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    Cine Europeo 2013
    Cine Europeo 2013

    Romance de bajos vuelos

    crítica a El amor está en el aire (Amour & turbulences, 2013), dirigida por Alexandre Castagnetti. | ★ |

    Desde siempre, la comedia romántica ha sido refugio perfecto para aquellos corazones sensibles que buscan en el cine romances idílicos y simpáticos con los que evadirse de la dura realidad. Los franceses han sabido jugar con los tópicos y lugares comunes de las películas que, sobre todo en la década de los 90, triunfaban en Hollywood como vehículos al servicio de tiernas vecinitas de al lado como Meg Ryan, Sandra Bullock o Julia Roberts, añadiéndoles su inconfundible humor popular. Dany Boom, por ejemplo, ha sido uno de los cineastas –en su triple faceta de director, guionista y actor– que mayores alegrías ha traído a la cinematografía francesa, con títulos tan divertidos como las recientes Llévame a la luna (2012) o Eyjafjallajökull (o simplemente 'El volcán', 2013), que podrían competir en igualdad de condiciones con cualquier comedia romántica protagonizada por grandes estrellas norteamericanas. Desgraciadamente, ese no es el caso de El amor está en el aire (2013), el segundo trabajo como realizador de Alexandre Castagnetti tras L'Incruste, fallait pas le laisser entrer! (2004), que si bien no puede ser tachado de horrible, sí que se presenta demasiado preocupado de seguir los esquemas fijados con escuadra y cartabón.

    El déjà vu comienza desde la misma presentación de la pareja protagonista. Por un lado, Julie, la guapa vecinita de al lado antes mencionada, artista de moderado éxito y repleta de inseguridades a pesar de ser bien guapa. Por el otro, Antoine es un atractivo playboy que disfruta yendo de flor en flor y bebiendo con los amigos. La química entre ambos es evidente desde el momento en que se conocen –la primera cita es el colmo de la originalidad: en lo alto de la Torre Eiffel y descorchando una botella de champagne–, pero los prejuicios de Julie hacia la fama de mujeriego de Antoine, unido a sus constantes celos y afán controlador, dificultan el éxito de la pareja. La cinta de Castagnetti intenta camuflar la falta de novedades con una estructura construida mediante una sucesión de constantes flashbacks que retroceden atrás en el tiempo mostrando los conflictos acontecidos desde las distintas ópticas de los dos desenamorados. Sí, digo desenamorados porque la historia comienza a bordo de un avión en el que unos Julie y Antoine que llevan dos años sin verse tras su traumática ruptura, coinciden por azar en asientos contiguos. Durante las siete horas que dura el vuelo desde Nueva York a París, se suceden las explicaciones, reproches y declaraciones de amor, alternados por los ya citados flashbacks. ¿Se puede ser aún más tópico en el guion? Pues sí: La chica está a punto de casarse con ese arquetipo de novio perfecto y con posibilidades económicas –prestigioso abogado en esta ocasión– que, sin embargo, también representa la rutina y el tedio, en contraposición con la aventura e imprevisibilidad que ofrece el más malote Antoine. ¿Hay que ser muy espabilado para imaginar cómo va a culminar la historia? Ciertamente, no, el final feliz está más que cantado.

    por José Martín León
    octubre 26, 2014

    Crítica | El amor está en el aire

    por José Martín León | octubre 26, 2014
    Antes del frío invierno

    La pobre vida de un hombre rico

    crítica de Antes del frío invierno | Avant l’hiver, dirigida por Philippe Claudel, 2013 | ★★★ |

    Hace varios años la ópera prima de un tal Philippe Claudel causaba sensación en el festival de Berlín, haciéndose con el Premio del Jurado, entre otros, y recibiendo igualmente elogios por la interpretación francófona de Kristin Scott Thomas. Hablamos de Hace mucho que te quiero (Il y a longtemps que je t’aime, 2008), un drama sobre las secuelas de una mujer tras pasar 15 años en la cárcel. No era la primera vez que Scott Thomas actuaba en una película francesa: de hecho una de sus experiencias anteriores había sido La doublure (Francis Veber, 2006), compartiendo reparto con Daniel Auteuil. Pues bien, en Antes del frío invierno (2013), Scott Thomas vuelve a ponerse bajo las órdenes de Claudel, algo que era cuestión de tiempo teniendo en cuenta lo fructífero de su colaboración anterior; y a la vez vuelve a reunirse con el veterano y siempre fiable Auteuil, en quien recae ahora el protagonismo de la cinta. La misma parte de un encuentro que viene a trastocar el acomodado matrimonio entre Paul (Auteuil) y Lucie (Scott Thomas). Él es un renombrado cirujano que pasa días y noches atendiendo a sus pacientes, sin apenas tiempo para disfrutar de su magnífica casa en las afueras en la que su mujer, en cambio, pasa días y noches en solitario. La relación entre ellos es distante pero cordial, y les unen su hijo recién convertido en padre y sus años de complicidad juntos. Sin embargo, un día Paul conoce a una chica que trabaja en una cafetería, que dice haber sido operada por él hace tiempo, y aunque inicialmente se muestra reacio a trabar mayor contacto con ella, que es más bien la que parece ir tras él, al final Paul recapacita. Ve en esta joven el recuerdo de un pasado libre y emocionante, sin las ataduras y la rutina de sus envidiables trabajo, casa y familia.

    Pero nada es lo que parece en esta historia que, como puede adivinarse ya, toma los derroteros del género melodramático, con los secretos, giros y confesiones que le suelen ser propios. Lo que distancia a esta película del folletín televisivo es, con todo, su elegancia, algo a lo que sin duda contribuye la sofisticación de Scott Thomas, y que alcanza a aspectos más técnicos como la planificación. Claudel y su director de fotografía Denis Lenoir ruedan las escenas en pocos o únicos planos, renunciando a menudo al primer plano y recurriendo al travelling, no tanto para acompañar el movimiento físico de los actores como para reflejar el movimiento interno que ellos reprimen. Su organicidad se apoya entonces en otros elementos, a menudo sonoros, como una música envolvente a modo de leitmotiv o un cambio de tono de voz. Este detalle revela que, sin perjuicio de cierta expresividad poética, las acciones son a menudo recatadas y amortiguadas. En verdad todo transcurre con suavidad: las transiciones enlazan en vez de cortar y los diálogos se suceden con naturalidad. Las secuencias supuestamente climáticas no se resuelven con una discusión acalorada o un enfrentamiento físico, sino con un gesto, una mirada o una réplica apagada. Por tanto, aunque las pautas de la narración sean las del melodrama, su ejecución evita la intensidad que puede esperarse de este tipo de cine, apostando en cambio por la sobriedad y la sutileza.

    por Ignacio Navarro
    septiembre 13, 2014

    Crítica | Antes del frío invierno

    por Ignacio Navarro | septiembre 13, 2014
    La mujer que arañaba las paredes

    Pasado insoluble

    crítica de Misericordia (Los casos del Departamento Q) | Kviden i buret, dirigida por Mikkel Nørgaard, 2013.

    El cine de género escandinavo está en plena forma. La traslación a la gran pantalla de alabados best-sellers como la trilogía Millennium (Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire) de Stieg Larsson o El hipnotista de Lars Kepler han conseguido que el cine negro nórdico pueda codearse de tú a tú con las grandes producciones de Hollywood, logrando generosos dividendos en la taquilla. Por lo general, estas adaptaciones han sido recibidas con tibieza por la crítica, que ha considerado que no terminan de hacer justicia a las novelas. La última aportación a este interesante subgénero sería la danesa The Keeper of Lost Causes (2013), adaptación de la primera de las cuatro entregas (hasta el momento) de la saga literaria de Jussi Adler-Olsen, la cual ha vendido casi 7 millones de ejemplares en todo el mundo. El libro homónimo –traducido en España como La mujer que arañaba las paredes– obtuvo el premio Deadly Pleasures a la mejor novela negra de 2012 en Estados Unidos y, desde entonces, se convirtió en carne de cañón para que se realizara su correspondiente versión de celuloide.

    La historia sigue al subcomisario de la Policía criminal de Copenhague Carl Mørck que, tras sobrevivir a un tiroteo en el que su mejor amigo quedó inválido y otro compañero perdió la vida, queda relegado a trabajar en el departamento Q, destinado a recuperar casos de los últimos 20 años que no han sido cerrados. Con secuelas físicas y psicológicas, preocupante afición a la bebida y una familia rota, Mørck acepta a regañadientes su nuevo cargo, en el que cuenta con la ayuda del afable y testarudo Assad. El primer caso elegido por la pareja será el del aparente suicidio de la joven política Merete Lynggaard, desparecida cuando viajaba en ferry junto a su hermano disminuido psíquico. Lo primero que sorprende de la película es que su director, Mikkel Nørgaard, únicamente tenía como experiencia anterior un par de series de su país, algo que confirma que la televisión, a veces, puede ser la mejor escuela. A pesar de encontrarse ante un reto de gran ambición comercial, el realizador novel demuestra una asombrosa buena mano para dotar a la cinta de un ritmo trepidante que no decae en ningún momento, con una hábil dosificación de la información. El estupendo libreto de Nikolaj Arcel, director de la celebrada Un asunto real (2012) –con la que logró el Oso de Plata al Mejor guión del Festival de Berlín–, condensa en unos ajustadísimos 96 minutos la novela de Adler-Olsen, sin descuidar la descripción de las circunstancias principales de sus personajes –sobre todo las del conflictivo y atormentado Mørck– y haciendo un sabio uso de los flashbacks para ir poniendo en antecedente al espectador de los hechos que rodearon al caso de Merete. Al contrario que las películas de Millennium, a veces demasiado espesas, este notable thriller de venganzas tiene una trama accesible y amena, que bebe más de las oscuras incursiones de David Fincher en el género –Seven (1995), Zodiac (2007)– que de las otras intrigas nórdicas que nos han visitado últimamente.

    por José Martín León
    septiembre 01, 2014

    Crítica | Misericordia (Los casos del Departamento Q)

    por José Martín León | septiembre 01, 2014

    Novísima ola

    críticas de 2 otoños 3 inviernos| 2 automnes 3 hivers, dirigida por Sébastien Betbeder, 2013 | ★★★★
    La chica del 14 de julio | La fille du 14 juillet, dirigida por Antonin Peretjatko, 2013 | ★★★★

    Chico conoce chica, o viceversa, chico se enamora de chica, y viceversa, y ambos intiman, sufren, se pierden, se reencuentran, y acaban viviendo felices y comiendo perdices (o eso nos imaginamos). El resumen de esta historia tan vieja como la Historia ha sido intencionadamente ligero, porque el romance puede ser trágico, y lo es con demasiada frecuencia; pero también puede ser cómico, algo menos frecuente en la vida real, pero en lo que se ha centrado a menudo el cine hasta dar lugar a un subgénero propio: la romcom, o comrom para los amigos. Esta clase de películas es, pues, todo menos marginal, aunque su éxito de taquilla lo suele lograr a costa de traicionar su espíritu: concretamente, en perjuicio de la intimidad propia de toda relación de pareja. Así, el cariño y el celo se transforman en ostentación y ofuscación, y las bromas populares sustituyen los chistes internos. Cierta alteración de cara a la ficción es imprescindible para lograr la complicidad del público, pero estas películas piden más bien alcanzar esa armonía con cada espectador individualmente considerado, no con una masa de seguidores. En definitiva, se trata de separarse de la corriente dominante para recuperar la esencia del buen rollo que puede generar la vida amorosa, al margen de toda una serie de conflictos provechosos para la creación cinematográfica. Esta reflexión quizás podría haberse acortado y aclarado simplemente recordando la contraposición entre cine comercial y cine independiente, aunque no es lo mismo, porque este segundo tipo de cine también tiene sus reglas y parámetros propios. No: hay que ir más lejos, volver a abrazar la marginalidad y revertir los cánones para, como hemos dicho antes con otras palabras, acabar reformulándolos y depurándolos.

    Este es el objetivo que en cierta medida se marcó la Nouvelle vague, cuando un puñado de jóvenes cineastas francófonos quisieron desvincularse de la ortodoxia, salir a las calles y rodar (aunque el verbo idóneo sería recrear) sus pasiones. Y ésta es la intención que alienta, además de a otros muchos artistas, a ciertos directores actuales de su misma cultura. El problema es que el panorama hoy en día es más complejo y diversificado que el de los años 50 y 60, y para distinguirse y alcanzar una voz propia, se hace necesario acudir a recursos estilísticos o narrativos llamativos. La excelente y estimulante Declaración de guerra (La guerre est déclarée, Valérie Donzelli, 2011) ha marcado esta tendencia en los últimos años, a la que se han apuntado entre otras 2 otoños 3 inviernos y La chica del 14 de julio. Presentadas ambas en el festival de Cannes de 2013, son películas repletas de nostalgia y desenfado gracias a esa indudable herencia de la Nouvelle vague. La misma se plasma en el existencialismo familiar y la aparente improvisación de sus historias, en el uso de actores y decorados naturales o en el dinamismo de su técnica. Y al respecto llaman la atención ciertos efectos, como el encuadre de 1.37:1 y la voz en off de 2 otoños 3 inviernos; o la cámara rápida y la engañosa cronología de La chica del 14 de julio. Los primeros se mueven en la dirección de la nostalgia y el existencialismo; los dos segundos, en la del desenfado y la improvisación. Pero también se encuentran estas últimas sensaciones en el carácter coloquial y entrecortado del discurso de Betbeder; como tampoco faltan las dos anteriores en la visión evocadora de Peretjatko.

    por Ignacio Navarro
    agosto 24, 2014

    Críticas | 2 otoños, 3 inviernos & La chica del 14 de julio

    por Ignacio Navarro | agosto 24, 2014

    El precio de la redención

    crítica de Locke | de Steven Knight, 2013 | ★★★★

    No hace mucho comentaba Javier Marías en uno de sus artículos (Juro no decir nunca la verdad) el firme propósito que se autoimpuso su padre de no mentir bajo ninguna circunstancia. El propio escritor desconoce si el Sr. Marías —fallecido en 2005— cumplió rigurosamente su promesa hasta el final de sus días, lo que está claro es que semejante iniciativa parece cuando menos improbable en estos tiempos que corren, donde el embuste es el dialecto más hablado y extendido del siglo XXI y se busca la cooperación ciudadana para un “entendimiento” mutuo basado en la distorsión de la realidad. De esta manera, las personas —con este arraigado y dudoso sentido de la franqueza— sienten la necesidad imperiosa tanto de mentir, como de ser mentidas, buscando la adulación falaz y llegando a considerar, en ocasiones, la verdad como una falta no sólo de discreción, sino también de educación. Locke, que toma el nombre de su único protagonista (físico), Ivan Locke, muestra precisamente un hombre que se ha propuesto, aunque sea exclusivamente por una noche, incurrir en este desconsiderado comportamiento con el objetivo de redimirse por un fallo —único— que cometió y mantiene atormentada su conciencia.

    La trama discurre íntegramente en el interior de un vehículo, un ejercicio de estilo minimalista que, representado mediante una fotografía nocturna centrada en primeros planos y el reflejo de las carreteras de Londres sobre las ventanillas transparentes, pone a prueba la capacidad narrativa de Steven Knight y su competencia para no faltar al principal (e inexcusable) mandamiento que el maestro Billy Wilder proclamó como imperativo en cualquier empeño de transmitir una historia: «No aburrirás». Y no aburrir enfocando la cara del mismo hombre (Tom Hardy) en el mismo lugar (el cómodo asiento de su BMW X5) durante una hora y media no parece tarea fácil, sin embargo, el director se las ingenia para ir añadiendo persuasivos elementos a la trama para que ésta tenga finalmente el mismo efecto que la lectura de un apasionante relato de Poe o del propio Javier Marías, donde lo reducido del espacio descrito no hace sino incrementar el atractivo del argumento. Ya en 2010 el español Rodrigo Cortés intentó algo muy similar con Buried (Enterrado); las grandes limitaciones espaciales de ambos filmes los llevan a ser objeto de una irremediable comparación, si bien es cierto que el objetivo de Cortés era el buscar una percepción claramente claustrofóbica, Locke parece más orientada al agotamiento anímico del espectador frente a situaciones de estrés; y lo ejecuta sin la necesidad de recurrir a la descarada, pero eficaz, demagogia que predominaba en la mencionada Buried. El teléfono vuelve a ser el catalizador del guion (trabajo del propio Knight), al igual que fue el principal aliado de Ryan Reynolds en su desesperado intento de escapar del ataúd en el que se encontraba; agravando esa sensación de ansiedad producida por una insistente llamada en espera, la pérdida del control tangible de la situación, o la angustiosa tensión producida por un corte en la línea —voluntario o involuntario— sin haber podido concluir la conversación, dificultando enormemente el principal propósito del artefacto móvil: la comunicación.

    por Alberto Sáez Villarino
    agosto 23, 2014

    Crítica | Locke

    por Alberto Sáez Villarino | agosto 23, 2014
    Attila Marcel, de Sylvain Chomet

    Homeopatía contra el olvido

    crítica de Attila Marcel | Sylvain Chomet, 2013

    Attila Marcel constituye la primera película de acción real de Sylvain Chomet, tras sus dos alabados y premiados largometrajes de animación titulados Bienvenidos a Belleville y El ilusionista. En esta ocasión, el imaginativo cineasta galo recurre a la comedia musical de ficción y nos enamora a través de una absoluta perfección estética, haciendo uso de ilimitados recursos visuales y un abanico de espectacularidad cromática para contarnos una historia sobre la memoria, la palabra y la identidad. El protagonista de este onírico cuento cinematográfico se llama Paul (Guillaume Gouix), testigo a la tierna edad de dos años del traumático acontecimiento de la muerte de sus padres, suceso que lo privó para siempre de las facultades de hablar y recordar con precisión. Su vida rutinaria de hombre de 33 años se focaliza en tocar el piano de su salón para clases de vals y convivir con sus tías, dos ancianas pretenciosas y aristócratas cuya mayor ilusión es ver como se convierte en un laureado y virtuoso pianista. El primer punto de giro de su historia es su encuentro con la señora Proust (Anne Le Ny), una mujer alocada, revolucionaria y budista que tiene un su poder la receta de un mágico té de hierbas, que junto a la música, es capaz de rescatar los remotos recuerdos de su portador. Así, el mudo pero expresivo Paul, que transmite sus sensaciones a cámara mediante su amplio espectro de gestos y la mirada de sorpresa, terror o tristeza de sus ojos sobrenaturales, emprende ese viaje espiritual hacia los confines de su memoria, en el intento por revisionar su infancia y descubrir que le sucedió realmente a sus padres. En el transcurso de una vida tan monótona y plagada de incertidumbre como la suya, conocer la idiosincrasia de Madame Proust y sus novedosas técnicas que mezclan melodía y plantas para desafiar al olvido, suponen un giro de 180 grados para Paul, y filosóficamente hablando, comportan un replanteamiento radical de su existencia.

    por Anónimo
    junio 26, 2014

    Crítica | Attila Marcel, de Sylvain Chomet

    por Anónimo | junio 26, 2014
    Violette, de Martin Provost

    Grafía de una bastarda

    crítica de Violette | Martin Provost, 2013

    Existe una comedia de los años 90 titulada Tortilla y cinema protagonizada por Carmen Maura que, contra todo pronóstico, no está dirigida por Pedro Almodóvar, sino por Martin Provost. Francés, para mayor sorpresa. Pero la referencia a Almodóvar no es caprichosa porque, como él, Provost ha enfocado su cine hacia el protagonismo de la mujer torturada y ha evolucionado desde la comedia desenfadada al drama patético. Más precisamente, su película más conocida y celebrada, Séraphine (2008), es una biografía de la pintora gala Séraphine de Senlis, protagonizada por una Yolande Moreau cuyos rasgos sólo son propicios a la risa en un filme de Jean-Pierre Jeunet. Pues bien, a ella debe añadirse ahora Violette (2013), que también ahonda en el subgénero del biopic trágico y femenino gracias a la fisonomía de una no mucho más agraciada Emmanuelle Devos. Ésta interpreta con nervio y pasión, sin duda en el papel de su carrera, a Violette Leduc, una escritora a su pesar que se movió en el mundo de los Sartre, Camus, Genet y sobre todo Simone de Beauvoir, en una Francia de la posguerra gris y desolada pero también esperanzada, y con ganas de darle la vuelta a ritos y cánones como el concepto de familia o el rol del patriarcado. La mujer reivindicaba un nuevo papel en una sociedad de excombatientes, nuevos ricos y traficantes que caminaba hacia la regeneración. Era en definitiva la década del feminismo de la segunda ola, que con su tema central de la sexualidad pretendía saltarse la censura y remover conciencias, buscando también sacar a la luz temas tabús como el aborto o el lesbianismo.

    La citada Simone de Beauvoir es la autora más representativa de esta corriente, pero la que mejor ilustraría las desgracias y la represión que la sociedad imponía sobre su género en esa época sería Leduc, al menos en Francia. Bisexual, bastarda y basta, esta mujer casada y soltera, contrabandista antes que escritora, afincada en un piso de pocas paredes y escasa higiene cuando podía permitirse vivir en la capital, era una auténtica superviviente. Plasmar su vida en imágenes resulta pues justificado y provechoso cinematográficamente hablando, pero Provost no emprende esta tarea siguiendo los esquemas tradicionales de la biografía. No hay que olvidar que Violette Leduc quería subvertir los parámetros comunes de la literatura y de su mensaje, por lo que para ser consecuente su retrato debería ser también algo heterodoxo. En concreto, no se trata aquí de resumir la vida de un personaje histórico, en conexión con su contexto y los hitos que le fueron sucediendo, sino de tomar un fragmento de esa vida y obviar datos ajenos a la misma, aun consiguiendo que ello pueda ser representativo de un conjunto. De hecho, la película arranca en el meollo de las penurias de esta mujer, sin prólogo explicativo ni introducción previa, y a partir de ahí avanza siempre hacia delante, sin flashbacks ni voz en off de por medio (más allá de la oportuna lectura de algunos extractos de su obra), para cubrir alrededor de una década de unas pocas experiencias que pueden estructurarse en otros tantos capítulos.

    por Ignacio Navarro
    junio 25, 2014

    Crítica | Violette, de Martin Provost

    por Ignacio Navarro | junio 25, 2014
    Mil veces buenas noches

    Retrato de una bomba humana

    crítica de Mil veces buenas noches | Tusen ganger god natt, Erik Poppe, 2013

    Dentro de la definición de periodismo (recoger y tratar la información) no hay cabida para la interpretación subjetiva, la tergiversación intencionada o la mendacidad. Sin embargo, el creciente impacto social de la telebasura y el sensacionalismo —ignominiosa derivación de tan respetable empleo— ha creado una serie de “profesionales” no cualificados que trabajan como mercenarios del morbo y la carroña. Si bien sus métodos son cuestionables, saltándose todos y cada uno de los preceptos reflejados en el código deontológico de la mencionada disciplina informativa, su rentabilidad es incontestable, pues sus programas se convierten invariablemente en los de mayor índice de audiencia en la tan discutible parrilla televisiva. Así pues, los expertos de la comunicación se han visto forzados a seguir esta clave del éxito, creando un conflicto ético que reside en el qué, cómo y cuánto enseñar, y cuánto de lo que se enseña es moralmente justificable. Este proceder, trasladado al fotoperiodismo de guerra, puede derivar en un interminable debate sobre la frivolidad de la muerte y el sufrimiento, así como su “glamurización” dentro del arte —quién no recuerda algunas de esas espantosamente bellas fotografías ganadoras de varios premios, como “Muerte de un miliciano” o “La niña del napalm”—. Con A Thousand Times Goodnight, Erik Poppe quiere reabrir el debate de esa necesaria y explícita argumentación visual como prueba irrefutable de los abusos que sufren miles de personas en el tercer mundo y así, conseguir una ayuda tan indispensable como aparentemente inalcanzable.

    El director noruego se muestra muy seguro en la ejecución, consigue crear un planteamiento muy consistente de las grandes incógnitas y penosas vivencias que fue acumulando durante años de experiencia como fotógrafo de guerra para la agencia Reuters. Una mundología que le otorga cierta soltura en la construcción de la trama y le permite centrar sus esfuerzos en las formas, haciendo gala de un uso ejemplar de la concesión, para conseguir que el espectador —completamente libre de emitir un juicio valorativo individual— observe los argumentos de ambos, detractores y defensores, y así pueda decidir de qué lado posicionarse. Estrategia que también lleva a cabo con los personajes, jugando a dosificar la empatía hacia los protagonistas, para evitar que nos sintamos cómodos en la comprensión de un único punto de vista en esta historia que no es fácil para ninguna de sus partes, por lo que se irán desvelando regularmente diferentes aspectos idiosincráticos de cada uno de ellos, que moverán nuestra percepción de unos hechos que, por otro lado, permanecerán inalterables.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 03, 2014

    Crítica | Mil veces buenas noches

    por Alberto Sáez Villarino | junio 03, 2014
    Plynace Wiezowce (Floating Skyscrapers)

    Deseos reprimidos

    crítica de Floating Skyscrapers | Płynące wieżowce, de Tomasz Wasilewski, 2013

    El realizador polaco Tomasz Wasilewski ha logrado captar la atención de la crítica en su peregrinaje por diversos festivales –entre ellos Gijón 2013– con Plynace wiezowce, su segundo trabajo tras las cámaras tras la inédita en España In the Bedroom (2012). El cine de temática gay ha continuado visitando en los últimos años, cada vez con más asiduidad, las carteleras cinematográficas, con los moderados éxitos de Weekend (2011, Andrew Haigh), Keep the Lights On (2012, Ira Sachs) o El desconocido del lago (2013, Alain Guiraude) como principales abanderados. La normalización de este tipo de obras es, a priori, una feliz noticia para los aficionados al subgénero, pero también se corre el peligro de caer en la repetición de los mismos esquemas ante la avalancha de títulos que cuentan, con leves modificaciones, las mismas (o sospechosamente similares) historias. Plynace Wiezowce, a pesar de su buen puñado de aciertos, no escapa, desgraciadamente, a esa incómoda sensación de déjà vu que parece embargar al espectador con demasiada frecuencia cuando asiste a este tipo de narraciones sobre descubrimientos sexuales repletos de complicaciones.

    La cinta nos presenta a Kuba, un atractivo joven que tiene ante sí un brillante porvenir en el mundo de la natación. Lleva dos años de relación con su novia, Sylwia, con la que convive bajo el mismo techo en la casa de su madre, una mujer castradora y autoritaria que solo desea que la chica abandone el hogar para así tener a su hijo para ella sola. Pese a que la relación de la pareja parece, aparentemente, feliz y normal, Kuba se siente frustrado e insatisfecho con su vida, por lo que suple sus carencias sexuales manteniendo esporádicos encuentros con otros chicos en las duchas. Cuando durante una fiesta, Kuba conoce a Michal, un muchacho homosexual que vive su condición abiertamente, descubrirá por fin lo que es enamorarse de verdad, pero no le será tan fácil que Sylwia renuncie a lo que tienen, por lo que el triángulo amoroso se tornará, inevitablemente, en tragedia. Una vez más, la homosexualidad está reflejada de modo tortuoso y conflictivo, con el personaje protagonista consumiéndose por no poder mostrarse al mundo como en realidad es, dejando que en la intimidad otros hombres le practiquen sexo oral, pero no permitiendo que le besen en la boca, como si esto le hiciera perder su virilidad. El personaje de Kuba, cómo no, mantiene esa lucha interior entre continuar con la estabilidad que le da su relación con su novia y el estar volcado en el deporte o romper con toda esa quimera y gritar a los cuatro vientos su amor por Michal, al que se presenta como un joven cuya sexualidad ha sido, más o menos, bien asumida por su familia, pero que supone un motivo de alejamiento con la figura paterna –no faltan las típicas conversaciones sobre fútbol entre el padre y el hermano heterosexual durante la comida en la mesa, mientras que a Michal se le hace un poco el vacío–. El tercer vértice del triángulo, Sylwia, es el más interesante por encontrarse en el puesto de víctima colateral de ese amor prohibido, pero aun así termina resultando irritante y antipático por la poca dignidad de la que hace gala en los momentos más decisivos.

    por José Martín León
    mayo 29, 2014

    Crítica | Plynace Wiezowce (Floating Skyscrapers)

    por José Martín León | mayo 29, 2014

    Por un mundo sin Berlusconis

    crítica de Viva la libertà | Roberto Andò, 2013

    Como si negara la reivindicación que hay en su título, Viva la libertà arranca desde un escenario lúgubre, frío, de aroma tedioso. Trajes caros, zapatos lustrados, maletines negros, baldosas de mármol oscuro y pasillos vacíos como metáfora visual del mundillo por el que transita. Las entrañas de la política partidista actual, a la que adelantó hace ya más de treinta años una frase lapidaria de Tierno Galván: “La política dejado de ser una política de ideales para convertirse en una política de programas”. La palabra programas no podía estar mejor escogida si se tiene en cuenta la acepción amplia del término. Un programa es algo robótico, calculado, sin alma. El síntoma más locuaz de una política burocratizada en todos sus movimientos. Se mide con rigidez pétrea cada palabra, cada gesto, cada mano tendida, con un afán de convertir al ente “voto” en un elemento de laboratorio, algo de lo que se puede obtener una mayor o menor unidad dependiendo de cuánto de cada elemento se deposite en la probeta. La película de Roberto Andò se sitúa en el punto donde el hastío hacia este partidismo de catequesis ha dado lugar al desencanto.

    En su cuarto largometraje de ficción, el cineasta italiano adapta su propia novela (Il trono vuotto, ganadora del premio Campiello a la mejor ópera prima). Una puesta en valor de la pasión como arma para combatir al tedio, ese que hace de la política un leviatán deshumanizado. Andò juega a enfrentar opuestos. La pesadez contra la ligereza, la melancolía contra la alegría, la rigidez contra la frescura (sin que los respectivos segundos caigan por exceso en el berlusconismo, se entiende). Y para ello, se inventa una ingeniosa trama de hermanos gemelos, ambos interpretados por un inspiradísimo Toni Servillo. El gemelo aburrido, Enrico, es el líder del principal partido de la oposición italiana. El gemelo divertido, Giovanni, es un extravagante profesor de filosofía recién salido de un sanatorio. Enrico, harto de que se cuestione su liderazgo y de que las encuestas le vaticinen un batacazo en las próximas elecciones, decide desaparecer sin dar explicaciones. Ante su ausencia, sus asesores recurren a Giovanni para hacerle pasar por él.

    por Miguel Muñoz Garnica
    mayo 27, 2014

    Crítica | Viva la libertà

    por Miguel Muñoz Garnica | mayo 27, 2014
    El extraordinario viaje de T.S. Spivet

    La magia de manual de Jean-Pierre Jeunet

    crítica de El extraordinario viaje de T.S. Spivet |
    L'extravagant voyage du jeune et prodigieux T. S. Spivet, de Jean-Pierre Jeunet, 2013

    Jean-Pierre Jeunet tuvo su momento, eso es innegable. A todos nos fascinaron sus trabajos con Marc Caro, Delicatessen (1991) y La isla de los niños perdidos (La cité des enfants perdus, 1995), delicias audiovisuales con las que ambos directores crearon escuela. Cuando Jeunet emprendió su carrera en solitario, algunos defendimos Alien Resurrección (Alien Resurrection, 1997) con fervor, al entender que se trataba de la más festiva de la saga y que, aunque no era tan buena como las dos primeras entregas, sí que resultaba mucho más estimulante que la tercera dirigida por David Fincher. Muchos nos dejamos arrastrar en su momento por la fiebre de Amelie (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, 2001)… pero la sobreexposición de Audrey Tatou y su cacareado (y publicitario) poso hizo que, de alguna manera, acabáramos hartos de Jeunet. O, mejor dicho, de lo que había quedado impregnado del estilo de Jeunet en el imaginario colectivo: los colorines, los montajes sonoros, los personajes rarunos… Tal fue el hartazgo que algunos pasamos de ver Largo domingo de noviazgo (Un long dimanche de fiançailles, 2004), quizá de manera algo injusta. Y nos dio una pereza absoluta darle una oportunidad a Micmacs (Micmacs à tire-larigot, 2009). Ahora, tomando como base una novela de Reif Larsen titulada Las obras escogidas de T.S. Spivet (Seix Barral, 2010), Jeunet vuelve con la que se supone que es su mejor película en años, esa que le devolverá el prestigio perdido y que le redimirá de los traspiés críticos y comerciales que ha sufrido en los últimos años. Hablamos de El extraordinario viaje de T.S. Spivet, una película visualmente impecable, llena de bellos paisajes, de encuadres trabajadísimos y de una utilización de las tres dimensiones como se supone que nunca antes se ha visto (gracias al uso de las cámaras recién estrenadas Arri Alexa M 3D).

    por Unknown
    mayo 12, 2014

    Crítica | El extraordinario viaje de T.S. Spivet

    por Unknown | mayo 12, 2014

    La redención nunca es gratis

    crítica de Zulú | de Jérôme Salle, 2013

    Fuera de concurso, y como clausura, se proyectó en la edición 66ª del Festival Cannes Zulú, un extraordinario thriller francés acuñado por el director Jérôme Salle, e inspirado en la novela homónima de Caryl Ferey. Ambientada en una sórdida Sudáfrica todavía atormentada por las secuelas del apartheid, una pareja de policías halla muerta a una joven adolescente blanca que da pié a una intrincada y compleja investigación, en escenarios muy diversos que abarcan lujosos chalets, barriadas turbias de Ciudad del Cabo, bosques, desiertos y vertederos. Lo que parece un asesinato de corte aislado abrirá las puertas de una estupenda historia de intriga policíaca donde se darán cita intereses gubernamentales, peligrosas drogas de diseño, secretos guardados por la informática, tiroteos encarnizados, tragos de whiskey en la oscuridad de la comisaría, y por encima de todo y como principal ingrediente de potente denuncia social, una violencia extrema y explícita que convierte a Zulú en un filme sangriento y duro no apto para todos los estómagos. El dúo policial interpretado por un oscuro Orlando Bloom (cuyo sambenito de años atrás como icono para adolescentes dista mucho del gran papel que lleva a cabo en esta película) y un Forest Whitaker duro y valiente, se enfrentará a un caso que transformará plenamente sus vidas y los obligará a hacer frente a sus demonios internos, desde el alcoholismo, a los problemas sentimentales, infidelidades y rencillas familiares. Jérôme Salle adapta de manera inteligente y vivaz, junto a Julien Rappeneau como co-autor, la novela que proporciona esqueleto narrativo a Zulú, y a través de los estandartes clásicos del thriller, el género del crimen, el suspense y las pesquisas detectivescas efectúa una disección de los principales lastres que arrastra Sudáfrica; sus fuertes contrastes económicos, el persistente conflicto racial y la acuciante pobreza de la inmensa mayoría de sus entornos; Sudáfrica es aquí casi un personaje en sí mismo, pues la estética cálida y el exotismo de sus parajes, los contrastes lumínicos y su peligrosa pero hermosa vegetación son la perfecta metáfora para retratar su sociedad y sus complejas problemáticas. La fotografía nace de la autenticidad de su territorio y la violencia que en él se respira, por eso le confiere a una historia completamente ficcional un aura cuasidocumental de realismo descarnado, un “no pasó, pero podría haber pasado, podría estar pasando ahora, o podría pasar mañana”

    por Anónimo
    mayo 07, 2014

    Crítica | Zulú, de Jérôme Salle

    por Anónimo | mayo 07, 2014
    The Major, de Yuri Bykov

    Menos es más

    crítica de The Major, | Майор, de Yuri Bykov, 2013

    Hay veces que en la sencillez reside la virtud. En el caso del thriller, entiéndase este concepto como vaciar la historia de elementos superfluos, enrevesados o que intenten exponer una idea que esté por encima de la trama (elementos que se pueden identificar en una nueva hornada de series, como puede ser True Detective o The Walking Dead). La dirección opuesta, y por seguir con el referente televisivo, constituiría algo así como crear un episodio aislado autoconclusivo, con un desarrollo claro de acumulación de acontecimientos que se sostienen por un elemento interior del personaje principal que le empuja en sus actos. El director ruso Yuri Bykov, con esta última idea en la cabeza, crea un thriller sencillo, bien dirigido y que mantiene el ritmo durante sus 99 minutos. Se trata de una cinta de la acción por encima de la reflexión, directa al grano, sin dar un respiro para conclusiones o elucubraciones. En ningún caso esto último constituye algo negativo, es más, se trata de una decisión de puesta en escena: The Major se presenta como un retrato a tiempo real de un mundo corrompido en el que cada paso adelante es un avance hacia la denigración del cuerpo policial ruso en una ciudad al extrarradio de Moscú. Bykov es conciso y directo, evita dar rodeos ni coger atajos. Toma prestado lo mejor del thriller norteamericano y logra desprenderse de todo lo innecesario. Uno se pregunta qué habría hecho Hollywood en su lugar. Sin duda, la estrategia habría sido colocar a una estrella en el papel principal y habría necesitado un momento de fuga, de lucimiento y regocijo actoral, que se une a la historia de manera demasiado evidente y que resulta reiterativa. Fijémonos, por ejemplo, en Capitán Philips, un thriller notablemente dirigido pero que necesita de un resorte emocional al inicio y sobre todo al final para intentar dar empaque a la lucha del protagonista y conceder su minuto de supuesta gloria actoral a Tom Hanks (sobre todo en su epílogo, en la escena en la enfermería). En The Major, nos basta con saber que Sobolev, el capitán de la policía protagonista de la cinta, acaba de ser padre para revestir de profundidad las decisiones que toma tras atropellar a un niño en su camino al hospital para conocer a su hijo. Bykov no necesita reincidir ni subrayar en el plano personal más allá de lo necesario para elaborar un discurso sobre la honradez y la corrupción. Y menos cuando lo que pretende es crear una estampa de la realidad que, una vez digerida, nos muestre el nivel de putrefacción oficial y los límites del egoísmo personal cuando la supuesta honorabilidad está amenazada.

    por EAM
    mayo 04, 2014

    Crítica | The Major, de Yuri Bykov

    por EAM | mayo 04, 2014

    Reflejos de una identidad perdida

    crítica de Concrete Night | Betoniyö, de Pirjo Honkasalo, 2013

    Hacía 15 años que la directora finesa Pirjo Honkasalo no se adentraba de nuevo en el mundo de la ficción. Y hay que decir que vuelve por la puerta grande, mostrándonos un relato mucho más cercano que sus anteriores películas documentales y, por tanto, mucho más temible. Tremendamente dura y un tanto críptica, Concrete Night nos describe el paso a la madurez de un joven del extrarradio de Helsinki. Más que una simple historia de revelación, Honkasalo construye una película de infinidad de capas y lecturas, resquicios por los que se escapa un discurso apocalíptico en su superficie pero también en el fondo sobre el futuro de una sociedad dividida y la búsqueda de la identidad de las nuevas generaciones. El joven Simo está atrapado, se ahoga. Desde una orilla ve como un tren descarrila por un puente y cae al mar. De repente, se encuentra dentro de uno de los vagones sumergidos del tren accidentado, el agua sube dentro del vagón y poco a poco se queda sin aire, las algas le enredan, necesita salir, pero las puertas están cerradas, no se abren… El sueño del joven Simo con el que empieza la película retrata el interior de un adolescente perdido que busca su faro, su guía, que se busca en cada espejo pero que no logra encontrarse. La cinta concentra el tiempo en el fin de semana anterior a la entrada en prisión del hermano de Simo. Ambos viven en un apartamento minúsculo junto con su madre, que pasa las horas bebiendo, fumando y llevando a cabo actividades mínimas, como preparar un café o darse un baño en los pies. Con este panorama, no es de extrañar que el joven de unos 14 años fume y beba al amparo de su madre y de su hermano y se deje llevar por las reacciones y las actitudes de sus familiares. Este caldo de cultivo solo tiene como consecuencia una visión impune de la vida alimentada por las narraciones catastrofistas del hermano. Simo viaja a la deriva empujando por su propio entorno y por las diferencias con un mundo que le es ajeno. Es aquí donde Honkasalo explora también las diferencias sociales, el individuo frente al grupo, en este caso, Simo contra una sociedad en la que no se encuentra, que no sigue sus valores, que no es capaz de servirle una cerveza porque es demasiado joven. Un acto de rebeldía, pero a la vez un motivo de pérdida de identidad de una sociedad centrífuga que expulsa a los desertores de una supuesta normalidad. Desde lo alto de una noria, Simo juega con sus manos a controlar a las personas que espera abajo, como si dirigiera la cruceta de unas marionetas. La distancia y el aislamiento del joven avanzan a pasos agigantados.

    por EAM
    abril 30, 2014

    Crítica | Concrete Night, de Pirjo Honkasalo

    por EAM | abril 30, 2014
    Oro (Gold), de Thomas Arslan

    Eficiencia germana

    crítica de Oro | Gold, de Thomas Arslan, 2013

    La fiebre del oro tiene una fuerte presencia en la cultura popular. No solo americana, también en la latina. En el imaginario colectivo descansa ese cuadro de un grupo de hombres con pico y pala en busca de pedruscos dorados o, en su defecto, un grupo de semejantes, en la orilla de un río, sumergiendo una batea en la corriente y agitándola con la esperanza de encontrar las soñadas pepitas. La fiebre del oro fue un período migratorio masivo impulsado por los hallazgos de yacimientos del metal precioso en zonas rurales. Se produjo a lo largo del siglo XIX, en un contexto de insatisfacción social, donde la desesperación y la ilusión llevaron a miles de personas a abandonar sus empleos y hogares en pos de una vida más amable. La mejora en las vías de comunicación, el sistema internacional basado en el patrón oro y la codicia de hacerse ricos fueron los principales motores de este fenómeno. Los buscadores de oro cruzaron mares, ríos y montañas. Desde Zacatecas hasta Yukón, pasando por California. En el Festival de Berlín de 2013 se proyectó un western germano-canadiense –Gold (2013)– cuyo marco contextual versa sobre este prodigio migratorio. El cine ha retratado muchas veces esta obsesión por la riqueza y la miseria adyacente. Chaplin lo hizo con fuertes dosis de humor en La quimera del oro (1925); el cine americano de los años cuarenta y cincuenta contó con película como California (1946) o Tierras lejanas (1954). John Wayne, el vaquero por excelencia, dejó su sello en Los cowboys (1972) y en el boom de las series televisivas en el que nos hayamos inmersos no podríamos olvidarnos de Deadwood (2004). Resulta cuanto menos curioso que algo tan americano como el western y la fiebre del oro salga de nuevo a la palestra gracias a alemanes. Algunos consideraron el filme de Thomas Arslan una reinvención del género habida cuenta de su genuinidad, sin duda exagerado. Pero sí que supone una perspectiva distinta, que desmitifica las aventuras del oeste.

    por Anónimo
    abril 27, 2014

    Crítica | Oro (Gold), de Thomas Arslan

    por Anónimo | abril 27, 2014
    Un castillo en Italia | Un château en Italie, de Valeria Bruni-Tedeschi

    El castillo interior

    crítica de Un castillo en Italia | Un château en Italie, de Valeria Bruni-Tedeschi, 2013

    Al igual que con su anterior cinta, Actrices, la mayor fuente de inspiración de Valeria Bruni Tedeschi es ella misma, su propia vida. Echando mano de nuevo a sus temas recurrentes, la religión como último refugio desesperado y la losa de la interpretación en la vida de una actriz, Valeria vuelve a crear en Un castillo en Italia una historia con tintes autobiográficos centrada esta vez en la crisis existencial de Louise (interpretada por la propia directora), hija de una familia adinerada que intenta encontrar un rumbo en su vida mientras lidia con su madre (Marisa Borini, madre en la vida real de la directora) y con su hermano enfermo de sida (Filippo Timi). Ahogados por las deudas, necesitan actuar y obtener liquidez mediante la venta de su ingente patrimonio (como el castillo familiar en Italia que da título a la cinta). Aquí es donde empiezan las leves disputas entre la familia: los caprichos del hijo, la manifiesta inacción de la madre, Louise completamente perdida… Este juego de tiras y aflojas constituye, sin duda, la parte más interesante del universo construido por Valeria. Pero a todas estas losas familiares en la vida de Louise se une su incapacidad para el amor y su anhelo por ser madre. Su relación con Nathan (Louis Garrel), mucho más joven que ella y nada interesado en procrear, desestabiliza aún más su existencia.

    por EAM
    abril 26, 2014

    Crítica | Un castillo en Italia

    por EAM | abril 26, 2014
    Moliere en bicicleta | Alceste à bicyclette, de Philippe Le Guay, 2013

    Cinco días de misantropía

    crítica de Molière en bicicleta | Alceste à bicyclette, de Philippe Le Guay, 2013

    El oficio de actor no es un trabajo cualquiera. Estos artistas siempre han estado envueltos en un halo de misterio, egocentrismo, peculiaridades y batallas internas bajo la presión del público, de la feroz crítica, de los aplausos y silbidos cuando el telón se baja o las luces de las sala vuelven a encenderse. Y en el carácter intrínseco de este gremio, muchas veces puesto en tela de juicio por sus excesos de vanidad y sus delirios de grandeza, ahonda este humorístico estreno creado por Philippe Le Guay y titulado Alceste à bicyclette (Molière en bicicleta): el peso de su trama recae en la interrelación de dos personajes vinculados al complejo mundillo de la interpretación: Serge Tanneur (en la piel de un magnífico Fabrice Luchini) y Gauthier Valence (protagonizado por un también expresivo Lambert Wilson) son el tándem que satiriza y explora los entresijos del onanismo actoral. Serge lleva tres años retirado del ámbito teatral, y tras haber alcanzado la cúspide de su carrera artística vive una existencia tranquila y aburrida en la isla de Ré, mientras que Gauthier, una importante estrella televisiva, planea engendrar una producción basada en El misántropo, la conocida dramaturgia francesa de Molière; ha pensado que el papel principal es ideal para el talento de Serge, y éste le propone cinco días intensivos de ensayo pues no tiene la certeza de querer participar. Esto da comienzo al principal conflicto desarrollado en esta comedia dramática: el desafío a uno mismo, unido al placer de la actuación y al sentido de la amistad, bajo el amparo de una fotografía cuidada, luminosa y bucólica, y una banda sonora que contiene éxitos pintados de añoranza como Il mondo, la famosa canción italiana de 1965.

    Así, bajo las palabras del padre de la Comédie Français, la pareja de actores se enfrenta a sus propios miedos y se transforman en Filinto y Alceste, impregnando sus vidas de los valores y afrentas que componen el eje de El misántropo (obra acerca de la cual Philippe Le Guay reconoció una gran debilidad). Uno de los problemas previos es que Gauthier ha pensado en Filinto para ser encarnado por Serge, pero éste, ya de aceptar su propuesta, se siente más atraído por el papel de Alceste. En la batalla de cinco días por desarrollar el esqueleto de un personaje muestran el intrincado proceso por dotar de interés, cuerpo y personalidad un personaje (bajo la experiencia de dos actores de categoría; uno, veterano y el otro, en el auge de la ficción televisiva), y cómo para ello es necesario desentrañar diálogos, desempolvar las claves de la prosodia, ser un genio de la oratoria o poner hincapié en la pasión de los diálogos. Este duelo, en el que la ambivalencia entre dos tipos de forma de ser completamente diferentes, pero unidos por la vocación y el éxito, nos ofrece sabias reflexiones en un buen rato de cine, que adquiere más peso a lo largo de los primeros cuarenta minutos, que en el tramo final, donde concurren pequeñas subtramas bastante inconexas y algunas de ellas, irresolutas. El mayor tesoro de esta satírica Molière en bicicleta son sus dos protagonistas por tratarse de personajes bien construidos, a veces odiosos y en otras ocasiones adorables, sometidos a evolución, e influenciados por toda la indulgencia, dulzura, poder, traiciones y confianza que acarrean las relaciones contenidas en un clásico teatral como El misántropo. Los personajes secundarios no se hallan demasiado bien perfilados, e intentan aportar al resultado unos tintes dramáticos que restan comicidad a su discurso y que dejan un sabor de boca final de inexactitud y falta de contundencia. Aun así, hallaremos ratos muy agradables en el minucioso retrato humano que se elabora a partir del egocéntrico Gauthier y el más desencantado Serge, y en la muestra de sus carencias y defectos tras una óptica risueña; como es loable, los adeptos del humor a la francesa disfrutarán de sus gags, y los que detesten esta clase de cine, desdeñarán su lentitud argumental y acabarán tachando de tediosos e insufribles a sus protagonistas.

    por Anónimo
    abril 25, 2014

    Crítica | Molière en bicicleta

    por Anónimo | abril 25, 2014
    Matterhorn, de Diederik Ebbinge

    Hacia la búsqueda de la identidad personal

    crítica de Matterhorn | de Diederik Ebbinge, 2013

    «No es difícil, todo lo que uno tiene que hacer es tocar la tecla adecuada en el momento adecuado».
    | Johann Sebastian Bach

    El recuerdo idealizado. Ese remoto pasaje temporal que por lejano e imposible de recuperar nos parece tan perfecto y cargado de sentido, ese lugar al que daríamos cualquier cosa por volver. Añoranza en una mirada que no soporta la intensidad de nuestra fugacidad y que se derrumba al comprobar cómo el presente difumina lo que no fue más que un espejismo de la finita condición humana. Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, que dice nuestro gran Sabina en su canción Peces de ciudad. En ese dilema vive Fred, el devoto calvinista que protagoniza la cinta, abocado por sí mismo a una triste existencia en cierta manera compasiva, repleta de costumbres, rituales y formalismos. El recuerdo de un viaje al monte Cervino con su difunta esposa es su único motivo de ensoñación, ese instante plasmado en una vieja fotografía en el que fue feliz, en el que además estuvo cerca del cielo, de su Dios, constituye para él un desapego por un presente solitario acompañado por sus tristes vinilos de música clásica. Pero Matterhorn (nombre que recibe el Cervino en alemán) es algo más que la búsqueda de un recuerdo, es la búsqueda de la identidad personal perdida. La reconstrucción de esta por medio del autoconocimiento.

    Porque un día entra en la vida de Fred un extravagante personaje, Theo, un adulto con problemas intelectuales que tiene la edad mental de un crío de cinco años. Será este niño adulto el que ponga patas arriba el tranquilo mundo de nuestro protagonista aprovechándose de su bondad cristiana, poniendo en marcha la curvatura del arco dramático del personaje en una progresión temática que por habitual no pierde valor o mérito. Primero choque, luego asimilación, comprensión, cariño, y finalmente amor. Será gracias a este viaje personal que Fred vuelva a sonreír y a replantearse las sólidas convicciones de su vida, las mismas que siguiendo las estrictas normas eclesiásticas de su pueblo le llevaron a echar a su hijo homosexual de casa. Lección de cine es el resumen de toda la trama en un plano, ese en el que en domingo de misa la pareja de hombres decide ir a contracorriente de toda la masa del pueblo para ir a cantar a un cumpleaños infantil. Artificio simbólico que luce totalmente natural desplegando una crítica directa y racional. Ese es el principal subtexto de Matterhorn, aquí envuelto en un fascinante y discreto halo LGTB: la persecución del yo individual, la exploración de la conciencia propia por encima de todas las imposiciones y costumbrismos de una sociedad jaula que devora las singularidades de sus miembros marcando un patrón de lo apropiado en todo momento. Al final estamos hablando de algo tan humano como es la persecución de la felicidad, que quizás parece decir la cinta, deleguemos de forma cobarde en Dios o en su búsqueda por nuestra incapacidad para alcanzarla por nosotros mismos.

    por Unknown
    abril 24, 2014

    Crítica | Matterhorn

    por Unknown | abril 24, 2014

    Maniqueísmo animal

    crítica de Los ojos amarillos de los cocodrilos | Les yeux jaunes des crocodilesm, Cécile Telerman, 2014

    Dos abismos flotando en una laguna de algas. Así son las pupilas de los cocodrilos: afilados e indiferentes arañazos negros sobre un carcasa amarilla. Así lo cree al menos Katherine Pancol, autora del best-seller Los ojos amarillos de los cocodrilos (Les yeux jaunes des crocodiles), cuya adaptación cinematográfica se estrenará en España el próximo día 9 de mayo. De la mano de la realizadora Cécile Telerman, esta película homónima constituye su tercer trabajo después de las discretas ¿Por qué las mujeres siempre queremos más? (2005) y Todo es culpa de mi madre (2009). Y pese al dicho, a la tercera tampoco va la vencida. Telerman no consigue que el frescor literario de esta novela femenina se mantenga a flote, sino que por el contrario, será devorado por los cocodrilos en un acto reflejo frente al puro tedio. Y con esas estamos. 

    Bocas que bostezan, muerden, besan y sobre todo, mienten. Nada parece verdadero en la relación personal entre Iris y Jo, dos hermanas antagónicas, encasilladas dentro de personalidades excesivamente maniqueas, que recrean una realidad dicotómica ajena a la que conocemos. Una realidad de cartón piedra en la que los ‘buenos’ son recompensados y los ‘malos’ castigados; en la que la justicia triunfa y el amor resurge personificado en alguien que nos valora pese a nuestra cara de locos y las arrugas de los años. Y claro, que esta historia tantas veces vista no resulte indigesta “c'est difficile”, como dirían los franceses. Iris (Emmanuelle Béart) encarna a la hermana guapa, triunfadora sin esfuerzo y vividora mientras que Josephine (Julie Depardieu) no es más que inteligencia, miedo y falta de confianza en ella misma. La primera posee el carisma; la segunda, el talento. Durante una comida de egos, Iris anuncia que se dispone a escribir un libro y las lenguas bífidas de los más pudientes se relamen los labios. Los cuchicheos crecen. “Nunca ha hecho nada más que casarse con quien debía, ¿será capaz de escribir algo coherente?”. El tiempo pasa, y la coherencia es abrumada por el éxito. El libro resulta todo un bombazo en Francia y Jo, verdadera autora de la novela, debe convivir con las apariciones públicas y las entrevistas bochornosas de su hermana. Este punto de inflexión, junto a su reciente divorcio, le obligará a tomar las riendas de su vida y plantar cara a todos los que la menosprecian (empezando por su madre).

    por Unknown
    abril 21, 2014

    Crítica | Los ojos amarillos de los cocodrilos

    por Unknown | abril 21, 2014
    Honeymoon (Líbánky), de Jan Hrebejk

    El pasado siempre vuelve

    crítica de Honeymoon | Líbánky, de Jan Hrebejk, 2013

    ¿Es ésta la persona más indicada para pasar el resto de mi vida? ¿Hasta que punto conozco de verdad el interior de mi pareja? ¿Nuestro yo del futuro sería capaz de reconocer al del pasado, y si así lo hiciese, se sentiría orgulloso, o tal vez avergonzado? ¿Qué secretos recónditos se agazapan bajo una fachada educada, sociable y afectuosa con los suyos? ¿Un recuerdo que creíamos aniquilado posee la capacidad de cambiarlo todo y girar de lado la tortilla? Todas estas preguntas de talante universal que nosotros, los humanos, solemos plantearnos en diferentes momentos de nuestras vidas subyacen en las profundidades de Honeymoon, un inquietante largometraje checo. Envuelto en suspicacias varias, condimentado con una tenebrosa música de piano capaz de erizar los pelos de muchas nucas, y basado en la evolución psicológica de sus personajes, y cómo éstos se adaptan o rebelan a los roles clásicos que la sociedad espera de ellos, asi como las tiranteces que surgen a raíz de un pasado turbulento, Honeymoon provoca una sensación de desazón que va engordando con el avance de su hilo argumental. El suspense ya camina de puntillas desde los primeros instantes de esta historia y la inclusión de un poderoso elemento sorpresa-que, cuando se escoge con acierto, es un filón de inmenso potencial- nos trasladan a un mundo donde reinan las dudas y las mentiras tienen las patas muy cortas. La narración parte de una base cotidiana: Teresa y Radim son dos treintañeros, con experiencias fracasadas en anteriores relaciones de pareja, acicalados y entusiastas a punto de pronunciar sus votos matrimoniales en compañía de viejos colegas y familiares queridos, incluido el hijo que Radim conserva de un matrimonio pasado. Todo parece impregnado de un ambiente de júbilo y celebración, entre canapés, copas de vino, chapuzones en el río y meteorología soleada, hasta que en la ceremonia irrumpe un hombre misterioso, flacucho y de inquietante presencia, llamado Jan Benda, supuesto viejo amigo de Radim, al que nadie parece haber invitado. Sus intenciones, a priori oscuras, y sus sutiles pero inquisitivas preguntas hacia el dúo de enamorados se convierten, desde el comienzo, en una intriga que dará al espectador ganas de seguir escarbando y escarbando hasta encontrar algo interesante.

    por Anónimo
    abril 19, 2014

    Crítica | Honeymoon (Líbánky), de Jan Hrebejk

    por Anónimo | abril 19, 2014

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