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    Jessica Jones

    Antiheroínas, villanos y otras criaturas dañadas

    crítica de Jessica Jones (2015).

    Netflix | EE.UU, 2015. Directores: S.J. Clarkson, David Petrarca, Stephen Surjik, Uta Briesewitz, Bill Gierhart, Rosemary Rodriguez. Guión: Melissa Rosenberg, Liz Friedman, Jamie King, Scott Reynolds, Micah Shraft (basado en la obra de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos). Reparto: Krysten Ritter, Mike Colter, David Tennant, Rachael Taylor, Carrie-Anne Moss, Wil Traval, Eka Darville, Erin Moriarty, Susie Abromeit, Robin Weigert, Colby Minifie, Rebecca De Mornay. Fotografía: Manuel Billeter. Música: Sean Callery.

    Siete años, doce películas y tres series de televisión después, Marvel se ha dignado a presentarnos a su primera superheroína por derecho propio, la primera que no aparece como un interés romántico que se ha ganado un ascenso, o como un personaje secundario relegado a ser comparsa del “club de los chicos”. Y para ello ha escogido un personaje a priori poco conocido para el gran público —hasta ahora—, con una vida y unos problemas mucho más mundanos que los de Tony Stark y su pandilla. Creada por Brian Michael Bendis y Michael Gaydos en 2001, Jessica Jones debutó en los cómics de la mano de Alias, serie que inauguró la línea MAX de Marvel, destinada a un público adulto y que incluye historias mucho más violentas, sexuales y oscuras que las de las colecciones regulares de la Casa de las Ideas. Quizá por eso era inevitable que apareciese en las producciones que Marvel ha reservado para Netflix, que, si no son una línea MAX televisiva, están muy cerca de serlo. Y la elección y puesta en escena, como sucedió con Daredevil, no pueden ser más brillantes. Alias es la base argumental de Jessica Jones, aunque la serie sigue su propio camino. Jessica es una mujer poco común, al menos para los estándares de los universos superheroicos; sí, tiene súper fuerza, es bastante más resistente de lo que es normal —aunque no invulnerable—, y casi se diría que puede volar. Pero también bebe como un cosaco, se acuesta con quien quiere y es un desastre en casi todo lo que hace; posiblemente, si el tabaco no estuviese tan mal visto en los productos audiovisuales americanos de hoy día, también fumaría como un carretero. Jessica está a años luz de las siempre pluscuamperfectas damiselas de los universos comiqueros, capaces de pasearse entre explosiones subidas a tacones de vértigo, de enamorar a semidioses alienígenas atropellándolos con su “encantadora torpeza” o de cargarse todo un pasillo lleno de matones literalmente sin despeinarse. Jessica Jones suda, sangra, se ensucia, no se cambia de ropa en días y huele mal. Jessica Jones es el personaje más humano jamás visto en una pantalla en la que aparezca gente que puede parar coches con las manos.

    A diferencia también de sus mayores cinematográficos, y en cierta medida también de su serie hermana, Jessica Jones nos cuenta una historia más pequeña, menos centrada en salvar el mundo y más en que su protagonista se salve a sí misma y a los suyos. Cuando la conocemos, Jessica está lidiando con un trastorno por estrés postraumático, resultado de haber pasado meses bajo el control mental de alguien llamado Kilgrave, que la llevó a sufrir, y a perpetrar, todo tipo de abusos imaginables. Un buen (mal) día, Jessica descubre que Kilgrave, a quien creía muerto, sigue vivo y ejerciendo su terrorífica influencia sobre la gente. La maldad de Kilgrave, como veremos después, no radica tanto en sus habilidades como en su propio ser. Y frente a la muy humana maldad de Kilgrave, se alza la no menos humana fuerza de voluntad de nuestra protagonista. Jessica es una superviviente: ha atravesado un infierno de abusos y ha vivido para contarlo; y, aunque dañada, puede que de forma irreparable, es capaz de plantarse frente a su torturador y escupirle su desprecio a la cara, de pararle los pies para evitar que dañe a otros como la ha dañado a ella. Jessica no es sólo alguien que puede atravesar paredes de un puñetazo o cargar con tipos del doble de su tamaño como quien lleva una mochila; también es alguien capaz de enfrentarse a un trauma muy real, a un miedo que puede llegar a paralizar, para evitar que éste siga definiendo su existencia. Con su aspecto menudo y casi frágil, y su expresión a la vez sarcástica y triste, Krysten Ritter resulta perfecta como Jessica, consiguiendo no sólo llevar la serie a sus espaldas, sino construir un personaje con el que el espectador puede empatizar sin caer en los estereotipos de marysue que resultan tan tentadores para el mundo audiovisual a la hora de lidiar con personajes femeninos. Jessica es una mujer, pero eso no significa que tenga que comportarse de acuerdo a unos “estándares” por el hecho de serlo. Los estándares y las opiniones de la gente, en realidad, se la traen bastante al pairo, como deja claro en más de una ocasión, a amigos, enemigos y desconocidos por igual.

    por Unknown
    diciembre 05, 2015

    Crítica en serie | Jessica Jones

    por Unknown | diciembre 05, 2015
    Sin City: Una dama por la que matar

    Back to Black

    crítica de Sin City: Una dama por la que matar | Sin City: A Dame to Kill For, dirigida por Robert Rodríguez, 2014.

    Según la teoría de la cultura de masas, explicada y analizada en profundidad por Ortega y Gasset en su libro La rebelión de las masas (1929), el éxito en cualquier empeño de atraer a una gran cantidad de población hacia un fin concreto —concepto hombre-masa—, residiría en la adaptación de un producto minoritario (desconocido por la mayoría) en función de las bases sociales establecidas —Hollywood—. Así nació Sin City como concepto, trasponiendo a la gran pantalla un producto cultural, en este caso una novela gráfica, con una presentación visual muy semejante a la fuente original aunque aferrándose a una serie de necesarias modificaciones condicionantes del éxito masificado. Esta fórmula fue descrita muy acertadamente por la Dra. Cascajosa Virino: “grandes dosis de acción, fuerte presencia de elementos fantásticos, personajes más caracterizados por sus acciones que por su psicología y un elaborado estilo estético en el que el diseño de producción y el cromatismo intentan rememorar al cómic original”[1]. Una vez se alcanzó el impacto deseado, sólo quedaba sacar el mayor beneficio posible, y aquí es donde entra en escena Sin City: Una dama por la que matar (Sin City: A Dame to Kill For), pasando de la trasposición a la transficción, o el reciclaje de esa obra genuina en el mayor número de formatos y variantes posibles —secuela—.

    La película sigue la misma concepción narrativa que su predecesora, una estructura episódica cuyas diferentes historias se relacionan de manera anecdótica gracias a un nexo común: el Kadie’s Saloon, un antro libidinoso donde se dan cita los personajes más perversos del lugar. Con la oscuridad dramática del Neo-Noir estadounidense y la contundencia explícita del Hard-Boiled policíaco, Robert Rodríguez y Frank Miller vuelven a situarnos en la degenerada Basin City. Una ciudad donde el delito es asumido con resignación por los justos (los pocos que quedan), quienes se empeñan, ya no en resolver el crimen en sí, sino en restaurar el orden e impartir la justicia a su manera, sin hacer distinción alguna entre ley y venganza, por lo que resulta imposible diferenciar entre detective y criminal. Los delincuentes no nacen en (Ba)Sin City, sino que se hacen en medio de esta sociedad depravada y corrupta que les conduce a la autodestrucción, son personajes peligrosos y derrotados, movidos por el deterioro ético que gobierna su mundo. Encontramos aquí a Marv, protagonista del prólogo de la película, Just Another Saturday Night, y eterno parroquiano, o prisionero semi-involuntario, de esa pecaminosa cárcel que conforma la mencionada taberna de Kadie, estatus que le convierte de manera ineludible en el vínculo personificado de todas las historias.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 10, 2014

    Crítica | Sin City: Una dama por la que matar

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 10, 2014
    Guardianes de la galaxia

    Los comienzos de una banda muy singular

    crítica de los Guardianes de la galaxia | Guardians of the Galaxy, dirigida por James Gunn, 2014

    Guardianes de la galaxia ratifica hoy una tendencia contra pronóstico: este verano de 2014 está haciendo felices incluso a los siempre escépticos del blockbuster, producciones multimillonarias que aterrizan con el firme propósito no sólo de amortizar presupuesto y sumar ganancias sino de doblar la apuesta, digamos, en el último segundo. Más o menos igual que Christopher Walken en El cazador, aunque sin medidas drásticas. (No se aconseja preparar un speech revólver en mano, ni siquiera teniendo enfrente al dueño de los estudios, o la productora interesada.) Ya no basta con tener una gran idea y un mejor guión; ahora también hay que regalarle al productor la posibilidad de abrir franquicia, de poder sumar ceros a su(s) cuenta(s) bancaria(s) mediante ostentosas y estruendosas aventuras para, en última instancia, alienar un poco más a sus devotos en Pekín, en Skopje o en Honolulú. Quizá los ejemplos indeseables recientes sean Piratas del Caribe y Transformers, dos productos que definen a la perfección la codicia y la estupidez hollywoodienses, y cómo éstas nublan a veces el juicio del espectador más incauto: no por nada el mismo personaje que catapultó al excéntrico Johnny Depp a categoría de icono rock, ha acabado por sepultarle en la simple mueca; en tanto que los Optimus Prime y Galvatron de Michael Bay siguen a lo suyo, imponiendo su mandanga —con efectos no del todo saludables— a golpe de hostias. Y disculpen la redundancia, pero es revisar nuevamente lo ya visto. Una verbena donde el Tren Chu-Chu es regentado por la misma bruja José Javier desde 2007.

    Hablaba al comienzo sobre la felicidad, o la euforia que se hace pasar por ésta, de quienes demonizan aleatoriamente, por afición, la cartelera en verano. Que la temporada estival es una época idónea (hace calor, la gente se va de vacaciones, las expectativas se despeñan como kamikazes sin airbags ni eyector alguno, y se restauran como por arte de cine) para colarnos saldos no es ningún secreto, como tampoco lo es que entre la supuesta morralla surgen de vez en cuando historias apasionantes, incandescentes; sin ínfulas dramáticas ni artísticas más allá de querer erizarte los vellos del culo o arrancarte una sonrisa tonta, quedándose a vivir contigo primero por tres meses y después por seis o diez años. O a perpetuidad, es decir hasta que la muerte (o un spin-off) os separe: esa compañía no tiene coste alguno y suele provocar mucha satisfacción. Y mucha satisfacción esconde a plena vista Guardianes de la galaxia, acaso la mejor película de antihéroes venidos forzosamente a superhéroes (con el permiso de Watchmen) que pasa por ser el reverso luminoso, una versión rocker y working-class de Los Vengadores, sin lugar a dudas el culmen narrativo y la élite del nombre propio hecho grupo del universo Marvel. Filme que rebajó sustancialmente la tensión que poco después traería consigo un minuto de silencio tras el final de The Dark Knight Rises de Christopher Nolan, cuya guinda a más de uno se le indigestó. Una película, Los Vengadores, que interpuso sarcasmo entre toneladas de cemento, donde la oscuridad gravitaba como fuerte axioma sin recorrido, vibrante y lejano en el espacio y, si me permiten jugar con la semántica, también en el tiempo. Así, Disney/Marvel puso contra las cuerdas a la hasta entonces muy subversiva Warner Bros/DC, y de repente los fans de esta segunda empezaron a tener dudas a propósito del futuro comercial —cinematográfico, no farmacéutico— de la depresión, de la tinieblas ahogadas, del huir de uno mismo a ninguna parte, de impostar la voz y la existencia misma, de soñar grises azulados con destellos rojos, de convertir a Superman en Sa(n)dman o, mejor aún, en Grant Morrison; y a Batman en Frank Miller con un traje que no, ¡última nueva!, no es de goma espuma. Pequeños detalles que podrían no gustar a los felices-de-la-vida, igualmente enfermos clínicos.

    por Anónimo
    agosto 14, 2014

    Crítica | Guardianes de la galaxia

    por Anónimo | agosto 14, 2014
    X-Men: Días del futuro pasado

    Lobezno: viajero en el tiempo

    crítica de X-Men: Días del futuro pasado |
    X-Men: Days of Future Past, Bryan Singer, 2014

    Era de imaginar que Bryan Singer se arrepentiría rápidamente de haber abandonado su silla de director tras las dos primeras cintas de X-Men para embarcarse en un proyecto bastante más ambicioso, aunque finalmente fallido, aquel Superman Returns (2006) totalmente reivindicable que fue unánimemente masacrado por su excesivo apego y cariño a las películas protagonizadas por Christopher Reeve –especialmente, las dos primeras–. Tras una efectiva y resultona primera entrega en 2000, Singer tocó techo con la magnífica X-Men 2 (2003), mucho más robusta argumentalmente y con una habilidad pasmosa para manejar una galería tan nutrida de superhéroes. Aquella secuela rompe el mito que asegura que segundas partes nunca fueron buenas, dejando para la posteridad uno de los mejores momentos de toda la serie: el asalto de Rondador Nocturno a la Casa Blanca. Con la marcha de Singer, las labores de dirección de X-Men: La decisión final (2006) recayeron sobre los hombros de Brett Ratner, un tipo con comprobado oficio para el cine de entretenimiento pero sin la calidad de su antecesor. Los resultados se hicieron notar en pantalla y la crítica dio de lado a una tercera entrega, por otra parte, bastante entretenida y con alguna escena brillante –el enfrentamiento Jean Grey/Xavier–. Para compensar las malas opiniones, aquella cinta se convirtió en la más taquillera de la saga hasta aquel momento con 460 millones de dólares recaudados en todo el mundo. La entrada en la franquicia del interesante Matthew Vaughn con la precuela X-Men: Primera Generación (2011) reconcilió a los mutantes con la crítica, a la vez que el público recibía con los brazos abiertos a las nuevas caras que interpretarían a los mismos personajes en sus años jóvenes durante la década de los 60, en plena Guerra Fría. Bryan Singer fue el encargado de escribir aquel guión, siendo antesala de su regreso como director en esta X-Men: Días del futuro pasado (2014) que ya desde el tráiler prometía ser la entrega más ambiciosa –el argumento con viajes en el tiempo propicia la reunión del reparto en pleno de las tres primeras cintas con los actores relevo de Primera Generación–, oscura y espectacular de las cinco rodadas hasta la fecha.

    por José Martín León
    junio 11, 2014

    Crítica (II) | X-Men: Días del futuro pasado

    por José Martín León | junio 11, 2014
    X-Men: Días del futuro pasado

    Mercurio bajo cero

    crítica de X-Men: Días del futuro pasado |
    X-Men: Days of Future Past, Bryan Singer, 2014

    Wish You Were Here. Ojalá estuvieses aquí, piensa y/o reproduce Charles Xavier en el futuro que ya pasó y que está a punto de volar por los aires, cielos que trasuntan borrascas en el presente que hubiera podido ser y que, quizá —ligeras variaciones de última hora, esta vez sí, un buen pronóstico—, se materialice aun con leves modificaciones. Nada importante, cosas de éste, el otro mundo. Porque "eran otros tiempos" en los que los tiempos mismos "están cambiando" y los tiempos verbales se confundirán una vez reescritos aquel día por vivir. La respuesta no estaba en el viento, sino en el ADN (y no, no hay ticket: ni se devuelve ni se cambia, es un regalo y te jodes y, por si acaso alguien pregunta, no hemos mantenido esta conversación). En la enfermedad y en los breves periodos de salud, hasta que el tabaco o la bicicleta elíptica os separe. Con sus extrañas modificaciones, espacio y tiempo son flexibles cuando se proyectan a todo volumen en pantalla XL. Welcome my son, welcome to the machine... Wolverine. Buen viaje: abróchate las neuronas. Todo lo que hagas allí resonará física y cronológicamente aquí, sin remisión. Recuerda siempre a Marty McFly en el baile de fin de curso, aquella foto cada vez más vacía, con menos personas que ya nunca existirán. Tu familia, entera, devorada por el efecto mariposa que podrían desatar tus acciones: olvida los besos, los golpes sobrantes y, también, al presunto demócrata que —¡bang!— se esfumó como por arte de soplar velas. Así, ni tan solo el consuelo de un capitalismo sin auxilio, sin que lo sintamos, ahí te mueres Wall Street, sin llamar demasiado la atención, cerrándote de par en par antes de que sea demasiado tarde para todos los allí presentes, incluidos los que jamás han visitado tus tripas, tu corazón, tus verdes pulmones etéreos, números y cifras y letras tan pequeñas que resultan ilegibles. Después, Guerra Fría hirviendo a través de las comunicaciones entre rusos y norteamericanos en la costa de Miami; una guerra que de tanto contarla pierde su frescor y pasa a llamarse Guerra Del Tiempo, o sea ni fría ni caliente, a la temperatura que haga donde bebes todas esos temas "de rabiosa actualidad" y tendencias más o menos hot (no me miren, es simple sarcasmo terapéutico) que hoy aseguran no-sé-qué sobre un Muro y unos padres que nunca se llegaron a conocer, una canción que jamás fue compuesta y, por ende, no será escuchada en ningún radiocassette ni walkman ni discman ni iPod del mundo hiperespacial. Shine On Your Crazy Diamond. Todos locos y brillando aún con más fuerza en la oscuridad ya instalada. Ya se sueñan los elegantes punteos de guitarra que gravitarán alrededor, subterráneamente, del Pentágono; allí donde permanece recluido un hombre-imán con el rencor entre ceja y ceja y las ambiciones supremacistas, tras un perpetuo mohín de capullo egomaníaco. Magneto, sí. Un malo a duras penas malísimo, pues los hay peores y él arrastra una deuda moral con su viejo amigo-enemigo, el Profesor X. Una equis no como intriga o anonimato sino más bien ideada con fines mercadotécnicos, pues a nadie intriga esa equis mayúscula, de Xavier, de cabeza antes/ahora muy greñuda y ahora/antes calva de familia en una escuela para "gente especial" y todo eso.

    por Anónimo
    junio 06, 2014

    Crítica | X-Men: Días del futuro pasado

    por Anónimo | junio 06, 2014
    The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro

    (Im)pulso 'gamer' en La Gran Manzana

    crítica de The Amazing Spider-Man 2: El poder de electro | The Amazing Spider-Man 2: Rise of Electro, de Marc Webb, 2014

    Una vez más, nada extraño, Muerte ha ido a manifestarse en mitad de la noche. La muerte, a su modo ancestral y traidor, vigila entre sombras donde siempre hay cobertura, luego —diré, apunten en sus libretas— no hay sombras en la oscuridad misma. Es contradictorio, es inexplicable: cerrar los ojos y sumergirse a duras penas en un mantra que hiede a senectud pop y que dice así: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad". Otra vez. De nuevo, el no poco laxante déjà vu dicho por un hombre seguramente íntegro e integral. Lo que se dice un trozo de pan. Y, sin embargo, aquí —demos la bienvenida a Mark Webb— no hay cita célebre ni regresiones memorables. Valga la paradoja. Ahí se las apañen ustedes, espectadores/lectores sin más poder que el de poder situar un pie delante del otro y así caminar hasta el cuarto de baño y, luego, ya en su interior, lanzar una muy adhesiva telaraña con superávit de incertidumbre. Y mucosa linfática. Y así, medio abatido por no reconocerse tras la picadura de una araña radiactiva más el siempre latente recuerdo de sus padres fallecidos a una edad muy temprana y el marcial rapapolvo por no recoger a Tía May del trabajo o lo que fuere (tal vez un cursillo que se antoja hobby. O no, qué más da. Congélese de nuevo la imagen y ensanchen el formato para descubrir esa tierna sonrisa, la sonrisa maternal del cine. Copyright: Sally Field), Peter se adentra en oscuros vértices arquitectónicos y, quizá por aquello de que el estrés con azúcar se diluye, entra a un 24 horas para comprarse un batido y justo ahí se cruza con la Parca oxigenada (y tatuada) que le guiña el ojo o, mejor dicho, el pómulo, pues ésta viste gafas de sol y resulta imposible admirar su escáner ocular aun con los fluorescentes lamiendo cogotes. Chúpate esa, ja, empleado barrigudo. Se malicia el superhero in progress. Y Muerte, disfrazada de amenazador ratero lumpen con pistola, le regala a Peter un llamémoslo nada espiritoso refrigerio antes de la medianoche. Y así parten ambos, vencedores sedientos, y así se hace injusticia: un interruptor estallido cuyo trágico final revela que sí había otro modus operandi aunque Peter no quiso descolgar el teléfono, y que en las sombras ya por siempre sin cobertura, Tío Ben no responde. Y un gran poder conlleva una gran responsabilidad, de acuerdo; pero dónde está la salida que yo me bajo de la atracción, ¿me entienden? Me quedé sin cartuchos mientras la luz se perdía rayando el cenit art déco del edificio Chrysler. Me quedé en suspenso, modo pause en cámara súper lenta, mirando venir mi caída. Hundiéndome sin gárgolas ni spider-cam, las cristaleras repitiendo líneas en fuga como una mala, pero absorbente, reposición con risas no ya enlatadas sino telúricas en bucle. Raindrops Keep Fallin' on My Head versión dodecafónica a 312 metros de altura. Un nuevo amanecer, Spidey, todos simbiontes anónimos en la ciudad con más rodajes por metro cuadrado del mundo.

    por Anónimo
    abril 15, 2014

    Crítica | The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro

    por Anónimo | abril 15, 2014
    Capitán América: El soldado de invierno

    Patriotas con sabor a óxido

    crítica | Capitán América: El soldado de invierno, de Anthony y Joe Russo, 2014

    Frío, lo que se dice frío, no. Es un Invierno más bien primaveral, mercenario y amnésico, junto al gran obelisco in memoriam y la sede de S.H.I.E.L.D (acrónimo de Strategic Homeland Intervention, Enforcement and Logistics Division), en Washington. El paréntesis quizá sea irrelevante, okay, mas conviene ir asumiendo toda información desinformadora para el espectador. Ya hablé en anteriores críticas de estos productos siameses unidos por un frágil cordón argumental al Gran Progenitor y, ay, también Gran Esperanza. Es decir, Los Vengadores. Que a un año vista para el estreno de su nueva aventura, La Era de Ultrón, cargan y recargan ya los artilugios y los superpoderes con que han de maravillar al respetable. Y así no hay quien piense en paz, ni en ella. Pues la velocidad exige tomar nuevos viejos caminos: intimidación, violencia, épica 0% materia grasa, e incluso el "adoquín fascistoide" arrojado por los aires como si fuera una pelota de ping-pong. El mismo sonido metálico que emite al golpear el escudo con la estrella de cinco puntas: pink-ponk, pink-ponk. O chakín-chakín si el material se transforma en balas directas a tu cuerpo ignífugo, quizá a prueba de artillería pesada o vaya usted a saber qué tipo de artefactos. Y así no hay quien piense en ningún sol. Ni siquiera en quedarse viudo: un sueño con pantalones ajustados muy recurrente. Ya no es frío, sino una polaroid invernal atrapada en el tiempo con marmita. El Capitán América se cortó literalmente las alas, y ahora hay quien aspira a cortárselas definitivamente. A sus noventa y muchos, luego de aniquilar a medio régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, tras certificar su patriotismo sometiéndose a un proceso reconstituyente para reconstituir su lamentable constitución física: un flaco y bajito sin músculo era, y en un Apolo lo convirtió su gobierno. Ah, la patria. Ah, Tío Sam. Me resulta difícil frenar mis impulsos y no decir que no a El Capitán América: El soldado de invierno. Porque no hay más, tan sólo una vaga certidumbre a propósito del héroe en sí: una figura estólida que, mal que les pese a ciertos frikis (lectores de cómics, no freaks o monstruos), es el resultado directo de la ironía más vergonzante. Estados Unidos necesitaba un símbolo cuya potencia de fuego pudiera derrocar a los regímenes totalitarios. Por ello, decidió convertirse en lo que había denostado por una gris época, esto es, una nación-probeta que promulgaba la supremacía racial. ¿Quién sino el Capi representa el arquetipo de superhombre anhelado por Hitler? Y, para más inri, rubio. En fin. No incidiré más en ese aspecto, que a nadie interesa. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, las coreografías y los tiros. Chakín, pink-ponk. Y el termostato a veinte: ni frío ni calor. La vista y la temperatura idóneas.

    por Anónimo
    marzo 27, 2014

    Crítica | Capitán América: El soldado de invierno

    por Anónimo | marzo 27, 2014
    Thor: El mundo oscuro

    La amenaza fantasma

    crítica de Thor: El mundo oscuro | Thor: The Dark World, de Alan Taylor, 2013

    Apuntes previos —muy anteriores— a cualquier precedente crítico: 1) Thor sonríe bien y huele a Nenuco; pero, 2) no lo sabemos porque el cine sólo huele al lugar en que se proyecta, esto es, a nada o a todo, incluso a melocotón y a patatas fritas con sabor a pollo y a Facebook, cuyo hedor se cuela a través del clink que entona el sugestivo smartphone. 3) Su ancho emocional es, cuando menos, cuestionable y, también, un desafío a la lógica del héroe maximalista que nació muy joven y generando mucho ruido, como una de esas bodas familiares que celebran la desunión prematura. Viva el vino, sin exclamaciones. Y, 4) Viva Thor, pero denle caza al Señor del Puro Marveliano. Sí, ahora resulta que el puro contamina y que el cine es una fiesta (cueste lo que cueste). Que estamos conectados no ya por seis grados de separación, sino por un router cósmico y un repetidor cuya señal rompe las leyes de la mecánica cuántica, de manera que uno puede estar en —por ejemplo— Vulcano al tiempo que habla con su familia de —por ejemplo— Burgos. Que no hay mal que por saga no venga; y que nunca es tarde si ella se llama Natalie Portman y se ríe como una nerd, o si él se apellida Hemsworth y utiliza un arcoíris tubular para viajar desde Nueva York a Asgard, portando un martillo cuyo peso no tiene medida pues es tal que se escapa a cualquier medición y tan solo obedece a su dueño: él en términos fantásticos. Es decir, Thor. A secas, pero como un témpano. Rubio y difícilmente placable. Un dios aun en su Australia natal. Cosas no del encasillamiento sino de los HECHOS fílmicos. Ya son tres —tras la primera entrega en solitario y sus vacaciones terrícolas para salvar el universo en Los Vengadores— las veces que Chris Hemsworth se ha enfundado el traje oscuro y la impoluta y desgastada, pero jamás rasgada, capa roja. De nuevo, Hollywood atrezzando la borrasca mientras el bíceps ejecuta un ERE y despide al tejido adiposo que se resiste a ser quemado en el mundo y en el cuerpo de ese hijo de Odín. Así y siempre, mola. ¿No? "Se deja ver y oír", dirán los popes; "está entretenida", juzgarán con tono amargo y una sonrisa de buzón; "Pss, va, sí, se pasa bien aunque es muy... cómo lo diría... para fans, eso. Incondicionales y tal". Traducción: funciona. Funciona el sonido y funciona la imagen. Un lujo, visto (y oído) lo visto (y lo oído). ¿Qué más podemos pedir? ¿Que se vea en 3D? Pues tiremos la casa por la ventana, o hagamos converger los Siete Mundos, qué sé yo. Una fiesta, el cine. Cueste lo que cueste.

    por Anónimo
    octubre 31, 2013

    Crítica | Thor: El mundo oscuro

    por Anónimo | octubre 31, 2013
    Kick-Ass 2

    EL REGRESO DEL PATEADOR DE CULOS

    crítica de Kick-Ass 2, con un par | Kick Ass 2, Jeff Wadlow, 2013

    En los últimos años, como respuesta al cada vez más nutrido subgénero de cine de superhéroes, han surgido algunas propuestas que intentan reírse con inteligencia de los tópicos de este tipo de filmes, la mayoría de ellas provenientes del cine independiente. Títulos como Mystery Men (1999), Special (2006), Defendor (2009) o Super (2010) nos mostraron a auténticos perdedores sin ninguna habilidad especial empeñados en vestirse con escandalosas mallas para impartir justicia en las calles. La joya de la corona de esta corriente fue, sin lugar a dudas, Kick-Ass (2010). Basada en el cómic creado por Mark Millar y John Romita Jr., la película irrumpió en las carteleras como un soplo de aire fresco. Brillantemente dirigida por Matthew Vaughn –que venía de ofrecernos aquella reivindicable fantasía de estilo ochentero llamada Stardust (2007)–, con una estética rompedora y estilosa, una hábil combinación de humor gamberro y violencia y unos actores perfectamente escogidos para los papeles protagonistas, Kick-Ass vendría a ser la obra magna de las comedias de superhéroes. La sabia utilización de conocidos temas musicales en sus espectacularmente coreografiadas secuencias de acción no tenía nada que envidiar al Tarantino de Kill Bill. Por esta razón, quienes disfrutamos como niños con las andanzas del adolescente marginado Dave Lizewski (y su alter ego Kick-Ass), el heroico Bigg Daddy y su pequeña hija, Hit-Girl (toda un arma mortífera de once años), y el aprendiz de villano Bruma Roja, esperábamos con ansias una segunda parte. Las primeras noticias de que Vaughn no se encargaría de dirigir en esta ocasión, limitándose a colaborar en el guión, ya empezaron a hacerme temer lo peor. El encargado de sustituirle tras las cámaras es el mediocre Jeff Wadlow, hasta entonces responsable tan solo de una cinta de terror olvidable –Cry Wolf (2005)– y un típico drama de artes marciales a la sombra de Karate Kid –Rompiendo las reglas (2008)–, por lo que mis miedos aumentaban a medida que se acercaba el estreno. Finalmente la sangre no ha llegado al río y, dentro de un pequeño regusto de decepción, Kick-Ass 2 (2013) atesora suficientes méritos como para ser considerada una digna secuela.

    por José Martín León
    agosto 29, 2013

    Crítica | Kick-Ass 2

    por José Martín León | agosto 29, 2013
    Lobezno inmortal

    EL MÚSCULO, LA GARRA Y OTROS TÓPICOS FUTBOLEROS

    crítica de Lobezno inmortal | The Wolverine, James Mangold, 2013

    Seis entregas mutantes después, y con algo más de un decenio superheroico tras de sí, Hugh Jackman no encuentra motivos para desvincularse de la presente franquicia. Aunque existen algo más que razones de peso para decir adiós (o "sayonara", pero sin "baby") a un personaje destrozado desde todas las vertientes. Nunca había sido un imán infalible, pero ello tampoco presagiaba que su primera incursión como protagonista en pantalla gigante le supondría el harakiri cinematográfico. De manera prematura y letal. Y sin honor, que dirían los samuráis. Nada definitivo, supongo. Que no cunda el pánico: tragamos con ruedas de molino y la fiesta no ha hecho más que empezar; lo intuyen los estudios y las revistas-sucursales que se ríen de sus lectores. Que no cunda el pánico: Lobezno es mucho Lobezno. Y el actor australiano, sabedor de que su imagen viaja intrínsecamente unida al indómito icono con esqueleto de adamantium y, por tanto, a una personalidad tan impermeable como amnésica, se ha contruido en paralelo otra carrera en la que éxito económico y bagaje artístico —véase Los miserables— conviven en una canción. Además de ser guapo, elegante, atractivo y un intérprete con hechuras para alternar comedia con drama, Jackman posee la mejor virtud: o sea, la inteligencia para ganarse el necesario afecto del público. Le basta una sonrisa; le consagró al fin una ceremonia de los Oscars en donde presentó -partitura musical mediante- a los vencedores de aquel curso cinematográfico. Sin duda, Jackman irradia el brillo del galán clásico, esa clase de estrella ya desaparecida (o extemporánea) dentro de una industria que fabrica productos y, de tanto en tanto, actores con personalidad o sello propio. Sea cual sea la recepción en taquilla de Lobezno inmortal, sean cuales sean las opiniones derivadas de un filme aparatosamente rancio e insípido, Jackman quedará libre de sospechas. Entrará a formar parte de una no poco triste lista de damnificados.

    Hay quienes apuntan que "Hollywood no tiene ideas", que la moda del remake o del spin-off o de la precuela de la secuela del crossover responde exclusivamente a la carencia de historias; que el pozo se ha secado en California. Yo, en cambio, difiero de esta opinión: Hollywood no padece ninguna crisis de ideas, sino que ha absorbido y refleja arista por arista todos los males de un sistema de producción hipertrofiado. El caramelo se antoja delicioso, magnífico desde todos los ángulos, pero su relleno apesta a infección. En realidad, Hollywood nunca ha sufrido tal crisis. Incluso cuando se habla de una evidente fuga de cerebros hacia la televisión, se omite la evidencia: la idea, es decir el sustrato argumental, es potente; su desarrollo, no. Hablamos, efectivamente, de una crisis mucho más seria. Los productores no quieren ofrecer a su espectador potencial un producto ágil, novedoso —aunque sea en apariencia—, inteligente, emocionante, conmovedor y entretenido. Quieren desplumarlo, sin más. Ellos saben que están vendiendo humo, pero el humo también tiene su público de no fumadores. Y ahí Lobezno inmortal se erige en modelo ejemplarizante de un modelo industrial acabado, lleno de ideas pero sin argumentos. Y ni Christopher McQuarrie (The Tourist y Jack Reacher, guionista insospechado donde los haya) ni Mark Bomback han conseguido vacunarse contra ese virus, ofreciendo así una historia sin garantías de permanencia en la memoria colectiva friki. Aunque en contraposición a este hecho, podemos hablar del paradójico éxito de una película que supera (por poco) a su mediocre antecesora, lastrada también por unos personajes mal concebidos que apenas transmitían algo de nervio, el identificable esplendor que sí confiere la imagen secuencial. Es decir, el cómic. Con o sin grises, pero siempre lleno de puntos de fuga que desembocan en peligros, en ilusorias manifestaciones de ese mal antagónico que, tarde o temprano, responderá a los esquemas propios del folletín moderno, que funde el maniqueismo con los dilemas del héroe en cuestión.

    por Anónimo
    julio 23, 2013

    Crítica | Lobezno inmortal

    por Anónimo | julio 23, 2013
    Super, de James Gunn

    CRIMSON BOLT, HÉROE DE SALDO

    crítica de Super | James Gunn, 2010

    En medio de la vorágine que estamos viviendo entre tanta superproducción hollywoodiense que se apunta a la moda de los héroes de cómic, varias películas independientes han sabido, en mayor o menor medida, subvertir sus normas para ofrecer algo completamente distinto. Filmes como Defendor (2009) o Especial (2006) nos mostraron a tipos corrientes –tirando a grises, todo hay que decirlo– que por alguna razón, a pesar de carecer de poderes especiales, se sentían capacitados para impartir justicia en las calles, embutidos en los atuendos más vergonzosos que cabría imaginar. Estos dos títulos, protagonizados por Woody Harrelson y Michael Rapaport, respectivamente, presentaban a unos personajes maltratados por la vida, para los que estas supuestas “heroicidades” suponían la única válvula de escape posible para seguir adelante con sus vacías existencias. Con Super, el cómico Rainn Wilson, muy popular por la serie The Office o sus apariciones en el mítico Saturday Night Live, es el último intérprete en sumarse a este grupo de perdedores con su papel de Frank Darbo, un pobre diablo que pasa sus aburridos días cocinando hamburguesas en un antro de mala muerte. Al igual que le sucedía a Forrest Gump con su amada Jenny, Frank tiene idealizada a Sarah (Liv Tyler), su ex alcohólica y drogadicta esposa, que únicamente siente gratitud y lástima por él. Cuando la mujer se marcha con Jacques, un peligroso traficante de drogas (genial Kevin Bacon), el abandonado esposo sufre una extraña alucinación en la que es tocado por “el dedo de Dios”, convirtiéndole en elegido para servirle en la Tierra, luchando contra el mal que amenaza en cada esquina. Desde ese momento se convertirá en un anónimo vengador que pondrá en jaque a los maleantes de la ciudad, causando controversia entre la población. Y como todo héroe debe tener un compañero, Rayo Escarlata –que así se hace llamar–, recluta a Libby (Ellen Page), la joven dependienta de una tienda de cómics que, bajo la identidad de Rayito, le ayudará a repartir leña a diestro y siniestro.

    por José Martín León
    julio 02, 2013

    Crítica | Super

    por José Martín León | julio 02, 2013
    El hombre de acero

    EL HOMBRE DE VITRUVIO

    crítica de El hombre de acero | Man of Steel, Zack Snyder, 2013

    Lejos, muy lejos. Donde se forjan los mitos como Superman. Allí comenzaba la poética historia de Grant Morrison acerca del héroe sempiterno. A un minuto de la extinción, contemplada por los “científicos desesperados” de un “planeta moribundo”, desde donde partiría la “última esperanza”. Kal-El, hijo de Jor-El. ¿Destino? La Tierra. Kansas, concretamente. Un imán de tornados en el cinturón agreste de Smalville, hogar de Clark Kent (nombre terrícola del mencionado Kal-El), y escondite del penúltimo vestigio del planeta Krypton. La nave superó la barrera del sonido, se tornó bola de fuego justo antes de atravesar las sucesivas capas de gases y chocar estrepitosamente contra los pastos de una granja cualquiera. Y digo “cualquiera” porque sus dueños eran dos humanos del montón, cariñosos y humildes, dentro de un paréntesis que encerraba juegos de supremacía con especies. Así, el muchacho debía crecer como uno más, aun a sabiendas de que nunca formaría parte del Grupo, o al menos no de manera natural, pasando desapercibido. Su verdadera indumentaria llevaba una “S” cosida al pecho, una mayúscula “S” mayúscula que con la que debía cambiar el mundo, quizá desde las alturas o a ras del asfalto, mediante su visión de rayos-x y su hipervelocidad y su fuerza hercúlea y su láser rojo candente. Tras concluir los años de instituto, entraría a la universidad para estudiar periodismo, con la intención de proporcionarse un álter ego medianamente creíble, y demasiado torpe, pero en posesión del inefable don de la ubicuidad: por algo casi siempre llegaba frenético a los sitios. Clark se movía por la redacción con la elegancia de un pato bisoño. Por entonces ya se había convertido en leyenda. Ninguna amenaza —antiguos golpistas krytonianos, hordas de bizarros atraídos por las fuerzas gravitatorias, devoradores de soles, fracturas en esa complejidad llamada espacio-tiempo, monstruos futuristas, Narcisos dictadores, etcétera— supo contrarrestar el elemento más desconocido de este superhéroe con mallas azules y calzón y capa rojos: su orgullo, su madera de salvador endémico. Superman era (es) insólitamente humano, porque no es inmortal. Aunque su talón de Aquiles, o sea la kriptonita, dejó de dañarle, según la argumentación del chamán Grant Morrison. ¿Cuáles son los límites del hombre de acero? ¿Acaso no tiene claroscuros? Sí, y no. Ahí reside parte de su encanto. En el espíritu libertario que sólo conceden las viñetas.

    por Anónimo
    junio 21, 2013

    Crítica | El hombre de acero

    por Anónimo | junio 21, 2013
    Iron Man 3

    LATÓN

    crítica de Iron Man 3 | Shane Black, 2013

    La Navidad cayó en manos de las oligarquías económicas. En realidad siempre perteneció a los bolsillos más ostentosos, a la misma fauna elitista que nunca, nunca habla de “pérdidas humanas”. Sucede que todos los días es Nochebuena, pero sin protocolo ni pompa. Año Nuevo en Suiza. Año 2000. Sorprendentemente para algunos agoreros, el Fin del Mundo era mentira: éste ya se había acabado mucho antes. El superhéroe, cuya perilla responde al trazo nostálgico de las viñetas, es un genio extasiado por su don, un epicúreo del capitalismo, un cínico deslumbrante y triunfador entre las mujeres. Cualquier bebida sabe a gloria cuando la disfrutas junto a Rebecca Hall. Rico y de hierro, por algo le llaman Iron Man: su nombre aparece en las publicaciones que reciclan permanentemente a la jet set. Su álter ego, Tony Stark, preside el mayor emporio tecnológico del mundo, cuyo éxito le ha granjeado tantas amistades como enemigos, alianzas con Los Vengadores y batallas —tiempo al tiempo, será cosa de unos pocos años— casi interestelares. Irradia felicidad antes de subir a la habitación de ese hotel, aislado del frío invernal de Suiza. Él y su acompañante hablan de experimentos científicos; al parecer, la ecuación no ha sido resuelta todavía. Es imperfecta. Estalla, literalmente. Ella viste lencería roja. Al amanecer, él se escapa (no sin antes dejar una tarjeta sobre la mesilla) como si fuera Errol Flynn, pero sin balcones canallas que sublimen. Por la puerta. Un tío mundano. “Sabes quién soy”, anuncia desprovisto de agradecimiento el mensaje. Corte. Ahora es presente de indicativo. Los vídeos muestran a un yihadista sin guerra santa, rasgos vagamente orientales, lejos de la turbina del Imperio. Muy lejos de Occidente, aunque a un palmo de Europa. El Mandarín es un terrorista que hace cosas de terrorista: atenta contra inocentes, porta armas de alto calibre y amenaza con tono grave. Y disculpen, casi lo olvido. Hay un tercero en discordia. Se quedó en los Alpes, o en la azotea del hotel esperando a Tony Stark, que no apareció por chulería, tal vez por vacilar a ese feo giboso.

    por Anónimo
    abril 25, 2013

    Crítica | Iron Man 3

    por Anónimo | abril 25, 2013
    Superman: la película, de Richard Donner
    ¿ES UN PÁJARO? ¿ES UN AVIÓN?...
    Superman: la película | Superman: The Movie, Richard Donner, 1978

         Hay que reconocer que en los últimos tiempos, el cine le ha tomado el pulso al arte de trasladar a los superhéroes de las viñetas a la gran pantalla. Pese a unos pocos fallidos intentos -Spawn (1997), Daredevil (2003) o Catwoman (2004)-, el nivel general de las últimas propuestas de este subgénero ha sido bastante notable. Desde el tríptico sobre Batman, magistralmente dirigido por Christopher Nolan a la imprescindible saga sobre los X-Men, pasando por Iron Man, Thor o El capitán América -todos reunidos en la estupenda Los vengadores (2012)-, hemos asistido a una mejoría de este tipo de guiones que, aun siendo blockbusters diseñados para arrasar en las taquillas, han sabido equilibrar a la perfección el espectáculo con ciertas ambiciones artísticas. Pero he de confesar que, por mucho que hayan avanzado los efectos especiales o por mucha trascendencia que se le quiera dar a estas películas, una obra que siempre tendrá un puesto de honor en mi corazoncito cinéfilo es esta Superman (1978), de Richard Donner.

    por José Martín León
    febrero 10, 2013

    SESIÓN DOBLE | SUPERMAN (1978)

    por José Martín León | febrero 10, 2013
    Crítica Dredd Dredd review
    JUSTICIA, UN NEGOCIO PARA INJUSTOS
    Dredd (Pete Travis, 2012)

    Aseguran que es Juez, Ejecutor y Verdugo. Así, con la primera letra en mayúscula. “Yo soy la Ley”, anuncia sin ápice de modestia. Con la primera en mayúscula, por supuesto. Recordemos, no obstante, que Juez Dredd –creado por el guionista John Wagner y el dibujante Carlos Ezquerra hace treinta y cinco años– es un popular cómic británico cuya primera aparición se remonta a las páginas de la revista 2000 AD, una publicación dedicada al mundo de la historieta. Allí, en un mundo asolado por el crimen y la delincuencia más o menos organizada, unos pocos jueces imponían su particular castigo a golpe de pistola, o lo que fuera necesario en cada momento. La civilización, reducida a los infranqueables muros que se levantaban de este a oeste de los Estados Unidos, en una Mega–City de construcciones megalómanas y estética cyberpunk, se veía abocada a un fracaso institucional absoluto.

    por Anónimo
    septiembre 07, 2012

    DREDD (PETE TRAVIS, 2012)

    por Anónimo | septiembre 07, 2012

    EXPRESS: TEASER TRAILER DE MAN OF STEEL

    por Emilio M. Luna | julio 23, 2012
    The Dark Knight Rises review
    'El Caballero Oscuro: la leyenda renace', cierre de la trilogía creada por Christopher Nolan
    EL CINE CLÁSICO DEL FUTURO
    El Caballero Oscuro: la leyenda renace (The Dark Knight Rises, Christopher Nolan, Estados Unidos, 2012)

    Ya está. Se acabó. Adiós al Batman de la trilogía más improbable del último decenio. Ha sido el final menos definitivo entre todos los finales. Anhelada como la obra de un visionario –Christopher Nolan–, el tercer episodio cumplió con las expectativas. Sin duda, el temido hype, inflado desde los estudios de Warner Bros., provocará sensaciones encontradas, debates de espuma y saliva, enfrentamientos entre gafapastas enardecidos por sus febriles tesis. El caballero oscuro: La leyenda renace debía ser el termómetro del periodo estival cinematográfico: en un páramo de cintas infumables, estaba llamada a eliminar todas las sospechas generadas por una industria renqueante. Con ese identificable porte que evoca a un jefe normando posmoderno, el inglés Christopher Nolan es la respuesta natural a una industria necesitada de inventiva y personalidad. Aspectos que el realizador de Memento –un soberbio ejercicio de deconstrucción narrativa en base a la antitrama–, casi siempre ataviado con su traje oscuro, supura de manera automática. Y ese maquillaje casa inmejorablemente con su psicología: es un tipo ajeno a la pose. Las inquietudes que se filtran en su mapa audiovisual podrían ser las de cualquier escritor taciturno o filósofo melancólico. Desde Following –su debut como director de un largometraje– hasta El caballero oscuro, pasando por El truco final (El prestigio) y Origen, se ha mostrado como un cineasta de fondo, un director de orquesta casi operística. Es decir: una bicoca para los grandes estudios hollywoodienses.

    Educado en el seno de una familia de raíces moderadamente anglosajonas –su padre es inglés y su madre estadounidense–, pronto comenzó a alternar sus estudios de literatura inglesa en la University College de Londres con la realización de varios cortometrajes. No obstante, con apenas siete años ya hacía sus primeras incursiones en el mundo del Súper 8. Era cuestión de tiempo –y unos gramos de suerte– que su talento comenzara a despuntar y, por ende, a llamar la atención de los productores. Y, sin embargo, tardó algunos años en cruzar la delgada línea que separa el circuito independiente del comercial. Las señas de identidad de Nolan poco tenían que ver con las de otros autores de perfil bajo: su ambición, su pretenciosidad impedían que él y su hermano, Jonathan Nolan, interpretaran el cine como un vehículo para las historias sencillas y lineales. En su mente latía esa intensidad nerviosa que hace sublimes a los aparentemente notables, el doodlebug –título de su cortometraje más famoso– infinito, el recuerdo sin memoria, el juego formal que tanto gusta a sus seguidores. En 2003, justo después de reunirse con David S.Goyer, un guionista enamorado de los cómics y voz muy autorizada en el terreno de la ciencia–ficción, la posibilidad de rescatar a Batman de las fétidas aguas en que le había sumido Joel Schumacher se hizo más sólida. Y a cuatros manos escribieron el libreto de Batman Begins, un regreso a los orígenes de la leyenda, que utilizaba sus gadgets y su firme convencimiento de héroe trágico para frenar la escalada del crimen en aquella ciudad llamada Gotham.

    por Anónimo
    julio 18, 2012

    EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE

    por Anónimo | julio 18, 2012
    The Amazing Spider-Man
    Peter Parker (Andrew Garfield) y su primer amor, personificado en Emma Stone, eje de The Amazing Spider-Man
    REDES INESTABLES
    The Amazing Spider-Man (Marc Webb, Estados Unidos, 2012)

    ¿Les suena aquella cita de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”? La pronunciaba un anciano durante una intensa aunque breve conversación con su sobrino huérfano, un flacucho y amante de las ciencias que, de vez en cuando, sufría bullying en el instituto. Con esa sencilla frase, Stan Lee y Steve Ditko –creadores de Spider-Man– justificaban la existencia del superhéroe de clase obrera, un tipo decidido a plantar cara a los malos, a cualquier encarnación del mal que pusiera en peligro a los viandantes de Nueva York. Desde allí, al filo de una recta cornisa, o adherido a las fachadas de los rascacielos, ese joven hacía resonar la filosofía, tal vez el mantra de corte industrial de su tío Ben, muerto a manos de un delincuente de baja estofa. Parte de esa culpa se tornaba en fuerza y tenacidad, aspectos que Spiderman proyectaba (con mayor o menor calado) en cada viñeta, en blanco y negro o a color, dependiente del trazo de John Romita Sr. o su hijo, del mismo nombre pero con el revitalizante “Jr.” al final, en una época gris inmediatamente posterior al 11–S, cuando Marvel se instó a una especie de reseteo con todo su catálogo de héroes, bajo la línea Ultimate. Los guiones de Brian Michael Bendis aportaron un aire flamante al superhéroe arácnido, enmarcando a su álter ego, Peter Parker, en un mundo translúcido con un reverso que exploraba –una vez más, aunque de manera loable– las aristas de la tragedia mainstream.

    por Anónimo
    julio 06, 2012

    THE AMAZING SPIDER-MAN (MARC WEBB, 2012)

    por Anónimo | julio 06, 2012
    LLOVIENDO GOLPES

    Confieso que empecé con Marvel por el final. Uno de los primeros cómics que me regalaron de esta famosa Casa de las Ideas –y factoría de sueños pop– se titulaba Encrucijada, y sus protagonistas eran un grupo de superhéroes que se habían reunido para salvar al mundo de un terrible peligro: en esas páginas tenía lugar una batalla épica que excedía lo humano, en un caos de luminarias protectoras que siempre (y esto es muy importante para comprender la esencia del hombre y/o mujer enmascarados), pasara lo que pasase, velaban por nuestra seguridad. En cierta manera, aquellos antiguos héroes de la mitología habían roto la barrera del tiempo para trasladarse al siglo XX, en mitad de un cambio socio–político eterno, que descubría la personalidad del personaje en cuestión.

    Marvel ofrecía un universo repleto de aventuras, epopeyas en la Gran Manzana de Nueva York, bajo tierra o sumergidos en agua, a través de viajes interestelares y voces científicas que hacían de su profesión algo inteligible para todo tipo de lectores. Esos caracteres encontrados se hacían llamar Los Vengadores y trabajaban bajo la batuta de Nick Furia, el director de la agencia Shield. Aunque decir que un (semi)dios como Thor o un arrogante genial de la talla de Tony Stark (Iron Man) trabajan para alguien no encaja con su estilo bárbaro y chic, respectivamente. Aquel fino tomo de apenas sesenta páginas me descubrió a Los Vengadores cuando aún podías ir a un quiosco con la certeza de encontrar las novedades en formato serial. Por supuesto, estabas obligado a acudir periódicamente a tu cita con Spider–Man, los X–Men (conocidos por el nombre de Patrulla X, aunque al parecer dicho apelativo dejó de ser cool), Daredevil, Los 4 Fantásticos, etcétera. Sin necesidad de considerarte un chaval disfuncional, acaso un estereotipo que vive marginado, aislado en una caverna de páginas entintadas cuyo olor colocaba al más tolerante con las drogas. Con el tiempo, los quioscos del barrio dejaron de vender un producto que no rentabilizaban: los periódicos habían comenzado a ofrecer interminables colecciones a cambio de fidelidad; las revistas copaban casi todo el mercado. ¿Tebeos? ¿Para qué? Los niños ya no leen álbumes de Mortadelo y Filemón. Prefieren el éxtasis de una buena videoconsola, o la trascendente prosa de la etiquetas del champú, supongo. Así que, el tebeo mensual quedó relegado a las tiendas especializadas (que están ahí desde siempre), donde se dan cita frikis y gafapastas, quienes han convertido la palabra cómic en un concepto casi elitista. Ahora sacan recopilatorios a precios prohibitivos, porque no existe la ilusión de seguir una historia como antaño: llegas a la Fnac, buscas la sección de cómics y encuentras cientos de títulos perfectamente ordenados, infinitas novelas gráficas sobre ideas tan peregrinas como inclasificables (esto distingue mucho). La industria se ha atomizado y el lector, más cómodo –y aburrido– que nunca, busca febrilmente el impacto de la cantidad y la calidad reunidas en un solo tomo.

    The Avengers
    Thor, Ironman y Capitán América en una interesante toma de contacto en Los Vengadores
    El cine, a su manera, es una forma de expresión que ha intentado condensar las historias de las viñetas en pocos episodios, sin ánimo –tal vez por los cambiantes gustos del público– de alargar la presencia de los superhéroes en la gran pantalla. Desde comienzos de la pasada década, Marvel y su principal competidora, DC Cómics, se disputan el trono. Ambas han obtenido un importante rédito, ya sea con trilogías (Spider–Man y X–Men en el caso de Marvel) o sagas (Superman y el Batman de los noventa en DC), reboots o secuelas. Sin embargo, los chicos de Stan Lee llevan varios años intentado encontrar su Christopher Nolan particular, un director que le ha brindado a DC la adaptación más extraordinaria de un cómic, tomando al Batman oscuro de Frank Miller y Jeph Loeb con un instinto cinematográfico y un rigor abrumadores. Ni siquiera la impecable adaptación de Watchmen –dirigida por Zack Snyder– alcanza el nivel de El caballero oscuro. Es lógico, pues, decir que Marvel está en clara inferioridad frente a su antítesis.

    Tras convertirse en la productora de sus películas hace apenas cinco años (antes dependían única y exclusivamente de las majors para sacar adelante sus proyectos), Marvel experimentó una leve mejoría, aunque insustancial: continúa marcada por los claroscuros de una filmografía que mezcla lo ridículo con lo notable, oscilando entre el inquietante registro del Hulk de Ang Lee y la ineptitud de Elektra; la falla argumental de Los Cuatro Fantásticos y el notable Thor de Kenneth Branagh. Visto el triunfo probablemente irrepetible de la trilogía de Batman (la tercera y última entrega, The Dark Knight Rises, se estrena en España el próximo 20 de Julio), los ejecutivos de Marvel decidieron reunir a sus estrellas. O sea, Los Vengadores. Iron Man, Capitán América, Thor, Hulk, Viuda Negra y Ojo de Halcón. Y por supuesto, Nick Furia.

    Nick Fury, The Avengers
    Nick Furia es el líder de este grupo de superhéroes que hicieron su primera aparición en los cómics en 1963
    Dirigido y escrito por Joss Whedon (Firefly), este crossover inflamable bebe de los Ultimates de Mark Millar, un autor de cómics cuya revisión del celebérrimo grupo de superhéroes sirvió de revulsivo a unos personajes en letargo, muertos dramáticamente por culpa de la escasez de ese bien del que tanto presumía Marvel: ideas. La línea Ultimate –detonante de una propuesta argumental que desembocó en un baile de tramas y subtramas paralelas recogidas bajo el título de Civil War– ha absorbido a un número de personajes estilizados en su forma y, sin embargo, dotados de humanidad, con dones (o maldiciones) que los capacitan para enfrentarse a la amenaza que nos muestra el filme: el robo de una artefacto que proporciona energía ilimitada a manos de Loki, el hermano de Thor. Suficiente motivo para que Nick Furia, interpretado modélicamente por Samuel L. Jackson, llame a los tipos que ha perseguido –a lo largo de los créditos de varias pelis– durante mucho tiempo. Y lo que nos regalan es un espectáculo visual sin concesiones, amparándose en un pulcro guión que entremezcla cual cóctel agridulce el sarcasmo y el punch del blockbuster. Asimismo, reunir a semejantes egos y hacer que encuentren su espacio en la historia y, por tanto, en pantalla, es difícil. Y podría decirse que Whedon halla un equilibrio si no perfecto, sí meritorio. Sin llegar a emocionarme en ningún momento, reconozco la adecuada vocación mainstream de estos sofisticados Vengadores, cuyo Dr. Jekyll y Mr. Hyde, o sea Bruce Banner y Hulk adquieren el cuerpo y la voz de Mark Rufalo, quien rezuma fuerza y estilo a partes iguales. Como un tal Robert Downey, cuyo personaje –el multimillonario Tony Stark– viste una armadura que se erige como una de las prendas pop más atractivas del celuloide.

    Y es que, ellos dos reúnen todo el carisma que le falta al villano, quizá la peor inclusión de la historia: Loki es un títere que no provoca inquietud. Sabes que esos superhéroes podrán acabar con su afeminado oponente, que entre risa y risa (los mejores golpes de efecto residen en el sarcasmo) no habrá catarsis emocional, que es una llamada al showtime. Cine palomitero de alto calibre. Con más testosterona que estrógenos: el sugerente escote de la Viuda Negra (Scarlett Johansson) no rivaliza con el número de planos dedicados a los bíceps del Capitán América (Chris Evans) y Thor (Chris Hemsworth), que en realidad sólo está de paso. Porque su hermano (“es adoptado”, anuncia seca pero graciosamente) quiere acabar con sus amigos terrícolas.

    Captain America and Thor, The Avengers
    Thor & Capitán América mano a mano por la supervivencia del planeta en un fotograma de Los Vengadores
    Los Vengadores gana en detalles. No es admirable por su total, sino por ciertos golpes de efecto –casi siempre humorísticos– que caen a machete en busca de la risa. Probablemente el mejor instante del filme sea cuando Loki le grita enardecido a Hulk que es un Dios y este segundo responde cogiéndole de una pierna y golpeándole rabiosamente contra el suelo, describiendo círculos en el aire, como un lanzador de martillo que se vuelve loco y estalla. Inmovilizado y con la espalda rota (un ligero contratiempo, ya que sus poderes son supremos), Loki masculla entre dientes. Y Hulk concluye: “Un dios canijo”. Ahí, en ese sencillo instante de ira desatada, se descubre el friki que llevamos dentro. Y no hace falta nada más. Tan sólo proyectar nuestros instintos más primarios en un nervio de 3,5m. Malos tiempos para las fábulas de superhéroes. “El mundo se está llenando de gente invencible”, afirma Nick Furia. Quiero pensar que se refiere a los políticos, a Emilio Botín, al embriagador olor del dinero. No. La respuesta está después de los créditos finales.

    Separador
    Imdb The AvengersPor Juan José Ontiveros

    Leo, escribo, a veces pienso.
    El cine es totalmente subjetivo.
    Decía Hitchcock que "son 400 butacas que llenar".
    En esas butacas, además, puedes ver clásicos como Johnny Guitar.

    Edición por Emilio Luna
    Special Message from Johnny Lang

    Separador
    por Anónimo
    abril 27, 2012

    LOS VENGADORES (THE AVENGERS, 2012)

    por Anónimo | abril 27, 2012
    Captain America PosterJOIN THE ARMY

    "Mediocre e insatisfactoria recreación del héroe americano de Marvel, lastrado por una pobre realización y un escuálido guión que echan por tierra un más que buen inicio."

    El capitán Steven Rogers nació en 1941 de las manos de Jack Simon y Joe Kirby. Creado cómo instrumento propagandístico americano durante la II Guerra Mundial, perdió fuerza y popularidad con el final del conflicto. El “Capitán América”, símbolo del reclutamiento previo al desembarco en el viejo continente, tuvo una infructuosa segunda oportunidad durante la Guerra Fría cómo cazador de comunistas. Bajo el pincel de Stan Lee, en 1964 retornó de manera renovada y despojado de cualquier elemento nacionalista cómo combatiente de la injusticia. Es el personaje que hoy conocemos y que lidera a Los Vengadores (The Avengers). Tras unas paupérrimas producciones creadas en 1979 (dos partes dirigidas por Rod Holcomb e Ivan Nagy) y 1990 (Albert Pyun), el líder vengador vuelve a la pantalla cómo otra de las piezas del inminente gran proyecto de Marvel. Capitán América (Captain America, Joe Johnston, 2011), siguiendo los pasos de Thor (Kenneth Branagh, 2011), arribó este verano a Europa.

    Este modelo cinematográfico, escalonado y ambicioso, ya nos había dejado sus primeras muestras con las entregas de Ironman (dos partes) y El increíble Hulk (The Incredible Hulk, Louis Leterrier, 2008). Filmes de idéntico esquema pero diferente resultado. Un resultado que alejado de frescura deja películas de buena calidad técnica pero escasa profundidad y calado. Marvel, en cada una de sus creaciones ha repetido idéntico patrón. Algo que con el paso de los años y el incremento de cintas de la franquicia puede llegar al hastío y el fracaso. Thor prometía ese giro de calidad necesario, pero en definidas cuentas se queda en una mera introducción de un excelente personaje. Algo que ocurre con Capitán América. Una presentación envuelta en una producción de lujo pero hueca en su interior. Un pequeño paso atrás para Marvel con un largometraje que, si bien resulta entretenido, no deja demasiadas impresiones positivas.

    Chris Evans and Hayley Atwell in Captain AmericaAlgo que no auguraba su inicio. Capitán América comienza con un atractivo y carismático personaje, el enclenque Stevie Rogers (un digitalmente metamórfico Chris Evans), revestido por una excelente ambientación de la América post-depresión. Un prólogo muy digno que nos hace aventurar una sólida e intrépida historia. Tristemente eso no ocurre y a medida que Rogers (ya cómo un circense Capitán América) va encontrando su lugar en la historia, el filme va perdiendo fuelle hasta convertirse en un mero esquema. Ya poco importan los trabajados diseños conceptuales, el toque de aventuras clásicas y un acertado protagonista, la trama decae en el momento más importante y no existe gancho alguno al que pueda aferrarse. Quizás por un pésimo guión, el poco tino del siempre solvente Joe Johnston o ciertas prisas (en post-producción) del estudio por cumplir sus fechas previstas.

    La acción afluente del nudo de historia que se centra en la actividad del héroe en territorio enemigo se aglutina en tan sólo unos largos minutos. Una conjunción de escenas mal montadas que más que aturdir logran desinteresar por completo. Desacertada elipsis que busca captar el aroma del cómic pero que no lleva consigo ningún tipo de empatía. Su parte final es otro calco del resto de entregas de la franquicia; acción heroica y un intento desesperado de captar el corazón del espectador con el consiguiente parche en forma de romance. Eso sí, todo hilado perfectamente, pendiente de ese gigantesco epílogo que buscará Marvel con The Avengers. Mucho trabajo para un Joss Whedon que contará con un nutrido grupo de interesantes personajes. En 2012 lo sabremos.

    Captain America
    Del Capitán América nos queda un efectivo Chris Evans que, cómo ocurría con Chris Hemsworth (Thor), es un gran acierto de casting. Para su mala fortuna, ni Johnston es Branagh ni el guión de Christopher Markus y Stephen McFeely cumple los requisitos necesarios para un producto de estas características. Una película de verano. De un solo verano.

    Lo Mejor: Chris Evans. Su primera media hora. La ambientación.

    Lo Peor: Desarrollo y montaje infantiles. La esquemática representación de las escenas de acción.

    Puntuación: 4,9/10 CINE USA 2011/CÓMIC/MARVEL.
    por Emilio M. Luna
    noviembre 09, 2011

    CAPITÁN AMÉRICA (CAPTAIN AMERICA, 2011)

    por Emilio M. Luna | noviembre 09, 2011

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