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    David Gordon Green
    David Gordon Green
    || Críticas | ★★★☆☆
    El exorcista: Creyente
    David Gordon Green
    El arte convertido en negocio


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: The Exorcist: Believer. Dirección: David Gordon Green. Guion: David Gordon Green, Peter Sattler. Historia: Scott Teems, David McBride, David Gordon Green. Personajes: William Peter Blatty. Producción: Jason Blum, David Robinson, James G. Robinson. Productoras: Blumhouse Productions, Morgan Creek Productions, Universal Pictures, Rough House Pictures. Distribuidora: Universal Pictures . Fotografía: Michael Simmonds. Música: Amman Abbasi, David Wingo. Montaje: Timothy Alverson. Reparto: Leslie Odom Jr., Lidya Jewett, Olivia O´Neill, Ann Dowd, Ellen Burstyn, Jennifer Nettles, Norbert Leo Butz, E.J. Bonilla, Danny McCarthy, Raphael Sbarge, Okwui Okpokwasili.

    Se cumple medio siglo del estreno de la película de terror por antonomasia, la más emblemática, la más admirada y copiada por tantas otras que llegarían después. El exorcista cumple 50 años y lo hace en plena forma, ya que no ha perdido un ápice de su capacidad para asustar al espectador, no solo por las repulsivas manifestaciones demoniacas en el cuerpo de Regan (inolvidable Linda Blair), sino, también, por aquellas inquietantes conversaciones que mantenían, a pie de escalera, el experimentado Padre Merrin (Max Von Sydow) y el más indeciso Padre Karras (Jason Miller), sobre la naturaleza del Bien y el Mal, minutos antes de enfrentarse a una cruenta batalla contra el mismísimo demonio. Aquel clásico, basado en una novela de William Peter Blatty, contó con William Friedkin en la dirección. Un realizador que se caracterizó por no andarse con medias tintas a la hora de ofrecer emociones fuertes –ahí está la polémica A la caza (1980), que tantas furibundas críticas recibió por la misma comunidad gay que retrató–, y que fue capaz de rodar escenas de terror tan extremas y sacrílegas que serían imposibles de verse en cualquier título actual proveniente de un gran estudio –la violación con el crucifijo aún no ha podido ser superada–. Pero El exorcista es mucho más que un filme violento y escabroso... Una obra maestra del género que sorprende por lo moderna que sigue siendo, por su excepcional guion (ganador del Oscar) y por unas actuaciones excelentes de todos sus actores, especialmente de Ellen Burstyn como la sufrida madre de Regan, la niña poseída. Fue un fenómeno sociológico (incluso provocó una oleada de casos de posesiones supuestamente diabólicas) y un enorme éxito de taquilla que inauguró un subgénero de lo más prolífico (aunque con pocas aportaciones verdaderamente destacables), además de contar con sus propias secuelas más o menos oficiales. Se agradece que John Boorman quisiera hacer algo totalmente distinto a la original en su maldita El exorcista 2: El hereje (1977), pero, salvo algunas secuencias brillantes a nivel visual –toda la parte que transcurre en África, con esas langostas–, le quedó un producto extraño y sin pies ni cabeza, que ya nació anticuado. Mejor parado salió el novelista William Peter Blatty dirigiendo El exorcista 3 (1990), pese a que su estatus de culto tardaría años en serle reconocido, teniendo una fría recepción crítica y comercial en su día. Una secuela estupenda, con apariencia de thriller, que regalaba algunos de los sustos más impactantes de la saga –esas tijeras a punto de acabar con una enfermera–. Del desaguisado que fue El exorcista: El comienzo (2004) mejor no hablar, ya que, tanto la «versión prohibida» de Paul Schrader, como la más comercial, obra de Renny Harlin, solo contribuyeron a enterrar la franquicia durante casi dos décadas.

    El anuncio de que Universal había pagado la astronómica cifra de 400 millones de dólares por los derechos de rodar una nueva trilogía de El exorcista entusiasmó y asustó, a partes iguales, a los fans de la saga. Que el director encargado de llevarlas a cabo sea David Gordon Green también despierta sentimientos encontrados, ya que, pese a que salió muy airoso de su reinicio del clásico de John Carpenter para Blumhouse, La noche de Halloween (2018), que trajo de vuelta a Jamie Lee Curtis en su emblemático papel de Laurie contra su hermano Michael Myers, no supo mantener el mismo nivel en las otras dos entregas de la nueva trilogía, Halloween Kills (2021) y Halloween: El final (2022), siendo, especialmente, esta última, un broche final poco menos que bochornoso. Es por esto que gran parte de la crítica parecía esperar el estreno de El exorcista: Creyente (2023) con la escopeta cargada, dado el listón tan alto dejado por el clásico de William Friedkin (nunca se ha conseguido superar). Ya que la carta de la nostalgia le salió rentable, Gordon Green vuelve a traer a la franquicia a Ellen Burstyn, repitiendo su mítico papel de Chris MacNeil, ese que no había vuelto a interpretar en ninguna de sus secuelas (ni siquiera en El hereje, donde una más crecidita Regan se volvía a enfrentar a la amenaza del demonio sin el amparo de su madre). Las buenas noticias es que su presencia (¡y qué presencia sigue teniendo esta gran actriz a sus 90 años!) va más allá del simple cameo y tiene un par de escenas de gran impacto dentro de la nueva historia. Una historia que comienza hace 12 años en Haití, con una tragedia familiar que sacude al personaje de Leslie Odom Jr. Un terremoto le arrebata a su esposa embarazada, aunque el bebé logra salvar milagrosamente la vida y, una vez convertida en adolescente, siente la inquietud de “contactar” con su difunta madre, durante una sesión de espiritismo junto a su mejor amiga. Este es el sencillo punto de partida de un nuevo relato de posesión demoníaca, aunque aquí, al menos, hay una novedad que resulta, al menos, curiosa: la posesión será doble y afectará, de manera sincronizada, a las dos muchachas. El exorcista: Creyente es un producto que despierta sentimientos encontrados. Si bien como película de exorcismos es más que solvente (estas escenas están bien rodadas y repiten todos los grandes hits de la icónica Regan, desde cabezas giratorias a levitaciones, pasando por lenguaje soez y la imprescindible vomitona sobre el exorcista de turno), estando muy por encima de la media de lo visto en este tipo de cine, también deja la incómoda sensación de que una obra de culto como la de 1973 se ha visto relegada a ser una marca registrada con la que pretenden seguir llenando los cines, viviendo de las rentas y con la ley del mínimo esfuerzo.

    Hay, eso sí, un buen trabajo de todos los actores, no solo de Odom Jr. y Burstyn (que se come las escasas escenas en las que aparece), sino también de las jóvenes Lidya Jewett y Olivia O´Neill, que salen bastante bien paradas de las comparaciones con la Regan de Linda Blair en sus encarnaciones de nuevas niñas poseídas –la escena de la segunda, irrumpiendo en una iglesia en mitad de una misa, sobrecoge, casi tanto, como aquella de Regan orinándose en la alfombra ante la atónita mirada de los invitados de su madre–, y, sobre todo, de una Ann Dowd, como siempre, magnífica, encarnando a una enfermera que en su juventud quiso ser monja, pero que se vio alejada del camino de Dios tras un traumático suceso. El filme se toma su tiempo en entrar en materia, pero, una vez el demonio ha entrado en los cuerpos de Angela y Katherine, los sustos funcionan como un reloj, aunque la mayoría de ellos provengan de esos fuertes golpes de sonido que tanto proliferan en el adocenado cine de terror surgido de la escuela del James Wan de Expediente Warren. De hecho, de no ser por la presencia de Ellen Burstyn y por las continuas alusiones a los hechos contados en la cinta clásica, El exorcista: Creyente podría pasar, simplemente, por una decente entrega de tantas, de ese universo de La monja, Annabelle y demás sucedáneos aún menos inspirados. Una cosa queda clara tras su visionado, y es la constatación de que este lavado de cara a la franquicia ha suavizado considerablemente los incómodos ingredientes que hicieran de El exorcista una cinta tan valiente y polémica, adaptándolos a los tiempos que corren (desde la crítica al machismo dentro de la iglesia, a la mezcla de diversas formas de entender la religión, presentes en una escena de exorcismo mucho más coral y poco ortodoxa de lo que habíamos visto hasta ahora). El resultado es un reinicio efectivo y cumplidor, pero al que parece haberle faltado una mayor ambición en el guion para conseguir provocar en el espectador esa sensación de escalofrío, apoyándose más en los diálogos, sin recurrir tanto a lo grotesco. Al menos, volvemos a oír, en algunos momentos, los inquietantes acordes de Tubular Bells, de Mike Oldfield, debidamente actualizados. Solo con ello, la película gana unos enteros.


    por José Martín León
    octubre 06, 2023

    Crítica | El exorcista: Creyente

    por José Martín León | octubre 06, 2023

    La ciudad frente a Myers

    Crítica ★★☆☆☆ de «Halloween Kills», de David Gordon Green.

    Estados Unidos, 2021. Título original: Halloween Kills. Dirección: David Gordon Green. Guion: David Gordon Green, Danny McBride, Scott Teems (Personaje: John Carpenter, Debra Hill). Productores: Malek Akkad, Bill Block, Jason Blum. Productoras: Blumhouse Productions, Trancas International Films, Miramax, Rough House Pictures, Universal Pictures, Home Again Productions. Distribuidora: Universal Pictures. Fotografía: Michael Simmonds. Música: Cody Carpenter, John Carpenter, Daniel A. Davies. Montaje: Timothy Alverson. Reparto: Jamie Lee Curtis, Judy Greer, Andi Matichak, Will Patton, Anthony Michael Hall, Dylan Arnold, Thomas Mann, Nick Castle, Scott MacArthur, Michael McDonald, Charles Cyphers, Nancy Stephens, Kyle Richards, Diva Tyler, Lenny Clarke, Carmela McNeal. Duración: 105 minutos.

    Haddonfield, 1963. Durante la noche de Halloween, alguien escondido tras una máscara de payaso entra en la habitación de una joven y la apuñala con un cuchillo de cocina hasta matarla. Segundos más tarde, el espectador descubrirá, horrorizado, que la identidad del asesino no es otra que la de un niño de seis años. Aquel mítico prólogo de La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) supuso el bautismo de sangre de uno de los monstruos cinematográficos más célebres del cine de terror: Michael Myers, y el inicio oficial –pese a algún notable antecedente como Navidades negras (Bob Clark)– de uno de sus subgéneros más exitosos, el slasher. De la multitud de títulos que aparecerían a rebufo del enorme éxito de esta, todo un hito del cine independiente, que recaudó 70 millones de dólares habiendo contado con un presupuesto de 300.000, ninguno de ellos conseguiría generar tanto suspense como la pesadilla vivida por la canguro Laurie Strode (Jamie Lee Curtis en el papel que la lanzó al estrellato) y sus amigas aquella noche del 31 de octubre de 1978, cuando Myers, descrito por su propio psiquiatra como el mal en estado puro, escapó del sanatorio donde permanecía encerrado para comenzar una nueva matanza. Un clásico que inauguró una de las sagas más rentables, sobre todo durante los 80, y cuya primera (y directa) secuela, la reivindicable Halloween 2: ¡Sanguinario! (Rick Rosenthal, 1981) continuó la historia justo donde Carpenter la dejó, de nuevo con Curtis como protagonista absoluta en un rol que no volvería a retomar hasta Halloween: H20 (Steve Miner, 1998), séptima entrega de la franquicia –si contamos esa extravagancia bastarda que nada tiene que ver con las escabechinas de Michael Myers, Halloween 3: Season of the Witch (Tommy Lee Wallace, 1982)–, nacida para conmemorar el 20 aniversario de la cinta original, aprovechando ese revival del slasher vivido tras el éxito de Scream. Vigila quién llama (Wes Craven, 1996). La recaudación de este intento de reinicio fue suficiente para que Curtis aceptase participar en un último enfrentamiento con su letal hermano, en aquella terrible Halloween: Resurrección (Rick Rosenthal, 2002) que pareció sepultar definitivamente al icónico Myers.

    Nada más lejos de la realidad, Rob Zombie realizaría un personalísimo díptico sobre el personaje, en forma de reboot. Halloween, el origen (2007) y Halloween II (2009) fueron una libre reinterpretación de las dos primeras entregas de la serie, que, pese a dividir a crítica y público, demostraron que Michael Myers aún conservaba un innegable tirón comercial. Pero sería en 2018, cuando la obra maestra de Carpenter cumplía 40 años desde su estreno, cuando David Gordon Green –Supersalidos (2008), Joe (2013)–, bajo el sello de Blumhouse y omitiendo cualquier entrega posterior a la segunda parte, regalaba a los fans una secuela definitiva que, pese a no arriesgar demasiado en su argumento (sigue, prácticamente, los esquemas de la de 1978), suponía un notable ejercicio de nostalgia (los guiños son constantes) y buen cine, plagado de planos secuencia bastante logrados, con una factura técnica de primer nivel que se alejaba del acabado de cutre de los capítulos ochenteros, y una Jamie Lee Curtis pletórica, que dejaba atrás su etapa de reina del grito para encarnar a una Laurie mucho más dura, armada hasta los dientes y con tantas ganas de revancha como el propio asesino. La noche de Halloween recaudó 255 millones de dólares en la taquilla mundial, asegurándose el rodaje de dos episodios más que conformarían una trilogía que se las prometía muy felices. Halloween Kills (2021) es la continuación de aquel éxito y, al igual que ¡Sanguinario!, retoma la acción en el mismo momento donde la dejó la anterior cinta, con Michael Myers en el interior del sótano de aquella casa en llamas y la herida Laurie, su hija Karen (Judy Greer) y su nieta Allyson (Andi Matichak) siendo trasladadas a un hospital. El guion, una vez más, sigue sin presentar novedad alguna a resaltar, ya que, como era de prever, el temible Myers vuelve a sobrevivir de esa manera sobrenatural y comienza una brutal matanza a lo largo y ancho de Haddonfield. Y es que Halloween Kills parece querer alejarse de esas señas casi autorales del anterior filme, tan preocupado en ofrecer imágenes tan perturbadoras como la de aquellos presos fugados del furgón, caminando entre la niebla, para ir al grano y ofrecer a los fans del gore y las muertes más salvajes un festín de hemoglobina a la altura de lo esperado, entregando algunas escenas que impresionan por su crueldad (el pasaje en casa del matrimonio de ancianos).

    por José Martín León
    octubre 22, 2021

    Crítica | Halloween Kills

    por José Martín León | octubre 22, 2021

    Oh, vaya, una película de David Gordon Green

    Crítica ✷ de La noche de Halloween (David Gordon Green, 2018).

    Estados Unidos. 2018. Título original: Halloween. Dirección: David Gordon Green. Guion: David Gordon Green, Danny McBride y Jeff Fradley. Productor: Malek Akkad, Bill Block, Jason Blum. Música: Cody Carpenter, John Carpenter, Daniel A. Davies. Dirección de fotografía: Michael Simmonds. Montaje: Timothy Alverson. Casting: Sarah Domeir y Terri Taylor. Dirección de arte: Sean White. Intérpretes: Jaime Lee Curtis, Judy Greer, Andi Matichak, Haluk Bilginer, Rhian Reeves.

    Vivíamos recién entrado el nuevo milenio y las revistas especializadas se empeñaban en organizar quinielas, listas, apuestas sobre los hombres y las mujeres que configurarían eso que se prometía como “el audiovisual del siglo XXI”. Había mucho cine que ver y era lícito hacer polvo el Emule intercambiando los primeros títulos de Shane Meadows, de Kelly Reichardt, y por supuesto, de David Gordon Green. Intuyo que si subo al desván encontraré todavía alguno de aquellos suplementos cinéfilos, emparedado entre el violín que nunca aprendí a tocar y un curso de alemán por entregas. Del nuevo Halloween se ha dicho ya que venía avalada como “una película de David Gordon Green”, esto es, como una extraña finta discursiva para explicar por qué un slasher debería ser considerado por los selectos paladares de la crítica algo así como una proto oeuvre d´art. La maniobra publicitaria es exquisita: por un lado se aprovecha el tirón de Carpenter como un autor ampliamente reconocido –de moda, digámoslo claro- y, por otro, se le conecta con una vieja joven promesa que, a decir verdad, nunca llegó a levantar el vuelo. La película parece justificarse a sí misma desde los créditos, una versión retro-modernizada de los dos primeros títulos de la saga jugando con la idea de la “reconstrucción” de la célebre calabaza de marras. La cosa no deja de ser especialmente brillante a nivel discursivo –de hecho, es de una obviedad preocupante-, pero ya apunta maneras de hacia dónde intenta dirigirse todo el metraje.

    El problema no es tanto si esta nueva versión es “una película de David Gordon Green”. El problema es qué puede significar semejante afirmación, y en el fondo, si eso salva de alguna manera todo el metraje que se acumula durante más de cien largos minutos. ¿Qué puede esperar el espectador? ¿Personajes indie anonadados con pequeños abismos interiores? ¿Alambicados trucos de puesta en escena? ¿Secuencias a cámara lenta recreándose por el óxido y los atardeceres de los Estados Unidos a-lo-Película-de-Sundance? O por el contrario, ¿bellas adolescentes evisceradas, inesperados sustos espeluznantes, bailes de fin de curso? Ni una cosa ni otra. Ni chicha ni limoná, que dice la sabiduría popular. Un proyecto diseñado inapetentemente. Igual se marca una dirección de arte obvia y subrayada –dos ejemplos: las velas naranja que saturan el color del encuadre en el restaurante donde acuden los protagonistas a cenar la víspera de la tragedia o la aburridísima colección de maniquíes que pueblan los campos y la casa de Laurie Strode (Jaime Lee Curtis). O igual intenta demostrar de manera indigesta su autenticidad. Su diferencia con las bienaventuradas y bastante más entretenidas secuelas bastardas que nos han acompañado durante cuarenta años y que, todo sea dicho, quedan salvadas por su humildad y su encanto.

    por Aarón Rodríguez
    octubre 28, 2018

    Crítica: La noche de Halloween

    por Aarón Rodríguez | octubre 28, 2018

    Heroicidad impuesta

    Crítica ★★★ de Stronger (David Gordon Green, Estados Unidos, 2017).

    Hace solo unos meses que Día de patriotas (Peter Berg, 2016) nos ofreció una impactante reconstrucción del atentado de la Maratón de Boston, acontecido el 15 de abril de 2013 y que acabó con la vida de tres personas y causó 282 heridos, centrándose en la investigación policial que se llevó a cabo por toda la ciudad, culminando con la detención de un sospechoso y la muerte de otro. Ahora, otro título viene a unirse a esta particular revisión de un triste episodio que dejó consternado a Estados Unidos. Se trata de Stronger (2017), una cinta de carácter mucho más intimista, que, a diferencia de la película de Berg, bastante más enfocada hacia el espectáculo, se centra en mostrar las consecuencias que una tragedia de semejantes dimensiones tuvo sobre sus víctimas. Para ello, el director David Gordon Green –un tipo que lo mismo es capaz de facturar una comedia gamberra como Superfumados (2008), que de arrancar del inefable Nicolas Cage su mejor interpretación en muchos años en la excelente Joe (2013)– y el guionista John Pollono, se han puesto al servicio de las memorias de uno de los supervivientes de la explosión de las bombas, Jeff Bauman, coescritas junto a Bret Witter, para contarnos otra de esas inspiradoras historias de superación personal que tanto gustan al público norteamericano. Jake Gyllenhaal, magnífico actor al que el ansiado Oscar, ese que supone el colofón final para cualquier estrella que se precie, se le lleva resistiendo desde que obtuviera su única nominación por Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), tiene aquí una oprtunidad perfecta para entrar en la terna de competidores por el premio de interpretación masculina de 2017, después de que brillantes trabajos suyos como los de Enemy (Denis Villeneuve, 2013), Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014) o Animales nocturnos (Tom Ford, 2016) fuesen injustamente ninguneados por la Academia de Hollywood. Su encarnación de Bauman es, a todas luces, impecable, lo más remarcable de la película.

    Para que un vehículo dramático de este calibre funcione, es necesario un personaje protagonista con el que el público se pueda identificar con facilidad y no cabe duda que Stronger lo tiene. El Jeff Bauman de Gyllenhaal es un chico normal y corriente, trabajador y de clase social humilde, con una familia, más que disfuncional, un tanto caótica, en la que todos sus miembros beben, vociferan y son malhablados, pero que, cuando la ocasión lo requiere, funcionan como una auténtica piña. Un tipo cercano y optimista por naturaleza con el que es imposible no empatizar, que no podía imaginar cómo iba a cambiar su vida aquel día en el que asistió como espectador a una maratón en la que corría su novia Erin. La explosión de las bombas le arrebató sus dos piernas, por lo que tuvo que comenzar desde cero, adaptándose a su nueva situación de discapacitado físico y lidiando con una condición de héroe nacional –ayudó a la policía con su testimonio sobre las identidades de los terroristas– que le llegó, de la noche a la mañana, convirtiéndole en figura recurrente en todo tipo de eventos deportivos o sociales donde su presencia era aplaudida por millones de estadounidenses que veían en él un ejemplo de superación. La cinta muestra con gran acierto la confusión que esta circunstancia crea en su protagonista, con una visión de la fama efímera (no buscada ni, mucho menos, deseada) lograda a raíz de una experiencia traumática que hermana a este filme con aquella Billy Lynn (Ang Lee, 2016) protagonizada por los jóvenes "héroes" de la guerra de Irak. Jeff no se siente ni heroico ni especial por lo que le sucedió y le cuesta estar a la altura de lo que los demás esperan de él. En este sentido, hay que aplaudir al guionista John Pollono por no limitarse a idealizar al personaje, mostrándonos sus luces y sombras; los progresos en su recuperación y superación del trauma y, también, sus momentos de flaqueza, aquellos en los que caía en la autocompasión y apartaba de su lado a las personas que más le querían, entre ellas su abnegada novia.

    por José Martín León
    enero 02, 2018

    Crítica | Stronger

    por José Martín León | enero 02, 2018
    Señor Manglehorn

    Las consecuencias del amor

    crítica a Señor Manglehorn (David Gordon Green, 2014).

    En una de las escenas de Señor Manglehorn, el protagonista homónimo encarnado por Al Pacino le recita a su nieta el siguiente poema: “Nadie conoce al viento. Ni tú, ni yo. Pero cuando todas las hojas se agitan, el viento está pasando”. A lo que la pequeña, en un encantador arranque de simplicidad infantil, le responde que en los dibujos sí se puede ver y conocer el viento, figurado como varias líneas curvas paralelas. Este pequeño detalle permite reflexionar, al hilo de la propia película, sobre los modos que existen de representar de forma plástica fenómenos que en su manifestación real no tienen ninguna forma definida. El viento, como tal, se puede condensar en un símbolo de líneas curvas si hablamos de modos de representación no realistas. Pero en el caso del cine, no hay ninguna representación figurativa capaz de contener la idea de viento. Solo se puede evocar su presencia, como reza el poema con el que abríamos estas líneas. Ya sea a partir de un recurso directo como el sonido, o bien de forma más indirecta a partir de mostrar sus efectos sobre otros elementos intradiegéticos. En la citada conversación entre el señor Manglehorn y su nieta, el montaje inserta entremedias algunos planos de un globo que es impulsado por el aire. De modo que, aunque no podamos tener ninguna percepción sensorial directa del viento, conocemos con seguridad su presencia porque está influyendo sobre un objeto, el globo, que sí es directamente perceptible.

    Hechas estas consideraciones, se entenderá mejor a dónde se dirigen si se sustituye la palabra “viento” por la palabra “amor”. Porque el amor es el tema central de Señor Manglehorn, si bien su modo de representarlo, que se parece mucho al del viento a partir de su efecto sobre ese globo, puede dar lugar a algún despiste. La diferencia que existe entre la cinta de David Gordon Green y un melodrama romántico más convencional es la misma que hay entre una serie como Treme y una película como Twister. Es decir, que mientras esta última busca lo espectacular en una de las manifestaciones más extremas y directas del fenómeno del viento (un tornado), la serie de David Simon se centra en una Nueva Orleans posterior al paso del huracán Katrina. Del mismo modo, Señor Manglehorn construye un retrato del amor a partir de sus efectos, centrándose en el tiempo donde su manifestación más ostensible (el romance) ha desaparecido para dejar solo sus heridas, tan difíciles de cicatrizar. Sin abandonar nunca los escasos días de presente fílmico en los que transcurre su película, Gordon Green logra evocar toda una historia de pasión, equivocaciones y ruptura que flota intangible, sin llegar nunca a mostrarse, sobre la historia principal, mucho más prosaica, en la que se enmarca el filme: la cotidianeidad, narrada en un fuerte tono intimista, del protagonista encarnado por Pacino, un cerrajero avejentado que vive sumido en una melancolía discreta, provocada por el anhelo de una amada a la que perdió, y que, más allá de algún ocasional brote de rabia, queda mal anestesiada por su dedicación al trabajo, los cuidados a su gata (que dan lugar a un puñado de escenas de ternura de mascotas muy en la línea de Umberto D.), sus rutinas habituales, sus visitas a un casino de mala muerte y su relación quebradiza con su hijo. Mientras rehúye por sistema cualquier interacción social mínimamente profunda. Un paisaje, en fin, de suave desolación tras el paso de un ya lejano vendaval.

    por Miguel Muñoz Garnica
    agosto 18, 2015

    Crítica | Señor Manglehorn

    por Miguel Muñoz Garnica | agosto 18, 2015

    Al Pacino acapara los flashes

    Crónica de la cuarta jornada de la 71ª edición de la Mostra de Venecia

    Como en cualquier festival europeo de esta categoría que se precie, la presencia de estrellas estadounidenses provoca un terremoto mediático. La gran mayoría de las veces, incluso, eclipsa al verdadero leitmotiv de la función: la película. Este ha sido el caso de Al Pacino, que presentaba dos cintas en este cuarto día en la capital del Véneto, cuya llegada en vaporetto ha estado muy por encima que de su labor en Manglehorn y The Humbling. La primera, suponía la vuelta del nuevo estandarte del cine indie norteamericano, David Gordon Green, que el año pasado proyectó en la ciudad de los canales Joe. En esta edición, el cineasta de Arkansas apuesta por el retrato de un hombre en declive que perdió lo que más amaba por un error del pasado. La segunda, con la firma del siempre eficiente Barry Levinson, también aboga por la caída. En este caso, de un actor de teatro bloqueado por un personaje que no logra descifrar. Ambas han sido acogidas con tibieza, igual que la interpretación de un Pacino muy lejos de su mejor forma. No ha sido la única presentación del día. En competición, otro ilustre del circuito europeo, Benoît Jacquot, se acerca al melodrama amoroso con 3 corazones; el relato de un triángulo imposible que cuenta con excelentes intérpretes pero con un guion que ha causado sonrojo en el Lido. La competición sigue pasando y también bajando de nivel. Grandes nubarrones se aproximan a Venecia.

    por Emilio M. Luna
    septiembre 02, 2014

    Mostra de Venecia 2014 | Cuarta jornada

    por Emilio M. Luna | septiembre 02, 2014
    Joe, de David Gordon Green

    Las heridas del alma

    crítica de Joe | de David Gordon Green, 2013

    Desde que ganara su único Oscar por Leaving Las Vegas (1995, Mike Figgis), el volcán Nicolas Cage ha permanecido en estado latente. A aquella tremenda erupción de talento y energía demostrada en su encarnación de un alcohólico suicida, le siguió una carrera repleta de discutibles elecciones de personajes, con aislados fogonazos de genio –Teniente corrupto (2009, Werner Herzog), Kick-Ass (2010, Matthew Vaughn)–, aunque incidiendo más de lo aconsejable en el cine más comercial. 2013 parece ser, definitivamente, el año que pone fin definitivamente a la sequía de buenos proyectos del actor. El responsable de lograr esta resurrección artística no es otro que el director David Gordon Green, que a pesar de ser más conocido por comedias gamberras de la talla de Superfumados (2008) o Caballeros, princesas y otras bestias (2011), tiene en su haber algunas interesantes cintas independientes como George Washington (2000) –por la que ganó el Premio a la Mejor ópera prima del Círculo de Críticos de Nueva York– u All the Real Girls (2003). La proeza de Gordon Green no se queda únicamente en esta oportunidad de darle nuevos bríos a la alicaída estrella, ya que Joe atesora múltiples atractivos como para convertirse por méritos propios en uno de los mejores filmes del año, aun cuando tenga que soportar inevitables y odiosas comparaciones con otra reciente película de ambientes rurales sureños, la excelente Mud (2012, Jeff Nichols), con la que comparte, además, el protagonismo del talentoso adolescente Tye Sheridan.

    por José Martín León
    abril 27, 2014

    Crítica | Joe, de David Gordon Green

    por José Martín León | abril 27, 2014

    Piso bonito sin amueblar

    crítica de Prince Avalanche | de David Gordon Green, 2013

    Thoreau. Ese loco. Se propuso experimentar la vida en naturaleza. Construyó una cabaña con sus propias manos. Pasó dos años, dos meses y dos días viviendo en medio de ninguna parte. Pretendía, grosso modo, manifestar la necesidad intrínseca del ser humano de vivir en el entorno natural. Única manera de prescindir de las comodidades de la vida y esquivar los “impedimentos para la elevación de la humanidad”. Era un hombre cansado, en ese momento, de las cosas artificiales e innecesarias. Esta “Thoreau way of life” cristalizó en un ensayo –Walden–. La obra del escritor americano ha sido sometida a constantes revisiones. Es como las modas –sin banalizar–, siempre vuelve. Su última popularización se produjo tras el éxito de Into the Wild (2007), basada en el best-seller homónimo, que relata la vida de un joven estadounidense que lo abandona todo para vivir en la naturaleza, al margen de la sociedad. Con esto de la crisis, Thoreau vuelve a estar en boga. Al menos sus planteamientos básicos –tanto los que se refieren al ámbito de la desobediencia civil, como los naturalistas–. Aderezado con un toque tragicómico, ochentero y ridículo, Thoreau está presente también en Prince Avalanche (2013), película por la que David Gordon Green fue galardonado con el Oso de Plata a la mejor dirección en el pasado Festival de Berlín.

    Si Thoreau fuese un paleto de Texas, de los ochenta y se llamase Alvin –Paul Rudd–, sería de esos tipos genuinos que van pintando las líneas discontinuas de la carretera. Viviría en una tienda de campaña, como los nómadas, y cazaría para alimentarse. Sería un hombre que anhelase experimentar lo que el escritor norteamericano llamó los “hechos esenciales de la vida”; un espécimen que sólo “quiere escuchar el silencio”. Por supuesto, tendría pupilo, un tal Lance –Emile Hirsch–. Sería el contrapunto. Un hedonista provinciano (si es que existe tal cosa en Estados Unidos, entendámonos), un pre Ni-Ni. Uno cuya autoestima varía en función de su capacidad de almibarar (permítaseme la expresión) las bragas ajenas. Un filósofo alfa de vida licenciosa. Un urbanita de discoteca, picos pardos, romances sórdidos y propulsiones primarias. Los Luigi y Mario de los bosques colindantes al asfalto. Es menester, obviamente, la presencia de una Princesa Peach –hermana de Lance, novia de Alvin–. Un cuadro insólito. Fruto del paso por la batidora del director de Superfumados (2008), Thoreau y Á annan veg (2011) –película islandesa objeto del remake–.

    por Anónimo
    noviembre 04, 2013

    Crítica | Prince Avalanche

    por Anónimo | noviembre 04, 2013

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