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    Crítica | Victoria

    Victoria

    Carpe Diem

    crítica de Victoria (Sebastián Schipper, 2015).

    En el primer capítulo de la inmortal obra de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas (Alice in wonderland), publicada hace casi ciento cincuenta años, se nos presentaba a su protagonista, una niña sentada junto a su hermana a la orilla del río en un día de verano, que observa la aparición repentina de un peculiar conejo, vestido de chaleco de tweed, y decide, producto del aburrimiento, seguirlo hacia su madriguera, dejando atrás la zona de confort en una tarde que no auguraba ninguna sorpresa: «[…]Y no tardó Alicia en seguirle, sin pararse a pensar cómo se las arreglaría para salir de allí […]». Este simple acto, motivado por uno de los mayores impulsores de todo el desarrollo de la condición humana, nada más y nada menos que la pura curiosidad, supone no solamente el internamiento en el vértigo de lo desconocido; es, además, una vía, un catalizador para la liberación de la pulsión sexual y de la muerte muerte —dos conceptos prestados de la terminología freudiana—, los deseos más instintivos que, por norma general, no responden a las cuatro virtudes cardinales del mundo clásico, reinterpretadas por la fe católica: justicia, prudencia, fortaleza y templanza. La desinhibición frente a lo ignoto y la contención de la racionalidad son dos de los elementos clave que hacen acto de presencia de manera constante a lo largo de Victoria (2015), cuarta incursión en la dirección del también actor Sebastian Schipper (Hannover, Alemania, 1968), cuya breve aparición en la opera prima de Tom Tykwer Corre Lola, corre (Lola rennt, 1998) no es, en absoluto, una mera coincidencia, con respecto a la cinta que abordamos, dado que ambas comparten el uso de la cinética como elemento conductor.

    La primera escena del filme, un continuum sin interrupciones, un plano secuencia (sin cortes) de más de dos horas de duración —todo un prodigio técnico, del que hablaremos extensamente más adelante—, presenta a la protagonista, interpretada por la actriz española Laia Costa (Barcelona, 1985) en su primer gran papel en un largometraje, bailando a ritmo de tecno en un club de Berlín, como símbolo de la cultura de ocio nocturno por la que es bien conocida la capital alemana. Victoria, que no domina la lengua local y carece de tejido social a su alrededor, se dispone a regresar a casa, antes de comenzar su temprana jornada de trabajo en una cafetería, cuando se topa intempestivamente, a la salida de la discoteca, con cuatro hombres, que responden a los apodos Sonne, Blinker, Boxer y Fuß, un grupo a medio camino entre la picaresca literaria del Lazarillo de Tormes o Trainspotting, y la criminalidad de bajo nivel de películas como la trilogía Pusher, de Nicolas Winding Refn. Es en este concreto momento donde resuenan con potencia las referencias a la novela de Carroll, pues esta particular Alicia tampoco duda ante el encuentro fortuito, no estima el alcance de sus actos y se deja arrastrar por una curiosidad casi infantil hacia un conjunto de situaciones y entornos en los que el hedonismo etílico de la noche berlinesa se transforma progresivamente en algo mucho más serio, violento y visceral. Alea iacta est, y cada una de las decisiones tomadas va exhibiendo sus consecuencias como una maquinaria imparable, limitando o directamente imposibilitando el arrepentimiento o las alternativas de los personajes.

    Victoria

    «Victoria comparte el mismo espíritu de acercamiento a las tres unidades teatrales planteadas por Aristóteles —tiempo, acción y lugar— para, digamos, limitar las magnitudes en aras de centrarse en los acontecimientos, sin necesidad de emplear estridentes efectos especiales[...]»


    En lo que respecta al apartado técnico, Schipper decide jugar una arriesgadísima carta, rodando un solo plano secuencia, puro y real, sin recurrir a los convenientes artificios o trampantojos de los que se valió Alejandro González Iñárritu, junto a su doblemente oscarizado director de fotografía Emmanuel “El Chivo” Lubezki, en la interesante Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or the unexpected virtue of ignorance, 2014). Este factor, sin duda lo más interesante del filme, fue producto de una orquestada y muy bien planeada ejecución, de la mano de Sturla Brandth Grøvlen. Se rodaron dos ensayos, siendo definitivo el tercero, en los barrios de Kreuzberg y Mitte en la madrugada. Conviene recordar que, en lo referente al apartado formal, a lo largo de la historia de la cinematografía han sido bastantes los directores que han utilizado la técnica del plano secuencia, y hay un amplio número de ejemplos brillantes, obra de grandes y humildes directores, entre los que destacan el inicio de Sed de mal (Touch of evil, 1958), del maestro Orson Welles, la escena del restaurante nocturno de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Scorsese, o la modesta PVC-1 (2007), del colombiano Spiros Stathoulopoulos. Sin embargo, quizás el ejemplo con el que se puede establecer una comparación similar con el largometraje que nos ocupa es el enorme prodigio fílmico del ruso Alexandr Sokurov El arca rusa (Russkiy kovcheg, 2002), donde dirigió a casi 2000 actores en un esfuerzo sin precedentes. Victoria, mucho menos grandilocuente, comparte el mismo espíritu de acercamiento a las tres unidades teatrales planteadas por Aristóteles —tiempo, acción y lugar— para, digamos, limitar las magnitudes en aras de centrarse en los acontecimientos, sin necesidad de emplear estridentes efectos especiales, viajes en el tiempo, elipsis y demás recursos de, por ejemplo, algunas de las más recientes creaciones de Christopher Nolan —Origen (Inception, 2010) o Interstellar (2014)—, en las antípodas de la dinámica técnica aquí presente.

    Victoria

    «Muy interesante propuesta cinematográfica. Una vertiginosa historia con una progresión bien calculada, un montaje brillante y un trabajo interpretativo a la altura de las circunstancias».


    Tal ambición, premiada con el Oso de Plata a la Contribución Artística en el Festival de Cine de Berlín, entre otros galardones, no podría llevarse a cabo solamente con la obstinación del director, sin contar con la solidez del grupo de actores, dado que, al igual que en el teatro, en este caso no ha sido posible repetir hasta la extenuación las tomas fallidas o poco convincentes. Schipper se rodea de un interesante elenco de actores alemanes, entre los que cabe mencionar el gran trabajo de Frederick Lau, joven actor curtido tanto en cine como en televisión, cuya aparición en La Ola (Die Welle, Dennis Gansel, 2008), le valió un importante reconocimiento a nivel internacional. En Victoria demuestra una gran capacidad para mantener la inmersión constante en el papel de Sonne, sin una sola fisura que derrumbe la credibilidad y la identidad propia del personaje. De igual modo, Laia Costa demuestra un tremendo potencial, reconocido por el premio a la mejor actriz en los pasados premios de la Academia Alemana, los Deutscher Filmpreis, coloquialmente conocidos como Lola —cuya réplica en la categoría masculina fue a parar a manos de Lau—; soporta sobre sus hombros exitosamente todo el conjunto del filme, encarnando a la inocente y solitaria muchacha que entra en el agujero de conejo y se deja sorprender ante el desenlace de los acontecimientos. Habrá quienes achaquen al guion, escrito a seis manos por el propio director, Olivia Neergaard-Holm y Eike Schulz, ciertas carencias en la cuestión de la verosimilitud de algunos momentos en los que la toma de decisiones por parte de los personajes choca frontalmente con el sentido común. Sin embargo, puede decirse en su defensa que incluso este factor se anuncia en la lógica propia de la película, explícitamente, en el momento en que Victoria se sienta frente al piano de la cafetería donde trabaja y ejecuta con virtuosismo uno de los Valses de Mefisto, del compositor Franz Liszt; esto es, una danza con el Demonio, la persuasiva seducción de lo ilógico y lo pasional.

    Entendiendo Victoria no solamente como un encomiable ejercicio técnico, sino como un todo, un conjunto con, claro está, la particularidad de la detallada atención a algunos de sus elementos, estamos ante una muy interesante propuesta cinematográfica, una vertiginosa historia con una progresión bien calculada, un montaje brillante y un trabajo interpretativo a la altura de las circunstancias. Película que, además, ofrece otros elementos destacables como cierto sentido del humor tarantiniano filtrado por la identidad sociocultural europea, una reflexión metafórica sobre la búsqueda de compañía dentro de la estética de la soledad humana en los entornos urbanos contemporáneos, o la idea de la violencia como catarsis. Ya lo decía el director francés Jean-Luc Godard, «todo lo que se necesita en una película es un arma y una mujer». | ★★★★ |


    Luis Enrique Forero Varela
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Alemania. 2015. Título original: Victoria. Director: Sebastian Schipper. Guión: Sebastian Schipper, Olivia Neergaard-Holm, Eike Schulz. Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen. Música: Nils Frahm. Duración: 140 minutos. Productora: MonkeyBoy / Deutschfilm / Radical Media / WDR / ARTE. Montaje: Olivia Neergaard-Holm. Diseño de producción: Uli Friedrichs. Diseño de vestuario: Stefanie Hauss. Intérpretes: Laia Costa, Frederick Lau, Franz Rogowski, Max Mauff, Burak Yigit. Presentación Oficial: Festival Internacional de cine de Berlín 2015.

    Póster: Victoria
    Tierra de Dios

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