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    Crítica | Gloria Bell

    Calling Gloria

    Crítica ★★★★☆ de «Gloria Bell», de Sebastián Lelio.

    Estados Unidos, 2018. Director: Sebastián Lelio. Guion: Sebastián Lelio, Alice Johnson Boher. Productora: FilmNation Entertainment / Fábula. Productores; Juan de Dios Larraín, Pablo Larraín, Sebastián Lelio. Música: Matthew Herbert. Fotografía: Natasha Braier. Montaje: Soledad Salfate. Diseño de producción: Shannon Walsh. Vestuario: Stacey Battat. Reparto: Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Jeanne Tripplehorn, Sean Astin, Caren Pistorius, Brad Garrett, Rita Wilson, Holland Taylor, Alanna Ubach. Barbara Sukowa. Duración: 102 minutos.

    Cuando conocemos a Gloria Bell, nos la encontramos en la barra de una discoteca con una copa en la mano, el contagioso ritmo de la música disco en los pies y el corazón en la manga. La cámara se abre paso lentamente entre los movimientos de cuerpos que bailan al ritmo de Can Never Say Goodbye de Gloria Gaynor (en una discoteca que ha hecho del “los cincuenta son los nuevos cuarenta” un modelo de negocio), esquivándolos sigilosamente hasta llegar a ella. Gloria, por ahora una completa desconocida, todavía está de espaldas, pero apenas necesita girarse para inundar la pantalla con la calidez que solo poseen esas personas que conoces de toda la vida. Esta mujer en concreto tiene la cara de Julianne Moore, pero hay algo en la naturalidad casual con la que su mirada deambula por la pista de baile mientras sorbe su Martini que hace que al mismo tiempo pudiera ser cualquiera (tu madre, tu vecina, tu profesora del instituto, Paulina García). La observamos mientras busca algo (o a alguien, mejor dicho, que sustituya a ese algo): un destello de familiaridad en un par de ojos que dé sentido a su noche, una excusa para no bailar September de Earth Wind and Fire sola. Pero, a la vez que nos preguntamos qué es ese algo, nos damos cuenta de que en realidad ya lo sabemos. Puede que no conozcamos a Gloria todavía, pero sabemos exactamente quién es. Podemos intuir su divorcio, su rutina diaria en la oficina (la misma desde hace años) y su soledad al volver a casa, que nunca llega a ser tan triste como para adoptar un gato pero tampoco lo bastante gratificante como para no echar de menos dormir al lado de alguien. Podemos intuir también las clases de yoga, los ocasionales almuerzos caros de Los Ángeles y su constante intención de dejar de fumar. Y todo será cierto sobre Gloria, una mujer que, según descubriremos, trabaja en una compañía de seguros, se divorció hace once años y es incapaz de soportar que un gato sin pelo se cuele misteriosamente en su casa. Porque Gloria no es, bajo ninguna circunstancia, una mujer excepcional. Pero si algo ha demostrado Sebastián Lelio con su cine es que eso nunca va reñido con ser una mujer fantástica.

    El chileno ha exhibido cierta predilección por estudiar personajes no tanto a partir de sus decisiones ante los nudos argumentales de sus películas, sino más bien a través de las emociones que estos les provocan. Pero en Gloria Bell, Lelio lo lleva al extremo de invertir la dinámica: aquí son las emociones de Gloria las que estimulan esos sucesos. Las que crean la narrativa. En vez de contar una historia, Lelio prefiere facturar un mosaico de lugares comunes, de pequeños momentos triviales pero entrañablemente íntimos que esbozan un pasado y en algunos casos insinúan un futuro; momentos mucho más centrados en construir un personaje que un presente. Las escenas cantando a Olivia Newton-John a todo volumen en el coche, practicando risoterapia o simplemente lavando ropa interior en el lavabo (en esta secuencia, además, Gloria se quita un pelo de la barbilla mientras baila mirándose al espejo, un detalle que de tan irrelevante en el contexto de una vida se convierte en profundamente revelador) nos cuentan más que suficiente para entender el día a día de una mujer que está en ese punto de la madurez en el que aparece la inevitable pregunta: ¿y ahora qué?

    Lelio trata de dar la respuesta a través de la relación que Gloria mantiene con el personaje de John Turturro, más un desencadenante que una tesela de ese mosaico. Con cada escena vemos cómo Gloria no para de cuestionarse, conscientemente o no, su propia dignidad, su actitud frente a la vida y lo que quiere sacar de ella. La película no lo plantea de una manera definitiva o trascendente, sino como algo más cercano a un continuum evolutivo. El tiempo que pasamos con Gloria no supone un antes y un después en su vida. Es parte de un proceso mucho más amplio. De años de experiencias. De miles de historias. Por eso existe algo de lo más reconfortante, en ocasiones casi conmovedor, en la sinceridad con la que Gloria se enfrenta a todo ello. Su sonrisa luminosa y su potente y cantarina carcajada (Moore, literal y metafóricamente, está brillante), resultan muy contagiosas desde el primer momento, y todas las que las siguen solo refuerzan esa primera impresión. Ya sea porque su hija le da la enhorabuena por lo bien que está haciendo yoga, porque se está fumando un porro o porque acierta en una diana. Todas ellas sirven para construir una relación con el personaje que hace que el mayor mérito de la película acabe siendo la facilidad con la que consigue que te dejes llevar por el viaje de Gloria. Y lo mucho que merece la pena hacerlo.

    «En vez de contar una historia, Lelio prefiere facturar un mosaico de lugares comunes, de pequeños momentos triviales pero entrañablemente íntimos que esbozan un pasado y en algunos casos insinúan un futuro; momentos mucho más centrados en construir un personaje que un presente».


    Sebastián Lelio cierra el círculo que abrió con Gloria Gaynor al terminar la película con la canción que llevas esperando durante hora y media. Una canción que con casi toda certeza sabes que va a cerrar la película (y más teniendo en cuenta el protagonismo de la música disco en prácticamente la mitad de escenas). Pero, al igual que con toda la cotidianeidad de Gloria, que algo sea previsible no lo hace menos especial. Cuando el sintetizador irrumpe por los altavoces, nos encontramos ante el mismo escenario, la misma copa y la misma Gloria. Pero a la vez todo resulta diferente. Laura Branigan comienza a cantar los versos de Gloria, “nuestra” Gloria la sigue casi de forma inconsciente y nosotros la seguimos a ella. («Gloria, you're always on the run now. Running after somebody, you gotta get him somehow»). Esta vez está sentada y su mirada ya no se pierde entre la gente. Ya no busca nada, porque Gloria se ha encontrado a sí misma. Le ha costado cincuenta años, un divorcio, la independencia de dos hijos y una relación fallida, pero por fin ha llegado a un punto que está más cerca de ser un comienzo que una meta. («I think you've got to slow down, before you start to blow it. I think you're headed for a breakdown, so be careful not to show it»). Al fin y al cabo, puede que su hija tenga razón. Gloria, como todos nosotros, podría morir mañana mismo. Pero si le damos la vuelta a ese argumento, eso solo demuestra lo que Sebastián Lelio ha conseguido capturar en cada plano de Gloria Bell. («You really don't remember, was it something that he said? All the voices in your head calling, Gloria?»). Lo que la luminosa interpretación de Julianne Moore atrapa con cada sonrisa. («Gloria, don't you think you're fallin'? If everybody wants you, why isn't anybody callin'?») De lo que el público, que a estas alturas ya es uno con ella, no ha podido evitar contagiarse. («You don't have to answer. Leave them hangin' on the line, oh-oh-oh, calling Gloria») Que Gloria, ante todo, está rebosante de vida. Porque llegados a este punto, todavía le queda una muy larga por delante | ★★★★☆


    Aitor Salinas
    © Revista EAM / Columbia, Misuri


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