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    Yôji Yamada
    Yôji Yamada

    Maldito y dulce hogar

    crítica ★★★ de Maravillosa familia de Tokio (家族はつらいよ, Kazoku wa tsurai yo; Yôji Yamada, Japón, 2016).

    Hay algo reconfortante en que un director como Yôji Yamada (85 años, 85 películas) siga haciendo cine. Algo encantador en sus retratos, no del todo anticuados, no del todo contemporáneos, de la familia japonesa. Dos filmes como Una familia de Tokio (Tôkyô kazoku, 2013) y About Her Brother (Otôto, 2010), respectivos remakes de Cuentos de Tokio (Tôkyô monogatari, 1953) de Ozu y Younger Brother (Otôto, 1960) de Kon Ichikawa definen muy bien su posición: un cineasta que, pese a contar historias familiares en el Japón actual, se resiste a desprenderse del diálogo con los viejos maestros. Eso cuando no se remonta, directamente, a la ambientación en épocas coetáneas a la edad de oro del cine nipón que tanto le inspira. Este último es el caso, por poner ejemplos recientes, de Kabei: nuestra madre (Kâbê, 2008), La casa del tejado rojo (Chiisai ouchi, 2014) o Nagasaki: recuerdos de mi hijo (Haha to kuraseba, 2015). Podríamos pensar en una nostalgia propia de la vejez si no fuera porque, en realidad, la obra de Yamada ya era percibida con un punto de desfase cuando comenzó a acumular éxitos a finales de los sesenta. Frente a las posiciones ideológicas más críticas de los directores de la Nueva Ola, sus películas se construyeron en torno a una idea positiva de la unidad familiar. La necesidad del hogar se convirtió en una de sus constantes, como es fácilmente perceptible en el exconvicto que anhela regresar junto a su mujer de El pañuelo amarillo de la felicidad (Shiawase no kiiroi hankachi, 1977) o la familia tenaz que atraviesa todo el país en busca de mejores oportunidades de Where Spring Comes Late (Kazoku, 1970). En ambos casos, el sentimiento de arropo que transmiten la familia o las pequeñas comunidades es contagioso. Ante el Japón tecnologizado, occidentalizado e individualista que surgía con la prosperidad económica, Yamada, manteniendo la llama de Ozu, se remitía a la deseable calidez de las casas de tatamis y teteras siempre humeantes y los vecindarios donde los niños corren y las puertas están siempre abiertas.

    El éxito arrollador que tuvo la serie bianual Tora-san (Yamada dirigió 47 de las 49 películas que la componen entre 1969 y 1995) demuestra que el público japonés estaba más que dispuesto a dejarse contagiar por esa calidez. Entre otras cosas, porque el acierto de esta saga radicó en equilibrar lo cómico con lo melancólico. Un aspecto que, desde los inicios de su cine, ha sido muy apreciado por los espectadores nipones. El argumento molde de cualquier entrega de Tora-san partía de la vuelta de su protagonista homónimo, un vendedor vagabundo, al hogar de su familia en Tokio tras una ausencia prolongada. Para luego desarrollar tramas de enredos y una historia de amor frustrado que, invariablemente, devolvían al bueno de Tora a la vida errante. Esto es, que al deseo inevitable del hogar, que el protagonista sentía de forma recurrente, se contraponía la imposibilidad de la vuelta al mismo. Y esa imposibilidad, aunque en su dimensión diegética se basaba en el carácter de Tora, adquiría otro cariz a ojos del público. Dado que el hogar tokiota que Yamada dibujaba estaba caracterizado por su atavismo. La amplia casa tradicional, la comunidad de vecinos solidaria como extensión de la familia y el barrio amigable eran elementos en vías de extinción en el Japón de la época. Y como tales, una enorme fuente de nostalgia para los espectadores que contrapunteaba la comicidad del personaje.

    por Miguel Muñoz Garnica
    mayo 10, 2017

    Crítica | Maravillosa familia de Tokio

    por Miguel Muñoz Garnica | mayo 10, 2017
    La bella y la bestia, de Christophe Gans

    La bella Berlín

    Crónica de la novena jornada de la Berlinale 2014 | Críticas de Macondo, La bella y la bestia,
    Calvary, Triptyque y The Little House.

    Último día de Sección Oficial antes de la Gala de entrega de Premios que tendrá lugar hoy sábado, y a la que los periodistas asistiremos mediante una retransmisión en una de las salas de cine adyacente al Berlinale Palast. Hoy toca hablarles de las tres últimas películas en programación. La primera, a las 9 de la mañana: Macondo. Otra vuelta más al mundo de la infancia y las ausencias paternas, esta vez en el marco de una familia inmigrante en Viena que recuerda poderosamente a otras propuestas que se han podido ver estos días, convirtiendo a la estructura familiar en uno de los leitmotiv oficiales de esta edición. No sorprendió demasiado pero dejó buenas sensaciones, aunque juega en su contra que, precisamente, es un tema que ya se ha prodigado bastante en el festival. A las 12 llegó el estreno fuera de competición de La Bella y la Bestia, de Christophe Gans, ese filme más dedicado a quitar tensiones y hacer reír involuntariamente a la prensa que a valorar en sí sus virtudes como película. Ejercicio de estilo con suficiente factura visual como para justificar su presencia en un cine, aunque algo desmarcada del tono del certamen.

    A las 15:15, la sesión del diablo. The Little House consiguió captar nuestra atención con una mimesis del melodrama clásico de amor de entreguerras que, no por ser la última cinta, merece menos atención. Yôji Yamada entregó una cinta encantadora, dirigida con gusto y de fuertes reminiscencias a Yasujiro Ozu, uno de los pilares de la filmografía de su director. Con ella se puso fin a la Sección Oficial, y dejamos hueco a dos últimas propuestas de Panorama. La primera de ellas, Triptyque, es extraño relato alrededor tres personas con problemas cerebrales de distinta índole que busca poner en relación la psique humana con algunas de las disciplinas artísticas, como la escritura o la canción, y la capacidad o incapacidad para crear obras de arte. De una extrañeza formal que impide empatar demasiado con ella, el filme contiene un discurso repleto de rincones en los que vale la pena explorar, aunque tal vez otra factura visual habría sentado mejor al filme. Por último, la guinda la ponía John Michael McDonagh con su segundo trabajo, Calvary, una de las más aclamadas de la sección Panorama hasta ahora, prueba latente de la promesa (o realidad) de un cineasta que sabe como entregar historias con un fondo poderoso, a través de una ironía afilada y nada condescendiente, sin renunciar a un toque emocional que, en este caso, redondea la obra con una escena que dejó a la platea con un nudo en la garganta. Si hubiera estado en Sección Oficial, habría sido una de las apuestas poderosas del evento.

    por Unknown
    febrero 15, 2014

    Berlinale 2014 | Novena jornada. Críticas: «La bella y la bestia», «Macondo», «Calvary», «The Little House (Chiisai Ouchi)» y «Triptyque»

    por Unknown | febrero 15, 2014
    Una familia de Tokio

    Sobrevivir a la vida

    crítica de Una familia de Tokio | Tokyo kazoku, de Yôji Yamada, 2013

    Recuerdo que no había nada y sin embargo estaba todo. Lo intangible y lo prosaico. Incluido el cielo, que, huelga decir, no es tan interesante como lo pintan. Ni siquiera cuando te lo prometen. Y aun así rememoro ese azul blanquecino casi gris que contrastaba con un césped aún más grisáceo. Era tan incoloro y tan liliputiense. Tan... no sé. Tantan (que no cabe). Y bajo él se movían niños camino del colegio, pequeños grupos con uniforme y cartera reglamentarios. Tres chavales, fijándonos ya en los protagonistas, y un maduro instigador que los instaba a activar —mediante un botón ubicado en la cabezota— un mecanismo aerofágico que disparaba una música intraducible. Los dos hermanos conseguían su propósito: hacer reír a través del humor más tenue, y acaso más puro: el infantil. Su compañero, en cambio, no ganaba para calzoncillos. Jugaban, eso sí, con un factor poco saludable: el estímulo de la piedra pómez, que ingerían como si fuera queso en polvo o el pica-pica (en polvo) de un Fresquito. Y después un buff, un uf por elipsis. Todo, ahí, ya. Un universo. Una fracción. Una familia. Todas las familias frente al mismo espejo. Y después... Después, nada. O la nada. El vacío, que diría el maestro; que es el vacío de un tren atravesando el cinturón industrial de Tokio. La vejez sin remedio y la irremediable juventud. La naturaleza y la carcoma de un mundo por construir, a pesar de los hombres que sonríen y miran y se comunican mirando mientras hablan sonriendo —bajo el influjo del sake—, siempre en su tatami o cápsula para la reflexión, reducidos una vez más a la mirada risueña que cae suave pero implacablemente sobre unos hijos que se quejan porque no tienen televisor en casa, y entonces el mayor manipula al pequeño y éste le ofrece a cambio lealtad, seguir sus indicaciones mientras dure el pacto de silencio contra la tiranía doméstica imperante. Nada pasa y pasa todo. Ahí, ahora. En un interior con largos pasillos y un catálogo de puertas que comunican los dormitorios con el living y, a veces, la cocina y algún que otro armario lleno de telas y ropa de cama sin usar. Un mundo, pues, agotado; sin más y sin cura, que observa su declive con el deseo que provoca en algunos paladares el sushi y los quimonos trasnochadores.

    por Anónimo
    noviembre 21, 2013

    Crítica | Una familia de Tokio

    por Anónimo | noviembre 21, 2013

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