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    Eleven ex machina

    Crítica ★★★★★ de la segunda entrega de Stranger Things.

    Netflix | EEUU, 2017. Directores: Los Hermanos Duffer (capítulos 1, 2, 8 y 9), Shawn Levy (capítulos 3 y 4), Andrew Stanton (capítulos 5 y 6), Rebecca Thomas (capítulo 7). Guionistas: Los Hermanos Duffer (capítulos 1, 2, 4, 8 y 9), Justin Doble (capítulos 3 y 7), Jessie Nickson-Lopez (capítulo 5), Kate Trefry (capítulo 6). Reparto: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolfhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp, Sadie Sink, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Joe Keery, Dacre Montgomery, Cara Buono, Sean Astin, Paul Reiser, Linnea Berthelsen, Joe Chrest, Catherine Curtin, Brett Gelman, Kai Greene, Randy Havens, Matthew Modine. Fotografía: Tim Ives. Música: Kyle Dixon & Michael Stein.

    Surgida casi por sorpresa, Stranger Things se convirtió el año pasado en un fenómeno de masas y en uno de los principales motivos por los que suscribirse a la plataforma Netflix. Por supuesto, como ocurre con todo aquel producto que satisface a la mayoría, no faltaron voces críticas con la serie, a la que acusaban de mero contenedor de referencias pop de los 80 sin nada más que ofrecer. Pero, en general, Stranger Things logró imponerse sobre las opiniones negativas y ganarse el cariño de gran parte del público y crítica, erigiéndose como uno de los eventos más destacados de la televisión reciente gracias a la habilidad con la que apelaba al sentimiento nostálgico del espectador, al mismo tiempo que le ofrecía una nueva historia con sus propias reglas y personajes carismáticos que ya forman parte de la cultura audiovisual colectiva de nuestra era. Una segunda temporada era inevitable, y los Hermanos Duffer han optado por respetar todo aquello que funcionó en la anterior tanda de episodios, pero también han sido capaces de matizar un poco el festival de guiños y de elevar la escala de los acontecimientos hasta lograr que todo resulte más grande, más terrorífico y más oscuro. No podríamos decir que eso signifique que esta Strangers Things 2 (ojo, titulada así, como si se tratara de una secuela cinematográfica… y ahí está una de las claves para valorarla) sea mejor que la anterior, porque ya la primera temporada funcionaba de manera perfecta al cumplir todos los objetivos que se proponía. Pero sí me atrevo a afirmar que esta continuación se desmarca un poco de lo visto anteriormente para buscar (y encontrar) una personalidad propia que no depende tanto de referencias exógenas como de su propia mitología y de la evolución de sus personajes. Y en ese sentido, hablamos de un triunfo total.

    A partir de aquí habrá spoilers, así que lean con cuidado si no han visto todavía la serie. La acción se sitúa un año después de los acontecimientos narrados en la primera entrega. Los vecinos de Hawkins intentan volver a la normalidad. El grupo de amigos formado por Mike Wheeler (Finn Wolfhard), Dustin Henderson (Gaten Matarazzo), Lucas Sinclair (Caleb McLaughlin) y Will Byers (Noah Schnapp) no se ha recuperado todavía de todo lo que ocurrió meses atrás, cuando Will quedó atrapado en esa dimensión paralela a la que llaman Del Revés. Este intenta volver a la cotidianidad con sus amigos y con el apoyo de su familia: su madre Joyce (Winona Ryder) y su hermano Jonathan (Charlie Heaton). La primera busca rehacer su vida con un nuevo novio, el entrañable Bob Newby (Sean Astin), mientras que el segundo se ve cada vez más cerca de establecer una relación romántica con la hermana de Mike, Nancy (Natalia Dyer), cuya relación con Steve Harrington (Joe Keery) no ha terminado de cuajar, a pesar de que éste realmente se haya enamorado de la chica y haya dejado atrás su etapa de acosador de instituto. ¿Y Eleven (Millie Bobby Brown, dónde está? Pues aquí se despeja una de las grandes incógnitas que nos dejó el final de la temporada 1: Eleven está oculta en el bosque, en una vieja casa donde vive recluida bajo la protección del Sheriff Jim Hopper (David Harbour). Pero, después de un año encerrada en ese refugio que cada vez la asfixia más, Eleven siente la necesidad de reencontrarse con sus amigos y, sobre todo, de obtener respuestas sobre su pasado. Cuando descubra que su madre quizá todavía siga viva, decidirá huir de la casa en el bosque para aventurarse en busca de sus orígenes y de un hogar. Este es uno de los leitmotivs de Stranger Things 2: varios personajes anhelan un lugar al que llamar hogar, una compañía con la que sentirse protegidos y comprendidos… incluso amados. La familia Byers busca una estabilidad que quizá podrían encontrar junto a Bob, quien a su vez ha encontrado en los Byers algo que nunca ha conocido y que le hace sentirse realizado. El Sheriff Hopper pretende convertir a Eleven en la hija que perdió hace años, adoptándola bajo su regazo no sólo para protegerla de quienes pudieran hacerle daño, sino también para educarla e intentar que en un futuro cercano pueda tener una vida normal. Pero hasta que eso pueda suceder, Eleven tiene asignaturas pendientes: encontrar a su madre (algo que supondrá una decepción y a la vez un revulsivo en la joven) y descubrir que tiene algo parecido a una hermana, la enigmática Roman (Linnea Berthelsen), otra de las niñas raptadas con las que hicieron experimentos y que ahora lidera un grupo de rebeldes con los que pretende vengarse de todos aquellos científicos que le hicieron daño cuando todavía no sabía defenderse.

    por EAM
    octubre 31, 2017

    Crítica | Stranger Things 2

    por EAM | octubre 31, 2017

    Sociedad de acosadores

    crítica ★★★ de la primera temporada de Por trece razones.

    Netflix | 13 Reasons Why | EE.UU., 2017. 1 temporada / 13 episodios. Creador: Brian Yorkey. Directores: Tom McCarthy, Gregg Araki, Carl Franklin, Jessica Yu, Kyle Patrick Alvarez y Helen Shaver. Guion: Brian Yorkey, Elizabeth Benjamin, Diana Son, Thomas Higgins, Nathan Jackson, Nathan Louis Jackson, Nic Sheff, Hayley Tyler. Fotografía: Ivan Strasburg y Andrij Parekh. Montaje: Leo Trombetta, Daniel Gabbe y Matthew Ramsey. Música: Eskmo. Reparto: Dylan Minnette, Katherine Langford, Christian Navarro, Alisha Boe, Brandon Flynn, Justin Prentice, Miles Heizer, Ross Butler, Devin Druid, Amy Hargreaves, Derek Luke, Kate Walsh, Michele Selene Ang, Brian d'Arcy James, Sosie Bacon, Steven Weber, Mark Pellegrino, Ajiona Alexus, Henry Zaga, Steven Silver, Tommy Dorfman, Robert Gant, Keiko Agena, Uriah Shelton, Brandon Larracuente, Timothy Granaderos y Josh Hamilton.

    La historia, las matemáticas y la lengua se encuentran entre las materias cursadas por los niños y los adolescentes de todas las escuelas. No así la empatía, que va más allá del respeto, término a su vez bastante más apropiado que el manido “tolerancia”. En casi todas las instituciones educativas se insta a los estudiantes a venerar a los mayores y cuidar de los pequeños, a odiar la guerra y amar la paz, a condenar la pobreza y aplaudir a quienes luchan contra ella. En casi ninguna se enseña empero a comprender de verdad a los propios compañeros, a abrazar a quienes son diferentes o a defender a aquellos que sufren las consecuencias de serlo entre la desavenencia. No lo suficiente, al menos. Todos estos conceptos se mencionan de pasada, con el castigo como amenaza, pero sin llegar a ahondar en ellos. Así, los profesores se sienten tranquilos en las aulas por haber explicado la «teoría tolerante» y los padres hacen lo propio en sus casas a sabiendas de que sus hijos están siendo debidamente educados en otra parte. Entretanto, el ambiente de los pasillos estudiantiles es algo que sólo conocen de primera mano los niños y no tan niños que los recorren, quienes los perciben como un microcosmos único y personal donde forjarse la personalidad… o morir en el intento. «¿Qué hacen nuestros hijos cuando no miramos?», se pregunta la mayoría de los padres. Y probablemente nunca sepan la respuesta, porque sus hijos, por queridos que sean, dejan de ser suyos en el momento en que ponen un pie en el colegio por primera vez: entonces, las prioridades cambian y los padres pierden poco a poco el estatus de figuras de referencia, el cual pasan a ocupar los compañeros de clase hasta el punto de que importe poco el afecto del que se goza en casa si este no se traslada a esa vida paralela asumida en el entorno escolar. Una vida paralela donde, aunque nos cueste creerlo, hay amor, compasión y altruismo, sí, pero también crueldad, maldad y egoísmo; desde nuestra más tierna infancia. Esto es algo que los padres intuyen pero rara vez llegan a comprender, convencidos como están de que, por el motivo que sea, sus hijos son diferentes. Una mezcla de ingenuidad y egolatría es lo que lleva a esta conclusión, así como lo que dificulta enormemente el apoyo a los más pequeños por parte de sus profesores y progenitores, a quienes aquellos aprenden pronto a no arrastrar a determinada clase de problemas, avergonzados como están por padecerlos.

    La guerra y la pobreza son cuestiones serias. El acoso escolar, no. Eso percibe quien sufre este último, avergonzado, no ya por quejarse por “nimiedades” mientras en la otra esquina del mundo hay niños pasando hambre, sino directamente por sufrir ataques que considera merecidos. Eso padece Hanna Baker, protagonista de Por trece razones (más conocida como 13 Reasons Why, como obra millennial que es), hasta el punto de no poder aguantarlo más, de optar por el suicidio como única solución a un problema que se ha vuelto más grande que ella misma. Quizá la adolescencia sea una edad durante la que todo se magnifica, pero el sufrimiento padecido por alguien para optar por tan innatural acto es algo que, afortunadamente, pocos pueden comprender. Bien encarnada por la debutante Katherine Langford, quien envuelve al personaje en la debida mezcla de compasión y misterio, Hanna Baker —nombre que difícilmente se borrará de la cabeza de los espectadores dado el número de veces que es pronunciado… y la cadencia con que lo es— decide darse de baja del mundo, mas no sin antes explicar el motivo de ello; o, mejor dicho, los trece motivos, presentados en forma de trece cintas donde, poco a poco, aparecen los culpables, la mayoría de los cuales no hizo nada ilegal o criminal, siquiera demasiado grave, y sin embargo influyó decisivamente en la muerte de la chica: «entre todos matamos a Hanna Baker», afirma el latino Tony Padilla (perfecto Christian Navarro), quien, sirviendo de voz de la conciencia, se convierte en uno de los personajes televisivos homosexuales menos tópicos que se recuerdan. El suicidio —el fin— marca así un nuevo comienzo para que todos aquellos que la rodeaban en vida se percaten definitiva y tardíamente de la (triste) existencia de la chica y empiecen así a replantearse las suyas propias. Mediante la sugerente dosificación de la información, harto fiel a la novela homónima de la que parte (publicada con gran éxito de crítica y público por Jay Asher en 2007, o sea, hace exactamente una década), la serie logra hacernos partícipes de la magnitud de actos aparentemente pequeños que, sumados los unos a los otros, terminan convertidos en una imparable bola de nieve. Bueno, eso y enganchar a un espectador que rara vez terminará un capítulo sin florecientes ganas de más.

    por Juan Roures
    mayo 11, 2017

    Crítica | Por trece razones

    por Juan Roures | mayo 11, 2017
    Black Mirror

    La oscura bola de cristal se ha convertido en un espejo

    crítica ★★★★ de la tercera temporada de Black Mirror.

    #1 / Reino Unido, 2016. Título original: «Nosedive». Director: Charlie Brooker, Joe Wright. Guion: Michael Schur. Productora: Netflix UK. Reparto: Bryce Dallas Howard, Alice Eve, Cherry Jones, James Norton, Alan Ritchson, Daisy Haggard, Susannah Fielding, Michaela Coel, Demetri Goritsas, Kadiff Kirwan, Sope Dirisu, Clayton Evertson. Música: Max Ritcher. Fotografía: Seamus McGarvey. Duración: 63 minutos. #2 / Reino Unido, 2016. Título original: «Playtesting». Director: Charlie Brooker, Dan Trachtenberg. Guion: Charlie Brooker. Productora: Netflix UK. Reparto: Wyatt Russell, Hannah John-Kamen, Wunmi Mosaku, Ken Yamamura, Elizabeth Moynihan, Jamie Paul. Música: Aaron Morton. Fotografía: Bear McCreary. Duración: 57 minutos. #3 / Reino Unido, 2016. Título original: «Shut up and dance». Director: Charlie Brooker, James Watkins. Guion: Charlie Brooker, William Bridges. Productoras: Netflix UK. Reparto: Alex Lawther, Jerome Flynn, Natasha Little, Hannah Steele, Camilla Power, Paul Bazely, Sarah Beck Mather, Frankie Wilson, Leanne Best, Susannah Doyle. Música: Alex Heffes. Fotografía: Tim Maurice-Jones. Duración: 52 minutos. #4 / Reino Unido, 2016. Título original: «San Junipero». Director: Charlie Brooker, Owen Harris. Guion: Charlie Brooker. Productoras: Netflix UK. Reparto: Mackenzie Davis, Gugu Mbatha-Raw, Gavin Stenhouse, Adele Armas, Paul Blackwell, Leigh Daniels, Paul Kitson, Jeff Mash, Raymond McAnally, Nick Donald. Fotografía: Gustav Danielsson. Duración: 51 minutos. #5 / Reino Unido, 2016. Título original: «Men against fire». Director: Charlie Brooker, Jakob Verbruggen. Guion: Charlie Brooker. Productoras: Netflix UK. Reparto: Malachi Kirby, Madeline Brewer, Ariane Labed, Sarah Snook, Michael Kelly, Kola Bokinni, Law Gutierrez, Loreece Harrison, Phil Hodges, Paul Low-Hang, Kavé Niku, Toby Oliver, Brent Phebey, Thomas Thoroe. Música: Ben Salisbury, Geoff Barrow. Fotografía: Ruben Impens. Duración: 60 minutos. #6 / Reino Unido, 2016. Título original: «Hated in the nation». Director: Charlie Brooker, James Hawes. Guion: Charlie Brooker. Productoras: Netflix UK. Reparto: Kelly Macdonald, Faye Marsay, Tom Ashley, Lasco Atkins, Charles Babalola, Elizabeth Berrington, Michael Bott, Thomas Dominique, Ty Hurley, Matheus Mirek, Duncan Pow, Benedict Wong. Música: Martin Phipps. Fotografía: Lukas Strebel. Duración: 89 minutos.

    Antes de sumergirnos en la tercera temporada de Black Mirror, esa serie/realidad paralela diseñada por Charlie Brooker que tantas revelaciones íntimas nos ha proporcionado, deberíamos preguntarnos qué es exactamente lo que ha impactado, impacta y sigue impactando en nosotros; de modo que acudamos a sus líneas de guion como si fueran una suerte de bola de cristal con carácter tipográfico. Básicamente, qué muestra la ficción que nos activa ciertas alarmas cerebrales, situándonos en una posición de, o bien preocupación por su más que posible aptitud premonitoria; o bien indiferencia, nacida de una extraña capacidad para observar nuestro futuro racial —y nos referimos al ser humano uniformemente— desde una óptica apocalíptica. Por un lado, encontramos una razón de peso en el morbo, provocado por un producto diseñado para avisarnos del peligro que corremos si seguimos subiendo en esta escalera tecnológica-cambiante en la que se ha transformado nuestra vida. En otro eje, partimos de la distancia irónica, desde el primer capítulo, como actitud ante lo que Brooker y el equipo de guionistas nos proponen: De acuerdo, quizá sea terrible que el futuro social de una persona dependa, enteramente, de la puntuación que atesore en una aplicación (en la que absolutamente todo el mundo puede calificar en base a la primera impresión), pero nos recuerda demasiado a las fórmulas del clásico *fracaso/éxito se hacen amigos por conveniencia* de las comedias norteamericanas como para comprar su argumento. En otras palabras, nuestra percepción varía en dos planos de realidad que oscilan desde el punto A, o aferrarnos a la creencia, hasta el punto B, o encomendarnos al escepticismo como protección. De alguna manera, esto tiene todo que ver con lo que hacemos rutinariamente a través de las redes sociales. O nos imbuimos en ellas para recrear nuestro yo idealizado, quedándonos para siempre con esa falsa versión de nosotros mismos; o decidimos apartarnos de sus cantos de sirena, viviendo la realidad como nuestros antepasados más cercanos.

    Precisamente, en mitad de ese galimatías existencial del que somos muy poco conscientes, trata de colocarse Brooker para gritarnos lo imbéciles que somos por quedarnos con la parte superficial de unas tecnologías que, aunque nos neguemos, están cambiando el mundo: las IAs o Inteligencias Artificiales. Es cierto que Black Mirror se ha convertido en una serie aparentemente blanca, con menos dobleces. No obstante, en ningún momento ha abandonado el carácter pesimista de sus dos primeras temporadas (más el especial de Navidad de 2015, Blanca Navidad). Lo que ocurre no es tanto un problema de la ficción como de nosotros mismos, si es que se le puede llamar "problema" al haber dado tantos grandes pasos como para dejar rezagada a una idea como esta. Quizá sea la primera vez que, a todos los efectos, la ficción se ha erigido como verdadero 'espejo negro' de nuestro temible presente. Volviendo a la analogía del primer párrafo, podría admitirse que los siete episodios anteriores a la última temporada funcionaron como una bola de cristal con humo negro y maldiciones en su interior. La bola de cristal, ahora es un espejo. Cuando menos, eriza el vello. Años después de su primer lanzamiento en la BBC, Brooker trabaja para Netflix y no nos permite mirar sus creaciones desde la ironía, sino desde la hiperrealidad, porque nuestro exceso de uso hace tiempo que comenzó a funcionar como un anticuerpo para el cerebro, amaestrado para cada vez sorprendernos menos. El paisaje costumbrista ha cambiado por completo.

    Black Mirror

    «Se trata de situar al individuo como cómplice de un crimen antropológico sin precedentes, de hacerle protagonista absoluto de su propio devenir. Culpable, directo a un purgatorio que, quizá, no consiga superar. Sobre todo porque la muerte está integrada en las reglas, pero no trasciende al juego. Ya no existen filosofías o religiones que nos adocenen, ahora solo somos nosotros ante lo que más hemos querido en nuestra vida: volver a empezar, aprovechar los recuerdos para someterlos a nuestros deseos tecnológicos. Regresar a ese momento, eternamente».


    En Nosedive (3x01), se plantea un escenario en el que si tardas demasiado en elegir qué tipo de pan quieres para el almuerzo y, además, el panadero nota que tuviste una mala noche, tu estrato social puede bajar hasta tal punto que, al final del día, seguramente te encuentres compartiendo fuego y cartón con los indigentes a los que antes no te acercabas ni en tus peores pesadillas. Puntuar en base a la apariencia, en una app que lo almacena todo para que recuerdes, ya estés en la cresta de la ola o en la orilla después de un revolcón, que la sociedad ya no está interesada en tus dilemas morales. Un argumento basado en las redes sociales que, casi simultáneamente, se hizo realidad. En octubre de 2015, Nicole McCullough y Julia Cordray comenzaron a comercializar Peeple, una aplicación diseñada para facilitarle a los seres humanos (como entidad homogénea) la búsqueda de grupos afines en los que poder calificar y/o clasificar a sus integrantes según sus intereses, y en distintos sectores: amoroso, profesional o meramente amistoso. De forma que —se sospecha, por influencia del episodio— volvemos a la realidad en la que puedes destrozarle la vida (virtual, que a estas alturas es casi como hacerlo realmente) a un desconocido que ha tocado el claxon demasiadas veces. Al constatar, después de varias semanas, que la aplicación corría el peligro de ser conquistada por usuarios no deseados, las creadoras realizaron un impasse en el que reforzaron los canales de actuación que podrían utilizarse para manipular la identidad de la red social y transformarla en un lugar para acosadores.

    Después de ese parón, similar al que sufre un deportista de élite que quiere volver a la cima sin la suficiente fe, Peeple se quedó en un simulacro de lo que hay que imaginar para trascender las barreras de gigantes como Youtube, Twitter, Facebook u OKCupid. Aunque ha quedado como una anécdota que anotar en artículos, referencias y listas de trivial, lo cierto es que detrás de esa idea —tanto la ficticia como la real— se esconde el nexo con las dos primeras. Twitter y Youtube nos inducen a reconocernos como valor numérico. Mientras que en la plataforma de los 140 caracteres nos educan a sumar seguidores sin descanso, en la piedra fundacional del video viral se opta por las vistas y los suscriptores (que, en realidad, vienen a ser seguidores bajo otro pseudónimo). Ahora nos damos cuenta de que las matemáticas siempre estuvieron tres pasos por delante. Nosedive, protagonizado por una Bryce Dallas Howard superlativa, está edificada sobre las preguntas específicas que somos incapaces de responder con atino: ¿Qué porcentaje de culpa tenemos en que varias plataformas hayan cambiado nuestra manera de vivir diariamente? ¿Ahora sí, una imagen vale más que mil palabras (y ahora sí, somos un grupo que luchamos por que nos añadan al montón bueno de etiquetas cool)? ¿Estamos cerca de que esos dos planos de realidad converjan definitivamente y nos lleven a la ruina como sociedad?

    por Mario Álvarez de Luna Costumero
    enero 08, 2017

    Crítica | Black Mirror (3ª temporada)

    por Mario Álvarez de Luna Costumero | enero 08, 2017

    Secretos de familia

    crítica de la segunda temporada de Bloodline.

    Netflix | 2ª temporada: 10 capítulos | Estados Unidos, 2016. Creador: Todd A. Kessler, Glenn Kessler, Daniel Zelman. Directores: Ed Bianchi, Michael Morris, Jean de Segonzac, Todd A. Kessler, Daniel Zelman, Daniel Gordon, Mikael Håfström, Stephen Williams. Guionistas: Todd A. Kessler, Glenn Kessler, Daniel Zelman, Arthur Phillips, Carter Harris, David Manson, Chris Mundy, Amit Bhalla, Lucas Jansen, Lizzie Mickery, Barry Pullman. Reparto: Ben Mendelsohn, Kyle Chandler, Linda Cardellini, Norbert Leo Butz, Sissy Spacek, John Leguizamo, Owen Teague, Andrea Riseborough, Enrique Murciano, Jacinda Barrett, Jamie McShane, Sam Shepard. Fotografía: Jaime Reynoso, Darren Lew. Música: James S. Levine. Productoras: KZK Productions / Sony Pictures Television / Netflix.

    En el artículo sobre la primera temporada de Bloodline habíamos comentado que Ben Mendelsohn era uno de los actores que mejor manejaba las tensiones dramáticas, que él era el motor incansable de esta serie, y que dentro de un electo de fuste, había sido él quien había logrado imprimir su huella al producto, a tal punto que este parecía haber sido moldeado a su medida y no a la inversa. Por eso el asesinato del personaje que encarnaba, el problemático Danny Rayburn, había abierto un conjunto de interrogantes, primero sobre la continuidad de la ficción y segundo sobre los modos de encararla. No es la primera vez que una obra televisiva decide acabar con la vida de alguno de sus personajes-tensores (aquellos que atraviesan e hilvanan toda la trama, y que son capaces de contraer y dilatar su ritmo argumental) en sus primeras temporadas. Lo vimos en Game Of Thrones con la decapitación de Ned Stark o en Homeland con el ahorcamiento de Nicholas Brody. Pero lo cierto es que, si no es la más impactante, la muerte de Danny Rayburn a manos de su propio hermano seguro es la más relevante en términos específicos. Porque si Ned Stark era solo un engranaje más tras los entretelones y la maquinaria de todo un reino y sus confines, o el sargento Brody era una mera pieza dentro del cambiante tablero mundial, Danny es el eslabón descarriado clave en una familia camino a la deriva. Su drama era más terrenal y cotidiano que el de los otros, aunque no por ello menos movilizador. Su temprana muerte, antes de pudiera seguir haciendo —y haciéndose— más daño, se volvió un inconveniente para el desarrollo y ulterior prosecución del relato. Para sortearlo, los creadores de Bloodline no dieron muchas vueltas y decidieron echar mano al recurso narrativo de la aparición, ese que es tan viejo como la cultura misma, como los temores más primitivos de la humanidad.

    En la cultura popular, las apariciones se manifiestan en los sueños y en las pesadillas, en las visiones y en los delirios, durante la vida o en el ocaso de esta. Son tan cercanas a la naturaleza humana que han animado los relatos orales desde el origen de nuestros tiempos, han poblado la literatura e impregnado los lienzos, para finalmente descender sobre otra forma más reciente de expresión artística, la audiovisual. En los últimos años las apariciones han deambulado asiduamente por la pantalla chica, donde atormentaron, entre otros, a Kevin Garvey, Tony Soprano y Frank Underwood en su lecho de agonía. Ahora parece ser el turno de John Rayburn, que a diferencia de los tres primeros no se halla convaleciente, sino en plena campaña electoral para convertirse en el próximo sheriff del Condado de Monroe. Aunque en todos los casos la constante sea la de cuatro hombres que han asesinado con sus propias manos y a quienes la memoria no les da tregua. Si en la primera entrega el eje había sido Danny, muerto este el foco irá a posarse sobre su hermano y victimario. Los guionistas cambiaron, entonces, la tensión que suponía Mendelsohn por la presión que exuda Kyle Chandler a toda hora y por todos sus poros. Pero no nos confundamos, el primero sigue estando estupendo en las escasas intervenciones donde aparece, conservando esa inigualable y contradictoria combinación entre la aparente resignación y el completo control de la situación. Aun así es inexorable sentir que algo se ha perdido en el camino y que la introducción de tres nuevos personajes como son el hijo de Danny, Nolan Rayburn (Owen Teague), su madre Evangeline (Andrea Riseborough) y un exsocio delincuencial del pasado (John Leguizamo), no están a la altura de la estela dejada por Mendelsohn. Para colmo la incorporación de Leguizamo resulta forzada, su actuación no es convincente y la historia individual de su personaje no termina de encajar con el resto de la trama.

    por EAM
    septiembre 07, 2016

    Crítica en serie: Bloodline (2ª temporada)

    por EAM | septiembre 07, 2016

    Algo más que nostalgia

    crítica de la primera temporada de Stranger Things.

    Netflix | EEUU, 2016. Directores: Los Hermanos Duffer (capítulos 1, 2, 5, 6, 7 y 8), Shawn Levy (capítulos 3 y 4). Guionistas: Los Hermanos Duffer (capítulos 1, 2 y 8), Jessica Mecklenburg (capítulo 3), Justin Doble (capítulos 4 y 7), Alison Tatlock (capítulo 5), Jessie Nickson-Lopez (capítulo 6). Reparto: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolfhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Cara Buono, Noah Schnapp, Matthew Modine, Joe Chrest, Joe Keery, Rob Morgan, Shannon Purser, John Reynolds, Mark Steger, Chris Sullivan, Randall P. Havens. Fotografía: Tim Ives. Música: Kyle Dixon & Michael Stein.

    Resulta inevitable que la primera palabra que nos asalte la mente cuando pensamos en Stranger Things sea “nostalgia”. Y así queda patente en todos y cada uno de los análisis o comentarios que sobre la serie de Netflix podemos leer en la Red o en medios impresos, hasta el punto que cuesta trabajo encontrar alguna opinión vertida sobre la serie que no tenga que ver con esa añoranza de tiempos pasados. Es lógico y, como decía, ineludible, pues el motor que mueve este proyecto de los Hermanos Duffer no es otro que el sentimiento melancólico por las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo que, de un tiempo a esta parte, domina parte de la producción audiovisual y literaria que más repercusión consigue entre las masas, concretamente desde que los críos que crecieron en esa época han ido obteniendo lugares de poder dentro del cine o la televisión y lo han utilizado para, como hicieran antes otras generaciones, intentar recrear aquello que les hizo amar un arte al que ahora se dedican. Esto no es nuevo, aunque quizá nuestra generación sea la que más fácil ha tenido volver a esos días añorados, gracias a la rapidez con la que la cultura pop va quemando etapas (haciéndolas rotar fugazmente para volver siempre al principio) y a lo sencillo que es actualmente emular hitos pretéritos gracias a la tecnología con la que contamos para volver al pasado. Es connatural al hombre buscar la comodidad de lo conocido e intentar crear paisajes físicos, emocionales o mentales que nos retrotraigan a tiempos mejores en los que todo nos resultaba más fácil, fresco y prometedor, especialmente en los días difíciles que nos ha tocado vivir y que pronostican un mañana peor. Por eso no dejamos de construir máquinas del tiempo sensoriales que nos devuelvan durante un par de horas a la inocencia y lo primitivo, aunque lo que otrora era expectativa ahora sea únicamente evocación. Pero nos gusta engañar a la mente, ir contra las leyes del tiempo e intentar revivir la emoción de las primeras veces, o reencontrarnos con la comodidad de lo ya conocido y experimentado, algo que finalmente termina en muchos casos provocando la más pura tristeza cuando llegamos a la conclusión de que, efectivamente, por mucho que intentemos volver allí, esos días no volverán porque ni nosotros ni el mundo en el que vivimos somos ya los mismos. Esto es lo que pasará cuando, las próximas navidades, muchos prefieran adquirir la resucitada NES de Nintendo antes que cualquier consola de última generación o unas gafas de realidad virtual, sólo para darse cuenta horas después de que los mandos se le quedan pequeños y los juegos les parezcan añejos y no tan divertidos como los recordaban. Es casi inevitable, pero hasta que llegue ese instante, la mera promesa de poder sentirnos otra vez como niños es algo que nos hace la existencia más llevadera y que nos genera ilusión. Y de esa ilusión (que incluso sirve para que recordemos con cariño cosas que antes nos parecían un infierno, como los deberes) nos nutrimos a veces y se aprovecha la industria para mantenernos enganchados al siguiente gran regreso al pasado que nos tiren a la cara y del que no podremos (ni querremos) escapar.

    por Unknown
    julio 28, 2016

    Crítica en serie | Stranger Things (Primera temporada)

    por Unknown | julio 28, 2016

    Una ración de nostalgia ochentera

    crítica del episodio piloto de Stranger Things.

    Netflix | EEUU, 2016. Directores y guionistas: Los Hermanos Duffer. Reparto: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolfhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Cara Buono, Noah Schnapp, Matthew Modine, Joe Chrest, Joe Keery, Rob Morgan, Shannon Purser, John Reynolds, Mark Steger, Chris Sullivan, Randall P. Havens. Fotografía: Tim Ives. Música: Kyle Dixon & Michael Stein.

    Se ha dicho tanto, desde la presentación del proyecto, pasando por las primeras imágenes, el tráiler y finalmente las críticas de los primeros episodios, que Stranger Things es un cariñoso homenaje al cine de los 80, especialmente al que hicieron Steven Spielberg y Robert Zemeckis, que uno no puede sacudirse ese mantra como espectador cuando está viendo la serie. Si ya J.J. Abrams rindió su particular carta de amor a la misma época y tipo de cine con la notable Super 8 (2011), los hermanos Mark y Ross Duffer convierten esas dos horas en ocho –por el momento–, fichan a una niña de la época para ser simbólica madre (la excelente Winona Ryder) y crean una clásica situación de suspense rodada como cine y con absoluto potencial de enganche, y más teniendo en cuenta que ya está disponible la temporada entera, como es la norma con las series de Netflix. El prólogo ya atrapa, y abre las posibilidades de múltiples teorías sobre ese monstruo que se esconde y juega con la electricidad y ese niño desaparecido que se ha convertido en su objetivo. Como escenario, un pequeño pueblo de la América rural, donde no suele pasar nada y todos se conocen. No puede ser una situación más de manual ni adrede, pero aun así los Duffer y su equipo se las ingenian para, sin ofrecer nada especialmente sorprendente en esta presentación de la historia, lograr que uno quiera ver el segundo capítulo de inmediato.

    Es la combinación de suspense y tensión, la música y los encuadres, las bromas y la crispación, que se mezclan en una coctelera que da como resultado nostalgia pura y plenamente autoconsciente de serlo. Pero no solo de eso, sino de su condición de primera entrega, hecha por tanto sin la necesidad de servir los elementos necesarios para que el piloto sea escogido de una multitud. Trabajar con Netflix implica presentar la idea completa, y los Duffer ya tienen experiencia tanto en el formato seriado –trabajaron en la primera temporada de Wayward Pines (2015-)– como en cine, donde debutaron con Hidden: Terror en Kingsville (Hidden, 2015) tras curtirse con varios cortometrajes. Su foco de atención es el terror y la intriga, y a lo largo de estos 47 minutos plantan y hasta empiezan a germinar diferentes semillas para atraer nuestra atención en todo momento. Su apuesta por lo sobrenatural es evidente, y hay elegancia en su puesta en escena y en su manera de dosificar los sustos y sorpresas, sin enseñar más de lo debido para que el resto lo rellena la imaginación de la audiencia. Dentro del amplio catálogo de series de Netflix, Stranger Things satisface varias necesidades. Su diseño e intenciones la convierten en una perfecta serie para verse en maratón, y su pasión nostálgica hará que los amantes del cine de la época la consuman con frenesí. Si es capaz de desarrollar en buen equilibrio su drama (sempiternos hogares rotos) y su intriga (con la misteriosa niña nº 11), quizá estemos ante uno de los grandes entretenimientos del verano. Diseñado para ello está, así que la mitad del trabajo está hecho. (75/100).

    por Anónimo
    julio 18, 2016

    Crítica | Stranger Things

    por Anónimo | julio 18, 2016
    Lady Dynamite

    Una terapia artística

    crítica de la primera temporada de Lady Dynamite.

    Netflix / 1ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2016. Creadores: Mitchell Hurwitz & Pam Brady. Directores: Andrew Fleming, Robert Cohen, Max Winkler, Mitchell Hurwitz, Daniel Gray Longino, Bill Benz, Ben Berman, Ryan McFaul, Jessica Yu. Guionistas: Pam Brady, Mitchell Hurwitz, Theresa Mulligan Rosenthal, Kyle McCulloch, Matt Ross, Max Searle, Jen Statsky. Reparto: Maria Bamford, Mary Kay Place, Fred Melamed, Ana Gasteyer, Lennon Parham, Bridget Everett, Mo Collins, Dean Cain, Yimmy Yim, Ed Begley Jr., Ólafur Darri Ólafsson, Keith Lucas, Kenneth Lucas, June Diane Raphael, Jenny Slate, Patton Oswalt, Mike Fotis. Fotografía: Heimo Ritzinger. Música: David Schwartz.

    En un panorama televisivo como el actual, más concretamente en el mundo de las comedias, distinguirse es muy complicado. Este crítico supo de la existencia de Lady Dynamite cuando se anunció su fecha de estreno, el pasado 20 de mayo, a través de un vídeo que varios amigos cómicos de su protagonista Maria Bamford, que en la mayoría de los casos participan además en la serie haciendo de sí mismos o de algún personaje, recomendaban con humor su visionado. Estamos ante un collage hecho comedia de 30 minutos. Una propuesta estimulante y llena de energía, que dispara ideas por minuto y que mezcla tiempos y lugares con una deliberada mezcla de claridad y confusión. La serie cuenta la historia de la cómica Maria Bamford, cuya experiencia personal luchando con un trastorno bipolar da el centro argumental al asunto. Ofrece una versión de sí misma que nos cuenta en tres momentos temporales cómo sufrió un ataque de nervios, su estancia en una institución psiquiátrica y su regreso a la vida cotidiana. Bamford parece abrirse en canal para nosotros, dejar que miremos en la parte más oscura de su vida y así también aprendamos y desdramaticemos la situación de una persona con una enfermedad mental.

    Creada por Mitchell Hurwitz & Pam Brady, Lady Dynamite podría inscribirse en esa variante de series protagonizadas y originadas por comediantes que hacen de su día a día la fuente de hilarantes historias, que la impecable Seinfeld (1989-1998) popularizó y que ha dado ejemplos tan dispares como Larry David (2000-), The Sarah Silverman program (2007-2010), Louie (2010-) o Inside Amy Schumer (2013-), por decir sólo los casos más imaginativos. Aunque Bamford no figura como creadora ni escribe o dirige ningún episodio, la sensación que deja la serie es la de ser testigos de algo muy personal. Y también original, como si Bamford y los creadores hubieran decidido coger los códigos de la sitcom y hacerlos estallar, algo que no extraña teniendo en cuenta que Hurwitz está detrás de la magna Arrested development (2003-) y que Brady escribió durante años en South Park (1997-), series que cada una a su manera han cogido la base clásica y la han pervertido con mucho talento. Para ello no sólo se sirven de las propias experiencias de la actriz, sino que convocan un amplio y espléndido reparto (con especial mención para Fred Melamed, Ana Gasteyer y Bridget Everett y sus personajes) capaz de dinamitar convenciones y ser hilarantes por el camino.

    por Anónimo
    junio 10, 2016

    Crítica en serie | Lady Dynamite (T1)

    por Anónimo | junio 10, 2016
    Daredevil

    Diablo descompensado

    crítica de Daredevil / Segunda temporada.

    Netflix | EE.UU, 2016. Directores: Phil Abraham, Marc Jobst, Peter Hoar, Floria Sigismondi, Andy Goddard, Ken Girotti, Michael Uppendahl, Stephen Surjik, Euros Lyn. Guión: Douglas Petrie, Marco Ramirez, Mark Verheiden, John C. Kelly, Lauren Schmidt Hissrich, Sneha Koorse, Luke Kalteux, Whit Anderson (basado en el personaje creado por Stan Lee y Bill Everett). Reparto: Charlie Cox, Deborah Ann Woll, Elden Henson, Jon Bernthal, Elodie Yung, Scott Glenn, Vincent D’Onofrio, Michelle Hurd, Rosario Dawson, Clancy Brown. Fotografía: Martin Ahlgren, Petr Hlinomaz. Música: John Paesano.

    Si el año pasado hubo una serie que consiguió todos los laureles habidos y por haber, esa fue Daredevil, flamante primera muestra de lo que la alianza Marvel/Netflix podía ofrecer. Su planteamiento, tan alejado de lo que el luminoso Universo Cinematográfico Marvel exhibe tanto visual como argumentalmente, supuso todo un soplo de aire fresco al género superheroico, y abrió la puerta a una forma de hacer las cosas radicalmente distinta en lo que a las andanzas de tipos con mallas se refiere. No es por tanto de extrañar que en poco tiempo se anunciase una segunda temporada, en la que además se iban a mostrar a otro par de personajes que, como el propio Daredevil, habían sufrido una suerte poco halagüeña en sus anteriores encarnaciones en pantalla: El Castigador y Elektra. Las perspectivas no podían ser mejores. Y, sin embargo, hay algo en esta segunda tanda de Daredevil que no termina de encajar. Lo que en la primera temporada funcionaba como una máquina perfectamente engrasada, aquí se nota descompensado e irregular, como si ciertos elementos de la temporada hubiesen sido más cuidados que otros. Las dos tramas principales no carburan igual de bien, y donde una es eficaz y no tiene nada que envidiar a la entrega anterior, la otra resulta aburrida y, por momentos, incluso irritante. Tal vez se deba al cambio de showrunner, tal vez la bicefalia al frente de la serie sea responsable de los altibajos, pero uno no puede quitarse de encima la sensación de que sólo una de las dos partes de esta historia han gozado del interés de los implicados.

    Empecemos por la que sí funciona. La trama de Frank Castle, alias El Castigador, es sencillamente fantástica. A una historia brutal y sin concesiones (lo cual es decir muchísimo cuando hablamos de Daredevil) se une un desarrollo de personaje absolutamente magistral, algo que no era tarea sencilla con un personaje como Castle. Siendo quien es y cómo es, resultaba muy sencillo cruzar la línea de la violencia absurda, hiperbólica y sin sentido, o todavía peor, caer en la parodia facilona del personaje a lo Charles Bronson. Empero, el Frank Castle de Daredevil consigue ser alguien que, además de repartir violencia y muerte por donde pasa, resulta alguien digno de compasión, alguien a quien entender y por quien sentir incluso cierta simpatía, a pesar de que sus métodos no sean precisamente los más recomendables. Y el mérito recae a partes iguales en quienes hay tras la cámara y quien hay delante de ella; la interpretación de Jon Bernthal es lo mejor de la temporada. Capaz de resultar una terrorífica apisonadora de muerte y destrucción en una escena, y de mostrar lo roto que está por dentro en otra, Bernthal se come la pantalla en todas sus secuencias;  Daredevil disfuta de sus mejores momentos cuando él está presente, independientemente de con quién interactúe.


    «A pesar de sus errores, Daredevil se mantiene como  una serie que dignifica al estandarte del cine de aventuras actual, y que demuestra que se pueden hacer productos de evasión que no tomen al espectador por descerebrado».



    Es por eso que es tan difícil de entender qué ha pasado con la otra trama de la temporada: la de Elektra. La asesina de origen griego es uno de los personajes femeninos más oscuros y fascinantes de Marvel, un caracter cuya moralidad es más que ambigua y que no juega según las reglas establecidas. La posibilidad de ver a Elektra  en una encarnación que nos hiciera olvidar lo que fue su desastroso paso por la gran pantalla era algo tan esperado como lo fue hace un año la del propio Hombre sin miedo. Y, sin embargo… La Elektra de Daredevil, resulta un personaje plano, aburrido y previsible. Un estereotipo de femme fatale andante, cuyo arco argumental se hace más pesado con cada capítulo, y al que no ayuda en absoluto la interpretación de Elodie Yung, que mezcla todos los tópicos de ese cliché con los del rol de niña consentida que saca a todo el mundo de quicio. En la Elektra de Daredevil se echa de menos, y mucho, el buen progreso de personajes femeninos que sí tuvo su serie hermana, Jessica Jones; o sin ni siquiera tener que cambiar de producción, los procesos que sí han tenido Claire (Rosario Dawson), o incluso Karen (Deborah Ann Woll), a pesar de que en esta temporada su personaje haya virado hacia el complemento romántico del héroe, algo que tampoco pilla a nadie por sorpresa. Afortunadamente, casi todo lo que hizo buena la primera tanda sigue ahí: una dirección trepidante, unas escenas de acción sensacionales, y unos libretos que, si bien pueden flojear, siguen estando muy por encima de lo que el género superheroico suele ofrecernos, ya sea en televisión o cine. A pesar de sus errores, Daredevil se mantiene como  una serie que dignifica al estandarte del cine de aventuras actual, y que demuestra que se pueden hacer productos de evasión que no tomen al espectador por descerebrado. Netflix y Marvel siguen siendo un combo ganador, aunque esta vez lleguen a la meta con un poco menos de elegancia. | ★★★ |


    Judith Romero
    © Revista EAM / Londres


    por Unknown
    mayo 09, 2016

    Crítica en serie | Daredevil (T2)

    por Unknown | mayo 09, 2016
    House of cards

    Aparcar la credibilidad

    crítica de House of cards / Cuarta temporada.

    Netflix / 4ª temporada: 13 capítulos | EE.UU, 2016. Creador: Beau Willimon. Directores: Robin Wright, Tom Shankland, Tucker Gates, Jakob Verbruggen, Alex Graves, Kari Skogland. Guionistas: Beau Willimon, Melissa James Gibson, Frank Pugliese, John Mankiewicz, Laura Eason, Bill Kennedy, Kenneth Lin, Tian Jun Gu. Reparto: Kevin Spacey, Robin Wright, Michael Kelly, Jayne Atkinson, Neve Campbell, Derek Cecil, Elizabeth Marvel, Mahershala Ali, Reed Birney, Eisa Davis, Paul Sparks, Boris McGiver, Joel Kinnaman, Dominique McElligott, Molly Parker, Damian Young, Colm Feore, Nathan Darrow, Ellen Burstyn, Wendy Moniz. Fotografía: Peter Konczal, David M. Dunlap, Paul Elliott. Música: Jeff Beal.

    Por primera vez, la irregularidad ha reinado en una temporada de House of cards, que si podía presumir de algo era de acabar cada año revelando una planificación meticulosa, plantando piezas por el camino que germinaban en momentos climáticos estupendos. Beau Willimon, que se ha despedido del proyecto tras esta tanda, y de qué manera lo hace, ha hecho junto a sus guionistas un grupo de episodios que quiere tocar demasiadas cosas para los 13 capítulos de los que dispone, cuando curiosamente los capítulos en sí han sido más cortos que nunca (45/50 minutos frente a los habituales 55/60 por temporada anterior), pero quizá se haya debido a que cerró la tercera con una decisión demasiado rotunda como para poder mantenerla, o habrá hecho caso de las múltiples quejas de los espectadores, que no querían ver al matrimonio Underwood en crisis. Quizá hasta Netflix haya tenido algo que ver, aunque presumen de dejar a sus empleados trabajar sin intervención alguna. Sea como fuere, se pueden ver dos claros bloques temáticos en la temporada que nos ocupa, marcados por la entrada y salida definitiva de varios personajes y un intento de asesinato que le da la vuelta a la realidad de todos los personajes. El átomo político, el matrimonio perfecto en su despiadada manera de ver el mundo, empezaba el capítulo 40 en crisis, en plena huida de ella hacia el hogar materno, habitado por un dragón enfermo (extraordinaria Ellen Burstyn) que no le da tregua. Y decir que está enfermo no es hacer un spoiler ni dar información baladí, sino una muestra del pequeño bajón en la escritura que esta temporada ha demostrado. Es pura conveniencia que Elisabeth Hale se esté muriendo, o que Viktor Petrov vuelva a apretar las tuercas del conflicto internacional cuando lo hace, o que Lucas Goodwin se reúna con Heather Dunbar de la manera en que lo muestran, y algunas cosas más. Es hacer encaje de bolillos, no planear las cosas con meticulosidad. Y es más vistoso en una serie como ésta.

    Una debilidad de guion que también ha afectado otros frentes, como la regulación de los personajes de esta coral apuesta, especialmente un Doug que sin saltarse un episodio no le ha dado al estupendo Michael Kelly mucho material de calidad con el que trabajar. Lo mismo puede decirse de la subtrama de Jackie y Remy, aunque esto quizá tenga más que ver con los compromisos profesionales de ambos intérpretes con otras series. Algo similar le sucede a uno de los nuevos fichajes, una excelente Neve Campbell, cuyo personaje pierde bastante una vez Frank regresa al poder. En contraposición a esto, y menos mal, está la inteligente decisión de Willimon de sacar a Lucas de la cárcel y hacer que sus acciones lleven a Tom (¿el único personaje con integridad de este universo?) a investigar las acusaciones contra Frank. La manera en que dicha investigación y la vida en la Casa Blanca corren paralelas es de lo más emocionante, y se une en un enfrentamiento en Capítulo 52 (4.13) de los que no se olvidan. Los regresos del pasado de varios personajes que hemos podido ver este año han sido un placer y una sorpresa, ya sea en formato onírico o en la vida de pesadilla que tienen como consecuencia de haber estado en el camino de Frank y Claire.

    por Anónimo
    abril 10, 2016

    Crítica en serie | House of cards (T4)

    por Anónimo | abril 10, 2016
    Jessica Jones

    Antiheroínas, villanos y otras criaturas dañadas

    crítica de Jessica Jones (2015).

    Netflix | EE.UU, 2015. Directores: S.J. Clarkson, David Petrarca, Stephen Surjik, Uta Briesewitz, Bill Gierhart, Rosemary Rodriguez. Guión: Melissa Rosenberg, Liz Friedman, Jamie King, Scott Reynolds, Micah Shraft (basado en la obra de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos). Reparto: Krysten Ritter, Mike Colter, David Tennant, Rachael Taylor, Carrie-Anne Moss, Wil Traval, Eka Darville, Erin Moriarty, Susie Abromeit, Robin Weigert, Colby Minifie, Rebecca De Mornay. Fotografía: Manuel Billeter. Música: Sean Callery.

    Siete años, doce películas y tres series de televisión después, Marvel se ha dignado a presentarnos a su primera superheroína por derecho propio, la primera que no aparece como un interés romántico que se ha ganado un ascenso, o como un personaje secundario relegado a ser comparsa del “club de los chicos”. Y para ello ha escogido un personaje a priori poco conocido para el gran público —hasta ahora—, con una vida y unos problemas mucho más mundanos que los de Tony Stark y su pandilla. Creada por Brian Michael Bendis y Michael Gaydos en 2001, Jessica Jones debutó en los cómics de la mano de Alias, serie que inauguró la línea MAX de Marvel, destinada a un público adulto y que incluye historias mucho más violentas, sexuales y oscuras que las de las colecciones regulares de la Casa de las Ideas. Quizá por eso era inevitable que apareciese en las producciones que Marvel ha reservado para Netflix, que, si no son una línea MAX televisiva, están muy cerca de serlo. Y la elección y puesta en escena, como sucedió con Daredevil, no pueden ser más brillantes. Alias es la base argumental de Jessica Jones, aunque la serie sigue su propio camino. Jessica es una mujer poco común, al menos para los estándares de los universos superheroicos; sí, tiene súper fuerza, es bastante más resistente de lo que es normal —aunque no invulnerable—, y casi se diría que puede volar. Pero también bebe como un cosaco, se acuesta con quien quiere y es un desastre en casi todo lo que hace; posiblemente, si el tabaco no estuviese tan mal visto en los productos audiovisuales americanos de hoy día, también fumaría como un carretero. Jessica está a años luz de las siempre pluscuamperfectas damiselas de los universos comiqueros, capaces de pasearse entre explosiones subidas a tacones de vértigo, de enamorar a semidioses alienígenas atropellándolos con su “encantadora torpeza” o de cargarse todo un pasillo lleno de matones literalmente sin despeinarse. Jessica Jones suda, sangra, se ensucia, no se cambia de ropa en días y huele mal. Jessica Jones es el personaje más humano jamás visto en una pantalla en la que aparezca gente que puede parar coches con las manos.

    A diferencia también de sus mayores cinematográficos, y en cierta medida también de su serie hermana, Jessica Jones nos cuenta una historia más pequeña, menos centrada en salvar el mundo y más en que su protagonista se salve a sí misma y a los suyos. Cuando la conocemos, Jessica está lidiando con un trastorno por estrés postraumático, resultado de haber pasado meses bajo el control mental de alguien llamado Kilgrave, que la llevó a sufrir, y a perpetrar, todo tipo de abusos imaginables. Un buen (mal) día, Jessica descubre que Kilgrave, a quien creía muerto, sigue vivo y ejerciendo su terrorífica influencia sobre la gente. La maldad de Kilgrave, como veremos después, no radica tanto en sus habilidades como en su propio ser. Y frente a la muy humana maldad de Kilgrave, se alza la no menos humana fuerza de voluntad de nuestra protagonista. Jessica es una superviviente: ha atravesado un infierno de abusos y ha vivido para contarlo; y, aunque dañada, puede que de forma irreparable, es capaz de plantarse frente a su torturador y escupirle su desprecio a la cara, de pararle los pies para evitar que dañe a otros como la ha dañado a ella. Jessica no es sólo alguien que puede atravesar paredes de un puñetazo o cargar con tipos del doble de su tamaño como quien lleva una mochila; también es alguien capaz de enfrentarse a un trauma muy real, a un miedo que puede llegar a paralizar, para evitar que éste siga definiendo su existencia. Con su aspecto menudo y casi frágil, y su expresión a la vez sarcástica y triste, Krysten Ritter resulta perfecta como Jessica, consiguiendo no sólo llevar la serie a sus espaldas, sino construir un personaje con el que el espectador puede empatizar sin caer en los estereotipos de marysue que resultan tan tentadores para el mundo audiovisual a la hora de lidiar con personajes femeninos. Jessica es una mujer, pero eso no significa que tenga que comportarse de acuerdo a unos “estándares” por el hecho de serlo. Los estándares y las opiniones de la gente, en realidad, se la traen bastante al pairo, como deja claro en más de una ocasión, a amigos, enemigos y desconocidos por igual.

    por Unknown
    diciembre 05, 2015

    Crítica en serie | Jessica Jones

    por Unknown | diciembre 05, 2015
    Beasts of No Nation

    Hijos de la guerra

    crítica de Beasts of No Nation | Cary Joji Fukunaga, 2015.

    Decía Jorge Drexler en su canción Milonga del moro judío que «la guerra es muy mala escuela, no importa el disfraz que viste». Es una frase que resume muy bien el sentimiento que inspira Beasts of No Nation. La andadura del pequeño Agu (Abraham Attah) como niño soldado a través de un país desangrado por el conflicto bélico es justamente eso: una terrible escuela de la muerte, en la que un crío encantador, travieso y lleno de vida aprende a ser un asesino mecánico, despiadado, vacío. El trabajo del jovencísimo Attah es modélico en ese sentido: su transformación de chavalín de las calles simpático y algo gamberro en una carcasa humana que se mueve por pura inercia, al tiempo que mata y se droga, no sólo resulta escalofriante en su verosimilitud, sino que es, lisa y llanamente, una de las mejores interpretaciones de este año. Máxime cuando tiene enfrente a un Idris Elba pletórico, en la que es la actuación más compleja de su carrera hasta el momento, por encima incluso del John Luther que le dio fama y fortuna. Elba, también productor de la película —o al menos eso dicen los créditos—, tiene a su cargo un personaje que mezcla en dosis desiguales carisma, temor y repugnancia. Un Fagin de la guerra que se aprovecha de criaturas que apenas entienden lo que sucede a su alrededor para organizar su propio escuadrón de asesinos, prometiéndoles, a cambio de su sumisión, la venganza por los suyos y la llegada a un mundo nuevo, creado a su (salvaje y psicopática) medida. En muchos aspectos, el Comandante no es sólo un jefe militar; es también el líder de una auténtica secta, con sus ritos de iniciación, sus mantras y sus creencias. Una horda de fanáticos que vaga por la jungla africana dispuesta a cualquier cosa con tal de congraciarse con él.

    Agu es quien nos guía a través de esta travesía por el horror, sus pensamientos y su confusión reflejados en una narración en off que no se nos antoja la voz de un niño. Porque a Agu le han robado no sólo la infancia, sino la vida entera. Su experiencia no lo convierte en un adulto antes de tiempo; lo lleva a un estado salvaje, sin la inocencia de la infancia ni los mecanismos de defensa de la madurez. La guerra, que se coló poco a poco en su hogar sin que él pudiese evitarlo, se va filtrando también en todos los resquicios de su mente, pervirtiendo incluso sus recuerdos más queridos, aquellos que tienen que ver con su familia. La guerra, que todo lo destruye, termina también con la humanidad en el sentido más amplio de la palabra. Una guerra que nunca termina porque, de hacerlo, quienes la lideran perderían toda su razón de ser. Aquellos que, como el Comandante Supremo, se esconden tras la seguridad de una mansión limpia y lujosa, con trajes, ayudantes y comida. Él, que no tiene problemas en sacrificar lo que hace falta para beneficiarse y salvar su propio pellejo, es la prueba de que siempre hay un escalafón más que da las órdenes, que es la fuente de la corrupción, la miseria y el horror. Para Agu, sus días de niño soldado sí llegan a terminar. Pero eso es todo. ¿Cómo volver a ser sólo un niño después de tantas atrocidades? Si bien el final de Beasts of No Nation deja cierto margen a la esperanza, también deja claro que ese monstruo siempre formará parte de él; quizá llegará a aceptarlo, incluso, con el tiempo, a hacer las paces con sigo mismo, pero nunca podrá dejarlo atrás.

    por Unknown
    octubre 17, 2015

    Crítica | Beasts of No Nation

    por Unknown | octubre 17, 2015
    Sense8

    La universalidad de la experiencia humana... en medio de disparos y sexo

    crítica a Sense8 (2015-) | Primera temporada.

    Netflix / 1ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2015. Creadores: Lana Wachowski & Andy Wachowski & J. Michael Straczynski. Directores: Lana Wachowski & Andy Wachowski, Tom Tykwer, James McTeigue, Dan Glass. Guionistas: Lana Wachowski & Andy Wachowski & J. Michael Straczynski. Reparto: Aml Ameen, Bae Doona, Jamie Clayton, Tina Desai, Tuppence Middleton, Brian J. Smith, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Freema Agyeman, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Daryl Hannah, Terrence Mann, Naveen Andrews, Anupam Kher, Chichi Seeii, Eréndira Ibarra, Ness Bautista. Fotografía: John Toll, Danny Ruhlman, Frank Griebe, Christian Almesberger. Música: Johnny Klimek & Tom Tykwer.

    Sense8, rodada a caballo entre Chicago, San Francisco, Londres, Reikiavik, Ciudad de México, Bombay, Seúl, Berlín y Nairobi, es una de las series más ambiciosas de la historia de la televisión. Una afirmación que puede parecer exagerada, pero que no lo es. Más de medio año de rodaje con varias unidades simultáneas –lideradas por sus colaboradores habituales Tom Tykwer, James McTeigue y Dan Glass– y la titánica intención de no construir ni un solo decorado y poder transmitir el argumento de partida a través de unas imágenes que nunca parecieran falsas. El suicidio de la misteriosa figura que es Angelica/Angel (una desaprovechada Daryl Hannah) activa en ocho individuos alrededor del mundo una conexión mental y emocional que va a cambiar para siempre su existencia. Son “sensate”, y a partir de ese momento estarán en gran peligro. Su actividad cerebral se expande a la vez que son cazados por una organización que quiere anular su don, y cuyas intenciones solo se empiezan a apuntar en esta docena de episodios (primer signo de que esta serie no es lo habitual, ya que ha nacido para durar varias temporadas). Y es normal que no sea habitual, ya que lleva dos tercios de la firma de uno de los dúos más curiosos de Hollywood, Lana y Andy Wachowski, unidos al creador J. Michael Straczynski —responsable de la saga Babylon 5 (1993-2007) o del guión de El intercambio (Changeling, Clint Eastwood, 2008), por el que fue nominado a un Bafta— para poder en pie una historia que en cine hubiera sufrido un destino similar al de las últimas cintas de los hermanos. Una trama demasiado amplia para cubrir entre 120 y 180 minutos y una querencia por la espectacularidad que acaba ahogando los intentos de trascendencia del texto. El propio Straczynski ha dicho ya que Sense8 está pensada como una narración de cinco tandas de episodios, así que solo cabe esperar que Netflix esté recuperando parte de la monumental inversión con las ventas internacionales de la serie y le convenzan lo suficiente como para empezar a renovarla. Es una bendita locura de idea, y precisamente por eso se merecería poder desarrollarse del todo.

    Termina la temporada y uno tiene la sensación de estar empezando a conocer a Capheus (Aml Ameen), Sun (Bae Doona), Nomi (Jamie Clayton), Kala (Tina Desai), Riley (Tuppence Middleton), Will (Brian J. Smith), Wolfgang (Max Riemelt) y Lito (Miguel Ángel Silvestre), aunque siendo justos los creadores no tratan a sus ocho criaturas de la misma forma, hasta el punto de que Wolfgang y Lito se pierden algún capítulo y los conflictos de Will o Nomi quedan más y mejor explorados que el del resto de “sensate”, aunque quizá sea parte del plan maestro. Al fin y al cabo, la amenaza se empieza a centrar en ellos, y el proceso paralelo de toma de conciencia de lo que les está pasando es una de las cosas más especiales y únicas que la serie ofrece. A través de un ejercicio de montaje de lo más preciso –y una logística que se intuye de pesadilla al tener que rodar varias veces con los diferentes intérpretes en los distintos países–, los responsables han apostado por tratar de convertir toda la experiencia en algo sensorial, en crear una descripción del extraño proceso con la que los espectadores pueden identificarse (con momentos cumbre como la orgía o el concierto y los nacimientos). Es un argumento que hay que creerse y asumir con todas las consecuencias, y que habla de la universalidad de la experiencia humana, la pansexualidad y el desarrollo de una conexión mental como la última parada en la evolución del hombre. Las generosas escenas de sexo o los múltiples momentos en que los personajes toman el control sobre la mente y cuerpo de otros no son solo una bienvenida concesión para atraer al público, que en parte también, sino ejemplos de cómo la mente del grupo empieza a perder las barreras en el camino de ser una.

    por Anónimo
    julio 29, 2015

    Crítica en serie | Sense8 (1T)

    por Anónimo | julio 29, 2015

    El lazo se corta por la parte más fina

    crítica a Bloodline (2015-) | Primera temporada.

    Netflix | 1ª temporada: 13 capítulos | Estados Unidos, 2015. Creador: Todd A. Kessler, Glenn Kessler, Daniel Zelman. Directores: Ed Bianchi, Johan Renck, Daniel Attias, Adam Bernstein, Simon Cellan Jones, Jean de Segonzac, Tate Donovan, Carl Franklin, Alex Graves, Todd A. Kessler, Michael Morris. Guionistas: Jonathan Glatzer, Todd A. Kessler, Glenn Kessler, Daniel Zelman, Arthur Phillips, Jeff Shakoor, Carter Harris, Addison McQuigg. Reparto: Ben Mendelsohn, Michelle Rose Domb, Brandon Larracuente, Nevy Rey, Sissy Spacek, Linda Cardellini, Jeremy Hale, Jamie McShane, Kyle Chandler, Taylor Rouviere, Norbert Leo Butz, Owen Teague, Enrique Murciano. Fotografía: Jaime Reynoso, Darren Lew. Música: Tony Morales, Edward Rogers. Productoras: KZK Productions / Sony Pictures Television / Netflix.

    «Cuando las desgracias llegan, no aparecen de a una, como exploradores aislados, sino en legiones».
    Hamlet, de William Shakespeare.

    Bloodline es una de las nuevas apuestas televisivas que la plataforma de streaming Netflix ha lanzado para este año. Tras los éxitos de House of Cards y Orange is the New Black, y consolidada tanto en los niveles de audiencia como desde la recepción crítica, la compañía ha resuelto darle un lugar a un drama con contenido familiar. El responsable del mismo es Todd A. Kessler, un experto en la materia y otrora productor de la tercera temporada de Los Soprano. Él, conjuntamente a quienes también lo acompañaron en la creación de Damages, es el encargado de confeccionar esta historia de rencores y recuerdos tormentosos, con tintes de novela policial y repleta de secretos que pujan por salir a la luz. La trama se desarrolla en Islamorada, un archipiélago de ensueño perteneciente a los Cayos de la Florida, en Estados Unidos. Pero como todos sabemos, hasta el más apacible de los paraísos puede esconder el más terrible de los infiernos. Éste será, justamente, el destino de los Rayburn, una familia tradicional de la zona que desde hace cincuenta años administra un complejo turístico ubicado en la playa. Tal es la ascendencia de la familia en el lugar, pero sobre todo de su patriarca Robert Rayburn —interpretado soberbiamente por Sam Shepard—, que el gobierno local ha dispuesto colocarle su apellido a un muelle costero. El conflicto se desencadena cuando el hijo mayor de la familia decide volver a su hogar con motivo de la celebración del aniversario de casamiento de sus padres y del nombramiento del muelle. Lentamente la idílica vida de los Rayburn comenzará a derrumbarse y a exhibir heridas del pasado que se creían cerradas.

    El hijo en cuestión es Danny, la oveja negra del clan y el principal catalizador de las desgracias que habrán de llegarles a todos. Encarnado con maestría por el actor australiano Ben Mendelsohn, lleva sobre su cuerpo las marcas de una vida de juerga y descontrol que reflejan, a las claras, la pérdida del rumbo personal. Su antagonista será su hermano menor John (Kyle Chandler), que es detective emérito del departamento de policía regional, eminente miembro de la comunidad local y dedicado protector de sus seres queridos. La saga familiar se completa con la madre Sally (Sissy Spacek) y sus otros dos hijos: la habilidosa abogada Meg (Linda Cardellini) y Kevin (Norbert Leo Butz), un personaje melancólico y propenso a los ataques de ira. La elección de una familia profusa con numerosos hermanos es, sin dudas, uno de los grandes aciertos del guión, ya que permite una aproximación a los hechos desde los diferentes puntos de vista de sus protagonistas. Con el paso del tiempo esto nos permite comprender que, si bien Danny se revela como un personaje en efecto siniestro, es igualmente cierto que los otros integrantes de la familia cargan con sus respectivas cuotas de responsabilidad en las desgracias que los aquejan. Desde su retorno al hogar, Danny es señalado como el causante de todos los males, a pesar de que también haya sido el miembro más postergado y excluido del clan. Esta resistencia de la que es objeto se verá renovada cuando, al intentar establecerse definitivamente en el hotel familiar para ayudar a sus padres en la administración del mismo, reciba la férrea oposición de sus otros tres hermanos. «Todos le dimos a Danny muchas oportunidades de irse, solo que él nunca se dio por enterado», confiesa John, cuya voz es la que guía y ordena una narración anacrónica que Kessler y su equipo ya habían puesto en práctica en Damages.

    por EAM
    julio 16, 2015

    Crítica en serie | Bloodline [1 temporada]

    por EAM | julio 16, 2015

    La imprevisible zona gris

    crítica a Orange is the new black (2013-) | Tercera temporada.

    Netflix / 3ª temporada: 13 capítulos | EE.UU, 2015. Creadora: Jenji Kohan. Directores: Michael Trim, Andrew McCarthy, Phil Abraham, Constantine Makris, Nicole Holofcener, Anthony Hemingway, Julie Anne Robinson, Mark A. Burley, Jesse Peretz, Uta Briesewitz. Guionistas: Jenji Kohan, Sian Heder, Nick Jones, Lauren Morelli, Sara Hess, Tara Herrmann, Jim Danger Gray, Jordan Harrison. Reparto: Taylor Schilling, Kate Mulgrew, Uzo Aduba, Michael J. Harney, Laura Prepon, Dascha Polanco, Yael Stone, Selenis Leyva, Taryn Manning, Danielle Brooks, Nick Sandow, Adrienne C. Moore, Samira Willey, Joel Garland, Catherine Curtin, Lea DeLaria, Kimiko Glenn, Laverne Cox, Elisabeth Rodríguez, Jackie Cruz, Beth Fowler, Vicky Jeudy, Annie Golden, Jessica Pimentel, Lin Tucci, Laura Gómez, Lori Petty, Matt Peters, Lori Tan Chinn, Mike Birbiglia, Ruby Rose, Mary Steenburgen, Blair Brown, Natasha Lyonne. Fotografía: Ludovic Littee, Manuel Billeter, Yaron Orbach. Música: Gwendolyn Sanford & Brandon Jay con Scott Doherty.

    Orange is the new black se sigue superando temporada tras temporada, con una propuesta cada vez más ambiciosa que ha hecho de esta comedia dramática uno de los mayores placeres anuales para los espectadores. Su intrincado y cada vez mayor mapa de relaciones humanas y confinamientos varios (reales y metafóricos) rezuma humanidad, humor y vida. Vida pura que se traduce en una admirable sabiduría por parte de todos los implicados en la serie, pero en especial de una mujer, la superdotada guionista y narradora Jenji Kohan. Kohan planea como pocos, siembra semillas que germinan de manera perfecta y administra el tiempo por metraje de manera ejemplar, tanto a la hora de equilibrar las subtramas de más de quince personajes como para hacer avanzar la historia en general. Y lo mejor es que los guionistas hacen esto de manera imprevisible, así que las decisiones que toman no se ven venir con facilidad, y pueden parecer irracionales o absurdas en el momento, pero tendrán pleno sentido al final de la temporada. Solo hay que pensar en dónde algunos personajes (Norma, Cindy, Soso, Suzanne, Sophia, Caputo, Bennett) empiezan la temporada y dónde la terminan, y se comprobará cómo el recorrido está claro y la evolución es irreprochable, aunque si lo hubieran contado en una frase parecería imposible.

    La tercera temporada de una serie se recibe de manera distinta a las anteriores. La primera es la presentación de la historia y la segunda tiene la gran presión de no decepcionar. La número tres se debate entre los que siguen examinándola con ese ojo especialmente crítico y los que son capaces de relajarse y disfrutar del viaje, porque saben que están en buenas manos. El viaje de esta tanda de episodios empieza agitado, con las consecutivas salidas de dos personajes importantes (uno por cobarde, la otra por no ser lo suficientemente fuerte) y una narrativa donde se sale menos de prisión, consecuencia directa de la ausencia de Larry. Kohan y su equipo saben que la audiencia es inteligente y que por tanto no tiene que caligrafiar los sucesos paso a paso (de ahí la primera vez que vemos a Alex), y esto se traduce en un arranque automático de todas las historias. Historias para muchos los personajes, en una comedia donde lo coral es inherente, porque va unido a la misma esencia de la propuesta. De ahí la brillante estrategia empleada en el comienzo y el cierre, el uso de pequeños flashbacks para ver el pasado de muchos de los personajes, relacionados en mayor o menor grado con una de las ideas centrales de esta tanda: la maternidad.

    por Anónimo
    julio 16, 2015

    Crítica en serie | Orange is the new black [3 temporada]

    por Anónimo | julio 16, 2015
    Daredevil

    La pieza más osada y libre

    crítica a Daredevil (2015-) | Episodio piloto

    Netflix | EE.UU, 2015. Director: Phil Abraham. Guión: Drew Goddard. Reparto: Charlie Cox, Elden Henson, Deborah Ann Woll, Toby Leonard Moore, Bob Gunton, Vincent D`Onofrio, John Patrick Hayden, Skylar Gaertner, Royce Johnson. Fotografía: Matthew J. Lloyd. Música: John Paesano.

    Todavía escaldados por el recuerdo de la mediocre versión cinematográfica que Mark Steven Johnson dirigió en 2003, la gente de Marvel ha puesto en sabias manos la adaptación seriada del personaje creado por Stan Lee y Bill Everett. El creador es Drew Goddard —guionista de Monstruoso (Matt Reeves, 2008) y co-guionista y director de La cabaña del bosque (2012—, amén de parte reseñable de varias series magníficas de la última década y media), que tras firmar los dos primeros episodios dejó la serie. Netflix, la entidad responsible junto a Marvel Studios y ABC, eligieron como sucesor a otro vástago de la “escuela Joss Whedon”, Steven S. DeKnight, que venía de crear y llevar con gran éxito Spartacus (2010-2013) en Starz. Daredevil es por tanto una pieza más dentro del engranaje Marvel, la tercera televisiva tras Agentes de SHIELD (2012-) y Agente Carter (2015-) pero no la última, ya que las series Jessica Jones y Luke Cage ya están en pleno proceso de producción. Merece ser dicho que la que nos ocupa y ésas dos últimas son series de Netflix, y las dos pioneras son de ABC. Mayor diferencia imposible, en presupuesto, libertad creativa, duración de temporadas o hasta duración de los episodios.

    Goddard no pierde ni un segundo en contar los orígenes del héroe y su primera –al menos para nuestros ojos– misión como Daredevil. Antes de los créditos ya hemos visto las consecuencias inmediatas del accidente que le costó la vista al joven Matt Murdock, y cómo el adulto Matt Murdock (un más que correcto Charlie Cox) interviene en el encierro de un grupo de mujeres para propósitos oscuros. En la noche es uno, y durante el día es la mitad más atractiva de un destartalado dúo de recién licenciados en Derecho que toman como primera clienta a Karen Page —la estupenda Deborah Ann Woll, recién salida de True blood (2008-2014) y en otro registro—, aparente culpable de un crimen que no cometió. La resolución de ese caso y esporádicos vistazos a la dura infancia del protagonista se van a mezclar con una visión periférica de los males que azotan la ciudad. Personajes repetidos, villanos con potencial carismático y unas escenas de acción rodadas con la competencia esperada, enfatizando que la agilidad y fuerza de Matt es resultado del trabajo duro y horas de preparación física, y que las peleas duelen.

    El creador establece desde el comienzo la sombra de la amenaza (del malvado más malo solo escuchamos la voz) y el alcance de lo implicados que están en distintas facetas –ese montaje musical que cierra el capítulo, el portátil retransmitiendo en directo lo que se dicen en la charla telefónica–, además de que sabemos que conocen la presencia de nuestro héroe. En 53 minutos bien utilizados veremos la combinación de humor y cinismo marca de la casa, la dicotomía en la que vive el personaje central como héroe con limitaciones y la creación de un ambiente lúgubre, mojado (hasta con pelea bajo la lluvia, lugar común por antonomasia) y frío, reflejo de un sitio donde no se puede confiar en nadie. El estar en Netflix permite pensar en ella como una serie adulta, con puntuales peajes que pagar pero maneras de perverir los tópicos. Daredevil es prometedora, no hace que pese el metraje y usa tramas ya clásicas, deuda de su inspiración del mundo del cómic. Sus responsables han demostrado que saben lo que se hacen, así que solo quedar comprobar, y gracias al modelo de difusión de la entidad lo podemos hacer ya, si la historia del superhéroe ciego es de las que se quedan en el recuerdo. 70/100.

    Adrián González Viña
    Redacción Sevilla


    por Anónimo
    abril 16, 2015

    Reseña TV | Daredevil

    por Anónimo | abril 16, 2015

    La vida no podrá con ellos

    crítica a Unbreakable Kimmy Schmidt (2015-) | Primera temporada

    Netflix / 1ª temporada: 13 capítulos | EE.UU, 2015. Creadores: Tina Fey & Robert Carlock. Directores: Tristram Shapeero, Beth McCarthy-Miller, Linda Mendoza, Michael Engler, Nicole Holofcener, Todd Holland, Jeff Richmond, Ken Whittingham. Guionistas: Robert Carlock, Tina Fey, Sam Means, Jack Burditt, Allison Silverman, Meredith Scardino, Dan Rubin, Lon Zimmet, Lauren Gurganous, Azie Mira Dungey, Emily Altman. Reparto: Ellie Kemper, Tituss Burgess, Carol Kane, Jane Krakowski, Lauren Adams, Sarah Chase, Sol Miranda, Ki Hong Lee, Dylan Gelula, Susanna Guzman, Tanner Flood, Jon Hamm, Adam Campbell, Tim Blake Nelson. Fotografía: John Inwood. Música: Jeff Richmond.

    Unbreakable Kimmy Schmidt viene con historia. Tras presentar dos pilotos a cadenas en abierto y ver cómo FOX rechazaba el de “Cabot College”, Tina Fey y Robert Carlock vieron cómo NBC decidía dar una temporada de 13 episodios a esta comedia sobre la liberación de una joven de una pequeña secta apocalíptica tras 15 años de cautiverio, bajo la premisa de que el mundo se había acabado. La historia central de la serie, la integración de Kimmy en Nueva York y voluntad de hierro para no dejarse hundir por las circunstancias de su vida, pareció ser demasiado extrema para la cadena del pavo real, pero el sostenido éxito durante siete temporadas y numerosos premios de Rockefeller Plaza (2006-2013), que Fey llevaba junto a Carlock desde el principio, les dio ese voto de confianza. Ante la evidente disposición de NBC de estrenar la serie en la discreta midseason al no saber muy bien cómo programarla, lo cual le hubiera producido unas audiencias más bien discretas, el pasado noviembre se supo que la cadena había negociado con las nuevas formas de programación y que Netflix no solo había comprado la serie sino que la renovaba por una segunda automáticamente. Otros 13 capítulos a estrenar en 2016, y que garantizan a los creadores mucha más libertad para contar su historia. Hace un mes se estrenó la historia de la inquebrantable Kimmy Schmidt, una de las cuatro Mujeres Topo de Indiana, y lo mejor que se puede decir es que mantiene el legado de comedia de lo absurdo y demencial que Rockefeller Plaza apuntó, aunque en menor medida, durante más de seis años.

    Para los fans de la primera serie de Tina Fey, les sonará el tono a medio camino entre la tontería autoconsciente y el retrato de una ciudad, Nueva York, llena de contrastes. Además, la presencia de la sólida actriz Jane Krakowski en un papel que rima con su Jenna Maroney de Rockefeller Plaza (de la que repiten aquí hasta tres guionistas) no ayuda a sacudirse la referencia de lo pasado, aunque aquí la actriz puede explorar un lado más humano del arquetipo de mujer egoísta que quiere mantener su buena posición. Jacqueline Voorhees, una madre de la élite urbana que contrata a Kimmy como niñera, tiene un trasfondo más amplio, pero también se debe a que en esta serie solo hay cuatro personajes fijos, y una de ellos –la casera Lilian– es pura comedia sin intento de tridimensionalidad. A lo largo de trece entregas que es aconsejable no ver de un tirón para no acabar algo harto de los intensos personajes, veremos a Kimmy aprender a superar un poco sus traumas, confiar más en la gente y lidiar con las dificultades del mundo. Todo ello materializado en unas tramas que hacen del exceso, dicho esta vez sin ánimo de crítica, su razón de ser. La mesura no es divertida, deben pensar los guionistas, porque lo que aquí importa es disparar un chiste por segundo. Ocurrencia tras ocurrencia (todos y cada uno de los flashbacks del búnquer son geniales). Referencias populares y culturales se mezclan con chascarrillos sobre sexo. Una parodia tan demencial como factible del 1% de la población millonaria junto a la descripción de las bambalinas del mundo del espectáculo en su nivel más bajo. Y ante todo, el centro de la serie es Kimmy, un personaje fascinante. Muy bien interpretada por Ellie Kemper, que ejercita su musculatura cómica y hace gala de un encanto a prueba de bombas, Kimmy está movida como personaje por una actitud ante la vida que recuerda a la ya mítica Phoebe Buffay de Friends (1994-2004). Esto es, ante las miserias de una existencia durísima, reaccionan con un positivismo que roza lo ingenuo. La gran diferencia con la legendaria sitcom es que en Unbreakable Kimmy Schmidt esa mirada contagia la luminosa estética y ambientación de una serie donde el color es fundamental.

    por Anónimo
    marzo 31, 2015

    Crítica en serie | Unbreakable Kimmy Schmidt / Temporada 1

    por Anónimo | marzo 31, 2015

    El átomo político

    crítica a House of Cards (2013-) | Tercera temporada

    Netflix / 3ª temporada: 13 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: Beau Willimon, basado en las novelas de Michael Dobbs y las miniseries de Andrew Davies. Directores: James Foley, John David Coles, Tucker Gates, John Dahl, Robin Wright, Agnieszka Holland. Guionistas: Beau Willimon, John Mankiewicz, Frank Pugliese, Laura Eason, Kenneth Lin, Melissa James Gibson, Bill Kennedy. Reparto: Kevin Spacey, Robin Wright, Michael Kelly, Nathan Darrow, Mahershala Ali, Derek Cecil, Molly Parker, Elizabeth Marvel, Jimmi Simpson, Paul Sparks, Kim Dickens, Jayne Atkinson, Larry Pine, Reg E. Cathey, Lars Mikkelsen, Kate Lyn Sheil, Reed Birney, Shawn Doyle, Alexander Sokovikov, Kelly AuCoin. Fotografía: Martin Ahlgreen, Peter Konczal, Paul Elliott. Música: Jeff Beal.

    Una de las grandes razones, si no la mayor, que hizo que Beau Willimon y David Fincher se decidieran a vender su remake americano de House of cards a Netflix fue que el portal de contenidos online se comprometió a financiar dos temporadas. 26 episodios que Willimon afrontó con un objetivo claro: al final de la segunda temporada Francis Underwood sería el presidente no electo de los Estados Unidos de América. Llegados a ese punto, ¿qué era lo siguiente? Willimon ha tenido años para pensarlo, y su solución es tan lógica como sorprendente. Frank y Claire iban a hacer todo lo necesario para mantener una de las posiciones de poder más importantes del mundo. Con lo que no contaban, ni el espectador tampoco, es conque su unión fuera a ser tan puesta a prueba como lo ha sido en estos 13 capítulos. Uno de los puntos fuertes de la serie ha sido ver al fascinante matrimonio protagonista vivir una relación genuinamente igualitaria. Siempre han ido a por el mismo objetivo, entendiendo lo que cuesta llegar al lugar deseado y dispuestos a hacer sacrificios. Sinceros hasta el dolor, apenas se juzgaban y los reproches y culpas se repartían en la misma proporción, así como unos planes meticulosamente trazados. A lo largo de estas entregas han sucedido muchas cosas, y en varias de ellas los Underwood no tenían (directamente) que ver. Pero todo siempre volvía a ellos, a esa unión atómica en trato 100% de iguales. Hasta que la Silla, entendida como ese trono de adictiva sensación, se ha metido entre ellos. Con la ironía de que el pueblo americano prefiere a Claire (inconmensurable Robin Wright), y Francis (notable Kevin Spacey) lo sabe.

    Beau Willimon y sus guionistan han dedicado entonces la temporada a explorar cómo resquebrajar al matrimonio Underwood, y muchas veces el suculento personaje de Tom Yates (estupendo Paul Sparks, recién salido de Boardwalk empire (2010-2014) y con nuevo registro) ha sido vocal de nuestros pensamientos y preguntas como audiencia. Es un recurso sencillo pero muy efectivo, y que ha terminado de fortalecer el cisma que se producirá entre el dúo en el último tramo de la temporada. En su nueva posición de hombre más poderoso de Occidente, Francis ha tenido que lidiar con Rusia e indirectamente con el conflicto de Oriente Medio. Como un evidente trasunto de Vladimir Putin, el ficticio Viktor Petrov ha representado una idea del país vista desde la perspectiva estadounidense, y el gran trabajo de Lars Mikkelsen ha ayudado a entender en lo posible al hombre que ostenta el poder. No se puede obviar el cameo de casi todo el grupo Pussy Riot haciendo de sí mismos y oponiéndose a Petrov en su cara. Todo un ajuste de cuentas ante una política tan criticada y tensa, y también el punto donde se empezó a agrietar el binomio Underwood (magistral el Capítulo 32 (3.6), donde una visita a Rusia se convierte en incómodo pulso de titanes).

    por Anónimo
    marzo 25, 2015

    Crítica en serie | House of cards / Temporada 3

    por Anónimo | marzo 25, 2015

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