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    Crítica | Midiendo el mundo

    Die Vermessung der Welt

    El escritorio y el acantilado

    crítica de Midiendo el mundo (Die Vermessung der Welt, Detlev Buck, Alemania, 2012).

    Afirma el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince que existen dos tipos de escritores, muy distinguibles según el proceso metódico de su búsqueda literaria: el ensimismado y el enajenado. El primero busca en la profundidad de su ser lo que pudo haber sido; el segundo se imagina a sí mismo como otros seres, explora en las posibilidades. Como bien dice citando a dos enormes ejemplos de la Literatura Universal, «[…] así como Borges halló a Funes ensimismándose, mediante el mismo ejercicio espiritual que usó Cervantes para encontrar al Quijote en el fondo de sus sueños, el hallazgo de Sancho lo hizo hundiéndose en […] el cuerpo, el pensamiento y la actitud de muchos campesinos españoles […]». Este doble modelo también podríamos definirlo —con más humildad— como un “viaje hacia adentro” y una “exploración de la otredad”. Precisamente esta cuestión abordó el escritor Daniel Kehlmann en La medición del mundo (Die Vermessung der Welt, 2005), —obra catalogada como “la novela alemana de mayor éxito desde El perfume”— fundiendo la realidad con la ficción del encuentro entre dos de las mayores eminencias intelectuales del siglo XIX: el matemático Carl Friedrich Gauß y el naturalista y aventurero Alexander Von Humboldt. El éxito del libro pronto provocó, como suele suceder en una industria cinematográfica siempre ávida de apropiarse en su propio lenguaje de los éxitos mediáticos, la filmación de una adaptación en la gran pantalla, que llega a nuestro país con casi cuatro años de retraso.

    Die Vermessung der Welt (2012), traducida como Midiendo el mundo, propone una estructura narrativa que presenta la vida y obra de los dos genios mediante una técnica de desarrollo paralelo. Tal y como ocurría al principio de la estupenda Amadeus (Milos Forman, 1984), se nos presentan dos personajes diametralmente opuestos en cuestiones socioeconómicas y culturales pero unidos por su búsqueda de la perfección, del conocimiento último, de la gloria. Si en aquel filme se nos enseñaba a Salieri/Mozart, aquí, en este caso, las dos caras de la misma moneda son Gauß y Humboldt. El primero, criado en la miseria, en el infecto hedor de las curtidurías —ese vestuario de girones y la cara sucia con que se muestra en el cine a la gente humilde en prácticamente toda adaptación cinematográfica que aborde cualquier época anterior a la Segunda Guerra Mundial— y muy a pesar de un inapelable estigma social, consigue obtener el beneplácito de la nobleza y se le concede una beca para desarrollar la genialidad que se intuye en su mente. El segundo, con la inestimable garantía vital de pertenecer a otra estirpe —un grupo selecto que, fruto de una riqueza obscena, ha tenido la suerte de no preocuparse por los asuntos cotidianos—, ha decidido dedicar sus esfuerzos intelectuales no al aburrimiento o el hedonismo, sino a fines más elevados, potenciado por la curiosidad y el deseo de conocerlo todo. Ambos, pues, echan a andar en esta búsqueda de la verdad detrás de las situaciones terrenales, las certezas y el confort de la ignorancia, pero de modos muy distintos. Si Gauß es un genio ensimismado, encerrado frente a su escritorio con papel y pluma, dispuesto a encontrarle sentido a aproximaciones tales como la curvatura de la Tierra, Humboldt, el enajenado, abandona toda comodidad de su situación privilegiada y se lanza al conocimiento empírico alrededor del mundo, al ensayo/error, con la inocencia como mayor virtud. Mientras Gauß se lamenta por encontrarse rodeado de mediocres, la sensación de incomprensión también la sufre en carne propia Humboldt, incapaz de entender por qué los esclavos del mal llamado Nuevo Mundo, cuya libertad él mismo ha pagado, simplemente no saben qué hacer con esa libertad ni tienen adónde ir.

    Midiendo el mundo

    «La narración está al servicio de la historia y los elementos que la componen trabajan entre sí con eficiencia. Este es un producto de disfrute y como tal está perfectamente bien ejecutado. El espectador se dejará llevar por los avatares de los viajes paralelos de estos dos grandes exploradores».


    El también actor Detlev Buck (Alemania, 1962) lleva a cabo la difícil tarea de convertir un éxito editorial en un hito cinematográfico, esfuerzo al que también se enfrentaron, por ejemplo, y citando a algunas de las traslaciones de mayor impacto en la última década, Tom Tykwer con El perfume (Das Parfum - Die Geschichte eines Mörders, 2006) o Ang Lee con La vida de Pi (Life of Pi, 2012). Y sus herramientas son una fotografía más que correcta, a cargo de Slawomir Idziak, quien se permite el capricho estético de ofrecer pura belleza en algún fotograma, y una banda sonora que funciona bien y acompaña el devenir de estos dos personajes, reforzando la intensidad de cada uno de los momentos y situaciones. Pero el pilar sobre el que se sustenta Midiendo el mundo es, por encima de todo, la actuación de los dos protagonistas. Florian David Fitz y Albert Schuch encarnan a Gauß y Humboldt, respectivamente, imprimiéndole muy de forma acertada el carácter necesario a los personajes reales a los que interpretan. Fitz aporta la personalidad casi obsesiva compulsiva del matemático, genio ambicioso, egocéntrico rodeado de imbéciles analfabetos incapaces de comprenderlo; por otra parte, Schuch encaja con solvencia la curiosidad científica del llamado explorador más famoso de la época, con una inquebrantable voluntad a la altura de su afán de conocer los confines del planeta, catalogar su flora y fauna y adentrarse en lo ignoto con el ideal ilustrado. Completa el reparto un grupo de secundarios entre los que destaca el siempre eficaz Karl Markovics (Los falsificadores), profesor de matemáticas del joven Gauß e impulsor de su fulgurante carrera intelectual. Sería injusto pasar por alto las virtudes de esta película y afirmar con prepotencia que es este un producto de consumo masivo y fácil digestión. Lo cierto es que el hecho de que, como película comercial, funcione perfectamente es un ejemplo de sus aciertos. Quien suscribe estas letras opina que en Midiendo el mundo no hay una deliberada voluntad de elevar la discusión sobre el cambio del lenguaje literario al lenguaje visual, ni ofrecer un arriesgado acto de vanguardismo y juego posmoderno de experimentación cinematográfica. Detlev Buck tampoco lo pretende. La narración está al servicio de la historia y los elementos que la componen trabajan entre sí con eficiencia. Este es un producto de disfrute y como tal está bien ejecutado. El espectador se dejará llevar por los avatares de los viajes paralelos de estos dos grandes exploradores. Verá los límites a los que puede llegar el ser humano en su obstinación por dar explicación científica a los fenómenos naturales y su voluntad férrea ante los embates y dificultades en el camino. | ★★★ |


    Luis Enrique Forero Varela
    © Revista EAM / Berlín


    Ficha técnica
    Alemania. 2012. Título original: Die Vermessung der Welt. Director: Detlev Buck. Guión: Detlev Buck, Daniel Kehlmann. Fotografía: Slawomir Idziak. Música: Enis Rotthoff. Duración: 119 minutos. Productora: Lotus Film / A Company Filmproduktionsgesellschaft / Boje Buck Produktion. Diseño de producción: Udo Kramer. Diseño de vestuario: Thomas Oláh. Intérpretes: Albert Schuch, Florian David Fitz, Lennart Hänsel, Aaron Denkel, Sunnyi Melles, Sebastian Brandes, Karl Markovics, Jérémy Kapone, Àlex Brendenmühl. Presentación Oficial: 2012, (2013, Miami International Film Festival).

    Póster: Die Vermessung der Welt
    Tierra de Dios

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