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    Crítica | Stories We Tell

    Stories We Tell

    YO, MI, ME, CONTIGO... SARAH

    crítica de Stories We Tell | Sarah Polley, 2012

    La familia, ese concepto que resbala y nadie sabe definir con precisión. La familia son hilos de sangre que, también, resbalan (y mucho) como un cubito de hielo entre las manos. La familia es lo que está sin saber por qué; una forma atávica de menospreciar la esclerosis y sus consecuencias en el espacio-tiempo. La familia puede ser monótona y fugaz y reconfortante y molesta e invisible e inhóspita. Hay quien tras varias décadas de convivencia con la misma familia, decide que ésa no es la suya, o que se la cambiaron al nacer. No se reconocen en el espejo que ha enlazado generación tras generación rostros y caracteres que a duras penas si convergen en Navidad, cuando llega el mazapán y la Zambomba Juancarlista y el turrón con su absurda mofa del "Vuelve a casa vuelve / vuelve a tu hogar". Pero el hogar nunca ha existido porque es una hipoteca. La familia, también. Y hay que pagar por ello(s). Por la familia y por el hogar. Que te han elegido a ti, y no al contrario. De alguna manera, la familia es fruto del azar (que no azarosa). Una bonoloto que premia sin que nadie haya jugado: te cae y te jodes para siempre. Y es igual aun con sus mínimos cambios imperceptibles. Es azar, pues, sin arbitrariedad. Cuando se presenta ante ti, no hay giro posible. Ni se vende, ni se alquila, ni se descambia, ni siquiera se cuestiona el Matrix adherido a tan etéreo cálculo. Desgraciadamente, el capitalismo no triunfó en esa parcela de la economía doméstica. La familia nos comprende ("yo soy yo y mi circunstancia"), aunque más pronto que tarde nos daremos cuenta de que el núcleo sólo tiene tres patas cojas. El gato se convierte en tu celestina, el perro te da cariño y tu hermana a lo peor no es tu hermana, o sí, pero a medias, lo cual hace medio hermano por un error en la conexión; y el pez, que no tiene memoria, hace glup. Y es feliz.

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    Tienes una cámara, eres actriz y directora de cine. Le propones a tu familia —que está porque sí, no le des más vueltas, se llama orden cósmico— rodar un documental sobre todos ellos, centrándote en la fragilidad de unos hilos que podrían romperse por una aventura extramarital que hubo entre tu madre, una reputada y popular actriz canadiense, y un compañero y guionista con la apariencia de Einstein. Tu papá había fracasado en la tarea de proporcionarle amor a tu madre, que falleció cuando tan solo tenías ¿diez, once años? Ellos se querían, sí, pero ella quería con más fuerza o no veía en él la misma inclinación a regalar cariño. Así que citas a tus hermanos y a unas cuantas personas más, les sitúas frente a una intimidante cámara de cine. "Empieza por el principio", ordenas con tono suave. No hay prisa. Entretanto, tu padre lee una extensa carta que, a su modo taxativo y conmovedor, describe punto por punto los sentimientos que guarda por su alegre y virtuosa mujer. Es una expiación literaria: su talento ayuda a identificar los pormenores de la historia, los obstáculos, las ranuras que se esconden a vista; que rehúyen los ojos de una mirada, la de cinco hermanos emocionalmente maduros, próxima y serena. Y ellos recomponen su historia, que es la tuya también, y lentamente esas entrevistas se transforman en una terapia no ya grupal sino balsámica, de largo recorrido. Las piezas se juntan, la cronología se altera: Sarah Polley (tú, la cuarta pared que se mezcla con las demás) recurre a un grupo de actores para recrear instantes íntimos y muy creíbles de su vida, cuyos personajes son reales y cobran especial brillo sobre el tamiz del Súper 8.

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    A medio camino entre Toronto y Montreal, los Polley desgranan la figura materna y a la madre que se rebeló (y sucumbió) contra el matriarcado probablemente machista: perdió la custodia de los hijos que concibió durante su primer matrimonio, por un escarceo sexual "inaceptable" que marcó un hito en Canadá. No por el escarceo en sí, algo muy común, sino por la sentencia que desligó —con un punto de inquina— a la Madre Adúltera de sus hijos todavía pequeños. Y Polley adecua el tono a ese relato íntimo, sin peso moral que lastime a sus interlocutores. Son preguntas necesarias, inevitables, y suficientes. La investigación sigue el cauce natural, que dista muchos escalones de la exageración y la lágrima manipuladora. Lejos de aquella ficción con pollo y sin luces titulada Take This Waltz, una penitencia que describe la no historia de amor entre una mojigata disfuncional (Michelle Williams) que se convierte en la-navaja-suiza-del-sexo-sucio y su novio, un chef que escribe libros sobre cómo cocinar pechugas y muslos. Seth Rogen interpretando a un híbrido entre Alberto Chicote y Goofy. Lejos, en inteligencia y rigor narrativo, de Stories We Tell, una mina documental que nos acompaña en un viaje irresistible. Que está y es, como la familia. El turrón de siempre, por azar. ★★★★

    Juan José Ontiveros.
    Redacción Madrid.

    Canadá, 2012, Stories We Tell. Guión y dirección: Sarah Polley. Fotografía: Iris Ng. Música: Jonathan Goldsmith. Reparto: Peter Evans, James Downing, Kristen Corvers, Andrew Church, Jeanie Calleja. Presentación Oficial: Toronto 2012. Presentación en España: Atlántida Film Fest 2013, de Filmin.

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