Ingrid, Vogt abre paso a la segunda linea narrativa: la de la novela que está escribiendo, como si ésta fuera parte de la realidad, alternando así entre ambas y teniendo en cuenta las decisiones de Ingrid, quién se permitirá modificar descripciones, acciones e incluso localizaciones. Esto abre las posibilidades a unos juegos literarios que, a las maneras del François Ozon de En la casa (2012), permiten al director cambiar el rumbo de sus personajes siguiendo la voluntad de Ingrid, y por tanto la del propio guionista. El mejor ejemplo es la escena del restaurante, donde, en mitad de una conversación en plano-contraplano, Ingrid decide cambiar el lugar por un vagón de metro, y así, sutilmente, casi sin que uno se de cuenta, Vogt hace el cambio con la suavidad de un prestidigitador en apenas dos imágenes, dejando al público descolocado y abriendo miles de caminos. Es este jugueteo de dirección el que evidencia el buen manejo del guionista detrás de la cámara, con un estilo visual sobrio, de ocres tirando a pálidos, minimalista y muy nórdico, de movimientos lentos y acciones muy calladas. Haciendo hincapié en pausas y silencios, normalmente los de Ingrid reflexionando su relato junto a la ventana (leitmotiv e imagen promocional en el póster) escondiendo el temor que subyace en su actitud, la de enfrentarse al mundo de nuevo, esta vez a oscuras.

    por Unknown
    julio 19, 2014

    Crítica | Blind, de Eskil Vogt

    por Unknown | julio 19, 2014
    Mil veces buenas noches

    Retrato de una bomba humana

    crítica de Mil veces buenas noches | Tusen ganger god natt, Erik Poppe, 2013

    Dentro de la definición de periodismo (recoger y tratar la información) no hay cabida para la interpretación subjetiva, la tergiversación intencionada o la mendacidad. Sin embargo, el creciente impacto social de la telebasura y el sensacionalismo —ignominiosa derivación de tan respetable empleo— ha creado una serie de “profesionales” no cualificados que trabajan como mercenarios del morbo y la carroña. Si bien sus métodos son cuestionables, saltándose todos y cada uno de los preceptos reflejados en el código deontológico de la mencionada disciplina informativa, su rentabilidad es incontestable, pues sus programas se convierten invariablemente en los de mayor índice de audiencia en la tan discutible parrilla televisiva. Así pues, los expertos de la comunicación se han visto forzados a seguir esta clave del éxito, creando un conflicto ético que reside en el qué, cómo y cuánto enseñar, y cuánto de lo que se enseña es moralmente justificable. Este proceder, trasladado al fotoperiodismo de guerra, puede derivar en un interminable debate sobre la frivolidad de la muerte y el sufrimiento, así como su “glamurización” dentro del arte —quién no recuerda algunas de esas espantosamente bellas fotografías ganadoras de varios premios, como “Muerte de un miliciano” o “La niña del napalm”—. Con A Thousand Times Goodnight, Erik Poppe quiere reabrir el debate de esa necesaria y explícita argumentación visual como prueba irrefutable de los abusos que sufren miles de personas en el tercer mundo y así, conseguir una ayuda tan indispensable como aparentemente inalcanzable.

    El director noruego se muestra muy seguro en la ejecución, consigue crear un planteamiento muy consistente de las grandes incógnitas y penosas vivencias que fue acumulando durante años de experiencia como fotógrafo de guerra para la agencia Reuters. Una mundología que le otorga cierta soltura en la construcción de la trama y le permite centrar sus esfuerzos en las formas, haciendo gala de un uso ejemplar de la concesión, para conseguir que el espectador —completamente libre de emitir un juicio valorativo individual— observe los argumentos de ambos, detractores y defensores, y así pueda decidir de qué lado posicionarse. Estrategia que también lleva a cabo con los personajes, jugando a dosificar la empatía hacia los protagonistas, para evitar que nos sintamos cómodos en la comprensión de un único punto de vista en esta historia que no es fácil para ninguna de sus partes, por lo que se irán desvelando regularmente diferentes aspectos idiosincráticos de cada uno de ellos, que moverán nuestra percepción de unos hechos que, por otro lado, permanecerán inalterables.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 03, 2014

    Crítica | Mil veces buenas noches

    por Alberto Sáez Villarino | junio 03, 2014
    Reprise, de Joachim Trier

    La soledad del autor

    crítica de Reprise | de Joachim Trier, 2006

    Los sueños y fabulaciones varían con la edad: si en la tierna adolescencia anhelamos crecer y obtener la independencia adulta y entrados los cuarenta solo pensamos en rejuvenecer y añoramos los felices veinte, parece que solo en la edad intermedia es cuando nuestra imaginación es más libre e idealista. Es en ese momento cuando surgen las aspiraciones creativas y el ansia por dejar huella en este mundo; luego ya vienen las obligaciones y la vista se nos empieza a nublar. Reprise no es más que un análisis de esta etapa de sueños a partir de los anhelos de un par de aspirantes a escritores: dos jóvenes ansiosos por crear, que necesitan un rumbo en la vida y que canalizan sus deseos a través de la literatura. Tomando la creación literaria como telón de fondo, Joachim Trier nos presenta una película con verdadera vocación retórica: la cinta empieza con Philip y Erik ante un buzón con sendos sobres, listos para enviar a una editorial y probar suerte con su manuscrito. Tras introducirlos en el buzón, una secuencia en blanco y negro a modo de prefacio nos muestra la inocencia de los anhelos de la juventud: el deseo de lo que queremos ser, las cortas alas de la imaginación. Pero esta secuencia no es más que eso, ensoñaciones; es hora de dejar de soñar y de volver a la realidad, al momento antes de introducir el sobre en el buzón, un simple gesto llamado a cambiarnos la vida: «Ahora empieza todo», exclama Philip justo antes de dejar caer el sobre por la ranura. Y es entonces cuando la verdad de la ficción empieza, cuando se inicia el bis, el reprise al que hace referencia el título original. De este modo, la película se autoproclama como la relectura de nuestros sueños adolescentes, la difícil tarea de poner los pies en la tierra y descubrir lo que realmente somos. Este viaje hacia la madurez dirigido por el empeño creativo constituye el verdadero motor de la cinta, que además se establece como meta radiografiar a una generación.

    Pero volvamos a la ambición literaria del filme (en paralelo con la de los propios protagonistas). La voz en off y los diálogos se utilizan con la intención de asimilarse a una obra escrita y Trier juega con los recursos cinematográficos para reflejar la estructura literaria: lo que en cualquier libro serían párrafos explicativos contextualizantes se convierten aquí en flashbacks y reflexiones subjetivas. Los diálogos, en cambio, están tratados con suma delicadeza, con planos detalle intercalados en los momentos más íntimos a modo de explicación interior de los personajes, como las acotaciones entre guiones presentes en los diálogos de una novela. Trier evita el error común en muchos directores noveles: la necesidad por demostrar la destreza y el control de diversas técnicas puede tener como resultado un cine vacío, de la forma por la forma, sin fondo. Sin embargo, Trier logra tamizar sus recursos y consigue crear un estilo cincelado a golpe de montaje vivo, en ocasiones podríamos decir que hasta frenético, que evita la linealidad temporal para lograr que el espectador consiga ver entre fotogramas, al igual que podemos leer entre líneas en un buen libro. En su caja de herramientas encontramos una estética que podríamos definir como nórdica-pop, con un gran juego de texturas y discursos (desde el tratamiento de la luz con un tono videoclipero pasando por una textura cercana al video casero hasta llegar al blanco y negro de muchos flashbacks o del prefacio que comentábamos anteriormente) y con una cuidada selección musical con múltiples referencias al rock y al indie noruego de los años 80 y 90. Los rasgos literarios, unidos con la estética apuntada anteriormente, confieren un toque poético a la cinta que entronca perfectamente con su historia. Y es que el cine pocas veces ha aunado la creación literaria y la frustración juvenil, y el director noruego se acerca a este choque de trenes con un tono crítico, con algunas puntadas de alegría y positivismo, pero sobre todo con tono desencantado. Trier no deja pasar ni uno solo de los temas capitales del paso a la madurez: el amor, la amistad, la competencia y, sobre todo, la locura y la frustración de quien se siente perdido. En definitiva, Reprise supone el debut fresco e interesante de un director que parece tener las cosas muy claras desde el principio, sabiendo qué quiere decir y cómo decirlo. Esa relación entre forma y fondo, entre historia, trama, estructura y textura se atisba como un todo capaz de crear una puesta en escena sólida y nos proporciona una mirada diferente y moderna de la juventud creadora actual. | ★★★ |

    Víctor Blanes Picó
    redacción Barcelona

    Noruega, 2006, Reprise. Director: Joachim Trier. Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt. Productora: Spillefilmkompaniet 4 1/2 / FilmLance International AB. Fotografía: Jakob Ihre. Música: Ola Fløttum, Knut Schreiner. Intérpretes: Espen Klouman-Høiner, Anders Danielsen Lie, Viktoria Winge, Henrik Elvestad, Christian Rubeck, Odd Magnus Williamson, Rebekka Karijord, Henrik Mestad, Pål Stokka. Nominada al Premio del público en los European Film Awards 2007.

    por EAM
    abril 09, 2014

    Crítica | Reprise, de Joachim Trier

    por EAM | abril 09, 2014
    Pioneer, de Erik Skjoldbjærg

    Conspiraciones submarinas

    crítica de Pioneer | Pionér, de Erik Skjoldbjærg, 2013

    Es conocida la habilidad consumada de los países nórdicos en el manejo del thriller y otros subgéneros de notable oscurantismo e intriga. En la última década, la literatura y el cine de estas regiones vastas y oscuras nos ha proporcionado un volumen ingente de obras: tenebrosas desapariciones, inexplicables suicidios, crímenes sangrientos y muertes visionadas desde paisajes negruzcos, bosques crepusculares, iglesias y pantanos, laboratorios y pequeños pueblecitos donde la tranquilidad aparente puede rasgarse a golpe de cuchillo, de sutil veneno o de despiadado pistoletazo. En estos años, los literatos Henning Mankell, Arnaldur Indridason o Jo Nesbo han contribuido a expandir y llevar a la gloria el género negro y criminal, mientras la trilogía policíaca Millennium del enigmático Stieg Larsson triunfaba en el salto del papel al celuloide. A los rotundos éxitos en librerias se han sumado las pertinentes adaptaciones y exclusivos estrenos acuñados en el norte de nuestro Viejo Continente, pasados por una óptica fría, desgarradora y espeluznante. El retorno del atrevido e inteligente Erik Skjoldbjærg lleva por nombre Pioneer, y se adentra en el universo perturbado de las aguas submarinas para contar la historia de un buzo vinculado a la expansión de yacimientos de la industria petrolera a comienzos de la década de los ochenta. Ya hace años el director noruego nos sorprendió con la inquientante Insomnia en el 97, para desligarse del género del crimen y apostar por el drama basado en hechos reales con la producción hollywoodiense en Prozac Nation cuatro años después, y facturar otra oscura historia sobre robos y atracos bautizada Nokas a comiezos de esta década. Pioneer retoma el timón que mejor pilota su creador, el del thriller, sin descuidar el drama personal que acecha tras su protagonista, ni el complicado entramado gubernamental y económico que teje, paulatinamente, su tela de araña tras los sucesos acontecidos. Y elige para la consecución de esta obra un saco de cuidadosos ingredientes: una estética azulada, rojiza, estremecedora, una banda sonora ideal para mantener los nervios y tension y los nudillos apretados, y unos protagonistas, encarnados por Wes Bentley (eternamente recordado por American Beauty) y Aksel Hennie, que solidifican dos papeles expresivos e interesantes.

    por Anónimo
    marzo 30, 2014

    Crítica | Pioneer, de Erik Skjoldbjærg

    por Anónimo | marzo 30, 2014
    Oslo, 31 de agosto, de Joachim Trier

    El vacío

    crítica de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. august, Joachim Trier, 2011)

    Te has quedado fuera de la vida, fuera del discurrir normal del mundo y de todas las cosas y ahora debes volver a integrarte, a ser uno más, a reencontrarte con lo que dejaste atrás y no sabes si deseas hacerlo o no. Tu existencia se ha vaciado y volver a llenarla cuando sientes que no hay razones para ello se torna una tarea imposible. Así encontramos a Anders al principio de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. august), la película dirigida por Joachim Trier en 2011 y que ahora se estrena en las pantallas españolas. Anders está ingresado en un centro de desintoxicación y por primera vez desde que llegara allí tendrá la oportunidad de salir. Debe viajar a Oslo porque ha tenido una oferta de trabajo y se enfrentará a su primer día de “libertad.” Volver a ver a su hermana, a los viejos amigos, tomar contacto con lo que fue su día a día cotidiano con la sombra de la heroína supone encontrar una razón poderosa que te impulse a luchar cuando el primer paso está dado, pero aún quedan muchos más para que en tu corazón la vida te anime a seguir. Porque una vez que estás fuera tu primer impulso al tener un poco de dinero en el bolsillo y pasear por las calles de antaño es comprar un cuarto. Porque eso era lo cotidiano entonces y se ha convertido ya en un acto atávico contra el que hay que luchar a cada segundo de tu nueva existencia. Y sabes que es un deseo que estará ahí siempre, acompañándote, aferrándose a ti, obligándote a mantenerte lejos del mundo que llegaste a conocer porque si vuelves te llamará a gritos. Esa es la maldición: debes volver a la vida, pero la vida te empuja a la autodestrucción. Hay que tener una gran fuerza interior para luchar y vencer día a día la llamada del abismo.

    por José Luis Forte
    enero 22, 2014

    Crítica (II) | Oslo, 31 de agosto

    por José Luis Forte | enero 22, 2014
    Kiss Me, You Fucking Moron

    Escandinavia adolescente

    crítica de Kiss Me, You Fucking Moron | Kyss Meg for faen i helvete, de Stian Kristiansen, 2013

    La industria cinematográfica de los países del norte de Europa suele englobarse en una misma sensibilidad. Suecia, Noruega, Finlandia, Islandia y Dinamarca son países que comparten una relación problemática, tanto histórica como socialmente. Si tuviéramos que delinear en unas pocas líneas la posición de cada país con respecto a su cine Noruega es la industria más antigua pero, curiosamente, no es la más fuerte. Ese papel recaería en Dinamarca y Suecia, ambos con representantes ilustres de gran fuerza expresiva que han acabado erigiéndose como canon básico del audiovisual de ambos países: Lars von Trier e Ingmar Bergman, como principales exponentes. Aki Kaürismaki es el equivalente –mucho menos mediático— finés; e Islandia, tras una época de mayor esplendor a lo largo de la década de los 80 –gracias a su mirada documental—, ha retornado a líneas de vanguardia con la emigración a latitudes comerciales de algunos de sus cineastas en ascenso, como es el caso de Baltasar Kormákur (2 Guns, The Deep). El caso es que, aunque cada país ha acabado construyendo su propia identidad personal, es indudable que el cine escandinavo ha ido ligado desde su nacimiento a las principales vanguardias europeas del momento, dirigiendo la idiosincrasia de cada país casi en la misma dirección, aunque con diferencias leves de forma y contenido, amantes de un lenguaje teatral muy marcado, y sobretodo, tendentes a unos ámbitos de intereses, que, en el caso del cine sueco y noruego, casi siempre ha abarcado el mundo de la juventud.

    Kiss me, you fucking moron (traducido como “bésame, maldito idiota”) entra en esta corriente de desenfado juvenil como un torrente de aire fresco recién llegado del norte. La película recibió luz verde por parte del Instituto de Cine noruego después de que uno de sus miembros, Thomas Robsahm, recomendará el apoyo económico de dos cintas dirigidas a un target de público joven, rodadas en verano, y distribuidas en otoño. Y es que aunque la industria noruega haya sabido mantener una salud envidiable en sus propuestas, no es menos cierto que el control que mantienen sobre aquello que les representa es siempre consciente. Si uno se para a investigar descubrirá además que parte de la prosperidad de su cultura audiovisual está en haber sabido encontrar un punto de apoyo con el país vecino, Suecia, con la que mantiene una relación ambigua que, más allá de las coproducciones en cine y televisión, se ha trasladado a los propios discursos de algunas propuestas de ambos países. Sin ir más lejos, la reciente nominada a los premios del cine europeo Come, duerme, muere [crítica], transmitía, a través de su protagonista (Râsa), un resentimiento muy marcado hacia sus vecinos nórdicos. La propia Liv Ullman, mítica actriz del sueco Bergman, era noruega. Es interesante destacar esta colaboración continua, pues ilustra muy bien lo mucho que ambos países se necesitan, a pesar de que social y económicamente parezcan decirnos que están muy lejos. La emigración que tanto odiaba Râsa se intuye como una realidad en Escandinavia.

    por Unknown
    diciembre 24, 2013

    Crítica | Kiss Me, You Fucking Moron

    por Unknown | diciembre 24, 2013

    El mundo adolescente

    crítica de Persiguiendo el viento | Jag etter vind, de Rune Denstad Lungo, 2013

    La obra de Rune Denstad Lungo es, como la de su coterráneo Knut Hamsun, una reflexión sobre los sentimientos humanos: un viaje hacia nuestro interior. Tal vez la palabra viaje sea el concepto que describe mejor el cine del director noruego. Nord –su ópera prima- y Jag etter vind son periplos: odiseas sin meta fija y carentes de racionalidad. Los protagonistas de entrambos filmes son personas desorientadas, seres escindidos: almas a la deriva y precipitadas al encuentro de sí mismas. Nord es una réplica de la Divina Commedia: caída, evagación espiritual y resurgimiento. Jag etter vind, más cerca de Ulises que de Dante, explora las peripecias de la travesía existencial de Anna. Una vieja formula mágica que inspiró a poetas y escritores de la Antigüedad es invocada una vez más: libertad y azar; las nupcias de estos dos elementos significan el cumplimiento del destino de Anna. Si bien es cierto que su prometido la incitó a retornar a su pueblo por la reciente muerte de su abuela, interpretar la decisión de Anna como un acto de plena consciencia es una barbaridad; Anna se lanzó: más que una decisión racional, ejecutó un acto movido por la emoción, por la irracionalidad, otros dirían, por el subsconsciente –ella misma no está segura de lo que hizo; el hado reaparece y Anna enfrenta sus miedos y sus angustias: cumple su destino.

    El destino de Anna no es otro que reencontrar el amor en un mundo donde reina la indiferencia, la insignificancia, la ligereza y el encono. La dicotomía amor y dolor es el eje central de Jag etter vind; el mundo interior de Anna es un hábitat permeado de sufrimiento y extravío: el accidente fatal de los padres; la relación aciaga con su prometido; la muerte de la abuela; el desencuentro con su pareja de juventud; la incomprensión del abuelo: todas son realidades incompletas, infaustas o infelices. En torno a ella giran otras figuras desdichadas: la amiga promiscua; el ex-novio apocado; el abuelo rencoroso; el vecino descarado; el prometido ingenuo... Knut Hamsun, en su libro Hambre, exhibe los síndromes de una época corrompida por el interés, el egoísmo, la crueldad y la incomprensión. Robert Lungo, al igual que su compatriota, denuncia de manera sutil pero mordaz los morbos de una sociedad noruega que en cuanto occidental sufre los mismos males que la nuestra.

    por Anónimo
    diciembre 14, 2013

    Crítica | Persiguiendo el viento (Jag etter vind)

    por Anónimo | diciembre 14, 2013

    Patología depresiva

    crítica de Oslo 31 de agosto | Oslo, 31. August, de Joachim Trier, 2011

    La soledad de la droga. Posterior a su socialización. El paso de la erótica de la desinhibición, al ostracismo del estigma. De la iniciación colectiva a la orfandad posmoderna. Sustancias que permiten el acceso a una realidad subjetiva y que conducen a una destrucción objetiva. Un bucle con incierta escapatoria. El mono les atosiga, les acosa, les hostiga. La sociedad les da la espalda. Se individualiza el problema. Se castiga. Maldita droga. El vicio del adicto. Un sujeto que, en el imaginario colectivo, se identifica con los yonkis despojados de sí mismos. Con chándal noventero, de fuma bases. Una persona capaz de inyectarse hasta la resina de los árboles. Ese que empieza fumando porros a los catorce. Sin embargo, los datos del Observatorio de Proyecto Hombre no niegan la mayor, pero sí hablan de otro nuevo perfil: “Hombre, de 35 años, que vive en la ciudad y tiene trabajo, consume cocaína”. Detrás de esta silueta se encuentra Anders, protagonista de la segunda película de Joachim Trier, Oslo, 31 de agosto (2011). Título que hace referencia al fin y al comienzo. Crepúsculo estival. Inicio del invierno. Consumación de la rehabilitación. Estreno de una vida normal –lo que quiera que signifique eso–.

    El realizador noruego filma “el día”. El 31 de agosto de Anders. Recorre su infelicidad. Pasea por la soledad del desamparo. Después de diez meses en un centro de desintoxicación obtiene, tan sólo, el consuelo de la abstinencia. A cambio, la deriva existencial. El suicidio como alternativa. Intento fallido y vuelta a empezar. Las primeras oportunidades: reencontrarse con los suyos, una entrevista de trabajo y una fiesta. Otra chance para aferrarse a eso que llaman la vida. La losa de los años perdidos y el pesar de la decepción ajena empujan a este noruego, en el ecuador de la treintena, al abismo. Oslo, 31 de agosto juega con la dicotomía del verano y su ocaso, el día y la noche, la vida y la muerte. Y cómo no, con la reinserción o el destierro. En ese flirteo, con ambas direcciones de una bifurcación, es donde la historia seduce y absorbe. El suspense de la recaída como exaltación. La oscilación temporal como metáfora. El reloj entendido como el marco de la realidad más atroz. El espacio transitorio en el que un (ex)adicto debe lidiar con las cicatrices pretéritas y con un proceso de autoflagelación. En esas divergencias uno no sabe a qué atenerse y navega en esa incertidumbre existencial. Hasta la escena del café. El punto de inflexión. Anders, después de una desafortunada entrevista de trabajo y antes de un encuentro malogrado con su hermana, decide ir a una cafetería. Desde la barra, escoltado por una clientela ávida de cafeína, escucha las conversaciones que le rodean. Acompañado por la desconocida multitud reafirma su percepción situacional. La soledad como estado inamovible. Momento en el que pasar página deja de ser una opción. Punto en el que nuestro antihéroe se abona a la autocompasión como escenario ineludible.

    por Anónimo
    diciembre 04, 2013

    Crítica | Oslo, 31 de agosto

    por Anónimo | diciembre 04, 2013
    Kon-Tiki

    HAZAÑAS DE OTRO TIEMPO

    crítica de Kon-Tiki | Joachim Rønning, Espen Sandberg, 2012

    Hubo un tiempo en el que los locos se jugaban la vida, no por un subidón de adrenalina, sino por algo tan erudito como probar o refutar una tesis, ver lo que nadie había visto, llegar a donde nadie había llegado, comunicarse con quien nadie se había comunicado. La curiosidad, ambición y ganas de aprender del ser humano no tienen límite. Ese era la fuerza. La reformulación del concepto de frontera, el cambio de mentalidad de los hombres en los siglos XV y XVI, así como las características del mercantilismo influyeron de manera determinante en las expediciones ultramarinas y en los descubrimientos que se hicieron durante aquellas centurias. Éstos fueron el germen de los que vendría después, con voluntad más acreditada. La figura del explorador a la antigua usanza, cargado de un aura romántica, ese estereotipo que ha desaparecido. Todavía quedan zoólogos, antropólogos, arqueólogos, fotógrafos y una retahíla de profesiones singulares que aún tienen, en esencia, motivaciones y metas similares. Pero no tienen la magia que otorga la inocencia. En la actualidad la gente está de vuelta y media de todo, es difícil sorprender. Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en el que los testimonios eran confundidos con fantasías. En esa época nacieron exploradores, que movidos por la sed de aventuras y el afán de gloria, se recorrieron lugares ignotos. Fueron héroes de su tiempo. Su legado, más allá del rigor científico, constituye materia prima para los contadores de historias. De hecho, los filmes de aventuras son un género con vida propia en el séptimo arte. Sus años de gloria se sitúan en el ecuador del siglo pasado, pero iconos como Indiana Jones pertenecen a décadas posteriores.

    Después de la II Guerra Mundial, allá por 1947, un noruego de alma aventurera, Thor Heyerdahl, quiso cruzar el Pacífico en una balsa –bautizada como Kon-Tiki–. Desde Perú hasta la Polinesia. Para ello construyó una embarcación con nueve troncos unidos entre sí por un cordaje de cáñamo. El objetivo de Thor era demostrar su tesis: que los primeros pobladores de la Polinesia llegaron por vía marítima, desde Sudamérica, en embarcaciones iguales a la utilizada durante la expedición y cuya fuerza motora eran las corrientes, las mareas y la fuerza del viento. Un suicidio, a ojos de la comunidad científica de aquel tiempo. Una locura de la que nació un documental ganador de un Oscar –Kon-Tiki (1950)– y un libro que vendió más de 40 millones de ejemplares y que fue traducido a más de 60 idiomas –Kon Tiki–. Ambos con la firma de Thor Heyerdahl. Una epopeya que Joachim Rønning y Espen Sandberg –amigos de la infancia y vecinos de la localidad natal del protagonista de la historia– decidieron llevar a la gran pantalla con el previsible título de Kon-Tiki (2012). Ambos tuvieron un debut poco halagüeño, Bandidas (2006). Rodaron en Hollywood y tras el despropósito decidieron volver a su tierra natal, con el rabo entre las piernas. A su vuelta filmaron Max Manus (2008), cuyo éxito les permitió embarcarse, nunca mejor dicho, en la película noruega más cara de la historia –alrededor de 16 millones de dólares–. No les fue mal. Tuvo muy buena acogida entre el público y fue nominada al Oscar como Mejor película de habla no inglesa. Un éxito incontestable.

    por Anónimo
    septiembre 30, 2013

    Crítica | Kon-Tiki

    por Anónimo | septiembre 30, 2013
    The Almost Man

    UN CRÍO DE TREINTA Y CINCO AÑOS

    crítica de The Almost Man | Mer eller mindre mann, Martin Lund, 2012

    Todos somos conscientes de que los galardones en el mundo del cine, hasta cierto punto y unos más que otros, son una patraña. Pero gustan. De todas formas, y al margen de lo irracional de colgar laureles de carácter competitivo, éstos tienen su razón de ser. Los reconocimientos y premios tienen una importancia capital para la industria cinematográfica, principalmente para aquellas películas de grafía más humilde y que no disponen de artillería mediática. Sirven de estímulo a los espectadores, son un cebo para que la gente vaya a las salas. Un distintivo de calidad, que permite incrementar los ingresos de la cinta de turno, e inclusive su reestreno. Es parte del espectáculo. Parte del juego. No obstante, otorgar reconocimientos de esta índole en el séptimo arte suele ser algo controvertido ¿Cómo estipular, cómo medir que una película es mejor que otra? ¿Cómo convenir el valor artístico de una cinta en función de sus competidoras? Lógicamente, por muchos criterios de evaluación que se estipulen, siempre se estará incurriendo en una injusticia. No llueve a gusto de todos. Aún así, hay casos más sangrantes que otros a tenor de las tendencias habituales, de las constantes exhibidas en otras ediciones de según qué premio o festival. Sólo así se explica la polémica desatada tras anunciarse el año pasado, en Karlovy Vary, a la noruega The Almost Man (2012) como ganadora del Globo de Cristal. Su carácter excesivamente convencional, su ausencia de innovación, fueron entendidas como una afrenta al espíritu del Festival. Lo cierto es que esta comedia dramática, opera prima del director Martin Lund, dista mucho de resultar significativa. Al margen de los gustos del consumidor de turno, las películas ganadoras de festivales suelen ser sorpresivas, impactantes. No son, al menos, tan intrascendentes y prescindibles como esta.

    El argumento nos cuenta la alergia a la madurez de un adulto de 35 años. Henrik, el protagonista, acaba de comprarse una nueva casa, ha conseguido un nuevo puesto de trabajo y mantiene una relación extravagantemente sana con su pareja. Todo parece ir sobre ruedas en su vida salvo por un motivo: se niega a aceptar su situación y prefiere comportarse como un crío. Sin razón aparente, al margen del tedio y los compromisos de la vida adulta, Henrik opta por actuar de forma infantil. A través de una retahíla de momentos a cada cual más esperpéntico que el anterior, el espectador será testigo del tambaleo de su estabilidad. Estamos ante el enésimo abordaje de la generación adultescente, formada por todos esos treintañeros que sufren el síndrome de Peter Pan. El caso del protagonista es distinto a los vistos normalmente en pantalla, habida cuenta no de su incapacidad para tomar decisiones adultas, sino para una vez que las toma no actuar en consecuencia. El contexto que le rodea también es significativo y altamente influenciable ya que su grupo de amigos adolece del mismo problema. Sus colegas terminan por ser un refugio para sus actitudes, una vía de escape ante ciertas incomodidades –como la fiesta con los compañeros de trabajo de su novia–. Henrik es la evidencia sintomática de una generación que sufre: cierta negación de la madurez, inseguridad en ambientes no distendidos, un egocentrismo rayano en lo estúpido, miedo al compromiso –en este caso el laboral–, una irresponsabilidad monumental, y una muy baja tolerancia a la frustración que les obliga a buscar vías de evasión –estúpidas–.

    por Anónimo
    agosto 27, 2013

    Crítica | The Almost Man

    por Anónimo | agosto 27, 2013
    Perdidos en la nieve

    LA CABAÑA DE LA PAZ

    crítica de Perdidos en la nieve | Into the White, Petter Næss, 2012

    27 de abril de 1940. Durante la invasión alemana de Noruega en plena II Guerra Mundial, tres pilotos alemanes y dos británicos, cuyos respectivos aviones fueron derribados en combate aéreo, tuvieron que unir fuerzas para sobrevivir en las nevadas montañas escandinavas. El azar hizo que encontraran refugio en una cabaña perdida y, pese a la antipatía y desconfianza iniciales, supieron aparcar a un lado sus diferencias ideológicas para salir adelante, superando dificultades tales como la falta de comida, las bajísimas temperaturas y la propia convivencia. Durante aquella odisea, el educado capitán Charles Davenport y el ingobernable artillero Robert Smith descubrieron junto a sus improvisados compañeros de aventuras –el civilizado teniente Horst Schopis, el callado y corpulento Wolfgang Strunk y el joven y rebelde Josef Schawartz, gravemente herido en un brazo– la sinrazón de la guerra y que los “enemigos” eras más parecidos a ellos mismos de lo que se les había inculcado. Despojados de sus armas, al final quedaban cinco hombres a los que sus respectivas esposas y familias esperaban en sus casas y que, en la mayoría de los casos, habían encontrado en el frente una alternativa para no trabajar en algo que odiaran. Ante este panorama, inevitablemente, las tiranteces iniciales dieron lugar a conversaciones más distendidas sobre temas tan universales como el deporte o las chicas. De ahí nació un respeto entre soldados británicos y alemanes que desembocó en una amistad que raramente podría ser entendida y aceptada por sus superiores. Esta es la historia real que el noruego Petter Næss –director de la aclamada Elling (2001), candidata al Oscar a la mejor película de habla no inglesa– nos presenta en su última e interesante obra, Into The White, cuya traducción española de Perdidos en la nieve no invita precisamente a esperar algo tan bueno.

    por José Martín León
    julio 11, 2013

    Crítica | Perdidos en la nieve

    por José Martín León | julio 11, 2013
    A Somewhat Gentle Man
    HUMOR NEGRO DEL NORTE
    crítica de Un hombre bastante bueno | A Somewhat Gentle Man | En ganske snill mann, Hans P. Moland, 2010

    sección atlas | Atlántida Film Fest

    La capacidad del ser humano para reírse ante las desgracias ajenas es inmensa. Ya sea como mecanismo de defensa, por sadismo o por simple mala leche, lo cierto es que, si vemos a alguien que se pega una torta o sufre algún tipo de deficiencia, física o psíquica, a menudo nos cuesta contener la risa cuando deberían brotar las lágrimas, o al menos dibujársenos una mueca de malestar y compasión. Esta paradoja encuentra su sofisticación en el llamado humor negro, peculiar subgénero que combina la cómico o al menos alegre de la palabra “humor”, con lo deprimente y penumbroso de la palabra “negro”. A veces domina el humor y otras veces toma la delantera la negrura, pero en cualquier caso este afortunado oxímoron suele ser simplemente, como se ha dicho, una especie de subgénero, que acompaña al género principal de una película, o que al menos se deriva de una trama con contenido propio. Pues bien, el caso de A Somewhat Gentle Man (En ganske snill mann, Noruega, 2010) parece ser una excepción, ya que toma el humor negro como su razón de ser. Efectivamente, casi toda la fuerza de esta cinta trae causa de un exagerado énfasis en la mencionada contraposición, que acaba reduciendo el interés de la película a una sucesión de sketches caracterizados por la gracia y el mal rollo.

    por Ignacio Navarro
    abril 17, 2013

    Crítica | Un hombre bastante bueno

    por Ignacio Navarro | abril 17, 2013

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