Introduce tu búsqueda

Guardián
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Wim Wenders. Mostrar todas las entradas
    Wim Wenders
    Wim Wenders
    || Críticas | Karlovy Vary Film Festival 2023 | ★★★★☆ |
    Perfect Days
    Wim Wenders
    Del ligero caminar


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary (República Checa) |

    ficha técnica:
    Director: Wim Wenders. Guion: Takuma Takasaki y Wim Wenders. Reparto: Yumi Asô, Tokio Emoto, Sayuri Ishikawa, Tomokazu Miura, Arisa Nakano , Min Tanaka , Kôji Yakusho , Aoi Yamada. Dirección de fotografía: Franz Lustig. Montaje: Toni Froschammer. Alemania y Japón. 124 minutos. Color.

    Aquel director díscolo y taciturno se paseó por Europa con las manos a la espalda coleccionando cielos, ángeles custodios, equilibristas, suicidas. Componía cada plano con la línea del horizonte como punto omega y línea maestra, como si una imagen pudiera elevarse siempre un poco más, ser bóveda y refulgir, llenarse de vacío y de tiempo. Wenders entró en la Historia del Cine mirando hacia arriba —por algo es y ha sido siempre un creador profundamente espiritual— elevando la cámara en un perpetuo contrapicado que únicamente se traicionaba, como en aquel hermoso plano subjetivo de un hombre que se arrojaba desde una azotea, cuando no quedaba más remedio y el cuerpo quedaba suspendido, incrédulo, entre el vuelo y la muerte.

    Desde ahí se entiende el gesto meticuloso con el que Hirayama (Kôji Yakusho) retrata en estricto analógico las copas de los árboles, los reflejos de la luz filtrándose hacia la tierra, la pausa y el silencio. Hirayama es un trasunto evidente de Wenders, pero también es de alguna manera la conclusión lógica a la que llegan muchos de sus personajes: proyeccionistas de cine, fotógrafos épicos, padres mudos. Hirayama ha ido filtrándose en sordina durante décadas, incluso en algunas de aquellas películas consideradas menores y hoy prácticamente olvidadas, hasta que ha encontrado su momento idóneo para salir.

    Probablemente la primera tentación sea la de medir Perfect Days a partir de la figura de Ozu —hasta cierto punto, la existencia de Tokyo-Ga (1985) nos lo permitiría—, pero sería un gesto un tanto perezoso y evidente. El gesto central de la cinta (el silencio), la acción principal de la cinta (el vagabundeo) o el ámbito central de la cinta (el pasado enigmático) son única y exclusivamente territorio de Wenders, como lo es también el diseño musical, el manejo de cámara o incluso la disposición estructural. Más aún: la apuesta absolutamente vital, el caramelo amargo de vivencias orientadas hacia el sentido o la apuesta por una ética desarmantemente positiva incluso en la vejez son cartas que constituyen la fuerza expresiva del alemán, su trayectoria. De hecho, cuando miramos hacia los últimos quince o veinte años de sus ficciones lo tremendamente desolador era constatar cómo Wenders había desaparecido, o al menos, cómo se había opacado en escrituras que no podían pertenecerle de ninguna manera. Ha tenido que tomar aire y buscar en Japón una difusa excusa para lo que, repito, no es sino un muy consciente trabajo de memoria.

    Hirayama trabaja con la mierda. Limpia retretes públicos con la pericia de un artesano. Ha ido arrancando pedazos de su vida hasta reducirla a un puñado de elementos que le conforman: ciertos discos, ciertas rutinas de autocuidado, ciertas lecturas, ciertos gestos. Su posición puede resultar mecánica para el espectador apresurado que no percibe, quizá, que su vida es algo parecido, pero con un telón de fondo compuesto por abusos tecnológicos y aullidos en la cámara de eco. Hirayama no es mejor ni peor, se limita tener su vida perfecta por la fuerza y el sentido de sus rutinas. No tiene que salvar miles de multiversos, ni se espera de sus gestas un gesto definitivo que haga girar gigantemente el relato, ni siquiera tiene un fabuloso monólogo explicativo que coloque todas las piezas del puzle vital en su sitio. Como mucho, presta algún dinero o deja que su sobrina duerma en su habitación, pero respeta el pudor y la frugalidad. Su hermetismo no es hostil ni indiferente: antes bien, la suya es una opacidad confortable en la que puede dejarse bañar por el sol o ser coquetamente mimado por una camarera mientras se mecen sus soledades. Parece contradictorio que un personaje que se dedica a la higiene de los lavabos públicos pueda despertar nuestra envidia, pero ahí está precisamente el truco de magia de Wenders.

    En un momento en el que la espiritualidad orientalista se saquea impunemente para dar clases a ejecutivos angustiados en precario y que todo hijo de vecino anda con apps de meditación para calmar la tristeza de los días, resulta curioso que la película se imponga a la contra: lo que trae la paz reside en la suciedad y en la humillación, en la quiebra y en la fragilidad, en ese espacio misterioso en el que los sueños son fogonazos en blanco y negro apenas dibujados en el contorno de la vida. Basta con un travelling de seguimiento mientras Hirayama y su sobrina pasean en bicicleta por la ciudad para que uno note una suerte de calma explosiva, un fragmento concreto de cine distanciado y absolutamente consciente de que no podrá volver a ser hermoso. Y es que, qué duda cabe, aquí no está esa fuerza compositiva y visual que Wenders consiguió en Berlín o en sus películas en blanco y negro de alto contraste. Tampoco está esa hermosísima Lisboa llena de sonidos primorosos que parecían Fado, o viceversa. Wenders, como Hirayama, sabe que la fuerza de la captación analógica es cara y nostálgica, anacrónica, una curiosidad para espíritus sensibles que se han negado a dejar de mirar o de escuchar. Como si él mismo supiera de los dislates visuales que cometió en Inmersión (Submergence, 2017) o en Todo saldrá bien (Every Thing Will Be Fine, 2015), aquí se aparta del subrayado aparatoso y vuelve, simple y llanamente, a dejar que las cosas fluyan, que se ejerza el tránsito entre imagen e imagen, que el mundo devenga pacientemente aquello que pueda aunque sea desde la traición del digital. Es otro mundo, pero a la vez, son todos los mundos y es la danza de causalidades entre los fragmentos de nuestro propio mundo. Cine del 2023, vamos.

    Los últimos planos de la cinta, ese gesto inescrutable y confuso que parece conducir hacia la muerte —esto, cuidado, es una sobreinterpretación mía que nada tiene que ver con el original— hacen que toda esa emoción contenida y milimétricamente dispuesta por capas, simple y llanamente, estalle. La película llega a su cénit, Wenders no necesita sino empujar un poco todo lo que ha levantado para que una fuerza descomunal nos invada y desborde la pantalla. Wenders vuelve, durante dos o tres minutos, a ser un director titánico. Wenders vuelve, precisamente ahora que nadie lo esperaba.

    (Mientras termina la proyección estoy sentado sobre la alfombra lateral de la Sala Grande del Karlovy Vary, probablemente incumpliendo alguna normativa de seguridad, la voz de Nina Simone retumba y me giro apenas unos segundos para mirar los rostros que miran a Hirayama, ese mar de desconocidos y desconocidas que contienen la respiración, y pienso que ahí está, ese es el plano/contraplano, ese es el chispazo y el momento inolvidable, y pienso que quizá durante esos breves minutos de cierre somos realmente una comunidad y que el cine nos ha enhebrado brevemente, aunque fuera estén los vendedores de perritos y la confusión y el cambio de moneda y los plazos y el miedo y la prisa y el ego y todo lo demás, pero aquí dentro, sentado sobre la alfombra lateral de la sala e incumpliendo alguna normativa de seguridad, estamos Wenders, Simone, usted, yo, todos los mundos del mundo, todos los cines del cine).


    por Aarón Rodríguez
    enero 12, 2024

    Crítica | Perfect Days

    por Aarón Rodríguez | enero 12, 2024

    Hijo de la sororidad

    Crónica número I de la 65ª edición del Festival de San Sebastián.

    Bienhallados un año más en nuestra querida Donosti, permítannos arrancar con una declaración de intenciones que es a la vez aviso a navegantes. En el Zinemaldia conviven de forma simultánea varios festivales. Por designarlos de algún modo, está el festival-jungla, el festival-mapa y el festival-parque de atracciones. Desde aquí tratamos de posicionarnos en las coordenadas del primero: la capital guipuzcoana nos ofrece cada año un puñado de películas ante las que contamos con pocos instrumentos de orientación. La mayoría de la Sección Oficial, Zabaltegi y Nuevos Directores no cuenta con autores renombrados, sino con apuestas por nombres sin aura entre las que buscar alguna gema. San Sebastián, en este sentido, ha virado algo más hacia el riesgo en estos últimos años y es algo que celebramos. Para el festival-mapa, contamos con una sección como Perlas, donde la apuesta varía sustancialmente. Ya no se trata tanto de reivindicar talentos ocultos, sino de elaborar una lectura del circuito de festivales del año: reunir a las cintas que más han trascendido y que ya tienen su estreno español asegurado. Por último, el festival-parque de atracciones se desarrolla en torno a la alfombra roja y a los selfies con el Schwarzenegger o la Penélope de turno, o bien guiado por los hypes del momento, a la caza de ver antes que el público de salas los estrenos más esperados. Conviene tener en mente esta distinción porque, a menudo, los tres festivales tienden a mezclarse en la mente de buena parte de la prensa desplegada en la ciudad. El festival-jungla tiene un inconveniente inevitable: siempre emerge alguna joyita que reivindicar, pero antes de llegar a ella hay que pasar por numerosos intentos fallidos. Desde EAM, consideramos que la labor más valiosa que podemos aspirar a conseguir es elaborar nuestro propio mapa sobre qué merece la pena rescatar de entre la maleza. Pero en este mundo contaminado de amateurismo en el que se ha convertido la crítica de cine, verán a menudo manifestaciones de medios y blogs que navegan por el festival-jungla con la brújula del festival-parque de atracciones: dedicándose a machacar día a día una demanda, tan pueril como imposible, de que el festival no ofrezca más que buen cine (o su idea de buen cine), limitando su discurso al antiprofesional “no me estoy divirtiendo”. Por otro lado, este año como tantos otros volveremos a leer la queja tan recurrente de la existencia de Perlas como sección cuya calidad eclipsa a la Oficial. De nuevo, se trata de incapacidad para distinguir la multiplicidad de criterios que conforman un festival: el festival-mapa que forma Perlas no tiene más finalidad que adelantar visionados de futuros estrenos españoles (un recurso muy valioso para los medios, por cierto) y, de paso, remachar una seña de identidad tan potente del Zinemaldia como es su condición de festival de público. Disparar contra el certamen con la escopeta de acreditado y las gafas de espectador de cine es, cuando menos, injusto. Por nuestra parte, y esperamos que nos disculpen el arrebato, les invitamos a acompañarnos desde hoy en nuestra expedición por la jungla.

    por Miguel Muñoz Garnica
    septiembre 23, 2017

    Festival de San Sebastián 2017 (I) | Críticas: «Alanis», «El autor» & «Inmersión (Submergence)»

    por Miguel Muñoz Garnica | septiembre 23, 2017

    El largo camino hacia la redención

    crítica de Todo saldrá bien (Everything will be fine, Wim Wenders, 2015).

    El 3D empleado como herramienta para entrar en el alma de las personas. Este es el atrevido objetivo que se propuso el siempre ambicioso Wim Wenders a la hora de aplicar este formato a su último trabajo, Todo saldrá bien (2015), drama intimista que supone su primera incursión en el largometraje convencional desde los decepcionantes resultados artísticos de Palermo Shooting (2008). No han sido, sin embargo, siete años de silencio los del realizador alemán, ya que, durante este tiempo, nos ha traído grandes alegrías con dos personalísimos y muy premiados documentales: Pina (2011), que, homenajeando a la bailarina y coreógrafa Pina Bausch, le sirvió para tener un primer acercamiento, más o menos novedoso, al 3D, y La sal de la Tierra (2014), codirigido junto a Juliano Ribeiro Salgado. El que fuera responsable de joyas del cine tales como El amigo americano (1977), París-Texas (1984) —su tristísima y desgarradora obra maestra— o El cielo sobre Berlín (1987) intenta volver a un tipo de cine más sobrio y emocional sin renunciar del todo a sus ansias de experimentar con las nuevas tecnologías, buscándole otras aplicaciones al 3D que nada tengan que ver con las escenas de acción o efectos especiales, escarbando en la mirada de los actores para desentrañar sus emociones más ocultas.

    Obras como Mi mapa del mundo (Scott Elliot, 1999) o Rabbit Hole (John Cameron Mitchell, 2010) supieron huir de los peligrosos caminos del telefilme de sobremesa para entregar poderosos reflejos de cómo afecta a los seres humanos la pérdida de un allegado en circunstancias accidentales. Muy en la línea de aquellas, al menos a nivel argumental, Todo saldrá bien pertenece a ese tipo de películas que tratan temas como la culpa, el perdón y la redención, ofreciendo episodios traumáticos para sus personajes de los que les resulta muy difícil sobreponerse, llegando a tocar fondo para, posteriormente, conseguir levantar cabeza. Es lo que le ocurre al protagonista de la historia, Tomas, un escritor en horas bajas de creatividad y que tampoco pasa por su mejor momento sentimental junto a su novia, cuya existencia se ve sumergida en un pozo sin fondo después de atropellar a dos pequeños hermanos, segando la vida de uno de ellos. Wenders, en su huida de cualquier tipo de sensacionalismo o concesión a la lágrima fácil, construye un relato excesivamente gélido que, por momentos, parece olvidarse de los conflictos dramáticos para centrarse en ser un expresivo, que no pedante, ejercicio de estilo. Y es que la fotografía de Benoît Debie es tan preciosista que, a veces, juega en contra de la propia cinta, opacando la labor de unos esforzados intérpretes que tratan de solventar sus complicados personajes con profesionalidad. Pocas veces habremos visto a un James Franco tan contenido como aquí. Tanto que a veces peca de hierático por su economía gestual y esa manera susurrante y afectada de susurrar sus diálogos. Sin embargo, estos problemas de apatía habría que achacárselos más al deshilvanado guión de Bjørn Olaf Johannessen que al actor. Junto a él, Rachel McAdams hace lo que puede con su desdibujado rol de novia que trata de ayudar al protagonista a superar el duro bache, mientras que Charlotte Gainsbourg vuelve a explotar su faceta más atormentada y sufridora, aquella que la ponen a un paso de la locura y que tan bien le funcionó en sus colaboraciones con Lars von Trier, dando vida a la madre del pequeño fallecido. Lástima que en esta ocasión su papel esté tan mal desarrollado, con una evolución poco creíble, además de adolecer de escasa química con Franco en sus puntuales confrontaciones.

    por José Martín León
    julio 26, 2015

    Crítica | Todo saldrá bien

    por José Martín León | julio 26, 2015

    Todo irá bien.

    Crónica de la sexta jornada de la 65ª edición de la Berlinale.

    Ya hemos pasado el ecuador del festival y las emociones empiezan a resentirse. Un consejo personal: nunca os enredéis en un sitio así, y si no podéis evitarlo, id con pies de plomo. Entre madrugadas e intermedios, no hay tiempo de distraerse y, aunque parece un derecho no escrito ni verbalizado, que en este contexto todo esta permitido, el cerebro se tropieza y se disuelve entre preocupaciones. Por eso, un certamen, nunca debe tomarse a broma, absorbiendo de la experiencia el máximo partido para luego ir pisando mejor en próximas ocasiones; una lección aplicable en la teoría aunque más difícil en la práctica. Pero más allá de divagaciones personales que me he permitido la licencia de compartir a tumba abierta, el hecho es que la competición misma parece distraída y extraña, ofreciéndonos propuestas algo erráticas. Algunas interesantes otras más desenfocadas, pero pocas contundentes. La aparición de Boyhood el año pasado tampoco le ha hecho ningún favor a la edición de 2015, pues en el aire queda latente la esperanza de una nueva gran obra que agite el teatro como lo hizo Linklater. Más allá de la clara victoria de Larraín, y en menor medida Panahi y Haigh, el fenómeno no se ha repetido. Mientras tanto, seguiremos buscando momentos, como ya dijimos hace unos días, aunque luego se eche de menos recordarlos.

    «No hay suficientes películas sobre la sanación, la mayor parte hablan sobre las heridas. Y curar es parte fundamental de nuestras vidas». Wim Wenders en la rueda de prensa de la Berlinale.

    por Unknown
    febrero 11, 2015

    Berlinale 2015 | Día 6. Críticas: Under Electric Clouds, Everything will be fine & Bizarre

    por Unknown | febrero 11, 2015
    La voz en off en Donostia

    Un COLOSO infatigable

    Crónica de la quinta jornada de la 62ª edición del Festival de San Sebastián

    Mientras en el mundo real el machismo y la política eran los protagonistas del día, en nuestro Valhalla cinematográfico particular el día estaba subrayado en negro. A priori, era la entrega menos mediática del certamen, y, así ha sido en definitiva: el más insustancial de los días en la competición oficial. Suerte que por la noche llegó Wim Wenders y le puso remedio con el sensacional documental dedicado a Sebastião Salgado, La sal de la Tierra, una obra esencial que devuelve la fe en humanidad a base de panorámicas blanquinegras. Mucho antes pasaban por el Kursaal y el Principal dos de las apuestas latinas de Donostia Zinemaldia. Dos filmes con la familia, el núcleo temático del concurso, como eje, que no entusiasman pero sí dejan detalles para el debate. La primera, la chilena La voz en off demuestra la fuerza de la ola que proviene del país andino. Industria cada vez más potente y con autores de calado. La segunda, la argentina Aire libre, se une a la tendencia anglosajona de recopilar el realismo sobre desamor contemporáneo con algún buen momento pero nula credibilidad. Con la cinta de Anahí Berneri llegaron los primeros pitos. Una actitud, por otra parte, borreguil y deleznable, símbolo de la gana notoriedad de una crítica con el ego tan inflado como parco en razones. No todo es gloria en el paraíso. Mientras mi compañero Gonzalo se embarcaba en terreno ruso, llegaban las primeras notas sobre Corn Island, ganadora del Globo de Cristal en Karlovy y una de las mejores películas del año para un servidor. Algo que provocó una profunda alegría. No sólo de visionados se alimenta la filia por el cine. El largometraje de George Ovashvili lo merece.

    por Emilio M. Luna
    septiembre 24, 2014

    San Sebastián 2014 | Quinta jornada. Críticas: 'La voz en off', 'Aire libre', 'La sal de la Tierra' y 'Name Me'

    por Emilio M. Luna | septiembre 24, 2014
    Alice in den Städten Alicia en las ciudades Wim Wenders

    El último instante de libertad

    Alicia en las ciudades (Alice in den Städten, Wim Wenders, 1973).

    En una playa solitaria un hombre hace una fotografía con una cámara Polaroid. Espera a que se revele entre sus manos. Compara el resultado con la realidad y no parece satisfecho. Coloca en el suelo unas cuantas fotografías más, las mira y las recoge. No encuentra en ellas lo que busca. El escritor Philip Winter sufre una crisis creativa y vital y vaga como un fantasma por las carreteras solitarias de Estados Unidos. Tiene el encargo de escribir un artículo sobre este viaje, pero le resulta imposible. Busca en sus fotografías captar algo de la realidad que vive y se le escapa, pero lamentará en más de una ocasión que no muestran lo que él ve, la realidad según pasa ante sus ojos. Incapaz de cumplir con su encargo y ante la negativa del editor de adelantarle más dinero, opta por volver a Alemania, su país natal. En el aeropuerto se encontrará con que no puede volver por una huelga de controladores aéreos. Deberá esperar al día siguiente y si quiere volar, la única opción es ir a Ámsterdam. En este viaje demorado conocerá a una joven alemana, Lisa, y a su hija que tampoco pueden retornar a Berlín. Así Phil conocerá a la niña Alicia y para nosotros dará comienzo una hermosa historia de amistad, quizá la más gélidamente narrada de la historia del cine, pero sin duda una de las más emocionantes y profundas que nos pueda ser dado admirar.

    por José Luis Forte
    agosto 29, 2012

    Cineclub | Alicia en las ciudades (Wim Wenders, 1973)

    por José Luis Forte | agosto 29, 2012

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción