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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    Alemania
    Alemania

    Un cuento alemán

    Crítica ★★★ de Bye Bye Germany (Es war einmal in Deutschland... Auf Wiedersehen Deutschland, Sam Garbarski, Alemania, 2017).

    El título original de Bye Bye Germany, película del director de origen alemán establecido en Bélgica Sam Garbarski, es Es war einmal in Deutschland... La expresión germana “Es war einmal” vendría a ser nuestro “Érase una vez” con el que comienzan los cuentos infantiles, algo totalmente congruente con la actitud del protagonista de la cinta, David, un superviviente de los campos de concentración que, a lo largo del metraje, se inventa diferentes historias para no asumir la realidad de lo ocurrido allí. La imaginación y las bromas como forma de enfrentarse al horror indescriptible. El cine alemán más actual vuelve a enfrentarse a temas históricos apenas tratados hasta ahora en la gran pantalla: en este caso, basándose en la trilogía de novelas Teilacher de Michel Bergmann, Garbarski aborda qué fue de los judíos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, algo de lo que sabíamos muy poco hasta un episodio tan relevante como el secuestro en 1960 en Buenos Aires de Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, por parte del Mossad, hecho que ya se escenificó en filmes como Hannah Arendt (Margarethe von Trotta, 2012) o El caso Fritz Bauer (Lars Kraume, 2015). En el año 1946, “la devastada Alemania de posguerra fue reconstruida a imagen de sus vencedores, y la política predominante fue en gran medida la de Estados Unidos, el vencedor más poderoso” , mientras que los judíos esperaban en campos de refugiados a tener la oportunidad para emigrar de un país en el que se les compadecía al mismo tiempo que se les seguía rechazando.

    Con una ambientación clásica y una dirección que prioriza los primeros planos, Garbarski le ofrece todo el protagonismo a un actor muy versado como es Moritz Bleibtreu (con quien ya trabajara en Vijay and I —2013—), quien conduce a su David con una interpretación tan contenida y naturalista que muchas veces la comedia, o lo que se podría esperar de ella, queda camuflada. Como viene siendo habitual también en las manifestaciones más recientes del género dentro de la cinematografía alemana, la comedia no se apoya en las directrices que habitualmente dirigen la narración, introduciéndose en terrenos ambiguos de los que es tan difícil reírse como no hacerlo. En esta ocasión se opta por una recreación de época costumbrista, con un guion que arremete directamente y sin piedad contra aquellos a los que apunta, mientras que se apiada de ese grupo de perdedores, liderados por David, que montan un negocio de venta apelando a la ignorancia y al sentimiento de culpabilidad de los potenciales compradores. Pero, lejos de lo que su distribución tanto dentro como fuera de sus fronteras da a entender en diversos tráileres y sinopsis, la película no se centra en absoluto en esta trama, llegando a quedarse en un plano secundario.

    por Sofía Pérez Delgado
    septiembre 21, 2017

    Crítica | Bye Bye Germany

    por Sofía Pérez Delgado | septiembre 21, 2017
    M-Eine Stadt sucht einen Mörder

    Monstruos que huyen, monstruos que persiguen, monstruos que observan

    M, el vampiro de Düsseldorf (M-Eine Stadt sucht einen Mörder, Fritz Lang, Alemania, 1931).

    Fue a mediados del siglo pasado, cuando Europa se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial mientras se encaminaba a una tercera contienda de alcance planetario –aunque esta vez marcada por un equilibrio del terror conocido como «Guerra Fría»–, que el historiador francés Daniel Halévy publicó su libro Ensayo sobre la aceleración de la historia (1948), donde, entre otras cosas, determinaba el espíritu de nuestra época; un zeitgeist marcado por la constante transitoriedad tecnológica y científica, y por extensión sociológica, ideológica y espiritual, en el que la modernidad equivalía, como ya había constatado Robert Musil en su clásico El hombre sin atributos (1930), a un páramo emocional; a una pesadilla kafkiana donde no solamente resultaban incomprensibles los grandes enigmas de la existencia, sino incluso cuestiones tan nimias y cercanas como nuestros gustos o nuestras elecciones vitales. Distraído con cada nuevo hallazgo o cada nuevo invento, el hombre de nuestros días se veía sumergido en una demencial vorágine de cambio continuo, donde la mutación no era la excepción sino la norma, y por consiguiente vivía asentado en un presente continuo, sin memoria ni seguridades y, también, sin capacidad de predecir el futuro. Con la globalización cultural y económica propiciada, básicamente, por Internet –o la confusión y la fugacidad elevadas a la enésima potencia–, semejante destino parece más que nunca un hado adverso e inevitable. La posmodernidad, de hecho, ha sido el cajón de sastre al que han ido a parar los sueños rotos de la utopía soviética y de la euforia del neoliberalismo capitalista. El abismo entre el Primer y el Tercer Mundo, y entre clases pudientes y humildes, se ha hecho más insalvable que nunca, hasta límites obscenos, a tenor del paulatino triunfo de los planteamientos religiosos o políticos violentos e intolerantes que instrumentalizan el descontento, la culpabilidad o la desesperanza de los pueblos. Y la autorreferencialidad del arte no ha sido más que un síntoma de un movimiento de huida, de una búsqueda de refugio, de una voluntad de encontrar sentido en la imagen invertida que proyecta el espejo y no en la realidad proyectada, imposible de comprender por indescifrable, enigmática, caótica; en una palabra: borgiana. Ya lo decía el personaje encarnado por Bibi Andersson en Persona (1966) de Ingmar Bergman: el arte, aunque banal en comparación con la propia existencia, es muy importante, especialmente para quienes tienen problemas.

    Y dado que de problemas hablamos, ¿cuál existe más difícil de resolver que el del encaje en una sociedad perfectamente regulada de aquellos individuos que infringen sus normas no de forma calculada –esto es, amparándose en los resquicios del sistema– ni movidos por la falta de confianza en el mismo –esto es, llevados por la miseria o la desesperación–, sino guiados por una compulsión enfermiza? Desde los serial killers hasta los violadores patológicos, pasando por los pederastas, todos ellos, con independencia de las particularidades concretas de cada uno, se mueven para satisfacer unos impulsos que les son más o menos connaturales y, por tanto, difíciles de transformar o reprimir. En un mundo en el que el individualismo insolidario y la doble moral son moneda corriente, parece que hemos llegado a un extremo de relativismo ético en el que se es capaz de entenderlo –e incluso de aplaudirlo– casi todo: salvo los comportamientos de esas personas alienadas. Y ello se produce no tanto por lo aberrante de los crímenes que perpetran sino por el desequilibrio entre riesgo/beneficio que sus actos comportan. Este es uno de los motivos que explican que la figura de tales dementes/delincuentes haya capturado la imaginación de creadores y público desde la popularización de las teorías de Freud, quizás incluso desde antes, tal y como lo demuestran algunos libros de novelistas de gran éxito en vida, léase Fiódor Dostoievski o Émile Zola. En esta línea, M, el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang es una de las perlas artísticas que dicha incursión en el lado oscuro de la psique humana, siempre incómoda, ha legado a la posteridad.

    por Elisenda N. Frisach
    mayo 01, 2017

    Cineclub: M, el vampiro de Düsseldorf

    por Elisenda N. Frisach | mayo 01, 2017

    Safo encadenada

    Muchachas de uniforme (Mädchen in Uniform, Leontine Sagan, Alemania, 1931).

    Imponentes estatuas y columnas de piedra, una arquitectura colosal que mantiene vivo el recuerdo de un pasado glorioso que sería derruido en el desastre de la Primera Guerra Mundial y que la norma y la tradición resucitan a cada instante a través de sus instituciones y sus representantes. La sobriedad y la fortaleza como emblemas del espíritu de un pueblo que oblitera sin embargo su humanidad. Estamos en Alemania, más en concreto en la Prusia de 1910, pero podría ser cualquier otro lugar del mundo, uno de esos lugares donde el concepto de patria olvida que una nación la conforman las mujeres y los hombres que viven en ella y no ideas abstractas ajenas a su naturaleza, inhóspitas para la vida y la libertad de sus gentes. La losa del pasado oscureciendo el presente y anegando de horror el futuro por venir, el de la oscuridad nazi. Unas jovencitas marchando en fila en procesión y ritmo marcial, una escuela para señoritas gobernada como si se tratara de un cuartel militar, un sitio donde forjar el carácter a golpe de martillo descargando su furia ciega sobre el corazón de una juventud que grita, ríe y se ensalza en lo más bello y elevado, pero también en lo más intrascendente y juguetón, lo normal a los quince años, cuando cualquier sentimiento y emoción cobra la importancia de ser una cuestión de vida o muerte. Y justo aquí la joven Manuela, catorce años y medio de edad, es donde será ingresada tras la muerte de sus padres debido al desinterés de su tía por seguir acogiéndola en su casa. Un internado será el mejor lugar donde domar su juvenil ímpetu.

    Muchachas de uniforme (Mädchen in Uniform, 1931) se abre así de lo general a lo particular, mostrando el entorno donde se desarrollará la acción para dar a conocer enseguida a la que será una de las protagonistas, Manuela (interpretada por la bellísima Hertha Thiele, que superaba en casi un década la edad de su personaje), a sus compañeras de clase y a las estrictas directora y profesoras del centro. La directora Leontine Sagan, en el que sería su primer filme, muestra en estos minutos iniciales con gran agilidad y limpieza estilística todo ese microcosmos cerrado y asfixiante en el que las escaleras principales evocan los diseños imposibles de algunos cuadros de M. C. Escher, los pisos en los que se distribuyen las estudiantes y sus cuartos compartidos con filas de camas que nos hacen recordar las de los hospicios dickensianos o los más tristes cuarteles militares, ambiente el de estos que domina la estructura de orden y obediencia que imperan en el colegio. La joven Manuela entrega sus ropas de calle al entrar y recibe un uniforme usado que será lo que vestirá a partir de ese momento. Su pelo es recortado y se impone el uso obligatorio de horquillas para llevarlo siempre recogido. Sin tener plena consciencia de ello pareciera que ingresara en una cárcel, y tal es así pues cualquier sentimiento, cualquier sueño infantil intentará ser reprimido y eliminado como inconveniente e inapropiado para su educación. Un ambiente severo, unas normas de conducta rígidas que, como no puede ser de otra manera, invitarán a una constante rebelión. En su intimidad, las jóvenes leen a escondidas libros prohibidos, pegan en sus taquillas fotografías de actores y hombres semidesnudos tras inocentes carteles que las ocultan y hablan del amor, un deseo por descubrir y experimentar que parece no tener sexo determinado. Lo mismo suspiran arrobadas por ese deportista musculoso en calzonas que por una de sus maestras, la señorita von Bernburg (Dorothea Wieck), la única que se muestra humana y cariñosa con ellas. Una necesidad de afecto que no atiende al género y que no se mide por las restricciones sociales del exterior. Una de las primeras advertencias que recibe Manuela de sus compañeras es precisamente un admonitorio “No vayas a enamorarte” referido a esta profesora.

    por José Luis Forte
    diciembre 27, 2016

    Cineclub: Muchachas de uniforme (1931)

    por José Luis Forte | diciembre 27, 2016
    Toni Erdmann

    De la desesperación al disparate

    crítica ★★★★★ de Toni Erdmann (Maren Ade, Alemania, 2016).

    Entre nosotros (2009), el anterior y muy reivindicable largo de Maren Ade, culmina con un desenlace bellísimo en su arrebato de infantilismo. Tras un proceso de deterioro de la pareja joven protagonista que parece conducir a la ruptura, ella (Gitti) se deja caer inerte sobre una mesa y se hace la muerta. El amago de reconciliación sucede cuando él (Chris) consigue «reanimarla» haciendo pedorretas con la boca sobre su barriga. La fuerza del efecto que tiene este final hay que buscarla en el tratamiento del resto de la película. Desde el principio, Ade orienta la percepción del espectador hacia su reconocimiento como intruso en los rituales más íntimos de una pareja. Gitti y Chris, solos en una casa de veraneo en Cerdeña, se recrean en sus juegos y bromas privadas mientras los observamos desde la incomodidad del voyeur no invitado. No obstante, la aparición de una segunda pareja rompe su aislamiento y explicita la presión que ejerce sobre Chris la ambición del éxito profesional, destapando con ello unas inseguridades personales que terminan por dañar su relación con Gitti. Sucede, por tanto, la dolorosa irrupción del «mundo real» que corrompe los ideales del micromundo de la relación romántica. La cuestión es que la transparencia con la que Ade ha expuesto la intimidad de la pareja cobra en ese momento un nuevo sentido: el acto de recordarla como una plenitud perdida nos hace pasar de la incomodidad a la nostalgia. Nos hace partícipes del desgarro. De ahí que el final, pese a que su resolución narrativa sea ambigua, resulte con todo conmovedor: sólo se atisba una posibilidad de arreglo cuando Chris recupera sus pequeñas comedias privadas. Ade plantea aquí el humor como último recurso para la recomposición de los lazos afectivos. El humor como medida desesperada.

    Las conexiones que presenta Toni Erdmann con Entre nosotros son diáfanas respecto a las inquietudes temáticas que parecen mover el cine de la cineasta alemana. En su nueva cinta tenemos de nuevo a dos protagonistas a los que unen lazos afectivos deteriorados por las intromisiones externas. Winfried (Peter Simonischek) e Ines (Sandra Hüller), padre e hija. La naturaleza de esas intromisiones, además, también es la misma que en Entre nosotros. Ya en su primera aparición, Ines se presenta definida por los ropajes de ejecutiva agresiva (trabaja en Bucarest como consultora de una multinacional petrolífera): el traje oscuro, la mirada tajante, el móvil que no deja de sonar. Es decir, la presión de la ultracompetitividad capitalista cuyo efecto sobre su relación con su padre queda patente en esa misma escena de presentación: pese a que está de visita relámpago en su pequeña ciudad natal a la que casi nunca va (Karlsruhe, que es también el lugar donde creció Ade y el escenario de Los árboles no dejan ver el bosque, su primer largometraje), deja el teléfono apenas dos minutos para saludarle. Ade dedica un largo planteamiento a describir la relación presente entre Winfried e Ines, comenzando por la introducción del primero: un profesor de música cercano a la jubilación, aficionado a las bromas y que sugiere una herencia del clima progresista de la Alemania de los setenta en su estilo de vida creativo y despreocupado. El argumento continúa con una serie de escenas en las que Winfried, sensibilizado por la muerte de su anciano perro, en un intento de recomponer lazos con su hija viaja a Bucarest (escenario que, ya de paso, añade capas de lectura al contener el choque entre las dos Europas y las dos sensibilidades políticas de ambos personajes). En dichas escenas, la cineasta despliega esa estrategia de la incomodidad de la que hablábamos en el primer párrafo. La idea es que, a través de la exposición prolongada de las acciones, se renuncia al avance narrativo convencional. Para incidir en su lugar en una descripción detenida de personajes que logra, por encima de todo, evocar el afecto (casi) perdido entre Winfried e Ines. Hay una escena especialmente dolorosa en la que los dos se despiden, tras la estancia del primero en Bucarest, en la puerta del piso de Ines. En pocos segundos intercambian despedidas formales. El breve golpecito en la espalda que ella le da es su único contacto físico. Ade filma en continuo los treinta segundos posteriores que tarda en llegar el ascensor mientras se observan en un silencio incómodo, incapaces de sostenerse las miradas. El detalle, junto al llanto posterior de Ines en solitario (condicionada por su cultura laboral a esconder cualquier tipo de debilidad) alcanza unas dimensiones connotativas apabullantes. Los afectos paternofiliales se manifiestan como una presencia fantasmal: un eco del pasado que se diluye invisible en las imágenes, cuya fuerza no basta para reparar su desunión pero sí para hacerles (y hacernos) constatar la tristeza de su desaparición. En este caso, la incomodidad es tanto interior (la que sienten Winfried e Ines ante su incapacidad para expresarse estima) como exterior (la que, como observadores intrusos, nos despierta escudriñar una situación incómoda prolongada).

    por Miguel Muñoz Garnica
    noviembre 04, 2016

    Crítica | Toni Erdmann

    por Miguel Muñoz Garnica | noviembre 04, 2016

    El Festival de cine alemán de Madrid llega a su mayoría de edad en plena forma: abriendo un vano indispensable para dar a conocer al público español una de las cinematografías más interesantes del cine europeo que, sin embargo, sigue sin alcanzar la notoriedad de otros países del continente. La aparición de autores como Jan Ole Gerster (Oh Boy!) hacía presagiar una nueva gran ola del cine germano que por ahora solo deja detalles de calidad. Es el caso de la más que interesante apertura de la muestra de este año: Fukushima, mon amour, nuevo trabajo de la veterana Doris Dörie que se pudo ver en la Berlinale y que aborda la relación improvisada entre una joven alemana y una anciana japonesa superviviente de la catástrofe de Fukushima. Una historia de amistad y perdón que tiene todos los ingredientes para entusiasmar al público. Tras su proyección en Sundance, Nicolette Krebitz aparecerá en Madrid con Wild, protagonizada por la imagen de la pasada entrega, Lilith Stangenberg, que narra una historia de pulsiones provocadas por el encuentro entre una mujer y un lobo. Sin duda, una cinta que no dejará indiferente. Por otro lado, ¿recuerdan Goodbye Lenin!? Pues su director, Wolfgang Becker, estrena filme. Su título, Yo y Kaminski, liderado de nuevo por Daniel Brühl y que cuenta el enésimo choque entre juventud y vejez encuadrado, esta vez, dentro del marco de la crítica y el arte. El autor del sleeper de 2013 Wetlands, David Wnendt, también pasará por la capital española con Er ist wieder da, parodia que juega con el regreso de Adolf Hitler encabezada por Oliver Masucci. Completan el apartado principal otros cinco largometrajes. Además, como proyección especial, se podrá disfrutar del reestreno de Las tres luces: «Fritz Lang es uno de los grandes directores de la historia de Alemania. Estoy especialmente emocionado de ofrecer a nuestro público la oportunidad de descubrir su primera obra maestra, Las tres luces (1921), en una brillante y nueva restauración digital acompañada por una excelente partitura musical», comentaba con orgullo Rainer Rother, previo a la premiere de su versión restaurada en la Berlinale. Una versión que se exhibirá en Madrid con música de Raphaël Marionneau. La guinda de un pastel con sabor a butterkuchen. El Festival de cine alemán se desarrollará del 7 al 12 de junio.

    Largometrajes

    Fukushima, mon amour (Grüße aus Fukushima, 2016) de Doris Dörie. 104 min. Distribución en España: Abordar.
    Nosotros los monstruos (Wir Monster, 2015) de Sebastian Ko. 95 min. Distribución en Europa: Pluto Film.
    Salvaje (Wild, 2016) de Nicolette Krebitz. 97 min. Distribución internacional: The Match Factory.
    Refugio (Freistatt, 2015) de Marc Brummund. 104 min. Distribución en Europa: Pluto Film.
    Ha vuelto (Er ist wieder da, 2015) de David Wnendt. 110 min. Distribución internacional: Beta Cinema.
    En la casa de las telarañas (Im Spinnwebhaus, 2015) de Mara Eibl-Eibesfeldt. 91 min. Distribución internacional: Tellux-Film.
    Yo y Kaminski (Ich und Kaminski, 2015) de Wolfgang Becker. 120 min. Distribución internacional: The Match Factory.
    Mi vida a los sesenta (Miss Sixty, 2014) de Sigrid Hoerner. 98 min. Distribución en España: Vercine
    Herbert (2015) de Thomas Stuber. 109 min. Distribución internacional: Picture Tree.

    Documentales

    Fassbinder (2015) de Annekatrin Hendel. 92 min. Distribución internacional: It works!

    Infantil

    Rico, Óscar y el misterio del bingo (Rico, Oskar und das Herzgebreche, 2015) de Wolfgang Groos. 95 min. Distribución internacional: Beta Cinema.

    Proyección especial

    Las tres luces (Der Müde Tod, 1921) de Fritz Lang. 94 min. Distribución internacional: Fundación Friedrich Wilhelm Murnau.

    Ciclo La movida berlinesa

    Esto no es California (This ain’t California, 2011) de Marten Persiel. 99 min.
    Coming out (1988) de Heiner Carow. 112 min.
    B Movie: Lujuria y música en Berlín Occidental 1979-1989 (B-Movie: Lust & Sound in West Berlin 1979-1989, 2014) de Klaus Maeck (92 min).
    Muerte a los hippies! Que viva el punk (Tod den Hippies!! Es lebe der Punk, 2014) de Oskar Roehler. 105 min.
    por EAM
    mayo 20, 2016

    Programa de la 18ª edición del Festival de cine alemán de Madrid

    por EAM | mayo 20, 2016

    El pálido reflejo del mito

    crítica de Queen of the Desert (Werner Herzog, Alemania, 2015).

    Dedicado, en los últimos tiempos, en cuerpo y alma a sus excelentes documentales –Grizzly Man (2005), Encuentros en el Fin del Mundo (2007) u Ode to the Dawn of Man (2011), entre otros muchos–, con los que compensa la falta de tino en sus más recientes filmes de ficción –aun con sus aciertos, títulos como Rescate al amanecer (2007) o el remake de Teniente corrupto (2009) están muy lejos de sus mejores logros pasados–, Werner Herzog es un cineasta que jamás causa indiferencia con sus trabajos. El que fuera considerado uno de los fundadores del Nuevo cine alemán siempre mostró cierta debilidad por los personajes extremos, enfrentados al mundo y, muchas veces, bordeando peligrosamente la locura. Así lo atestiguan obras tan inolvidables como Aguirre: la cólera de Dios (1972), Nosferatu (1979), Woyzeck (1979), Fitzcarraldo (1982) o Cobra verde (1987), aquellas en las que contó con la inestimable colaboración de su actor fetiche Klaus Kinski, estrechamente ligado a la carerra del realizador a pesar de unas más que complicadas relaciones que quedaron reflejadas en el revelador documental Mi enemigo íntimo (1999). Al menos sobre el papel, un proyecto como Queen of the Desert (2015) contaba, de entrada, con una protagonista femenina inconformista, aventurera y con ese punto desquiciado que siempre caracterizó a los mejores personajes de Herzog, por lo que cabía albergar algunas esperanzas en que Herzog pudiese recuperar buena parte del crédito perdido en los últimos años fuera de los documentales.

    La historia de la polifacética Gertrude Belle –escritora, cartógrafa, científica, arqueóloga, viajera, fotógrafa, alpinista, política y espía son algunos de los adjetivos que podrían definirla en su trayectoria profesional–, considerada como una especie de versión femenina de Lawrence de Arabia que se convirtió en pieza clave para la construcción de Irak y la delimitación de sus fronteras, era merecedora de ser trasladada a la gran pantalla con rigor, pasión y, sobre todo, el mismo espíritu aventurero que fue determinante a la hora de convertir al citado protagonista de la obra de 1962 de David Lean en un auténtico clásico del cine. Aquella mujer indomable, rebelada contra la hipócrita alta sociedad inglesa en la que le tocó nacer, poseía una gran inteligencia (fue la primera en doctorarse en Historia Moderna en Oxford) y era dueña de una personalidad arrolladora, capaz de intimidar a cualquier candidato a convertirse en ese esposo que su familia esperaba para ella. Lo que para cualquier joven de la época podría ser asimilado como un drama, para Gertrude no fue más que la confirmación de que su lugar estaba en lugares exóticos y lejanos, siempre a la búsqueda de aventuras y nuevos conocimientos. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, fue enviada por su padre a la Embajada de Gran Bretaña en Teherán, donde pronto demuestró una innata facilidad para aprender las lenguas árabe, turca y persa, comenzando una serie de enriquecedoras expediciones que la llevaron por todo el ancho Imperio otomano, relacionándose en estos viajes con los líderes de las diferentes tribus de beduinos, visitando palacios y mezquitas y realizando exploraciones arqueológicas a lugares tan mágicos como la ciudad de Petra, en Jordania. Sus buenas relaciones con los pueblos del Medio Oriente y sus numerosos contactos con reyes, emires y jeques, sirvieron para que Gretrude fuera reclutada como espía militar por el Servicio de Inteligencia británica, contribuyendo a expandir sus dominios en aquel territorio y a establecer una política en una región como Irak.

    por José Martín León
    marzo 24, 2016

    Crítica | Queen of the desert

    por José Martín León | marzo 24, 2016

    Las dos Europas

    crítica de Respira (Ein Atem, Christian Zübert, Alemania, 2015).

    No hay nada más expresivo acerca de lo que se ha dado en llamar el fenómeno de las «dos Europas» que la relación entre Alemania y Grecia. Rescatadora frente a rescatada, figura paternalista autoimbuida de sabiduría (entendida como inherente al poderío político-económico) frente a oveja descarriada que se resiste a que sus pasos de vuelta al redil sean dirigidos a distancia por la fría vara germana. La Europa rica, en fin, que saca pecho con condescendencia hacia la (pobrecita) Europa pobre que no ha sabido conducirse por sí misma. El escenario, tan de actualidad mediática, resulta idóneo para el principal fin que motivó la creación de Respira, según lo ha afirmado su propio director: plantear el diálogo entre las dos Europas mediante un ejercicio de sinécdoque, cuya representación del todo es la narración cruzada de dos peripecias femeninas. Tessa es una mujer alemana de clase acomodada, absorbida por su trabajo, madre primeriza de un bebé de pocos meses y en permanente estado de ansiedad. Elena, una chica griega que, harta de la falta de oportunidades en su país, deja atrás a su familia y su novio para probar suerte en Alemania. Ambas cruzan sus historias cuando Elena, justo al descubrir que está embarazada, comienza a trabajar de niñera para Tessa.

    En este punto de partida está uno de los mayores aciertos de Zübert, que para tender el puente entre las dos Europas confrontadas recurre a una conocida problemática común: la presión que ejerce sobre las dos mujeres una sociedad en la que la dictadura del éxito laboral se alía con los automatismos patriarcales. Así, Tessa viene a funcionar como personificación de los «problemas del primer mundo», como ella misma los define en una línea de guion. La imposibilidad de desconectar de las obligaciones de su trabajo. Esa típica neurosis de madre moderna obsesionada por controlar todo lo que sucede en y alrededor de su bebé. La coacción de una mentalidad tradicional (encarnada por la figura de la suegra malcarada) que la empuja a sentirse culpable por no pasar más tiempo con su hija, y cuya herencia es perceptible en un marido poco colaborador en las tareas domésticas. Mientras que sobre Elena pesa la precariedad de un mundo laboral que no le da ninguna facilidad para atender a su embarazo, ese empleo basura que la considera un engranaje más de la cadena de montaje que puede ser sustituido si empieza a dar problemas, y que despacha su crueldad con coletillas tipo «si no te gusta el trabajo, tengo veinte en la puerta que se darían de tortas por él». A lo que hay que sumar los reproches de su familia por no haberse quedado en su país con los suyos y los amagos de autoritarismo machista de su novio.

    por Miguel Muñoz Garnica
    enero 23, 2016

    Crítica | Respira

    por Miguel Muñoz Garnica | enero 23, 2016

    El escritorio y el acantilado

    crítica de Midiendo el mundo (Die Vermessung der Welt, Detlev Buck, Alemania, 2012).

    Afirma el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince que existen dos tipos de escritores, muy distinguibles según el proceso metódico de su búsqueda literaria: el ensimismado y el enajenado. El primero busca en la profundidad de su ser lo que pudo haber sido; el segundo se imagina a sí mismo como otros seres, explora en las posibilidades. Como bien dice citando a dos enormes ejemplos de la Literatura Universal, «[…] así como Borges halló a Funes ensimismándose, mediante el mismo ejercicio espiritual que usó Cervantes para encontrar al Quijote en el fondo de sus sueños, el hallazgo de Sancho lo hizo hundiéndose en […] el cuerpo, el pensamiento y la actitud de muchos campesinos españoles […]». Este doble modelo también podríamos definirlo —con más humildad— como un “viaje hacia adentro” y una “exploración de la otredad”. Precisamente esta cuestión abordó el escritor Daniel Kehlmann en La medición del mundo (Die Vermessung der Welt, 2005), —obra catalogada como “la novela alemana de mayor éxito desde El perfume”— fundiendo la realidad con la ficción del encuentro entre dos de las mayores eminencias intelectuales del siglo XIX: el matemático Carl Friedrich Gauß y el naturalista y aventurero Alexander Von Humboldt. El éxito del libro pronto provocó, como suele suceder en una industria cinematográfica siempre ávida de apropiarse en su propio lenguaje de los éxitos mediáticos, la filmación de una adaptación en la gran pantalla, que llega a nuestro país con casi cuatro años de retraso.

    Die Vermessung der Welt (2012), traducida como Midiendo el mundo, propone una estructura narrativa que presenta la vida y obra de los dos genios mediante una técnica de desarrollo paralelo. Tal y como ocurría al principio de la estupenda Amadeus (Milos Forman, 1984), se nos presentan dos personajes diametralmente opuestos en cuestiones socioeconómicas y culturales pero unidos por su búsqueda de la perfección, del conocimiento último, de la gloria. Si en aquel filme se nos enseñaba a Salieri/Mozart, aquí, en este caso, las dos caras de la misma moneda son Gauß y Humboldt. El primero, criado en la miseria, en el infecto hedor de las curtidurías —ese vestuario de girones y la cara sucia con que se muestra en el cine a la gente humilde en prácticamente toda adaptación cinematográfica que aborde cualquier época anterior a la Segunda Guerra Mundial— y muy a pesar de un inapelable estigma social, consigue obtener el beneplácito de la nobleza y se le concede una beca para desarrollar la genialidad que se intuye en su mente. El segundo, con la inestimable garantía vital de pertenecer a otra estirpe —un grupo selecto que, fruto de una riqueza obscena, ha tenido la suerte de no preocuparse por los asuntos cotidianos—, ha decidido dedicar sus esfuerzos intelectuales no al aburrimiento o el hedonismo, sino a fines más elevados, potenciado por la curiosidad y el deseo de conocerlo todo. Ambos, pues, echan a andar en esta búsqueda de la verdad detrás de las situaciones terrenales, las certezas y el confort de la ignorancia, pero de modos muy distintos. Si Gauß es un genio ensimismado, encerrado frente a su escritorio con papel y pluma, dispuesto a encontrarle sentido a aproximaciones tales como la curvatura de la Tierra, Humboldt, el enajenado, abandona toda comodidad de su situación privilegiada y se lanza al conocimiento empírico alrededor del mundo, al ensayo/error, con la inocencia como mayor virtud. Mientras Gauß se lamenta por encontrarse rodeado de mediocres, la sensación de incomprensión también la sufre en carne propia Humboldt, incapaz de entender por qué los esclavos del mal llamado Nuevo Mundo, cuya libertad él mismo ha pagado, simplemente no saben qué hacer con esa libertad ni tienen adónde ir.

    por Luis Enrique Forero Varela
    enero 22, 2016

    Crítica | Midiendo el mundo

    por Luis Enrique Forero Varela | enero 22, 2016

    Carpe Diem

    crítica de Victoria (Sebastián Schipper, 2015).

    En el primer capítulo de la inmortal obra de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas (Alice in wonderland), publicada hace casi ciento cincuenta años, se nos presentaba a su protagonista, una niña sentada junto a su hermana a la orilla del río en un día de verano, que observa la aparición repentina de un peculiar conejo, vestido de chaleco de tweed, y decide, producto del aburrimiento, seguirlo hacia su madriguera, dejando atrás la zona de confort en una tarde que no auguraba ninguna sorpresa: «[…]Y no tardó Alicia en seguirle, sin pararse a pensar cómo se las arreglaría para salir de allí […]». Este simple acto, motivado por uno de los mayores impulsores de todo el desarrollo de la condición humana, nada más y nada menos que la pura curiosidad, supone no solamente el internamiento en el vértigo de lo desconocido; es, además, una vía, un catalizador para la liberación de la pulsión sexual y de la muerte muerte —dos conceptos prestados de la terminología freudiana—, los deseos más instintivos que, por norma general, no responden a las cuatro virtudes cardinales del mundo clásico, reinterpretadas por la fe católica: justicia, prudencia, fortaleza y templanza. La desinhibición frente a lo ignoto y la contención de la racionalidad son dos de los elementos clave que hacen acto de presencia de manera constante a lo largo de Victoria (2015), cuarta incursión en la dirección del también actor Sebastian Schipper (Hannover, Alemania, 1968), cuya breve aparición en la opera prima de Tom Tykwer Corre Lola, corre (Lola rennt, 1998) no es, en absoluto, una mera coincidencia, con respecto a la cinta que abordamos, dado que ambas comparten el uso de la cinética como elemento conductor.

    La primera escena del filme, un continuum sin interrupciones, un plano secuencia (sin cortes) de más de dos horas de duración —todo un prodigio técnico, del que hablaremos extensamente más adelante—, presenta a la protagonista, interpretada por la actriz española Laia Costa (Barcelona, 1985) en su primer gran papel en un largometraje, bailando a ritmo de tecno en un club de Berlín, como símbolo de la cultura de ocio nocturno por la que es bien conocida la capital alemana. Victoria, que no domina la lengua local y carece de tejido social a su alrededor, se dispone a regresar a casa, antes de comenzar su temprana jornada de trabajo en una cafetería, cuando se topa intempestivamente, a la salida de la discoteca, con cuatro hombres, que responden a los apodos Sonne, Blinker, Boxer y Fuß, un grupo a medio camino entre la picaresca literaria del Lazarillo de Tormes o Trainspotting, y la criminalidad de bajo nivel de películas como la trilogía Pusher, de Nicolas Winding Refn. Es en este concreto momento donde resuenan con potencia las referencias a la novela de Carroll, pues esta particular Alicia tampoco duda ante el encuentro fortuito, no estima el alcance de sus actos y se deja arrastrar por una curiosidad casi infantil hacia un conjunto de situaciones y entornos en los que el hedonismo etílico de la noche berlinesa se transforma progresivamente en algo mucho más serio, violento y visceral. Alea iacta est, y cada una de las decisiones tomadas va exhibiendo sus consecuencias como una maquinaria imparable, limitando o directamente imposibilitando el arrepentimiento o las alternativas de los personajes.

    por EAM
    octubre 16, 2015

    Crítica | Victoria

    por EAM | octubre 16, 2015

    El colapso cotidiano

    crítica de Jack (Edward Berger, 2014).

    Estableció Sigmund Freud, hace casi un siglo, que uno de los pilares de la teoría del Psicoanálisis, denominado Complejo de Edipo (según el cual el niño genera repulsa hacia el padre —rivalizando con el modelo dominante— y, a su vez, una atracción hacia la madre) se manifiesta de nuevo durante la pubertad. Este rasgo definitorio, además de otros elementos y procesos mentales modelan la dinámica y los acontecimientos que el espectador presencia en Jack, estrenada en la edición 2014 del Festival de Cine de Berlín. Dirigida por el cineasta Edward Berger y escrita en colaboración con Nele Mueller-Stöfen, esta película lleva por título, en un acto de justicia y coherencia, el nombre de su protagonista. Porque absolutamente toda la narración fluye, se filtra y se presenta desde la óptica de su personaje principal, a las puertas de la adolescencia, que debe hacer de padre y hermano mayor dada la ausencia e irresponsabilidad de su joven madre, hedonista y desvinculada de la responsabilidad como progenitora, incapaz de tomar consciencia de su representación en el desarrollo emocional y psicoafectivo de sus hijos. Esta situación de inversión de los roles de conducta ha provocado que, con una mano, el jovencísimo Jack asuma los cuidados cotidianos de su hermano Manuel y, con la otra, ahuyente a los cuestionables candidatos a sustituto paterno, en una reafirmación como macho alfa, pero negándosele así la posibilidad de disfrutar de la tranquilidad de una infancia al uso. En su mirada contenida se manifiesta cómo las circunstancias en las que ha crecido han precipitado una madurez inusitada, una noción de cuáles son las prioridades impostergables, por encima de la satisfacción de sus propias necesidades más básicas.

    Como ocurre con la mayoría de los productos artísticos, resultaría bastante fácil añadirle a este filme la etiqueta de “cine social”, con todo lo que conlleva. Pero se estaría incurriendo en un error, pues la humilde opinión de quien suscribe estas letras sugiere que todo cine es social: plantea, desarrolla y resuelve —o no—un conflicto, ya sea en clave metafórica, o bien apelando a la representación más fidedigna de la realidad. Muy al estilo del mejor Ken Loach, se nos presenta en Jack un entorno frío, hostil y palpable en el que los personajes se esfuerzan por sacar adelante a su familia mediante los medios de que disponen. El pequeño protagonista de esta historia, tras ocurrir una eventualidad que dispara los acontecimientos posteriores y pone de manifiesto el conflicto anteriormente mencionado, debe dejar de lado su propia condición de sujeto frágil para buscar, junto a Manuel, a la madre, esa presencia etérea, diletante, atravesando un Berlín en el que los adultos exhiben un comportamiento aniñado, inseguro y egoísta. Este elemento se refuerza poderosamente, gracias a la excelente fotografía de Jens Harant, cuya efectividad se observa en cada uno de los planos, austeros y sin embargo de una estética impecable —pues, bien se sabe, el secreto de la belleza artística es eliminar el andamiaje procedimental y darle autonomía a la obra, cimentando el pacto ficcional—, con el uso de la cámara en mano que no se separa ni un instante de aquel rostro atormentado, cortando, si hace falta, a los personajes adultos deliberadamente a la altura de los hombros y reforzando así el brillante trabajo del actor que da vida a Jack, Ivo Pietzcker; un soberbio ejercicio interpretativo que soporta con vigor todo el peso del largometraje. La sobriedad de sus gestos oculta una profunda expresión emocional, ejecutada en ocasiones sin necesidad de abrir la boca.

    por EAM
    octubre 02, 2015

    Crítica | Jack

    por EAM | octubre 02, 2015

    El largo camino hacia la redención

    crítica de Todo saldrá bien (Everything will be fine, Wim Wenders, 2015).

    El 3D empleado como herramienta para entrar en el alma de las personas. Este es el atrevido objetivo que se propuso el siempre ambicioso Wim Wenders a la hora de aplicar este formato a su último trabajo, Todo saldrá bien (2015), drama intimista que supone su primera incursión en el largometraje convencional desde los decepcionantes resultados artísticos de Palermo Shooting (2008). No han sido, sin embargo, siete años de silencio los del realizador alemán, ya que, durante este tiempo, nos ha traído grandes alegrías con dos personalísimos y muy premiados documentales: Pina (2011), que, homenajeando a la bailarina y coreógrafa Pina Bausch, le sirvió para tener un primer acercamiento, más o menos novedoso, al 3D, y La sal de la Tierra (2014), codirigido junto a Juliano Ribeiro Salgado. El que fuera responsable de joyas del cine tales como El amigo americano (1977), París-Texas (1984) —su tristísima y desgarradora obra maestra— o El cielo sobre Berlín (1987) intenta volver a un tipo de cine más sobrio y emocional sin renunciar del todo a sus ansias de experimentar con las nuevas tecnologías, buscándole otras aplicaciones al 3D que nada tengan que ver con las escenas de acción o efectos especiales, escarbando en la mirada de los actores para desentrañar sus emociones más ocultas.

    Obras como Mi mapa del mundo (Scott Elliot, 1999) o Rabbit Hole (John Cameron Mitchell, 2010) supieron huir de los peligrosos caminos del telefilme de sobremesa para entregar poderosos reflejos de cómo afecta a los seres humanos la pérdida de un allegado en circunstancias accidentales. Muy en la línea de aquellas, al menos a nivel argumental, Todo saldrá bien pertenece a ese tipo de películas que tratan temas como la culpa, el perdón y la redención, ofreciendo episodios traumáticos para sus personajes de los que les resulta muy difícil sobreponerse, llegando a tocar fondo para, posteriormente, conseguir levantar cabeza. Es lo que le ocurre al protagonista de la historia, Tomas, un escritor en horas bajas de creatividad y que tampoco pasa por su mejor momento sentimental junto a su novia, cuya existencia se ve sumergida en un pozo sin fondo después de atropellar a dos pequeños hermanos, segando la vida de uno de ellos. Wenders, en su huida de cualquier tipo de sensacionalismo o concesión a la lágrima fácil, construye un relato excesivamente gélido que, por momentos, parece olvidarse de los conflictos dramáticos para centrarse en ser un expresivo, que no pedante, ejercicio de estilo. Y es que la fotografía de Benoît Debie es tan preciosista que, a veces, juega en contra de la propia cinta, opacando la labor de unos esforzados intérpretes que tratan de solventar sus complicados personajes con profesionalidad. Pocas veces habremos visto a un James Franco tan contenido como aquí. Tanto que a veces peca de hierático por su economía gestual y esa manera susurrante y afectada de susurrar sus diálogos. Sin embargo, estos problemas de apatía habría que achacárselos más al deshilvanado guión de Bjørn Olaf Johannessen que al actor. Junto a él, Rachel McAdams hace lo que puede con su desdibujado rol de novia que trata de ayudar al protagonista a superar el duro bache, mientras que Charlotte Gainsbourg vuelve a explotar su faceta más atormentada y sufridora, aquella que la ponen a un paso de la locura y que tan bien le funcionó en sus colaboraciones con Lars von Trier, dando vida a la madre del pequeño fallecido. Lástima que en esta ocasión su papel esté tan mal desarrollado, con una evolución poco creíble, además de adolecer de escasa química con Franco en sus puntuales confrontaciones.

    por José Martín León
    julio 26, 2015

    Crítica | Todo saldrá bien

    por José Martín León | julio 26, 2015

    Cyberactivismo de doble fondo

    crítica a Who am I – No system is safe (Who Am I - Kein System ist sicher, Baran bo Odar, 2014).

    El mundo en el que vivimos tiene poco de analógico. Está dominado por lo digital. Las redes de información están por doquier. Ahí hacemos transacciones financieras, nos comunicamos, nos mostramos. Todo está en todas partes y en ningún sitio. En esa esfera virtual convergen tantas cosas que lo real pierde su connotación física. De historias que parece que son y luego no lo son. Del mundo digital y sus riesgos. De eso va Who Am I - No System Is Safe (2014) del suizo Baran bo Odar; cuya opera prima fue el Silencio de hielo (2010), que tuvo un tibio recibimiento en nuestro país. Su última obra se estrenó en septiembre de 2014 en Alemania con una gran acogida por parte del público. Producción germana pero de corte hollywoodiense protagonizada por Benjamin, un friki capaz de saltarse los más avanzados sistemas de seguridad que se une a un grupo de hackers con los que se inicia en el activismo informático con gamberradas 2.0. Una película de tres niveles (desiguales), el del mero entretenimiento, el político (superficial) y la parte, más débil, de un veinteañero buscando su identidad. Un thriller informático, subgénero que tuvo su pistoletazo mediático hace algo más de tres décadas con Juegos de Guerra (1983). Sin embargo Who Am I - No System Is Safe parece ser más heredera, en el concepto, de aquella horterada noventera, protagonizada por Angelina Jolie, llamada Hackers (1995). Eso sí, con un sentido del gusto y del ritmo mucho más dignos. Asimismo parece llegar en un buen momento: el modus operandi de sus protagonistas y de los grupos de hackers cyberactivistas recuerda al universo Anonymous tan en boga. La ausencia de fronteras, su germinación en la Red, con las “inercias propias de Internet” están reflejadas en el filme.

    El realizador helvético utiliza todas las artimañas audiovisuales –como una banda sonora y un montaje muy resultones (haciendo gala de su etapa como publicista), así como una fotografía bastante cuidada– para lograr el objetivo: entretener al espectador a base de giros de guion, hasta alcanzar el clímax con un final asombroso y engañoso a partes iguales. En todo caso, armonioso con la cinta. Basado en una sucesión de sorpresas casi inverosímiles, aprovechando que vivimos en una época de constante “conspiranoia”. Llevando al límite la confianza del público —¿cómo lo consigue? se preguntará éste—, con un ritmo por momentos vertiginoso, dinámico. Resolviendo con maestría y estética cyber punk el anodino mundo de los foros ocultos de hackers. Como si fuesen encapuchados con máscaras en vagones de metro, así retrata el director sus lugares para chatear en la Red. El guion, coescrito con su esposa –Jantje Friese–, tan trabajado como tramposo, plagado de matices, aristas, falsos fondos y engaños pirotécnicos consigue dejar un placer efímero. Con tanta habilidad narrativa como tópicos en su haber: la historia de amor, el marginado inteligente, el nerd, el ligón con afán de protagonismo, la investigadora policial obsesionada con el caso… Se puede ver, salvando las distancias, como si fuese escrita por el Fincher de The Game (1997) y filmada por el Soderbergh de la saga Ocean’s. Una vez evaporados los efluvios del espectáculo y los ingredientes del “éxito” ya no queda nada. Atrás deja hora y media de distracción y esparcimiento. Que no es poco en una aciaga tarde de domingo.

    por Anónimo
    junio 14, 2015

    Crítica | Who am I – No system is safe

    por Anónimo | junio 14, 2015
    About a girl

    Segunda jornada de la 17ª edición del Festival de cine alemán
    por Juan Roures (Madrid)

    Tras la ligera decepción inaugural que supuso Las mentiras de los vencedores, quedaba en manos de la segunda jornada remarcar las cualidades de esta 17ª edición del festival. Y esta cumple, con creces, su cometido con dos filmes sorprendentes. Indudablemente menos ambiciosos que la obra de apertura pero, precisamente por eso, mucho más concisos y acertados. Cuando fuimos reyes y About a girl son dos películas de temática aparentemente opuesta (la primera se centra en el crimen callejero y la segunda en la crisis existencial) que coinciden en presentar el mundo a través de la mirada de un adolescente enfrentado a la cruda realidad de la vida —y la muerte— con excesiva prontitud. Ambas convencerán a los amantes de sus respectivos géneros, aunque el sorprendente encanto de About a girl la convierte en una candidata clara (aunque, por supuesto, prematura) a mejor cinta del certamen.

    About a girl

    Mark Monheim, Alemania, 2014

    «¿Qué harías si pudieras vivir para siempre?», pregunta la desorientada Charleen a Linus. «Nada, porque no importaría», responde él antes de contraatacar: «¿y si fueras a morir mañana?». «Nada, porque no importaría», emula ella. En efecto, la vida está para vivirla tal y como es. Y eso es algo que About a girl, primer largometraje de Mark Monheim, refleja con humilde primor. Apasionado por la fotografía, la narración y la música rock, el cineasta atañe a la prematura pérdida de su madre su interés por abordar temas serios con humor y esperanza. Así, la adolescente Charleen decide poner fin a su vida de la noche a la mañana, dejando en shock a familiares y amigos. Por suerte para todos (e imprescindible para que el realizador no se encontrara ante otro corto, claro), fracasa en el intento, encontrándose ante una nueva oportunidad de disfrutar de la savia del universo. Pero lo que podría aparentar ser una caprichosa búsqueda de atención se torna en un verdadero grito de madurez al conocerse las motivaciones de un personaje que, sencillamente, no ve sentido a una existencia que, tarde o temprano, llegará a su fin de todos modos. Así, pese a la persistente clave de humor del delicioso guion de Martin Rehbock y el propio Monheim, el tema examinado por ambos es el más difícil que se puede abordar hoy en día: ¿realmente merece la pena la vida humana? 

    Por supuesto, la cinta carece de respuestas concretas a incógnitas milenarias, pero es valiente a la hora de explorarlas. Resulta, eso sí, difícil no acordarse de la dulce Bajo la misma estrella, pero, considerando que ambas cintas vieron la luz prácticamente a la vez en esquinas opuestas del globo, resulta inapropiado hablar, ya no de plagios, sino de inspiraciones siquiera (si bien el calcado plano de los protagonistas tumbados en posiciones opuestas insta a la investigación). Aunque una parte del intento de suicidio y la otra del cáncer, las dos obras exploran las reacciones de chicos y chicas comunes —aunque extraordinariamente ingeniosos— enfrentados a la muerte con excesiva premura. Para ello, mientras la exitosa cinta de de Josh Boone tenía en el tándem Shailene Woodley-Ansel Elgort una relación tan singular como emotiva, About a girl cuenta con los no menos expresivos Jasna Fritzi Bauer y Sandro Lohmann. Ellos encarnan a dos adolescentes marginados, melancólicos y perspicaces que aprenden a contrarrestar la desesperación que determinadas cuestiones vitales pueden despertar en las nostálgicas tardes de lluvia.

    Pero Charleen y Linus no son los únicos personajes de interés de la cinta. Y es que, a diferencia de las dos obras anteriores reseñadas en este festival, About a girl cuida con mimo a todos y cada uno de los seres que crea. Así, Aurel Manthei, Simon Schwarz, Sandro Lohmann, Amelie Plaas-Link y Dorothea Walda interpretan sus roles con credibilidad y afecto, apoyados por un guion que cede a cada uno su momento de gloria (o, mejor dicho, la oportunidad, no sólo de exponer su personalidad, sino de justificarla). Emulando a la ya icónica Juno (2007), About a girl presenta un grupo cerrado de personajes con roles determinados que —bien por simpatía, bien por rechazo— se ganan nuestro interés desde el primer fotograma. Huyendo de los tópicos pero limitada a un terreno representativo poco arriesgado, la película despierta risas y lágrimas por igual y se atreve a debatir sobre complejos temas con refrescante honestidad y recóndita pureza. «¿Sabes qué es lo contrario de la muerte?», pregunta la protagonista a su amigo al término de la narración. Nada mejor que ver esta pequeña joya tragicómica para empezar a averiguarlo. [85/100]

    por Juan Roures
    junio 11, 2015

    Festival de cine alemán 2015 (II) | Cuando fuimos reyes (Wir waren Könige) + About a girl

    por Juan Roures | junio 11, 2015
    Phoenix

    Cuando el Führer robó mi cara

    crítica a Phoenix (Christian Petzold, 2014).

    «Ya no soy la de la foto», suspira una mujer ojerosa en el interior de un coche, con el pasado borrado y el futuro trémulo, la mirada angustiada posada en una vieja instantánea y un tatuaje de Auschwitz, como la más solemne de las cicatrices, oculta bajo su vestido. Lejos de tratarse de una frase hecha, sus palabras remiten a una realidad desgraciada, extraña, y como la de las tragedias griegas, inexorable. Nos transportamos hacia el Berlín Oeste de 1945, donde Nelly —Nina Hoss— es la protagonista del nuevo drama de Christian Petzold, un juego de espejos e identidades que revelan el sufrimiento inyectado por el III Reich en la vida de los más desfavorecidos por el régimen. Un ejercicio cinematográfico con voluntad de estilo y buen pulso narrativo que adereza su hilo principal —de origen descabellado pero desarrollo naturalista y creíble— con dosis proporcionadas de suspense e intimismo. Trazando el contexto histórico del inmediato post nazismo con una suma reducida de elementos para describir el entorno cotidiano que sacude a los protagonistas, Phoenix —título simbólico que roza la metonimia— nos zambulle en una fábula sobre el perdón, la culpa y la dignidad humanas. El foco y el acento de la historia están puestos en la excelente interpretación de Nina Hoss, actriz fetiche del director teutón.

    Imagina ver tu rostro reflejado y no reconocer la angulosidad de tus facciones, la imperfección de tus rasgos, la curva de tu nariz o tus gestos expresivos más genuinos e incondicionales. En el caso de Nelly, el horror de ver su cara recién estrenada en los espejos no es otro que la prolongación de un calvario personal cuyas raíces crecen mucho más allá del propio holocausto para envenenarlo todo. Esta cantante de ascendencia judía regresa a la urbe con la cara envuelta en vendas para someterse a una operación facial, tras sobrevivir a una serie de torturas en Auschwitz. Las heridas y vejaciones han sido las responsables de dejarla tan irreconocible y desfigurada que, paradójicamente, le permiten eludir un control militar de la Gestapo. Con la ayuda de una amiga cuyo objetivo es enviarla a Palestina a encontrar un espacio de refugio para la comunidad judía, Nelly —reconvertida en Esther— sólo tiene por meta reencontrarse con el amor de su vida y el acompañante al piano de su música: su marido Johnny, interpretado por Ronald Zehrfeld.

    por Anónimo
    junio 02, 2015

    Crítica | Phoenix

    por Anónimo | junio 02, 2015
    Vivir sin parar

    El mar y el viento

    crítica de Vivir sin parar (Sein leztes Rennen, 2013), dirigida por Kilian Riedhof. | ★★★★ |

    ¿Es la libertad la que condiciona nuestras inquietudes vitales o a la inversa? Sea como fuere, gane la gallina o salga victorioso el huevo en cuánto a anterioridad de existencia, lo que todo el mundo sabe es que necesitamos ilusiones para vivir. A cualquier edad y dentro de nuestras posibilidades materiales, físicas, mentales y económicas, todos nos fijamos metas, sueños y pequeñas muescas en el camino. Como diría Galeano, sabemos que la utilidad de la utopía no es otra que la de seguir andando, renovando esas preciadas promesas con nosotros mismos. La intención del entrañable protagonista de este blando pero agradable largometraje germano titulado Vivir sin parar hace precisamente justicia a su título: Paul Averhoff es un septuagenario que, por petición de su familia y en contra de su verdadera voluntad, ingresa en un geriátrico junto a su esposa Margot, cuyo estado de salud ya es frágil a causa de la edad. Allí, con la vida enclaustrada entre las cuatro paredes, las opciones de autorrealización o de divertimento de Paul no pueden salirse del aburrido espectro entre el coro cristiano y el taller de manualidades, ambos condicionados por el trato condescendiente de los escasos cuidadores y el ambiente taciturno que el resto parece aceptar. Para Paul la atmósfera de ese lugar es opresiva y lo que necesita es libertad. Sin embargo, lo que los demás residentes desconocen es que fue una importante leyenda como corredor de maratón, ganando incluso la medalla de oro en las Olimpiadas de Melbourne en el 56: la primera secuencia así no los muestra, a través de unas imágenes de sus días de gloria con filtro nostálgico y regusto épico. Una metáfora en tonos azulados de juventud y libertad versus vejez y cautiverio.

    En definitiva, en palabras del propio Paul éste se niega a palmarla haciendo trabajos manuales, y como terapia se enfunda en sus viejas zapatillas de deporte y empieza a correr a diario por los alrededores verdes de la residencia, ante los ojos como platos de los cuidadores y el apoyo incondicional de la mayor parte de sus compañeros. En su cabeza resplandece un objetivo con mayúsculas: repetir de nuevo sus heroicas hazañas y prepararse para la maratón de Berlín. Y como su edad ya no es moco de pavo, deberá lidiar con una angustiosa depresión, el cansancio físico y la falta de ilusión para cumplir esa promesa de gran valor simbólico que le ha hecho a Margot (una dulce Tatja Seibt). En la recta final de su vida, ambos miembros de la pareja siguen muy enamorados y se autodenominan a si mismos “el mar y el viento”. Paul siente absoluto pánico ante la perspectiva de perder un día a Margot, y el acto de correr bajo su tutela como entrenadora es el mejor bálsamo para calmar los nervios. Y con su ejemplo de voluntad nos contagia a nosotros de ganas de correr, correr, correr y respirar, sentir el aire fresco en los pulmones y creernos otra vez capaces de cualquier cosa. Ahí radica la pretensión fundamental de la película, cuyo guion no desborda complejidad ni nos obsequia con la aparición de subtramas de interés.

    por Anónimo
    noviembre 14, 2014

    Crítica | Vivir sin parar

    por Anónimo | noviembre 14, 2014
    Kreuzweg

    El yugo

    Crítica desde la Seminci a Camino de la Cruz (Kreuzweg, 2014), dirigida por Dietrich Brüggemann. | ★★★★ |

    En una época en la que, por desgracia, el auge de radicalismos en Oriente Medio como el del Estado Islámico parece buscar de la forma más cruel posible otra Guerra Santa, en días en los que la televisión echa mano de la Yihad para sembrar titulares nutridos de decapitaciones, amenazas de atentados y auténticas barbaridades dichas desde mezquitas, quizás, una obra como esta venga bien para replantearnos que ni ellos son todos malos, ni nosotros somos todos buenos. Que el demonio, como se señala en la propia cinta, está en todas partes, y que nuestro gozoso estado del bienestar (al menos así lo era hasta hace unos años), ese que tanto costó conquistar, ese de la libertad de pensamiento, de sexualidad, o de llevar minifalda y escuchar a Iron Maiden, ni ha sido ni es tan universalizable como nos pensamos. Porque el fundamentalismo católico puede ser tan terrible como cualquier otro. Porque en realidad la muerte de la razón empieza en el dogma, sea este del color que sea.

    Narra la cinta, que fue premiada como mejor guión en Berlín, la historia de María, una joven de catorce años que sin ser consciente de ello vive presa en el ambiente sectario católico de su familia. Una joven que en ningún momento vive, ni vivirá, su propia libertad. La película está estructurada de una manera original e impactante: catorce estaciones, como Jesús de camino al Calvario, las cuales van dando una evolución a la historia creando elípsis entre los distintos conflictos. Catorce planos secuencia en los que la estaticidad es la reina de cada escena. No solo la de un trípode clavado al suelo, sino también la de unos personajes encerrados en sí mismos que quedan atrapados en esa inmovilidad síntoma de su padecimiento interior. Se crean así encuadres próximos a cuidadas composiciones pictóricas que aumentan por esos derroteros el interés narrativo, sembrando además cuando es oportuno referencias religiosas con sutilidad y evidencia, y sobre todo, oponiendo dentro de cada secuencia la movilidad contra la estaticidad, la vida contra la muerte: la chica discutiendo con la madre, el padre clavado en su silla, los niños que corren en el gimnasio, la chica que se para por culpa de la “música demoniaca”, la bella au pair llena de energía, la joven enferma en la cama. Lo mejor de esta fragmentación es, sin duda, el hecho de que a pesar de que el todo es más que la suma de las partes, estas mantienen una unidad consigo mismas, pequeños átomos que contienen en sí mismos la esencia de la unidad mayor y que a la vez muestran una progresión narrativa. Sorprendente es por tanto el inicio del filme, un plano fijo de unos diez minutos en el que un cura, con seguridad de manual, “enseña” a un grupo de alumnos entre los que se encuentra María, las leyes divinas tal y como deben ser. Aquellas que no admiten doble lectura, que solo pueden ser de una manera, y que un soldado de Cristo debe conocer. La siembra de la semilla que conducirá a María a su personal deriva, entregada por voluntad propia al Dios que la han hecho creer que existe como si su vida no pudiera ser otra cosa que una ofrenda divina. Y el hecho de que no hay salvación posible es algo que vamos sabiendo poco a poco, pues el único rayo de cordura que se acerca a ella como acto de inocente amor prepuber es desechado en el acto por las aspiraciones de trascender de la joven. Lo limitado de lo banal es la debilidad del alma. La verdadera esencia está más arriba, en la entrega total al verbo como única manera de vivir (o morir).

    por Unknown
    octubre 21, 2014

    [Seminci 2014] Crítica | Camino de la Cruz

    por Unknown | octubre 21, 2014
    Destino Marrakech

    Multiculturalismo pijo

    crítica de Destino Marrakech | Exit Marrakech, de Caroline Link, 2013

    Hay una llamativa tendencia en la Europa moderna, cosmopolita y de clase acomodada que podríamos definir como “el síndrome de la Alianza de Civilizaciones”. Quizá les suene el perfil: el “niño bien”, educado en los mejores colegios, que vive en una cómoda casa de barrio residencial con jardín y dos pisos. Pero al que de vez en cuando le apetece salir de la jaula de oro, colgarse la mochila al hombro e ir a explorar algún país exótico a impregnarse de “otras culturas” y ampliar la mente. De él se nutre la nueva cinta de la oscarizada Caroline Link: Destino Marrakech, que utiliza como telón de fondo una Marrakech vista, en buena medida, bajo este prisma que tiene mucho de la mentalidad del adolescente deseoso de descubrir en lo diferente, lo exótico, una forma de libertad.

    Y es precisamente un adolescente uno de los dos protagonistas, ambos personajes típicos de familia desestructurada moderna: Ben (Samuel Schneider), el púber pijo-pero-rebelde y demasiado listo como para ser buen estudiante. Empeñado en mostrarse insumiso ante todo y especialmente ante su padre (interpretado por Ulrich Tukur, uno de los actores más prestigiosos en Alemania), un escritor de teatro divorciado que alterna el pasotismo con los intentos de tratar a su hijo haciéndose el “colega”. Link arranca la historia juntándolos a ambos en Marrakech durante las vacaciones de verano. Lo que da pie a una pareja protagonista con un interesante contrapunto entre el adolescente rebelde, ávido de sensaciones, frente al cincuentón cínico, desengañado de todo.

    Así, Destino Marrakech toma claro partido por la opción vital de Ben y se deja contagiar por su fascinación por la ciudad marroquí. Algo que se hace sentir en los planos donde la cámara se zambulle entre las callejuelas siguiendo el dejarse perder de su protagonista. La directora, en su búsqueda de la naturalidad en estas escenas de exteriores, recurrió incluso a los teleobjetivos para rodarlas desde los balcones, dejando así que la ciudad actuara con autenticidad. La fotografía se tiñe de colores fuertes, cálidos, y fotogramas bulliciosos donde reina una vitalidad teñida del exotismo que la mirada de un turista hacia una cultura ajena ve en cualquier detalle.

    por EAM
    septiembre 04, 2014

    Crítica | Destino Marrakech

    por EAM | septiembre 04, 2014
    Oro (Gold), de Thomas Arslan

    Eficiencia germana

    crítica de Oro | Gold, de Thomas Arslan, 2013

    La fiebre del oro tiene una fuerte presencia en la cultura popular. No solo americana, también en la latina. En el imaginario colectivo descansa ese cuadro de un grupo de hombres con pico y pala en busca de pedruscos dorados o, en su defecto, un grupo de semejantes, en la orilla de un río, sumergiendo una batea en la corriente y agitándola con la esperanza de encontrar las soñadas pepitas. La fiebre del oro fue un período migratorio masivo impulsado por los hallazgos de yacimientos del metal precioso en zonas rurales. Se produjo a lo largo del siglo XIX, en un contexto de insatisfacción social, donde la desesperación y la ilusión llevaron a miles de personas a abandonar sus empleos y hogares en pos de una vida más amable. La mejora en las vías de comunicación, el sistema internacional basado en el patrón oro y la codicia de hacerse ricos fueron los principales motores de este fenómeno. Los buscadores de oro cruzaron mares, ríos y montañas. Desde Zacatecas hasta Yukón, pasando por California. En el Festival de Berlín de 2013 se proyectó un western germano-canadiense –Gold (2013)– cuyo marco contextual versa sobre este prodigio migratorio. El cine ha retratado muchas veces esta obsesión por la riqueza y la miseria adyacente. Chaplin lo hizo con fuertes dosis de humor en La quimera del oro (1925); el cine americano de los años cuarenta y cincuenta contó con película como California (1946) o Tierras lejanas (1954). John Wayne, el vaquero por excelencia, dejó su sello en Los cowboys (1972) y en el boom de las series televisivas en el que nos hayamos inmersos no podríamos olvidarnos de Deadwood (2004). Resulta cuanto menos curioso que algo tan americano como el western y la fiebre del oro salga de nuevo a la palestra gracias a alemanes. Algunos consideraron el filme de Thomas Arslan una reinvención del género habida cuenta de su genuinidad, sin duda exagerado. Pero sí que supone una perspectiva distinta, que desmitifica las aventuras del oeste.

    por Anónimo
    abril 27, 2014

    Crítica | Oro (Gold), de Thomas Arslan

    por Anónimo | abril 27, 2014

    Esto no es una crítica

    crítica de ¿Qué nos queda? | Was bleibt, de Hans-Christian Schmid, 2012

    El director alemán Hans-Christian Schmid, tras las premiadas en el Festival de Berlín Storm (2009) y Réquiem (El exorcismo de Micaela, 2006), nos sorprende en esta ocasión con un drama familiar de gran sencillez. ¿Qué nos queda? produce en el espectador de hoy en día el mismo efecto que en 1929 podía provocar el cuadro Ceci n'est pas une pipe (Esto no es una pipa) del pintor surrealista René Magritte. Una contradicción, un deseo irrealizable de autenticidad en el que las apariencias cuentan más que los hechos. La trama se desarrolla durante un fin de semana cuando los cuatro miembros principales de una familia de clase media alemana, padres e hijos; junto a la novia de uno de ellos y el hijo del otro, deciden juntarse para pasar unos días. Es entonces cuando las bases que se creían sólidas entre ellos saltan por los aires dejando a la vista a cuatro desconocidos que apenas se soportan. Tras el anuncio de la madre (desde hace años maníaco-depresiva) de no tomar por más tiempo la medicación, se esconde un primer anhelo de ser tratada como un miembro de pleno derecho en todo lo relativo a la vida familiar. No obstante, con este movimiento se abrirá una grotesca caja de Pandora en la que las vergüenzas y derrotas que hacen de toda familia una familia ejemplar saldrán a la luz sin anestesia.

    Jakob (Sebastian Zimmler) no le perdona a su hermano pequeño Marko (Lars Eidinger) el irse a vivir a Berlín lejos de sus padres, el alejarse del sufrimiento de su madre, su facilidad para dar la espalda. Ambos actores se desenvuelven en la piel de sus personajes con una naturalidad que impresiona; más en el caso de Sebastian Zimmler quien debuta con esta película en la gran pantalla después de su larga carrera teatral. Una vez más, ¿Qué significa ser hermanos?, ¿Qué nos queda detrás de la impostura? Pero hay más. No solo este sino que todos los pilares en los que se sustenta su cómoda realidad se tambalean como nunca. Por una vez padres e hijos parecen dispuestos a conocer la verdad. Éxitos profesionales que significan fracasos, la dura paternidad del divorciado, (in)fidelidad con uno mismo y con el otro, dependencia económica de quien ya vive peor que sus padres. Zarpazos hirientes que sobre todo dejan herida a ojos del pequeño Zowie. Hijo de Marko, este niño de unos cinco años aparecerá durante gran parte de la película refugiado tras un antifaz de tigre. La desmembración de su propia familia, y ahora también la de sus abuelos, le obligarán a enfrentarse al mundo como alguien o algo más fuerte de lo que es en realidad.

    por Unknown
    febrero 25, 2014

    Crítica | ¿Qué nos queda?

    por Unknown | febrero 25, 2014
    Dos vidas (Zwei Leben)

    Los otros escombros del muro

    crítica de Dos vidas | Zwei Leben (Two Lives), de Georg Maas & Judith Kaufmann, 2012

    El drama histórico y el thriller de intriga son los dos ingredientes fundamentales a la hora de cocinar Zwei Leben (Dos vidas), un filme germano basado en la existencia de dos mujeres vinculadas a la República Democrática Alemana y asociadas a una intrincada investigación del Tribunal de Estrasburgo en torno a un pasado turbio. Inspirada en los escritos de Hannelore Hippe, y repleta de giros rocambolescos a lo largo de una pertinaz investigación judicial, la película nos traslada a la atmósfera gélida de los resquicios posteriores a la Caída del Muro de Berlín, los peliagudos años noventa. Un período de cicatrización lenta y angustiosa, de redenciones póstumas y reconciliaciones complejas, de puzles que cambiaron de piezas, de familias quebradas por las pérdidas y retornos al hogar, en un país donde había demasiados rotos para tan pocos descosidos, demasiadas luchas internas y un conflicto de identidad que siguió, años después, partiendo en dos la espina dorsal alemana y calando en la médula de su población. Zwei Leben cuenta una historia basada en hechos reales y protagonizada por Liv Ullman y Juliane Kohler, en la piel de dos mujeres de vida nada sencilla; existencias marcadas por su relación con la STASI, o policía secreta del gobierno comunista que regía la zona oriental, vidas cuyos secretos serán sacados del fango del olvido para abrir una escabrosa investigación sobre violaciones de derechos humanos y brutalidades cometidas a causa del férreo espionaje y control de disidentes. Penetramos así, desde el minuto uno del filme, en un juego de tensiones, vueltas de tuerca, y por supuesto, mentiras enterradas que ya tienen un pie y medio afuera de sus tumbas.

    Como todo drama histórico de cualquier época o lugar, Zwei Leben cuenta vivencias que abren heridas, e injusticias irreversibles, y que nos adoctrinan, desde los ambiciosos terrenos de la ficción, sobre las consecuencias y factores de las circunstancias que otros vivieron. Desde el hogar de una tranquila familia noruega de clase media, comenzamos a vislumbrar las pistas, elementos y claves de una investigación de la audiencia de Estrasburgo destinada a destapar crímenes y atrocidades cometidos por los servicios secretos de la RDA, y vinculados a Noruega: Durante la ocupación nazi, numerosos soldados alemanes y mujeres noruegas (aquellas apodadas como «las alemanas tristes») mantuvieron relaciones fruto de las cuales nacieron niños, percibidos como arios y supuestamente destinados a la mejora y el rejuvenecimiento de la sangre del imperio hitleriano. Por ello se abrieron hospitales y clínicas de natalidad, y desde el gobierno nazi las esperanzas se depositaban en la nueva hornada de pequeñas criaturas, que tras la enorme derrota bélica fueron despreciadas y relegadas a olvido. La injusticia se perpetró a través de aquellos denominados “hijos de la vergüenza”, y una vez estuvo Alemania fraccionada en sus dos mitades antagónicas, el régimen de la STASI se encargó impetuosamente de controlar a sus partidarios y disidentes, regulando las entradas y salidas geográficas con meticuloso cuidado y medidas poco ortodoxas. Una chica cualquiera lo tenía bastante complicado en este entorno hostil a la hora de cruzar las fronteras a su antojo o recuperar a una familia perdida, así como ponerse en contacto con ciertos seres queridos.

    por Anónimo
    febrero 25, 2014

    Crítica | Dos vidas (Zwei Leben)

    por Anónimo | febrero 25, 2014

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