Hijo de la sororidad
Crónica número I de la 65ª edición del Festival de San Sebastián.
Bienhallados un año más en nuestra querida Donosti, permítannos arrancar con una declaración de intenciones que es a la vez aviso a navegantes. En el Zinemaldia conviven de forma simultánea varios festivales. Por designarlos de algún modo, está el festival-jungla, el festival-mapa y el festival-parque de atracciones. Desde aquí tratamos de posicionarnos en las coordenadas del primero: la capital guipuzcoana nos ofrece cada año un puñado de películas ante las que contamos con pocos instrumentos de orientación. La mayoría de la Sección Oficial, Zabaltegi y Nuevos Directores no cuenta con autores renombrados, sino con apuestas por nombres sin aura entre las que buscar alguna gema. San Sebastián, en este sentido, ha virado algo más hacia el riesgo en estos últimos años y es algo que celebramos. Para el festival-mapa, contamos con una sección como Perlas, donde la apuesta varía sustancialmente. Ya no se trata tanto de reivindicar talentos ocultos, sino de elaborar una lectura del circuito de festivales del año: reunir a las cintas que más han trascendido y que ya tienen su estreno español asegurado. Por último, el festival-parque de atracciones se desarrolla en torno a la alfombra roja y a los selfies con el Schwarzenegger o la Penélope de turno, o bien guiado por los
hypes del momento, a la caza de ver antes que el público de salas los estrenos más esperados. Conviene tener en mente esta distinción porque, a menudo, los tres festivales tienden a mezclarse en la mente de buena parte de la prensa desplegada en la ciudad. El festival-jungla tiene un inconveniente inevitable: siempre emerge alguna joyita que reivindicar, pero antes de llegar a ella hay que pasar por numerosos intentos fallidos. Desde
EAM, consideramos que la labor más valiosa que podemos aspirar a conseguir es elaborar nuestro propio mapa sobre qué merece la pena rescatar de entre la maleza. Pero en este mundo contaminado de amateurismo en el que se ha convertido la crítica de cine, verán a menudo manifestaciones de medios y blogs que navegan por el festival-jungla con la brújula del festival-parque de atracciones: dedicándose a machacar día a día una demanda, tan pueril como imposible, de que el festival no ofrezca más que buen cine (o su idea de buen cine), limitando su discurso al antiprofesional “no me estoy divirtiendo”. Por otro lado, este año como tantos otros volveremos a leer la queja tan recurrente de la existencia de Perlas como sección cuya calidad eclipsa a la Oficial. De nuevo, se trata de incapacidad para distinguir la multiplicidad de criterios que conforman un festival: el festival-mapa que forma Perlas no tiene más finalidad que adelantar visionados de futuros estrenos españoles (un recurso muy valioso para los medios, por cierto) y, de paso, remachar una seña de identidad tan potente del Zinemaldia como es su condición de festival de público. Disparar contra el certamen con la escopeta de acreditado y las gafas de espectador de cine es, cuando menos, injusto. Por nuestra parte, y esperamos que nos disculpen el arrebato, les invitamos a acompañarnos desde hoy en nuestra expedición por la jungla.