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    Sebastián Lelio
    Sebastián Lelio
    || Críticas | Cannes 2025 | ★★★★☆
    La ola
    Sebastián Lelio
    Conseguir una nota, entonar un lamento


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Chile, España, 2025. Título original: «La ola». Dirección y guion: Sebastián Lelio. Compañías: Fábula, Fabula Chile AIE, Need Productions. Festival de presentación: Festival de Cannes 2025 (Competición Oficial). Distribución en España: [Información no disponible]. Fotografía: Sofía Oggioni. Montaje: Soledad Salfate. Música: Matthew Herbert. Reparto: Una Kiriké, Juan Carlos Maldonado, Maribel Verdú, Alfredo Castro, Dolores Fonzi. Duración: 107 minutos.

    La sociología distingue en el feminismo varías olas, empezando con el feminismo liberal y el movimiento sufragista de principios del siglo XX, para seguir luego con el feminismo socialista y radical, hasta nuevas tendencias integradoras en la igualdad de género. Todas las olas o corrientes, sin embargo, tienen en común una misma reivindicación: el de los derechos de las mujeres, que conforman la mitad de la población y por tanto tienen condiciones muy distintas, pero todas comparten el sufrir una discriminación histórica simplemente por el hecho de ser mujer. Hoy en día se ha avanzado mucho para su equiparación con los hombres, pero en cualquier país, más en unos que en otros como es evidente, sigue habiendo desigualdades, ya sean institucionales, económicas, sociales, culturales o puramente domésticas. Por ceñir más el foco, en América Latina y en concreto en Chile encontramos una sociedad bastante avanzada en esta materia, y más si nos referimos a las mujeres jóvenes, a las estudiantes con formación, pues la discriminación, en cualquier lugar, suele endurecerse con las personas mayores y con menos recursos. Pues bien, en la universidad de Santiago en 2018 tuvo lugar una gran revuelta femenina y reivindicativa, cuyas protagonistas casi sin excepción habían sufrido algún comportamiento machista, llegando al abuso o agresión, y cuyo ímpetu les permitió alzar la voz contra estos hechos y concienciar en mayor medida a su sociedad para erradicarlos.

    El cineasta chileno Sebastián Lelio, ya con extenso recorrido festivalero, vuelve a Cannes para presentar una película inspirada en dicho acontecimiento, titulada oportunamente La ola. Esta ola, circunscrita a un lugar y un estrato social determinados, puede abarcar sin embargo casi todas las corrientes del feminismo, pues entre las mujeres implicadas sigue habiendo diferencias de condición y pensamiento. Dicho de otra manera, su edad y entorno comunes no son óbice para que cada una asuma una personalidad propia, que en el trato y consideración con el sexo opuesto genera conflictos únicos. La protagonista, en este sentido, parece algo disociada de sus compañeras, a priori reacia a involucrarse en sus peticiones y protestas, aunque pronto se mete de lleno en ellas no por voluntad sino por naturaleza o inconsciencia. Este giro se revela con un temprano interludio musical, género que en efecto trasciende la imagen que damos ante los demás para revelar su lado oculto, desahogado y catártico.

    Cuando uno canta puede comunicar lo que siente de una manera en que sería incapaz mediante una conversación cualquiera, por lo que recurrir al musical para dar voz a las víctimas de violencia de género resulta, pese al desconcierto inicial, oportuno y consecuente, lo que aquí se justifica además por la carrera de música que cursa la protagonista. De hecho, la película solo entra de lleno en el musical en su última parte, cuando el personaje principal toma también la delantera en la protesta, atando los cabos sueltos del metraje anterior (algo errático, todo sea dicho) con desaforado virtuosismo, incluido un paréntesis metalingüista que exime al propio director de simplificación en el mensaje. Pero el tratarse de un musical también motivaría este acercamiento algo sintético en el delicado tema, incluso anticuado, lo que en cualquier caso no está reñido con la profundidad de lo narrado. Esto tiene además una correspondencia siempre elevada a nivel técnico (la planificación y el montaje son intachables) quedado un conjunto llamativo, ambicioso, algo cuestionable pero efectivo y con escenas muy memorables, que serán al fin y al cabo lo que más recordaremos… por supuesto junto con el calado de una denuncia que nunca puede olvidarse si se quieren cambiar las cosas. ♦


    por Ignacio Navarro
    mayo 19, 2025

    Crítica | La ola, de Sebastián Lelio [Cannes 2025]

    por Ignacio Navarro | mayo 19, 2025
    || Críticas | Netflix | ★★★★☆
    El prodigio
    Sebastián Lelio
    El lugar es la fuente de toda historia


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    ficha técnica:
    Irlanda, 2022. Título original: The Wonder. Director: Sebastián Lelio. Guion: Alice Birch, Sebastián Lelio, novela Emma Donoghue. Productores: Len Blavatnik, Danny Cohen, Emma Donoghue, Ed Guiney, Juliette Howell, Andrwe Lowe. Productoras: Element Pictures, LSG Productions, House Productions. Distribuida por Netflix. Fotografía: Ari Wegner. Música: Matthew Herbert. Montaje: Kristina Hetherington. Dirección arte: Til Frohlich. Diseño de Vestuario: Odile Dicks-Mireaux Reparto: Florence Pugh, Niamh Algar, Kila Lord Cassidy, Toby Jones, Ciaran Hinds, Tom Burke, Ruth Bradley, Dermot Crowley.

    Las montañas rocosas arrugan su manto para comprimir el paisaje, los cielos albergan testimonios de lúgubres e inhóspitos caminos de barro. Polvo, arena, suelo, regiones, naciones y mundos manchados de sudor y sangre. El prodigio, última película de Sebastián Lelio, marca de manera sinuosa el trayecto de un paisaje desolador, como motor de una ficción mutable, ficción fuera de cualquier contexto histórico, fuera de tiempo y de etiquetas. De esta historia de soledad, que adopta el tono confesional de una mujer de ciencia, pasamos a la historia de una fe inquebrantable en los paisajes que nos habitan. El director chileno construye su obra a través de una continua interpelación al espectador, cediendo a los mecanismos de ficción del relato cinematográfico. Por eso no es de extrañar que su película abra con la desnudez de los escenarios e interiores en los que transcurre la historia. Un bello ejercicio de metaficción calibrado en las distancias precisas para dominar el cine. Lelio nunca invade a sus heroínas y protagonistas, acierta al no irrumpir en su espacio vital colocando la cámara en proporción a la mirada del espectador. El autor, demiurgo y orador omnisciente, maneja los hilos de un escenario global muy acorde con las teorías dramatúrgicas de Bertolt Brecht. Sin confundir realidad con ficción la cámara se asoma en escorzos hacia el cosmos de una fantasía de apariencia sobrenatural.

    El prodigio recurre al western como elemento de desgarro y de naturaleza fabulesca. La enfermera Lib (Florence Pugh) viaja en barco desde Inglaterra rumbo a una pequeña y devota comunidad de las Midlands irlandesas. Lib reemplaza o sustituye a la forastera recién llegada; el cuerpo extraño sometido a las fauces, garras y miradas recelosas de los habitantes pertenecientes a esa comunidad. Las panorámicas persiguen a la actriz filmadas de frente evitando imágenes escorzos. El intenso azul de su vestido, atuendo o disfraz de toda una heroína, brota y se alza sobre los colores ocres de la tierra. Que la primera toma de contacto en el pueblo sea en una cantina corresponde, sin duda, a los tropos y arquetipos característicos del cine western. ¿Por qué un western? Porque todo lo es, porque es un modelo cultural que trasciende los límites de la ficción. Porque como dijo John Ford, «la cosa descrita con más cuidado en un western es el lugar», y en el cine de Ford «el lugar» es la verdadera estrella de sus películas. Lelio pinta con el pincel de su cámara ese deseo de lugar icónico y extraordinario. Un western telúrico, de entrañas escalofriantes con el trasfondo de la Gran Hambruna irlandesa, un cuento macabro sobre las fantasmagorías del paisaje. Un horror suspendido en el aire. Compete al realizador intercambiar los roles del género en función del carácter feminista del relato. Lib es la viva imagen heroica de aquellos míticos westerns de Alan Ladd o John Wayne. Una nueva interpretación de Raíces profundas (Shane, 1953) en donde la niña (excelente Kila Lord Cassidy), es un reflejo espectral, un rayo que no cesa en el cuerpo de la enfermera. La relación niña mujer tiene todo ese repertorio de cine de aventuras, de época, de viajes iniciáticos y legendarios, en armonía con la naturaleza. Las diversas alegorías fantasmales, que acercan la obra más al western gótico de El jinete pálido (Pale Rider, 1985), cierran el círculo de un bellísimo estudio de paisajes, cambiando los escenarios estadounidenses por otros y jugando con todas y cada una de las tradiciones que surgen de sus historias. Una mujer que mediante su presencia orgánica va imponiéndose a las inclemencias del paisaje y de los hombres que ansían dominar y poseer su cuerpo. Una masculinidad tóxica, de tonos grises y oscuridad manifiesta, retratados como verdugos y víctimas de herméticos ideales.

    La transmisión de almas de la niña con la de la enfermera subraya la perfecta comunión entre las mujeres. Ambas están conectadas con el paisaje, decididas a emprender un viaje hacia el fin del mundo. Esas energías dan sentido místico, espiritual, a la película moviéndose siempre en una balanza de equilibrios. Véase por ejemplo la escena del pozo sagrado, lugar donde todo muere y renace, de una seminal importancia en el desenlace de la historia. En algunas escenas Lelio seduce con chispazos de belleza medieval, de paroxismo nigromante, como en la elegante transición que funde las montañas con el cuerpo de la niña dormida y Lib, diminuta, se va perdiendo en la inmensidad oculta del plano. Un encadenado hermoso que denota el gusto del director por el clasicismo, siendo El prodigio quizás su obra más tradicional en ese aspecto, una obra condicionada por parámetros visuales y estéticos tremendamente melancólicos. Otra de las mayores virtudes de El prodigio reside en el logradísimo trabajo de fotografía e iluminación de la australiana Ari Wegner. Encuadres pictóricos de mínimos detalles y cuidada selección de espacios y fondos. Un hipnótico estudio de luces y sombras, con técnicas de claroscuros dignas del mejor Caravaggio y una representación de atmósferas vampíricas y misteriosas. El efluvio, vaho de sus imágenes, irrigan una luz que desea escapar de los marcos del encuadre, sensación cargada de lúgubres presentimientos. La luz y puesta en forma de un dispositivo mágico de reminiscencias platónicas que en verdad podría erigirse como el verdadero prodigio de la película. Una proyección trucada, turbia y confusa frontera con los fantasmas de nuestro mundo. La alquimia soñadora de Wegner danza al unísono de la inteligente música de Mathew Herbert. Sonidos tribales, muy primitivos de arraigos espirituales. La banda sonora saca partido de sonoridades inquietantes y minimalistas, notas punzantes que anteponen la duda a los designios de la fe. Toda la película está sujeta a la supervivencia de lo diegético, una cosmogonía de mundos temblorosos en constante expansión.

    El director de Una mujer fantástica se basa en la novela de Emma Donoghue pero modela el texto al arbitrio del gran contador de historias. Un narrador que toma la palabra a través de sus personajes de ficción, dispuestos en la escena para dar cuenta de ello. Esa idea vinculada al acto puro de narrar es lo que más me gusta e interesa de El prodigio. Lelio no escatima en dejar claras las directrices de su cine. Un relato de intriga, manejado con sutil pasión. Podemos achacarle cierta disonancia, o ruptura con sus primeras obras, más enérgicas y arrolladoras pero en definitiva estamos ante un ejemplo de autentico cine narratológico. Las imágenes codificadas tienen esa premura por lo ilusorio e imaginario. Cosas muy sencillas de engarce globalitario (las tensiones político sociales de nuestro tiempo). Incluso podríamos hallar paralelismos lejanos y tímidas citas con el cine de Bresson, esa inclinación por la redención y el dolor de sus actores, o de otros cineastas europeos la necesidad de ahondar en el martirio del arte (Lars Von Trier). Lo rural encaja como un guante en esa forma indirecta de remitir a lo ancestral, lo mitológico. Se trata de comparecer ante el formato, una especie de renacimiento del cine condenado a vagar por las plataformas de streaming. El prodigio es una bonita y extraña paradoja con ecos de pasado, presente y futuro que aflora, tranquila, sinuosa, entre las desbaratadas ruinas de Netflix.

    por David Tejero Nogales
    noviembre 29, 2022

    Crítica | El prodigio

    por David Tejero Nogales | noviembre 29, 2022

    Calling Gloria

    Crítica ★★★★☆ de «Gloria Bell», de Sebastián Lelio.

    Estados Unidos, 2018. Director: Sebastián Lelio. Guion: Sebastián Lelio, Alice Johnson Boher. Productora: FilmNation Entertainment / Fábula. Productores; Juan de Dios Larraín, Pablo Larraín, Sebastián Lelio. Música: Matthew Herbert. Fotografía: Natasha Braier. Montaje: Soledad Salfate. Diseño de producción: Shannon Walsh. Vestuario: Stacey Battat. Reparto: Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Jeanne Tripplehorn, Sean Astin, Caren Pistorius, Brad Garrett, Rita Wilson, Holland Taylor, Alanna Ubach. Barbara Sukowa. Duración: 102 minutos.

    Cuando conocemos a Gloria Bell, nos la encontramos en la barra de una discoteca con una copa en la mano, el contagioso ritmo de la música disco en los pies y el corazón en la manga. La cámara se abre paso lentamente entre los movimientos de cuerpos que bailan al ritmo de Can Never Say Goodbye de Gloria Gaynor (en una discoteca que ha hecho del “los cincuenta son los nuevos cuarenta” un modelo de negocio), esquivándolos sigilosamente hasta llegar a ella. Gloria, por ahora una completa desconocida, todavía está de espaldas, pero apenas necesita girarse para inundar la pantalla con la calidez que solo poseen esas personas que conoces de toda la vida. Esta mujer en concreto tiene la cara de Julianne Moore, pero hay algo en la naturalidad casual con la que su mirada deambula por la pista de baile mientras sorbe su Martini que hace que al mismo tiempo pudiera ser cualquiera (tu madre, tu vecina, tu profesora del instituto, Paulina García). La observamos mientras busca algo (o a alguien, mejor dicho, que sustituya a ese algo): un destello de familiaridad en un par de ojos que dé sentido a su noche, una excusa para no bailar September de Earth Wind and Fire sola. Pero, a la vez que nos preguntamos qué es ese algo, nos damos cuenta de que en realidad ya lo sabemos. Puede que no conozcamos a Gloria todavía, pero sabemos exactamente quién es. Podemos intuir su divorcio, su rutina diaria en la oficina (la misma desde hace años) y su soledad al volver a casa, que nunca llega a ser tan triste como para adoptar un gato pero tampoco lo bastante gratificante como para no echar de menos dormir al lado de alguien. Podemos intuir también las clases de yoga, los ocasionales almuerzos caros de Los Ángeles y su constante intención de dejar de fumar. Y todo será cierto sobre Gloria, una mujer que, según descubriremos, trabaja en una compañía de seguros, se divorció hace once años y es incapaz de soportar que un gato sin pelo se cuele misteriosamente en su casa. Porque Gloria no es, bajo ninguna circunstancia, una mujer excepcional. Pero si algo ha demostrado Sebastián Lelio con su cine es que eso nunca va reñido con ser una mujer fantástica.

    El chileno ha exhibido cierta predilección por estudiar personajes no tanto a partir de sus decisiones ante los nudos argumentales de sus películas, sino más bien a través de las emociones que estos les provocan. Pero en Gloria Bell, Lelio lo lleva al extremo de invertir la dinámica: aquí son las emociones de Gloria las que estimulan esos sucesos. Las que crean la narrativa. En vez de contar una historia, Lelio prefiere facturar un mosaico de lugares comunes, de pequeños momentos triviales pero entrañablemente íntimos que esbozan un pasado y en algunos casos insinúan un futuro; momentos mucho más centrados en construir un personaje que un presente. Las escenas cantando a Olivia Newton-John a todo volumen en el coche, practicando risoterapia o simplemente lavando ropa interior en el lavabo (en esta secuencia, además, Gloria se quita un pelo de la barbilla mientras baila mirándose al espejo, un detalle que de tan irrelevante en el contexto de una vida se convierte en profundamente revelador) nos cuentan más que suficiente para entender el día a día de una mujer que está en ese punto de la madurez en el que aparece la inevitable pregunta: ¿y ahora qué?

    Lelio trata de dar la respuesta a través de la relación que Gloria mantiene con el personaje de John Turturro, más un desencadenante que una tesela de ese mosaico. Con cada escena vemos cómo Gloria no para de cuestionarse, conscientemente o no, su propia dignidad, su actitud frente a la vida y lo que quiere sacar de ella. La película no lo plantea de una manera definitiva o trascendente, sino como algo más cercano a un continuum evolutivo. El tiempo que pasamos con Gloria no supone un antes y un después en su vida. Es parte de un proceso mucho más amplio. De años de experiencias. De miles de historias. Por eso existe algo de lo más reconfortante, en ocasiones casi conmovedor, en la sinceridad con la que Gloria se enfrenta a todo ello. Su sonrisa luminosa y su potente y cantarina carcajada (Moore, literal y metafóricamente, está brillante), resultan muy contagiosas desde el primer momento, y todas las que las siguen solo refuerzan esa primera impresión. Ya sea porque su hija le da la enhorabuena por lo bien que está haciendo yoga, porque se está fumando un porro o porque acierta en una diana. Todas ellas sirven para construir una relación con el personaje que hace que el mayor mérito de la película acabe siendo la facilidad con la que consigue que te dejes llevar por el viaje de Gloria. Y lo mucho que merece la pena hacerlo.

    por EAM
    junio 09, 2019

    Crítica | Gloria Bell

    por EAM | junio 09, 2019

    La heterodoxia frente a la ortodoxia

    Crítica ★★★ de Disobedience (Sebastián Lelio, 2017).

    Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos. 2017. Presentación: Festival de Toronto. Dirección: Sebastián Lelio. Guion: Sebastián Lelio y Rebecca Lenkiewicz (basado en la novela de Naomi Alderman). Productoras: Braven Films / Element Pictures / Film 4 / Stage 6 Films. Fotografía: Danny Cohen. Montaje: Nathan Nugent. Música: Matthew Herbert. Diseño de producción: Sarah Finlay. Dirección artística: Jimena Azula y Bobbie Cousins. Vestuario: Odile Dicks-Mireaux. Reparto: Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola, Allan Corduner, Bernice Stegers, Anton Lesser. Duración: 114 minutos.

    Antes de ganar el Oscar hace unos meses, y hacerse con el mayor reconocimiento que ello conlleva, el chileno Sebastián Lelio presentó el año pasado en el festival de Toronto Disobedience. Adaptada de la apreciada novela de Naomi Alderman, con el reclamo añadido de un reparto capitaneado por Rachel Weisz y Rachel McAdams, la cinta no causó entonces demasiado eco, y como otras muchas que tienen su premiere en el certamen canadiense, ha tenido que retrasar hasta ahora su estreno. Sin embargo en este caso la maniobra de la distribuidora ha sido afortunada, pues la mayor publicidad de su director desde marzo jugaría a favor de una película que, además, se disfruta en mayor medida, o al menos desde un punto de vista más analítico, si el espectador la enmarca en la reciente filmografía de Lelio. Sus tres últimos filmes, que son los que le han dado fama creciente, se han caracterizado por ser protagonizados por mujeres que desafían las convenciones, moviéndose en las pautas del melodrama pero huyendo de sus cánones clásicos y buscando cierta reformulación estética y ética. Si nos fijamos en los estados identificativos de la persona, en Gloria (2013) el cambio de parámetro tendría como foco la edad, en Una mujer fantástica (2017) el género, en Disobedience la orientación sexual, y en el remake de Gloria que está ahora en posproducción, con Julianne Moore sustituyendo a Paulina García, se cerraría el círculo con un nuevo enfoque generacional.

    En la historia que aquí nos ocupa, conocemos a Ronit Krushka (Weisz), cuyos nombre y apellido dejan patentes sus raíces judías, aunque hace tiempo que ha abandonado su comunidad religiosa de origen para asentarse en Nueva York y trabajar como fotógrafa independiente. El fallecimiento de su padre rabino la obliga a regresar a su Londres natal, donde los discípulos de la sinagoga se mueven confusos tras la pérdida de su líder espiritual, en particular uno de sus más fieles seguidores, Dovid Kuperman (Alessandro Nivola), amigo de la infancia de Ronit. En cualquier caso ésta lleva tanto tiempo desconectada de este microcosmos que ha ignorado su desarrollo personal, desde la enfermedad de su padre hasta el matrimonio de Dovid con otra íntima amiga, Esti Kuperman (McAdams). Ambas mantuvieron en su juventud una relación que fue la que motivó el ostracismo de Ronit y el enlace forzoso de Esti, circunstancia que al parecer todos conocen pero deciden ocultar bajo un ropaje tanto material (véanse las pelucas que deben portar las mujeres o los rituales que preceden a la comida o al funeral) como psicológico (sobre todo ligado a las palabras que se deben pronunciar y las que en todo caso se deben omitir). La sucesión de pautas y códigos prácticamente anula la libertad de elección y de esta manera difumina a cada individuo en una masa común en la que por definición se pierden las singularidades que pueda tener cada uno.

    por Ignacio Navarro
    mayo 30, 2018

    Crítica | Disobedience

    por Ignacio Navarro | mayo 30, 2018

    Avanzar a contraviento

    Crítica ★★★★ de Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, Chile, 2017).

    Tras su presentación oficial en el Festival Internacional de Cine de Berlín el pasado mes de febrero, Sebastián Lelio apuntaba que Marina, protagonista de Una mujer fantástica, «está totalmente preparada para el mundo, pero el mundo no está preparado para ella». Bien podría servir esta afirmación para condensar la paradoja a la que se enfrenta esta mujer, que es también la encrucijada en la que se encontraba la Gloria interpretada por Paulina García en su anterior película. Se trata de dos mujeres que tanto en alma como en cuerpo se han reafirmado en su libertad como individuos, pero que la sociedad rechaza desde una posición conservadora inamovible. Es justo la metáfora visual que utiliza Lelio en un momento del filme, en el que una ventolera huracanada impide a Marina continuar avanzando por la calle, que lucha por continuar erguida paso a paso. Si en la excelente Gloria el director chileno se recreaba más en la intimidad de esa mujer madura y sus andanzas en busca de la felicidad tal y como ella la entendía, en Una mujer fantástica hace más patente la vertiente social y onírica de esta lucha en la piel de una joven transexual. Y lo hace, ante todo, sin perder de vista esos elementos más íntimos que definen la titánica lucha de Marina. En la búsqueda de su rostro en los espejos se ejemplifican las distintas capas discursivas que explora. En cada reflejo de sí misma que escruta, en cada mirada que se lanza, Marina intenta descifrarse, entenderse, quererse, hacerse fuerte. Ya sea al final del día tras darse un baño y colocar un pequeño espejo circular en el pubis o al cruzarse en plena calle con un enorme espejo. Desde el espacio más íntimo y seguro hasta el más abierto y desprotegido, en cualquier lugar surge esa necesidad de mirarse, de fortalecer el convencimiento de que una es la que es le pese a quien le pese. Pero es difícil esquivar el insulto y mantener la frente alta; es difícil correr a contraviento.

    Como decíamos, Lelio vuelve a escoger a un personaje femenino puesto contra las cuerdas. Así, nos presenta a Marina, una mujer a quien la vida le cambia la noche en que su pareja, 20 años mayor que ella, fallece en sus brazos tras una noche de fiesta. A partir de ese momento, Marina se enzarza en una lucha constante contra los prejuicios y la legalidad de una sociedad que le cierra todas las puertas negando cualquier atisbo de empatía, dispuesta a noquearla. Más aún cuando lo que pretende Marina (interpretada de manera magistral por Daniela Vega, un descubrimiento que rebosa al mismo tiempo fuerza y fragilidad) es despedirse de la persona a la que ha amado durante el último año. La familia de Orlando la margina e insulta. La burocracia alimenta su maquinaria para señalar al individuo más débil y anularlo. Los miedos de toda una sociedad, fruto del desconocimiento, alimentan el odio hacia lo que se nos aparece como diferente, extraño, nuevo. La intransigencia campa a sus anchas. Pero Marina siempre busca la forma de que los problemas no le afecten, de saltar por la ventana y salir volando, de mirar hacia adelante, al fin y al cabo.

    por Anónimo
    octubre 16, 2017

    Crítica | Una mujer fantástica

    por Anónimo | octubre 16, 2017
    Una mujer fantástica

    La flor en el pedregal

    Crónica de la cuarta jornada de la 67ª edición del Festival de Berlín.

    Estaba cundiendo el desánimo entre la prensa acreditada ante el bajo nivel de todas las secciones de esta edición de la Berlinale. Todo ello, junto a una ola de frío que encarcela sin remisión al visitante, había convertido la experiencia de esta entrega en poco satisfactoria en sus primeros días. Era una cuestión de tiempo que brotaran las primeras flores en tan árido panorama. Y la primera ha llegado al cuarto día. Hablamos de la honesta y sensible Una mujer maravillosa, el retorno del director chileno Sebastián Lelio a la ciudad que le vio nacer artísticamente. Es probable que su nuevo filme no alcance las cotas de Gloria (2013), pero sí conquista gracias a un precioso retrato sobre la transexualidad y la liberación que debe ser protagonista durante el resto del año. Por lo pronto, Sony Pictures Classics ha adquirido sus derechos –con la mediación de sus productores: Maren Ade y Pablo Larraín, casi nada— pensando en una posible entrada en la Oscar Race. La polaca Spoor, su compañera del día en la sección oficial, sin embargo, representa el lado opuesto y la constante en el certamen: indefinición narrativa y excentricidad envueltas en una fotografía sobresaliente. Agnieszka Holland, que regresaba a su país natal tras una temporada en Estados Unidos, ha intentado sin demasiada suerte proponer un alegato animalista que a medida que van pasando los minutos se ahoga en un sinsentido. Otra decepción más al zurrón. Por la tarde, asistimos una bonita sorpresa en forma de documental. From the Balcony es casi un vídeo de comunión que intercala piezas fílmicas notables. El noruego Ole Giæver, creador de la estupenda Mot Naturen (2014), vuelve a dirigir e interpretar un episodio biográfico. En esta ocasión, con un repaso vital que sirve de delineación del tránsito desde la juventud a la adultez. En él hay hueco para la paternidad, la inseguridad, las relaciones interpersonales y la mortalidad. Todo ofrecido con tacto pese a su modesto envoltorio. No cambiará el mundo pero sí ha endulzado a una Berlinale sin demasiados asideros.

    por EAM
    febrero 13, 2017

    Berlinale 2017 | Día 4. Críticas: Spoor, Una mujer fantástica, From the balcony, Rifle, Viceroy's house, Casting JonBenet

    por EAM | febrero 13, 2017
    Sebastián Lelio

    fecha| 23 de septiembre, San Sebastián 2013
    entrevista| Ignacio Navarro
    texto| Emilio Luna.

    Gloria, es una de las sensaciones del año. Tras su brillante acogida en Berlín, se convirtió en una de las películas favoritas del público de San Sebastián. Entrevistamos a Sebastián Lelio y Paulina García, los grandes responsables del éxito de un filme que representará a Chile en los Oscar.


    ■ Estando aquí el año pasado en Cine en Construcción, ¿cómo le ayudó? ¿Qué le faltaba de terminar en la película? ¿Cómo fue el proceso hasta que se estrenó en Berlín?

    - Sebastián Lelio| Fue importante porque la gente que estuvo en esa sala, de alguna forma, definió el futuro de la película. Y cuando la cinta se mostró, explotó. Fue la primera explosión, un hito que marcó el destino de Gloria. Después vino Berlín y comenzó el fenómeno de distribución.

    ■ Gloria cuenta una historia bastante universal sin demasiadas referencias al contexto chileno, con personajes de clases acomodadas. Algo muy diferente a la cinematografía chilena y suramericana donde se tratan, habitualmente, temas sociales. La trama de Gloria podía haber sucedido en cualquier país. ¿Es algo que buscó intencionadamente?

    - Sebastián Lelio| La historia de Gloria podía pasar en cualquier país pero no así. No con esos gestos, con esas palabras, con esa forma de ser tan profundamente chilenos. La única forma de ser universal es ser radicalmente local. La película es casi improvisada, no recurre al diálogo escrito y lo que mana en la interpretación no es otra cosa más que la identidad. La forma de cómo funciona nuestra cabeza, nuestro habitar en el mundo. Y con esos materiales está construida la película. Ahora, que sea transversal y que funcione en todos lados…

    - [interrumpe Paulina García] Cuando las cosas son sinceras, son honestas, funcionan en todos lados. Una película con ánimo de amar, que golpea a uno profundamente en lo humano. No importa que sea china, norteamericana, de clase alta o baja. Si ves "Una mujer bajo la influencia", yo me siento atrapada, atrapada por Cassavettes y por el trabajo de Rowlands y Peter Falk. Te roban, son gringos, y están una ciudad desconocida pero te llevan a un lugar propio, íntimo e inolvidable. Y vuelves a verla una y otra vez.

    ■ Hablando de Cassavettes, precisamente, comentó en Sarajevo que Gloria, de forma inicial, era una referencia al filme del autor americano. También que le permitieron introducir el tema homónimo con el que concluye la película.

    - Sebastián Lelio| En realidad, no teníamos el nombre del personaje ni el título de la película. Justo al final apareció la idea de llamar al personaje Gloria, aprovechamos para saludar al maestro y surgió la idea, también, de terminar con la canción de Tozzi. De esta manera, se solucionan tres problemas de un golpe.

    por Ignacio Navarro
    octubre 10, 2013

    Entrevista | Sebastián Lelio & Paulina García, los artífices de 'Gloria'

    por Ignacio Navarro | octubre 10, 2013
    Gloria, de Sebastián Lelio

    TRAGICOMEDIA DE INTIMIDAD UNIVERSAL

    crítica de Gloria | Sebastián Lelio, 2013

    48º Festival de Karlovy Vary y 19ª Festival de Sarajevo.

    El cine chileno está en auge. A principios de año se estrenaba en nuestro país la nominada al Oscar No (Pablo Larraín, 2012), un llamativo documento político sobre el referéndum contra Pinochet. Y a continuación, empezando por la Berlinale, ha pasado ya por varios festivales de esta temporada Gloria (2013), cuyo director Sebastián Lelio comentaba a la vuelta del de Sarajevo que en efecto su país está disfrutando de una repentina ebullición artística, patente por ejemplo en la multiplicación de las personas que presentan sus proyectos a concursos de cine. Su película también será proyectada en el próximo festival de San Sebastián y tiene previsto su estreno en el resto de España el 4 de octubre. Y el caso es que este último éxito merece ser compartido por la industria nacional, pues Gloria es una coproducción española y nos narra una historia que bien podría localizarse en nuestro país, o en cualquier otro. En efecto, a diferencia del filme de Larraín, el de Lelio no aprovecha ese crecimiento artístico chileno para hablar de sus problemas propios, sino que se sitúa al margen de todo contexto económico y político para mostrarnos a unos personajes de clase media alta muy cosmopolita. Por tanto esta película es un buen ejemplo de que, incluso en las circunstancias actuales y aprovechando nuevas oportunidades, el cine no tiene por qué estar politizado.

    Tal afirmación se deduce claramente de una historia que gira en torno a los problemas de una mujer, Gloria, cuya única solución debe venir de forma personal y privada. Tales infortunios son básicamente los de la soledad y la edad que afectan a esta protagonista separada y madura, pero reacia a dejar de vivir con ilusión y con pareja. Por eso la mayoría de las noches las pasa en clubes o restaurantes donde finalmente se enrolla con un hombre igualmente separado y que también parece estar buscando una relación estable. A partir de ahí la película se concentra pues en la interacción entre estos dos personajes, aunque sigue dedicándole su tiempo en solitario a Gloria: en su piso, en la calle o en su trabajo. Por otro lado se van introduciendo personajes secundarios, básicamente en torno a la familia de Gloria, que conforman otro de los temas principales de la cinta como es el de la familia y su dinámica de ataduras/desuniones. Así lo comentó el propio Lelio al introducir esta película en el reciente festival de Sarajevo, en una charla en la que indicó además que el título de la película a priori estaba pensado como referencia a la de John Cassavetes, aunque más tarde sirvió sobre todo para incorporar la canción de Umberto Tozzi del mismo nombre que caracteriza incluso mejor a esta mujer de armas tomar, y que sirve para cerrar su narrativa en un bucle engañosamente simétrico, entre fiesta y fiesta.

    por Ignacio Navarro
    septiembre 05, 2013

    Crítica | Gloria

    por Ignacio Navarro | septiembre 05, 2013
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