La cúspide del 'estilo Argento'
Suspiria (Dario Argento, Italia, 1977).
La trilogía de Las tres madres. Así se conoce a las tres obras que el realizador romano Dario Argento llevó a la gran pantalla basándose en los inicios del arte de la brujería del siglo XI y, más concretamente, el poema en prosa Levana y Nuestras Señoras del Dolor, extraído del libro Suspiria de Profundis, de Thomas de Quincey. En él se contaba la historia de tres hermanas de la costa del Mar Negro que, haciendo uso de la brujería, extendieron su reinado de terror alrededor del mundo, alcanzando gran poder a medida que dejaban un reguero de destrucción a su paso. En el siglo XIX, Mater Lechrymarum, la Señora de las Lágrimas; Mater Suspiriorum, la Señora de los Suspiros; y Mater Tenebrarum, Señora de las Tinieblas, como eran conocidas, ordenaron al arquitecto y alquimista Emilio Varelli la construcción de sus respectivas residencias, en Friburgo (Alemania), Nueva York (Estados Unidos) y Roma (Italia), desde donde controlarían la humanidad a través del dolor, las lágrimas y la oscuridad. Alrededor de la figura de la Señora de los Suspiros, Argento construyó una obra que, a día de hoy, es mucho más que un clásico del cine fantástico y de terror: Suspiria (1977). Se trataba de la quinta película del realizador, después de haberse labrado un nombre dentro del género gracias a su exitosa Trilogía de los Animales conformada por El pájaro de las plumas de cristal (1970) –su ópera prima–, El gato de las 9 colas (1971) y Cuatro moscas sobre terciopelo gris (1971), títulos que expandieron los códigos visuales del giallo creado por Mario Bava más allá de las fronteras de Italia. Tras ellas, con el thriller Rojo oscuro (1975) se ganó el cineasta la admiración de los críticos (el mismísimo Hitchcock se deshizo en halagos hacia este trabajo), convirtiéndose en el punto más alto de su carrera. Sin embargo, Suspiria atesora un gran cúmulo de virtudes que la convierten en algo especial, una deliciosa rara avis cuya fascinación sobre el público permanece intacta casi 40 años después de su estreno, debido a ese carácter atemporal que tan solo poseen las grandes obras maestras.
Desde las primeras imágenes de Suspiria, Argento nos sumerge de lleno en un cuento (más de brujas que de hadas) retorcido y cruel, potenciando al máximo uno de sus puntos fuertes en aquellos años: la creación de atmósferas. Con su desembarco en el aeropuerto de Friburgo, en una noche especialmente tormentosa, la estadounidense Suzy Bannion, al igual que la protagonista de Blancanieves de los siete enanitos –otra confesa fuente de inspiración para el maestro, junto a las inquietantes experiencias personales de la madre de Daria Nicolodi (co-guionista y pareja sentimental de Argento en aquellos años), que pasó su infancia en un internado que guardaba relación con una secta ocultista– , se ve inmersa en una especie de realidad alternativa en donde las leyes de la lógica parecen no existir, a la vez que fuerzas sobrenaturales parecen guiar cada uno de sus pasos, convirtiendo lo que debería ser una tranquila estancia en la prestigiosa Academia Tanz, donde cursaría sus estudios de ballet, en una continua pesadilla. El destino quiere que en el mismo instante en que Suzy llega a la escuela, ésta se cruce con Pat, una chica que huye despavorida tras haber sido expulsada y a la que, en medio del estruendo de los truenos, llega a oír algunas palabras inconexas que, con el transcurrir de los acontecimientos, funcionarán como piezas claves en la resolución del misterio que se esconde tras las cuatro paredes de aquel enigmático edificio. Jessica Harper, actriz conocida por títulos como El fantasma del paraíso (Brian de Palma, 1974) o Recuerdos (Woody Allen, 1980), es la encargada de dar vida a nuestra heroína, una especie de princesa de cuento moderna amenazada por las fuerzas del mal (no faltan encantamientos, secretos aquelarres de brujas y brutales crímenes) que acechan en todas y cada una de las estancias de una academia cuya fachada es una réplica del Haus zum Walfich, un edificio emblemático de Friburgo.