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    Berlinale 2013
    Berlinale 2013
    Amarás al prójimo

    Gays con alzacuellos

    crítica de Amarás al prójimo (W imie…, 2013), dirigida por Malgoska Szumowska. | ★★ |

    El catolicismo romano es la fe que siguen la amplísima mayoría de los polacos. Practicantes y no practicantes. Su influencia se extiende a casi todos los ámbitos de la vida del país pese a no ser la religión oficial. Durante cuatro décadas la Iglesia polaca desempeñó un papel activo de oposición al régimen comunista impuesto por la URSS. A lo largo de esos años su influjo en las capas sociales más humildes, como la clase obrera y el campesinado, fue enorme e incluso contó con el apoyo de algunos intelectuales y de la izquierda laica enfrentada al régimen. Empero, la llegada de la democracia denotó cierta incapacidad de adaptación por parte de la Iglesia. La perspectiva ultraconservadora del Episcopado en materias como los matrimonios gays, el aborto, el divorcio, la fecundación in vitro, la presencia de la religión en las aulas y el apoyo manifestado por muchos obispos y clérigos a la derecha más dura, han desgastado la institución y enfrentado a los católicos. Pese a perder su influencia entre los más jóvenes y entre las clases medias urbanas, la Iglesia sigue siendo un poder fáctico a nivel político y social. Sobre todo en el ámbito rural, escenario de la cinta que nos ocupa: Amarás al prójimo (W imie…, 2013). Un contexto, religioso y geográfico, que atormentará a Adam, un sacerdote alcohólico de una pequeña población rural que abre un centro para menores, y que se debate entre el celibato y su deseo por los hombres. Punto de partida sugerente para un país necesitado de provocación.

    A priori, el halo retrógrado que flota en la atmósfera hace pensar en una película con voluntad de denuncia. Nada más lejos de la realidad, a lo sumo un par de escenas mal esbozadas manifiestan esa inquietud (véase cuando su ayudante delata un supuesto caso de pederastia y la curia se niega a aceptarlo). Es un trabajo que se interesa por el aspecto psicológico del protagonista. La zozobra de la contradicción, la inquietud del autocontrol, la angustia de vivir una batalla interior infinita son las pulsiones con las que la directora –Malgorzata Szumowska– quiere que batallemos. La querella moral es menester del espectador. El preludio consigue transmitir esa perspectiva alejada del juicio moral pero centrada en el progreso de un romanticismo tortuoso. Lo hace a través de una estética poderosa pero un tanto vacua que no evita y sí contribuye a que veamos en pantalla contextos reiterativos (como las carreras en el bosque) y escenas vacías que alejan al espectador del procurado ímpeto emocional. Es cierto que la realizadora polaca alcanza momentos turbadores alrededor de la atávica dicotomía entre deseo y pecado, pero son insuficientes ante el desenlace maniqueo que restituye la imperfección primigenia. Esa misma que nos desalienta al cuarto de hora. Sin duda los problemas que laceraban su anterior película –Ellas (2011)– se repiten en Amarás al prójimo. En esta ocasión también se queda navegando por aguas superficiales, no hay hondura reflexiva. Una carencia que explicaría un resultado malogrado pese a presentar el conflicto desde el punto de mira del sacerdote. Un mensaje que se intuye claro pero que tiene más de panfleto que de ensayo reposado. Más de frase que de párrafo. Más de exposición con ínfulas que de discurso con calado.

    por Anónimo
    octubre 02, 2014

    Crítica | Amarás al prójimo

    por Anónimo | octubre 02, 2014
    La Religieuse

    Prisionera de Dios

    crítica de La religiosa (La Religieuse, dirigida por Guillaume Nicloux, Francia, 2013). | ★★

    Publicada en 1760 y corregida en 1781, La religiosa fue una novela que conoció serios problemas con la censura de la época para ver la luz, al narrar su autor, Didier Diderot, la historia real de una joven monja a la que se procesó en París por rechazar sus votos. El libro describía, con pelos y señales, el brutal viacrucis que padeció encerrada entre las cuatro paredes de diferentes conventos, sometida a todo tipo de presiones y castigos con el afán de lavarle el cerebro y convencerla de que tenía que encontrar su “vocación”. Susanne Simonin fue el nombre elegido para el personaje tras el que se escondía una auténtica víctima del fanatismo religioso. Reivindicada con los años como un auténtico clásico de la literatura francesa, La religiosa fue una obra audaz y adelantada a su tiempo que, en contra de lo que pueda parecer, no criticaba directamente a la religión, sino a sus excesos, capaces de causar desequilibrios en personas que viven aisladas del mundo, en el enclaustramiento (elegido o no) de algunos monasterios del siglo XVIII.

    En 1966, Jacques Rivette realizó una excelente adaptación de la novela, que llegó a competir por la Palma de Oro en Cannes. Por esto, podría tildarse de innecesaria esta nueva versión que nos llega de la mano del menos interesante Guillaume Nicloux, realizador de títulos como Une affaire privée (2002) o La clef (2007). Sin embargo, en unos tiempos en que el fanatismo religioso continúa siendo una de las causas principales de odios entre los seres humanos, los valores que atesora aquella vieja obra siguen resultando igual de explosivos y vigentes como el primer día, sorprendiendo por su contemporaneidad. Nicloux realiza, en esta ocasión, una adaptación académica y aséptica que hace que lamentemos que este material no cayera en las manos de alguien con la capacidad de arriesgar de Michael Haneke. Con una narración muy lineal, abusando del plano contra plano en la mayoría de las escenas de conversaciones, la cinta hace gala de una fría teatralidad en algunos momentos. Con todos estos hándicaps, solo queda confiar en la fuerza intrínseca de la historia de Susanne, tercera hija de un matrimonio que, tras quedar debilitada la economía familiar por los matrimonios de las hermanas mayores, fue forzada a entrar en un convento. La chica, lejos de haber encontrado su vocación por la llamada de Dios, en ningún momento pretendió renunciar a su libertad para enamorarse y crear una familia, por lo que se vio encarcelada, coaccionada y torturada por las diferentes madres superioras con las que llegó a toparse. Sin duda, todo un ejemplo de heroína fuerte y moderna, de ideales y dignidad inquebrantables que encuentra en los vulnerables rasgos de la joven Pauline Etienne una formidable representación por la que optó al César a la Mejor actriz revelación. Gracias a ella, el espectador es partícipe del sufrimiento de una persona cuyo único motivo para estar encerrada es haber nacido “fruto del pecado”, expiando la culpa de una madre adúltera a los ojos de Dios.

    por José Martín León
    agosto 25, 2014

    Crítica | La religiosa

    por José Martín León | agosto 25, 2014
    Shirley: Visiones de una realidad

    Soledad pintada al óleo

    crítica de Shirley: Visiones de una realidad | Shirley: Visions of Reality, dirigida por Gustav Deutsch, 2013

    Si existió un artista capaz de entrelazar la sensación de desarraigo y el espacio geométrico, la visión figurativa unida al sentimiento poético, ese fue el pintor Edward Hopper. Durante la primera parte del siglo XX, este autor convirtió su obra plástica en una referencia fundamental para el realismo pictórico posterior y para las denominadas escenas estadounidenses. Los lienzos de Hopper sintetizan a la perfección los detalles en interiores urbanos o rurales, horadados por un silencio real pero también metafísico, y poblados por, casi siempre, un único personaje anónimo y solitario, bajo luces gélidas, artificiales y cortantes, una manera de retratar la angustia y el existencialismo de la sociedad contemporánea. Así, el espectador que los contempla se siente alejado y abstraído del ambiente y la temática en la que se halla inmerso, contagiado de una sensación de soledad aguda, de claustrofóbica incomunicación. Pues bien, ha sido la obra de este genial artista americano, la encargada de inspirar una nueva creación del director vanguardista Gustav Deutsch, cuyos trabajos anteriores como Film ist —que enlazaba vídeos científicos independientes entre sí y fragmentos de metrajes pretéritos—, o Film ist a girl and a gun —que realizaba un homenaje al cine mudo y a la temática sexual—, han sido baluartes importantes dentro de la corriente del cine experimental, obteniendo grandes piropos como la comparación con maestros como Buñuel.

    Esta tipología cinematográfica nacida en la contracultura procura, como ya sabemos, distanciarse de los convencionalismos visuales y narrativos, alimentándose de ideas en muchas ocasiones surrealistas o inconexas para formar una lógica plástica nueva y original que cobre un sentido propio. En definitiva, se procura mediante la interacción de este lenguaje propio con el espectador una experiencia más allá del cine al uso. En esta creación titulada Shirley: Visiones de una realidad, el director austríaco se distancia más del radicalismo de sus anteriores obras para tomar contacto con fórmulas más universales de la narrativa argumental, conjugando el arte pictórico de Hopper con el eminentemente cinematográfico, y aportando un aura teatral cuyo objetivo es contarnos una parte de la historia de Estados Unidos entre 1931 y 1965 de manera ilusionista y fiel a los célebres óleos del pintor, además de relatarnos la catarsis poética y agobiante de su única protagonista principal. Se podría decir que aunque esta propuesta pretenda tener un enfoque más comercial, y orientada a un público mayoritario, sigue siendo una obra un tanto árida, compleja, y dificil de ver a pesar de su magnificencia estética y su singularidad de formato.

    por Anónimo
    agosto 07, 2014

    Crítica | Shirley: Visiones de una realidad

    por Anónimo | agosto 07, 2014

    Walter White edulcorado

    crítica de After the Fall | de Saar Klein, 2014

    No es casualidad que Saar Klein coloque el nombre de Terrence Malick en la primera línea y en solitario en el apartado reservado a los agradecimientos. El montador de películas como El nuevo mundo y La delgada línea roja tiene muchos puntos en común con el director de Illinois. Sin embargo, está más cerca del Malick de las primeras películas que de la solemnidad profunda y filosófica del último Malick con El árbol de la vida y To the wonder. Klein se lanza a dirigir su primera película con las cosas muy claras a nivel formal. Desprendiéndose del excesivo artificio ceremonioso de su maestro, nos presenta una cinta mucho más digerible y cercana. La sencillez en su puesta en escena y la clara identificación del protagonista y sus medios se transmite a través de una cámara de movimientos suaves, sin estridencias ni planos extraños y que busca el encuadre sencillo para recrear una historia sencilla (y un tanto manida). Klein encuentra en el montaje el mejor aliado para dibujar el entorno cotidiano y familiar que ahoga al protagonista por el miedo a perderlo. Permite que la historia respire y esparce sus momentos malickianos por la cinta para aunar la introspección con la acción. A diferencia de lo que ocurre en To the wonder, Saar Klein parte de la acción y de una historia concreta para llegar al fondo del padre de familia protagonista y sus luchas internas. Evita partir de la abstracción pseudofilosófica que escogería Malick y realiza el viaje de fuera hacia adentro utilizando las armas que mejor conoce: la cámara, el plano y, sobre todo, el montaje. Otra cuestión más peliaguda es el argumento. Klein, con la ayuda de Joe Conway, actor y guionista con pocos títulos a sus espaldas, crea un relato en ocasiones torpe y excesivamente explícito en la transmisión de la información de la trama. Por decirlo de algún modo, al guión se le ve el plumero. El esqueleto típico en tres actos está bien construido, pero es demasiado evidente, especialmente en la presentación del personaje y, sobre todo, en cómo lo verbaliza a través del diálogo. Y eso que empieza bien, con un pequeño engaño al espectador mostrándonos una familia perfecta con un padre de familia ejemplar, pero que en realidad está ocultando que le han echado del trabajo y no sabe cómo podrá sostener a su familia. La maduración y el detalle del que hablábamos anteriormente en el montaje se echan de menos en los diálogos, realmente el talón de Aquiles de la cinta.

    por EAM
    abril 27, 2014

    Crítica | After the Fall, de Saar Klein

    por EAM | abril 27, 2014
    Oro (Gold), de Thomas Arslan

    Eficiencia germana

    crítica de Oro | Gold, de Thomas Arslan, 2013

    La fiebre del oro tiene una fuerte presencia en la cultura popular. No solo americana, también en la latina. En el imaginario colectivo descansa ese cuadro de un grupo de hombres con pico y pala en busca de pedruscos dorados o, en su defecto, un grupo de semejantes, en la orilla de un río, sumergiendo una batea en la corriente y agitándola con la esperanza de encontrar las soñadas pepitas. La fiebre del oro fue un período migratorio masivo impulsado por los hallazgos de yacimientos del metal precioso en zonas rurales. Se produjo a lo largo del siglo XIX, en un contexto de insatisfacción social, donde la desesperación y la ilusión llevaron a miles de personas a abandonar sus empleos y hogares en pos de una vida más amable. La mejora en las vías de comunicación, el sistema internacional basado en el patrón oro y la codicia de hacerse ricos fueron los principales motores de este fenómeno. Los buscadores de oro cruzaron mares, ríos y montañas. Desde Zacatecas hasta Yukón, pasando por California. En el Festival de Berlín de 2013 se proyectó un western germano-canadiense –Gold (2013)– cuyo marco contextual versa sobre este prodigio migratorio. El cine ha retratado muchas veces esta obsesión por la riqueza y la miseria adyacente. Chaplin lo hizo con fuertes dosis de humor en La quimera del oro (1925); el cine americano de los años cuarenta y cincuenta contó con película como California (1946) o Tierras lejanas (1954). John Wayne, el vaquero por excelencia, dejó su sello en Los cowboys (1972) y en el boom de las series televisivas en el que nos hayamos inmersos no podríamos olvidarnos de Deadwood (2004). Resulta cuanto menos curioso que algo tan americano como el western y la fiebre del oro salga de nuevo a la palestra gracias a alemanes. Algunos consideraron el filme de Thomas Arslan una reinvención del género habida cuenta de su genuinidad, sin duda exagerado. Pero sí que supone una perspectiva distinta, que desmitifica las aventuras del oeste.

    por Anónimo
    abril 27, 2014

    Crítica | Oro (Gold), de Thomas Arslan

    por Anónimo | abril 27, 2014

    Desolación en la selva

    crítica de Cautiva | Captive, de Brillante Mendoza, 2012

    Ha caído la noche. Thérese Bourgoine camina en la arena de una las playas de la isla de Palawan llevando cartones que contienen biblias en su interior. No se escucha nada más que el silencio que esboza la tranquilidad nocturna y el golpeteo furtivo pero hermoso a la vez de las olas chocando con la orilla. De pronto un grito. Se rompe el silencio y empieza el verdadero infierno. Thérese es secuestrada con otras personas turistas y voluntarias que residen en la isla, por un grupo de terroristas islámicos capaces y dispuestos a todo. El pánico se apodera inmediatamente de aquellos humanos, cuyos sueños y esperanzas se ven truncados intempestivamente. Thérese llora, pero apenas es el inicio. Con esta intensa introducción, Brillante Mendoza, director de origen filipino que ya deleitó a muchos con sus producciones (y a mí, en especial, con esa maravillosa historia titulada Foster Child), nos entrega uno de sus últimos trabajos, una poderosa historia basada en hechos reales; un drama descarnado que manifiesta con mucha solicitud y sin ningún chantaje el secuestro de varias personas a manos del grupo Abu Sayyaf allá por el 2001. Mendoza nos inquieta desde el mismo inicio mostrando una inmensa capacidad de recreación de los hechos; su soltura y el movimiento de cámara consiguen enganchar al espectador y hacer que exista un claro y fuerte involucramiento hacia la historia, la cual baila entre los acontecimientos del día a día, desde el secuestro en el hotel hasta la liberación de los rehenes. Pero antes de que esto se produzca hemos sido testigos de una angustiosa odisea.

    por Unknown
    enero 12, 2014

    Crítica | Cautiva

    por Unknown | enero 12, 2014
    Charlie Countryman

    Amor a quemarropa en Bucarest

    crítica de Charlie Countryman | de Fredrik Bond, 2013

    He aquí una película que tiene todas las papeletas para ganarse enemigos y palos por parte de crítica y público. Como toda experiencia que antepone la forma al fondo, deleitándose en el apartado audiovisual y dejando el guión en un segundo plano, Charlie Countryman parece condenada a ser únicamente apreciada (y disfrutada, incluso) por los amantes de extravagancias a contracorriente del tipo Sólo Dios perdona o Spring Breakers, con las que formaría una fenomenal trilogía de thrillers marcianos en este 2013 que está a punto de concluir. El debutante Fredrik Bond coge la típica historia de cine negro de toda la vida con un protagonista honrado puesto en peligro cuando se enamora de la chica del mafioso, adornándola de tal manera que su obra termina no pareciéndose a ninguna otra vista anteriormente. Algo que contribuye enormemente a desmarcarla de los caminos más trillados del género es su impagable galería de estrafalarios personajes, encabezada por el propio Charlie, un pobre diablo capaz de comunicarse con su madre recién fallecida y de embarcarse en un improvisado viaje a Bucarest porque el fantasma de ella se lo ha sugerido. Con este delirante punto de partida, el espectador debe adaptarse a las normas de un juego que se aleja de convencionalismos y lógica alguna si quiere disfrutar al cien por cien de la propuesta. Una vez que se entra en la mecánica de conversaciones con el más allá, casualidades que ponen a prueba la credulidad de cualquiera y un bizarro sentido del humor que emerge en las situaciones más insospechadas, solo queda dejarse envolver por las desventuras del protagonista en Bucarest y su peligroso romance con Gabi, la guapa esposa de un peligrosísimo gángster envuelto en una serie de vendettas sin resolver.

    por José Martín León
    diciembre 07, 2013

    Crítica | Charlie Countryman

    por José Martín León | diciembre 07, 2013
    Una familia de Tokio

    Sobrevivir a la vida

    crítica de Una familia de Tokio | Tokyo kazoku, de Yôji Yamada, 2013

    Recuerdo que no había nada y sin embargo estaba todo. Lo intangible y lo prosaico. Incluido el cielo, que, huelga decir, no es tan interesante como lo pintan. Ni siquiera cuando te lo prometen. Y aun así rememoro ese azul blanquecino casi gris que contrastaba con un césped aún más grisáceo. Era tan incoloro y tan liliputiense. Tan... no sé. Tantan (que no cabe). Y bajo él se movían niños camino del colegio, pequeños grupos con uniforme y cartera reglamentarios. Tres chavales, fijándonos ya en los protagonistas, y un maduro instigador que los instaba a activar —mediante un botón ubicado en la cabezota— un mecanismo aerofágico que disparaba una música intraducible. Los dos hermanos conseguían su propósito: hacer reír a través del humor más tenue, y acaso más puro: el infantil. Su compañero, en cambio, no ganaba para calzoncillos. Jugaban, eso sí, con un factor poco saludable: el estímulo de la piedra pómez, que ingerían como si fuera queso en polvo o el pica-pica (en polvo) de un Fresquito. Y después un buff, un uf por elipsis. Todo, ahí, ya. Un universo. Una fracción. Una familia. Todas las familias frente al mismo espejo. Y después... Después, nada. O la nada. El vacío, que diría el maestro; que es el vacío de un tren atravesando el cinturón industrial de Tokio. La vejez sin remedio y la irremediable juventud. La naturaleza y la carcoma de un mundo por construir, a pesar de los hombres que sonríen y miran y se comunican mirando mientras hablan sonriendo —bajo el influjo del sake—, siempre en su tatami o cápsula para la reflexión, reducidos una vez más a la mirada risueña que cae suave pero implacablemente sobre unos hijos que se quejan porque no tienen televisor en casa, y entonces el mayor manipula al pequeño y éste le ofrece a cambio lealtad, seguir sus indicaciones mientras dure el pacto de silencio contra la tiranía doméstica imperante. Nada pasa y pasa todo. Ahí, ahora. En un interior con largos pasillos y un catálogo de puertas que comunican los dormitorios con el living y, a veces, la cocina y algún que otro armario lleno de telas y ropa de cama sin usar. Un mundo, pues, agotado; sin más y sin cura, que observa su declive con el deseo que provoca en algunos paladares el sushi y los quimonos trasnochadores.

    por Anónimo
    noviembre 21, 2013

    Crítica | Una familia de Tokio

    por Anónimo | noviembre 21, 2013

    Los amores enfermizos

    crítica de Vic+Flo Saw a Bear | Vic et Flo ont vu un ours, de Denis Côté, 2013

    Entre la más profunda de las dulzuras y la más bruta de las perversiones ha oscilado el canadiense Denis Côté a la hora de sentar las bases para un nuevo drama crudo y a todas luces extravagante; salpicado de pinceladas de otros muchos géneros, que tiñen los colores de esta original Vic+Flo Saw a Bear de desgarro, tensión, ironía, y un halo macabro inyectado en nuestra vena conforme avanzan los posos de la historia. En lo que a mi respecta y para ser sinceros, comenzando por ese enigmático título que a priori puede resultar tanto un inteligente reclamo de atención como el preámbulo de un experimento farragoso, Vic+Flo Saw a Bear funcionó en mí como una droga primero desagradable y luego poderosamente adictiva. Desde su óptica de personajes ariscos en gran medida ajenos al orden social. En una primera toma de contacto provoca un rechazo irracional a causa de su atmósfera calmada pero invasiva, a una Madame Champagne (Vic) cuyo amor rabioso y frialdad social provocan nerviosismo e incluso irritación, pero poco a poco se convierte en interesante, rica en matices, profunda y, sin lugar a dudas, en absoluto semejante a cualquier otro filme visto con anterioridad.

    Esta atípica historia de amor y otras pulsiones humanas se basa en la nueva vida que emprenden en una tranquila cabaña situada en los bosques Canuck, Vic, una convicta de 61 años condenada a cadena perpetua que dispone del privilegio de poder cumplir la pena fuera de prisión pero bajo vigilancia, y su amante Florence, una mujer más joven y hermosa de pasado también abrupto y carácter desordenado. Vic y Florence se trasladan a este pequeño hogar de madera donde vive el tío de Vic, anciano y enfermo de diabetes y parálisis, al que comienzan a cuidar sin demasiada dedicación ni acierto. Ambas reciben la visita periódica de Guillaume, un oficial de los servicios sociales que realiza informes de la conducta de Vic para dar parte a los directivos carcelarios, y cuya presencia enquista la intimidad de las dos mujeres. Mientras Vic, un personaje que rodea sus tremendas inseguridades y su fuerte dependencia emocional de seriedad, aislamiento y en ocasiones grosería, se encierra más en sí misma y en su huerto, una amable jardinera se presenta para utilizar su lavabo y ofrecerle abonos que mejoren sus cultivos. Florence, claustrofóbica ante la quietud del bosque y la poca presencia humana, baja de vez en cuando a empinar el codo al inquietante bar del pueblo, donde jugadores de billar y almas solitarias empuñan jarras de cerveza para matar el tiempo. Todo un esperpento.

    por Anónimo
    noviembre 14, 2013

    Crítica | Vic+Flo Saw a Bear

    por Anónimo | noviembre 14, 2013
    Alabama Monroe

    Mostrando jovialidad donde sólo cabe la desolación

    crítica de Alabama Monroe | The Broken Circle Breakdown, Felix Van Groeningen, 2012

    Hace un par de años se estrenaba Declaración de guerra (Valérie Donzelli, 2011), una excelente película heredera de la Nouvelle vague francesa que seguía la mezcla de tormento y esperanza que provocaba en una joven pareja el cáncer de su bebé. La tragedia era pues retratada antes de forma luminosa y excitante que apagada y pesarosa, apoyándose en una cámara dinámica, un montaje alegre, una música heterogénea, unos diálogos chispeantes y unos actores muy expresivos. Una serie de elementos, en definitiva, unidos en una sola dirección, cual es la de contagiar al espectador de la vitalidad que a duras penas pero con plena entrega y franqueza muestran los protagonistas de una historia tan dramática. Pues bien, Alabama Monroe (The Broken Circle Breakdown, 2012), llamativa película belga que ha pasado con éxito por festivales como el de Tribeca, sigue la estela y los mencionados atributos de su vecina francesa, en este caso para narrarnos la lucha de dos padres contra el cáncer de su hija.

    Con todo, en este caso el enfrentamiento contra el arbitrio genético y médico conforma aproximadamente sólo la mitad del metraje, pues una segunda parte del mismo nos muestra las consecuencias que dicho trauma deja en la pareja. La cinta de Van Groeningen es por tanto más decididamente romántica y pasional que la de Donzelli, pero también más oscura y adulta. Si en la película francesa el comportamiento optimista de los padres reflejaba su propia naturaleza juvenil y deshinibida, en la belga lo juvenil y deshinibido (desnudos de ambos actores incluidos) no se deriva de un natural optimismo de sus personajes sino de las exigencias de las circunstancias, o como mucho de su rudeza y rebeldía. Los dos se enfrentan además no sólo con la enfermedad de su hija sino con su contradictoria visión de la vida: entre la atea y pesimista del marido y la devota pero en el fondo también melancólica de su mujer. Las mariposas tatuadas en su cuerpo, la bucólica cabaña en la que vive la familia o sus interacciones tan infantiles como salvajes acaban construyendo por tanto un paisaje más perturbador que idílico.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 05, 2013

    Crítica | Alabama Monroe

    por Ignacio Navarro | noviembre 05, 2013

    Piso bonito sin amueblar

    crítica de Prince Avalanche | de David Gordon Green, 2013

    Thoreau. Ese loco. Se propuso experimentar la vida en naturaleza. Construyó una cabaña con sus propias manos. Pasó dos años, dos meses y dos días viviendo en medio de ninguna parte. Pretendía, grosso modo, manifestar la necesidad intrínseca del ser humano de vivir en el entorno natural. Única manera de prescindir de las comodidades de la vida y esquivar los “impedimentos para la elevación de la humanidad”. Era un hombre cansado, en ese momento, de las cosas artificiales e innecesarias. Esta “Thoreau way of life” cristalizó en un ensayo –Walden–. La obra del escritor americano ha sido sometida a constantes revisiones. Es como las modas –sin banalizar–, siempre vuelve. Su última popularización se produjo tras el éxito de Into the Wild (2007), basada en el best-seller homónimo, que relata la vida de un joven estadounidense que lo abandona todo para vivir en la naturaleza, al margen de la sociedad. Con esto de la crisis, Thoreau vuelve a estar en boga. Al menos sus planteamientos básicos –tanto los que se refieren al ámbito de la desobediencia civil, como los naturalistas–. Aderezado con un toque tragicómico, ochentero y ridículo, Thoreau está presente también en Prince Avalanche (2013), película por la que David Gordon Green fue galardonado con el Oso de Plata a la mejor dirección en el pasado Festival de Berlín.

    Si Thoreau fuese un paleto de Texas, de los ochenta y se llamase Alvin –Paul Rudd–, sería de esos tipos genuinos que van pintando las líneas discontinuas de la carretera. Viviría en una tienda de campaña, como los nómadas, y cazaría para alimentarse. Sería un hombre que anhelase experimentar lo que el escritor norteamericano llamó los “hechos esenciales de la vida”; un espécimen que sólo “quiere escuchar el silencio”. Por supuesto, tendría pupilo, un tal Lance –Emile Hirsch–. Sería el contrapunto. Un hedonista provinciano (si es que existe tal cosa en Estados Unidos, entendámonos), un pre Ni-Ni. Uno cuya autoestima varía en función de su capacidad de almibarar (permítaseme la expresión) las bragas ajenas. Un filósofo alfa de vida licenciosa. Un urbanita de discoteca, picos pardos, romances sórdidos y propulsiones primarias. Los Luigi y Mario de los bosques colindantes al asfalto. Es menester, obviamente, la presencia de una Princesa Peach –hermana de Lance, novia de Alvin–. Un cuadro insólito. Fruto del paso por la batidora del director de Superfumados (2008), Thoreau y Á annan veg (2011) –película islandesa objeto del remake–.

    por Anónimo
    noviembre 04, 2013

    Crítica | Prince Avalanche

    por Anónimo | noviembre 04, 2013
    El viaje de Bettie

    Desmontando a Bettie

    critica de El viaje de Bettie | Elle s’en va, de Emmanuelle Bercot, 2013

    Tenemos una película francesa acerca de un ama de casa de cierta edad, dueña de un restaurante en decadencia, segundo hogar de jubilados, que ha aceptado la pasividad y la falta de sorpresas que se asienta en la vida conforme pasan los años. Una buena noche, su madre, con la que comparte vivienda, le comunica que su amante Etienne, el hombre que ayudó a Bettie a superar la muerte repentina de su marido, ha dejado a su mujer por una jovencita de 25 años. Al día siguiente, en pleno horario de trabajo, Bettie decide coger el coche, dar vueltas a una rotonda una y otra vez, y finalmente, desaparecer de su propia vida. Estamos ante la historia de una decepción sentimental, de un pasado que no termina de superarse, de una rutina que suaviza las heridas con los años y de una actriz inmensa que levanta por si sola una película de mimbres muy mediocres. El viaje de Bettie es un filme dirigido por una mujer que se declara admiradora absoluta de Catherine Deneuve, y es obvio, porque toda ella esta escrita para lucimiento exclusivo de la intérprete que canonizó su belleza en Belle de Jour. Emmanuele Bercot tiene el acierto de focalizar el punto de vista en su rostro, centrando su cámara en ella desde el primer momento, cuando nos la presenta de espaldas en mitad de un prado mecido por el viento, en uno de los planos más expresivos de la cinta.

    Es inteligente hacer una película sobre el hastío vital de una mujer decepcionada, hermosa en su juventud, una Miss Bretaña nada menos, trufando el viaje de la protagonista de nostalgia y pasado, y poner en el lugar estrella a una gran actriz que fue un icono de los rostros del cine. Es una buena jugada, porque ancla la obra a varios elementos poderosos, entre ellos el morbo de un papel emotivo, casi autobiográfico, de manos de una estrella famosa por su frialdad interpretativa, al mismo tiempo que ofrece un personaje con cierta complejidad que es ejecutado a la mínima con una exquisitez que asusta. Sin duda, lo mejor de toda esta parafernalia telenovelesca que se ha montado la señorita Bercot. El viaje de Bettie es un trabajo que no desentonaría demasiado si alguno de nosotros la pillara por casualidad en un estreno de televisión de una noche de sábado. Porque aunque la directora comienza cargando las tintas en el juego metalingüistico, apoyando su propuesta en las oportunidades que le ofrece el pasado de la propia Catherine Deneuve, lo cierto es que es un camino que se abandona pronto, en favor de un drama familiar bastante peor enfocado, con ese toque francés que, para según que dramas, da lugar a un histerismo excéntrico por parte de algunos personajes que está muy muy lejos del reflejado por otros cineastas, especialmente los ingleses, que para las miserias familiares son directores intachables.

    por Unknown
    octubre 31, 2013

    Crítica | El viaje de Bettie

    por Unknown | octubre 31, 2013
    Don Jon, de Joseph Gordon-Levitt

    Homo desecado

    crítica de Don Jon | de Joseph Gordon-Levitt, 2013

    Se la machaca impulsivamente, con la mirada fija en las imágenes que muestra el ordenador portátil que reposa en el escritorio de su acogedora habitación de soltero. Es una pulsión irrefrenable que ha hecho callo en sus dedos índice y pulgar y otros que no importan porque ya ni los siente o dejaron de sentir ellos debido a la explotación mecánica a que los sometía. Cadente, bien. Cariñosa, quizá. Que le obliga a buscar y olfatear virtualmente el vídeo, esos minutos de placer no tanto pecaminoso como pringoso, adherido a un kleenex que encesta cual balón de baloncesto tras el clímax de un play-off que se decide por un triple en el último segundo incandescente. Aunque en este caso, la canasta no es ninguna culminación volátil, sino la última fase rutinaria dentro de un proceso que condena al drogadicto, cuyo instrumento pende, o no, pues depende de la postura y del encuadre y de la angulación del cámara-voyeur. Un rollo barato que confunde a los millones de internautas que pervierten su ya de por sí pervertida visión sobre el sexo, quizá un tetris basado en el manual más ridículo proveniente de la India, a prueba de torsiones y roturas de ligamentos. Se la machaca, decíamos, y con decisión. Sin pudor (para eso están los cinturones que anulan momentáneamente la propia naturaleza) ni afán competitivo ni buscando batir el récord Guinness, tan sólo el suyo personal que asciende a no sé cuántas en un día incitante. Y lo hace, además, como todos, aunque no sin el punto de sopor y blanca sordidez que ofrece la imagen de un tío sentado a la mesa o tendido sobre el sofá al compás de una melodía con ecos ventosos que nos retrotraen al ascensor (o montacargas, pues son sensaciones que pesan mucho en su fealdad) de Kenny-G.

    por Anónimo
    octubre 29, 2013

    Crítica | Don Jon

    por Anónimo | octubre 29, 2013
    El espíritu del 45

    UNA OCTAVILLA DE MILITANCIA NECESARIA

    crítica de El espíritu del 45 | The Spirit of ‘45, Ken Loach, 2013

    Ken Loach es el representante más amable y versátil del conocido como cine social. Más amable porque en no pocas de sus películas deja una ventana abierta para el humor, y versátil por su dinamismo dentro de la coherencia para con sus ideales. Inundan su filmografía las temáticas donde la clase obrera es la protagonista. Lo suyo ha sido una beligerancia ideológica, constante, contra el resuelto neoliberalismo de la dama de hierro. Autor de bellísimas cintas –más brillantes si va acompañado de Paul Laverty– como: Mi nombre es Joe (1998), Lloviendo piedras (1993), Riff-Raff (1990), Agenda oculta (1990) o Buscando a Eric (2009), por citar algunas. Hubo un tiempo en que sus películas quedaron un tanto trasnochadas, y eran hijas de la nostalgia. Pero sus filmes vuelven a estar de rigurosa actualidad. Siempre un poco maniqueo, militante, didáctico y con voluntad revisionista –prueba de ello son Tierra y libertad (1995) o la ganadora de la Palma de Oro en Cannes El viento que agita la cebada (2006)–. Eternamente reivindicativo, fiel a su ideología, con afán de denuncia. Con ese estilo propio del realismo social, cámara en mano, cercano al documental, rompiendo así los límites de la ficción. Era cuestión de tiempo que se atreviese, en solitario, con un documental. Más en un momento político que se encuentra en las antípodas de su ideario. El objetivo principal de su nueva película, El espíritu del 45 (2013), no sólo es agitar, sacudir, remover conciencias; ni siquiera hacer apología política, es reivindicar con añoranza el sentimiento comunitario de mediados de los 40 y censurar la apatía contemporánea.

    por Anónimo
    octubre 21, 2013

    Crítica | El espíritu del 45

    por Anónimo | octubre 21, 2013
    A Single Shot

    ¿EL TIRO DE GRACIA?

    crítica de A Single Shot | David M. Rosenthal, 2013

    Por A Single Shot (2013) peregrina lo peor de la sociedad rural estadounidense: asesinos, adictos a las drogas, traficantes, psicópatas, alcohólicos. El director David M. Rosenthal ofrece una fotografía descarnada, cruda, sin moralina y pretendidamente explícita de los despojos de un agujero sin futuro. Uno de esos sitios en los que la indudable influencia del ambiente establece la condición moral de sus habitantes. Puro determinismo geográfico y moral. Un sitio sin nombre, pero de esos que el imaginario colectivo es capaz de situar en el mapa. Uno de esos lugares de los que no se puede escapar. Allá donde habita la white trash de los montes. Esa América gris, de granjeros curtidos en el frío y el barro. De maleantes con camionetas sucias y destartaladas. De desalmados con gallinas y vacas. Esa América de la que habla Donald Ray Pollock en su libro de relatos Knockemstiff. La misma de Daniel Woodrell, autor de la novela en la que se basó la película homónima: Winter's Bone (2010). Cinta de la que bebe A Single Shot, y cuya alargada sombra pesa como una losa en cada escena. El lastre es evidente, cualquiera puede percibirlo. Las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Y ahí sale perdiendo. La atmósfera es similar, el clima inhóspito, la estética gris, la desolación y la violencia como canalizadora de conflictos también lo son. Influencias y pretensiones a un lado, A single shot tiene su propio pulso. Presentada en el Festival de Berlín de este año, es una adaptación del libro del mismo nombre.

    por Anónimo
    septiembre 18, 2013

    Crítica | A Single Shot

    por Anónimo | septiembre 18, 2013
    Camille Claudel 1915

    LA SOLEDAD COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES

    crítica de Camille Claudel 1915 | Bruno Dumont, 2013

    Aquellos familiarizados con el cine de Bruno Dumont no podrán más que sentirse sorprendidos ante su última película. Aunque encontramos algunas de sus marcas de fábrica (los larguísimos silencios, los paisajes exquisitamente filmados), Camille Claudel 1915 parece, a priori, en las antípodas de cintas como Twentynine Palms (2003) o Hors Satan (2011). En realidad, y aunque sí contiene notables diferencias en la forma, en el fondo esta sigue siendo una película Dumont. Quien busque ver un biopic al uso sobre el personaje titular, mejor que opte por la película dirigida en 1988 por otro Bruno, en este caso Bruno Nuytten, y protagonizada por Isabelle Adjani (que fue nominada al Oscar por su trabajo) y Gérard Depardieu. Camille Claudel 1915 es otra cosa.

    La película de Dumont nos conduce por unos cuantos días de la vida de Camille Claudel (Juliette Binoche) en 1915, mientras espera que su hermano Paul (Jean-Luc Vincent) la visite en su encierro en el manicomio de Montdevergues, en el sur de Francia. Para entonces, la genial escultora, otrora alumna, colaboradora y amante de Auguste Rodin, llevaba ya dos años internada por decisión de su madre y su hermano; jamás volvería a salir de su encierro, a pesar de que fueron varios los médicos que consideraron que podía valerse por sí misma, y, por supuesto, nunca volvió a esculpir. Paul Claudel, célebre poeta, diplomático del gobierno francés y devoto católico, se ocupó de buscar un lugar seguro donde enterrar a su conflictiva hermana en el olvido. Y ese es, precisamente, el tema principal de la película: el olvido, el abandono, la soledad. El cine ha retratado la soledad de muchas formas. En manos de Bruno Dumont, ésta es elevada a la categoría de arte, un arte terrible, doloroso, y, la mayoría de las veces, insoportable por su crudeza. Todo en la dirección de Dumont está enfocado a hacernos sentir el horrible vacío que supuso la vida de Camille Claudel durante sus treinta años de encierro, entre locos y disminuídos psíquicos, sin apenas visitas de su familia o amigos, y sin nadie con quien poder mantener siquiera una conversación normal. Sin nada que hacer salvo vagar por los pasillos de un lugar poco menos que muerto. La única banda sonora de la película son los sonidos de ambiente, lo que en la mayoría de los casos supone los gritos y lamentos constantes de los internos. La fotografía de Guillaume Deffontaines es inmisericorde: no disimula, ni embellece, a nada ni nadie. Las situaciones y los personajes se nos muestran en toda su descarnada crudeza, hasta el punto de querer cerrar los ojos en alguna que otra ocasión. Para que todo encaje en el tono naturalista de la película, Dumont no ha utilizado actores profesionales para interpretar a los internos, sino discapacitados psíquicos reales, que acentúan el contraste con Camille Claudel como alguien que no está loco, si bien es profundamente inestable (¿y quién no lo sería en semejante situación?).

    por Unknown
    septiembre 10, 2013

    Crítica | Camille Claudel 1915

    por Unknown | septiembre 10, 2013
    Gloria, de Sebastián Lelio

    TRAGICOMEDIA DE INTIMIDAD UNIVERSAL

    crítica de Gloria | Sebastián Lelio, 2013

    48º Festival de Karlovy Vary y 19ª Festival de Sarajevo.

    El cine chileno está en auge. A principios de año se estrenaba en nuestro país la nominada al Oscar No (Pablo Larraín, 2012), un llamativo documento político sobre el referéndum contra Pinochet. Y a continuación, empezando por la Berlinale, ha pasado ya por varios festivales de esta temporada Gloria (2013), cuyo director Sebastián Lelio comentaba a la vuelta del de Sarajevo que en efecto su país está disfrutando de una repentina ebullición artística, patente por ejemplo en la multiplicación de las personas que presentan sus proyectos a concursos de cine. Su película también será proyectada en el próximo festival de San Sebastián y tiene previsto su estreno en el resto de España el 4 de octubre. Y el caso es que este último éxito merece ser compartido por la industria nacional, pues Gloria es una coproducción española y nos narra una historia que bien podría localizarse en nuestro país, o en cualquier otro. En efecto, a diferencia del filme de Larraín, el de Lelio no aprovecha ese crecimiento artístico chileno para hablar de sus problemas propios, sino que se sitúa al margen de todo contexto económico y político para mostrarnos a unos personajes de clase media alta muy cosmopolita. Por tanto esta película es un buen ejemplo de que, incluso en las circunstancias actuales y aprovechando nuevas oportunidades, el cine no tiene por qué estar politizado.

    Tal afirmación se deduce claramente de una historia que gira en torno a los problemas de una mujer, Gloria, cuya única solución debe venir de forma personal y privada. Tales infortunios son básicamente los de la soledad y la edad que afectan a esta protagonista separada y madura, pero reacia a dejar de vivir con ilusión y con pareja. Por eso la mayoría de las noches las pasa en clubes o restaurantes donde finalmente se enrolla con un hombre igualmente separado y que también parece estar buscando una relación estable. A partir de ahí la película se concentra pues en la interacción entre estos dos personajes, aunque sigue dedicándole su tiempo en solitario a Gloria: en su piso, en la calle o en su trabajo. Por otro lado se van introduciendo personajes secundarios, básicamente en torno a la familia de Gloria, que conforman otro de los temas principales de la cinta como es el de la familia y su dinámica de ataduras/desuniones. Así lo comentó el propio Lelio al introducir esta película en el reciente festival de Sarajevo, en una charla en la que indicó además que el título de la película a priori estaba pensado como referencia a la de John Cassavetes, aunque más tarde sirvió sobre todo para incorporar la canción de Umberto Tozzi del mismo nombre que caracteriza incluso mejor a esta mujer de armas tomar, y que sirve para cerrar su narrativa en un bucle engañosamente simétrico, entre fiesta y fiesta.

    por Ignacio Navarro
    septiembre 05, 2013

    Crítica | Gloria

    por Ignacio Navarro | septiembre 05, 2013
    Paraíso: Esperanza

    EL TEMBLOR HIPNÓTICO

    crítica de Paraíso: Esperanza | Paradies: Hoffnung, Ulrich Seidl, 2013

    Hay en la trilogía Paraíso un componente irónico que entronca directamente con la naturaleza de sus personajes, simples señuelos en lo que su autor, Ulrich Seidl, denomina "cuadros". Largas tomas sostenidas o en espera con los actores mirando a cámara que pretenden trascender ese instante fugaz en el que el hiperrealismo adquiere connotaciones sórdidas, grotescas, taciturnas, e incluso vomitivas. La arcada que nunca llega —menos mal— a materializarse, porque el sabor agridulce de los momentos supuestamente felices contrarrestan un retrato más o menos distanciado, sin pedagogía ni catecismo por parte del cineasta vienés. El auténtico mérito del tríptico reside en una ilusión: romper la cuarta pared que a ratos nos separa de las tres mujeres desde el incomprensible y extraño inicio de Amor, primer episodio con la frustración sentimental como eje motriz. La frustración que acosa a una mujer en su medio siglo, divorciada y obesa, anhelante de un amor sincero que jamás podrá encontrar en Kenia, donde las sugar mamas acuden para consagrarse a los placeres exóticos, sexo rejuvenecedor y profundamente satisfactorio (o no) dispensado por lugareños que una vez en la playa, y con la excusa de la venta ambulante, se ofrecen a las mujeres con déficit afectivo, quizá simples folladoras ávidas de nuevas experiencias en una región presumiblemente confortante, desbalijada por la pobreza más abrumadora, como un virus aferrándose al clavo ardiendo que le confiere el turismo, ay, sexual. Así y todo, la extraordinaria Margarethe Tiesel no lograba desprenderse el hedor a gratuito de ciertas escenas: Seidl confundía la depresión con el exhibicionismo vacuo. En su último acto, Paraíso: Amor se desinflaba de manera irreversible, cayendo en el feísmo de la polla flácida y los antros insalubres y las conductas inverosímiles y las risas histriónicas —disculpa, Margarethe— y la contemplación, esta vez sí, muy llamativa, de una maja desnuda con mosquitera y ventilador en modo swing.

    por Anónimo
    agosto 29, 2013

    Crítica | Paraíso: Esperanza

    por Anónimo | agosto 29, 2013
    In Bloom

    DOS CHICAS CONTRA SU ENTORNO

    crítica de In Bloom | Grzeli nateli dgeebi, Nana Ekvtimishvili & Simon Groß, 2013

    La gran triunfadora en el festival de cine de Sarajevo este año ha sido esta película georgiana dirigida a cuatro manos por la debutante Nana Ekvtimishvili y por su colaborador previo Simon Groß, y lo cierto es que tal éxito venía ya apuntado por el que había cosechado en varios festivales internacionales. En efecto, In Bloom (Grzeli nateli dgeebi, 2013) ya fue premiada, por ejemplo, en la Berlinale o en el festival de Hong Kong, por lo que a priori partía con más bagaje y confianza que los de otras participantes que se estrenaban en la capital bosnia. Aunque, por otro lado, podía tener la desventaja de ser la primera producción de su país incluida en la selección competitiva de este certamen balcánico, enfrentándose a otras producciones de la zona con las que el público y el jurado podían estar más familiarizados. En cualquier caso, menciono estas peculiaridades externas para adelantar ya que estamos ante una película distinta a las demás que competían en el recién clausurado festival, aunque tal diferencia se debe sobre todo al hecho de saber contar una historia de principio a fin con criterio y coherencia. Y es que este requisito estándar era incumplido en mayor o menor grado por todas las demás contendientes, por lo que cabe pensar que a veces el cine evoluciona y sus creadores intentan innovar olvidándose de cualidades más tradicionales y esforzadas que al fin y al cabo son las que el espectador más aprecia, sea cualquiera que acuda a una sala de cine, sea el encargado de juzgar oficialmente la película.

    Dicho esto, procede ahora resumir la historia que nos cuenta In Bloom, para comprobar efectivamente por qué la misma funciona. Pues bien, aquella gira en torno a la pérdida de la infancia de dos jóvenes adolescentes que viven en el Tbilisi de 1992. Una se llama Eka, es más bajita y tímida pero tiene una oscuridad en la mirada y una determinación que la convierten incluso en un personaje más valiente que su amiga Natia, una chica más atractiva pero más dubitativa. Ambas pasan su tiempo juntas en clase, fuera en la calle o bajo el techo de sus conflictivas familias, siendo el padre de una un borracho y el de la otra un prisionero ausente. Este último elemento nos indica pues que estamos en un contexto de guerra, con lo que ello conlleva en términos de opresión y carencias, siendo otro detalle significativo al respecto el racionamiento del pan que deben recoger Eka y Natia junto con otros muchos habitantes impacientes de la ruinosa ciudad. Además de estas penurias y de las rencillas de sus respectivas familias, las dos chicas deberán enfrentarse a los primeros amores y celos, pero sin que con ello la trama derive hacia un romance irrealista que le quitaría verosimilitud y seriedad a la difícil situación que se está viviendo.

    por Ignacio Navarro
    agosto 27, 2013

    Crítica | In Bloom

    por Ignacio Navarro | agosto 27, 2013
    Lovelace

    EL PROFUNDO CALVARIO DE LINDA BOREMAN

    crítica de Lovelace | Rob Epstein, Jeffrey Friedman, 2013

    No solo de obras maestras se construye la historia del cine. En ocasiones, aparecen títulos que, independientemente de sus valores estrictamente cinematográficos, acaban convirtiéndose en emblemáticos por diversas circunstancias. Este fue el caso de la cinta pornográfica Garganta profunda (1972) de Gerard Damiano que, pese a que en un principio no llamó demasiado la atención, rápidamente se convertiría en todo un estandarte del movimiento de liberación sexual. El gobierno de Nixon intentó por todos los medios prohibir su exhibición en cines, logrando el efecto contrario, ya que el público acudió en masa a ver la película, considerada la más rentable de la historia al costar 25.000 dólares y recaudar 600 millones hasta el día de hoy. Rompió muchos tabúes y prejuicios en su época, lo que suponiendo un duro golpe contra la censura y el sector más conservador de la sociedad. La delirante historia de una chica sexualmente frustrada que descubre que tiene el clítoris en la garganta convirtió en fugaz estrella a su protagonista femenina, Linda Lovelace, que destacó por sus habilidades felatorias. En 2005, el excelente documental Dentro de Garganta profunda nos ofreció una detallada visión del impacto de aquel éxito en la América de los 70. Pero no es oro todo lo que reluce y en 1980, Linda publicó una controvertida autobiografía en donde descubría la auténtica pesadilla en la que se vio sumergida durante aquellos años, donde fue una mujer maltratada, violada, obligada a prostituirse y a hacer películas pornográficas. La persona que la sometió a tal explotación fue Chuck Traynor, un violento pornógrafo con el que se casó siendo muy joven. La propia actriz manifestó que le parecía una auténtica vergüenza que Garganta profunda continuara en el mercado cuando ella realizó el trabajo prácticamente con una pistola apuntando a su cabeza. La tormentosa relación entre Linda y Chuck es la base principal de Lovelace (2013), biopic que le supone a la talentosa Amanda Seyfried un auténtico reto interpretativo después de superar con buena nota su incursión en el género musical en Los miserables (2012).

    por José Martín León
    agosto 26, 2013

    Crítica | Lovelace

    por José Martín León | agosto 26, 2013

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