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    Crítica | Las inocentes

    Les innocentes

    Herida persistente

    crítica de Las inocentes (Les innocentes, Anne Fontaine, Francia, 2016).

    Como resalta entre otros Sánchez Legido, la idea europea, en virtud de la cual se aboga por la pacífica creación de estructuras que superen la ancestral división política de nuestro continente, ha tenido antecedentes a lo largo de la Historia, con autores como Dubois, Kant o Leibniz. Pero fue en la segunda mitad del siglo XX cuando el proceso encontró su impulso definitivo, ya que el mismo no puede entenderse sin recordar las heridas producidas por la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces no ha vuelto a haber un conflicto similar en nuestras fronteras, y ello probablemente sea una de las razones por las que las nuevas generaciones ya no sienten tanta simpatía o necesidad hacia la unificación comunitaria, ahora en crisis. Empero la misma ha tenido multitud de realizaciones, más allá del entramado institucional hacia el cual se vierten la mayoría de las críticas, y algunas gozan de gran popularidad como el programa Erasmus. Otro logro cultural similar, alentado por esta cooperación entre países vecinos, es Euroimages, que proporciona ayudas a la realización de una película exigiendo para ello que cuente al menos con productores de dos Estados miembros. Estas subvenciones se convocan cuatro veces al año y permiten que filmes con frecuencia cercanos a los valores europeos salgan adelante, cuando carecen de mayores reclamos que facilitarían su financiación ajena. Es el caso de Las inocentes (Les innocentes), el último trabajo de la directora, además de guionista y actora, Anne Fontaine, quizás más conocida, por citar sólo un título, por Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel (Coco avant Chanel, 2009). Esta obra anterior tuvo un éxito sólo relativo, aunque mostraba ya el interés de esta cineasta por los personajes fuertes femeninos y el compromiso con sus respectivas biografías.

    En la nueva cinta que nos ocupa, vuelve la vista a algunos años más tarde, recién terminada esa Segunda Guerra Mundial a la que aludíamos como germen de la solidaridad europea. En este marco debe entenderse su historia, que nos narra el trauma padecido por las monjas de clausura de un convento polaco que fueron violadas por soldados rusos, cuando éstos penetraron en el país al contrarrestar la ofensiva hitleriana, y por consiguiente muchas se han quedado embarazadas, reclamando la asistencia de una enfermera francesa para sacar adelante sus partos. No pueden recurrir a las autoridades ni a sus vecinos porque el conocimiento del suceso supondría el fin del establecimiento y de su dignidad. Sienten entonces más confianza hacia una extranjera que no conocen de nada que hacia sus compatriotas o gobernantes, lo cual se debe inicialmente a una simple afinidad de género, y luego a una complicidad que se va tejiendo sobre todo con la más abierta y decidida de las religiosas, aquella interpretada con pasión sometida por Agata Buzek. En el papel de la médico francesa encontramos a la joven Lou de Laâge, que con un currículum incipiente demuestra ya una gran madurez en su profesión. Se podría decir incluso que a sus 26 años actúa como si tuviera veinte más. Completando el trío de estas meritorias interpretaciones femeninas a cargo de los personajes principales tenemos a la más veterana Agata Kulesza, que recordarán sobre todo por su reciente rol en Ida (Pawel Pawlikowski, 2013), y que aquí se mete en la piel de alguien de valores y actitud opuestos: la rígida e intransigente madre superiora. La relación triangular que se establece entre estas tres mujeres, en general por parejas, ocupa gran parte del metraje, basado en conversaciones y revelaciones que nos van dando más información acerca de lo que realmente aconteció y cuáles son los planes que aquellas proponen para afrontarlo.

    Les innocentes

    «El resultado es una obra interesante, incluso instructiva, pero que se queda a medio camino en su intención de tratar con neutralidad un tema que no admite sino denuncia y postulación, echando en falta un poco más de vitalidad».


    Destacar desde ya las tres actuaciones que sirven de principal soporte humano a esta peculiar narrativa procede para adelantar que la misma se estructura antes como una pieza de cámara que como una reflexión histórica. Pese al contexto en cuestión, la puesta en escena se centra en los interiores del susodicho convento o los alrededores del pueblo donde ha sido enviada la delegación gala de la Cruz Roja. Apenas en dos ocasiones hacen verdadero acta de presencia los militares soviéticos: ni tan siquiera en los contados flashbacks se materializan, sino que éstos se basan antes en el sonido, como un eco que aún retumba ominoso en las paredes del monasterio, que en la propia imagen. Con ello se es coherente con la voluntad de sus víctimas de esconder tales acciones, y a la vez concuerda con el tono amortiguado que recorre el drama. En suma, se imponen la contención y el sigilo. A esta atmósfera opresiva contribuye un invierno incesante, dominando la nieve y la bruma en los contados planos exteriores, que parecen repetirse en las inmediaciones del bosque, a modo de desasosegante y cíclica rutina mientras los partos se van sucediendo y a la vez se sobreponen las dificultades para encontrar hogares o destinos a los recién nacidos, que no pueden quedarse con sus madres. En tales desamparo y separación se establece la conexión con esos huérfanos de guerra con los que se encuentra de vez en cuando la protagonista, mientras va de un sitio a otro para atender a sus enfermos, y que anticipa una primavera a modo de epílogo un tanto chocante por contrarrestar la frialdad que hasta entonces hemos presenciado, aún estando justificada en el diseño del libreto. En otras palabras, la narración avanza hacia una conclusión definida cuando su contenido parecía alejarse de ella, por su tragedia inherente y su fondo histórico, reclamando una apertura que combinara el dolor con la esperanza. Ahora bien, como hemos dicho la planificación es cerrada, podría decirse que teatral sino fuera porque se basa en los silencios, las miradas y la tenue iluminación que las liga, antes que en la fuerza de unos diálogos o el contacto de unos enfrentamientos. El resultado es una obra interesante, incluso instructiva, pero que se queda a medio camino en su intención de tratar con neutralidad un tema que no admite sino denuncia y postulación, echando en falta un poco más de vitalidad. Aunque a ella deban renunciar sin remedio estas mujeres condenadas, el enfoque debería haber sido algo más subversivo respecto de su inerte situación. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Francia & Polonia, 2016. Título original: Les innocentes. Presentación: Festival de Sundance 2016. Dirección: Anne Fontaine. Guion: Anne Fontaine, Pascal Bonitzer, Sabrina B. Karine & Alice Vial (basado en una idea original de Philippe Maynial). Productoras: Mandarin Cinéma / Aeroplan Film / Mars Films / France 2 Cinéma / Scope Pictures. Fotografía: Caroline Champetier. Montaje: Annette Dutertre. Música: Grégoire Hetzel. Diseño de producción: Joanna Macha. Dirección artística: Anna Pabisiak. Decorados: Kinga Babczynska. Vestuario: Katarzyna Lewinska. Reparto: Lou de Laâge, Agata Buzek, Agata Kulesza, Vincent Macaigne, Joanna Kulig, Eliza Rycembel, Katarzyna Dabrowska, Anna Próchniak, Helena Sujecka, Mira Maluszinska, Dorota Kuduk, Klara Bielawka. Duración: 115 minutos.

    Tierra de Dios

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