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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    Polonia
    Polonia

    La conquista de la felicidad

    Crítica ★★★★ de Estados Unidos del Amor (Zjednoczone Stany Milosci, Tomasz Wasilewski, Polonia, 2016).

    Bertrand Russell, en su libro La conquista de la felicidad (1930), señala que las principales trabas para alcanzar el bienestar espiritual se encuentran en el interior de uno mismo: desde el aburrimiento, la exaltación o la apatía de aquellos aquejados con lo que denomina «infelicidad byroniana» (o la angustia existencial de los dotados con una inteligencia superior a la media), pasando por la envidia, la avaricia y la competitividad, propias de quienes hacen de su paso por la Tierra una lucha por el reconocimiento colectivo mediante lo que su sociedad considera triunfo (dinero, poder…), y llegando a los sentimientos de culpa, miedo o rechazo que padecen los que no han sido capaces de interesarse por cosas y personas ajenas y distintas a ellos mismos y a sus necesidades. Y si bien para el filósofo británico lo complicado no es tanto llegar a la dicha sino identificar los problemas que nos impiden alcanzarla, en el caso de la última película de Tomasz Wasilewski, Estados Unidos del Amor (2016), donde esa «conquista de la felicidad» vertebra el drama, por el contrario se exponen los obstáculos que dificultan el tortuoso camino hacia aquella sin que se otorgue otra alternativa al dolor que el clásico γνῶθι σεαυτόν («conócete a ti mismo»). Los dos planos generales en el interior de la misma vivienda que abren y cierran la pieza ilustran esta idea, pues entre ambos se establece un claro contraste de opuestos; así, mientras la escena que inicia el metraje recoge una celebración con muchos personajes ante la cámara, la que lo concluye muestra exclusivamente a una persona sola desecha en lágrimas. Este evidente tránsito –en línea con el ensayo citado de Russell– del “nosotros” al “yo”, y por consiguiente de la alegría al dolor, sintetiza el periplo del país en el que se ambienta la intriga (Polonia) desde la euforia por la caída del régimen soviético hasta la decepción ante el capitalismo. No en vano, la obra está ambientada en 1990 y narra las desventuras amorosas de cuatro mujeres muy diferentes que, sin embargo, luchan por alcanzar lo mismo, esto es, una plenitud sentimental que su realidad parece negarles.

    En un alarde de buen gusto e inteligencia, y a pesar de su exigua carrera (cuenta sólo con un corto y tres largos en su haber), Wasilewski plasma dicha anécdota de una forma vigorosa e innovadora. De ahí que no se limite a adoptar el prototípico realismo austero de los dramas de denuncia social, tan en boga en los últimos años en la Europa del Este, sino que construya sobre el mismo un discurso sugerente y simbólico, cargado de alegorías temáticas y visuales. En este sentido, conviene incidir, para empezar, en la brillante fotografía de Oleg Mutu –colaborador habitual de Cristian Mungiu–, cuyos tonos pastel no solo reflejan la grisura imperante en la época, sino que confieren a las imágenes una pátina de irrealidad y desgaste, como si fueran sueños antiguos y truncados o productos de un VHS demasiadas veces reproducido (y no empleo semejante comparación por casualidad, ya que muchos de los principales personajes se evaden viendo películas en ese formato). Asimismo, la concatenación interna del filme, articulada en torno a un montaje alterno y unas tramas paralelas, compone un mosaico de acciones que se comunican unas con otras a través de la repetición, el cambio de focalización del relato y el desorden cronológico, con lo que Estados Unidos del Amor dibuja una estructura espiral asentada sobre la dialéctica entre apariencia e inmanencia; o dicho de otra forma: ninguna de las personas que pueblan la cinta es lo que parece a simple vista. Aquí es inevitable pensar en Vidas cruzadas (1993) de Robert Altman y, sobre todo, en su referente literario, la prosa concisa y casi clínica de Raymond Carver. Todo ello viene apuntalado, en última instancia, por el contenido metafórico que tiene cada uno de los fragmentos de la pieza.

    por Elisenda N. Frisach
    julio 11, 2017

    Crítica | Estados Unidos del Amor

    por Elisenda N. Frisach | julio 11, 2017
    Les innocentes

    Herida persistente

    crítica de Las inocentes (Les innocentes, Anne Fontaine, Francia, 2016).

    Como resalta entre otros Sánchez Legido, la idea europea, en virtud de la cual se aboga por la pacífica creación de estructuras que superen la ancestral división política de nuestro continente, ha tenido antecedentes a lo largo de la Historia, con autores como Dubois, Kant o Leibniz. Pero fue en la segunda mitad del siglo XX cuando el proceso encontró su impulso definitivo, ya que el mismo no puede entenderse sin recordar las heridas producidas por la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces no ha vuelto a haber un conflicto similar en nuestras fronteras, y ello probablemente sea una de las razones por las que las nuevas generaciones ya no sienten tanta simpatía o necesidad hacia la unificación comunitaria, ahora en crisis. Empero la misma ha tenido multitud de realizaciones, más allá del entramado institucional hacia el cual se vierten la mayoría de las críticas, y algunas gozan de gran popularidad como el programa Erasmus. Otro logro cultural similar, alentado por esta cooperación entre países vecinos, es Euroimages, que proporciona ayudas a la realización de una película exigiendo para ello que cuente al menos con productores de dos Estados miembros. Estas subvenciones se convocan cuatro veces al año y permiten que filmes con frecuencia cercanos a los valores europeos salgan adelante, cuando carecen de mayores reclamos que facilitarían su financiación ajena. Es el caso de Las inocentes (Les innocentes), el último trabajo de la directora, además de guionista y actora, Anne Fontaine, quizás más conocida, por citar sólo un título, por Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel (Coco avant Chanel, 2009). Esta obra anterior tuvo un éxito sólo relativo, aunque mostraba ya el interés de esta cineasta por los personajes fuertes femeninos y el compromiso con sus respectivas biografías.

    En la nueva cinta que nos ocupa, vuelve la vista a algunos años más tarde, recién terminada esa Segunda Guerra Mundial a la que aludíamos como germen de la solidaridad europea. En este marco debe entenderse su historia, que nos narra el trauma padecido por las monjas de clausura de un convento polaco que fueron violadas por soldados rusos, cuando éstos penetraron en el país al contrarrestar la ofensiva hitleriana, y por consiguiente muchas se han quedado embarazadas, reclamando la asistencia de una enfermera francesa para sacar adelante sus partos. No pueden recurrir a las autoridades ni a sus vecinos porque el conocimiento del suceso supondría el fin del establecimiento y de su dignidad. Sienten entonces más confianza hacia una extranjera que no conocen de nada que hacia sus compatriotas o gobernantes, lo cual se debe inicialmente a una simple afinidad de género, y luego a una complicidad que se va tejiendo sobre todo con la más abierta y decidida de las religiosas, aquella interpretada con pasión sometida por Agata Buzek. En el papel de la médico francesa encontramos a la joven Lou de Laâge, que con un currículum incipiente demuestra ya una gran madurez en su profesión. Se podría decir incluso que a sus 26 años actúa como si tuviera veinte más. Completando el trío de estas meritorias interpretaciones femeninas a cargo de los personajes principales tenemos a la más veterana Agata Kulesza, que recordarán sobre todo por su reciente rol en Ida (Pawel Pawlikowski, 2013), y que aquí se mete en la piel de alguien de valores y actitud opuestos: la rígida e intransigente madre superiora. La relación triangular que se establece entre estas tres mujeres, en general por parejas, ocupa gran parte del metraje, basado en conversaciones y revelaciones que nos van dando más información acerca de lo que realmente aconteció y cuáles son los planes que aquellas proponen para afrontarlo.

    por Ignacio Navarro
    octubre 02, 2016

    Crítica | Las inocentes

    por Ignacio Navarro | octubre 02, 2016
    Bogowie

    Un "éxito" polaco

    crítica de Dioses (Bogowie, Lukasz Palkowski, Polonia, 2014).

    La globalización y la internacionalización de la industria cinematográfica van más allá del flujo de capitales y de talentos. Las fronteras entre cine americano y europeo empiezan a difuminarse en algunos casos, no solo a nivel financiero y promocional. Empieza a ser bastante común la aparición de producciones europeas cuya identidad cultural pertenece al otro lado del charco. Películas de condiciones y recursos considerados clásicos, propios del cine Hollywood. Se emulan fórmulas tradicionalmente vinculadas al éxito. Este fenómeno no es necesariamente malo, en el caso español ha dado lugar a películas fantásticas como Grupo 7 (2012), Celda 211 (2009) o La isla mínima (2014) y otras menores pero igualmente meritorias como El desconocido (2015). Son obras que gozan de muy buena acogida por parte del público (porque emplean fórmulas y códigos que asimilan con facilidad) y no es extraño que sean premiadas por sus academias. Este es el caso de la cinta más exitosa de Polonia en 2015, la taquillera Dioses (Bogowie, 2014). Una cinta respaldada por la frase “basada en hechos reales” y que retrata la carrera de un excéntrico cirujano por hacer el primer trasplante de corazón en una nación bajo el Telón de Acero. Filmada en clave de thriller (con toques de humor) y tomándose escasas licencias argumentales, esta cinta comienza a estrenarse más allá de su país de origen, traspasando las fronteras de, entre otros, España.

    El resultado es cuando menos insatisfactorio. Sobre el elegante uso de cámara, de la acertada puesta en escena o de la verosímil recreación de las operaciones, prevalece un sentimiento de vergüenza ajena por momentos insoportable. Multitud de elementos tienen la culpa. Quizá el que más fuerte llama a la puerta del ridículo es la banda sonora, canciones alejadas contextualmente de lo que ocurre en pantalla y de lo que uno entiende por la Polonia de los 80; el único director al que siempre le funcionan esa clase de mezclas es a Tarantino, y, por supuesto, entre Lukasz Palkowski y el director de Tennessee hay una distancia insalvable. Difícil pasar por alto la banda sonora (que no se nos malinterprete, las canciones son buenas, suenan James Brown o My Sharona de The Knack, simplemente no encajan), pero si uno hace el esfuerzo de obviarla no será, sin embargo, capaz de evadir el descalabro de alguna secuencia digna de La hora de José Mota —a bote pronto se viene a la cabeza la fiesta en la clínica, de una decadencia inintencionadamente cómica, a pesar de los esfuerzos del director por parecer gracioso la carcajada acecha por cuestiones ajenas a la voluntad del Palkowski—. En esta misma línea equívoca se encuentran las temerarias conducciones del insensato galeno por pistas de la Polonia profunda, sus arrebatos etílicos y los insulsos paréntesis dramáticos. También podría ponerse en tela de juicio la dirección de actores, el sobreactuado Tomasz Kot resulta tan hipnótico como repelente. El personaje, a pesar del punto excéntrico, no deja de ser un cliché. El Dr. Religa es un visionario condenado a ser dios, un médico mesiánico, de mente abierta, occidentalizado tras una estancia en Estados Unidos (capaz de enfrentarse sin tapujos al régimen), en confrontación con una sociedad que no le entiende. Al menos no es un retrato hagiográfico. Y esa es la esencia del guion, la del cirujano arrogante desafiando la ética establecida.

    por Anónimo
    marzo 24, 2016

    Crítica | Dioses

    por Anónimo | marzo 24, 2016

    El cine polaco está viviendo un momento de esplendor que no conocía desde hace muchos años. El Oscar para la película Ida, de Pawel Pawlikowski, es tan sólo la señal más visible del éxito: en la última década han proliferado voces nuevas, se han descubierto muchos talentos y muchas nuevas personalidades del cine polaco. La actividad del Instituto Polaco de Artes Cinematográficas (PISF) -institución creada hace 10 años para apoyar la cinematografía del país- augura una época todavía mejor y un desarrollo todavía más dinámico. Películas tan diferentes, como el conmovedor retrato documental Llámame Marianna y una mirada sobre los jóvenes llena de delicadeza que supone Pequeños golpes, o la severa e intransigente Casa del Angel Poderoso, de Wojciech Smarzowski, reflejan la diversidad que caracteriza hoy en día el cine de Polonia. Como director artístico del Festival de Cine de Gdynia, el más grande evento anual dedicado al cine polaco, me alegro de que el público español tenga oportunidad de conocer algunos títulos de la cinematografía polaca más reciente. Espero que estos títulos despierten el apetito del espectador español por el cine polaco.

    Presentación del ciclo por Michał Oleszczyk, Director Artístico de Gdynia Film Festival.

    Con «el objetivo de la muestra es acercar al público español la cinematografia actual de Polonia y dar a conocer la cultura polaca a través de las obras más recientes de sus cineastas», el 24 de noviembre comienza en Madrid la sexta edición del Ciclo de cine polaco contemporáneo. Un evento, organizado por Instituto Polaco de Cultura y la AVA Arts Foundation, que paseará por diversas ciudades españolas (Barcelona, Granada, Córdoba, Murcia, Sevilla, Pamplona, Zaragoza, Valencia, Santa Cruz de Tenerife) de noviembre a junio las propuestas más interesantes del cine del país centroeuropeo el último lustro. Abrirá el fuego en el Cine Doré la interesante Body, Sección Oficial de la Berlinale y la única película polaca con distribución en España de este interesante ciclo. Estas son las ocho obras participantes:

    En cuerpo y alma (Body/Ciało) de Małgorzata Szumowska | 2015, 90’. Inauguración.
    Carte blanche de Jacek Lusiński | 2015, 106'.
    Casa del ángel poderoso (Pod Mocnym Aniołem) de Wojciech Smarzowski | 2014, 109.
    Coraje (Wymyk) de Greg Zgliński | 2011, 83'.
    La semilla de la verdad de Borys Lankosz (Ziarno prawdy)| 2014, 110'.
    Pequeños golpes (Małe stłuczki) de Aleksandra Gowim, Ireneusz Grzyb | 2014, 78’.
    Llámame Marianna (Mów mi Marianna) de Karolina Bielawska | 2015, 74'. Documental.
    Tierra madre (Matka Ziemia) de Piotr Złotorowicz | 2015, 30’. Cortometraje de ficción.

    Más información en la web oficial.
    por Emilio M. Luna
    noviembre 18, 2015

    VI edición del Ciclo de cine polaco contemporáneo

    por Emilio M. Luna | noviembre 18, 2015
    11 minutos

    Sobre la velocidad y la circularidad del movimiento

    crítica de 11 minutes (11 minut, Jerzy Skolimowski, 2015).

    Todo un veterano regresa a Mar del Plata. Jerzy Skolimowski, director de 11 minutes, saltó a la palestra hace más de cuarenta años como guionista para Roman Polanski en El cuchillo en el agua (1962); desde ahí, una veintena de obras que siempre han rendido culto al cine de género, rara avis en sus inicios en su Polonia natal, convertido ahora en múltiples sucedáneos de una hipertrofiada industria cinematográfica. Entre otras muchas, su largometraje referente es Essential Killing (2010), filme que logró el premio a mejor actor para Vincent Gallo en el Festival de Venecia, y mejor actor y película en la 25ª edición del Festival de Cine de Mar del Plata. Cinco años después, el cineasta de Lodz vuelve a Argentina con un filme que pasó por la Competición, de nuevo, de Venecia; un bucle paradójico si tenemos en cuenta la estructura de una nueva cinta que inicia un montaje constituido por distintas grabaciones, realizadas por personas que viven en una gigantesca Varsovia, en contextos cotidianos. Se observa aquí algo que se repetirá y se cargará de significado a lo largo del filme, la omnipresencia y, en cierto punto, omnipotencia de la cámara, que vigila, que se decide necesaria y se filtra dentro de la vida de los individuos: como un gran dios que contempla la ciudad desde arriba.

    Al igual que en Essential Killing, Skolimowski se vale de dos de los fenómenos primordiales del cine en tanto artificio: el movimiento, y la manipulación del tiempo. 11 minutes constituye una muestra de las posibilidades de significación que ofrece la variación de la velocidad de la cámara. Al seguir a un hombre apurado, que camina rápido cruzando la ciudad y atravesando decenas de pequeñas escenas, la cámara avanza acelerada, y se convierte en la perspectiva del hombre. La velocidad produce una sensación de intranquilidad y nerviosismo: el ritmo de la moderna Varsovia, caótica, heterogénea, fugaz. La cámara se detiene: es tiempo de un respiro; se detiene: el hombre espera angustiado, la espera es agobiante. Ahora bien, toda velocidad requiere un criterio de medición. Por esa razón el director añade pequeños elementos que funcionan como anclajes: un avión que atraviesa la ciudad, una paloma que choca contra un vidrio. La repetición de la escena desde otra perspectiva es a su vez un re-vivir el momento. La sensación es la del retorno indefinido del suceso. El filme de Skolimowski plantea un filme de acción que ocurre en un período de tiempo de 11 minutos. Al intercalar las pequeñísimas historias de numerosos personajes, y al volver sobre una misma escena desde otra perspectiva (una re-flexión que no resulta para nada repetitiva, pues constituye un nuevo bloque de sensaciones), el director logra un filme de 81 minutos, con un ritmo vertiginoso: de una mecha encendida que se precipita hacia la bomba. Al trabajar a partir del concepto de simultaneidad, Skolimowski lleva adelante una reflexión eficaz acerca de la vida turbulenta y multiforme de la ciudad moderna, y hace de su película una sinfonía de de velocidades: imágenes que se tensan, se extienden o existen en un parpadeo. El director polaco recupera el carácter cinético que es propio del cine de acción.

    por EAM
    noviembre 08, 2015

    Crítica | 11 minutos

    por EAM | noviembre 08, 2015
    Life feels good

    Un lugar en el mundo

    crítica de Life feels good (Chce siz zyc, Maciej Pieprzyca, 2013).

    “Cuando eres un vegetal, nadie te entiende.” En esta declaración del protagonista, el joven Mateusz (interpretado con gran solvencia por Dawid Ogrodnik), quedan condensados tanto el argumento como el tono de una película que, explícitamente inspirada como se halla en un hecho real, a priori tenía todas las papeletas para devenir una típica historia sentimentaloide sobre el sufrimiento del enfermo y la autosuperación, tan del gusto de las amplias audiencias. Afortunadamente, el magnífico quehacer de Maciej Pieprzyca, en su doble condición de guionista y director de la cinta, convierten a Life Feels Good (2013) en una propuesta tan ecléctica como potente, gracias a un conjunto de hallazgos discursivos que dotan la obra del distanciamiento suficiente para mantener un equilibrio perfecto entre contención y emotividad.

    Para empezar, resulta inmejorable el punto de vista elegido para narrar la trama; y es que, junto a la exposición extrínseca propia del cine, que hace coincidir la mirada del espectador con la de los personajes que rodean a Mateusz, se inserta la glosa continua de lo que acontece mediante la voz en off del protagonista. Ello propicia una dialéctica constante entre la apariencia de sus actos y la intencionalidad de los mismos, hecho que logra la implicación del público de forma más efectiva que si Pieprzyca se hubiera limitado a exponer, incluso acentuando el elemento melodramático de la anécdota, la larga lucha de Mateusz por hacerse entender a pesar de su innata parálisis cerebral. Dicha dialéctica, además, da lugar a un juego de contrastes cuya modulación es tan amplia y variada como la de la propia vida, es decir, que arranca tanto carcajadas como lágrimas en el espectador. Gracias a este hecho, Life Feels Good se encuentra impregnada de elementos muy poco convencionales en este tipo de biopics centrados en personas discapacitadas, léase un sentido de lo maravilloso casi irrealista o un humor negrísimo. Asimismo, la estructuración del relato mediante una serie de episodios separados por unos intertítulos enigmáticos para el espectador hasta la recta final de la obra incide en el carácter, más que subjetivo, confesional, de una pieza que ejerce a guisa de diario personal del personaje principal de la intriga, hecho que también motiva el carácter fragmentario de lo contado, la abundancia de elipsis y la narración diferida. Si a todo lo dicho se le suma una realización sutil y delicada, que sabe modular su acento en virtud de lo que sucede, tenemos ante nosotros un filme muy notable, y cuya originalidad no estriba en lo extravagante sino en lo mesurado, al ser capaz de mezclar sin estridencias unas imágenes de corte poético y aun ligeramente fantásticas –véase el momento de los fuegos artificiales– junto a otras de notas cómicas –la llegada al centro de discapacitados mentales– o bien secamente realistas –la espeluznante secuencia en la enfermería de la clínica, construida mediante tres planos contrapuestos dentro de una ausencia absoluta de banda de sonido–.

    por Elisenda N. Frisach
    octubre 06, 2015

    Crítica | Life feels good

    por Elisenda N. Frisach | octubre 06, 2015
    The Word (Obietnica)

    Los hilos

    crítica a The Word (Obietnica, Anna Kazejak-Dawid, 2014)

    La femme fatale ha sido siempre una figura de lo más recurrente en el cine negro desde aquellas memorables caracterizaciones de actrices clásicas como Lauren Bacall, Joan Bennett o Gene Tierney. Bellas mujeres de apariencia indefensa que utilizan toda su capacidad de seducción para manipular a su antojo al protagonista masculino, llevándolo al extremo de cometer los más atroces crímenes con tal de satisfacer sus caprichos. Kathleen Turner y Jessica Lange fueron dos de las más representativas durante los 80 gracias a sus interpretaciones en las geniales Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981) y El cartero siempre llama dos veces (Bob Rafelson, 1981), respectivamente. The Word (Obietnica), segundo trabajo como directora de Anna Kazejak-Dawid tras el drama futbolístico Cerdos voladores (2010), supone una curiosa vuelta de tuerca sobre el personaje de la mujer fatal en donde la trama criminal se desarrolla en unos ambientes mucho más juveniles de los habituales.

    La joven y desconocida Eliza Rycembel se mete en la piel de Lila, una maquiavélica adolescente que, ante la infidelidad de su novio Janek con una de las animadoras del instituto, le pone una difícil prueba de amor que deberá cumplir en un plazo de 24 horas si quiere recuperarla. El argumento no es nada nuevo bajo el sol, ya que tiene, prácticamente, el mismo punto de partida que los títulos antes citados. La única novedad radica en que los personajes que se comportan de manera tan amoral son chicos que están comenzando a descubrir los sinsabores de la vida adulta. La directora demuestra saber manejar muy bien la intriga sin necesidad de mostrar ni una sola escena violenta, haciendo de la sugerencia un acierto. Desde la escena de apertura, directa y muy reveladora, en donde Lila le da el ultimátum a Janek a través de una videollamada de Skype, las cartas quedan puestas sobre la mesa sin ningún tipo de ambigüedad. En pocos minutos, las personalidades de sus dos personajes principales quedan perfectamente definidas –Lila es una chica de carácter fuerte, caprichosa y manipuladora, que sabe cómo usar sus armas para llevar al más débil y dependiente Janek a su terreno–, y la semilla que desencadenará la tragedia queda plantada. De manera bastante costumbrista, la cámara sigue a Lila a lo largo de ese decisivo día, mostrándonos su entorno familiar y su círculo de amistades, haciendo que el espectador, de alguna manera, sea capaz de entender (que no compartir) la conducta de la muchacha.

    por José Martín León
    mayo 03, 2015

    Crítica | The Word (Obietnica)

    por José Martín León | mayo 03, 2015
    Amarás al prójimo

    Gays con alzacuellos

    crítica de Amarás al prójimo (W imie…, 2013), dirigida por Malgoska Szumowska. | ★★ |

    El catolicismo romano es la fe que siguen la amplísima mayoría de los polacos. Practicantes y no practicantes. Su influencia se extiende a casi todos los ámbitos de la vida del país pese a no ser la religión oficial. Durante cuatro décadas la Iglesia polaca desempeñó un papel activo de oposición al régimen comunista impuesto por la URSS. A lo largo de esos años su influjo en las capas sociales más humildes, como la clase obrera y el campesinado, fue enorme e incluso contó con el apoyo de algunos intelectuales y de la izquierda laica enfrentada al régimen. Empero, la llegada de la democracia denotó cierta incapacidad de adaptación por parte de la Iglesia. La perspectiva ultraconservadora del Episcopado en materias como los matrimonios gays, el aborto, el divorcio, la fecundación in vitro, la presencia de la religión en las aulas y el apoyo manifestado por muchos obispos y clérigos a la derecha más dura, han desgastado la institución y enfrentado a los católicos. Pese a perder su influencia entre los más jóvenes y entre las clases medias urbanas, la Iglesia sigue siendo un poder fáctico a nivel político y social. Sobre todo en el ámbito rural, escenario de la cinta que nos ocupa: Amarás al prójimo (W imie…, 2013). Un contexto, religioso y geográfico, que atormentará a Adam, un sacerdote alcohólico de una pequeña población rural que abre un centro para menores, y que se debate entre el celibato y su deseo por los hombres. Punto de partida sugerente para un país necesitado de provocación.

    A priori, el halo retrógrado que flota en la atmósfera hace pensar en una película con voluntad de denuncia. Nada más lejos de la realidad, a lo sumo un par de escenas mal esbozadas manifiestan esa inquietud (véase cuando su ayudante delata un supuesto caso de pederastia y la curia se niega a aceptarlo). Es un trabajo que se interesa por el aspecto psicológico del protagonista. La zozobra de la contradicción, la inquietud del autocontrol, la angustia de vivir una batalla interior infinita son las pulsiones con las que la directora –Malgorzata Szumowska– quiere que batallemos. La querella moral es menester del espectador. El preludio consigue transmitir esa perspectiva alejada del juicio moral pero centrada en el progreso de un romanticismo tortuoso. Lo hace a través de una estética poderosa pero un tanto vacua que no evita y sí contribuye a que veamos en pantalla contextos reiterativos (como las carreras en el bosque) y escenas vacías que alejan al espectador del procurado ímpeto emocional. Es cierto que la realizadora polaca alcanza momentos turbadores alrededor de la atávica dicotomía entre deseo y pecado, pero son insuficientes ante el desenlace maniqueo que restituye la imperfección primigenia. Esa misma que nos desalienta al cuarto de hora. Sin duda los problemas que laceraban su anterior película –Ellas (2011)– se repiten en Amarás al prójimo. En esta ocasión también se queda navegando por aguas superficiales, no hay hondura reflexiva. Una carencia que explicaría un resultado malogrado pese a presentar el conflicto desde el punto de mira del sacerdote. Un mensaje que se intuye claro pero que tiene más de panfleto que de ensayo reposado. Más de frase que de párrafo. Más de exposición con ínfulas que de discurso con calado.

    por Anónimo
    octubre 02, 2014

    Crítica | Amarás al prójimo

    por Anónimo | octubre 02, 2014
    Plynace Wiezowce (Floating Skyscrapers)

    Deseos reprimidos

    crítica de Floating Skyscrapers | Płynące wieżowce, de Tomasz Wasilewski, 2013

    El realizador polaco Tomasz Wasilewski ha logrado captar la atención de la crítica en su peregrinaje por diversos festivales –entre ellos Gijón 2013– con Plynace wiezowce, su segundo trabajo tras las cámaras tras la inédita en España In the Bedroom (2012). El cine de temática gay ha continuado visitando en los últimos años, cada vez con más asiduidad, las carteleras cinematográficas, con los moderados éxitos de Weekend (2011, Andrew Haigh), Keep the Lights On (2012, Ira Sachs) o El desconocido del lago (2013, Alain Guiraude) como principales abanderados. La normalización de este tipo de obras es, a priori, una feliz noticia para los aficionados al subgénero, pero también se corre el peligro de caer en la repetición de los mismos esquemas ante la avalancha de títulos que cuentan, con leves modificaciones, las mismas (o sospechosamente similares) historias. Plynace Wiezowce, a pesar de su buen puñado de aciertos, no escapa, desgraciadamente, a esa incómoda sensación de déjà vu que parece embargar al espectador con demasiada frecuencia cuando asiste a este tipo de narraciones sobre descubrimientos sexuales repletos de complicaciones.

    La cinta nos presenta a Kuba, un atractivo joven que tiene ante sí un brillante porvenir en el mundo de la natación. Lleva dos años de relación con su novia, Sylwia, con la que convive bajo el mismo techo en la casa de su madre, una mujer castradora y autoritaria que solo desea que la chica abandone el hogar para así tener a su hijo para ella sola. Pese a que la relación de la pareja parece, aparentemente, feliz y normal, Kuba se siente frustrado e insatisfecho con su vida, por lo que suple sus carencias sexuales manteniendo esporádicos encuentros con otros chicos en las duchas. Cuando durante una fiesta, Kuba conoce a Michal, un muchacho homosexual que vive su condición abiertamente, descubrirá por fin lo que es enamorarse de verdad, pero no le será tan fácil que Sylwia renuncie a lo que tienen, por lo que el triángulo amoroso se tornará, inevitablemente, en tragedia. Una vez más, la homosexualidad está reflejada de modo tortuoso y conflictivo, con el personaje protagonista consumiéndose por no poder mostrarse al mundo como en realidad es, dejando que en la intimidad otros hombres le practiquen sexo oral, pero no permitiendo que le besen en la boca, como si esto le hiciera perder su virilidad. El personaje de Kuba, cómo no, mantiene esa lucha interior entre continuar con la estabilidad que le da su relación con su novia y el estar volcado en el deporte o romper con toda esa quimera y gritar a los cuatro vientos su amor por Michal, al que se presenta como un joven cuya sexualidad ha sido, más o menos, bien asumida por su familia, pero que supone un motivo de alejamiento con la figura paterna –no faltan las típicas conversaciones sobre fútbol entre el padre y el hermano heterosexual durante la comida en la mesa, mientras que a Michal se le hace un poco el vacío–. El tercer vértice del triángulo, Sylwia, es el más interesante por encontrarse en el puesto de víctima colateral de ese amor prohibido, pero aun así termina resultando irritante y antipático por la poca dignidad de la que hace gala en los momentos más decisivos.

    por José Martín León
    mayo 29, 2014

    Crítica | Plynace Wiezowce (Floating Skyscrapers)

    por José Martín León | mayo 29, 2014

    Cada vez suena con más fuerza. Polonia, al igual que otras cinematografías del Centro y Este de Europa, van ganando terreno y notoriedad en el lado occidental. Mucho ayudan los festivales de Karlovy Vary y Sarajevo, referentes para unas naciones que no dejan de producir talentos. El último, Krzysztof Skonieczny, un joven actor (30) —lo veremos en Walesa— que debuta con la impactante Hardkor Disko. Y digo impactante, porque a tenor del primer tráiler uno no sabe a que atenerse: amor, sexo, drogas, violencia y más violencia. Skonieczny, con una amplia experiencia en el mundo del videoclip, da el paso y promete no dejar indiferente. Marcin Kowalczyk (Jestes Bogiem) y Jaśmina Polak encabezan el reparto. Aún sin fecha confirmada, se espera que sea protagonista de los primeros certámenes del año.

    Fuente| Cine Maldito
    Texto| Emilio Luna

    por EAM
    diciembre 15, 2013

    Avances | El nuevo (y notable) cine polaco: «Hardkor Disko»

    por EAM | diciembre 15, 2013
    Ida, de Pawel Pawlikowski, 2013

    De la fe y otros demonios

    crítica de Ida | Pawel Pawlikowski, 2013

    El cine polaco no ha dado demasiado que hablar en los últimos años. Dentro de una cinematografía pequeña y anclada en un puñado de tópicos, Ida, quinta película de Pawel Pawlikowski, es un pequeño e inesperado oasis de calidad. Pawlikowski, director polaco afincado en Londres, había dirigido dos películas tremendamente británicas como Last Resort (2000) y My Summer of Love (2004), que no hacían prever el giro casi filosófico que ha tomado con Ida. Su protagonista es Anna (Agata Trzebuchowska), una joven novicia que se encuentra a punto de hacer sus votos finales en el mismo convento católico donde fue abandonada en 1945, cuando era un bebé. Antes de que eso suceda, la madre superiora la insta a que visite a su única pariente viva, su tía, Wanda Gruz (Agata Kulesza); ésta, antigua funcionaria de alto nivel del partido comunista que, debido a su conducta más que irregular, se ha visto reducida a ejercer de magistrada local, es una mujer dura, misántropa y rayana en el alcoholismo, entre otras adicciones. En plena borrachera, le revela a Anna una verdad que no esperaba: su verdadero nombre es Ida Lebenstein, y es judía. Tal revelación embarcará a tía y sobrina en un viaje por las carreteras de Polonia, en busca de la verdad sobre el destino de los padres de Ida, pero también de la historia personal de Wanda y de la posibilidad de una vida más allá de los muros religiosos y políticos que las atrapan.

    Reminiscente, al menos en su aspecto formal, del cine de Ingmar Bergman e incluso del de Carl Theodor Dreyer, Ida resulta un contundente análisis de la fe, entendida en su sentido más amplio y no sólo en el religioso, en un país tan sacudido por las complicaciones derivadas de ella como la Polonia de los años '60. Estamos ante una película de choques; al más tópico choque generacional entre Anna/Ida y Wanda, se superponen toda una serie de distintos enfrentamientos, algunos más inevitables que otros en el lugar y momento en que se ambienta la película. El intenso choque religioso entre católicos y judíos, la lucha por las conciencias populares entre la iglesia (católica) y el estado (comunista), y el abismo, preñado en ocasiones de resentimiento, entre los que vivieron los horrores de la guerra y los que nacieron en tiempos de (relativa) paz, se ven reflejados en uno y otro personaje, a veces insalvables, y otras veces con la chispa de la posible reconciliación.

    por Unknown
    noviembre 10, 2013

    Crítica | Ida

    por Unknown | noviembre 10, 2013
    Walesa

    La corrección como defecto

    crítica de Walesa, la esperanza de un pueblo | Walesa. Czlowiek z nadziei, de Andrzej Wajda, 2013

    Empecemos diciendo que los grandes festivales del mundo tienden a cerrar anualmente sus certámenes con obras bastante digeribles para una audiencia media. En una semana como la pasada, ya ha habido tiempo para proyectar rarezas y experimentos varios contra los que el público habitual no está vacunado; esa gente que se acerca a la clausura a ver el famoseo y la entrega de premios, ese político al que se ha invitado y queda feo decir que no va, ese empresario que ha invertido en el festival y no quiere perderse el cóctel de clausura, y un larguísimo etcétera. Es por ello por lo que frecuentemente las organizaciones de los festivales recurren a comprar películas que, por encima de todo entretengan, sin renunciar a la calidad (al menos en un primer momento). Se buscan cintas que vengan avaladas por un éxito de público en festivales extranjeros, o por una estrella frente a la cámara o, algo más inusual, detrás de ella. Tal es el caso de este año en la Seminci, donde la obra viene firmada por el reputadísimo director polaco Andrzej Wajda. Si el nombre no les suena les diré que es uno de los grandes cineastas europeos de la historia reciente, un tipo con un currículum envidiable: Palma de oro en Cannes por El hombre de mármol (1977), Premio César por Danton (1983), así como un Oscar, un Oso de Oro, y un León de Oro como reconocimiento a su carrera.

    Hay que remarcar también que película viene con la garantía de haber sido proyectada en las presentes ediciones de Venecia y Toronto, además de ser la seleccionada por Polonia para participar en la próxima edición de los Oscar. La historia, además, no podía ser más popular: un biopic del político polaco Lech Walesa, fundador del primer sindicato independiente de Polonia (Solidaridad), así como primer presidente elegido Premio Nobel de la Paz en el año 1983. Una historia, a priori, interesante, compleja y emocionante y más teniendo en cuenta el carisma de su personaje protagonista, perfectamente caracterizado por el actor Robert Więckiewicz, completo desconocido fuera de las fronteras de su país pero con una amplia trayectoria. La historia comienza con Walesa siendo entrevistado por una popular periodista italiana meses antes de la caída del gobierno de su país. Así, mediante el recurso cliché del flashback, tan empleado en creaciones biográficas, vamos viendo los orígenes de movimiento político de su protagonista, sin duda, el principal y único atractivo del filme: su mal humor, su prepotencia, su claridad de palabra, su ironía, su capacidad discursiva, su retórica… La figura de Walesa está pues, por encima de todo, absorbe en todo momento a los demás personajes que son reducidos a meros objetos para su alabanza. Su inteligencia asombra, su ironía nos saca sutiles e inteligentes risas en ciertas ocasiones, incluso su mal humor y costumbres arraigadas caen simpáticos. Una glorificación que puede resultar excesiva y por momentos poco creíble aunque desde un punto de vista narrativo, tremendamente entretenida y, por momentos, notable. Recordando en este sentido al Nelson Mandela que nos presentó Eastwood en Invictus.

    por Unknown
    octubre 30, 2013

    Crítica | Walesa, la esperanza de un pueblo

    por Unknown | octubre 30, 2013

    BIOGRAFÍA DE UNA MUJER ÚNICA

    crítica de Papusza | Joanna Kos-Krauze & Krzysztof Krauze, 2013.

    48º Festival de Karlovy Vary

    Cuando vi Papusza en el recién clausurado festival de Karlovy Vary, me pareció la mejor de las contendientes por el Globo de Cristal, aunque finalmente se llevase sólo una mención especial del jurado. Quizás pesase el hecho de que Krzysztof Krauze, director de la película junto a su mujer Joanna Kos-Krauze, hubiese ya ganado en este certamen; o quizás resultase finalmente más perjudicial que beneficioso el que la cinta compartiese nacionalidad con la presidenta del jurado, Agnieszka Holland. O puede que simplemente no gustase tanto al jurado como a la mayoría del público que aplaudió su proyección en la sede principal. Yo en cualquier caso estuve entre aquella mayoría, pues sabía que había presenciado un trabajo maduro y memorable, aunque discutiendo más tarde con algunos periodistas, los mismos criticaban de partida la desafortunada contradicción que suponía el retratar el mundo de los gitanos en blanco y negro, quitando el color que caracteriza su forma de ser. Es cierto que, a primera vista, ello parece una maniobra poco justificada y contraproducente, pero en tanto que ese mundo gitano y ese blanco y negro son elementos básicos de una película que, como ya he adelantado, me parece muy madurada, está claro que detrás de esa combinación la pareja de cineastas persigue un efecto determinado. La cuestión es analizar por tanto si tal efecto tiene fundamento y si resulta exitoso.

    por Ignacio Navarro
    julio 12, 2013

    Crítica | Papusza

    por Ignacio Navarro | julio 12, 2013

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