LA SOLEDAD COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES
crítica de Camille Claudel 1915 | Bruno Dumont, 2013
Aquellos familiarizados con el cine de Bruno Dumont no podrán más que sentirse sorprendidos ante su última película. Aunque encontramos algunas de sus marcas de fábrica (los larguísimos silencios, los paisajes exquisitamente filmados), Camille Claudel 1915 parece, a priori, en las antípodas de cintas como Twentynine Palms (2003) o Hors Satan (2011). En realidad, y aunque sí contiene notables diferencias en la forma, en el fondo esta sigue siendo una película Dumont. Quien busque ver un biopic al uso sobre el personaje titular, mejor que opte por la película dirigida en 1988 por otro Bruno, en este caso Bruno Nuytten, y protagonizada por Isabelle Adjani (que fue nominada al Oscar por su trabajo) y Gérard Depardieu. Camille Claudel 1915 es otra cosa.
La película de Dumont nos conduce por unos cuantos días de la vida de Camille Claudel (Juliette Binoche) en 1915, mientras espera que su hermano Paul (Jean-Luc Vincent) la visite en su encierro en el manicomio de Montdevergues, en el sur de Francia. Para entonces, la genial escultora, otrora alumna, colaboradora y amante de Auguste Rodin, llevaba ya dos años internada por decisión de su madre y su hermano; jamás volvería a salir de su encierro, a pesar de que fueron varios los médicos que consideraron que podía valerse por sí misma, y, por supuesto, nunca volvió a esculpir. Paul Claudel, célebre poeta, diplomático del gobierno francés y devoto católico, se ocupó de buscar un lugar seguro donde enterrar a su conflictiva hermana en el olvido. Y ese es, precisamente, el tema principal de la película: el olvido, el abandono, la soledad. El cine ha retratado la soledad de muchas formas. En manos de Bruno Dumont, ésta es elevada a la categoría de arte, un arte terrible, doloroso, y, la mayoría de las veces, insoportable por su crudeza. Todo en la dirección de Dumont está enfocado a hacernos sentir el horrible vacío que supuso la vida de Camille Claudel durante sus treinta años de encierro, entre locos y disminuídos psíquicos, sin apenas visitas de su familia o amigos, y sin nadie con quien poder mantener siquiera una conversación normal. Sin nada que hacer salvo vagar por los pasillos de un lugar poco menos que muerto. La única banda sonora de la película son los sonidos de ambiente, lo que en la mayoría de los casos supone los gritos y lamentos constantes de los internos. La fotografía de Guillaume Deffontaines es inmisericorde: no disimula, ni embellece, a nada ni nadie. Las situaciones y los personajes se nos muestran en toda su descarnada crudeza, hasta el punto de querer cerrar los ojos en alguna que otra ocasión. Para que todo encaje en el tono naturalista de la película, Dumont no ha utilizado actores profesionales para interpretar a los internos, sino discapacitados psíquicos reales, que acentúan el contraste con Camille Claudel como alguien que no está loco, si bien es profundamente inestable (¿y quién no lo sería en semejante situación?).