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    El colapso de un modelo pernicioso

    crítica ★ de Doctor Strange (Dr. Strange, Scott Derrickson, Estados Unidos, 2016).

    Antes de nada, me gustaría ofrecer unos cuantos datos referentes a la gran industria. Para ello me escudaré en una información que Ángel Luis Sucasas publicó en El País hace no mucho. Números necesarios para luego extenderme con la palabra, lógicamente subjetiva, que sazona el esqueleto de la crítica, o como prefieran llamarlo. Pues ante el tsunami de opiniones positivas, la mayoría de ellas provenientes de Estados Unidos (poco o nada refieren los mandarines de la prensa sobre el estado de la crítica en este, ah, nuestro complejo país, aunque tampoco estaría de más deshuesar el devenir de una retórica, la del reseñismo norteamericano, que ha comisionado lenta pero sistemáticamente a la lengua española los humores de ese marketing nocivo con el que nos bombardean a diario), cuya visión no poco alienante del cine —ya sea clásico o contemporáneo— habría que poner en cuarentena o, cuando menos, investigarla seriamente. Pocas veces nuestra preceptiva, en cuanto que termómetro de un producto popular, consumido por miles de espectadores, se ha revelado tan inútil y deshonesta como hoy. No es un debate trivial. Y lo retomaré otro día, pues lo que concierne a este texto es la adaptación de los cómics protagonizados por Stephen Strange, nombre real de su álter ego místico, Doctor Extraño. Un neurocirujano en posesión de poderes sobrenaturales para moverse, entrenamiento mediante, por el multiverso. Es decir: una suma infinita de universos por los que (di)vagar sin moverse del sillón. Y, también, un tratado sobre la condescendencia y el hurto de la inventiva en Hollywood. Otro más, sí. Afortunadamente ya comienzan a surgir en casa, me refiero a guionistas como David Hayter (Watchmen) y Peter Briggs (Hellboy), voces disonantes acerca del pernicioso modus operandi de ciertos productores/franquiciadores/ejecutivos (que son mayoría); un modelo establecido a capón en el que la historia, y su verosímil desarrollo, quedan subordinados a la planificación de las principales secuencias de acción, entendiendo dicho término no sólo como lo que sucede en pantalla sino también como una torsión etimológica del género: ahí caben tiroteos, persecuciones, luchas cuerpo a cuerpo, batallitas aquí y allá. Recuerden aquel latiguillo grabado en piedra de Ben La cosa Grimm: «¡Es la hora de las tortas!».

    Los datos a este respecto son abrumadores. En el tercer párrafo de su noticia, Ángel Luis Sucasas aporta números bien para la reflexión, o bien para el delirio. «2015 fue —cuenta el periodista— el año récord de recaudación en taquilla para la industria del cine, pero casi 16.000 de esos 34.000 millones de euros (un 47%) fueron acaparados por 25 superproducciones. Solo en Estados Unidos y Canadá —para la industria son un mismo territorio— se estrenan más de 700 películas al año, según la Asociación Cinematográfica de América (MPAA). Y un tercio (34%) de los filmes más taquilleros ya pertenece de forma estable al género de acción, en cálculos de The Economist». Con todo, lo más llamativo es el apunte final, donde Sucasas hace referencia a la cuota del cine de acción, infiriendo este firmante la hegemonía, por encima de todos los fantásticos tortazos, del subgénero que protagonizan los superhéroes made in USA. Más aún, las franquicias o sagas producidas por Marvel y su «competidora» directa, DC. El entrecomillado del sustantivo no es gratuito. A estas alturas, es casi pueril —además de paradójico— tender puentes críticos entre antagonistas. Todo conduce, en tanto que coartada del espectáculo aleatorio y vacío, a ninguna parte. Al crossover definitivo, o no, ya que el final es en realidad una coartada del reboot. Y así, hasta el infinito. Esta vez, al fin, eterno. Caiga quien caiga. El otrora fascinante Scott Derrickson, por ejemplo. Víctima del síndrome marveliano, capaz de convertir al inefable Jon Favreau en el rey del pollo frito, al portentoso Ang Lee (Hulk) en el hombre que nunca estuvo allí, aunque supiéramos ver lo que intentó y casi le sale bien; al catódico Alan Taylor en un mercenario de primer orden; a Bryan Singer (este a sueldo de Fox con X-Men) en Bryan Singer. Y tantos otros incautos que, nótese Duncan Jones y su bochornosa Warcraft —por citar un nombre ajeno a la idiosincrasia de Marvel—, no supieron o no quisieron bajarse del carro cuando aún estaban a tiempo.

    por Anónimo
    octubre 28, 2016

    Crítica | Doctor Strange

    por Anónimo | octubre 28, 2016
    X-Men: Apocalipsis

    La mutación como deidad

    crítica de X-Men: Apocalipsis (X-Men: Apocalypse, Bryan Singer, EE. UU, 2016).

    ¿Puede ser la propia Marvel la mayor enemiga de Marvel, por encima incluso de su competidora natural DC? En este caso, el hecho de estrenarse tan solo un mes después del apabullante éxito crítico y comercial de Capitán América: Civil War (Anthony Russo, Joe Russo, 2016), supone, más que un espaldarazo, una auténtica losa para la nueva entrega de los mutantes de Bryan Singer. La esperada X-Men: Apocalipsis no solo llega a las carteleras con un listón demasiado alto en lo concerniente a la pericia con la que se manejó a multitud de superhéroes en una misma película, sino que tiene que competir con el recuerdo del anterior episodio de la serie, X-Men: Días del futuro pasado (2014), el cual había dejado un muy grato sabor de boca, encumbrándose como la mejor aportación a la saga desde X-Men 2 (2003). Por todo ello, la nueva película lo tenía complicado para estar a la altura de las circunstancias y cubrir todas las expectativas creadas por sus seguidores. Nunca han tenido las aventuras del profesor Charles Xavier, Magneto y compañía, la capacidad de convocatoria de los más populares Vengadores, siendo el tratamiento de sus historias y personajes mucho más conflictivo y torturado –eso sí, manteniéndose dentro de las coordenadas del cine fantástico más comercial–. Bryan Singer ha conseguido trasladar (a su manera) el universo de los cómics a la gran pantalla a través de una excelente saga en la que los dos títulos más discutibles son precisamente los que le tuvieron como director: X-Men: La decisión final (Brett Ratner, 2006) y ese brillante reinicio en clave adolescente que fue X-Men: Primera generación (Matthew Vaughn, 2011), con la que, de paso, se renovó, en su casi totalidad, el casting habitual, en una búsqueda de rostros más jóvenes con los que seguir enganchando a la audiencia.

    X-Men: Apocalipsis nos traslada a la década de los 80 (más concretamente, a 1983), con un profesor Xavier reclutando a nuevos “talentos” para su particular escuela de mutantes y Erik Lehnsherr enterrando su identidad como Magneto y llevando una tranquila vida familiar alejado de todo. En este periodo conoceremos los orígenes de Cíclope –el álter ego del joven Scott Summers–, así como su entrada en el equipo de Xavier y sus primeros acercamientos románticos a la poderosa Jean Grey. También entran (por primera vez, en sentido cronológico) en escena Rondador Nocturno y Tormenta, de manera que las piezas del puzle comienzan a entroncar con los sucesos narrados en la primera trilogía. Los actores encargados de interpretar a estos personajes en su juventud consiguen mantener el tipo, impidiendo que se eche de menos a los hoy consolidados James Marsden, Famke Janssen, Alan Cummings y Halle Berry. Entre esta nueva hornada de cachorros cabría destacar a una convincente Sophie Turner como la futura Fénix, si bien Tye Sheridan y Kodi Smit-McPhee son unos eficaces Cíclope y Rondador Nocturno, respectivamente. Una generación que, sin duda, aporta nuevos aires de frescura a la franquicia, potenciados por una encantadora estética ochentera, repleta de guiños a la cultura popular de aquellos años –la taquillera El retorno del Jedi triunfando en las salas de cine y víctima de un atinado chiste sobre la debilidad de las terceras partes (clara puya a X-Men: La decisión final); la sintonía de El coche fantástico sonando en esa televisión de la habitación de Mercurio–. La madurez corre a cargo de los más veteranos en estas lides, encabezados por ese triángulo ganador formado por James McAvoy, Michael Fassbender y una Jennifer Lawrence algo desaprovechada, que reduce al mínimo sus camaleónicas facultades como Mística. Una vez más, la fuerza de la historia se apoya en la tormentosa relación de amor/odio que mantienen a lo largo de las décadas Xavier y Magneto, estando éste último en una constante encrucijada emocional. En esta ocasión, el (no tan) villano interpretado por Fassbender se muestra más humano y vulnerable que nunca, lo que propicia un recital dramático del actor que le convierte en el mejor de todo el reparto.

    por José Martín León
    mayo 25, 2016

    Crítica | X-Men: Apocalipsis

    por José Martín León | mayo 25, 2016
    Capitán América: Civil War

    Dos bandos, mismo heroísmo

    crítica de Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, Anthony Russo, Joe Russo, EE. UU, 2016).

    El ambicioso proyecto de los Estudios Marvel de expandir el generoso universo de sus cómics en la gran pantalla continúa su imparable camino a pasos agigantados. Se cumple casi una década desde que los primeros asaltos individuales de Iron Man (Jon Favreau, 2008), Thor (Kenneth Branagh, 2011) o Capitán América: El primer vengador (Joe Johnston, 2011) irrumpieran en las taquillas de todo el mundo con la fuerza de una apisonadora, convirtiéndose en los seminales inicios de una serie de sagas destinadas a cruzar sus caminos en algún momento. Tras dos prescindibles secuelas de las peripecias de Tony Stark y una flojísima segunda incursión del hijo de Odín, recayó sobre los hombros del director y guionista Joss Whedon la difícil empresa de reunir en una misma superproducción a todos estos personajes, con la consecuente lucha de egos que acarreaba. Los Vengadores (2012) salió airosa a la hora de combinar con mano maestra acción, efectos especiales y bastante humor, a la vez que acertaba a la hora de repartir de manera equitativa el lucimiento de sus distintos héroes –de hecho, Robert Downey Jr. consiguió brillar más en su encarnación del sarcástico Stark en aquel filme coral que en los que le tuvieron como protagonista individual–. Así, junto a Thor (Chris Hemsworth), Capitán América (Chris Evans), Viuda Negra (Scarlett Johansson), Ojo de Halcón (Jeremy Renner) y Hulk (Mark Ruffalo tomando el relevo a Eric Bana y Edward Norton), conformó el equipo reclutado por Nick Fury (Samuel L. Jackson), director de la Agencia S.H.I.E.L.D. para proteger al mundo. Curiosamente, tras el triunfo comercial (y artístico) de la cinta, su continuación Vengadores: La era de Ultrón (Joss Whedon, 2015) se dejó llevar un tanto por los excesos pirotécnicos en detrimento de un guion bastante más flojo que el de su antecesora –incorporando a sus filas, eso sí, a nuevos fichajes como Visión (Paul Bettany), Falcon (Anthony Mackie) o Wanda, la Bruja Escarlata (Elizabeth Olsen)– , haciendo que su recibimiento crítico fuese menos entusiasta. Para colmo, los hermanos Anthony y Joe Russo habían entregado un año antes Capitán América: El soldado de invierno (2014), una segunda incursión en la figura de Steve Rogers que sorprendió, además de por unas vibrantes escenas de acción, por una mayor complejidad argumental y un tono serio más propio del thriller de espionaje, siendo saludada de manera inmediata como el mejor título de Marvel estrenado hasta la fecha.

    Ante semejantes resultados, no era de extrañar que se volviera a contar con los mismos realizadores para Capitán América: Civil War (2016), una curiosa entrega que funciona a la vez como continuación de El soldado de invierno y como consecuencia inmediata de los acontecimientos reflejados ese clímax final en la ciudad de Sokovia de Vengadores: La era de Ultrón. No obstante, la plana mayor de los personajes de ésta última vuelve a hacer aparición (salvo las bajas de Thor y Hulk) en una historia que, a partir del cómic de Mark Millar, divide a los Vengadores en dos bandos enfrentados. Los terribles daños colaterales de las actuación de los héroes contra el villano Crossbones (Frank Grillo) en Nigeria hace que la ONU deba tomar cartas en el asunto, consiguiendo que éstos firmen un tratado que les obliga a no volver a actuar por su cuenta y a aceptar someterse a la disciplina del gobierno americano, así como a responsabilizarse de las bajas civiles que puedan producirse en el futuro. Mientras Tony Stak, Viuda Negra, Visión y Máquina de Guerra (Don Cheadle) acceden al pacto, Capitán América, Falcon, Wanda y Ojo de Halcón están dispuestos a seguir por libre, provocando la ruptura del equipo. Civil War toma lo mejor de Soldado de invierno y del díptico de Los Vengadores para escalar un peldaño más en ese camino emprendido por Marvel para conseguir su obra más redonda. La película cuenta con algunas de las secuencias de acción más espectaculares vistas en el género, así como con unas coreografías de peleas de lo más creativas. El guion, obra de Christopher Markus y Stephen McFeely, es muy sólido y consigue darle su espacio a todos y cada uno de sus personajes. Chris Evans vuelve a ser un sólido Capitán América, mientras que a Robert Downey Jr. le toca en esta ocasión descubrirnos facetas tan desconocidas de la psicología de Stark como esa juventud atormentada que vuelve con fuerza a sus recuerdos, reduciendo sus habituales comentarios irónicos de forma considerable. Como notables incorporaciones al equipo tenemos a un furioso Pantera Negra (Chadwick Boseman) –espectacular en su debut en celuloide– y unos Ant-Man (Paul Rudd) y Spider-Man (Tom Holland) –en versión adolescente y de verborrea incontrolada– menos secundarios de lo previsto y absolutamente sensacionales, que aportan el contrapunto más cómico a la prodigiosa secuencia del choque entre los dos bandos en el aeropuerto.

    por José Martín León
    mayo 03, 2016

    Crítica | Capitán América: Civil War

    por José Martín León | mayo 03, 2016
    Deadpool

    La contradicción del antihéroe

    crítica de Deadpool (Deadpool, Tim Miller, EE.UU., 2016).

    En un momento en el que, pese a sus excelentes resultados comerciales, las películas de superhéroes surgidos del cada vez más expandido universo Marvel han comenzado, por saturación, a manifestar cierto desgaste creativo –especialmente evidente en las secuelas de Iron Man y Thor, la última (y vergonzosa) versión de los Cuatro fantásticos perpetrada por Josh Trank o, incluso, esa Vengadores: La era de Ultrón (2015) en la que Joss Whedon perdió buena parte de la chispa de la primera entrega en beneficio del espectáculo pirotécnico–, la llegada de un producto de las características de Deadpool merece ser celebrado como un necesario revulsivo que se salta a la torera las convenciones políticamente correctas del género. Se acabaron los héroes íntegros y de moralidad irreprochable. El enmascarado protagonista de Deadpool no está por la labor de salvar a la humanidad de supervillanos y tampoco busca el aplauso agradecido de los ciudadanos. Todo lo contrario: el exagente de las fuerzas especiales de EE.UU. Wade Wilson, reciclado en matón a sueldo de poca monta, preferiría pasar su tiempo libre practicando el Kamasutra junto a Vanessa, su novia prostituta. Lamentablemente, un cáncer terminal se interpuso en su placentera existencia y, como intento desesperado de encontrar curación, no vio otra salida que la de ofrecerse como conejillo de indias a un arriesgado experimento de un programa paramilitar denominado Arma X. Como resultado del mismo, Wade quedó completamente desfigurado, aunque adquirió un extraordinario poder de curación que le hace prácticamente inmortal, así como otras habilidades. En lugar de poner estas facultades al servicio de la lucha contra el mal, Deadpool (la nueva identidad antiheroica enfundada en un disfraz rojo y negro y armada con dos katanas) únicamente busca su propio interés, consistiendo éste en la búsqueda de los culpables de su monstruoso aspecto para obligarles a revertir los efectos del “factor curativo” y así recuperar su vida.

    El personaje de Deadpool nació originalmente como un villano en 1991, fruto de las mentes de Rob Liefeld y el escritor Fabian Nicieza, y, si bien nunca alcanzó la legión de fans que arrastran las aventuras de Capitán América, Hulk o X-Men, consiguió convertirse en un antihéroe especialmente querido por los aficionados a los cómics. Su maravillosa locura, su humor negro e irreverente y unas maneras poco ortodoxas para luchar contra sus enemigos hacen de Deadpool una creación que merecía una traslación a la gran pantalla a su altura (o bajura). Porque, lejos de los presupuestos multimillonarios que las grandes productoras suelen invertir en las aventuras de los superhéroes de Marvel, ya sean por separado o reunidos como Los Vengadores, y los fichajes de directores de la talla de Joss Whedon, Kenneth Branagh o Bryan Singer para manejar el timón, Deadpool se presenta como un proyecto modesto, cuyo presupuesto de 58 millones de dólares significaría tan solo una quinta parte de lo que pudo costar, por ejemplo, Vengadores: La era de Ultrón. La elección de Tim Miller, realizador novel con tres cortometrajes animados como única experiencia previa, es otra demostración del carácter kamikaze de una cinta que, además, ha sido concebida con la firme idea de no hacer concesiones respecto al lenguaje obsceno, la violencia explícita y el sexo –todo ello cortesía de un Deadpool divertidamente pansexual y onanista compulsivo– para esquivar la temida calificación R que limitaría su público a mayores de 17 años.

    por José Martín León
    febrero 20, 2016

    Crítica | Deadpool

    por José Martín León | febrero 20, 2016
    Jessica Jones

    Antiheroínas, villanos y otras criaturas dañadas

    crítica de Jessica Jones (2015).

    Netflix | EE.UU, 2015. Directores: S.J. Clarkson, David Petrarca, Stephen Surjik, Uta Briesewitz, Bill Gierhart, Rosemary Rodriguez. Guión: Melissa Rosenberg, Liz Friedman, Jamie King, Scott Reynolds, Micah Shraft (basado en la obra de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos). Reparto: Krysten Ritter, Mike Colter, David Tennant, Rachael Taylor, Carrie-Anne Moss, Wil Traval, Eka Darville, Erin Moriarty, Susie Abromeit, Robin Weigert, Colby Minifie, Rebecca De Mornay. Fotografía: Manuel Billeter. Música: Sean Callery.

    Siete años, doce películas y tres series de televisión después, Marvel se ha dignado a presentarnos a su primera superheroína por derecho propio, la primera que no aparece como un interés romántico que se ha ganado un ascenso, o como un personaje secundario relegado a ser comparsa del “club de los chicos”. Y para ello ha escogido un personaje a priori poco conocido para el gran público —hasta ahora—, con una vida y unos problemas mucho más mundanos que los de Tony Stark y su pandilla. Creada por Brian Michael Bendis y Michael Gaydos en 2001, Jessica Jones debutó en los cómics de la mano de Alias, serie que inauguró la línea MAX de Marvel, destinada a un público adulto y que incluye historias mucho más violentas, sexuales y oscuras que las de las colecciones regulares de la Casa de las Ideas. Quizá por eso era inevitable que apareciese en las producciones que Marvel ha reservado para Netflix, que, si no son una línea MAX televisiva, están muy cerca de serlo. Y la elección y puesta en escena, como sucedió con Daredevil, no pueden ser más brillantes. Alias es la base argumental de Jessica Jones, aunque la serie sigue su propio camino. Jessica es una mujer poco común, al menos para los estándares de los universos superheroicos; sí, tiene súper fuerza, es bastante más resistente de lo que es normal —aunque no invulnerable—, y casi se diría que puede volar. Pero también bebe como un cosaco, se acuesta con quien quiere y es un desastre en casi todo lo que hace; posiblemente, si el tabaco no estuviese tan mal visto en los productos audiovisuales americanos de hoy día, también fumaría como un carretero. Jessica está a años luz de las siempre pluscuamperfectas damiselas de los universos comiqueros, capaces de pasearse entre explosiones subidas a tacones de vértigo, de enamorar a semidioses alienígenas atropellándolos con su “encantadora torpeza” o de cargarse todo un pasillo lleno de matones literalmente sin despeinarse. Jessica Jones suda, sangra, se ensucia, no se cambia de ropa en días y huele mal. Jessica Jones es el personaje más humano jamás visto en una pantalla en la que aparezca gente que puede parar coches con las manos.

    A diferencia también de sus mayores cinematográficos, y en cierta medida también de su serie hermana, Jessica Jones nos cuenta una historia más pequeña, menos centrada en salvar el mundo y más en que su protagonista se salve a sí misma y a los suyos. Cuando la conocemos, Jessica está lidiando con un trastorno por estrés postraumático, resultado de haber pasado meses bajo el control mental de alguien llamado Kilgrave, que la llevó a sufrir, y a perpetrar, todo tipo de abusos imaginables. Un buen (mal) día, Jessica descubre que Kilgrave, a quien creía muerto, sigue vivo y ejerciendo su terrorífica influencia sobre la gente. La maldad de Kilgrave, como veremos después, no radica tanto en sus habilidades como en su propio ser. Y frente a la muy humana maldad de Kilgrave, se alza la no menos humana fuerza de voluntad de nuestra protagonista. Jessica es una superviviente: ha atravesado un infierno de abusos y ha vivido para contarlo; y, aunque dañada, puede que de forma irreparable, es capaz de plantarse frente a su torturador y escupirle su desprecio a la cara, de pararle los pies para evitar que dañe a otros como la ha dañado a ella. Jessica no es sólo alguien que puede atravesar paredes de un puñetazo o cargar con tipos del doble de su tamaño como quien lleva una mochila; también es alguien capaz de enfrentarse a un trauma muy real, a un miedo que puede llegar a paralizar, para evitar que éste siga definiendo su existencia. Con su aspecto menudo y casi frágil, y su expresión a la vez sarcástica y triste, Krysten Ritter resulta perfecta como Jessica, consiguiendo no sólo llevar la serie a sus espaldas, sino construir un personaje con el que el espectador puede empatizar sin caer en los estereotipos de marysue que resultan tan tentadores para el mundo audiovisual a la hora de lidiar con personajes femeninos. Jessica es una mujer, pero eso no significa que tenga que comportarse de acuerdo a unos “estándares” por el hecho de serlo. Los estándares y las opiniones de la gente, en realidad, se la traen bastante al pairo, como deja claro en más de una ocasión, a amigos, enemigos y desconocidos por igual.

    por Unknown
    diciembre 05, 2015

    Crítica en serie | Jessica Jones

    por Unknown | diciembre 05, 2015

    Miniatura de altos vuelos

    crítica a Ant-Man (Peyton Reed, 2015).

    «El cómic de superhéroes ya es el tráiler pobre de la película».
    Carlos Pacheco.

    Julio es el mes cinematográfico de los "ojalás". Todo el mundo aspira a ver no ya dos sino tan sólo una buena película que justifique, mal que bien, estar a quinientos kilómetros de la playa. Se presenta uno en el cine con la boca pastosa, sediento, temiéndose que aparezca en cualquier rincón un gaucho rubio con la esvástica tatuada en el brazo (he visto cosas que jamás creeríais, sobre todo en Madrid). O peor aún, que no aparezca nadie, ni siquiera el proyeccionista, y acabemos disfrutando de un nuevo arte superior: la ausencia del mismo. El cine sin películas. Por qué no. En verano la cartelera es un baúl postapocalíptico, y los "próximamente" que de tarde en tarde se cuelan en él son interpretados como misivas de un futuro dichoso, rico en Oscars pero, ay, sin Tour de Francia ni tiburones psicokillers. Ya en junio escuchamos los primeros rumores y nosotros, mensajeros exprés con mercancía inflamable, corremos a gritar las promesas de la temporada siguiente. Quizá un otoño en Nueva York a cobijo del frío y, por tanto, de los bodrios estivales que prometen siempre buena mandanga y, aun así, nos dejan a medias. Con el supuesto teórico (¿y si no hubiese entrado a ver esta...?, ¿y si piscina en vez de pantalla?, ¿y si...?) en las narices. Pues el verano es un accidente transitorio, que existe para que echemos de menos el cine supuestamente grande, destinado a perdurar en nuestra memoria colectiva. Ya se mencionó que las altas temperaturas paradójicamente hacen del público un ente más o menos dócil, cuyo juicio transita sobre patines y cambia a razón de por dónde sople el marketing. Y algo de eso hay en la estrategia de ciertas distribuidoras que manejan el calendario igual que Sauron la cábala.

    Ocurre con Marvel, o con esta nueva forma de entender las franquicias si se quiere, algo curioso y digno de analizar. Hace un decenio, Ant-Man hubiese sido el spin-off de otra película en la que el doctor Hank Pym (primer álter ego del hombre hormiga; hoy en poder del sibilino ladrón Scott Lang) habría interpretado un papel secundario, marginal, casi anecdótico. De primo tercero al que te encuentras en la pizzería y, no, no puedes negar saludo porque ya te ha visto y ya se acerca a saludarte. Y ya te sonríe. Ya te ha abrazado fuerte, y huele que apesta a porro. Y sin embargo, Ant-Man surge primero como debut en solitario y cabeza de cartel sin más rival que el malandrín de turno, para unirse después a un club que ya estaba allí desde hacía algún tiempo, sumando millones y millones de dólares, en un rol —ahora sí— más bien episódico. Se invierte la mecánica habitual; hoy los superhéroes se presentan a lo grande con su pasaporte y su título homónimo. Nacen como primeros guitarras, o no nacen: más vale nonato que secundario, parecen decirnos los ejecutivos de La Casa de las Ideas (no así los de DC en Suicide Squad, donde se reúne por vez primera un sanedrín de archienemigos inédito, con permiso del Joker). Descorchan botella mucho antes de que el público les haya bendecido con su calor humano veraniego, que no es sino la risa y el aplauso efusivo mientras corean, sotto voce, a esos saltimbanquis con poderes mágicos. O al menos con los poderes que les proporcionan su tecnología, sus fabulosos gadgets, su híbrido kung fu castrense, su boxeo de fajador canalla, su karate danzarín, resbaladizo... Con un toque de pimienta. Y poco más. Muchísimo más. Porque en verano los superhéroes, cualesquiera que sean, no cristalizan en nada concreto. Lo son todo, sin definirse. Nos prometen la luna, qué digo, galaxias; incluso un hormiguero con vecinos tan decentes como horribles. Julio es un mes de vértigo, sí, que invita a luchar tumbado a la bartola. Y Marvel lo sabe.

    por Anónimo
    julio 23, 2015

    Crítica | Ant-Man

    por Anónimo | julio 23, 2015

    Un mejorado reciclaje de ideas

    crítica a Agentes de S.H.I.E.L.D. (2013-) | Temporada 2

    ABC / Marvel´s Agents of S.H.I.E.L.D. / 2ª temporada: 22 capítulos | EE.UU, 2014, 2015. Creadores: Joss Whedon & Jed Whedon & Maurissa Tancharoen. Directores: Bobby Roth, Vincent Misiano, Milan Cheylov, Billy Gierhart, Roxann Dawson, Jesse Bochco, Holly Dale, Kevin Hooks, Kevin Tancharoen, Ron Underwood, David Solomon, Michael Zinberg, Karen Gaviola, Garry A. Brown. Guionistas: Jed Whedon, Maurissa Tancharoen, Paul Zbyszewski, Jeffrey Bell, Brent Fletcher, Monica Owusu-Breen, Lauren LeFranc, Rafe Judkins, DJ Doyle, Drew Z. Greenberg, Craig Titley. Reparto: Clark Gregg, Ming-Na Wen, Chloe Bennet, Iain de Caestecker, Elizabeth Henstridge, Nick Blood, Henry Simmons, Adrianne Palicki, Brett Dalton, Ruth Negga, Kyle MacLachlan, Jamie Harris, B.J. Britt, Simon Kassianides, Dichen Lachman, Christine Adams, Maya Stojan, Adrian Pasdar, Patton Oswalt, Reed Diamond, Luke Mitchell, Edward James Olmos, J. August Richards, Blair Underwood. Fotografía: Feliks Parnell. Música: Bear McCreary.

    La segunda temporada de Agentes de SHIELD es mejor que la primera porque ha abandonado en gran medida su estructura episódica y, como hacen las mejores series por cable, ha ido cambiando hacia una narrativa de tramas generales, a desarrollar en toda una temporada o en segmentos de ésta. Esto no quiere decir que no haya una misión por capítulo y que existan aventuras autoconclusivas, pero lo que está claro es que los showrunners Jed Whedon & Maurissa Tancharoen están serializando más su aportación a la maquinaria Marvel, creando un universo cada vez más denso de personajes, relaciones, interacciones e historias con múltiples ramificaciones. Lo que abre esta etapa está presente en su despedida, 22 capítulos y ocho meses después. La exploración de los orígenes de Skye, los efectos de la sangre alien en Coulson, la relación entre Fitz y Simmons tras la traumática estancia submarina, el antes-y-después de May y la Caballería, y las consecuencias de la traición de Ward. Pero también la nueva realidad de nuestro grupo protagonista como nuevo SHIELD, tras la retirada de Nick Fury. A eso habrá que sumarle nuevos miembros del equipo, la presencia de los Inhumanos, los coletazos restantes de Hydra y viejos enemigos que prosiguen su cruzada contra nuestros protagonistas. Lo que deja claro esta entrega es que Whedon y Tancharoen, liderando una sala de guionistas casi exacta a la del año pasado, conocen los trucos de la televisión del entretenimiento. Que no de la más alta calidad, pero es que hay que entender que también operan bajo las leyes de estar en una cadena en abierto, que tienen que rellenar más de 920 minutos de metraje y, ante todo, que trabajan en conjunción con un estudio que también hace películas y otras series. De hecho, el parón de Navidad entre el capítulo diez y el once de Agentes de SHIELD fue usado para estrenar la primera tanda de Agente Carter (2015-), una nueva historia de ocho entregas y con conexión directa con la serie que nos ocupa.

    El problema es que casi todo esto es pasto de curiosidades, pero a la hora de la verdad lo importante es que Agentes de SHIELD sea lo mejor que puede ser. Y sigue sin ser el caso. Es mejor que la primera temporada, eso es cierto, pero sigue siendo un reciclaje de ideas desarrolladas en series de corte similar o en las que han trabajo ya sus guionistas. No solo es Buffy, cazavampiros (1997-2003) o Ángel (1999-2004), ya referenciadas en la crítica de la primera tanda, sino también Alias (2001-2006), con esos villanos desesperantemente escurridizos, Fringe (2008-2013) y el tratamiento de lo extraño o Dollhouse (2009-2010) y la política del “nada es lo que parece”. Si un capítulo de South Park (1997-) trataba sobre la dificultad de imaginar historias que no se hubieran hecho en Los Simpson (1989-), los guionistas de Agentes de SHIELD parecen presos de su propio pasado. O de una fórmula que ha quedado algo oxidada. Y es una pena, ya que la serie habla de temas importantes y elige maneras interesantes de hacerlo, pero el factor de la previsibilidad y el dèjá vu con los mecanismos de las tramas, es muy grande. Esto no quiere decir que alguna sorpresa no funcione (el otro SHIELD, la revelación final de la misión en Bahrein), pero sí neutraliza el potencial peligroso o tenso de las situaciones. Ward siempre va a escapar, Skye no va a dar la espalda a sus amigos, ningún personaje fijo está en verdadero peligro de muerte.

    por Anónimo
    mayo 27, 2015

    Crítica en serie | Agentes de S.H.I.E.L.D. (Temporada 2)

    por Anónimo | mayo 27, 2015
    Los Vengadores: La era de Ultrón

    La misma heroicidad pero tres años más vieja

    crítica a Vengadores: La era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron, Joss Whedon, 2015)

    En cine los años se cuentan por segundos, como si fuesen lacasitos, y se rejuvenece o envejece a golpe de fanfarria. Nadie escapa a esa turbina que hace girar las hélices de la elipsis, que podría convertir el invierno en primavera y a los héroes ramplones en héroes ramplones con marchamo crepuscular, con tan sólo un sutil baile que conecte varios acontecimientos. En cine, el más leve parpadeo supone un vacío irreparable, pues obliga a imaginar lo ocurrido únicamente de cabeza para dentro, desde donde nuestra subjetividad proyecta de vez en cuando historias muchísimo más interesantes que las que tienen lugar en la gran pantalla. Sin cronómetro que vele por los réditos narrativos, tan importantes en Hollywood, ni osadías con vocación académica. Porque la elipsis, ya se dijo en términos menos pueriles, es ir a la cocina joven y airoso a por una cerveza y volver al salón calvo y con barriga, una década más tarde, habiendo cambiado el alcohol por el Danacol. La síntesis también es —piénsenlo— aquello que no cabe nunca en los filmes de Marvel, cuyos hilos de telaraña conectan a los diferentes héroes, uno tras otro, en sus respectivos mundos ya desarrollados, para que en última instancia se reúnan en el multiverso Vengadores. Y hasta ahora eran seis: Iron-Man, Capitán América, Thor, Hulk, Viuda Negra y Ojo de Halcón. Y tras la breve elipsis —tres años mediante, ay, en el mundo real— siguen siendo los mismos, aunque habrá incorporaciones de última hora (Quicksilver, Bruja Escarlata, Visión...). También besos, uno, y hostias, incontables. Dos horas y media que no dejan resuello al espectador, quizá ya desorientado en medio del cogollo; un litigio con las apuestas por las nubes. Tomen nota: el músculo es aquí un material extremadamente frágil, Lladró escaneado a 4K. Y en tres dimensiones. Tan nítido que se ve borroso, centelleante, al punto que te interrogas cómo es posible que Hulk exista más verosímil que tu pareja. Y más atractivo, también.

    Un villano rugía berenjena al término del apoteósico primer episodio que inauguró la saga escrita y dirigida por Joss Whedon (quien repite sin desgaste aparente). Thanos se llamaba el malandrín cósmico. Vestía armadura dorada y azul, su cuerpo parecía flotar en un trono de roca sideral. Mientras tanto, en la Tierra, los superhéroes intentaban sobreponerse no sólo a los muchos golpes recibidos sino también a la desoladora panorámica que tenían ante sí: Nueva York —una vez más— en ruinas, salpicada de asteroides de hormigón y cuchillos de cristal. La iniciativa S.H.I.E.L.D. se había escurrido por el desagüe mientras Nick Furia, desde su atalaya particular, barruntaba nuevas mentiras piadosas: cómo oponerse al interés general, o sea al de los estadounidenses. A Furia casi lo matan en El soldado de invierno, pero aún nadie ha certificado que esté vivo. Nadie sabe realmente por qué está ahí, por qué un dios nórdico y un genio multimillonario —entre otros muchos— necesitarían a un tuerto sin ninguna habilidad extraordinaria, a un mortal corriente y moliente enamorado del himno The Star-Spangled Banner, para salvar al mundo del Apocalipsis. De carácter más bien ladino y bicéfalo, Nick se agazapa en las sombras igual que el Demonio, pero, gracias a Dios, no huele a azufre. En esta época fría e instantánea, Furia —acaso el verdadero baluarte de Los Vengadores— representa sin concesiones la tenacidad y el orgullo de aquel tipo sarcástico que jamás llegó a distinguir entre el críquet y el croquet, empeñado también en seguir la filosofía del "película a película", como un Simeone con parche en el ojo y gabardina de cuero negra.

    por Anónimo
    abril 30, 2015

    Crítica | Vengadores: La era de Ultrón

    por Anónimo | abril 30, 2015
    Guardianes de la galaxia

    Los comienzos de una banda muy singular

    crítica de los Guardianes de la galaxia | Guardians of the Galaxy, dirigida por James Gunn, 2014

    Guardianes de la galaxia ratifica hoy una tendencia contra pronóstico: este verano de 2014 está haciendo felices incluso a los siempre escépticos del blockbuster, producciones multimillonarias que aterrizan con el firme propósito no sólo de amortizar presupuesto y sumar ganancias sino de doblar la apuesta, digamos, en el último segundo. Más o menos igual que Christopher Walken en El cazador, aunque sin medidas drásticas. (No se aconseja preparar un speech revólver en mano, ni siquiera teniendo enfrente al dueño de los estudios, o la productora interesada.) Ya no basta con tener una gran idea y un mejor guión; ahora también hay que regalarle al productor la posibilidad de abrir franquicia, de poder sumar ceros a su(s) cuenta(s) bancaria(s) mediante ostentosas y estruendosas aventuras para, en última instancia, alienar un poco más a sus devotos en Pekín, en Skopje o en Honolulú. Quizá los ejemplos indeseables recientes sean Piratas del Caribe y Transformers, dos productos que definen a la perfección la codicia y la estupidez hollywoodienses, y cómo éstas nublan a veces el juicio del espectador más incauto: no por nada el mismo personaje que catapultó al excéntrico Johnny Depp a categoría de icono rock, ha acabado por sepultarle en la simple mueca; en tanto que los Optimus Prime y Galvatron de Michael Bay siguen a lo suyo, imponiendo su mandanga —con efectos no del todo saludables— a golpe de hostias. Y disculpen la redundancia, pero es revisar nuevamente lo ya visto. Una verbena donde el Tren Chu-Chu es regentado por la misma bruja José Javier desde 2007.

    Hablaba al comienzo sobre la felicidad, o la euforia que se hace pasar por ésta, de quienes demonizan aleatoriamente, por afición, la cartelera en verano. Que la temporada estival es una época idónea (hace calor, la gente se va de vacaciones, las expectativas se despeñan como kamikazes sin airbags ni eyector alguno, y se restauran como por arte de cine) para colarnos saldos no es ningún secreto, como tampoco lo es que entre la supuesta morralla surgen de vez en cuando historias apasionantes, incandescentes; sin ínfulas dramáticas ni artísticas más allá de querer erizarte los vellos del culo o arrancarte una sonrisa tonta, quedándose a vivir contigo primero por tres meses y después por seis o diez años. O a perpetuidad, es decir hasta que la muerte (o un spin-off) os separe: esa compañía no tiene coste alguno y suele provocar mucha satisfacción. Y mucha satisfacción esconde a plena vista Guardianes de la galaxia, acaso la mejor película de antihéroes venidos forzosamente a superhéroes (con el permiso de Watchmen) que pasa por ser el reverso luminoso, una versión rocker y working-class de Los Vengadores, sin lugar a dudas el culmen narrativo y la élite del nombre propio hecho grupo del universo Marvel. Filme que rebajó sustancialmente la tensión que poco después traería consigo un minuto de silencio tras el final de The Dark Knight Rises de Christopher Nolan, cuya guinda a más de uno se le indigestó. Una película, Los Vengadores, que interpuso sarcasmo entre toneladas de cemento, donde la oscuridad gravitaba como fuerte axioma sin recorrido, vibrante y lejano en el espacio y, si me permiten jugar con la semántica, también en el tiempo. Así, Disney/Marvel puso contra las cuerdas a la hasta entonces muy subversiva Warner Bros/DC, y de repente los fans de esta segunda empezaron a tener dudas a propósito del futuro comercial —cinematográfico, no farmacéutico— de la depresión, de la tinieblas ahogadas, del huir de uno mismo a ninguna parte, de impostar la voz y la existencia misma, de soñar grises azulados con destellos rojos, de convertir a Superman en Sa(n)dman o, mejor aún, en Grant Morrison; y a Batman en Frank Miller con un traje que no, ¡última nueva!, no es de goma espuma. Pequeños detalles que podrían no gustar a los felices-de-la-vida, igualmente enfermos clínicos.

    por Anónimo
    agosto 14, 2014

    Crítica | Guardianes de la galaxia

    por Anónimo | agosto 14, 2014
    X-Men: Días del futuro pasado

    Lobezno: viajero en el tiempo

    crítica de X-Men: Días del futuro pasado |
    X-Men: Days of Future Past, Bryan Singer, 2014

    Era de imaginar que Bryan Singer se arrepentiría rápidamente de haber abandonado su silla de director tras las dos primeras cintas de X-Men para embarcarse en un proyecto bastante más ambicioso, aunque finalmente fallido, aquel Superman Returns (2006) totalmente reivindicable que fue unánimemente masacrado por su excesivo apego y cariño a las películas protagonizadas por Christopher Reeve –especialmente, las dos primeras–. Tras una efectiva y resultona primera entrega en 2000, Singer tocó techo con la magnífica X-Men 2 (2003), mucho más robusta argumentalmente y con una habilidad pasmosa para manejar una galería tan nutrida de superhéroes. Aquella secuela rompe el mito que asegura que segundas partes nunca fueron buenas, dejando para la posteridad uno de los mejores momentos de toda la serie: el asalto de Rondador Nocturno a la Casa Blanca. Con la marcha de Singer, las labores de dirección de X-Men: La decisión final (2006) recayeron sobre los hombros de Brett Ratner, un tipo con comprobado oficio para el cine de entretenimiento pero sin la calidad de su antecesor. Los resultados se hicieron notar en pantalla y la crítica dio de lado a una tercera entrega, por otra parte, bastante entretenida y con alguna escena brillante –el enfrentamiento Jean Grey/Xavier–. Para compensar las malas opiniones, aquella cinta se convirtió en la más taquillera de la saga hasta aquel momento con 460 millones de dólares recaudados en todo el mundo. La entrada en la franquicia del interesante Matthew Vaughn con la precuela X-Men: Primera Generación (2011) reconcilió a los mutantes con la crítica, a la vez que el público recibía con los brazos abiertos a las nuevas caras que interpretarían a los mismos personajes en sus años jóvenes durante la década de los 60, en plena Guerra Fría. Bryan Singer fue el encargado de escribir aquel guión, siendo antesala de su regreso como director en esta X-Men: Días del futuro pasado (2014) que ya desde el tráiler prometía ser la entrega más ambiciosa –el argumento con viajes en el tiempo propicia la reunión del reparto en pleno de las tres primeras cintas con los actores relevo de Primera Generación–, oscura y espectacular de las cinco rodadas hasta la fecha.

    por José Martín León
    junio 11, 2014

    Crítica (II) | X-Men: Días del futuro pasado

    por José Martín León | junio 11, 2014
    X-Men: Días del futuro pasado

    Mercurio bajo cero

    crítica de X-Men: Días del futuro pasado |
    X-Men: Days of Future Past, Bryan Singer, 2014

    Wish You Were Here. Ojalá estuvieses aquí, piensa y/o reproduce Charles Xavier en el futuro que ya pasó y que está a punto de volar por los aires, cielos que trasuntan borrascas en el presente que hubiera podido ser y que, quizá —ligeras variaciones de última hora, esta vez sí, un buen pronóstico—, se materialice aun con leves modificaciones. Nada importante, cosas de éste, el otro mundo. Porque "eran otros tiempos" en los que los tiempos mismos "están cambiando" y los tiempos verbales se confundirán una vez reescritos aquel día por vivir. La respuesta no estaba en el viento, sino en el ADN (y no, no hay ticket: ni se devuelve ni se cambia, es un regalo y te jodes y, por si acaso alguien pregunta, no hemos mantenido esta conversación). En la enfermedad y en los breves periodos de salud, hasta que el tabaco o la bicicleta elíptica os separe. Con sus extrañas modificaciones, espacio y tiempo son flexibles cuando se proyectan a todo volumen en pantalla XL. Welcome my son, welcome to the machine... Wolverine. Buen viaje: abróchate las neuronas. Todo lo que hagas allí resonará física y cronológicamente aquí, sin remisión. Recuerda siempre a Marty McFly en el baile de fin de curso, aquella foto cada vez más vacía, con menos personas que ya nunca existirán. Tu familia, entera, devorada por el efecto mariposa que podrían desatar tus acciones: olvida los besos, los golpes sobrantes y, también, al presunto demócrata que —¡bang!— se esfumó como por arte de soplar velas. Así, ni tan solo el consuelo de un capitalismo sin auxilio, sin que lo sintamos, ahí te mueres Wall Street, sin llamar demasiado la atención, cerrándote de par en par antes de que sea demasiado tarde para todos los allí presentes, incluidos los que jamás han visitado tus tripas, tu corazón, tus verdes pulmones etéreos, números y cifras y letras tan pequeñas que resultan ilegibles. Después, Guerra Fría hirviendo a través de las comunicaciones entre rusos y norteamericanos en la costa de Miami; una guerra que de tanto contarla pierde su frescor y pasa a llamarse Guerra Del Tiempo, o sea ni fría ni caliente, a la temperatura que haga donde bebes todas esos temas "de rabiosa actualidad" y tendencias más o menos hot (no me miren, es simple sarcasmo terapéutico) que hoy aseguran no-sé-qué sobre un Muro y unos padres que nunca se llegaron a conocer, una canción que jamás fue compuesta y, por ende, no será escuchada en ningún radiocassette ni walkman ni discman ni iPod del mundo hiperespacial. Shine On Your Crazy Diamond. Todos locos y brillando aún con más fuerza en la oscuridad ya instalada. Ya se sueñan los elegantes punteos de guitarra que gravitarán alrededor, subterráneamente, del Pentágono; allí donde permanece recluido un hombre-imán con el rencor entre ceja y ceja y las ambiciones supremacistas, tras un perpetuo mohín de capullo egomaníaco. Magneto, sí. Un malo a duras penas malísimo, pues los hay peores y él arrastra una deuda moral con su viejo amigo-enemigo, el Profesor X. Una equis no como intriga o anonimato sino más bien ideada con fines mercadotécnicos, pues a nadie intriga esa equis mayúscula, de Xavier, de cabeza antes/ahora muy greñuda y ahora/antes calva de familia en una escuela para "gente especial" y todo eso.

    por Anónimo
    junio 06, 2014

    Crítica | X-Men: Días del futuro pasado

    por Anónimo | junio 06, 2014
    Agentes de S.H.I.E.L.D.

    Una pieza más de la maquinaria Marvel

    crítica de Agentes de S.H.I.E.L.D | Temporada 1

    ABC / 1ª temporada: 22 capítulos | EEUU, 2013, 2014. Creadores: Joss Whedon & Jed Whedon & Maurissa Tancharoen, basado en los comics de Stan Lee & Jack Kirby. Directores: Bobby Roth, Vincent Misiano, Milan Cheylov, Billy Gierhart, Roxann Dawson, David Straiton, Joss Whedon, Jesse Bochco, Jonathan Frakes, Holly Dale, Kevin Hooks, Kenneth Fink, Paul Edwards, John Terlesky. Guionistas: Jed Whedon, Maurissa Tancharoen, Joss Whedon, Paul Zbyszewski, Jeffrey Bell, Brent Fletcher, Monica Owusu-Breen, Lauren LeFranc, Rafe Judkins, Shalisha Francis, DJ Doyle. Reparto: Clark Gregg, Ming-Na Wen, Brett Dalton, Chloe Bennet, Iain de Caestecker, Elizabeth Henstridge, J. August Richards, B.J. Britt, David Conrad, Bill Paxton, Ruth Negga, Saffron Burrows, Maximiliano Hernández, Patton Oswalt. Fotografía: David Boyd, Feliks Parnell, Jeffrey C. Mygatt. Música: Bear McCreary.

    En este raro universo de películas cruzadas que el productor Kevin Feige se atrevió a poner en marcha con Iron Man (Jon Favreau, 2008), la serie Agentes de S.H.I.E.L.D ostenta una posición de lo más extraña. Es una serie realizada, no nos engañemos, para paliar el ansia de los fans de todas estas películas basadas en personajes de Marvel durante los meses que van desde el estreno de una a otra. Se pueden argumentar razones para su existencia que no tengan que ver con la parte financiera del asunto, y tendrán su razón y lógica, pero el hecho de que se haya cruzado en sus primeros 22 capítulos con los sucesos tanto de la segunda parte de Thor como del Capitán América, y que Cobie Smulders (Maria Hill), Jaimie Alexander (Sif, hermana de Thor) o Samuel L. Jackson (Nick Fury) hagan cameos indica que esto es una parte más de la industria, casi un encargo. Apoya esta idea el hecho de que Joss Whedon haya co-creado la serie con su hermano Jed y su cuñada Maurissa Tancharoen, pero que su participación termine en el episodio piloto, que salió bastante bien. El matrimonio es el encargado de llevar la serie, que acaba de renovar por una 2ª temporada tras muchas dudas de ABC, ya que las audiencias son bajas, pero hay que recordar que hasta la segunda parte de Los Vengadores no habrá otra muestra del probado universo, aunque esté preparada Guardianes de la galaxia (Guardians of the galaxy, James Gunn, 2014) como nuevo intento, y seguramente exitoso, de perpetuar la maquinaria. O expandir el universo argumental, como dirán los fans y los encargados del marketing. De hecho, se ha dado luz ya a una segunda serie, siguiendo las andanzas de la agente Peggy Carter, a estrenar en el parón de invierno de Agentes de S.H.I.E.L.D.

    por Anónimo
    junio 03, 2014

    Crítica en Serie | Agentes de S.H.I.E.L.D. (Temporada 1)

    por Anónimo | junio 03, 2014
    The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro

    (Im)pulso 'gamer' en La Gran Manzana

    crítica de The Amazing Spider-Man 2: El poder de electro | The Amazing Spider-Man 2: Rise of Electro, de Marc Webb, 2014

    Una vez más, nada extraño, Muerte ha ido a manifestarse en mitad de la noche. La muerte, a su modo ancestral y traidor, vigila entre sombras donde siempre hay cobertura, luego —diré, apunten en sus libretas— no hay sombras en la oscuridad misma. Es contradictorio, es inexplicable: cerrar los ojos y sumergirse a duras penas en un mantra que hiede a senectud pop y que dice así: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad". Otra vez. De nuevo, el no poco laxante déjà vu dicho por un hombre seguramente íntegro e integral. Lo que se dice un trozo de pan. Y, sin embargo, aquí —demos la bienvenida a Mark Webb— no hay cita célebre ni regresiones memorables. Valga la paradoja. Ahí se las apañen ustedes, espectadores/lectores sin más poder que el de poder situar un pie delante del otro y así caminar hasta el cuarto de baño y, luego, ya en su interior, lanzar una muy adhesiva telaraña con superávit de incertidumbre. Y mucosa linfática. Y así, medio abatido por no reconocerse tras la picadura de una araña radiactiva más el siempre latente recuerdo de sus padres fallecidos a una edad muy temprana y el marcial rapapolvo por no recoger a Tía May del trabajo o lo que fuere (tal vez un cursillo que se antoja hobby. O no, qué más da. Congélese de nuevo la imagen y ensanchen el formato para descubrir esa tierna sonrisa, la sonrisa maternal del cine. Copyright: Sally Field), Peter se adentra en oscuros vértices arquitectónicos y, quizá por aquello de que el estrés con azúcar se diluye, entra a un 24 horas para comprarse un batido y justo ahí se cruza con la Parca oxigenada (y tatuada) que le guiña el ojo o, mejor dicho, el pómulo, pues ésta viste gafas de sol y resulta imposible admirar su escáner ocular aun con los fluorescentes lamiendo cogotes. Chúpate esa, ja, empleado barrigudo. Se malicia el superhero in progress. Y Muerte, disfrazada de amenazador ratero lumpen con pistola, le regala a Peter un llamémoslo nada espiritoso refrigerio antes de la medianoche. Y así parten ambos, vencedores sedientos, y así se hace injusticia: un interruptor estallido cuyo trágico final revela que sí había otro modus operandi aunque Peter no quiso descolgar el teléfono, y que en las sombras ya por siempre sin cobertura, Tío Ben no responde. Y un gran poder conlleva una gran responsabilidad, de acuerdo; pero dónde está la salida que yo me bajo de la atracción, ¿me entienden? Me quedé sin cartuchos mientras la luz se perdía rayando el cenit art déco del edificio Chrysler. Me quedé en suspenso, modo pause en cámara súper lenta, mirando venir mi caída. Hundiéndome sin gárgolas ni spider-cam, las cristaleras repitiendo líneas en fuga como una mala, pero absorbente, reposición con risas no ya enlatadas sino telúricas en bucle. Raindrops Keep Fallin' on My Head versión dodecafónica a 312 metros de altura. Un nuevo amanecer, Spidey, todos simbiontes anónimos en la ciudad con más rodajes por metro cuadrado del mundo.

    por Anónimo
    abril 15, 2014

    Crítica | The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro

    por Anónimo | abril 15, 2014
    Capitán América: El soldado de invierno

    Patriotas con sabor a óxido

    crítica | Capitán América: El soldado de invierno, de Anthony y Joe Russo, 2014

    Frío, lo que se dice frío, no. Es un Invierno más bien primaveral, mercenario y amnésico, junto al gran obelisco in memoriam y la sede de S.H.I.E.L.D (acrónimo de Strategic Homeland Intervention, Enforcement and Logistics Division), en Washington. El paréntesis quizá sea irrelevante, okay, mas conviene ir asumiendo toda información desinformadora para el espectador. Ya hablé en anteriores críticas de estos productos siameses unidos por un frágil cordón argumental al Gran Progenitor y, ay, también Gran Esperanza. Es decir, Los Vengadores. Que a un año vista para el estreno de su nueva aventura, La Era de Ultrón, cargan y recargan ya los artilugios y los superpoderes con que han de maravillar al respetable. Y así no hay quien piense en paz, ni en ella. Pues la velocidad exige tomar nuevos viejos caminos: intimidación, violencia, épica 0% materia grasa, e incluso el "adoquín fascistoide" arrojado por los aires como si fuera una pelota de ping-pong. El mismo sonido metálico que emite al golpear el escudo con la estrella de cinco puntas: pink-ponk, pink-ponk. O chakín-chakín si el material se transforma en balas directas a tu cuerpo ignífugo, quizá a prueba de artillería pesada o vaya usted a saber qué tipo de artefactos. Y así no hay quien piense en ningún sol. Ni siquiera en quedarse viudo: un sueño con pantalones ajustados muy recurrente. Ya no es frío, sino una polaroid invernal atrapada en el tiempo con marmita. El Capitán América se cortó literalmente las alas, y ahora hay quien aspira a cortárselas definitivamente. A sus noventa y muchos, luego de aniquilar a medio régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, tras certificar su patriotismo sometiéndose a un proceso reconstituyente para reconstituir su lamentable constitución física: un flaco y bajito sin músculo era, y en un Apolo lo convirtió su gobierno. Ah, la patria. Ah, Tío Sam. Me resulta difícil frenar mis impulsos y no decir que no a El Capitán América: El soldado de invierno. Porque no hay más, tan sólo una vaga certidumbre a propósito del héroe en sí: una figura estólida que, mal que les pese a ciertos frikis (lectores de cómics, no freaks o monstruos), es el resultado directo de la ironía más vergonzante. Estados Unidos necesitaba un símbolo cuya potencia de fuego pudiera derrocar a los regímenes totalitarios. Por ello, decidió convertirse en lo que había denostado por una gris época, esto es, una nación-probeta que promulgaba la supremacía racial. ¿Quién sino el Capi representa el arquetipo de superhombre anhelado por Hitler? Y, para más inri, rubio. En fin. No incidiré más en ese aspecto, que a nadie interesa. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, las coreografías y los tiros. Chakín, pink-ponk. Y el termostato a veinte: ni frío ni calor. La vista y la temperatura idóneas.

    por Anónimo
    marzo 27, 2014

    Crítica | Capitán América: El soldado de invierno

    por Anónimo | marzo 27, 2014
    Thor: El mundo oscuro

    La amenaza fantasma

    crítica de Thor: El mundo oscuro | Thor: The Dark World, de Alan Taylor, 2013

    Apuntes previos —muy anteriores— a cualquier precedente crítico: 1) Thor sonríe bien y huele a Nenuco; pero, 2) no lo sabemos porque el cine sólo huele al lugar en que se proyecta, esto es, a nada o a todo, incluso a melocotón y a patatas fritas con sabor a pollo y a Facebook, cuyo hedor se cuela a través del clink que entona el sugestivo smartphone. 3) Su ancho emocional es, cuando menos, cuestionable y, también, un desafío a la lógica del héroe maximalista que nació muy joven y generando mucho ruido, como una de esas bodas familiares que celebran la desunión prematura. Viva el vino, sin exclamaciones. Y, 4) Viva Thor, pero denle caza al Señor del Puro Marveliano. Sí, ahora resulta que el puro contamina y que el cine es una fiesta (cueste lo que cueste). Que estamos conectados no ya por seis grados de separación, sino por un router cósmico y un repetidor cuya señal rompe las leyes de la mecánica cuántica, de manera que uno puede estar en —por ejemplo— Vulcano al tiempo que habla con su familia de —por ejemplo— Burgos. Que no hay mal que por saga no venga; y que nunca es tarde si ella se llama Natalie Portman y se ríe como una nerd, o si él se apellida Hemsworth y utiliza un arcoíris tubular para viajar desde Nueva York a Asgard, portando un martillo cuyo peso no tiene medida pues es tal que se escapa a cualquier medición y tan solo obedece a su dueño: él en términos fantásticos. Es decir, Thor. A secas, pero como un témpano. Rubio y difícilmente placable. Un dios aun en su Australia natal. Cosas no del encasillamiento sino de los HECHOS fílmicos. Ya son tres —tras la primera entrega en solitario y sus vacaciones terrícolas para salvar el universo en Los Vengadores— las veces que Chris Hemsworth se ha enfundado el traje oscuro y la impoluta y desgastada, pero jamás rasgada, capa roja. De nuevo, Hollywood atrezzando la borrasca mientras el bíceps ejecuta un ERE y despide al tejido adiposo que se resiste a ser quemado en el mundo y en el cuerpo de ese hijo de Odín. Así y siempre, mola. ¿No? "Se deja ver y oír", dirán los popes; "está entretenida", juzgarán con tono amargo y una sonrisa de buzón; "Pss, va, sí, se pasa bien aunque es muy... cómo lo diría... para fans, eso. Incondicionales y tal". Traducción: funciona. Funciona el sonido y funciona la imagen. Un lujo, visto (y oído) lo visto (y lo oído). ¿Qué más podemos pedir? ¿Que se vea en 3D? Pues tiremos la casa por la ventana, o hagamos converger los Siete Mundos, qué sé yo. Una fiesta, el cine. Cueste lo que cueste.

    por Anónimo
    octubre 31, 2013

    Crítica | Thor: El mundo oscuro

    por Anónimo | octubre 31, 2013
    Lobezno inmortal

    EL MÚSCULO, LA GARRA Y OTROS TÓPICOS FUTBOLEROS

    crítica de Lobezno inmortal | The Wolverine, James Mangold, 2013

    Seis entregas mutantes después, y con algo más de un decenio superheroico tras de sí, Hugh Jackman no encuentra motivos para desvincularse de la presente franquicia. Aunque existen algo más que razones de peso para decir adiós (o "sayonara", pero sin "baby") a un personaje destrozado desde todas las vertientes. Nunca había sido un imán infalible, pero ello tampoco presagiaba que su primera incursión como protagonista en pantalla gigante le supondría el harakiri cinematográfico. De manera prematura y letal. Y sin honor, que dirían los samuráis. Nada definitivo, supongo. Que no cunda el pánico: tragamos con ruedas de molino y la fiesta no ha hecho más que empezar; lo intuyen los estudios y las revistas-sucursales que se ríen de sus lectores. Que no cunda el pánico: Lobezno es mucho Lobezno. Y el actor australiano, sabedor de que su imagen viaja intrínsecamente unida al indómito icono con esqueleto de adamantium y, por tanto, a una personalidad tan impermeable como amnésica, se ha contruido en paralelo otra carrera en la que éxito económico y bagaje artístico —véase Los miserables— conviven en una canción. Además de ser guapo, elegante, atractivo y un intérprete con hechuras para alternar comedia con drama, Jackman posee la mejor virtud: o sea, la inteligencia para ganarse el necesario afecto del público. Le basta una sonrisa; le consagró al fin una ceremonia de los Oscars en donde presentó -partitura musical mediante- a los vencedores de aquel curso cinematográfico. Sin duda, Jackman irradia el brillo del galán clásico, esa clase de estrella ya desaparecida (o extemporánea) dentro de una industria que fabrica productos y, de tanto en tanto, actores con personalidad o sello propio. Sea cual sea la recepción en taquilla de Lobezno inmortal, sean cuales sean las opiniones derivadas de un filme aparatosamente rancio e insípido, Jackman quedará libre de sospechas. Entrará a formar parte de una no poco triste lista de damnificados.

    Hay quienes apuntan que "Hollywood no tiene ideas", que la moda del remake o del spin-off o de la precuela de la secuela del crossover responde exclusivamente a la carencia de historias; que el pozo se ha secado en California. Yo, en cambio, difiero de esta opinión: Hollywood no padece ninguna crisis de ideas, sino que ha absorbido y refleja arista por arista todos los males de un sistema de producción hipertrofiado. El caramelo se antoja delicioso, magnífico desde todos los ángulos, pero su relleno apesta a infección. En realidad, Hollywood nunca ha sufrido tal crisis. Incluso cuando se habla de una evidente fuga de cerebros hacia la televisión, se omite la evidencia: la idea, es decir el sustrato argumental, es potente; su desarrollo, no. Hablamos, efectivamente, de una crisis mucho más seria. Los productores no quieren ofrecer a su espectador potencial un producto ágil, novedoso —aunque sea en apariencia—, inteligente, emocionante, conmovedor y entretenido. Quieren desplumarlo, sin más. Ellos saben que están vendiendo humo, pero el humo también tiene su público de no fumadores. Y ahí Lobezno inmortal se erige en modelo ejemplarizante de un modelo industrial acabado, lleno de ideas pero sin argumentos. Y ni Christopher McQuarrie (The Tourist y Jack Reacher, guionista insospechado donde los haya) ni Mark Bomback han conseguido vacunarse contra ese virus, ofreciendo así una historia sin garantías de permanencia en la memoria colectiva friki. Aunque en contraposición a este hecho, podemos hablar del paradójico éxito de una película que supera (por poco) a su mediocre antecesora, lastrada también por unos personajes mal concebidos que apenas transmitían algo de nervio, el identificable esplendor que sí confiere la imagen secuencial. Es decir, el cómic. Con o sin grises, pero siempre lleno de puntos de fuga que desembocan en peligros, en ilusorias manifestaciones de ese mal antagónico que, tarde o temprano, responderá a los esquemas propios del folletín moderno, que funde el maniqueismo con los dilemas del héroe en cuestión.

    por Anónimo
    julio 23, 2013

    Crítica | Lobezno inmortal

    por Anónimo | julio 23, 2013
    Iron Man 3

    LATÓN

    crítica de Iron Man 3 | Shane Black, 2013

    La Navidad cayó en manos de las oligarquías económicas. En realidad siempre perteneció a los bolsillos más ostentosos, a la misma fauna elitista que nunca, nunca habla de “pérdidas humanas”. Sucede que todos los días es Nochebuena, pero sin protocolo ni pompa. Año Nuevo en Suiza. Año 2000. Sorprendentemente para algunos agoreros, el Fin del Mundo era mentira: éste ya se había acabado mucho antes. El superhéroe, cuya perilla responde al trazo nostálgico de las viñetas, es un genio extasiado por su don, un epicúreo del capitalismo, un cínico deslumbrante y triunfador entre las mujeres. Cualquier bebida sabe a gloria cuando la disfrutas junto a Rebecca Hall. Rico y de hierro, por algo le llaman Iron Man: su nombre aparece en las publicaciones que reciclan permanentemente a la jet set. Su álter ego, Tony Stark, preside el mayor emporio tecnológico del mundo, cuyo éxito le ha granjeado tantas amistades como enemigos, alianzas con Los Vengadores y batallas —tiempo al tiempo, será cosa de unos pocos años— casi interestelares. Irradia felicidad antes de subir a la habitación de ese hotel, aislado del frío invernal de Suiza. Él y su acompañante hablan de experimentos científicos; al parecer, la ecuación no ha sido resuelta todavía. Es imperfecta. Estalla, literalmente. Ella viste lencería roja. Al amanecer, él se escapa (no sin antes dejar una tarjeta sobre la mesilla) como si fuera Errol Flynn, pero sin balcones canallas que sublimen. Por la puerta. Un tío mundano. “Sabes quién soy”, anuncia desprovisto de agradecimiento el mensaje. Corte. Ahora es presente de indicativo. Los vídeos muestran a un yihadista sin guerra santa, rasgos vagamente orientales, lejos de la turbina del Imperio. Muy lejos de Occidente, aunque a un palmo de Europa. El Mandarín es un terrorista que hace cosas de terrorista: atenta contra inocentes, porta armas de alto calibre y amenaza con tono grave. Y disculpen, casi lo olvido. Hay un tercero en discordia. Se quedó en los Alpes, o en la azotea del hotel esperando a Tony Stark, que no apareció por chulería, tal vez por vacilar a ese feo giboso.

    por Anónimo
    abril 25, 2013

    Crítica | Iron Man 3

    por Anónimo | abril 25, 2013
    LLOVIENDO GOLPES

    Confieso que empecé con Marvel por el final. Uno de los primeros cómics que me regalaron de esta famosa Casa de las Ideas –y factoría de sueños pop– se titulaba Encrucijada, y sus protagonistas eran un grupo de superhéroes que se habían reunido para salvar al mundo de un terrible peligro: en esas páginas tenía lugar una batalla épica que excedía lo humano, en un caos de luminarias protectoras que siempre (y esto es muy importante para comprender la esencia del hombre y/o mujer enmascarados), pasara lo que pasase, velaban por nuestra seguridad. En cierta manera, aquellos antiguos héroes de la mitología habían roto la barrera del tiempo para trasladarse al siglo XX, en mitad de un cambio socio–político eterno, que descubría la personalidad del personaje en cuestión.

    Marvel ofrecía un universo repleto de aventuras, epopeyas en la Gran Manzana de Nueva York, bajo tierra o sumergidos en agua, a través de viajes interestelares y voces científicas que hacían de su profesión algo inteligible para todo tipo de lectores. Esos caracteres encontrados se hacían llamar Los Vengadores y trabajaban bajo la batuta de Nick Furia, el director de la agencia Shield. Aunque decir que un (semi)dios como Thor o un arrogante genial de la talla de Tony Stark (Iron Man) trabajan para alguien no encaja con su estilo bárbaro y chic, respectivamente. Aquel fino tomo de apenas sesenta páginas me descubrió a Los Vengadores cuando aún podías ir a un quiosco con la certeza de encontrar las novedades en formato serial. Por supuesto, estabas obligado a acudir periódicamente a tu cita con Spider–Man, los X–Men (conocidos por el nombre de Patrulla X, aunque al parecer dicho apelativo dejó de ser cool), Daredevil, Los 4 Fantásticos, etcétera. Sin necesidad de considerarte un chaval disfuncional, acaso un estereotipo que vive marginado, aislado en una caverna de páginas entintadas cuyo olor colocaba al más tolerante con las drogas. Con el tiempo, los quioscos del barrio dejaron de vender un producto que no rentabilizaban: los periódicos habían comenzado a ofrecer interminables colecciones a cambio de fidelidad; las revistas copaban casi todo el mercado. ¿Tebeos? ¿Para qué? Los niños ya no leen álbumes de Mortadelo y Filemón. Prefieren el éxtasis de una buena videoconsola, o la trascendente prosa de la etiquetas del champú, supongo. Así que, el tebeo mensual quedó relegado a las tiendas especializadas (que están ahí desde siempre), donde se dan cita frikis y gafapastas, quienes han convertido la palabra cómic en un concepto casi elitista. Ahora sacan recopilatorios a precios prohibitivos, porque no existe la ilusión de seguir una historia como antaño: llegas a la Fnac, buscas la sección de cómics y encuentras cientos de títulos perfectamente ordenados, infinitas novelas gráficas sobre ideas tan peregrinas como inclasificables (esto distingue mucho). La industria se ha atomizado y el lector, más cómodo –y aburrido– que nunca, busca febrilmente el impacto de la cantidad y la calidad reunidas en un solo tomo.

    The Avengers
    Thor, Ironman y Capitán América en una interesante toma de contacto en Los Vengadores
    El cine, a su manera, es una forma de expresión que ha intentado condensar las historias de las viñetas en pocos episodios, sin ánimo –tal vez por los cambiantes gustos del público– de alargar la presencia de los superhéroes en la gran pantalla. Desde comienzos de la pasada década, Marvel y su principal competidora, DC Cómics, se disputan el trono. Ambas han obtenido un importante rédito, ya sea con trilogías (Spider–Man y X–Men en el caso de Marvel) o sagas (Superman y el Batman de los noventa en DC), reboots o secuelas. Sin embargo, los chicos de Stan Lee llevan varios años intentado encontrar su Christopher Nolan particular, un director que le ha brindado a DC la adaptación más extraordinaria de un cómic, tomando al Batman oscuro de Frank Miller y Jeph Loeb con un instinto cinematográfico y un rigor abrumadores. Ni siquiera la impecable adaptación de Watchmen –dirigida por Zack Snyder– alcanza el nivel de El caballero oscuro. Es lógico, pues, decir que Marvel está en clara inferioridad frente a su antítesis.

    Tras convertirse en la productora de sus películas hace apenas cinco años (antes dependían única y exclusivamente de las majors para sacar adelante sus proyectos), Marvel experimentó una leve mejoría, aunque insustancial: continúa marcada por los claroscuros de una filmografía que mezcla lo ridículo con lo notable, oscilando entre el inquietante registro del Hulk de Ang Lee y la ineptitud de Elektra; la falla argumental de Los Cuatro Fantásticos y el notable Thor de Kenneth Branagh. Visto el triunfo probablemente irrepetible de la trilogía de Batman (la tercera y última entrega, The Dark Knight Rises, se estrena en España el próximo 20 de Julio), los ejecutivos de Marvel decidieron reunir a sus estrellas. O sea, Los Vengadores. Iron Man, Capitán América, Thor, Hulk, Viuda Negra y Ojo de Halcón. Y por supuesto, Nick Furia.

    Nick Fury, The Avengers
    Nick Furia es el líder de este grupo de superhéroes que hicieron su primera aparición en los cómics en 1963
    Dirigido y escrito por Joss Whedon (Firefly), este crossover inflamable bebe de los Ultimates de Mark Millar, un autor de cómics cuya revisión del celebérrimo grupo de superhéroes sirvió de revulsivo a unos personajes en letargo, muertos dramáticamente por culpa de la escasez de ese bien del que tanto presumía Marvel: ideas. La línea Ultimate –detonante de una propuesta argumental que desembocó en un baile de tramas y subtramas paralelas recogidas bajo el título de Civil War– ha absorbido a un número de personajes estilizados en su forma y, sin embargo, dotados de humanidad, con dones (o maldiciones) que los capacitan para enfrentarse a la amenaza que nos muestra el filme: el robo de una artefacto que proporciona energía ilimitada a manos de Loki, el hermano de Thor. Suficiente motivo para que Nick Furia, interpretado modélicamente por Samuel L. Jackson, llame a los tipos que ha perseguido –a lo largo de los créditos de varias pelis– durante mucho tiempo. Y lo que nos regalan es un espectáculo visual sin concesiones, amparándose en un pulcro guión que entremezcla cual cóctel agridulce el sarcasmo y el punch del blockbuster. Asimismo, reunir a semejantes egos y hacer que encuentren su espacio en la historia y, por tanto, en pantalla, es difícil. Y podría decirse que Whedon halla un equilibrio si no perfecto, sí meritorio. Sin llegar a emocionarme en ningún momento, reconozco la adecuada vocación mainstream de estos sofisticados Vengadores, cuyo Dr. Jekyll y Mr. Hyde, o sea Bruce Banner y Hulk adquieren el cuerpo y la voz de Mark Rufalo, quien rezuma fuerza y estilo a partes iguales. Como un tal Robert Downey, cuyo personaje –el multimillonario Tony Stark– viste una armadura que se erige como una de las prendas pop más atractivas del celuloide.

    Y es que, ellos dos reúnen todo el carisma que le falta al villano, quizá la peor inclusión de la historia: Loki es un títere que no provoca inquietud. Sabes que esos superhéroes podrán acabar con su afeminado oponente, que entre risa y risa (los mejores golpes de efecto residen en el sarcasmo) no habrá catarsis emocional, que es una llamada al showtime. Cine palomitero de alto calibre. Con más testosterona que estrógenos: el sugerente escote de la Viuda Negra (Scarlett Johansson) no rivaliza con el número de planos dedicados a los bíceps del Capitán América (Chris Evans) y Thor (Chris Hemsworth), que en realidad sólo está de paso. Porque su hermano (“es adoptado”, anuncia seca pero graciosamente) quiere acabar con sus amigos terrícolas.

    Captain America and Thor, The Avengers
    Thor & Capitán América mano a mano por la supervivencia del planeta en un fotograma de Los Vengadores
    Los Vengadores gana en detalles. No es admirable por su total, sino por ciertos golpes de efecto –casi siempre humorísticos– que caen a machete en busca de la risa. Probablemente el mejor instante del filme sea cuando Loki le grita enardecido a Hulk que es un Dios y este segundo responde cogiéndole de una pierna y golpeándole rabiosamente contra el suelo, describiendo círculos en el aire, como un lanzador de martillo que se vuelve loco y estalla. Inmovilizado y con la espalda rota (un ligero contratiempo, ya que sus poderes son supremos), Loki masculla entre dientes. Y Hulk concluye: “Un dios canijo”. Ahí, en ese sencillo instante de ira desatada, se descubre el friki que llevamos dentro. Y no hace falta nada más. Tan sólo proyectar nuestros instintos más primarios en un nervio de 3,5m. Malos tiempos para las fábulas de superhéroes. “El mundo se está llenando de gente invencible”, afirma Nick Furia. Quiero pensar que se refiere a los políticos, a Emilio Botín, al embriagador olor del dinero. No. La respuesta está después de los créditos finales.

    Separador
    Imdb The AvengersPor Juan José Ontiveros

    Leo, escribo, a veces pienso.
    El cine es totalmente subjetivo.
    Decía Hitchcock que "son 400 butacas que llenar".
    En esas butacas, además, puedes ver clásicos como Johnny Guitar.

    Edición por Emilio Luna
    Special Message from Johnny Lang

    Separador
    por Anónimo
    abril 27, 2012

    LOS VENGADORES (THE AVENGERS, 2012)

    por Anónimo | abril 27, 2012

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