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    Crítica | Una familia de Tokio

    Una familia de Tokio

    Sobrevivir a la vida

    crítica de Una familia de Tokio | Tokyo kazoku, de Yôji Yamada, 2013

    Recuerdo que no había nada y sin embargo estaba todo. Lo intangible y lo prosaico. Incluido el cielo, que, huelga decir, no es tan interesante como lo pintan. Ni siquiera cuando te lo prometen. Y aun así rememoro ese azul blanquecino casi gris que contrastaba con un césped aún más grisáceo. Era tan incoloro y tan liliputiense. Tan... no sé. Tantan (que no cabe). Y bajo él se movían niños camino del colegio, pequeños grupos con uniforme y cartera reglamentarios. Tres chavales, fijándonos ya en los protagonistas, y un maduro instigador que los instaba a activar —mediante un botón ubicado en la cabezota— un mecanismo aerofágico que disparaba una música intraducible. Los dos hermanos conseguían su propósito: hacer reír a través del humor más tenue, y acaso más puro: el infantil. Su compañero, en cambio, no ganaba para calzoncillos. Jugaban, eso sí, con un factor poco saludable: el estímulo de la piedra pómez, que ingerían como si fuera queso en polvo o el pica-pica (en polvo) de un Fresquito. Y después un buff, un uf por elipsis. Todo, ahí, ya. Un universo. Una fracción. Una familia. Todas las familias frente al mismo espejo. Y después... Después, nada. O la nada. El vacío, que diría el maestro; que es el vacío de un tren atravesando el cinturón industrial de Tokio. La vejez sin remedio y la irremediable juventud. La naturaleza y la carcoma de un mundo por construir, a pesar de los hombres que sonríen y miran y se comunican mirando mientras hablan sonriendo —bajo el influjo del sake—, siempre en su tatami o cápsula para la reflexión, reducidos una vez más a la mirada risueña que cae suave pero implacablemente sobre unos hijos que se quejan porque no tienen televisor en casa, y entonces el mayor manipula al pequeño y éste le ofrece a cambio lealtad, seguir sus indicaciones mientras dure el pacto de silencio contra la tiranía doméstica imperante. Nada pasa y pasa todo. Ahí, ahora. En un interior con largos pasillos y un catálogo de puertas que comunican los dormitorios con el living y, a veces, la cocina y algún que otro armario lleno de telas y ropa de cama sin usar. Un mundo, pues, agotado; sin más y sin cura, que observa su declive con el deseo que provoca en algunos paladares el sushi y los quimonos trasnochadores.

    Una familia de Tokio

    Esa atmósfera, todavía hoy meditabunda y no poco útil para el corazón colectivo que se halló desnudo ante la focal —inferior, a ras del suelo— del cineasta japonés, pertenece también a todos esos hijos de cinéfilo y futuros creadores que, casi sin darse cuenta, justificaron una filmografía intemporal. Que cubre cuatro decenios, y un solo filme que se repite con invariable vigor, para dibujar a una sociedad y su pedestre existencia. El acuerdo tácito entre la mujer y el hombre que intercambian soledades. No sólo ciudadanos asiáticos (sus fábulas cotidianas transcurrían íntegramente en Tokio, pero su adhesión era universal) sino estadounidenses, (centro)europeos y cualquiera que se viese reflejado en el retrovisor de Yasujirō Ozu. El único capaz de medirse punto por punto a sus compatriotas Akira Kurosawa y Nagisa Ōshima. Y, si no resultando victorioso, impasible a ese ruido que oscila alrededor de la leyenda sepultada por una época que no es la suya. El gesto, en resumen, que define a los tenaces. La plasticidad del querubín, pelo a tazón y mucho gracejo, que exhibe un corte de mangas cuyo destinatario es su padre, o quizá su madre. Y qué. A los Buenos días. Zas. Cómete esa. "Yo soy joven y tú, no", calla para sí. Lo ejecuta con expresividad desaforada, como un histrión irresistible bajo los focos del escenario; copia angelical y menos hambrienta de aquel mocoso que aparecía en He nacido pero... (Y sin embargo hemos nacido). Así las cosas, Ozu no admite dudas: su aparente sencillez provenía de un complejo examen sobre su persona. La realidad se transformaba así en la verdad del instante.

    Una familia de Tokio

    Y, de repente, ese cuento ya no es nada. Ni de nadie. Le pertenece a Tokio, que aún respira. Y lo dirige otro vecino. Japonés sí, y con una trayectoria no ya longeva sino mareante dentro del chambara, ese género acuñado en la lucha cuerpo a cuerpo. Por el honor. Por los juicios de sangre que gotean y gotean. A golpe de katana. Y aquí no hay rastro de rojo muerte, ni tragedias, ni harakiris físicos ni metafóricos. Hay una metáfora que parte hacia la gran ciudad; es anciana y es doble. Dos viejos que dejan su isla para ir a visitar a sus descendientes. Dos viejos que se saben un estorbo y pasarán de manos (tuya-mía, mía-tuya) como sendas bolas en un pinball artrítico. Su título, Una familia de Tokio, dice lo justo y lo que hay. Para qué más. En todo caso, es un honesto tributo de aprendiz a mentor; de Yôji Yamada (Love & Honor) a Ozu. A todo color, y ambientado en un presente que se presume anacrónico. ¿Es Ozu un cineasta para nuestro tiempo? He aquí el auténtico interrogante que revela este filme. Y algunos dirán que sí; y yo me lo creeré. Y sin embargo, somos conscientes de que el espectador medio es un ser nutrido de estímulos infinitesimales, al que la pausa se le antoja mortal. O antigua. Ese espectador jamás descubrirá a Ozu. Ni sentirá el mínimo calor por unos personajes que te condenan a una vida múltiple, esto es familiar, libre sólo en el suelo. Que te produce agujetas y te duele y no persiste. Que gana espacio (triunfo de Yamada) en la profundidad, gracias a la dinámica del plano fijo, cuyo valor ya podíamos atisbar nítidamente en aquella sala en penumbra donde unos niños asistieron a su primera proyección. Una experiencia sonrojante para esos hermanos que descubren allí, muy inoportunamente, la veta cómica de su padre; y que encajan también un golpe devastador ante las sonoras (la película es muda) risas de sus compañeros de escuela, quienes tampoco tardan en decirles: "¡Vuestro padre es gracioso!". ¿Existe algo peor que un padre pelota, con etiqueta de bufón en la oficina? "¿Por qué no le pagas tú a él, en vez de él a ti?, le interrogan tras su regreso al hogar (agri)dulce hogar.

    La vergüenza en plano fijo. El movimiento ganador que repite Una familia de Tokio (aunque enfatice sobremanera con el piano e incurra en el melodrama postal). Mientras el pequeño de los tres hermanos enseña a su sobrino un par de trucos de magia, con un billete meciéndose por telekinesia, en primer término se dirime el futuro inminente de esos pobres septuagenarios. Molestan, son cargas. Y lo asumen. Él a duras penas si sonríe cordialmente. Ella muestra su alegría: siempre ha hecho la red en un partido de tenis sin ganadores ni derrotados. Una lección ésta, y la próxima, fundamentales. Como ninguna. La realidad, asumida, consiste en vivir. A la altura de los ojos, y a través de un objetivo de 50mm. El vacío, que diría Ozu, no es nada. Es lo que viene luego. Y después... ★★★

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    Japón, 2013, Tokyo kazoku. Director: Yôji Yamada. Guión: Yôji Yamada, Emiko Hiramatsu. Fotografía: Masashi Chikamori. Música: Joe Hisaishi. Reparto: Isao Hashizume, Kazuko Yoshiyuki, Tomoko Nakajima, Yu Aoi, Yui Natsukawa,Satoshi Tsumabuki, Masahiko Nishimura, Shigeru Muroi, Shozo Hayashiya, Etsuko Ichihara, Bunta Sugawara. Productora: Shochiku Company. Presentación oficial: Berlinale 2013.

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