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    El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack, 1932)

    FAY WRAY ENTRE LA JUNGLA

    El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel, 1932).

    El primer lustro de los años 30 del siglo pasado fue generoso en películas de terror con el cine norteamericano. Estados Unidos acababa de sufrir el crack del 29, la gran debacle económica del gigante, King Kong derribado desde su alta torre, y el cine mostraba la situación en la que se encontraban los ciudadanos y la sociedad en la que vivían. Monstruos ficticios que reflejaban horrores reales. Una pantalla espectral que alojaba entre sombras expresionistas los miedos que todos dejaban por un momento en las salas de cine liberando así sus vidas de pesar. Por supuesto no fue solo el cine de terror el que reflejó la grave crisis sufrida: el cine de gángsters o, de manera especial y quizá la más virulenta, el cine musical también dejaron para nosotros clarísimas claves de ello. En verdad, cualquier película norteamericana de la época, sea cual sea el género al que se adscriba, reflejará, aunque sea de forma no premeditada, pistas sobre la sociedad en la que se gestó. Pero sí que algunos géneros fueron más explícitos en mostrar la realidad. Y, cómo no, fueron los géneros más alejados de ella los que mejor lo hicieron.

    De aquellos años, cualquier amante del cine recordará las películas de terror de la productora Universal como obras de arte míticas y de profundo calado en la imaginería popular: Drácula, Frankenstein, el hombre lobo, la momia… Todos los monstruos que en el cine después nos han aterrado tuvieron allí su visión canónica (que no primera, pero sí la fundacional para un género: el Frankenstein de Searle Dawley es del año 1910, por poner un ejemplo, pero no creó mucha escuela que digamos), refinada esta por el filtro de las obras maestras del expresionismo alemán. El éxito de las películas de la Universal llevó a otras productoras a atreverse con el cine de terror. Y así la modesta RKO produjo y realizó en el año 1932 la prodigiosa y siempre sorprendente El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game). La primera sorpresa de esta película genial es que no nos ofrece un monstruo como en las otras, o al menos no un monstruo como tal en su aspecto físico: aquí el monstruo adquiere rasgos humanos, es un hombre elegante, educado y refinado, de modales exquisitos y un definido gusto por el arte. El actor inglés Leslie Banks dio vida de forma magistral a este conde ruso, Zaroff, del que enseguida comenzaremos a sospechar que oculta demasiados secretos. Pero intentaré no adelantarme. Y en la medida de lo posible, evitaré en todo momento desvelar demasiado de la trama de la película. Está un tanto difícil comentar sin decir nada de la historia que nos cuenta, pero creedme que me limitaré a lo más general. Por esto mismo no queráis saber hasta verla por qué el famoso cazador Bob Rainsford ha ido a parar a la fortaleza portuguesa transformada en la mansión gótica de nuestro conde favorito. Un cazador interpretado por Joel McCrea, con esa fuerza impregnada de delicadeza tan propia de él, al que hemos oído hablar de su trabajo, la caza, la cual defiende como deporte en una discusión con un doctor que le increpa con respeto pero sin sensiblerías: “A la bestia de la jungla, que solo mata para comer, la llaman salvaje. Y al hombre, que caza por deporte, lo llaman civilizado.” Rainsford es un cazador, y como él mismo afirma, “jamás va a cambiar.” Todos estos apuntes magistralmente instalados al principio de la película ayudan no solo a conocer de manera rápida a cada uno de los personajes, sino que nos muestran de manera directa el problema moral al cual deberá enfrentarse Rainsford. El guionista James Ashmore, basándose en un relato de Richard Connell, da ejemplos de su maestría a lo largo de toda la película, pero empieza ya desde los primeros minutos preparando la ironía dramática posterior y la consecuente evolución del protagonista.

    El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack, 1932)

    «El subyugante tramo final, que se ve con el corazón en un puño, es un prodigio absoluto. La música de Max Steiner acompaña a las imágenes de forma trepidante. El enfrentamiento a vida o muerte entre los protagonistas es de una fuerza arrolladora, entremezclando inteligencia y los más salvajes instintos primarios en un todo convulso».


    Enfrentado Rainsford a Zaroff, otro cazador por naturaleza, pronto observaremos las diferencias que hay entre ambos. El temible Zaroff mantiene como invitados forzosos en su fortaleza, sita en una isla perdida como está mandado, a dos hermanos: el borrachín Martin (Robert Armstrong) y a la hermosa e inteligente Eve (Fay Wray). Enseguida Zaroff dará muestras de su personalidad desequilibrada, de su sexualidad enfermiza y de su verdadera pasión. Porque sí, su pasión es la caza, pero no la aburrida caza normal: su pasión es la caza humana, y sus invitados son presas que pronto serán liberadas para su disfrute personal. Una cacería humana que, teniendo como rival a un cazador con el prestigio y las probadas capacidades de Rainsford, será una auténtica “partida de ajedrez” en la mente degenerada pero culta de Zaroff. Tras media hora (la mitad de la película: su corta duración no solo se debe a que no era algo anormal en aquella época, sino a que una secuencia que transcurría en el siniestro “salón de los trofeos” de Zaroff fue eliminada tras ser considerada en exceso macabra), lo que hasta entonces ha sido de verdad una partida de ajedrez se convierte en una película de acción trepidante donde el horror se da la mano con la aventura misteriosa. La belleza de los planos de la isla y la huida de nuestros héroes a través de ella perseguidos por el enloquecido Zaroff resultan inolvidables. ¡Tanta belleza para mostrarnos todo el horror del que es capaz la crueldad humana! La jungla a través de la cual nuestros héroes intentarán escapar del pérfido conde recuerda en muchos momentos a la de la película King Kong, estrenada un año después. No es extraño pues Ernest B. Schoedsack la estaba rodando al tiempo que El malvado Zaroff, utilizando esos mismos escenarios, casi los mismos actores (repetían Robert Armstrong y la fascinante Fay Wray) y acompañado en la dirección no por Irving Pichel sino por el productor asociado de esta y afamado director de documentales exóticos Merian C. Cooper.

    El subyugante tramo final, que se ve con el corazón en un puño, es un prodigio absoluto. La música de Max Steiner acompaña a las imágenes de forma trepidante. El enfrentamiento a vida o muerte entre los protagonistas es de una fuerza arrolladora, entremezclando inteligencia y los más salvajes instintos primarios en un todo convulso. Furiosos travellings entre la espesura transmiten toda la locura homicida de la caza, el horror de ser perseguido hasta la muerte. Y Rainsford, que sintiéndose acosado, aún encontrará tiempo para razonar: “Esos animales que yo cacé, ahora sé cómo se sentían.” La jungla, los pantanos, el enfrentamiento entre el noble Rainsford y el enfermo Zaroff, este acariciándose la cicatriz que tiene en la sien cada vez que está excitado, la inteligencia de Eve que se muestra siempre valiente e intrépida, los esclavos cosacos de Zaroff… Todo se une en esta película fantástica para arraigar de manera indeleble en nuestra mente. De lo más grande, de cómo la civilización y el salvajismo son fáciles de confundir, de cómo nuestra percepción de la verdad es solo una cuestión de puntos de vista, a lo más pequeño, a Eve mirando a Rainsford con una expresión que lo dice todo acerca de su terrible situación bajo el dominio de Zaroff. Pero claro, son los ojos de Fay Wray. Por ellos un año después un simio gigante luchará hasta la muerte enfrentado a la civilización. Una civilización que, una vez más, demostrará ser más salvaje que la bestia.

    José Luis Forte
    © Revista EAM / Cáceres

    Ficha técnica
    USA, 1932. Título original: The Most Dangerous Game. Directores: Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel. Guion: James Ashmore Creelman, basado en el relato de Richard Connell. Productora: RKO Radio Pictures. Productor ejecutivo: David O. Selznick. Productor asociado: Merian C. Cooper. Estreno: 16 de septiembre de 1932. Fotografía: Henry W. Gerrard. Música: Max Steiner. Montaje: Archie Marshek. Dirección artística: Carroll Clark. Decorados: Thomas Little. Fotografía efectos especiales: Lloyd Knechtel y Vernon L. Walker. Efectos especiales: Harry Redmond Jr. Intérpretes: Joel McCrea, Fay Wray, Leslie Banks, Robert Armstrong, Noble Johnson, Steve Clemente, William B. Davidson, Buster Crabbe (y doble de McCrea).

    Póster: El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack, 1932)
    por José Luis Forte
    agosto 31, 2015

    Cineclub | El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack, 1932)

    por José Luis Forte | agosto 31, 2015
    El imperio del sol (1987)

    La guerra, a través de los ojos de un niño

    cine club | El imperio del sol, de Steven Spielberg (Empire of the Sun, 1987)

    A estas alturas de la vida, pocas son las voces que se atreven a alzarse en contra de las aptitudes de Steven Spielberg como excelente realizador dramático. Los siete Oscars obtenidos en 1993 con la tremenda La lista de Schindler (incluidos los de mejor película y director) supusieron el definitivo reconocimiento de la crítica, para la que hasta ese momento era básicamente el rey Midas de Hollywood, capaz de facturar un estupendo cine de entretenimiento con el que arrasaba en las taquillas de manera casi infalible. Luego vendrían Salvar al soldado Ryan (1998) –que le otorgó su segunda estatuilla como director–, Munich (2005) o Lincoln (2012), filmes “serios” que Spielberg compaginó sabiamente con sus habituales espectáculos de siempre. Sin embargo, hay que recordar que no le fue precisamente fácil lograr este equilibrio entre cineasta “de prestigio” y facturador de cine comercial. En la década de los 80, Spielberg era sinónimo de éxito y dinero. Con Tiburón (1975), Encuentros en la tercera fase (1977), En busca del arca perdida (1981), E.T., el extraterrestre (1982) e Indiana Jones y el templo maldito (1984), logró encabezar año tras año las listas de filmes más taquilleros. Únicamente su incomprendida sátira bélica 1941 (1979) le dio un pequeño disgusto. En 1985 llegó un momento decisivo en la carrera de Spielberg, rodando la adaptación de la novela de Alice Walker El color púrpura, su primera incursión en el drama. Pese a que con los años, la cinta se ha convertido en todo un clásico de los 80, las críticas se ensañaron con ella tildándola de excesivamente sentimental, traduciéndose en un estrepitoso fracaso durante la ceremonia de los Óscars donde optaba a 11 premios y se fue de vacío. El director, lejos de achantarse, decidió probar suerte dos años después con un nuevo proyecto de similares ambiciones artísticas, la adaptación al cine de la autobiografía de J.G. Ballard El imperio del sol.

    La historia arranca en 1941, durante la II Guerra Mundial en un Shanghai ocupado casi íntegramente por los japoneses. Únicamente ha sido respetada, gracias a la protección diplomática, la denominada zona de asentamiento internacional, algo así como un país dentro de otro, donde europeos y americanos continúan normalmente sus vidas de lujo, sin verse afectados por la pobreza que existe al otro lado de las alambradas. Jim Graham es un niño inglés de clase alta que vive felizmente junto a sus padres en su elegante mansión, asistiendo a fiestas de disfraces de la alta sociedad y disfrutando de su pasión por los aviones. Vive en una burbuja, sobreprotegido, ajeno a la guerra que asola el país. Pero esta inocencia se verá violentamente destruida cuando el mismo día del ataque a Pearl Harbor, Jim y su familia se vean obligados a dejar atrás sus posesiones materiales para tratar de escapar de China, con tan mala fortuna que el pequeño se separa de sus padres en medio de la multitud que huye desesperada por las calles. Jim va a parar a un campo de concentración situado junto a un aeropuerto militar chino. Durante sus largos cuatro años de cautiverio, pasará de ser un miedoso niño a convertirse en un precoz hombre, ingeniándoselas para sobrevivir en condiciones infrahumanas (de su amigo, el maleante Basie, aprenderá que se puede ser capaz de cualquier cosa por una patata, aunque esté infestada de gorgojos) sin perder un ápice de su talante alegre y altruista, ya que también se dedica a hacer la vida más llevadera al resto de los prisioneros, entre ellos el matrimonio Victor, que suple de alguna manera la ausencia de los auténticos padres del muchacho.

    por José Martín León
    octubre 14, 2013

    Cine Club | El imperio del sol (1987)

    por José Martín León | octubre 14, 2013
    El llanero solitario

    DOS ESTRELLAS DEL ROCK EN EL OESTE

    crítica de El llanero solitario | The Lone Ranger, Gore Verbinski, 2013

    Antiguamente fue una voz sin rasgos, narrador que narra sin ilustraciones, solitario frente al micrófono de una “pecera” que a continuación tomaría cuerpo televisivo, donde ya sí dispondría de su caballo blanco y su título de Ranger y su antifaz sempiterno. The Lone Ranger invocaba viejas aventuras del Far West, ese meridiano de sangre que George W. Trendle convirtió en útil patio de recreo sin más pretensiones que las de alimentar el espíritu mismo de la muchachada. Historias accesibles hechas para el consumo de aquellos primeros espectadores que se repantingaban frente al televisor como si este fuera la bola de cristal de un talento sublime. Por entonces, los publicistas apenas habían descifrado el verdadero alcance del tubo de rayos catódicos, futura caja tonta que nos convirtió en dóciles tontos. Y Tonto era también el nombre del escudero que acompañaba al Ranger, aunque en primera instancia recibiera el apelativo de Toro para su desembarco en los países hispanohablantes. Nada sorprendente, menos aún cuando se trata de traducir nombres y títulos de obras tanto literarias como audiovisuales. Ochenta años después de su nacimiento, pocos sentían nostalgia de una serie —bastante longeva, por cierto— que no pasó a la historia por sus guiones pulidos ni por su acabado visual, sino más bien por cuestiones que entroncan con la infancia, donde se forjan las fantasías más apasionantes. Lentamente se distorsiona el recuerdo y, llegado un punto, conviene no recordar. Esta sencilla máxima resulta inentendible para los productores más boyantes de Hollywood, quienes trabajan —sin remordimientos, ojo— reciclando sueños e ideas del Paleolítico. Así, era cuestión de logística que volviéramos a ver en pantalla (grande) al Llanero solitario, vengador por reacción y amigo de la justicia menos heterodoxa, como buen abogado en mitad de una conjura ferroviaria.

    Pero ¿quién debía ser el cerebro del negocio, es decir, el valiente cineasta dispuesto a llevar a cabo tal empresa? Fácil decisión, supongo, para Disney, tenedora de los derechos cinematográficos. Desde hacía tiempo contaban con la dupla Bruckheimer-Verbinski, la unión más efectiva —productor y director, respectivamente— de la última década en términos económicos. A ellos corresponde gran parte del mérito de una saga triunfadora, Piratas del Caribe, responsable también de ese icono pop llamado Jack Sparrow, que ha reducido a Johnny Depp a la categoría de guiñol. Oriundo de Owensboro, ciudad situada al noroeste de Kentucky, el actor se ha hecho multimillonario gracias a ese pirata amanerado y drogota, cuyo principal referente es el rollingstone Keith Richards. Casi nada. Y sin embargo, cinco entregas después de su primera aventura como el entrañable —y muy cargante— bucanero del Mar Caribe, Depp no logra desprenderse de su propia caricatura: muecas que lo identifican bajo cualquier pátina de maquillaje, gestos de freak fumador de opio, y un largo etcétera de detalles que no definen el talento de un actor más que notable. Aquí resucita al mencionado Tonto, y no es casual que la personalidad de ese potawatomi se identifique con el arquetipo de outsider excéntrico. Es Jack Sparrow disfrazado de indio y con un cuervo muerto (o no) en la cabeza. Nadie iba a decirle que se relajara, pues tampoco había razones: aun evidenciando su nula capacidad para componer algo nuevo, no desmerece el conjunto. Una película que, armada desde la perspectiva de un zapador como Gore Verbinski, resulta electrizante de principio a fin. Imposible no regresar a ese otro proyecto que unió por vez primera a director y a intérprete en un western o spaghetti de animación. Lo protagonizaba un reptil inolvidable: Rango. Aquel tributo desértico a Hunter S. Thompson de un camaleón que anhelaba triunfar sobre las tablas interpretando las tragedias de Shakespeare no sólo era una fábula de primer nivel, un divertimento tan mordaz como extático, sino la señal más palpable de que la tecnología CGI había rebasado nuevas cotas de excelencia.

    por Anónimo
    agosto 07, 2013

    Crítica | El llanero solitario

    por Anónimo | agosto 07, 2013
    Jack el caza gigantes, de Bryan Singer

    HABÍA UNA VEZ…

    crítica de Jack el caza gigante | Jack the Giant Slayer, Bryan Singer, 2013

    En los últimos años, parece que se ha creado una rentable corriente entre los grandes estudios de Hollywood de rescatar cuentos clásicos de toda la vida para ofrecer espectaculares versiones, repletas de efectos especiales de última generación y protagonizadas por las grandes estrellas del celuloide. Blancanieves, por ejemplo, fue objeto de tres visiones completamente distintas entre sí, el pasado 2012. Julia Roberts, Maribel Verdú y Charlize Theron compitieron por ser la madrastra más malvada de la temporada y, en el caso de la versión protagonizada por la última, las recaudaciones en taquilla fueron lo suficientemente generosas como para asegurar el rodaje de una secuela. Este 2013, los hermanos Grimm fueron víctima de hasta cuatro terribles adaptaciones diferentes de su Hansel y Gretel y la precuela Oz, un mundo de fantasía arrasaba en las taquillas sin necesidad de recuperar a Dorothy, Totó y compañía. Si algo tenían en común la mayoría de estos títulos, era la falta de fidelidad a las obras que adaptaron, apuntándose al derroche de magia digital impuesto por las películas de El señor de los anillos, cuyas formas visuales copiaron sin disimulo, además de poseer unas buenas dosis de mala baba, impropias del cine familiar de otros tiempos. Se agradece, por lo tanto, la blancura y sencillez narrativa de esta visión del cuento Jack y las habichuelas mágicas de Hans Christian Andersen.

    Lo que llama la atención, en primer lugar, es el hombre que se encuentra en la dirección de la película, Bryan Singer. Se ganó el respeto de la crítica con la soberbia Sospechosos habituales (1995) y el favor del público con las dos primeras (y estupendas) entregas de X-Men. Rodó una de las cintas más vapuleadas de los últimos tiempos, la siempre reivindicable Superman Returns (2006) y se puso al frente de uno de los vehículos más ambiciosos para lucimiento de Tom Cruise, la interesante Valkiria (2008). Jack el caza gigantes podría considerarse, a priori, un paso atrás en su filmografía, pero nada más lejos de la realidad. La historia de esta nueva relectura del popular cuento nos presenta una atractiva mitología donde seres humanos y gigantes se encontraban en guerra, hasta el momento en que éstos últimos fueron desterrados a vivir en una ciudad más arriba de las nubes. Tras siglos de paz, un joven granjero volverá a poner a la humanidad en peligro por error, cuando de unas habichuelas mágicas que le dieron a cambio de su caballo, crezca una enorme planta que llegue hasta el reino de los gigantes. Estos, sedientos de venganza, raptarán a la bella princesa del reino, de la que Jack se ha enamorado, y el rey le enviará junto a sus mejores soldados a recuperar a su hija. El gran acierto de la película es que, pese a tratarse de una versión adulta del cuento, se mantiene en unos márgenes de violencia y oscuridad aceptables para gustar a toda la familia. Pese a que cuenta con unos efectos digitales realmente apabullantes, capaces de crear los mágicos reinos donde tiene lugar la acción en todo su esplendor –las tomas aéreas y planos cenitales también son deudoras de las películas de Peter Jackson–,

    por José Martín León
    julio 23, 2013

    Crítica | Jack el caza gigantes

    por José Martín León | julio 23, 2013
    Capitanes intrépidos (1937)

    crítica de Capitanes intrépidos | Captains Courageous, Victor Fleming, 1937

    Todo héroe, es bien sabido, emprende con sus aventuras un viaje que supone un aprendizaje: comienza conociendo poco de la vida y del mundo por el que discurrirá su camino y llega a su final siendo más sabio. La experiencia lo ha hecho crecer y comprender tanto a quienes le rodean como, a veces más importante aún, a sí mismo. Es una senda iniciática o de iluminación que cuando el relato de aventuras olvida revierte en una sucesión mecánica de peripecias que igual hasta nos pueden entretener, pero difícilmente emocionar de una manera profunda. Este es el tipo de viaje que nos narra Rudyard Kipling en su novela Capitanes intrépidos (Captains Courageous, 1897): el de un niño rico y malcriado que cae al mar durante un viaje en barco y al ser recogido por unos rudos pescadores deberá compartir con ellos su quehacer diario. Esto le hará recapacitar y aprender en qué consiste de verdad el trabajo duro y el esfuerzo en común. Ese niño egoísta y algo tiránico se transformará en un ciudadano de bien. Y esta idea básica es la que pervivirá en el emocionante filme dirigido por Victor Fleming en 1937 Capitanes intrépidos (Captains Courageous). Un relato que en manos de los tres guionistas que lo adaptaron se convirtió en una de las películas más hermosas y conmovedoras del cine de aventuras. John Lee Mahin y Dale Van Every, acompañados por el sólido Marc Connelly, pusieron en pie un libreto en el cual la trama se centraba en el mar y en la vida de los pescadores, pero de manera especial en la camaradería que surge del trabajo duro, la nobleza que impregna cada acto de quien lucha con denuedo contra un enemigo tan imposible como es el mismo océano y la amistad inquebrantable que nace de compartir cada día con compañeros infatigables el sostenerle un pulso a la muerte.

    Mahin había trabajado anteriormente con Fleming en su magnífica adaptación de La isla del tesoro (Treasure Island, 1934), donde ya pudimos ver una historia de amistad emocionante e intensa entre un niño y un hombre, una amistad que nunca deja de ser la de un hijo en busca de su padre, protagonizada por los grandes Wallace Beery en el papel de nuestro pirata favorito de todos los tiempos Long John Silver y Jackie Cooper en de Jim Hawkins, el niño que todos alguna vez hemos querido ser. Estos papeles tendrían en Capitanes intrépidos sus respectivos reflejos en el pescador portugués Manuel, interpretado por un inolvidable Spencer Tracy, y el niño Harvey, con las facciones de Freddie Bartholomew, el joven actor prodigio que llegó a competir en éxito con la misma Shirley Temple pero al que los años acabaron apartando de las pantallas. Sus rasgos angelicales no duraron, como en el cine, para siempre. Compartiendo protagonismo con ellos tenemos al impresionante Lionel Barrymore, el cual también interpretaba a Billy Bones en la adaptación de Stevenson, y que aquí será el rocoso capitán Disko Troop, un auténtico lobo de mar, como suele decirse, de libro. Y un puñado de secundarios de aquellos que eran capaces de llenar de vida cualquier escena y de verdad cada cuadro, destacando un John Carradine sensacional, un Mickey Rooney a dos pasos de convertirse en una gran estrella, el gran Charley Grapewin o un actor de primera fila como era Melvyn Douglas haciendo de padre multimillonario del díscolo Harvey. En una película en la que los sentimientos juegan una baza tan importante, es fundamental que sus actores sepan transmitirlas y nos lleguen al corazón. Fleming tuvo un buen puñado de los mejores.

    por José Luis Forte
    julio 11, 2013

    Cine Club | Capitanes intrépidos (1937)

    por José Luis Forte | julio 11, 2013
    Infierno blanco

    EN TIERRA DE LOBOS

    crítica de Infierno blanco | The Grey, Joe Carnahan, 2011

    "Una vez más en la lucha. En el último combate que conoceré. Vivir y morir en este día, vivir y morir en este día".

    El tema de la supervivencia del ser humano ante las adversidades de la naturaleza ha dado algunos títulos gloriosos a lo largo de la historia del cine. Me viene a la mente, por ejemplo, El vuelo del Fénix (1965) de Robert Aldrich, aquel clásico en el que un grupo de hombres, encabezado por el magnífico James Stewart, debía sobrevivir en medio del desierto del Sahara, después de que una tormenta de arena hiciera aterrizar forzosamente el avión de carga en el que volaban. En aquella ocasión, la insolación y la inanición suponían los mayores peligros que debían sortear. En la no menos mítica Infierno en el Pacífico (1968) de John Boorman, Lee Marvin y Toshiro Mifune eran los únicos supervivientes de una batalla naval durante la Segunda Guerra Mundial, teniendo que aprender a dejar sus diferencias a un lado para salir adelante en una isla desierta del Pacífico. Si bien no es una obra tan destacada como las ya mencionadas, ¡Viven! (1993) de Frank Marshall alcanzó una gran popularidad, más por los truculentos hechos reales que narraba que por sus cualidades rigurosamente cinematográficas. En ella, los jugadores de un equipo de rugby uruguayo vivían una auténtica odisea cuando su avión se estrellaba en medio de los Andes, llegando al extremo de comerse a los compañeros muertos para no correr la misma suerte que ellos. En la línea de estos títulos podría enmarcarse esta Infierno blanco (2011) de Joe Carnahan, una aventura de estilo clásico, muy alejada de las anteriores películas de su director.

    por José Martín León
    abril 27, 2013

    Sesión Doble | Infierno blanco (2011)

    por José Martín León | abril 27, 2013
    Tras el corazón verde | Romancing the Stone
    CUANDO INDIANA JONES ENCONTRÓ LA NOVELA ROSA
    Tras el corazón verde | Romancing the Stone, Robert Zemeckis, 1984

         De plena actualidad gracias a su regreso al cine convencional con El vuelo (2012) tras sus experimentos en el campo de la animación, Robert Zemeckis es uno de esos directores sin los que sería imposible entender la evolución del cine de entretenimiento desde los 80 hasta la actualidad. Sus obras siempre han sido sinónimo de diversión y calidad, a partes iguales. La triunfal trilogía de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), La muerte os sienta tan bien (1992), Forrest Gump (1994), Contact (1997), Lo que la verdad esconde (2000) o Naúfrago (2000) son la prueba palpable de su eterna relación de amor con el gran público, que ha coronado cada trabajo suyo con un nuevo éxito de taquilla. El primer gran triunfo comercial de Zemeckis data de 1984 (tras un par de cintas perfectamente prescindibles) con este Tras el corazón verde, una hábil combinación de cine de aventuras (se intentó vender el producto como un sucedáneo de los filmes de Indiana Jones, que ese mismo año arrasaba con su segunda entrega en el templo maldito), comedia y romance.

    por José Martín León
    febrero 17, 2013

    SESIÓN DOBLE | TRAS EL CORAZÓN VERDE (1984)

    por José Martín León | febrero 17, 2013
    'Lady Halcón', de Richard Donner - LadyHawke
    SIEMPRE JUNTOS, ETERNAMENTE SEPARADOS
    Lady Halcón (Ladyhawke, Richard Donner, 1985)

    He de reconocer que dentro del nutridísimo grupo de aventuras fantásticas de los 80, Lady Halcón (EE.UU., 1985) nunca ha sido de mis favoritas. Siempre he tenido debilidad por Dentro del Laberinto (1986) o Willow (1988), mientras que al filme de Richard Donner lo metería en el mismo saco que a Legend (1985), aquella fábula esteticista de Ridley Scott, como otra propuesta que, en mi opinión, podría haber dado algo más de sí. Ambos títulos comparten un impecable aspecto visual, una arrebatada historia de amor y una discutible elección de la banda sonora. Sin embargo, y siendo justos, hay que reconocer que se trata de una más que buena película que ha soportado estoicamente el paso del tiempo. En esta sesión pasaremos a desentrañar las luces y las sombras de uno de los clásicos del género por méritos propios.

    por José Martín León
    diciembre 26, 2012

    LADY HALCÓN (RICHARD DONNER, 1985)

    por José Martín León | diciembre 26, 2012
    Crítica de Ulises, 1954 - Ulisse 1954
    LA ODISEA DE HOMERO EN HORA Y MEDIA
    Ulises (Ulisse, Mario Camerini y Mario Bava, 1954)

    Hoy me complace dedicar la primera película de esta Sesión Doble a una de esas grandes estrellas del Hollywood clásico de las que, lamentablemente, ya van quedando pocas: Kirk Douglas. Que es un actor dramático enorme lo prueban sus trabajos en El loco del pelo rojo (1956) o Senderos de gloria (1957), pero nosotros nos vamos a centrar en su faceta de héroe del entretenimiento. Al igual que otros carismáticos nombres de la época, como Burt Lancaster y Charlton Heston, Douglas potenció sus excelentes cualidades físicas para el cine de aventuras en un puñado de inolvidables títulos como 20.000 leguas de viaje submarino (1954), Los Vikingos (1958) o Espartaco (1960), seguramente su papel más emblemático. A este grupo de obras que nos hicieron disfrutar de niños, demostrando que en la década de los 50 se hicieron las mejores superproducciones de este tipo, pertenece nuestro clásico a recuperar de hoy: Ulises (Ulisse, 1954).

    por José Martín León
    octubre 30, 2012

    ULISES (MARIO CAMERINI & MARIO BAVA, 1954)

    por José Martín León | octubre 30, 2012
    Crítica de Blancanieves y la leyenda del cazador - Snow White review
    BLASÓN SIN ESCUDO
    Blancanieves y la leyenda del cazador (Snow White and the Huntsman, Rupert Sanders, 2012)

    Uno de los personajes de este año es Blancanieves. Este cuento, basado aparentemente en una leyenda germana de mediados del siglo XVIII, tuvo en la versión de los hermanos Grimm – publicado por primera vez en 1812 – el trampolín hacia el imaginario popular. Como es habitual con las fábulas en la época, su propagación fue inmediata pasando del vulgo al arte en cuestión de décadas. Ya en los albores de la industria cinematográfica llegó la primera adaptación a cargo de Harry Matthews (1913) que tuvo continuidad un año después con otro corto mudo de T.O. Eltonhead titulado ‘La leyenda de Blancanieves’ y protagonizado por Marion Fairbanks – que junto a su hermana Madeline fueron las primeras gemelas famosas del celuloide –. Tras estas dos modestas piezas, arribaron casi un centenar de producciones de diversa índole encabezadas por la versión de Disney de 1937 ‘Blancanieves y los siete enanitos’ (Snow White and the Seven Dwarfs). Setenta y cinco años después de esta fantástica película que fue dirigida hasta por cinco realizadores llegan tres versiones muy diferentes del cuento – que se unen al serial de éxito ‘Erase una vez…’ ('Once Upon a Time', ABC) – y destinadas a un determinado espectro de público. Lo hacen en forma de sátira romántica (‘Mirror, Mirror’ de Tarsem Singh), arte silencioso y blanquinegro (la aplaudida ‘Blancanieves’, de Pablo Berger) y portando oscura atmósfera y aires épicos con la cinta que hoy nos ocupa, ‘Blancanieves y la leyenda del cazador’ (Snow White and the Huntsman, Rupert Sanders, 2012).

    por Emilio M. Luna
    octubre 22, 2012

    BLANCANIEVES Y LA LEYENDA DEL CAZADOR

    por Emilio M. Luna | octubre 22, 2012
    Orca, 1977 review still
    DUELO A MUERTE EN ALTA MAR
    Orca, la ballena asesina (Orca, Michael Anderson, 1977)

    Esta noche aprovecharé nuestra primera sesión para colocar a esta película en el puesto que se merece dentro del cine de entretenimiento de los 70. Estrenarse dos años después de la taquillera “Tiburón” de Steven Spielberg fue su mayor delito. Ya es hora de extraer a “Orca, la ballena asesina” (Orca, Michael Anderson, 1977) del saco donde la metieron en su momento, como uno más de los muchos plagios y calco baratos que quisieron subirse al carro del éxito de “Tiburón” (Jaws, 1975). Méritos cinematográficos no le faltan para ser considerada mucho más que un sucedáneo.

    Fue producida por Dino de Laurentiis y dirigida por Michael Anderson (Londres, 1920), un buen artesano de Hollywood que había realizado grandes éxitos como “La vuelta al mundo en 80 días” (1956), “Las sandalias del pescador” (1968) o “La fuga de Logan” (1976). El presupuesto fue de seis millones de dólares, solo tres menos que el clásico de Spielberg, por lo que no fue la tan copia barata que muchos pensaban. Recaudó casi quince millones, así que la inversión fue rentable. Aunque fue un éxito modesto si lo comparamos con los 470 millones que amasó la nombrada “Tiburón”.

    por José Martín León
    agosto 11, 2012

    ORCA (MICHAEL ANDERSON, 1977)

    por José Martín León | agosto 11, 2012
    Conan The Barbarian
    SCHWARZENEGGER, EL NACIMIENTO DE UNA ESTRELLA
    Conan el bárbaro (Conan The Barbarian, John Milius, 1982)

    "Lo mejor de la vida es aplastar enemigos, verlos destrozados, oir el lamento de sus mujeres."

    En 1932, el escritor Robert E. Howard creó una serie de relatos para la revista pulp “Weird Tales” protagonizados por un bárbaro llamado Conan. Nada hacía presagiar que la aceptación de este trabajo llegaría al extremo de que ochenta años después el personaje siga dando beneficios mediante libros, cómics, juguetes, videojuegos y, por supuesto, películas. El año pasado nos llegó la última de ellas, “Conan el bárbaro”, protagonizada por el musculoso e inexpresivo Jason Momoa. La cinta se saldó con un estrepitoso fracaso crítico y comercial. Si la comparamos con el clásico que se atrevió a versionar, era de prever.

    El auténtico Conan, el de toda la vida, el que mejor ha captado el aroma de los relatos (aun traicionando muchos aspectos de los libros) y el que conoció una mejor encarnación por su actor protagonista, es sin duda el plasmado en “Conan el bárbaro” (Conan the Barbarian), filme dirigido en 1982 por John Milius (Missouri, 1944) y protagonizado por un campeón de culturismo metido a actor llamado Arnold Schwarzenegger (Graz, Austria, 1947). Sin duda, este neófito encontró en este papel la mejor plataforma para saltar al estrellato, llegando a ser uno de los intérpretes más taquilleros de los 80 y 90. En el guión, como curiosidad, tenemos a Oliver Stone (Nueva York, 1946), más tarde reputado director de éxitos como “Platoon” (1986), “Wall Street” (1987) o “JFK” (1991).

    por José Martín León
    agosto 05, 2012

    CONAN EL BÁRBARO (JOHN MILIUS, 1982)

    por José Martín León | agosto 05, 2012
    The Beastmaster El Señor de las Bestias
    DAR, EL BÁRBARO ECOLOGISTA
    El Señor de las Bestias (The Beastmaster, Don Coscarelli, 1982)

    Hoy vamos a dedicar la primera sesión a uno de esos pequeños títulos de los 80 que muchos de nosotros disfrutamos de niños. Aquellos que por muchas veces que se emitieran por televisión, conseguían que permaneciéramos pegados al sillón y lo pasáramos en grande. Es por ello que su valor sea más nostálgico, incluso, que puramente cinematográfico. Y más aún teniendo en cuenta que perteneció a la oleada de películas que surgieron en el mismo espacio de tiempo que la mítica “Conan el Bárbaro”, intentando apuntarse al carro del éxito, con mayor o menor fortuna. “Ator el poderoso” y sus secuelas, “Cromwell, el rey de los bárbaros”, “El guerrero rojo”… infinidad de ellas han tenido su momento de gloria en nuestra memoria cinéfila, pero mi atención esta noche se la lleva “El Señor de las Bestias”.

    Don Coscarelli (Libia, 1954) es un realizador que había gozado de cierta popularidad en 1979 gracias al éxito de una cinta de terror de bajo presupuesto titulada “Phantasma” (aquella de “El Hombre Alto”). De ésta rodaría hasta tres secuelas, todas bastante inferiores. Así no es difícil afirmar que “El Señor de las Bestias” es, junto a aquella, su mayor aportación al cine. Con un presupuesto limitado (seguramente costó menos de la mitad que “Conan el Bárbaro”), Coscarelli logró un relativo éxito comercial, con más de catorce millones de dólares recaudados, por lo que tuvimos dos entregas más de este personaje en 1991 y 1996, ambas protagonizadas por el actor original, Marc Singer, pero sin el director del primer título tras la cámara. Ni que decir tiene que ambas secuelas son perfectamente olvidables.

    por José Martín León
    agosto 04, 2012

    EL SEÑOR DE LAS BESTIAS (THE BEASTMASTER, 1982)

    por José Martín León | agosto 04, 2012
    En los primeros años del cine el trabajo de operador de cámara requería en ocasiones tener un espíritu aventurero. Tras las tomas de los Lumière de trenes llegando a las estaciones y obreros saliendo de sus fábricas, el rodaje de vistas precisaba de mayores retos. Cargados con sus cámaras a hombros, los operadores salieron a recorrer mundo y a filmar todo lo que se encontraban. Cuanto más lejano o inaccesible era el lugar al que llegaban y rodaban, más impactantes eran las escenas que conseguían o al menos más hacían disfrutar a los espectadores de la época. Pero muy pronto el público comenzó a pedir más. No bastaba con la imagen: querían historias. Y con ellas se hizo necesaria la realización de guiones literarios que las contaran y guiones técnicos que indicaran y precisaran qué y cómo se iban a rodar. Durante muchos años se atribuyó a las primeras películas mudas que se rodaban sin guion. La documentación que se ha preservado ha demostrado sin embargo que ya desde fechas tempranas el uso de guiones detallados, sin nada que envidiar a los de hoy en día, era algo habitual. Esto no era óbice para que, de manera especial en el Hollywood primitivo, fuera técnica común el aprovechar cualquier desastre natural para incluirlo en una película. Si se desataba un ciclón o se desbordaba un río, allá que se lanzaban los equipos técnicos con unos cuantos extras a rodar teniendo en cuenta que iban a poder contar con efectos especiales gratis. Unas cuantas escenas del desastre, los extras corriendo y haciendo cabriolas por allí en medio, y hala, de vuelta a los estudios y a crear una historia que permitiera incluir lo rodado en ellas. Con el tiempo, esta locura se limitó al rodaje en los estudios. Quizá se haya mitificado un poco alrededor de este hecho, pero es cierto que todos los directores que iniciaron sus carreras en los primeros años del cine han presumido, o cuando menos se han sentido orgullosos, de ser capaces de rodar una película preparando un guion casi sobre la marcha. Eso era algo que ellos podían hacer, y lo hacían bien, mejor incluso que todos esos cineastas que llegaron después con sus complejidades. El cine era diversión y evasión, y nadie como ellos sabía hacer películas que regalaran estos sentimientos a los espectadores.

    Allan Dwan era uno de estos directores. Inició su carrera con cortometrajes en la temprana fecha de 1911, casi un pionero, una carrera que se extendería hasta el año 1961 y que incluye, agarraos bien, nada más y nada menos que 405 películas. Un auténtico corredor de fondo capaz de enfrentarse a cualquier género. Lo que en el Hollywood clásico los críticos han dado en llamar un artesano. Pero a veces los artesanos demuestran tener más clase y rodar obras de arte de forma más habitual y genial que los llamados autores. Quizá nunca pretendieron serlo, pero su deseo de hacer bien su trabajo los llevaba en ocasiones a superar a los que su nombre iba por delante del título (sin que esto sea dicho en perjuicio del gran Frank Capra, que conste).

    Con el tiempo, también a Allan Dwan se le ha considerado un autor, o al menos se le han querido ver rasgos definitorios que se repetirían en sus películas, huellas que indicarían que él era algo más que un artesano. Confieso que yo no las logro ver, y cuando leo sobre él y sus temas que se repiten y su forma de enfocar las tramas supuestamente de manera muy personal, quizá he tenido la mala suerte de ver justo aquellas películas que no se someten a esta categorización. Tampoco creo que a Dwan le haga falta que se le considere o no un autor: para mí, lo que tienen en común sus películas es que todavía no he logrado ver una sola que me aburra o que me parezca mala. Igual al final sí que he tenido suerte y no debería quejarme.

    En cualquier caso, El moderno mosquetero (A Modern Musketeer, 1917) es una película que si bien dirigió él, habría que considerar su autoría en igual grado si no más a su actor protagonista, el incombustible Douglas Fairbanks, actor con el que Dwan haría un fabuloso tándem en un buen puñado de películas de aventuras. Ya desde el inicio de la misma vemos cómo todo va a girar no solo en torno al papel que interpreta Fairbanks, sino a su condición de la estrella rutilante que era por entonces. La primera secuencia acontece en época de los mosqueteros, la Francia del siglo XVII. Vemos una calle que imaginamos de París. Enseguida aparece al fondo un mosquetero a caballo que avanza hasta detenerse a la puerta de un mesón. Deja su caballo y se entretiene dando una limosna a un mendigo. De pronto descubre la cámara, se acerca a ella y ya en primer plano Fairbanks, dirigiéndose al espectador con mirada cómplice, se señala el pelo largo, se atusa los bigotes, pone cara de “bueno, ya veis, de esto es de lo que voy ahora”, se echa la capa al hombro y guiña descaradamente al público señalando el interior del mesón. Acompañémosle pues dentro, que de seguro va a comenzar la acción. Y de seguro que va a ser trepidante.

    Y creedme que lo es. Dwan presumía de haber rodado esta película por puro azar y haberla escrito en el mismo lugar de rodaje, y quizá esto sea verdad en la mayor parte de la misma, aquella que se desarrolla en el Gran Cañón, un guion escrito sobre la marcha o al menos un guion que permitía múltiples improvisaciones. Pero dudo de que en la primera parte de la película fuera del todo así. Los escenarios de época, las a todas luces ensayadas escenas de peleas y acrobacias sin fin de Fairbanks y el emplazamiento de la cámara, que en la segunda secuencia muestra dos sorprendentes, para la época y para el tipo de película que era, contrapicados, creo que desmentirían en parte esta afirmación. Son secuencias que requieren preparación previa, por mucho que, como he apuntado, se dejara lugar para la improvisación.

    A Modern Musketeer
    Douglas Fairbanks, el primer gran héroe del cine americano en un fantástico fotograma de El moderno mosquetero
    Como decía antes de perderme en divagaciones, la película comienza de manera trepidante en un mesón en la Francia de los mosqueteros. Fairbanks se enzarza en una pelea de órdago con todos los tipos que están en él nada más y nada menos que para recuperar el pañuelo que una misteriosa dama ha dejado caer al suelo y uno de los presentes pisa sin querer. Y menos mal que el pobre lo hizo sin querer, porque si lo llega a hacer aposta no sabemos en qué podría haber acabado aquello. Fairbanks salta, escala por las paredes, se bate a espada y ríe a carcajadas contagiándonos de ese espíritu aventurero en el cual el peligro es lo mejor que puede acontecer.

    Inspirado en la obra “D’Artagnan of Kansas” de E. P. Lyle Jr., lo cual demuestra que al menos historia inicial sí que había, y con guion del propio Dwan, lo cual podría demostrar que sobre la marcha pudieron ir construyendo parte del andamiaje narrativo, la película enseguida se instala en la época moderna, en Kansas. ¡Y vaya transición! Sobre fondo negro, como si estuviéramos en un teatro, Fairbanks aparece vestido de mosquetero. Mira a cámara, se ríe y tira al suelo su capa. Se cruza de brazos retador y la imagen se funde con Fairbanks en la misma pose, muerto de la risa, con traje y corbata. Hala, ya está aquí el mosquetero del año 1917. La secuencia subsiguiente es una réplica de la anterior, igual de trepidante, enloquecida y descacharrante, solo que en lugar de un mesón sucede en un tugurio de juego lleno de unos individuos con cara de haber asesinado esa misma mañana cada uno como mínimo a cuatro personas. Pero no hay problema: Fairbanks reparte leña de lo lindo, salta, trepa, escala, se cuelga de la lámpara y los deja a todos por el suelo. Todo por ayudar a una dama, claro, que en la película esa parece ser la tarea de todo mosquetero que se precie, ayudar a las damas, aunque en esta ocasión le saldrá el tiro por la culata en un desenlace tan divertido como inesperado.

    En un crescendo tremebundo, la tercera secuencia nos narrará el nacimiento de nuestro protagonista. Un ciclón destruye la ciudad de Kansas (la utilización de maquetas indica que si el guion se escribió a toda prisa, desde luego fue una suerte encontrar por allí unas maquetas para destrozarlas) mientras la madre del héroe da a luz. Claro, un ciclón humano no pudo nacer en otro momento. Ya crecido, el mosquetero moderno nos da una lección en la que demuestra que las puertas y las escaleras son una memez: Fairbanks entra y sale de las casas por las ventanas, por los tejados, dando saltos por las vallas y hasta escalando a lo más alto del campanario de la iglesia del pueblo solo para celebrar que su padre le deja irse de aventuras por ahí para que así no destruya él lo que el ciclón al nacer no pudo destruir. Dejando hasta alguna pequeña dama enamorada a su paso. La de aquí interpretada por una joven Zasu Pitts, la inolvidable protagonista de Avaricia (Greed, 1924), la obra maestra (una de muchas) de Erich von Stroheim, en un papel muy breve. Por cierto: un ciclón, Kansas, Victor Fleming como operador de cámara en esta película… En fin, no deja de resultar curioso que Fleming fuera, años después, el director de El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939).

    Tras este comienzo que ocupa casi un tercio de la película la acción se traslada al Gran Cañón. Y aquí hay que decir que la historia pierde fuelle. En fin, normal, parecía imposible mantener ese ritmo durante más de una hora. El resto resulta muy entretenido, con Fairbanks librando a una joven en peligro (Marjorie Daw) de las garras de un repugnante millonario y de un malvado indio líder de una banda de forajidos. Aprovechando el impresionante decorado natural como telón de fondo para las bromas de Fairbanks, sus acrobacias y la tensión continua de si salvará o no a la chica se llega al final. Para ello contará con la ayuda de un forajido a la fuerza interpretado por el genial Tully Marshall. Antes solo destacar la secuencia de cómo nuestro héroe conoce a la joven dama y cómo soluciona el problema de conducir un coche por el desierto sin tocar un solo grano de arena.

    Al terminar nos queda una grata sensación de felicidad por haber visto una película con un inicio enloquecido y un desarrollo que en sus momentos menos inspirados nunca deja de resultar divertida. Y Douglas Fairbanks riendo a carcajadas, contagiándonos, llegando a nosotros tan vivo y único que pareciera que estuviéramos oyendo de verdad sus risas por mucho que se trate de una película muda.

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    Imdb A Modern MusketeerPor José Luis Forte

    Escribe encerrado en una cueva, nunca entra el sol.
    Proyecta películas en la pared, ni que fuera Platón.
    Cuando sale se divierte, aunque solo piensa en volver.
    Cuando por las noches llueve, también le gusta leer.

    arthurmachen [@] hotmail.com
    La décima víctima

    Separador
    por José Luis Forte
    abril 30, 2012

    EL MODERNO MOSQUETERO (ALLAN DWAN, 1917)

    por José Luis Forte | abril 30, 2012
    Perseo alecciona a sus hombres en Ira de Titanes (Jonathan Liebesman, 2012)
    IRA DE TITANES (Wrath of the Titans, Jonathan Liebesman, 2012) El Periódico Extremadura

    ¡QUÉ LOS DIOSES NOS AGUARDEN!


    Resulta desesperanzador que una cinta de cuestionable rentabilidad económica y dudoso bagaje artístico como Furia de Titanes (Louis Leterrier, 2010) suponga el primer eslabón de una franquicia que echa por tierra todo el encanto de la mitología griega. Esta entrega inicial, armada con un bochornoso formato tridimensional gestado en post-producción, representaba todos los males del cine de entretenimiento moderno: marketing inversamente proporcional a la falta de talento.

    Dicho filme era una revisión de una película con encanto, de factura anacrónica, dirigida por Desmond Davis en 1981 que acercaba de manera libre el mito de Perseo y La Gorgona. La comparación entre ambas representa la lucha entre lo ornamental y lo computerizado. Esto último, los efectos especiales por ordenador, son la única seña de esta secuela llamada Ira de titanes (Wrath of the Titans, Jonathan Liebesman, 2012).

    Wrath of the Titans still
    Edgar Ramírez es Ares, el Dios de la Guerra
    El hierático Sam Worthington (Perseo) encabeza este batiburrillo de diferentes leyendas helenas que nos sitúa en el enésimo enfrentamiento entre deidades y humanos. Un compendio de bestias y criaturas situadas de manera estratégica en la trama para intentar auto-denominarse “entretenida” antes de que nuestro cerebro despierte.

    El resultado: un espectáculo vacuo y sin ningún tipo de interés. El espectador potencial se preguntará ¿Es mejor que la primera? La respuesta es afirmativa (por estrecho margen) porque era imposible perpetrar algo peor que el largometraje de Leterrier. Perseo merece un mejor paso por el celuloide.

    Puntuación: -C

    Publicado el miércoles 04 de Abril de 2012.

    Separador El Periódico

    Por Emilio Luna.

    1.500 caracteres para una opinión.
    Críticas para el El Periódico Extremadura.

    El antepenúltimo mohicano

    Separador El Periódico
    por Emilio M. Luna
    abril 04, 2012

    IRA DE TITANES (WRATH OF THE TITANS, 2012)

    por Emilio M. Luna | abril 04, 2012
    Clash of the Titans 1981, Furia de TitanesDe pequeña cinta de sobremesa a clásico de aventuras de culto. Cronos, el dios del tiempo, ha elevado a Furia de Titanes (Clash of the Titans, Desmond Davis, 1981) a un escalafón impensable en su estreno. Este modesto filme sobre el mito de Perseo y la Gorgona representaba el ocaso de una raza de películas fantásticas donde la manufactura y ornamentación eran parte indisoluble de su producción. Largometrajes como Ulises (Mario Camerini, 1954), Jason y los Argonautas (Jason and the Argonauts, Don Chaffey, 1963) o Simbad y el Ojo del Tigre (Sinbad and the Eye of the Tiger, Sam Wanamaker, 1977), resultan un compendio de encanto e ingenuidad. Fórmula que se convirtió en obsoleta con el rápido progreso de los efectos especiales en el cine americano. Mientras Furia de Titanes se representaba con la técnica de animación stop-motion, George Lucas estrenó cuatro años antes La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977). Era el fin del modelaje más personal, llegaba el turno de la informática.

    Algo que no resta, ni un ápice, el mérito de uno de los grandes responsables de este tipo de producciones: Ray Harryhausen. Técnico en efectos especiales que tuvo como inspiración en su carrera a King-Kong (Merian C. Cooper & Ernest Schoedsack, 1933) y se convirtió en uno de los padrinos de una técnica que sigue vigente en la actualidad. Furia de Titanes supuso el último gran trabajo de Harryhausen y, pese a su tenue acogida inicial, pronto se convirtió en uno de los filmes emblemáticos de la televisión de los años ochenta. No fue la única vez que el maravilloso mito de Perseo y La Gorgona apareció en pantalla. Brian Henson, hijo de Jim Henson, en la segunda etapa de El Cuentacuentos (The Storyteller), dedicada a los mitos griegos, abordaba esta historia estandarte de la mitología clásica. De manera reciente, ha llegado a la cartelera un innecesario remake dirigido por Louis Leterrier (2010) que ha hecho aún más grande la cinta original de Desmond Davis.

    Harry Hamlin in Clash of the Titans, 1981
    En Escenas de Cine recordamos uno de los momentos más importantes de la película. El mismo que narra el encuentro entre el héroe y Medusa. Punto clave en la comparación de ambas versiones y donde la última palidece ante la original. El tiempo se agota y la visita del Kraken a Argos está cercana. A continuación este video-montaje con la visita de Perseo a La Isla de la Muerte (tras paso por la Laguna Estigia junto a Caronte) y su posterior duelo con el monstruo de monstruos.

    por Emilio M. Luna
    noviembre 28, 2011

    ESCENAS DE CINE: FURIA DE TITANES (D. DAVIS, 1981)

    por Emilio M. Luna | noviembre 28, 2011
    VALHALLA FALLING

    "Amena vuelta al universo Marvel llena de espectacularidad, efectos y un buen casting lastrado por un guión monocorde que hace del filme una simple presentación."

    El superhéroe ha muerto. Una sentencia bastante cuestionable pero que se extrae de la nula trascendencia del género en la industria cinematográfica de los últimos dos años. Salvo contadas excepciones con la forma de dilema shakesperiano del Batman de Christopher Nolan, este sobreexplotado subgénero fantástico ha encontrado alivio y escape en héroes de bajo perfil. Personajes entre lo humano y lo estrafalario (Kick-Ass, Super, Scott Pilgrim contra el Mundo o la producción televisiva británica Misfits) o simplemente caballeros taciturnos (Driver en Drive –Nicolas Winding Refn--) que conectan de manera más natural que los clásicos de DC Cómics o Marvel. Precisamente, ésta última busca con fuerza el rescate de una temática que tuvo su auge al comienzo del nuevo milenio. Hasta la fecha con intentos decentes, articulados en beneficio del megaproyecto del estudio y unas de las películas más esperadas de 2012, The Avengers, Los Vengadores.

    Tras el drástico epílogo del Spiderman de Sam Raimi, Marvel Studios apostó por la renovación. Un comienzo que encontró en Ironman (Jon Favreau, 2008) el aliento necesario en forma de buenas críticas y una acogida sobresaliente del público. Los casi mil millones de dólares recaudados dieron alas a la compañía repitiendo fórmula con El Increíble Hulk (The Incredible Hulk, Louis Leterrier, 2008), la segunda parte del hombre de hierro (2010) y Captain America (Joe Johnson, 2011). Sin obtener el mismo resultado mediático, la maquinaría ya estaba en marcha con numerosas presentaciones o extensiones de la franquicia que desembocarían en el citado proyecto que capitaneará Joss Whedon. Cómo otra pieza más en el puzzle esta pasada primavera arribó Thor (2011) y lo hace de la mano de un director poco habituado al blockbuster, Kenneth Branagh.

    La elección de Branagh, actor y director formado con la letra de William Shakespeare, buscaba un golpe de efecto similar a la entrada de Christopher Nolan en la saga del hombre murciélago de DC Cómics. Un personaje cómo Thor, pleno de enigma y magia, parecía el más apropiado para ese nuevo giro cualitativo y adulto ansiado por Marvel. Junto a Branagh, el gran dilema de esta producción sería quien representaría al guerrero nórdico. Tras numerosos rumores de negociaciones, donde circularon nombres desde Brad Pitt hasta el televisivo Josh Holloway, finalmente el papel fue a parar a Chris Hemsworth, actor australiano que llamó la atención de la industria americana con el prólogo del reboot de Star Trek (J.J. Abrams, 2010). Interés paralelo a las dudas. ¿Ha sido Thor el Mjölnir esperado por Marvel?

    Es innegable su rentabilidad económica, con buenos números a nivel mundial, pero a nivel artístico demuestra el estancamiento creativo de Marvel. La mano de Branagh aparece en una notable primera hora de metraje donde se nos presenta a un héroe que dista mucho de serlo. Las visitas terrenales junto a su tópico desarrollo van empobreciendo un filme cómo ocurriera con las anteriores películas del estudio. Realmente toda la acción con cierto atractivo transcurre en un maravilloso Asgaard, dejando la trama mortal como un mero y translúcido complemento. Pese a sus defectos y escasa profundidad, Thor contiene detalles muy interesantes. El primero disipa las dudas sobre Hemsworth, que en un acierto de casting llena a su personaje de carisma además de una impresionante presencia física. Los mejores instantes, tanto dramáticos, épicos o cómicos, tienen el sello de este actor australiano que debería ser relevante en el cine de acción de los próximos años.

    Cómo ocurriera con el film de Guillermo del Toro, Hellboy II, El Ejército Dorado (The Golden Army, 2008) el fondo puede con el contenido. Visualmente barroca pero hierática en la narrativa. El largometraje de Kenneth Branagh se queda en un simple escalón de la futura traca final llamada Los Vengadores (atención al ensamblado cameo de Hawkeye). Será sugerente, de todas maneras, la evolución de este personaje en la programada segunda parte que se estrenará en 2013. Por lo pronto, este primer episodio es una muesca entretenida, con algún momento destacable, pero que no aporta nada al género.

    Lo Mejor: La buena elección de Chris Hemsworth en el papel protagonista.

    Lo Peor: Guión sin profundidad que reduce la historia a un par de pequeños climax.

    Puntuación: 5’5/10 CINE USA 2011/NOVELA GRÁFICA/MARVEL.
    por Emilio M. Luna
    octubre 02, 2011

    THOR (KENNETH BRANAGH, 2011)

    por Emilio M. Luna | octubre 02, 2011
    CAESAR

    “Sorprendente precuela de El Planeta de los Simios gracias a una primera hora llena de corazón y un carismático protagonista encarnado digitalmente por Andy Serkis."

    Tras el último fotograma de El Planeta de los Simios (The Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968) -donde el personaje que interpretaba Charlon Heston maldecía en una solitaria playa a los responsables de la devastación del planeta- pocos imaginaban que dicho producción se convertiría en un clásico de culto. El cuarto largometraje de Franklin J. Schaffner fue todo un éxito y supuso el inicio de una rentable franquicia que contó con cuatro secuelas y dos series de televisión. En el año 2001, Tim Burton fracasó con una pobre adaptación que, sin embargo, obtuvo excelentes números en taquilla. Siendo un axioma habitual del cine americano de gran presupuesto se planeó un nuevo reinicio de la saga. Un episodio que retomara las causas, ya explicadas en la cuarta entrega (La Rebelión de los Simios, 1972), del dominio del mono sobre el hombre. La sombra de un nuevo e innecesario fracaso se asomó tras la elección en la dirección y los primeros avances de El Origen del Planeta de los Simios (The Rise The Planet of the Apes, 2011).

    Una sospecha que se desvaneció contra pronóstico, convirtiéndose este filme en todo un éxito de crítica y público. Con un escaso bagaje filmográfico, el guionista británico Ruper Wyatt ha sorprendido sobremanera con su segunda película. Su debut con The Escapist (2008) pasó inadvertido en círculos comerciales por lo que su elección parecía injustificada. Wyatt demuestra talento huyendo de la norma general de este tipo de productos carentes de vida y llenos de tópicos. Pero la elección del realizador no era la única duda presente en la fase de pre-producción. La digitalización de los simios dejaba numerosas incógnitas tras las recientes y cuestionables muestras de Yo Robot (I Robot, Alex Proyas, 2004) y Soy Legenda (Iam Legend, Francis Lawrence, 2007). Dudas que se disipan con la aparición de César, el gran protagonista del film, interpretado -bajo un gran número de sensores- por un excelente Andy Serkis.

    Serkis ya fue el alma de personajes digitales cómo Gollum (en la trilogía de El Señor de los Anillos 2001-2003) y King Kong (Peter Jackson, 2005). Caracteres que le dieron a conocer en la industria convirtiéndose en un referente cómo nexo computadora-realidad del cine actual. Serkis dota de alma a César y el espectador olvida casi por completo la naturaleza del personaje. Una excelente composición que, incluso, ha provocado una campaña de consideración para la próxima temporada de premios. Incertidumbres evaporadas tras los quince minutos iniciales de metraje, El Origen del Planeta de los Simios es una vuelta al mejor cine de los ochenta. Cómo ocurre con la reciente Super 8 (J.J. Abrams, 2011), el filme de Wyatt en su primera hora de metraje es un carrusel de emociones lleno de ingenuidad y plena de sentimientos. La infancia de un joven simio adoptado por accidente por un joven tutor (James Franco) son el gran acierto del largometraje y un excelente cimiento que sirve de apoyo al resto de proyección.

    Si ningún trasfondo moral evidente, El Origen del Planeta de los Simios es una historia de amistad y amor paterno-filial. Las escenas en la buhardilla del joven César o los múltiples disparatados encuentros del inexperto primate con su vecino hacen retornar al mejor cine familiar. Ese que yuxtapone la sensibilidad frente al efectismo. Su falta de pretensiones y la escasa esperanza previa hacen el resto. Poco importa su tercio final de vuelta a los estereotipos. El Origen del Planeta de los Simios ha conquistado al espectador con una básica premisa: emocionar. Un entretenimiento de calidad que sorprende por la empatía emocional público-diseño informático que había fracasado en ocasiones anteriores. Es la vuelta del mejor cine veraniego, ese que posee la ensoñación y la diversión como primera y sólida condición.

    Lo Mejor: Andy Serkis cómo César. Su primera hora. La dirección de Ruper Wyatt.

    Lo Peor: La parte final llena de tópicos. El posible reboot de la franquicia a tenor de los excelentes resultados recaudatorios.

    Puntuación: 7.5/10 CINE USA 2011/CIENCIA-FICCIÓN/ACCIÓN.
    por Emilio M. Luna
    septiembre 18, 2011

    EL ORIGEN DEL PLANETA DE LOS SIMIOS (2011)

    por Emilio M. Luna | septiembre 18, 2011

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