Introduce tu búsqueda

Guardián
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta República Checa. Mostrar todas las entradas
    República Checa
    República Checa
    The teacher

    El final del camarada

    crítica ★★★ de La profesora (Ucitelka, Jan Hřebejk, Eslovaquia-República Checa, 2016).

    El último empujón que requirió la Caída del Muro de Berlín se produjo gracias a un error. Un dislate del miembro del SED Günter Schabowski, ante la pregunta de un periodista italiano acerca de la fecha a partir de la cual los ciudadanos de la RDA podrían viajar con relativa facilidad a territorios antes prohibidos. Su ya icónica respuesta “ab sofort” (“inmediatamente” o “desde ahora mismo”, en alemán) provocó una movilización popular masiva hacia los puestos de control fronterizo, cuyos incrédulos oficiales acabaron por ceder ante un entusiasmo de proporciones nunca antes vistas. Esta pequeña anécdota, excusa del desarrollo de un proceso bastante más complejo, cambió nuevamente la configuración del continente europeo del siglo XX, formando las bases del entorno en el que hoy vivimos. Sin embargo, el proceso sociológico, la transición de idiosincrasia se vivió en el ámbito íntimo de cada ciudadano con mayor lentitud. La confrontación entre dos modelos políticos enfrentados durante décadas dificultó una adaptación inmediata, muy al contrario de la ley derogada por Schabowski, en apenas dos palabras. La indefensión de los más leales al régimen comunista manifestó un cambio paradigmático. Desde ahora mismo el estado no se encargaría de regular toda la actividad humana, pública y privada. ¿Qué fue entonces de aquellos privilegiados, afines a la utopía? Probablemente, se habrán visto asolados por una angustiosa orfandad. En el límite de esta enorme agitación política, el cineasta Jan Hřebejk presenta una aproximación narrativa desde de una perspectiva muy particular, tomando una muestra de la población como sujeto de análisis a puerta cerrada. Y el resultado es más que interesante; la acertada decisión permite explicitar una cuestión política muy compleja desde un pequeño grupo de personajes insertados en la vida cotidiana de los últimos años de la URSS.

    La profesora (2016) presenta en su inicio el primer plano general de la fachada de un colegio en Bratislava, como presentación del espacio físico y sociopolítico en el que se desarrollará la acción argumental. La pared principal del recinto exhibe un cartel de elogio al Partido. Tras los muros, en el aula se presenta la nueva profesora. La maestra Drazdechova, que impartirá clases de matemáticas y ruso, pasa lista mientras anota en un cuaderno la profesión de los padres de cada uno de sus alumnos. Su cándido interés deriva sospechosamente hacia la solicitud de pequeños favores, alguna pequeña reparación del artesano, la ayuda ocasional de la peluquera o el contable, siempre apelando a la cordialidad y amabilidad humana hacia una viuda desamparada como ella. ¿Cuál es entonces esa sensación incómoda que suscita su inocencia? El diminuto detalle que falta en la descripción de la buena señora Drazdechova deriva hacia la presencia de su difunto marido, alto oficial del Partido Comunista. De repente, la gentileza con que la mayoría de padres se dirige hacia ella, se evidencia como puro miedo. Miedo a perder el frágil equilibrio de los sometidos, a sufrir una represalia directa en el futuro de sus hijos. Una desesperada reunión de padres con la directora del colegio pronto adquiere la categoría de (casi) complot, una conjura para encontrar algún método institucional que sea capaz de detener el progresivo avance de su creciente abuso de poder. De la misma manera que hacía Sidney Lumet en 12 hombres sin piedad (12 angry men, 1957), la deliberación nocturna de todos estos individuos pretende decidir el destino de aquellos ausentes. Cada uno de sus miembros ha tenido una experiencia propia en este delicado mercado de favores que la profesora lleva entre manos. Y su postura ética ante el asunto depende del tratamiento recibido. Los menos dispuestos a colaborar han sufrido las consecuencias del castigo despiadado a sus hijos, el elemento más frágil de la ecuación. Desde luego, llegar a quórum en un entorno tan delicado resultará prácticamente imposible.

    por Luis Enrique Forero Varela
    diciembre 04, 2016

    Crítica | La profesora

    por Luis Enrique Forero Varela | diciembre 04, 2016

    Aún queda lejos el Festival de Karlovy Vary, el rey cinematográfico del julio europeo. De allí parten los mejores productos facturados en la nación checa. Algo que corroboran sus premios anuales, los Czech Lions, que este año han galardonado al filme más relevante presentado en las tierras de Karlsbad. Huelga decir que el país centroeuropeo está a años luz de su relevancia de antaño (años 70 y 80) y que sus filmes no se descuelgan de su idiosincrasia: drama estereotipado y humor ingenuo. Así podríamos definir al 98% de las integrantes del cuadro de honor de los Czech Lions. Se sale, no por mucho, de la norma, su ganadora, Snake Brothers, una comedia dramática sobre la peripecias de dos hermanos en una zona deprimida del extrarradio praguense. Una película donde destaca Kryštof Hádek, Globo de Plata en el KVIFF y que anoche, en una gala celebrada en la capital, se impuso en el apartado de mejor actor secundario. A continuación, el resto de vencedores.

    Mejor película: The Snake Brothers de Jan Prušinovský.
    Mejor documental: Lean a Ladder Against Heaven de Jana Ševčíková.
    Mejor director: Jan Prušinovský por The Snake Brothers.
    Mejor actriz: Alena Mihulová por Home Care.
    Mejor actor: Matěj Hádek por The Snake Brothers.
    Mejor actriz secundaria: Lucie Žáčková por The Snake Brothers.
    Mejor actor secundario: Kryštof Hádek por The Snake Brothers.
    Mejor guion: Petr Zelenka por Lost in Munich.
    Mejor fotografía: Petr Koblovský por The Snake Brothers.
    Mejor montaje: Vladimír Barák por Lost in Munich.
    Mejor sonido: Christoph de la Chevallerie por Schmitke.
    Mejor música: Johannes Repka por Schmitke.
    Mejor diseño de producción: Ondřej Mašek, Peter Čanecký por Seven Ravens.
    Mejor vestuario: Kateřina Štefková por Seven Ravens.
    Mejor maquillaje: Juraj Steiner por Seven Ravens.
    Premio del público: The Snake Brothers de Jan Prušinovský.
    por Emilio M. Luna
    marzo 07, 2016

    Palmarés de la XXIII edición de los premios del cine checo

    por Emilio M. Luna | marzo 07, 2016

    «Esto sí es entrenamiento real».

    crítica de Koza (Ivan Ostrochovský, 2015) / Festival de Mar del Plata.

    En la conferencia de prensa posterior a la proyección de la conmovedora Koza, su director, Ivan Ostrochovský, contó que el actor que protagoniza su última película no es profesional: Peter "Koza" Baláž, es un ex boxeador olímpico eslovaco, amigo de Ostrochovský. La historia es real: la novia de Peter queda embarazada y Baláž desea mantener al niño. Real es también la pobreza de “Koza” (cabra, en esloveno), apodo que el protagonista se gana por la costumbre de su abuela de darle leche de cabra. Koza es el primer largometraje de Ostrochovský, que hasta este momento se ha dedicado exclusivamente a la realización de documentales. Sin embargo, el diálogo que esta cinta mantiene constantemente con este género problematiza su clasificación en una categoría genérica única. No es ficcional Peter Baláž, ni su novia, Misa. Tampoco lo es la humillación y la explotación inhumana a la que el protagonista se somete para mantener a su familia. Aún así, se trata finalmente de una obra de ficción, cuya estructura narrativa y estilística la disfrazan de documental, y perturban su carácter “irreal”, haciéndola ingresar en una zona de ambigüedad.

    La cámara del director eslovaco se adentra en la belleza del clima polar de su país con recursos humildes: un equipo de siete personas, cámaras de modesta calidad y actores semiprofesionales. Tras cinco años de filmación, logró completar su largometraje, que fue, inicialmente, un documental fallido. La filmación es dura: en las rutas que transitan los protagonistas siempre hay niebla. Una bruma densa que lo cubre todo, un fondo desolado y un aire gélido caracterizan todas las tomas en el exterior. En el mundo que filma Ostrochovský, no hay lujos, no hay escenografía, glamour, ni brillo. Es la niebla, lo marginal, lo real. Su cinematógrafo, Martín Kollár, un fotógrafo de amplia trayectoria, cuya visión del paisaje eslovaco influenció en gran medida el guion del director. Los paisajes de Koza hablan; la alternancia de imágenes, colores y texturas funciona cargando expresivamente las escenas: la nieve es desolación, aspereza, dificultad, y al caer puede resultar sedante o iracunda, según la posición de la cámara. Empero, aunque la atmósfera manifiesta el tono trágico y elegíaco que predomina en su película, el director no puede contener el impulso de hacer ver el humor y la belleza contenidas en el desamparo. Se encuentran, a lo largo del filme, pequeñas escenas de un ingenio a veces inocente, a veces picaresco. Este último es el caso del personaje de Zvonko Lakcevic, que se dedica a entrenar a Peter para terminar con su racha de derrotas. Zvonko es también un sujeto verídico, ex-boxeador que ganó en 1980 la medalla de bronce en las Olimpiadas de Moscú, y que es ahora un alcohólico sin hogar. Koza resulta, desde esta perspectiva, una interesantísima actualización respecto del destino de las personas que tuvieron fama y fortuna durante la existencia de la Unión Soviética, tras su colapso.

    por EAM
    noviembre 02, 2015

    Crítica | Koza

    por EAM | noviembre 02, 2015
    Fair Play

    El músculo del régimen

    crítica a Fair Play (Andrea Sedlácková, 2014)

    Comentaba Albert Jacquard, genetista y escritor francés, que «el totalitarismo será siempre una tentación porque las decisiones se toman más rápido que en democracia», y no le faltaba razón. Es nota común que en las dictaduras y los sistemas absolutistas —incluso en nuestros a veces mal llamados gobiernos democráticos— las decisiones sean verticales y no horizontales, dejando la libertad personal del individuo a la altura del mismísimo betún. Un sacrificio sin escapatoria en pos del supuesto bien colectivo que normalmente equivale al triunfo patrio y a la victoria política, territorial y económica de un país o ideología, supeditados a un puñado de dogmas a los que la sangre o el libre albedrío de un ser un humano vulgar y corriente les importan tan poco como los de una mosca. En el seno final de la larga Guerra Fría, en las dos partes de la contienda la máxima se escuchaba el mismo susurro: ganar, ganar y ganar. Ser mejor que el eterno rival, superar al bloque opuesto en armamento, tecnología, carrera espacial, y como no, en deportes, una extensión de las virtudes físicas y militares de los pueblos desde la civilización grecolatina. En la década de los ochenta, este conflicto aún daba sus persistentes últimos coletazos, enfrentando a dos sistemas ideológicos y bélicos contrapuestos como eran la OTAN y el Pacto de Varsovia, encabezados respectivamente por Estados Unidos y sus aliados, y por la URSS y sus potencias satélite. Separados por el famoso Telón de Acero, la competencia entre ambos llegaba a todas las esferas públicas y privadas. En este contexto cruel y en el que las disidencias tenían poca cabida —y radicales castigos, desde luego—, nos sumerge Fair Play, la inteligente tercera película de Andrea Sedlácková, que con buen pulso y potentes interpretaciones rescata la vida dramática de las atletas de Europa Oriental que se preparaban por aquel entonces para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.

    Las cámaras apuntan desde el comienzo del metraje a su luchadora protagonista adolescente: Anna, interpretada por la prometedora actriz eslovaca Judit Bárdos, una atleta con gran talento y proyección que, como muchas otras jóvenes, sueña con el estrellato pero también con crecer, enamorarse, cumplir metas o mejorar su relación con su padre, un disidente del régimen soviético que vive en el extranjero. Espoleada por su madre —otra expresiva interpretación de Anna Geislerová—, Anna entrena incansablemente bajo el ojo crítico de su entrenador, que la ve como un instrumento político más allá de lo deportivo, un experimento de músculos al servicio de la URSS al que debe sacarse el más jugoso partido posible. La línea argumental básica de este drama de subgénero político-deportivo no flaquea, y nos mete de lleno en un arduo conflicto estado versus individuo en una época de asfixia de las libertades personales: cuando las altas esferas políticas son conocedoras de la proyección de Anna, toman la decisión unilateral de “acelerar” su carrera introduciéndola en un proyecto estatal de prueba de esteroides ilegales. Así, la protagonista y su otra compañera atleta empiezan a ingerir la peligrosa Stromba, cuyo fin es potenciar su desarrollo muscular, pero pronto comenzarán a percatarse de los efectos negativos que esta sustancia tiene para su salud.

    por Anónimo
    mayo 05, 2015

    Crítica | Fair Play

    por Anónimo | mayo 05, 2015
    Honeymoon (Líbánky), de Jan Hrebejk

    El pasado siempre vuelve

    crítica de Honeymoon | Líbánky, de Jan Hrebejk, 2013

    ¿Es ésta la persona más indicada para pasar el resto de mi vida? ¿Hasta que punto conozco de verdad el interior de mi pareja? ¿Nuestro yo del futuro sería capaz de reconocer al del pasado, y si así lo hiciese, se sentiría orgulloso, o tal vez avergonzado? ¿Qué secretos recónditos se agazapan bajo una fachada educada, sociable y afectuosa con los suyos? ¿Un recuerdo que creíamos aniquilado posee la capacidad de cambiarlo todo y girar de lado la tortilla? Todas estas preguntas de talante universal que nosotros, los humanos, solemos plantearnos en diferentes momentos de nuestras vidas subyacen en las profundidades de Honeymoon, un inquietante largometraje checo. Envuelto en suspicacias varias, condimentado con una tenebrosa música de piano capaz de erizar los pelos de muchas nucas, y basado en la evolución psicológica de sus personajes, y cómo éstos se adaptan o rebelan a los roles clásicos que la sociedad espera de ellos, asi como las tiranteces que surgen a raíz de un pasado turbulento, Honeymoon provoca una sensación de desazón que va engordando con el avance de su hilo argumental. El suspense ya camina de puntillas desde los primeros instantes de esta historia y la inclusión de un poderoso elemento sorpresa-que, cuando se escoge con acierto, es un filón de inmenso potencial- nos trasladan a un mundo donde reinan las dudas y las mentiras tienen las patas muy cortas. La narración parte de una base cotidiana: Teresa y Radim son dos treintañeros, con experiencias fracasadas en anteriores relaciones de pareja, acicalados y entusiastas a punto de pronunciar sus votos matrimoniales en compañía de viejos colegas y familiares queridos, incluido el hijo que Radim conserva de un matrimonio pasado. Todo parece impregnado de un ambiente de júbilo y celebración, entre canapés, copas de vino, chapuzones en el río y meteorología soleada, hasta que en la ceremonia irrumpe un hombre misterioso, flacucho y de inquietante presencia, llamado Jan Benda, supuesto viejo amigo de Radim, al que nadie parece haber invitado. Sus intenciones, a priori oscuras, y sus sutiles pero inquisitivas preguntas hacia el dúo de enamorados se convierten, desde el comienzo, en una intriga que dará al espectador ganas de seguir escarbando y escarbando hasta encontrar algo interesante.

    por Anónimo
    abril 19, 2014

    Crítica | Honeymoon (Líbánky), de Jan Hrebejk

    por Anónimo | abril 19, 2014

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción