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    James Mangold
    James Mangold
    || Críticas | ★★★★★
    A Complete Unknown
    James Mangold
    Una canción detrás de otra


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2024. Título original: A Complete Unknown. Director: James Mangold. Guion: James Mangold, Jay Cocks. Productores: Michael Bederman, Fred Berger, Alex Heineman, James Mangold, Andrew Rona, Timothée Chalamet, Bob Bookman. Productoras: Searchlight Pictures, The Picture Company, Range Media Partners, Veritas Entertainment, Big Indie Pictures, TSG Entertainment. Fotografía: Phedon Papamichael. Música: canciones de Bob Dylan. Montaje: Andrew Buckland, Scott Morris. Reparto: Timothée Chalamet, Elle Fanning, Edward Norton, Monica Barbaro, Dan Fogler, Eriko Hatsune, Scott McNairy.

    Bienvenido sea el fracaso de Indiana Jones y el dial del destino (Indiana Jones and the Dial of Destiny, 2023) si ha servido para devolvernos al mejor James Mangold. Un director que, ya sea con poco o mucho presupuesto, en forma de comedia, thriller o acción superheroica, sabe hablar endiabladamente bien de un asunto: la necesidad de vivir siendo fiel a uno mismo. Y por consiguiente, de la semilla de resentimiento que esta decisión deja en quienes se aferran al miedo y mascan su patetismo. Este hilo invisible cose películas en apariencia tan disímiles como Kate & Leopold (2001) y Logan (2017) o Inocencia interrumpida (Girl, Interrupted, 1999) y Le Mans ’66 (Ford v Ferrari, 2019). Historias de personajes que se han atrevido a matar no solo al padre, sino también a sus amigos y a sus amantes. A ser ellos mismos, con todas las consecuencias, mientras buscan su no-lugar en el mundo.

    Si eliminásemos todo lo que ocurre entre la primera y la última escena de A Complete Unknown, crónica de los primeros años de la andadura musical de Bob Dylan, en Nueva York, hasta la publicación del álbum Highway 61 Revisited (1965), esta idea quedaría meridianamente clara. Nos perderíamos, eso sí, una de las cintas más complejas, sólidas y hermosas que ha dado el cine norteamericano en los últimos años. Una canción, ya que hablamos de Dylan, con una letra muy suya, porque alaba las virtudes del individuo. Y a la vez muy nuestra, de todos, ya que apunta directa al corazón del desengaño, ese día, ese momento en que nos faltó valor para aceptar que algo se había terminado. Una etapa, una amistad, un amor… Pero por las razones adecuadas, porque eran estaciones de tránsito en la búsqueda de nuestra identidad.

    Algunas voces críticas han señalado ciertas inexactitudes en la biografía de Dylan. Nunca faltan los biógrafos sin libro. A mi entender, poco importa si Mangold y Jay Cocks, su coguionista, han omitido o desvirtuado ciertos detalles relativos a los inicios del cantante y compositor de Duluth (Minnesota). El propósito de un biopic no es levantar acta notarial de una vida, sino utilizar sus luces y sombras como relato ejemplar de una verdad. En este caso, que la paz interior, la auténtica libertad, tiene un precio. Justamente aquí descarrilaba Maria Callas (Maria, Pablo Larraín, 2024), por el afán ciego de su director en dramatizar una vida, no una historia. A Complete Unknown camina en la dirección contraria, como por cierto hacían Dylan y Suze Rotolo en la icónica portada de The Freewheelin’ Bob Dylan (1963). Esta es la clase de detalles que distinguen a un cineasta, Mangold, que entiende el valor simbólico de los mitos.

    Como las obviedades se ven y se cuentan solas, no quiero malgastar palabras comentando el magnífico tono de todos y cada uno de los intérpretes que salen en pantalla. Hasta nueva orden, el cine es de los actores, y aquí hay talento a mansalva. Sin embargo, me gustaría detenerme en lo que hace Scott McNairy, en la piel de un moribundo Woody Guthrie. La desesperación de su mirada, el rictus desencajado, su pecho hundido, las manos como garras, sus balbuceos. Todo él compone la viva imagen de un hombre al que la enfermedad le ha arrebatado su único bien: la música. Todo él encarna la peor pesadilla de cualquiera de nosotros: el olvido. Las escenas que protagoniza tienen además un significado esencial en la estructura del guion. Guthrie abre y cierra la historia de Bob Dylan como un personaje en busca de autor.

    Hay un gesto conmovedor que resume esta relación: la mano de Timothée Chalamet sobre el cabello desmadejado de Scott McNairy, en su último encuentro. Afecto, piedad, ternura, gratitud, soledad, abandono… Mangold conduce con mano maestra la película hasta este instante de belleza y tristeza infinitas. Una imagen en la que coinciden el ascenso de una estrella y el declive de otra, el discípulo audaz y el maestro temeroso, el hijo que se va y el padre que se queda. La vida y la muerte. A Complete Unknown le devuelve de esta manera el reflejo a su película-espejo, A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, Joel y Ethan Coen, 2013), en la que un aspirante a músico comprendía que jamás lograría el éxito cuando asiste, por casualidad, a una de las primeras actuaciones de Bob Dylan. La revelación era trágica; el esfuerzo nada puede contra el talento.

    Si los Coen reflexionaban sobre la suerte de los rezagados y los malditos, Mangold hace lo propio con los tocados por la fortuna. Su retrato de la escena folk en los años sesenta no deja un palo sin tocar. De Pete Seeger a Joan Báez, pasando por Johnny Cash y Bob Neuwirth, la película trasciende el biopic al uso para erigirse en un ejercicio de memoria colectiva sobre aquella América convulsa de Martin Luther King, J.F. Kennedy y la crisis de los misiles de Cuba. El final de la infancia de un país que se había creído sus propias mentiras al término de la Segunda Guerra Mundial. Mangold muestra este contexto a través de los medios de comunicación, como una suerte de ruido blanco que se mantiene en segundo plano en la vida de los personajes. Acaso eso y no otra cosa sea la Historia. El protagonismo se lo otorga a la música y el papel que esta juega en nuestras vidas. Las historias de nuestra historia, en uno de los homenajes más inspirados que se recuerdan.

    A Complete Unknown no es una película musical, sino música en imágenes. Poesía que se balancea, acaricia y emociona. La dirección encadena temas y actuaciones con una ductilidad asombrosa, clavando cada plano y cada travelling de cámara, siempre con la iluminación adecuada y el punto justo de sentimiento. Nos creemos a Dylan, nos creemos a Báez, nos creemos a Seeger, nos creemos a Guthrie, incluso nos creemos a ese Dave Van Ronk medio agazapado en las calles de Greenwich Village no porque sus intérpretes estén inmensos, sino porque expresan con dolor la mayor tragedia del ser humano: el implacable paso del tiempo. Aquí se cifra la distancia con En la cuerda floja (Walk the Line, James Mangold, 2005) y, ya que estamos The Brutalist (Brady Corbet, 2024). No quedará nada de nosotros, salvo las lágrimas. ♦


    por Raúl Álvarez
    marzo 13, 2025

    Crítica | A Complete Unknown

    por Raúl Álvarez | marzo 13, 2025
    || Críticas | ★★☆☆☆
    Indiana Jones
    y el dial del destino
    James Mangold
    Me duele todo


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2023. Título original: Indiana Jones and the Dial of Destiny. Director: James Mangold. Guion: Jez Butterworth, John-Henry Butterworth, David Koepp, James Mangold. Productores: Candice Campos, Anthony Dixon, Simon Emanuel, Kathleen Kennedy, George Lucas, Frank Marshall, Blake Simon, Steven Spielberg, Nathan Woods. Productoras: Walt Disney Pictures, Lucasfilm, Paramount Pictures. Fotografía: Phedon Papamichael. Música: John Williams. Montaje: Andrew Buckland, Michael McCusker, Dirk Westervelt. Reparto: Harrison Ford, Phoebe Waller-Bridge, Mads Mikkelsen, Boy Holbrook, Ethan Isidore, Antonio Banderas, Toby Jones, John Rhys-Davies, Karen Allen.

    Esto se acabó en 1989, con la imagen de cuatro amigos cabalgando hacia el crepúsculo, en el que es probablemente uno de los mejores finales de siempre. Cuatro amigos que hoy, visto a posteriori, también podrían haber sido George Lucas, Steven Spielberg, Harrison Ford y John Williams, despidiéndose del último gran icono del cine de aventuras y también de una forma de entender y hacer cine que inauguró y cerró la década de los ochenta, de En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981) a La última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, 1989). Lo que ha venido después, con sus aciertos y sus errores, no es sino un mal remedo que pone de manifiesto los peores vicios del blockbuster contemporáneo; en particular, cuando la película en cuestión continúa o retoma una vieja saga. A saber: localizaciones magras y/o mal aprovechadas, excesos digitales para encubrir la orfandad de ideas, nostalgia mal entendida, reescrituras de guion con el rodaje ya en marcha, reshoots para tapar agujeros ¬–o aún peor, para satisfacer las impresiones de los primeros screen test con público–, dirección de fotografía plana, trabajo artístico sin atención a los detalles y confianza ciega en que el montaje solucione una dirección torpe y errática.

    Indiana Jones y el dial de destino se esmera en lucir cada uno de estos defectos, hasta el punto de que La calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, 2008) ya no parece tan mala. Veamos ejemplos concretos. Primero: el prólogo es una variación pobrísima del que abre La última cruzada mezclada con la secuencia en el castillo de Brunewald, también de esta película. Con una trampa además de mal jugador, ya que Mangold se arropa en la lluvia y en la noche para disimular unos VFX impropios de los casi 300 millones que ha costado la película. La tecnología deage que se aplica sobre el rostro de Ford es otro asunto para tratar. Puede funcionar, y funciona, en planos fijos. Pero en cuanto el rostro se vuelve expresivo a través de la gesticulación, el truco no da de sí. Ese no es Harrison Ford, es un avatar con ojos sin vida. Segundo: la acción está desligada de sus teóricos lugares de rodaje. ¿De qué sirve desplazarse a Escocia y a Sicilia si después no se presenta de manera conveniente cada escenario, la acción se fotografía con planos cerrados y se recurre al CGI para dotar de dinamismo unas escenas sin ritmo interno? ¿Y dónde está la perspectiva y la profundidad de campo? Es sangrante lo de Nueva York –que no es Nueva York, claro–, donde el desfile de los héroes del Apolo 11 se queda en un ejercicio de estudio lleno de cromas sobre los que después se han aplicado salvapantallas.

    Tercero: ¿qué pasa con la luz?, ¿de dónde sale?, ¿por qué cambia de intensidad cada dos minutos? ¿Es que nadie ha supervisado la escena de los tuk tuk en Tánger –que no es Tánger, claro–, donde hay al menos tres cambios de incidencia de la luz, de un amanecer despejado a un ocaso con nubes? ¿Y a quién se le ha ocurrido que la excusa para tal persecución sea un novio despechado de Helena (Phoebe Waller-Bridge)? Hablando de Helena. Cuarto: ¿a qué guionista o pareja de guionistas, porque hay cuatro, se debe la mala idea de transformar un personaje al principio tan interesante en una versión descafeinada de Marion? A partir de la llegada a Sicilia, la visten y la peinan igual que a Karen Allen en El arca perdida, y también la ponen a gesticular con los mismos mohínes. Eso sí, la corrección de Disney motiva que ni fume ni beba ni, desde luego, sea una mentirosa compulsiva. En esto también hemos retrocedido. Quinto y último, aunque podríamos contar hasta diez: se sabía que el primer final de la película contemplaba la «muerte» de Indy. El cambio de opinión se soluciona, literalmente, con un puñetazo ridículo que liquida cualquier buena intención que tuviera la arriesgada media hora final; una suerte de Age of Empires concebido, de nuevo, con una sobresaturación de VFX mal terminados y al servicio de una planificación atroz. Este Indy no brinda una sola imagen perenne… Pero esto ya deberían haberlo intuido quienes decidieron contratar a Mangold. La escena final subsiguiente, a mi juicio sonrojante por cuanto culmina tanto la desnaturalización como la domesticación del personaje y la saga, deja herido de muerte, ahora sí, un icono que merecía un final más digno. Lo tuvo, pero la maldita nostalgia lo ha devorado todo. No deja de resultar paradójico que una película que habla en esencia del paso del tiempo no haya tenido en cuenta que la nostalgia es el peor de los tiempos. Nunca podemos volver satisfactoriamente al pasado. Mucho menos, reproducirlo.

    Porque aún está vigente como héroe y porque es capaz de aguantar con aplomo cada (mal) plano que le regala Mangold, duele ver a Harrison Ford corriendo de un lado para otro en esta película que se presenta, en último término, como un pastiche mal disimulado de escenas, personajes y temas ya tratados con mejor fortuna (y gloria) en la franquicia. No, no es cierto que todo esté inventado y no haya margen para la innovación o la creatividad. Cada una de las películas de la trilogía original se constituía a partir de un «más difícil todavía» que cuajaba en secuencias excelentemente concebidas y ejecutadas dentro de un marco narrativo in crescendo. En otras palabras: coreografiadas como un baile con sentido narrativo. La vibración, el vértigo y la inmersión empezaban y terminaban a partir de una confianza ciega en las imágenes. En el cine.

    Con sus deudas y homenajes al cine clásico de aventuras y a las señas de identidad de James Bond y Tintín, sin duda, pero siempre con la voluntad y el empeño de ofrecer una experiencia memorable; esa segunda vida de cine, de la que suele hablar José Luis Garci, o eso tan difícil de definir pero tan fácil de entender, cuando lo vemos en una pantalla, denominado «sentido de la maravilla». De paso, Spielberg y su equipo técnico y artístico hacían Historia del cine –sí, hay que decirlo sin miedo– adaptando con inteligencia al lenguaje cinematográfico los resortes narrativos de los juegos de rol, los cómics, los videojuegos y las atracciones de parque temático, referentes estos tan caros a su memoria sentimental como a la cultura popular de los años ochenta. La imagen avanza siempre de la mano de otras imágenes. Ahora, en cambio, quieren convencernos de que la imagen debe ser el eco de un dial.


    por Raúl Álvarez
    junio 29, 2023

    Crítica | Indiana Jones y el dial del destino

    por Raúl Álvarez | junio 29, 2023

    «El tren de las 3:10» (1957)

    Programa número 8 del podcast «La última flecha».

    En 1957 vio la luz el sexto de los nueve westerns que Delmer Daves firmó en los cincuenta, y a la postre el más popular: El tren de las 3:10, del que James Mangold estrenaría un remake cincuenta años después. Poner ambas versiones en relación nos ilustra diferencias evidentes. La de Mangold, violencia y suciedad mediante, adapta el universo del género a las convenciones ideológicas y estéticas de su tiempo. Además de una visión abiertamente cínica, se permite ciertas concesiones a un cine de acción coetáneo mucho más rápido y furioso con detalles como el hacer explotar un caballo en una persecución. Más allá de la pirotecnia de la versión moderna, la comparación nos sirve para poner en valor las habilidades de Daves en la escritura puramente cinematográfica. Mientras que del filme del 57 nos quedamos con sus características grúas, planos secuencia y profundidad de campo que logran un control apabullante del espacio y el movimiento, pocos detalles resumen tan bien los problemas de la versión de 2007 como el que Mangold necesite trece planos para rodar algo tan —aparentemente— sencillo como el choque de una diligencia. Ambos trenes, pues, nos ofrecen una dialéctica clara entre la puesta en escena refinada por el Hollywood de mediados del siglo XX y su sustitución por el montaje efectista del contemporáneo.

    En el octavo capítulo de «La última flecha», el podcast de El antepenúltimo mohicano, Daniel M. Lourtau, Miguel Muñoz Garnica, Emilio M. Luna y José Luis Forte profundizan en la lectura comparada de ambas obras y repasan otros hitos de Daves como director de westerns.

    | Además de en iVoox, pueden escucharlo en Spotify | Apple Podcasts | Pocket Cast |

    por Emilio M. Luna
    noviembre 26, 2020

    Podcast: «El tren de las 3:10» (1957)

    por Emilio M. Luna | noviembre 26, 2020

    Aventura automovilística a la antigua

    Crítica ★★★☆☆ de «Le Mans '66», dirigida por James Mangold.

    Estados Unidos y Francia, 2019. Título original: Ford v. Ferrari. Presentación: Festival de Telluride 2019. Dirección: James Mangold. Guion: Jez Butterworth, John-Henry Butterworth y Jason Keller. Productoras: Chernin Entertainment / Twentieth Century Fox. Fotografía: Phedon Papamichael. Montaje: Andrew Buckland, Michael McCusker y Dirk Westervelt. Música: Marco Beltrami y Buck Sanders. Diseño de producción: François Audouy. Dirección artística: Gustaf Aspegren, Jordan Ferrer y Matthew Gatlin. Decorados: Peter Lando. Vestuario: Daniel Orlandi. Reparto: Matt Damon, Christian Bale, Tracy Letts, Caitriona Balfe, Noah Jupe, Jon Bernthal, Josh Lucas. Duración: 152 minutos.

    Las películas muy centradas en determinados detalles técnicos corren el riesgo de aburrir al espectador no iniciado. Sus historias referidas a la construcción de ciertos productos, a la venta de tal o cual servicio o simplemente a la cotidianeidad de una profesión concreta recurren con insistencia, al menos si tienen afán de verosimilitud, al ambiente y la jerga propias de los implicados en tales procesos o trabajos. Pero resulta que, si el guion está llevado con ritmo, si los intérpretes tienen carisma y si la puesta en escena es suficientemente dinámica, da igual que no entendamos buena parte de lo que se nos narra, cuando participamos de su energía y, todo sea dicho, de la fascinación por lo desconocido. Es un efecto paradójico, que puede llevarnos a conectar en mayor medida con aquello que a priori podría desinteresarnos, porque, gracias a los anteriores componentes cinematográficos, cuando están bien llevados, nos sentimos de repente como parte de un contexto nuevo pero a la vez cercano, pues no nos movemos en el mundo de la fantasía sino precisamente de la más rigurosa y pormenorizada realidad, aunque sea la de otra gente. Esto se logra en mayor medida cuando la idiosincrasia narrativa, derivada de esas funciones específicas, se enmarca por una fórmula conocida, propia de un relato más simple o general. Y esta fórmula puede ser perfectamente la de la buddy movie, ese subgénero de película donde dos colegas deben superar los obstáculos que se les ponen por delante, conflicto que queda todavía más manifiesto cuando los dos coprotagonistas pueden identificar claramente a sus antagonistas.

    Esto es lo que sucede en Le Mans '66 (Ford v Ferrari), que nos cuenta la rivalidad entre las dos empresas del título original, tal como quedó patente en los años 60, después de que Ferrari engañara a Ford sobre la supuesta venta de la primera compañía a la segunda, maniobra prevista para encarecer su precio de venta de cara al auténtico comprador: Fiat. El engaño como es natural disgustó al entonces dueño de la empresa norteamericana, Henry Ford II, nieto de su fundador, que decidió entonces diseñar un coche de carreras que pudiera competir con Ferrari en el circuito de Le Mans. Esta es una mítica carrera de resistencia, pues se prolonga durante 24 horas ininterrumpidas por un recorrido bastante accidentado, que se remonta a los años 20 y que ha podido seguirse, con pocas excepciones, con carácter anual. Más precisamente, en la edición de 1959 el ganador fue Carroll Shelby, al mando de un Aston Martin, y el metraje arranca con un fragmento de dicha carrera, a modo de prólogo. Después sin embargo Shelby (interpretado aquí por Matt Damon) queda apartado de la competición por sus problemas de salud, y en los seis años siguientes, entre 1960 y 1965 incluidos, Ferrari encadenaría todas las victorias de Le Mans. Con estos prolegómenos nos situamos entonces en 1966, año reflejado en el título traducido, cuando en realidad esta carrera solo ocupa la segunda parte del metraje, y por ello es mucho más ajustado el título original, dando cuenta de la rivalidad indicada… aunque es cierto que el mayor antagonista de la historia no acaba siendo Enzo Ferrari o alguno de sus secuaces, sino un alto ejecutivo de la propia Ford, que trata de entorpecer los planes de Shelby, junto a su elegido conductor Ken Miles (Christian Bale), claramente el más idóneo para pilotar el nuevo modelo de Ford GT40.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 19, 2019

    Crítica | Le Mans '66

    por Ignacio Navarro | noviembre 19, 2019

    Riesgos

    Crónica de la novena y última jornada de la 67ª edición del Festival de Berlín.

    Ahora que está a punto de echar el cierre esta edición, cuando uno sale de una película que no le ha conquistado en exceso ya no sabe hasta qué punto es fruto del cansancio acumulado. Un festival son películas, entrevistas, carreras entre pases… pero también madrugones, cafés, conversaciones y mucho trabajo. Pero no se preocupen, no es momento ni el lugar de quejarse (como dirían algunos, sarna con gusto no pica). Puede que la ilusión de empezar este festival se haya ido desvaneciendo poco a poco a causa de la falta de sueño y del nivel de las películas presentadas. Porque esto último será, junto con el palmarés, por supuesto, el tema estrella en todos los corrillos. ¿La selección a concurso ha sido mejor o peor que la de año pasado? ¿Y si tenemos en cuenta el resto de secciones? ¿La calidad de esta Berlinale ha subido o ha bajado? Poco importa. El pulso al cine está tomado y el resultado es que, intentando dejar a un lado la tiranía de Cannes, nos llegan numerosas propuestas que nos dan largo y tendido para hablar de quiénes somos, nuestras contradicciones, nuestros anhelos, las sociedades que construimos, la historia que forja el presente… Y eso, aunque pueda resultar baladí, es importantísimo. Al cine, más allá de cualquier otra cosa, deberíamos pedirle que nos haga reflexionar, que nos acerque a este mundo que vivimos de otra manera. En esta Berlinale eso ha quedado muy patente. Puede que haya que buscarlo en secciones como Fórum, Panorama o Generation Plus. Posiblemente haya que atreverse a adentrarse en lo desconocido y a no conformarse con lo que la Sección Oficial nos ofrece para luego despotricar de si las películas no están a la altura. No. Desde aquí reivindicamos el riesgo de los márgenes que, entre otros, nos ha permitido descubrir pequeñas joyas como El mar nos mira de cerca, de Manuel Múñoz Rivas, El mar la mar, de Joshua Bonetta y J. P. Sniadecki, o Estiu 1993, de Carla Simón, que reseñamos más abajo.

    por EAM
    febrero 18, 2017

    Berlinale 2017 | Día 9. Críticas: Ana, mon amour, Estiu 1993, Have a nice day, Logan, Self-criticism of a bourgeois dog

    por EAM | febrero 18, 2017
    Lobezno inmortal

    EL MÚSCULO, LA GARRA Y OTROS TÓPICOS FUTBOLEROS

    crítica de Lobezno inmortal | The Wolverine, James Mangold, 2013

    Seis entregas mutantes después, y con algo más de un decenio superheroico tras de sí, Hugh Jackman no encuentra motivos para desvincularse de la presente franquicia. Aunque existen algo más que razones de peso para decir adiós (o "sayonara", pero sin "baby") a un personaje destrozado desde todas las vertientes. Nunca había sido un imán infalible, pero ello tampoco presagiaba que su primera incursión como protagonista en pantalla gigante le supondría el harakiri cinematográfico. De manera prematura y letal. Y sin honor, que dirían los samuráis. Nada definitivo, supongo. Que no cunda el pánico: tragamos con ruedas de molino y la fiesta no ha hecho más que empezar; lo intuyen los estudios y las revistas-sucursales que se ríen de sus lectores. Que no cunda el pánico: Lobezno es mucho Lobezno. Y el actor australiano, sabedor de que su imagen viaja intrínsecamente unida al indómito icono con esqueleto de adamantium y, por tanto, a una personalidad tan impermeable como amnésica, se ha contruido en paralelo otra carrera en la que éxito económico y bagaje artístico —véase Los miserables— conviven en una canción. Además de ser guapo, elegante, atractivo y un intérprete con hechuras para alternar comedia con drama, Jackman posee la mejor virtud: o sea, la inteligencia para ganarse el necesario afecto del público. Le basta una sonrisa; le consagró al fin una ceremonia de los Oscars en donde presentó -partitura musical mediante- a los vencedores de aquel curso cinematográfico. Sin duda, Jackman irradia el brillo del galán clásico, esa clase de estrella ya desaparecida (o extemporánea) dentro de una industria que fabrica productos y, de tanto en tanto, actores con personalidad o sello propio. Sea cual sea la recepción en taquilla de Lobezno inmortal, sean cuales sean las opiniones derivadas de un filme aparatosamente rancio e insípido, Jackman quedará libre de sospechas. Entrará a formar parte de una no poco triste lista de damnificados.

    Hay quienes apuntan que "Hollywood no tiene ideas", que la moda del remake o del spin-off o de la precuela de la secuela del crossover responde exclusivamente a la carencia de historias; que el pozo se ha secado en California. Yo, en cambio, difiero de esta opinión: Hollywood no padece ninguna crisis de ideas, sino que ha absorbido y refleja arista por arista todos los males de un sistema de producción hipertrofiado. El caramelo se antoja delicioso, magnífico desde todos los ángulos, pero su relleno apesta a infección. En realidad, Hollywood nunca ha sufrido tal crisis. Incluso cuando se habla de una evidente fuga de cerebros hacia la televisión, se omite la evidencia: la idea, es decir el sustrato argumental, es potente; su desarrollo, no. Hablamos, efectivamente, de una crisis mucho más seria. Los productores no quieren ofrecer a su espectador potencial un producto ágil, novedoso —aunque sea en apariencia—, inteligente, emocionante, conmovedor y entretenido. Quieren desplumarlo, sin más. Ellos saben que están vendiendo humo, pero el humo también tiene su público de no fumadores. Y ahí Lobezno inmortal se erige en modelo ejemplarizante de un modelo industrial acabado, lleno de ideas pero sin argumentos. Y ni Christopher McQuarrie (The Tourist y Jack Reacher, guionista insospechado donde los haya) ni Mark Bomback han conseguido vacunarse contra ese virus, ofreciendo así una historia sin garantías de permanencia en la memoria colectiva friki. Aunque en contraposición a este hecho, podemos hablar del paradójico éxito de una película que supera (por poco) a su mediocre antecesora, lastrada también por unos personajes mal concebidos que apenas transmitían algo de nervio, el identificable esplendor que sí confiere la imagen secuencial. Es decir, el cómic. Con o sin grises, pero siempre lleno de puntos de fuga que desembocan en peligros, en ilusorias manifestaciones de ese mal antagónico que, tarde o temprano, responderá a los esquemas propios del folletín moderno, que funde el maniqueismo con los dilemas del héroe en cuestión.

    por Anónimo
    julio 23, 2013

    Crítica | Lobezno inmortal

    por Anónimo | julio 23, 2013
    El tren de las 3:10

    En 1957, Delmer Daves creó El tren de las 3:10, filme protagonizado por Glenn Ford que se convirtió en un filme de culto por tener un tratamiento diferente. Un western psicológico, más cercano a Sólo ante el peligro y a Raices profundas que a los cinta imperantes en la época. Era una obra imperfecta, algo inverosimil, pero realmente entretenida. Cincuenta años después y en plena moda remake, James Mangold nos propone una nueva versión de este clásico, y sorprendentemente la película es muy buena. Nada cambia con respecto al original, quizás se profundiza más en los personajes y la trama se vuelve más contemporánea aunque calcada a la creación de Davis, pero... ¿Es mejor que la original?

    Realmente SI, la química entre los dos protagonistas interpretados por Russell Crowe y Christian Bale es absolumente genial, es sin duda lo mejor de la película, sus conversaciones, su relación. Russell Crowe da a Ben Wade ese matiz de malo bondadoso e inteligente, deseoso de dejar su vida de forajido. Este factpr conecta con el espectador de forma inmediata. Christian Bale le da mucha fuerza y credibilidad a su Dan Evans, un hombre en busca de reconseguir el respeto tanto suyo propio como el de su familia. Hombre muy honesto que junto a la  interpretación del actor galés el resultado es similar a su partener de desventuras. Colosal este duo. Pero en estos dos actores no se acaba la cosa, los secundarios son, también, sensacionales. Destancado Ben Foster, que caracteriza a un villano con mucho carisma, y, Logan Lorman un joven con mucho aplomo, hijo de Evans. Aparte de las interpretaciones, destaca mucho tanto la fotografía y la ambientación que hace que estés el el viejo y peligroso oeste, así, como una gran banda sonora de Marco Beltrami. En cuanto a la dirección, es sobria, directa y con un pulso frenético.

    James Mangold más artesano quedirector, demuestra su talento en esta película, y se rehace de trabajos anteriores dándole un sello propio, con personalidad y sacando lo mejor de un buen guión y gran reparto. Quiero destacar la parte final de la película, muy emocionante y frenética, quizás el último giro final no sea del gusto de todo el mundo, y durante la película se pueda tachar de inverosimiles algunas de las acciones de los protagonistas, pero es una película de aventuras en el oeste como las de toda la vida, y asi hay que verla. Yo realmente disfruté y me emocionó la historia. La recomiendo a todo el mundo.

    Mi puntuación: 9

    Emilio Luna.
    Primera crítica de 'El antepenúltimo mohicano.

    por Emilio M. Luna
    enero 27, 2008

    Crítica | El tren de las 3:10

    por Emilio M. Luna | enero 27, 2008

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