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    Cine USA 2012
    Cine USA 2012
    Doble o nada, de Stephen Frears

    Bancarrota artística.

    crítica a Doble o nada (Lay the favorite, Stephen Frears, 2012)

    Existen raras ocasiones en que una película reúne todos los requisitos sobre el papel para convertirse en algo grande y, de forma inexplicable, termina tirando por la borda todo su potencial para convertirse en una decepción mayúscula. Doble o nada (2012), cinta que llega a las carteleras de España con tres años de retraso –algo que tras su visionado podemos llegar a entender–, sería un ejemplo perfecto de cómo hundir un proyecto que parte de un material interesante y cuenta con un equipo artístico de comprobado prestigio. Beth Raymer, escritora y periodista del New York Times, plasmó en la novela autobiográfica Lay the favorite, Memorias de una jugadora, sus pinitos en el turbio mundo de las apuestas deportivas ilegales en Nevada tras dejar atrás una juventud en la que tuvo que ejercer de bailarina de striptease para sobrevivir. Una típica historia de superación personal a lo Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), de esas que tanto gustan a los norteamericanos, que tiene como protagonista, en esta ocasión, a una ambiciosa pueblerina de la América profunda metida en el vertiginoso negocio de los corredores de apuestas con el siempre atractivo escenario de Las Vegas como telón de fondo. Desde luego, la idea tiene su miga y solo requería de un director competente y unos buenos actores para llevar la adaptación cinematográfica a buen puerto.

    Nos empezamos a frotar las manos cuando vemos que el hombre que se sienta en la silla del director no es otro que el versátil Stephen Frears, igual de brillante cuando tiene que lidiar con el drama de época –Las amistades peligrosas (1988)–, el cine negro de hechuras clásicas –Los timadores (1990)– o la comedia –Alta fidelidad (2000)–. También son prometedores los nombres de Bruce Willis, Catherine Zeta Jones, Vince Vaughn y, muy especialmente, Rebecca Hall entre el reparto. Ésta última ha demostrado ser capaz de salir indemne incluso de desastres como el de la reciente Transcendence (Wally Pfister, 2014) y aquí se encarga de interpretar a Beth, a simple vista, todo un bombón de personaje. Hay una oportunidad de oro de sumergirse en la trastienda de estos negocios que mueven tantos millones de dólares al margen de la legalidad y mostrar cómo avispados tipos con una visión única para reconocer las fuentes de ingresos se enriquecen a costa de los jugadores empedernidos. También de reflejar el lado menos glamuroso y superficial de la ciudad del pecado por antonomasia. Demasiadas expectativas para un filme que, tristemente, empieza a hacer aguas desde unas primeras escenas que parecen sacadas de los descartes de Showgirls (Paul Verhoeven, 1995) –denostado título maldito con el que Doble o nada guarda bastantes similitudes en la construcción de su protagonista femenina, pero sin su envoltorio deliberadamente kitsch y su, en aquel momento, incomprendida mala baba–, mostrando a una desubicada Rebecca Hall ejerciendo de chica sexy y boba contoneándose ante sus clientes por dinero. Posiblemente estemos ante su peor actuación hasta la fecha y no se sabe hasta qué punto es culpa de la actriz o de lo mal desarrollado que está su personaje, una mujer que no se cansa de decir que es muy buena para los números pero que lo único que demuestra durante toda la película es una facilidad pasmosa para enamorarse de todo hombre que la rodea. Bruce Willis, por su parte, tampoco da la talla en el rol de Dick, el mentor de Beth en los chanchullos de las apuestas que, como todos los demás, está contagiado de una insoportable ingenuidad que no casa nada bien con la mafia que debe representar. Peor suerte corre aún una decadente Catherine Zeta Jones, cuyo personaje de esposa celosa y posesiva de Dick pasa a convertirse en amiga y consejera de su rival sin apenas algún conflicto que explique de manera lógica su evolución.

    por José Martín León
    marzo 10, 2015

    Crítica | Doble o nada, de Stephen Frears

    por José Martín León | marzo 10, 2015
    Electrick Children

    La Inmaculada Rockcepción

    crítica de Electrick Children (Rebecca Thomas, Estados Unidos, 2012).

    Si pensamos en las grandes aportaciones que ha hecho al cine el movimiento indie estadounidense desde que estalló en los ochenta, está claro que una de ellas es su capacidad para retratar la adolescencia moderna en toda su hiperestimulación, sus extremos emocionales y su anarquía psicológica. Aunque este logro ya viene en el ADN del indie, en su propia actitud adolescente de rechazo hacia el cine de los “adultos” (los grandes estudios), en su voluntad por acercarse a otras realidades y contarlas de nuevas maneras. Sumado, además, al caldo de cultivo generacional que lo acompañó: rock de garito, monopatines y alcohol barato como expresión de una juventud más rupturista que nunca, pretendidamente sometida a los dictados del puro presente. “Fuck the future”, y demás. Toda esa Generación X cuyo aroma espiritual, además de Kurt Cobain, supieron captar con maestría las primeras películas de Jim Jarmusch, Richard Linklater o Kevin Smith. Autores que, en su adolescencia artística, contaron como nadie la adolescencia real.

    En plena comunión con este “teen spirit” de forma y fondo, que pese a las inclemencias aún sigue prendiendo las antorchas del indie norteamericano, una directora llamada Rebecca Thomas firmó hace dos años su debut en el largometraje. Electrick Children, una cinta que queda ahora rescatada para las salas españolas, estrenándose de forma muy oportuna durante el puente de la Inmaculada Concepción. Dicha oportunidad viene de que, precisamente, la cinta se inspira en aquel episodio bíblico. Una Julia Garner llena de candidez en su piel blanca y su cabello rubio descuidadamente rizado da vida a Rachel, una chica criada (al igual que la propia directora) en una comunidad mormona de Utah. Cumpliendo a la perfección su rol de “niña buena”, obediente y piadosa, que le exige su pequeña sociedad. Hasta que, tras su decimoquinto cumpleaños, escucha en una grabadora portátil (que, por cierto, sirve también como recurso para introducir la narración de la protagonista en voice over) una cinta de cassette escondida, donde suena una canción de rock and roll (una versión en clave sesentera del Hanging on the Telephone de Blondie) que la cautiva. Y que, según Rachel, provoca el embarazo que pocas semanas después descubre en ella misma. Del mismo modo que el ángel del Señor dejó encinta de forma pura a la Virgen María en aquella historia que ha oído tantas veces en misa, Rachel muestra el convencimiento de que el rock obró en ella un milagro similar, mediante la voz del vocalista desconocido en lugar de la del arcángel Gabriel.

    Thomas hace avanzar esta exótica trama empujando a Rachel a la clásica huida adolescente, que la hace abandonar su rutina entre praderas de hierba verde brillante y ovejas de blanco inmaculado para recalar en Las Vegas, la ciudad del pecado y el vicio, en busca del músico que grabó aquella cassette que supuestamente la ha embarazado. Es justo en este momento, superada su primera composición de lugar, cuando Electrick Children muestra su principal apuesta estilística: frente a la manera “adulta” de contar las historias como una sucesión de causas y consecuencias, Thomas parece hacer flotar a sus personajes en un estado de exploración errática, donde las relaciones y los avances de la trama se van erigiendo de forma caprichosa, deslavazada. Es decir, contagiándose del mismo estado mental de una Rachel que se deja llevar por el afán de experimentar constantes estímulos nuevos que le ofrece tanto el escenario exterior de la ciudad del pecado como sus propias pulsiones interiores de chica que, por muy mormona que haya crecido, no deja de ser una quinceañera en ebullición.

    por Miguel Muñoz Garnica
    diciembre 09, 2014

    Crítica | Electrick Children

    por Miguel Muñoz Garnica | diciembre 09, 2014
    Outtakes from the Life of a Happy Man

    Outtakes from the Life of a Happy Man, de Jonas Mekas (Estados Unidos, 2012)
    Che strano chiamarse Federico!, de Ettore Scola (Italia, 2013)

    Cómo disociar el recuerdo —fantasía— para asociar una verdad —realismo— que gira y gira como un carrusel de espejos fragmentados. Cómo ensamblar las volutas de humo que circulan por nuestra mente primero a ritmo de vals y después a golpe de música hardcore con el volumen al 11+1. Cómo trascender las estaciones, los años, las décadas, medio siglo o media vida o ni siquiera eso: sólo tomas descartadas de un instante que ya pasó y no volverá nunca y, aun transformado en la más ruin mentira sin pruebas fehacientes (borren, censuren, editen la h intercalada), posee magia y un plus de rabiosa anormalidad. Una especie de vehículo espacio-temporal cuyos engranajes se avistan —más o menos rigurosamente— con el tono virado de una voz anciana y a la vez joven en su imperfecta locura. Patos, gatos, Central Park; primavera-verano-otoño-invierno y una cafetería y un estanque con barcas; transeúntes sospechosamente acelerados y más agua y más pathos y un —como diría Piolín— lindo gatito lanzando crochets al aire para cazar una madeja invisible, y el autor y su familia; luego, también, música religiosa con ecos de una abadía con muchas consonantes; y, sí, hola, Allen Ginsberg alienando a sus ya de por sí alienadas ovejas neoyorquinas, y ciclistas, dos ciclistas y una bici junto a un bebé que camina y se tropieza sólo por el gusto de volver a caminar para tropezar y dar con las rodillas en el suelo; y una taza de café haciendo señales de humo y frases seudopoéticas que no dicen nada porque en la Gran Ciudad no es necesario decir sino callar en el momento preciso. Su propósito, asegura Jonas Mekas, es filmar el "ritmo de la verdad" mediante la unión de fotogramas (le vemos en su "taller" cortando y pegando, es decir, editando linealmente su Outtakes from the Life of a Happy Man) sin ningún propósito narrativo ortodoxo. Es genuino, es real. "It is the truth". No se trata de recordar sino de atrapar en el tiempo. Para siempre. Y, sin embargo, he aquí una paradoja: si las imágenes no son recuerdos, nada se recuerda y nadie se olvida de recordar. Todo está ahí, contigo, en un presente inmutable. Un tiempo, para mí, al que no volveré nunca. Por salud mental y esas cosas.

    No hay en el puzle de Jonas Mekas un sólo atisbo de lucidez cinematográfica. El director lituano sueña aquí con su Howl particular. Aunque su poética niega el sudor y la enfermedad visionaria, casi jazzística en su desquiciado fraseo, de Allen Ginsberg. Más aún: su gusto por el éxtasis turista made in Japan —grabar hasta la última mierda que pulula delante de sus narices— convierte la película en un vulgar simulacro de arte efímero. Que no por incoherente es menos valioso, no. El problema reside en su pretenciosidad, en la perpetua sensación de que estoy asistiendo a un rito contracultural ejecutado de forma chabacana y sin interés. Así, finalmente, el ritmo de la verdad del que hablaba Mekas resulta ritmo de la desidia.

    por Anónimo
    mayo 06, 2014

    DocumentaMadrid 2014 (II) | La verdad de una fantasía

    por Anónimo | mayo 06, 2014

    Los sexoadictos

    crítica de Amor sin control | Thanks for Sharing, Stuart Blumberg, 2012

    En 2011, el polémico director Steve McQueen sorprendió a todo el mundo con Shame, el brutal y descarnado retrato de un adicto al sexo, magistralmente interpretado por Michael Fassbender. Guste más o menos, es imposible negarle a aquella película su valentía a la hora de tratar una problemática tan delicada con semejante honestidad y realismo, algo que la convirtieron en un título de referencia obligada en su género. Tan solo un año después de este éxito, el cineasta independiente Stuart Blumberg elige esta misma adicción como eje central del argumento de su debut como director, Amor sin control, pero lo hace desde una perspectiva mucho más ligera y accesible, capaz de llegar a un público más amplio que no guste de experiencias tan impresionables. De hecho, si obviamos el leitmotiv del sexo, nos encontramos con una típica comedia dramática de aires indies y protagonismo coral a cargo de un puñado de estrellas de Hollywood que se toman unas vacaciones de los habituales blockbusters en los que se suelen mover. Tim Robbins, Mark Ruffalo y Gwyneth Paltrow son los rostros más conocidos del reparto, sobre quienes descansan los personajes más dramáticos y torturados de la historia, mientras que los gags hilarantes corren a cargo de la revelación cómica de la cinta, un Josh Gad que roba todas las escenas en las que aparece. La nota exótica de la función la pone Alecia Moore –verdadero nombre de la cantante Pink– en su debut como actriz, un reto que la artista solventa con inusitada frescura y desparpajo, sin achantarse ante sus experimentados compañeros.

    Amor sin control narra las desventuras cotidianas de un grupo de adictos al sexo que asisten a una terapia de grupo para vencer esta enfermedad. Dirigidos por Mike (Tim Robbins), un padre de familia que lleva bastantes años “sobrio”, tienen que evitar día tras día las tentaciones de la carne que parecen amenazarles en cada esquina de la ciudad de Nueva York. Entre estos compañeros de charlas están Adam (Mark Ruffalo), que lleva 5 años con esta conducta sofocada, pero que ve como su mundo se pone del revés cuando se enamora de Phoebe (Gwyneth Paltrow), una mujer muy ardiente; Neil (Josh Gad), un joven médico que pierde su empleo por no saber contener su ansiedad lujuriosa y Dede (Pink), una alegre peluquera que arrastra un currículum sexual de lo más nutrido desde que acosara a su primo con sólo 5 años. Los conflictos sentimentales y familiares, así como las alianzas que se establecen entre estos personajes, apoyándose unos en otros para vencer sus momentos de debilidad (incluso recaídas), son la base sobre la que se sostiene un filme en el que predomina un tono amable y divertido, donde queda patente el cariño que el director profesa hacia sus criaturas. Personas de carne y hueso, antítesis de la perfección, cargadas de inseguridades y con serios problemas para llevar una vida ordenada y estable, pero que consiguen llegar al espectador gracias al buen trabajo de todos sus actores, sin excepción. Aun cuando caigan en más de un arquetipo y no pocos lugares comunes.

    por José Martín León
    enero 18, 2014

    Crítica | Amor sin control

    por José Martín León | enero 18, 2014
    The Unspeakable Act, de Dan Sallitt

    El último tabú

    crítica de The Unspeakable Act | de Dan Sallitt, 2012

    La sexualidad humana constituye un aspecto central de la vida y un complejo fenómeno que trasciende con creces la mera función orgánica animal. Enraizada en componentes culturale,s abarca el sexo, las identidades y papeles de género, el erotismo y el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual; y en cada sociedad cuenta con sus propios cánones y convenciones cambiantes. En la sexualidad confluyen muchos factores relativos a la biología, la psicología, la economía, la ética, la historia, la espiritualidad y la religión. Pese a ello, en todas las etnias y culturas la prohibición y la condena del incesto han sido una de las pocas constantes que perduran inamovibles hasta nuestros días; penada legalmente, estigmatizada socialmente y considerada una tipología de parafilia. La atracción, práctica o relación incestuosa de carácter consentido, es decir, el amor carnal entre miembros de una misma sangre (sin incluir por tanto, abusos o violaciones) encuentra así escasa proyección en la ficción actual, sea literatura, cine o productos teatrales o televisivos, tal vez por lo peliagudo o moralmente irritante de su temática, por la carencia de ejemplos mundanos a los que aferrarse como referente, o bien por el tabú y la censura que existen a la hora de narrar una historia de trasfondo incestuoso.

    Al festival de Cineuropa de Santiago de Compostela ha llegado The unspeakable act, un filme estadounidense independiente del pasado 2012, que desde el género dramático y con pinceladas de sarcástico humor negro y un formato estético realista, aborda el tema del incesto, esa palabra que resulta un tabú común para todos, hasta para titular una película. La premisa básica que sustenta el largometraje es sencilla: Jackie Kimball es una adolescente común, de unos 16 años, introvertida, aguda y mordaz, de hobbies normales, que lleva toda la vida enamorada de su hermano mayor Matthew, tan solo un año mayor que ella. Jackie y Matthew tienen una relación estrecha y absolutamente dependiente desde niños, plasmada en la convulsión emocional y las dificultades sociales que acarrea la llegada de la adolescencia, sobre todo para Jackie, que idolatra y adora su figura. Ambos viven en el seno de una familia americana corriente; su madre pasa el día leyendo y escribiendo, viven del subsidio gubernamental a raíz de la muerte del padre hace muchos años, Will, el mayor de los hermanos, ultima sus estudios europeos en París, y Jessie, la restante, pasa el día entretenida en su cuarto. La cinta da comienzo con una escena corriente, cuando Matthew lleva a cenar a su casa a su nueva novia, una joven dulce, alegre y charlatana que agrada a todos los miembros de la familia. A excepción de Jackie, por supuesto, la cual se encuentra absolutamente desolada ante la idea de que su hermano tenga pareja, a causa del vínculo “indestructible”, de esos cimientos secretos de “lo que no debe ser nombrado” que la atan a él de manera irremediable y enfermiza.

    por Anónimo
    noviembre 27, 2013

    Crítica | The Unspeakable Act

    por Anónimo | noviembre 27, 2013
    La huida

    Hermanos de sangre

    crítica de La huida | Deadfall, de Stefan Ruzowitzky, 2012

    Lo primero que se puede decir de La huida, la primera película norteamericana del austriaco Stefan Ruzowitzky es que significa, a priori, una auténtica incógnita sobre el camino que ha elegido seguir para su salto a Hollywood. Poseedor de una filmografía desigual, capaz de alternar títulos comerciales como las dos entregas de Anatomía o Kika Superbruja (2009), la adaptación del superventas de la literatura juvenil alemana, con obras más ambiciosas artísticamente como Los herederos –Espiga de Plata en la Seminci del Festival de Valladolid– o la ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa Los falsificadores (2007), era imposible pronosticar si su thriller se decantaría por el convencionalismo en el que suelen caer la mayoría de productos de este tipo o si, por el contrario, nos sorprendería con algo más ambicioso y de autor. Finalmente tengo que decir que La huida se queda un poco en tierra de nadie.

    Empieza la película con una escena cargada de garra y rodada con gran virtuosismo técnico, donde los dos hermanos protagonistas, Addison y Liza (Eric Bana y Olivia Wilde), tras atracar un casino, tienen un espectacular accidente de coche que acaba con la vida de su cómplice. Un modo efectista de agarrar al público del cuello desde el minuto uno para no soltarlo durante la hora y media de viaje. Los primeros temores, no obstante, aparecen con la descripción de los personajes. Cuantos más detalles vamos conociendo sobre sus personalidades y sus historias pasadas, más sensación de déjà vu se va apoderando del espectador. Vayamos por partes: Addison y Liza han tenido una infancia complicada, víctimas de los abusos de un padre monstruoso, por lo que él, como hermano mayor, ha crecido sobreprotegiendo a Liza hasta el punto de no aceptar que otro hombre ponga los ojos en ella. Esta relación fraternal ambigua y casi incestuosa, ya me hace rememorar a los personajes de Michael Fassbender y Carey Mulligan en Shame (2011), aunque llevados a los terrenos del thriller criminal a lo Bonnie & Clyde (1967). A continuación hace entrada el tercer vértice del triángulo, Jay (Charlie Hunnam), un boxeador que acaba de salir de la cárcel y busca recuperar el afecto de su familia y volver a los cuadriláteros donde fue un auténtico campeón en el pasado. Es entonces cuando, inevitablemente, me vuelve a azotar esa sensación estar ante situaciones antes vistas–los ecos de la sobresaliente Warrior (2011) y la entregada interpretación de Tom Hardy son más que evidentes–. Aunque para personaje típico, el que le ha caído a Kate Mara como una joven agente de policía que no se siente valorada por su padre, el sheriff del lugar, por el hecho de ser mujer.

    por José Martín León
    noviembre 15, 2013

    Crítica | La huida

    por José Martín León | noviembre 15, 2013

    Masacre en el Hotel Argento

    crítica de The Collection | de Marcus Dunstan, 2012

    Dentro de la nueva hornada de directores especializados en cine de terror (una lista en la que podríamos meter a gente como Alexandre Aja, Rob Zombie, Ti West o James Wan), el nombre de Marcus Dunstan puede resultar menos conocido para la mayoría. Es probable que carezca de las aspiraciones autorales, renovadoras o incluso comerciales de algunos de ellos, pero Dunstan lleva años haciendo méritos para ser tenido en cuenta por cualquier fan del gore más desprejuiciado y peleón. Primero, por ser una de las cabezas pensantes detrás de esa loquísima trilogía iniciada con Atrapados (Feast, John Gulager, 2005), llena de monstruos y humor, y continuada con las aquí inéditas Feast II: Floppy seconds (John Gulager, 2008) y Feast III: The Happy Finish (John Gulager, 2009). Segundo, por afrontar junto a su compinche habitual, Patrick Melton, la difícil tarea de dar algo de coherencia a las entregas cuatro, cinco, seis y siete de la franquicia Saw, así como a Piraña 3DD (Piranha 3DD, John Gulager, 2012). Y tercero, y sobre todo, por haber dirigido una de las cintas de terror más estimulantes de los últimos años: The Collector (The Collector, 2009). Dunstan eligió para debutar como director una historia que, si bien poseía ciertos agujeros evidentes en su guión y estaba inevitablemente contaminada por la fiebre del torture porn, tenía también una capacidad notable para inquietar y para sorprender al espectador. Como era de prever, a tenor de la carrera previa del director, The Collector mantenía algunas de las constantes visuales de la saga Saw pero, de manera inesperada, se acercaba también por momentos al giallo en su manera de dosificar el suspense y hacerlo estallar en brutales explosiones de violencia. Siguiendo en esa misma línea, la conexión con el cine de terror italiano se hace incluso explícita en esta secuela, The Collection: la mayor parte del metraje transcurre en desvencijado hotel llamado Argento, en el que el sanguinario psicópata guarda su colección de trofeos humanos y se dedica al arte posmoderno... a su manera.

    por Unknown
    noviembre 14, 2013

    Crítica | The Collection

    por Unknown | noviembre 14, 2013
    Gimme the Loot

    Guerra fría de graffitis

    crítica de Gimme the Loot | de Adam Leon, 2012

    Desde el minuto uno de esta película nos situamos al otro lado de la ley y eso nos gusta. Comenzamos acompañando a sus dos protagonistas igual que nos pasaremos todo el filme: corriendo de un lado para otro con botes de graffiti en los bolsillos y la idea de realizar una gran pintada en la cabeza. Pero siempre corriendo, inyectándonos una sobredosis de la realidad de color negro reinante en las calles del Bronx de Nueva York. Allí donde nada es gratuito, y donde la rivalidad entre bandas junto al pillaje más rudimentario, se encuentran a la orden del día. Gimme the Loot supone el debut cinematográfico del estadounidense Adam Leon, presentada el año pasado en el Festival de Gijón y en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes, se alza como una pequeña gran obra fiel representante del cine underground e independiente de los EE.UU. Ese cine amateur que, como en este caso, tanto puede enseñar a su gemelo hollywoodiense sobre cómo hacer películas con un presupuesto muy bajo y sin perder para nada su innegable atractivo. Así, con una estética pretendidamente descuidada en ese afán hitchcockiano de que tanto la forma como el fondo contribuyan al mensaje final, somos testigos alienígenas del día a día de dos jóvenes graffiteros, Sofia y Malcolm, quienes desean llevar a cabo su obra allí donde ninguna otra banda callejera ha sido capaz de hacerlo: en la manzana gigante que aparece en el estadio de béisbol de los Mets cada vez que estos consiguen anotar una carrera. Un sueño que esconde la necesidad básica de ganarse el respeto y despertar la admiración de todos aquellos que les hacen la vida imposible en las áreas más marginales de Nueva York.

    Como digo, testigos alienígenas pues sin duda desconocemos las leyes de supervivencia de la calle a las que tanto Sofia (Tashiana Washington) como Malcolm (Ty Hichkson) intentan agarrarse con uñas y dientes. Personajes encarnados por actores no profesionales que, sin embargo, realizan un papel excepcional y terriblemente verosímil. En un tono semidocumental, repleto de camisas anchas, partidos de baloncesto con canastas sin red y hurtos de todo tipo, los dos protagonistas querrán hacerse por las buenas o por las malas con los 500 dólares que necesitan para culminar su plan. Esto les conducirá a querer robar todas las joyas a una chica neoyorquina adinerada a la que Malcolm vende marihuana, y de la que cree enamorarse hasta que conoce su verdadera forma de ser. Una de las escenas más cómicas en este drama con cuerpo de comedia ocurre cuando, buscando la casa de la joven rica para forzar la cerradura, Malcolm y su compañero deciden bajar todas las escaleras de nuevo, desde la séptima planta, porque no están seguros de encontrarse frente a la puerta correcta. El tiempo apremia pero ellos comienzan de nuevo, escaño por escaño, escalando.

    por Unknown
    noviembre 09, 2013

    Crítica | Gimme the Loot

    por Unknown | noviembre 09, 2013
    Stories We Tell

    YO, MI, ME, CONTIGO... SARAH

    crítica de Stories We Tell | Sarah Polley, 2012

    La familia, ese concepto que resbala y nadie sabe definir con precisión. La familia son hilos de sangre que, también, resbalan (y mucho) como un cubito de hielo entre las manos. La familia es lo que está sin saber por qué; una forma atávica de menospreciar la esclerosis y sus consecuencias en el espacio-tiempo. La familia puede ser monótona y fugaz y reconfortante y molesta e invisible e inhóspita. Hay quien tras varias décadas de convivencia con la misma familia, decide que ésa no es la suya, o que se la cambiaron al nacer. No se reconocen en el espejo que ha enlazado generación tras generación rostros y caracteres que a duras penas si convergen en Navidad, cuando llega el mazapán y la Zambomba Juancarlista y el turrón con su absurda mofa del "Vuelve a casa vuelve / vuelve a tu hogar". Pero el hogar nunca ha existido porque es una hipoteca. La familia, también. Y hay que pagar por ello(s). Por la familia y por el hogar. Que te han elegido a ti, y no al contrario. De alguna manera, la familia es fruto del azar (que no azarosa). Una bonoloto que premia sin que nadie haya jugado: te cae y te jodes para siempre. Y es igual aun con sus mínimos cambios imperceptibles. Es azar, pues, sin arbitrariedad. Cuando se presenta ante ti, no hay giro posible. Ni se vende, ni se alquila, ni se descambia, ni siquiera se cuestiona el Matrix adherido a tan etéreo cálculo. Desgraciadamente, el capitalismo no triunfó en esa parcela de la economía doméstica. La familia nos comprende ("yo soy yo y mi circunstancia"), aunque más pronto que tarde nos daremos cuenta de que el núcleo sólo tiene tres patas cojas. El gato se convierte en tu celestina, el perro te da cariño y tu hermana a lo peor no es tu hermana, o sí, pero a medias, lo cual hace medio hermano por un error en la conexión; y el pez, que no tiene memoria, hace glup. Y es feliz.

    por Anónimo
    octubre 03, 2013

    Crítica | Stories We Tell

    por Anónimo | octubre 03, 2013
    911. Llamada mortal (The Call)

    NO CUELGUES EL TELÉFONO

    crítica de La última llamada (911. Llamada mortal) (The Call) | The Call, Brad Anderson, 2012

    Brad Anderson se ha labrado en la última década una más que interesante carrera como director de angustiosos thrillers psicológicos, rodados a espaldas de la industria de Hollywood, que se han ganado un lugar de honor entre los aficionados al cine fantástico “con sustancia”. Especialmente Session 9 (2002) y El maquinista (2004), aquella inclasificable pesadilla para la que Christian Bale tuvo que quedarse prácticamente en los huesos. Con 911. Llamada mortal (The Call), su nuevo trabajo, Anderson nos devuelve ese cine de asesinos en serie que pusiera de moda durante los 90 David Fincher con su triunfal Seven (1995) y que tendría una rentable continuación en títulos menores como El coleccionista de amantes (1997) o El coleccionista de huesos (1999). Con unos ajustados 13 millones de dólares, el realizador vuelve a demostrar un absoluto dominio en el manejo de los resortes del suspense y un excelente ritmo que hace que el que su obra sea infaliblemente dinámica durante sus 95 minutos de metraje. También supone una buena oportunidad para que la estupenda Halle Berry vuelva a lucirse interpretativamente tras una larga racha de proyectos mal elegidos –aún intento borrar de mi mente Marea letal (2012), de la que únicamente sacó bueno su relación sentimental con su compañero de reparto Olivier Martínez–.

    911. Llamada mortal (The Call) narra la historia de Jordan, una operadora de la línea de emergencias 911 que se ve obligada a retirarse de su trabajo tras una traumática experiencia con una de las llamadas que atendió, durante la cual fue asesinada una adolescente. Por caprichos del destino, varios meses más tarde se volverá a encontrar en la misma situación cuando recibe la angustiosa llamada de Casey, otra joven que ha sido secuestrada por un asesino en serie y va encerrada en el maletero de un coche rumbo a una muerte segura. Jordan, saltándose todas las normas sobre no involucrarse emocionalmente con las personas que están al otro lado del teléfono, comenzará una carrera a contrarreloj por salvar a la muchacha. El arranque del filme no puede ser más prometedor. Tras una rápida presentación del personaje de Jordan dentro de su entorno laboral, con todas esas incesantes llamadas que buscan ayuda policial o médica, el director entra inmediatamente en materia con la intensa escena del asesinato de la primera víctima del psicópata de turno. Halle Berry está espléndida como pocas veces en los últimos años –muy lejos quedó el Oscar por Monster´s Ball (2001)–, otorgándole al personaje de Jordan una lograda mezcla de fuerza y vulnerabilidad que hace que el espectador se identifique totalmente con su sufrimiento.

    por José Martín León
    octubre 01, 2013

    Crítica | La última llamada (911. Llamada mortal)

    por José Martín León | octubre 01, 2013
    Caroline and Jackie

    LAZOS POST UTERINOS

    crítica de Caroline and Jackie | Adam Christian Clark, 2012

    Cuando el cine independiente se apega tanto a sus propios principios, entendiéndose estos como la mínima cantidad de personajes, la presencia de intérpretes poco conocidos, la economía de los espacios físicos, el rol preponderante de los diálogos, y demás, se generan películas como Caroline and Jackie, arrastrando el espíritu indie que tanto gusta a los fanáticos, pero que en muchos casos puede ser rechazado ferozmente. La ópera prima de Adam Christian Clark, heredera directa de una laureada producción de Jonathan Demme La boda de Rachel (2008), cumple con las expectativas de cualquier ser humano que sabe, de antemano, que se trata de una película de bajo presupuesto. Su argumento, bastante sencillo, describe el conflicto latente entre dos hermanas que se reencuentran tras un largo período: una reunión organizada por una de ellas, a la que asisten personas del entorno, produce un desequilibrio en la armonía de la noche, y un quiebre aún más hondo en una relación fraterna ya resquebrajada. El motivo tiene que ver con la intención, de una de ellas, de sacar a relucir toda la oscuridad del pasado de la otra. Esta intención puede estar conducida por un móvil ético o por alguna especie de venganza. ¿Se trata de una mujer que ha propiciado esta reunión para ayudar, o para hundir a su hermana?

    Con este interrogante convirtiéndose en la tenue llama del interés, relativamente pobre a lo largo del escueto metraje, este conflicto adquiere las proporciones de la teatralidad, dividiéndose de forma visible en tres actos. El primero, una suerte de introducción a esos contados rostros que el espectador verá a lo largo del filme; el segundo, donde la desaparición de una de ellas (Jackie, quien abrumada por lo ocurrido, decide huir) desata episodios inesperados; y finalmente el tercero, en el que su retorno dará el golpe final a la narración. Dentro de cada acto, hay escenarios fijos, diálogos espesos, y el espectador tiene permiso para ser testigo de algunos encuentros fundamentales, pero no para serlo de todos. Hay una relación de distancia entre uno y otro lado de la pantalla, que proféticamente sugiere una resolución incierta o abierta. Si bien el cuarto muro ya no existe, Clark no abandona el hermetismo, y lo vuelve el arma más fuerte que tiene para conquistar a la audiencia.

    por Anónimo
    octubre 01, 2013

    Crítica | Caroline and Jackie

    por Anónimo | octubre 01, 2013

    LOS PELIGROS DE LA RED

    crítica de Disconnect | Henry Alex Rubin, 2012

    1993 fue el año en que el desaparecido maestro Robert Altman nos entregó la que muchos consideramos su obra maestra, Vidas cruzadas, un monumental fresco sobre la vida cotidiana de un variopinto grupo de personas que residen en Los Ángeles y cuyas vidas se entrecruzan por caprichos del destino. El éxito de aquella excepcional película dio lugar a multitud de títulos que seguían el mismo esquema de las historias cruzadas para tocar diferentes temas. El sentimiento de culpa y el perdón –Magnolia (1999), de Paul Thomas Anderson–, los conflictos raciales –Crash (2004), de Paul Haggis, ganadora del Oscar a la mejor película– o la inmigración –Territorio prohibido (2009), de Wayne Kramer son algunos ejemplos destacables a los que vendría a unirse Disconnect (2012), el interesante debut de Henry Alex Rubin en el largometraje convencional tras la generosa cosecha de premios que se llevó con su documental Murderball (2005), dirigido al alimón con Dana Adam Shapiro y que mostraba una competición de rugby entre jugadores cuadrapléjicos. Presentada en el Festival de Venecia de 2012 en la Sección oficial de largometrajes fuera de concurso, Disconnect plantea interesantes debates sobre los peligros que se esconden tras las nuevas tecnologías. Vivimos en la era de Internet. La gente está constantemente comunicada a través de los chats, las redes sociales o la telefonía móvil, sin pensar en las amenazas que se esconden en este amplio mundo cibernético, especialmente para los adolescentes, menos conscientes de que tras un perfil social puede esconderse cualquier tipo de persona y que nuestros datos personales o cuentas bancarias pueden ser fácilmente sustraídos por algún experto informático. Rubin articula, sobre un poderoso guión de Andrew Stern, un intenso caleidoscopio formado por tres historias cruzadas, con el nexo común de que sus protagonistas padecen en sus propias carnes las consecuencias de los peligros de la red.

    por José Martín León
    septiembre 10, 2013

    Crítica | Desconexión

    por José Martín León | septiembre 10, 2013

    La salvación del emperador

    crítica de Emperador | Emperor, Peter Webber, 2012

    Hacía unos meses que la guerra en Europa había terminado. La Alemania de Hitler se había rendido ante los Aliados justo cuando las tropas soviéticas limpiaban casa por casa las calles de Berlín. Casi en la otra punta del mundo, en el frente del Pacífico, se estaban librando pírricas batallas, isla por isla, que posicionaban a Estados Unidos cada vez más cerca de las puertas de Japón. El tremendo desgaste ante el fanatismo de un enemigo dispuesto a inmolarse en nombre del Emperador, hacía que la sangría en las playas y selvas del Pacífico fuera especialmente cruenta. Okinawa fue la gota que colmó el vaso. Mientras, en el nuevo continente, el ejército norteamericano ultimaba un arma con una capacidad de destrucción jamás conocida por la humanidad. Se vendió como último recurso, obligado por las circunstancias, algo que haría hincar de rodillas a Japón sin condiciones y detener el vertido de sangre en las islas del Pacífico. Pero dentro de aquel mortífero artefacto, acumuladas durante todos esos años, había también toneladas de rencor, odio y un sentimiento de venganza por aquel 7 de diciembre de 1941 y las miles de muertes de soldados estadounidenses que vendrían en los meses y años posteriores a aquel raid japonés sobre la base naval de Pearl Harbor, que iba a subir el listón, una vez más, del nivel de crueldad contra el prójimo al que puede llegar el hombre. Un listón que se superó demasiadas veces en una contienda mundial cuyo nivel de barbarie pocas veces se ha repetido de manera tan concentrada. Eran las 08:15 del 6 de agosto de 1945 cuando el Enola Gay, el primero de los B-29 que despegaban de Tinian con la primera de las bombas atómicas que se lanzarían sobre Japón, arrojaba toda esa furia de fuego y destrucción sobre la cabeza de miles de civiles japoneses que en ese momento trajinaban sus rutinas diarias en el centro de Hiroshima. No sería la última. A día de hoy todavía se debate sobre la vendida necesidad de demostrar al mundo aquella exhibición de aniquilación y, aunque Emperador (Emperor), la nueva película de Peter Webber, no va a entrar en ese terreno, el tono y el discurso del film parece resultar irremediablemente condicionado por las supurantes imágenes de archivo sobre aquel primer horror atómico con las que abre la película.

    por Anónimo
    septiembre 10, 2013

    Crítica | Emperador

    por Anónimo | septiembre 10, 2013
    What Maisie Knew

    VÍCTIMAS INOCENTES

    crítica de What Maisie Knew | Scott McGehee, David Siegel, 2012

    En 1979 la Academia de Hollywood premió con 5 Oscar –mejores película, director (Robert Benton), actor (Dustin Hoffman), actriz secundaria (Meryl Streep) y guión adaptado– a Kramer contra Kramer, un pequeño drama que removió conciencias sobre las consecuencias que tenía en un pequeño niño el divorcio de sus padres, enzarzados en una feroz guerra judicial por conseguir su custodia, sin parar a preguntarse qué es lo mejor para el menor. Más de 100 millones de recaudación terminaron de redondear su status de hito del cine moderno, aunque el paso del tiempo no le esté sentando precisamente bien y vista hoy, no se diferencia demasiado de los típicos telefilmes de sobremesa. Su calidad cinematográfica vuelve a ponerse de nuevo en duda si la comparamos con esta What Maisie Knew (2012) que aborda de nuevo el mismo tema, desde la óptica de una niña pequeña, relegando a los adultos a meras presencias secundarias. Si en 2013, la joven protagonista de Bestias del sur salvaje Quvenzhané Wallis sorprendió a propios y extraños colándose, con solo 9 años, entre las cinco nominadas al Oscar a la mejor actriz, en 2014 no resultaría extraño que Onata Aprile repitiera esa hazaña por su excelente trabajo en esta película.

    por José Martín León
    septiembre 03, 2013

    Crítica | ¿Qué hacemos con Maisie?

    por José Martín León | septiembre 03, 2013
    The Iceman

    RETRATO DE UN ASESINO EN SERIE

    crítica de The Iceman | Ariel Vromen, 2012

    La realidad, en muchas ocasiones, supera la ficción. Puede sonar a frase hecha pero si nos detenemos a revisar la biografía de Richard Kuklinsky nos daremos cuenta de que está totalmente en lo cierto. Nacido en Jersey en 1935, este hijo de inmigrantes polacos sufrió el maltrato de su padre alcohólico desde la infancia. Ya en la adolescencia mostró preocupantes síntomas de agresividad cuando tenía como principal afición torturar animales hasta la muerte, culminando cuando a la edad de 14 años asesinó a un muchacho de su edad. En 1960 conoció a Bárbara, que se convertiría en su esposa y madre de sus tres hijos. De traficar con cine porno para una de las familias criminales más importantes de Nueva York, los Gambino, pasó a prestar sus servicios como asesino a sueldo para la mafia, siendo sus principales víctimas los deudores de apuestas o algunos importantes capos. Llegó incluso a matar a Roy DeMeo, mafioso psicópata bajo cuyas órdenes perfeccionó sus métodos de asesino. Picahielos, mazos, pistolas, ballestas, cianuro y roedores, cualquier arma le venía bien para llevar a cabo sus trabajos. El célebre apodo de Iceman (hombre de hielo) le llegó a causa de uno de sus experimentos, en el que congeló a una de sus víctimas dentro de un camión de helados durante dos años. Con esto pretendía despistar a forenses y policías sobre la verdadera fecha y circunstancias de la muerte, algo que no logró. En 1986 fue finalmente detenido, para sorpresa de familiares y amigos, que desconocían la faceta criminal de Kuklinsky. Se declaró culpable de los asesinatos de más de 200 personas, por los que fue condenado a dos cadenas perpetuas en 1988, falleciendo por causas naturales en la prisión de Trenton el 5 de marzo de 2006. La controvertida existencia de este monstruo de la historia delictiva de Estados Unidos fue reflejada en un documental de la cadena de televisión HBO donde este hombre se declaraba un “asesino vocacional”. Ahora, como era de esperar, ha llegado el momento de que Hollywood ponga sus ojos sobre esta terrorífica figura para construir uno de esos biopics que parecen construidos para llevar a sus protagonistas a las puertas del Oscar. Su título, como no podía ser de otra manera: The Iceman.

    por José Martín León
    agosto 23, 2013

    Crítica | The Iceman

    por José Martín León | agosto 23, 2013

    SÓFOCLES, EURÍPIDES Y SU SÍNTESIS

    crítica de Cruce de caminos | The Place Beyond the Pines, Derek Cianfrance, 2012

    Al hablar de cultura y de relaciones sociales, a menudo se afirma que los griegos ya lo inventaron todo. Cuando los americanos declararon su independencia a finales del siglo XVIII y decidieron construir las instituciones que dieran forma a un nuevo Estado, mandaron emisarios a tierras helenas para reproducir las ruinas de sus edificios más antiguos y simbólicos. En ellos la ciudadanía se congregaba para resolver los asuntos de la ciudad, aunque esa vida pública estaba también muy ligada al arte, por lo que al día siguiente podían perfectamente volver a reunirse y sentarse, ya no para dialogar sino para observar y escuchar, al menos durante el tiempo que durase el espectáculo que se representaba ante ellos. Ya no hablamos de política sino de las famosas tragedias griegas, de Antígona, Edipo rey o Las Troyanas, obras que según sus reglas más clásicas transcurrían de sol a sol y que luego Aristóteles estudiaría bajo sus tres unidades dramáticas. Vemos enseguida cómo lo anterior también ha pervivido hasta la actualidad, encontrando su plasmación quizás más reconocible en el cine: en su origen teatral, en su estructura en varios actos y en los personajes que nos da a conocer y cuya vulnerabilidad nos conmueve sin remedio. Y, nuevamente, es en el contexto estadounidense donde encontramos sus ejemplos más célebres: en el gran cine americano, desde Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) hasta la trilogía de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972, 1974 & 1990), incluyendo obras maestras más recientes como Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2007) o La red social (David Fincher, 2010). En ellas todos los elementos de la película se unen en asombrosa armonía, desde la fotografía hasta la música, pasando por el guión y la puesta en escena, para extraer toda la potencia y la energía que laten en las venas de unos personajes profunda y fatalmente humanos.

    En Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, Estados Unidos, 2012), con todo, la historia no tiene las connotaciones megalómanas de aquellas. La misma transcurre en Schenectady, una población aparentemente apacible sita en medio de la naturaleza frondosa del estado de Nueva York. Nos situamos además en la década de los ochenta, algo que nunca se expresa directamente pero que deducimos de la vestimenta, los vehículos y la música. Incluso de la fotografía. En cualquier caso, como hemos adelantado, estos elementos deben estar al servicio de los personajes que pueblan el relato. El que conocemos primero es Luke, un motorista rubio y rebelde, lleno de tatuajes y de melancolía, que encuentra en Ryan Gosling una encarnación tan idónea como reveladora. Pues, pese a sus parcas palabras y background casi inexistente, logra dotar a este personaje de un calado dramático tan sutil como poderoso. Enseguida se nos revela que tuvo un hijo con un ligue fugaz, Romina, interpretada con un cúmulo de emociones por Eva Mendes, que ahora se reencuentra con él y le impulsa a dejar su trabajo y cuidar del bebé, al que ha llamado Jason. Pero la decisión no proviene de Romina, que en principio ya no quiere saber nada de Luke y vive ahora con otro hombre. Es Luke el que opta por cambiar el rumbo de su vida, aunque para eso tenga que robar el dinero con el que pueda mantenerlos, una medida extrema justificada por una sola escena (Luke llorando en la iglesia mientras bautizan a Jason) y una sola frase (cuando dice que no quiere abandonarlo, pues él no estaba nunca con su padre y no quiere que Jason acabe igual.) Sin embargo, no todo será tan fácil, ya que en su camino se cruzará un policía aun joven e íntegro, Avery, al que Bradley Cooper dota de un poderío equiparable al de Gosling aunque con pensamientos y resultados antitéticos.

    por Ignacio Navarro
    agosto 22, 2013

    Crítica | Cruce de caminos

    por Ignacio Navarro | agosto 22, 2013
    El último concierto

    CUERDA (MAL) PERCUTIDA

    crítica de El último concierto | A Late Quartet, Yaron Zilberman, 2012

    La música clásica siempre ha sido parte indisoluble de la poesía. Una no puede existir sin la otra porque son iguales en esencia: nutren (o eso dicen) el alma de quien se deja llevar por su influjo, abriendo nuevos y radiantes caminos en el inconsciente emocional, que radica en el pecho y sube hasta la cabeza. Sin parar en intersecciones y sin pausas; el trayecto es corto pero inolvidable, como el primer colocón (o eso dicen) que no deja secuelas en la historia de la humanidad. Si la poesía es música y la historia parte de la música —que es poesía también—, nada mejor que arrancar con unos versos en off, mientras un pesado y reconocible albino practica footing junto a un lago en el otoño que termina o en el invierno que acaba de congelar el agua de Central Park. Suena Beethoven, y por encima de éste el portentoso timbre del Actor, Christopher Walken, que hace alusión a T.S. Eliot, concretamente a las disertaciones temporales que llevó a cabo el artista en su obra Cuatro Cuartetos. Y más concretamente, en el poema Burnt Norton. “El tiempo presente y el tiempo pasado / Están quizás en el futuro / Y el futuro en el pasado. / Si todo es un eterno presente / Todo tiempo es irredimible”. Casi nada. ¿Querían cuerda? ¿Algo de lírica? En realidad, el vetusto actor nos está hablando de cierto crepúsculo que dio comienzo tiempo atrás, cuando ya no había razones para demostrar el talento, ni para excusarse por las meteduras de pata (Tipos legales). Alcanzado ese punto de relatividad —intrínseca o no a la cronología— que se les presupone a los dinosaurios del Hollywood moderno, sólo queda encomendarse ¿a qué? Pues a la poesía. Y a la música. Y a ese cuarteto que, sorprendentemente, tiene cuerda para rato. Tras décadas de tours y concesiones creativas y suaves coloquios sobre, por ejemplo, la musical sepultura de Schubert, quien en su lecho de muerte y a modo de última voluntad, pidió el Opus 131 de Beethoven, pieza elegida para despedir a la formación original en el concierto que da título a la película de Yaron Zilberman, apenas un neófito (es su primer largometraje) y autor único del libreto.

    por Anónimo
    agosto 21, 2013

    Crítica | El último concierto

    por Anónimo | agosto 21, 2013

    Intrascendencia entre cultivos

    crítica de A cualquier precio | At Any Price, de Ramin Bahrani, 2012

    El director Ramin Bahrani llevó a la Mostra de Venecia de 2012 un drama rural que reactualizaba la América profunda. Lo dotó de artilugios de última tecnología, de ingenieros agrícolas, de multinacionales del cultivo que monopolizan "la vida" en forma de semillas y de grandes propietarios armados con tablet y smartphones. Un dibujo de la decadencia del granjero clásico en favor del vanguardista. Cambió la fachada, modernizó el envoltorio. Aparentemente el fondo prevalece allende del tiempo. Los fenómenos sociológicos que contextualizan la película y que rodean al hombre del medio oeste americano son los mismos de hace medio siglo. Demográficamente débil y con idéntica organización y funcionamiento de instituciones como la familia y la Iglesia rural. En torno a ellas se mueve. Una como causante del conflicto y como refugio protector a partes iguales, la otra como elemento de articulación social de las relaciones de la comunidad. El realizador americano nos acerca con A cualquier precio una América rural modernizada materialmente pero inmóvil en sus tradiciones y costumbres –pese a coletazos de cambio–. Este es el paisaje de un pequeño pueblo de Iowa, especializado en el maíz, donde una familia capitaneada por el padre –Dennis Quaid–, tratará de perpetuar en su hijo –Zac Efron– lo que construyeron sus antepasados. La necesidad de huir, las ambiciones automovilísticas, la competitividad, la estafa, el engaño o el desaliento generacional serán motivo de beligerancia y harán temblar los cimientos de unas tierras que claman continuismo.

    El hecho de reflejar una realidad que responde al tópico no es razón suficiente para plagarla de lugares comunes. Es más, debería invitar a lo contrario. No parece pensar así Bahrani, pues decide torturar al espectador durante la primera mitad de la cinta. Casi una hora en la que se hace una escenificación un tanto ordinaria de temas manidos, descoloridos por su uso y abuso, todos resueltos con la originalidad de espaldas: Rivalidad entre familias que compiten por tierras, escenificada por ridículos enfrentamientos entre los hombres de las mismas y que se trasladan en su versión juvenil al deporte; problemas padre e hijo, por un progenitor que tiene planificado el futuro de sus descendientes, mientras éstos sueñan con volar solos; hijo rebelde con tendencia a llamar la atención; y por supuesto la infidelidad de turno. Unos ingredientes que parecen más propios de una telenovela barata de sobremesa que de una película de calidad. Las malas lenguas dicen que éste es el precio a pagar por tener a la estrellita de turno –Zac Efron– en el reparto. Serían algo así como los aderezos necesarios para darle el empuje comercial que el cine de Bahrani, hasta este momento reducido al circuito indie, no tenía.

    por Anónimo
    agosto 19, 2013

    Crítica | A cualquier precio

    por Anónimo | agosto 19, 2013
    Mud

    LA PIEL DEL COCODRILO

    crítica de Mud | Jeff Nichols, 2012

    Él fue quien descubrió la mirada más perturbadora de los últimos tiempos. A un tipo que se comunica verbalmente sin apenas mover los labios, incapaz de desenredar ese nudo de sentimientos o saliva pastosa que se acumula en su garganta, con una frente de martillo y unos ojos de pez burlón. Electricidad pura en todas sus manifestaciones. Aún sin patentar, a la espera del escultor idóneo. 2007 disponía del mejor signo para el nacimiento de una colaboración brillante entre Michael Shannon y Jeff Nichols, actor y director respectivamente, dispuestos a dejar huella dentro del circuito norteamericano: Shotgun Stories mostró con solvencia no pocas de las condiciones de un narrador que retrata con madurez a la familia y su combustible, a hombres dolidos que sienten mucho pero callan más. Espectadores en primera línea de fuego con vocación de prófugos. Siempre alarmados, cubriendo su propia retaguardia física y psicológica. Todo ello resumido finalmente en un solo plano en el que un padre de familia contempla el cielo, desde donde una oscura nube promete devastar el mundo desde aquella insignificante porción de tierra, en Ohio. Más febril que real, la visión se convertiría poco a poco en una especie de estática dramática sin paliativos. El protagonista, obrero amenazado por la herencia de la enfermedad, se decide a construir un refugio anti-hecatombes o anti-tornados, el imprescindible búnker familiar, aunque ello se traduzca en la ruina económica y en la pérdida del seguro médico que cubre el tratamiento de su hija sorda y que asegura también la bella sonrisa y, por tanto, la felicidad de esa amable mujer costurera a la que da vida Jessica Chastain. El cielo trasunta catástrofe. Sólo queda refugiarse ante el Apocalipsis: nadie sobrevivirá; y sin embargo, el “loco” sí. O no. Todo es imprevisible, áspero, depresivo, subyugante, incierto, dudas y más dudas gravitando alrededor de un satélite distópico que lanza destellos de empatía. El presagio que genera angustia y no poco desasosiego, mientras Nichols sitúa la cámara en el lugar justo. Mientras, Take Shelter se corona como la mejor de ciencia-ficción y drama que ha dado el cine del actual siglo.

    por Anónimo
    agosto 03, 2013

    Crítica | Mud

    por Anónimo | agosto 03, 2013
    Marfa Girl

    EL SENTIR DE UNA PEQUEÑA LOCALIDAD

    crítica de Marfa Girl | Larry Clark, 2012

    Las últimas noticias que teníamos de Larry Clark como cineasta se remontan a Impaled, su segmento para la película Destricted (Varios directores, 2006), donde contaba los pormenores de un casting porno. Pero de repente aparece en la pasada edición del Festival de Roma con esta Marfa girl, anunciando novedades además. La película, que se alzó con el máximo premio de la competición italiana, sólo se exhibiría en pantalla grande en susodicho festival. Desde ese momento, sólo estaría disponible en su página web por una pequeña cantidad. La enésima prueba de que Clark, de 69 años, sigue siendo uno de los cineastas viejos más jóvenes de espíritu. Conectado a la juventud, sus métodos y maneras. En su faceta como fotógrafo siempre tuvo interés en el cuerpo adolescente en movimiento. Skaters, surfistas y demás fauna callejera rezumaban belleza ante su objetivo. Y por lo tanto la polémica le ha acompañado siempre. Acusado de pornógrafo, viejo verde o provocador, es indudable que su destacada filmografía sacude a la audiencia. A veces por impacto. Otras de forma más sutil, esa culpa por no saber qué pasa con las generaciones de menor edad. Es fácil despreciar sus películas. Tacharlas de postales calenturientas y efectistas, pero el camino más estimulante, el que vamos a tomar, es el de escarbar en la superficie para ver si algo merece la pena.

    Marfa girl supone un variación de las clásicas historias de Larry Clark. El interés no cambia demasiado: adolescentes, sexo, la apatía de sus vidas, los adultos sin rumbo, alguna expresión artística. Pero por primera vez el director de la notable aunque algo sensacionalista Bully (2001) hace que la ciudad donde se enmarca la acción tenga también importancia. Lo que antes eran urbes cualquiera, es en esta ocasión un grupo compacto de lugares para transmitir un sentimiento. Marfa es una ciudad texana donde la policía fronteriza tiene un cuartel general. Y por lo tanto campa a sus anchas. Los jóvenes latinos locales son el blanco de su trabajo, aún sin haber hecho nada. Clark usa un pequeño mosaico de personajes con el joven Adam como denominador común para convidar cómo es vivir en la ciudad. Una ciudad donde todavía se permite azotar a los alumnos en el instituto. Donde hay un toque de queda. Donde la parte espiritual heredera de la tradición latinoamericana está también presente (las escenas con la curandera son hipnóticas, muy relajantes). El argumento por lo tanto es sencillo, que no simplón. Adam será nuestro guía por la ciudad el día de su cumpleaños y los siguientes, mientras un agente de policía de inestable psique (un eficaz y valiente Jeremy St. James dando vida al cliché) tiene su ojo echado en esa familia.

    por Anónimo
    julio 17, 2013

    Crítica | Marfa Girl

    por Anónimo | julio 17, 2013

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