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    Crítica | Lovelace

    Lovelace

    EL PROFUNDO CALVARIO DE LINDA BOREMAN

    crítica de Lovelace | Rob Epstein, Jeffrey Friedman, 2013

    No solo de obras maestras se construye la historia del cine. En ocasiones, aparecen títulos que, independientemente de sus valores estrictamente cinematográficos, acaban convirtiéndose en emblemáticos por diversas circunstancias. Este fue el caso de la cinta pornográfica Garganta profunda (1972) de Gerard Damiano que, pese a que en un principio no llamó demasiado la atención, rápidamente se convertiría en todo un estandarte del movimiento de liberación sexual. El gobierno de Nixon intentó por todos los medios prohibir su exhibición en cines, logrando el efecto contrario, ya que el público acudió en masa a ver la película, considerada la más rentable de la historia al costar 25.000 dólares y recaudar 600 millones hasta el día de hoy. Rompió muchos tabúes y prejuicios en su época, lo que suponiendo un duro golpe contra la censura y el sector más conservador de la sociedad. La delirante historia de una chica sexualmente frustrada que descubre que tiene el clítoris en la garganta convirtió en fugaz estrella a su protagonista femenina, Linda Lovelace, que destacó por sus habilidades felatorias. En 2005, el excelente documental Dentro de Garganta profunda nos ofreció una detallada visión del impacto de aquel éxito en la América de los 70. Pero no es oro todo lo que reluce y en 1980, Linda publicó una controvertida autobiografía en donde descubría la auténtica pesadilla en la que se vio sumergida durante aquellos años, donde fue una mujer maltratada, violada, obligada a prostituirse y a hacer películas pornográficas. La persona que la sometió a tal explotación fue Chuck Traynor, un violento pornógrafo con el que se casó siendo muy joven. La propia actriz manifestó que le parecía una auténtica vergüenza que Garganta profunda continuara en el mercado cuando ella realizó el trabajo prácticamente con una pistola apuntando a su cabeza. La tormentosa relación entre Linda y Chuck es la base principal de Lovelace (2013), biopic que le supone a la talentosa Amanda Seyfried un auténtico reto interpretativo después de superar con buena nota su incursión en el género musical en Los miserables (2012).

    Lovelace

    La película comienza en la etapa de juventud de una Linda Boreman en casa de sus ultraconservadores padres (excelentes Sharon Stone y Robert Patrick), el inicio del romance con un Chuck que promete cuidarla como a una princesa y la entrada en el negocio del porno con el bombazo de Garganta profunda. La primera mitad del filme muestra la imagen más superficial y feliz de los hechos –dinero, popularidad, fiestas en las que Linda se codea con las grandes celebridades de Hollywood, portadas en las revistas más conocidas de la época, el merchandising alrededor de Garganta profunda–, pero es en el segundo tramo cuando se profundiza en la trastienda del éxito para desvelar que la llegada al estrellato de Linda Lovelace (su nombre artístico) no fue precisamente un camino de rosas, sino una manera forzada de intentar pagar las cuantiosas deudas económicas de su esposo. Por ironías de la vida, pese a que Garganta profunda enriqueció a los productores, tan solo 1.200 dólares fueron a parar a los bolsillos de Chuck, que controlaba íntegramente las ganancias de su mujer. Los directores Rob Epstein y Jeffrey Friedman ya habían sorprendido gratamente en 2010 con otra biografía filmada, la del poeta Allen Ginsberg en Howl. Para Lovelace buscaron a una protagonista que supiera actuar y no tuviera reparos en aparecer desnuda en bastantes escenas. Sin duda, la elección de Amanda Seyfried no puso ser más acertada, resultando igualmente creíble en sus años de adolescente y en los de su etapa adulta. Al igual que hiciera Michelle Williams en Mi semana con Marilyn (2011), la actriz logra transmitir toda la vulnerabilidad que se esconde tras la estrella, desmitificándola y despojándola de cualquier atisbo de falso glamour. Peter Sarsgaard, al que ya sabemos que se le dan estupendamente los papeles oscuros y violentos, está igualmente sublime en su retrato de Chuck, un tipo que acumula todos los vicios y defectos imaginables (alcohólico, drogadicto, maltratador, deudor). La química entre Seyfried y Saarsgard es pantalla es electrizante y ambos tienen serias posibilidades de ser tenidos en cuenta en la temporada de premios que está por venir. Pese a tratarse de una cinta independiente de escaso presupuesto, Lovelace puede presumir de tener un reparto de auténtico lujo, totalmente entregado a la causa de resucitar a la variopinta fauna de personajes que rodearon a los protagonistas. Pocas veces veremos a una Sharon Stone tan despojada de su belleza como poderosamente dramática, en un intento muy loable de demostrar ser mucho más que el icono sexual de Instinto básico (1992).

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    Tratándose de una película que muestra los entresijos del negocio del porno en los 70 y los oscuros caminos hacia el estrellato, las comparaciones con Boogie Nights (1997) son inevitables. Por desgracia, los realizadores no poseen la fuerza visual y el genio de Paul Thomas Anderson y, a pesar de su esforzada ambientación, Lovelace transmite en más de un momento cierto tufillo a telefilme de sobremesa. De hecho, es la presencia de grandes estrellas en su reparto lo que le otorga un carácter más distinguido. Pese a toda la publicidad engañosa que envolvió al rodaje de la película, sus responsables se han quedado finalmente cortos a la hora de ofrecer una obra polémica o explícita. Para el espectador que espere encontrar carne en la película, cabe avisar de que hay poco sexo y tan solo Amanda Seyfried muestra sus pechos en un par de escenas bastante ligeras. Inteligentemente, el filme ha optado por incidir en la faceta humana del personaje de Linda, en su complicado matrimonio marcado por los constantes abusos, en la difícil relación con unos padres que le inculcaron una educación severamente religiosa y en sus intentos por escapar del porno, un mundo que nunca le gustó y al que atacaría con ferocidad en su posterior faceta de feminista radical. Funciona considerablemente bien como biografía, pese a pecar de cierta ligereza como visión de una época en la que el sexo, las drogas y las fiestas eran la antesala para lograr el ascenso meteórico hacia la fama. En este sentido, su estética rutinaria y su cobardía para transgredir la acercan más a los terrenos de la también fallida 54 (1998) que de la obra maestra Boogie Nights. Lo que queda es un sentido homenaje al personaje que describe y una necesaria denuncia del calvario que tuvo que sufrir para que millones de personas pudieran disfrutar de Garganta profunda, uno de los clásicos más bizarros e insospechadamente divertidos del cine para adultos. ★★★★★

    José Antonio Martín.
    crítico de cine.

    Estados Unidos. 2013. Título original: Lovelace. Directores: Rob Epstein, Jeffrey Friedman. Guión: W. Merritt Johnson, Andy Bellin. Productora: Animus Films/ Eclectic Pictures/ Millennium Films. Localización principal: California. Presupuesto: 10.000.000 dólares. Recaudación en USA: 317.442 dólares. Fotografía: Eric Alan Edwards. Música: Stephen Trask. Montaje: Robert Dalva, Matt Landon. Intérpretes: Amanda Seyfried, Peter Sarsgaard, Sharon Stone, Robert Patrick, Juno Temple, Chris Noth, Bobby Cannavale, Hank Azaria, Adam Brody, Chloë Sevigny, James Franco, Debi Mazar, Wes Bentley, Eric Roberts, LisaGay Hamilton. Presentación oficial: Sundance 2013 premieres.

    Lovelace póster
    Cuando fuimos brujas

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