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    John Boorman
    John Boorman

    «Tú serás la tierra, y la tierra serás tú»

    Cineclub powered by BenQ: Excalibur, de John Boorman.

    Reino Unido, 1981. 140 minutos. Título original: Excalibur. Director: John Boorman. Guion: Rospo Pallenberg y John Boorman, basado en el libro de Thomas Malory. Fotografía: Alex Thomson. Música: Trevor Jones. Productores: Edgar F. Gross, John Boorman, Michael Dryhurst y Robert A. Eisenstein. Diseño de producción: Anthony Pratt. Dirección artística: Tim Hutchinson. Edición: John Merritt. Intérpretes: Nigel Terry, Nicol Williamson, Cherie Lunghi, Nicholas Clay, Helen Mirren, Paul Geoffrey, Gabriel Byrne, Robert Addie, Clive Swift, Niall O'Brien, Corin Redgrave, Keith Buckley, Charley Boorman, Liam Neeson, Patrick Stewart, Ciarán Hinds.

    No es ningún secreto, para cualquier cinéfilo de pro, que el concepto «cine de autor» se gestó en Europa en torno a mediados del siglo XX, para acuñarse definitivamente desde las páginas de la revista Cahiers du Cinéma a manos de un puñado de críticos, algunos de los cuales no tardarían en convertirse en los principales cineastas de la Nouvelle Vague. Tampoco lo es que, a pesar de tratarse de un constructo crítico más o menos extendido, choca frontalmente con la indiscutible evidencia de que, si algo distingue al cine de otras manifestaciones artísticas, es el carácter coral del mismo, por lo que a menudo directores cuya producción no resiste un análisis minucioso bajo la lupa de la teoría d’auteur, sin embargo rubrican algunos de los clásicos del séptimo arte. Críticos y guionistas como Georges Sadoul o David Kipen han cuestionado desde diversos ángulos la perspectiva cahierista, incidiendo tanto en el carácter colaborativo de la creación de películas como en la importancia del fundamento de partida (muy a menudo, un libro), sin olvidar la reveladora circunstancia de que la política de los estudios en absoluto implica la visión unitaria y predominante de un individuo en el momento de llevar a cabo una pieza cinematográfica, lo que no es óbice para que de ellos hayan salido muchas obras maestras. Pauline Kael incluso llegó a sacudir los pilares sobre los que se asienta el autorismo: «La primera premisa de la teoría del autor es la competencia técnica de un director como criterio de valor. […] Pero este lugar común, aunque suena razonable y básico, se trata de una premisa inestable: a veces los mejores artistas de un medio transgreden o violan la competencia técnica más elemental del mismo, lo que resulta imprescindible para reinventarlo. Un artista que no sea un buen técnico puede crear nuevos estándares, porque los estándares de competencia técnica se basan en comparaciones con el trabajo ya realizado anteriormente. […] La segunda premisa de la teoría del autor es la personalidad reconocible del director como criterio de valor. El olor de una mofeta es más reconocible que el perfume de una rosa. ¿Eso lo hace mejor? […] A menudo, las obras en las que somos más conscientes de la personalidad del director son sus peores trabajos […]. Cuando un director famoso hace una buena película, vemos la película, no pensamos en la personalidad del director; pero cuando es un horror, notamos sus toques familiares porque no hay mucho más que ver. Es un insulto para un artista juzgar al mismo nivel sus obras deficientes y sus obras buenas [...]. La tercera y última premisa de la teoría del autor se refiere al significado interior, a la gloria última del cine en tanto arte. El significado interior se extrapola de la tensión entre la personalidad de un director y su material. El “significado interior” parece ser eso que saben los que saben. Es una mística y un error. […] Un melodrama vulgar con un ritmo acelerado puede ser mucho más emocionante –y más honesto, por cierto– que débiles y pretenciosos intentos de drama».

    Sea como fuere, atribuir el mérito –o el demérito– de una película a su realizador tiene sentido cuando se trata de figuras que ejercen un férreo control sobre el trabajo de todos los implicados en el proyecto, de forma que, más que supervisar su tarea para asegurarse de su adecuación a unos estándares, se inmiscuyen sistemáticamente en la misma, hasta el extremo de modificar cualquier nota que les parezca mínimamente discordante con su concepción personal de cuál ha de ser el resultado último (el emblemático caso de Stanley Kubrick). Pero cuando hablamos de directores más o menos integrados en la creación industrial, quienes a menudo, o bien se limitan a implementar ideas ajenas, o bien han de aceptar la imposición de determinadas temáticas o de determinados colaboradores en algunos de los cometidos específicos, el cómputo global del filme depende en muchos casos de factores que poco o nada tienen que ver con su actuación individual. La incomodidad que para los defensores de la autoría del director suponen aquellas grandes cintas que han sido hechas bajo la batuta de alguien que no actúa como un artista, es decir, que no emplea el cine como un medio en el que verter sus recurrentes inquietudes intelectuales, sociales, existenciales y/o espirituales, hizo surgir una nueva etiqueta para distinguir del «autor de verdad» y del «funcionario que dirige» a quienes poseen no solo técnica y dominio del oficio, sino amor y respeto hacia el mismo, y, en un momento dado, con la alineación óptima con productores, actores, directores de las instancias artísticas, etc., son capaces de legar auténticas joyas a la posteridad, con independencia de que sean muy dispares entre ellas, e incluso de que se traten de casos aislados dentro de su carrera. Me refiero, por supuesto, al concepto de «artesano». En realidad, muchos de los realizadores del Hollywood dorado pueden responder a semejante etiqueta (Michael Curtiz, Mervyn Le Roy, Victor Flemming…), y no pocos de los más eficientes contemporáneos (Sydney Pollack, Ridley Scott, Ron Howard…), sin olvidar, por supuesto, que, como cualquier otra etiqueta, tiene matices y es muy discutible.

    por Elisenda N. Frisach
    noviembre 20, 2018

    Excalibur (1981)

    por Elisenda N. Frisach | noviembre 20, 2018
    The Queen and the Country

    Soldados de la reina

    crítica a Queen and Country (2014), dirigida por John Boorman | ★★★ |

    He de reconocer que vi Queen and Country sin saber que su director era John Boorman. Por despiste o por mala memoria, era un dato que ignoraba en el momento de verla, y no puedo estar más que agradecida por ello. Porque tengo la sensación que, de haberlo sabido, mi impresión de la película hubiese sido bastante peor; y, la verdad, no creo que se lo merezca. Boorman es un director que lleva años de capa caída. Por otro lado, no es que nunca haya sido un prodigio de regularidad. Junto a obras como Deliverance (1972), Excalibur (1981) o Esperanza y gloria (1987), encontramos horrores del calibre de Zardoz (1974) —a mayor gloria del bikini bizarro de Sean Connery— o El exorcista II: El hereje (1977). Su último filme realmente decente fue El sastre de Panamá (2001). Vista la lista, entenderéis que agradeciese haber visto Queen and Country desde una perspectiva, digamos, “virgen”.

    Argumentalmente, Queen and Country es hija de Esperanza y gloria. Si no fuese por toda una serie de pequeños detalles que no coinciden (el apellido de la familia protagonista, algunos personajes que han sido omitidos…), podría decirse que es una secuela directa. De hecho, es difícil decir si esos detalles han sido cambiados a propósito o si son simples fallos de continuidad por parte de Boorman. El niño protagonista de Esperanza y gloria, Bill (Callum Turner), es ahora un joven (casi) veinteañero que ha sido llamado a cumplir el servicio militar obligatorio. Estamos en 1952, año crucial para la historia del Reino Unido, que marcaría el fin de una época con el fallecimiento del rey Jorge VI y el ascenso al trono de la aún hoy soberana del país, Isabel II. A lo largo de los dos años de servicio militar, Bill experimentará amistades, amores, traiciones y descubrimientos que le llevarán a la edad adulta, con el fantasma de la Guerra de Corea siempre acechando al fondo.

    por Unknown
    octubre 14, 2014

    [BFI] Crítica | Reina y patria, de John Boorman

    por Unknown | octubre 14, 2014
    Deliverance

    PESADILLA RÍO ABAJO

    crítica de Defensa | Deliverance, John Boorman, 1972

    Hoy tenemos el enorme placer de recuperar uno de los títulos míticos del cine norteamericano de principio de los 70, Defensa (EE.UU. 1972), que más de 40 años después, sigue sorprendiendo por su enorme carga de violencia explícita. Su director, John Boorman, logró con este trabajo uno de sus más reconocidos triunfos. Y su carrera no está precisamente exenta de ellos: A quemarropa (1967), Infierno en el Pacífico (1968), Excalibur (1981), La selva esmeralda (1985) y Esperanza y gloria (1987), son la prueba palpable de su buen hacer tras las cámaras. Deliverance está basada en la novela de mismo nombre escrita por James Dickey, que no sólo se encargó del guión de esta adaptación, sino que se reservó un pequeño papel de sheriff del pueblo. La historia cuenta la angustiosa odisea que viven cuatro amigos, hombres de negocios de la gran ciudad, que se disponen a descender en canoa por un remoto río de los bosques de Georgia, antes de que desaparezca a causa de la inminente construcción de una presa. Lo que en un principio se presenta como una emocionante jornada de ocio en un ambiente bucólico, terminará complicándose cuando sufran un terrible episodio violento con unos cazadores furtivos del lugar. En defensa propia, asesinan a uno de estos atacantes, presentándose el dilema moral entre entregarse a la policía u ocultar su error y hacer como si no hubiera sucedido nada. La camaradería y el buen rollo existente entre los cuatro amigos se verá puesta a prueba ante semejante encrucijada. Los cuatro actores principales están magníficos en sus respectivos personajes. John Voight, que tres años antes había saltado a la fama gracias a su papel en Cowboy de medianoche (1969), encarna a Ed, el tipo más tranquilo del grupo, que demostrará una mayor inteligencia a la hora de salir del problema en que se ven envueltos. Burt Reynolds ofrece una de las mejores actuaciones de su carrera en el rol de Lewis, el machito problemático e impertinente. Curiosamente, el actor se encasillaría en papeles de héroe de acción en títulos como Los caraduras (1977) o Los locos de Cannonball (1981), que le convirtieron en una de las estrellas más taquilleras de la época, aunque devaluaron sus cualidades como actor dramático. Reynolds no volvería a ser tomado en serio hasta Boogie Nights (1997) de Paul Thomas Anderson, donde obtuvo una candidatura al Oscar como actor secundario. Ronny Cox, habitual de algunas películas de Paul Verhoeven como Robocop (1987) o Desafío total (1990) es Drew, el más perjudicado en la odisea, mientras que Ned Beatty –el inolvidable Otis de Superman (1978)– aporta a su personaje de Bobby toda la indefensión y torpeza requeridas.

    por José Martín León
    abril 28, 2013

    Sesión Doble | Defensa (1972)

    por José Martín León | abril 28, 2013

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