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    Anahí Berneri
    Anahí Berneri

    Hijo de la sororidad

    Crítica ★★★★ de Alanis (Anahí Berneri, Argentina, 2017).

    La peripecia de Alanis, protagonista del quinto largometraje de la argentina Anahí Berneri, comienza con la puerta de su casa siendo forzada. El plano se escinde en dos mitades espejadas, primer aviso visual de una dualidad fundamental en todo el filme: Alanis, prostituta, es también María, madre de un niño de pocos meses (una magnética Sofía Gala interpreta el papel junto a su hijo en la vida real, Dante, conformando una pareja cinematográfica de enorme fuerza). A la izquierda del plano, la protagonista forcejea empujando un objeto que queda fuera del encuadre. A la derecha, invirtiendo la lógica espacial, un espejo refleja la imagen completa: dos hombres tratan de derribar la puerta y entrar por la fuerza en su piso. La directora se detiene en unos segundos de calculada ambigüedad: pasamos de pensar que son clientes violentos a caer en que son policías de paisano. La existencia de la posibilidad de esa duda es, de suyo, harto elocuente: el putero o el agente de la ley son fuerzas adversas igualadas en su condición de invasoras de un espacio íntimo femenino. Berneri nos ofrece dos imágenes: en la directa aparece la mujer que resiste, en la indirecta en el espejo (por extensión, la imagen mediada) aparece la prostituta siendo despachada por el sistema. La mencionada ambigüedad de esos segundos de escena nos habla también de que dicho sistema funciona mediante dos caras complementarias: la del putero como personificación de la ley del consumo, o la del policía como ley judicial. Añadan, para completar el dibujo, una escena posterior en la que su casero, temeroso por el escándalo ante los vecinos tras la detención, cambia la cerradura y pone a Alanis/María en la calle con su hijo. El sistema estrictamente capitalista que mercadea en términos similares a prostituta y vivienda se torna moralista por convención (que no convicción) cuando el primero de esos mercadeos se hace notorio. La etiqueta comercial «prostituta» se desvela, con ello, más definitoria que la familiar «madre» [1].

    por Miguel Muñoz Garnica
    diciembre 16, 2017

    Crítica | Alanis

    por Miguel Muñoz Garnica | diciembre 16, 2017

    Hijo de la sororidad

    Crónica número I de la 65ª edición del Festival de San Sebastián.

    Bienhallados un año más en nuestra querida Donosti, permítannos arrancar con una declaración de intenciones que es a la vez aviso a navegantes. En el Zinemaldia conviven de forma simultánea varios festivales. Por designarlos de algún modo, está el festival-jungla, el festival-mapa y el festival-parque de atracciones. Desde aquí tratamos de posicionarnos en las coordenadas del primero: la capital guipuzcoana nos ofrece cada año un puñado de películas ante las que contamos con pocos instrumentos de orientación. La mayoría de la Sección Oficial, Zabaltegi y Nuevos Directores no cuenta con autores renombrados, sino con apuestas por nombres sin aura entre las que buscar alguna gema. San Sebastián, en este sentido, ha virado algo más hacia el riesgo en estos últimos años y es algo que celebramos. Para el festival-mapa, contamos con una sección como Perlas, donde la apuesta varía sustancialmente. Ya no se trata tanto de reivindicar talentos ocultos, sino de elaborar una lectura del circuito de festivales del año: reunir a las cintas que más han trascendido y que ya tienen su estreno español asegurado. Por último, el festival-parque de atracciones se desarrolla en torno a la alfombra roja y a los selfies con el Schwarzenegger o la Penélope de turno, o bien guiado por los hypes del momento, a la caza de ver antes que el público de salas los estrenos más esperados. Conviene tener en mente esta distinción porque, a menudo, los tres festivales tienden a mezclarse en la mente de buena parte de la prensa desplegada en la ciudad. El festival-jungla tiene un inconveniente inevitable: siempre emerge alguna joyita que reivindicar, pero antes de llegar a ella hay que pasar por numerosos intentos fallidos. Desde EAM, consideramos que la labor más valiosa que podemos aspirar a conseguir es elaborar nuestro propio mapa sobre qué merece la pena rescatar de entre la maleza. Pero en este mundo contaminado de amateurismo en el que se ha convertido la crítica de cine, verán a menudo manifestaciones de medios y blogs que navegan por el festival-jungla con la brújula del festival-parque de atracciones: dedicándose a machacar día a día una demanda, tan pueril como imposible, de que el festival no ofrezca más que buen cine (o su idea de buen cine), limitando su discurso al antiprofesional “no me estoy divirtiendo”. Por otro lado, este año como tantos otros volveremos a leer la queja tan recurrente de la existencia de Perlas como sección cuya calidad eclipsa a la Oficial. De nuevo, se trata de incapacidad para distinguir la multiplicidad de criterios que conforman un festival: el festival-mapa que forma Perlas no tiene más finalidad que adelantar visionados de futuros estrenos españoles (un recurso muy valioso para los medios, por cierto) y, de paso, remachar una seña de identidad tan potente del Zinemaldia como es su condición de festival de público. Disparar contra el certamen con la escopeta de acreditado y las gafas de espectador de cine es, cuando menos, injusto. Por nuestra parte, y esperamos que nos disculpen el arrebato, les invitamos a acompañarnos desde hoy en nuestra expedición por la jungla.

    por Miguel Muñoz Garnica
    septiembre 23, 2017

    Festival de San Sebastián 2017 (I) | Críticas: «Alanis», «El autor» & «Inmersión (Submergence)»

    por Miguel Muñoz Garnica | septiembre 23, 2017
    La voz en off en Donostia

    Un COLOSO infatigable

    Crónica de la quinta jornada de la 62ª edición del Festival de San Sebastián

    Mientras en el mundo real el machismo y la política eran los protagonistas del día, en nuestro Valhalla cinematográfico particular el día estaba subrayado en negro. A priori, era la entrega menos mediática del certamen, y, así ha sido en definitiva: el más insustancial de los días en la competición oficial. Suerte que por la noche llegó Wim Wenders y le puso remedio con el sensacional documental dedicado a Sebastião Salgado, La sal de la Tierra, una obra esencial que devuelve la fe en humanidad a base de panorámicas blanquinegras. Mucho antes pasaban por el Kursaal y el Principal dos de las apuestas latinas de Donostia Zinemaldia. Dos filmes con la familia, el núcleo temático del concurso, como eje, que no entusiasman pero sí dejan detalles para el debate. La primera, la chilena La voz en off demuestra la fuerza de la ola que proviene del país andino. Industria cada vez más potente y con autores de calado. La segunda, la argentina Aire libre, se une a la tendencia anglosajona de recopilar el realismo sobre desamor contemporáneo con algún buen momento pero nula credibilidad. Con la cinta de Anahí Berneri llegaron los primeros pitos. Una actitud, por otra parte, borreguil y deleznable, símbolo de la gana notoriedad de una crítica con el ego tan inflado como parco en razones. No todo es gloria en el paraíso. Mientras mi compañero Gonzalo se embarcaba en terreno ruso, llegaban las primeras notas sobre Corn Island, ganadora del Globo de Cristal en Karlovy y una de las mejores películas del año para un servidor. Algo que provocó una profunda alegría. No sólo de visionados se alimenta la filia por el cine. El largometraje de George Ovashvili lo merece.

    por Emilio M. Luna
    septiembre 24, 2014

    San Sebastián 2014 | Quinta jornada. Críticas: 'La voz en off', 'Aire libre', 'La sal de la Tierra' y 'Name Me'

    por Emilio M. Luna | septiembre 24, 2014

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