crítica del episodio piloto de The girlfriend experience.
Starz | EE.UU, 2016. Directora: Amy Seimetz. Guión: Lodge Kerrigan & Amy Seimetz. Reparto: Riley Keough, Kate Lyn Sheil, Paul Sparks, Mary Lynn Rajskub, Andy McQueen, Taso Alexander, Shaun Benson, Emily Coutts, Briony Glassco, Darren Keay. Fotografía: Steven Meizler. Música: Shane Carruth.
Steven Soderbergh, productor de esta serie “sugerida” a raíz de su película homónima de 2009, ha dicho en más de una ocasión que más que ante una serie estamos ante una película de seis horas y media, con lo cual no es extraño que Starz haya decidido acompañar al estreno televisivo con la difusión online de la temporada al completo, para el que prefiera verla así. Como episodio piloto, Entry tiene sus problemas, pero pensado como parte de esa lógica de película larga, quizá sea mejor de lo que parece a primera vista. Dedica sus 27 minutos de metraje a introducir sin hacer excesivos énfasis al personaje de Christine, estudiante de derecho en plenas prácticas y con la clara ambición de trabajar para los mejores. Tanto su nombre como su pseudónimo, Chelsea, nos recuerdan al personaje de la película al que dio vida con eficacia Sasha Grey, pero ahí acaban las conexiones. Lo que los creadores y directores Amy Seimetz y Lodge Kerrigan están haciendo es esencialmente lo que la gente esperaba que Soderbergh hiciera y no hizo: explorar el mundo de la chicas de compañía de lujo, aquéllas capaces de embolsarse miles de dólares por dar sexo y compañía a hombres pudientes, esa “experiencia de tener novia” a la que alude el título.
Antes de llegar a ser Chelsea, Christine verá cómo su mejor amiga Avery disfruta de esos lujos, un claro contraste con su vida llena de prisas y autoexigencia. Una escena con un ligue de bar basta para establecer su relación con el sexo, y la descripción de una vida puramente americana (ese no parar, querer tenerlo todo, agradecer la competencia, querer distinguirse enseguida) que se enfatiza más en la etapa de la veintena, donde además uno se cree indestructible. El tono elegido para contar esto es frío, helado, puede que demasiado, y busca establecer distancia con las aristas más inflamables y sustraer el componente moral (¿en realidad moralista?, una pregunta interesante que hacerse cada uno) de la realidad que cuenta. Aunque el tiempo está bien aprovechado y los puntos principales de la historia presentados con naturalidad, no pasan cosas lo suficientemente interesantes como para querer volver a los 12 episodios restantes de entrada. Si se hace, y este crítico lo hará, es porque existe fe en los responsables de la propuesta y porque Riley Keough apunta maneras de interpretación sobresaliente. La música la firma el talentoso Shane Carruth, aunque parece venir de Cliff Martínez –quizá un prejuicio por la firma productora de Soderbergh–, lo cual no es un cumplido para Carruth, aunque la melodía sea buena. Y es que está todo ahí, todos los elementos necesarios para enganchar a la audiencia y una apuesta visual más cinematográfica que televisiva, pero la realidad es que de una vez no lo logra, que no basta con este primer episodio para sucumbir a los encantos. Hay potencial, eso seguro, y la libertad que da la cadena para trabajar asegura que la serie tendrá su propia entidad como proyecto, fuera de excesivos controles de contenido o guión. ¿Será entonces The girlfriend experience un plato de lenta cocción o una dolorosa decepción? Sólo el tiempo lo dirá, por lo que lo único que queda entonces por hacer es seguir viéndola. [65/100]
Showtime | EE.UU, 2016. Director: Neil Burger. Guión: Brian Koppelman & David Levien & Andrew Ross Sorkin. Reparto: Paul Giamatti, Damian Lewis, Maggie Siff, Malin Åkerman, Toby Leonard Moore, David Costabile, Condola Rashad, Jeffrey DeMunn, Terry Kinney, Glenn Fleshler, Stephen Kunken, Nathan Darrow, Arthur Nascarella, Deborah Rush, Melissa Errico, Danny Mastrogiorgio, Robert LuPone, Christopher Paul Richards, Jack Gore, Daniel K. Isaac, Kelly AuCoin, Ivan Martin, Jerry O'Connell. Fotografía: Eric Steelberg. Música: Eskmo.
Con su estreno el pasado domingo 17 de enero, Billions se ha convertido en el arranque más exitoso de la historia de Showtime, y no podemos decir que nos extrañe. No hace daño tampoco que vaya acompañada de Shameless (2011-), uno de los mayores y continuados éxitos de la cadena, pero también se debe a que es una combinación difícil de resistir de entrada, al menos para el seriéfilo de pro. A saber, una serie que mira con lupa la vida del 1% escandalosamente rico en Norteamérica y los esfuerzos de un poderoso fiscal para enjuiciar a un multimillonario. Un cuarteto protagonista con tirón (con Damian Lewis y Maggie Siff viniendo de sus respectivos éxitos catódicos, el nominado al Óscar y excelente actor Paul Giamatti debutando en una ficción semanal y la popular Malin Akerman mostrándonos sus artes de actriz dramática) y la promesa de un duelo de titanes que, de entrada, no decepciona. Pero hasta llegar al choque propiamente dicho, casi al final de estos cargados 59 minutos, los creadores Brian Koppelman, David Levien (popular dúo cinematográfico) y Andrew Ross Sorkin –periodista experto en economía que ha documentado la crisis financiera en forma de libro– han preparado bien el terreno, explicando poco a poco un mundo que para muchos, este crítico el primero, resulta de lo más críptico. La acusación que el fiscal Chuck Rhodes podría lanzar contra el empresario Bobby Axelrod es la de tráfico de información privilegiada, algo difícil de probar porque supone seguir el dinero en un conglomerado empresarial que siempre suele ser complejo. Por tanto, la entrada en el asunto para el espectador es la de contemplar el factor humano, los hogares y entornos profesionales de Rhodes y Axelrod, ayudándonos a comprender el ansia de más poder y notoriedad de unas figuras que no van escasas de ninguna de estas cosas.
La serie arranca como solo una serie de Showtime puede, y aunque no vamos a desvelar exactamente qué sucede, basta con decir que no solo es algo hecho para buscar la imagen impactante, sino para informarnos desde ya sobre los personajes (amén de formar un círculo perfecto con el final del capítulo) y sus dinámicas. Desde ese momento, no pararán de sucederse eventos, uno tras otro con una banda sonora del grupo Eskmo que habla sin palabras de una situación tensa, un mundo tenso. Los guionistas usan el metraje de manera expeditiva, y no están tan preocupados de introducir a los personajes y sus tramas durante todo el metraje sino de que la historia empiece a crecer como la bola de nieve que parece va a ser. Estamos en el universo del riesgo, donde las posiciones aseguradas parecen estar todas a un mínimo toque de derrumbarse. Antes de centrar el conflicto en estos dos hombres, se toma la inteligente decisión de mostrarnos a Chuck en su más despiadado momento –esa reunión con un imputado– y a Bobby como perfecto e inteligente tiburón de los negocios. Y de la vida. Ellas, por su parte, tienen por el momento menos tiempo para definirse, aunque cada una cuenta con un momento memorable para que sepamos que son igualmente potentes como personajes.Es verdad que hay algo de rutina y de exposición del argumento para el espectador medio en algunas partes (Bobby y sus hijos en concurso, Chuck en el estudio ante su padre), pero es que esto sigue siendo un piloto y hay que vender la serie, pero a la larga se perdonan porque, en comparación con el resto, esta introducción es más que interesante. Los posibles intereses cruzados entre las familias prometen un material de alta calidad, así como las cuestionables prácticas que el fiscal y el empresario puedan acometer bajo la mesa. Una partida de ajedrez entre dos grandes, y una visión de las altas esferas y sus entornos (prensa, negocios locales, altruismo) que suena a verdad inyectada de esteroides. Billions parece una combinación perfecta, o al menos da lo suficiente como para propiciar el regreso para el segundo episodio. [80/100]
USA Network | EE.UU, 2016. Director: Juan José Campanella. Guión: Ryan J. Condal, basado en una historia de Carlton Cuse & Ryan J. Condal. Reparto: Josh Holloway, Sarah Wayne Callies, Peter Jacobson, Amanda Righetti, Tory Kittles, Isabella Crovetti-Cramp, Charles Baker, Paul Guilfoyle, Jason Butler Harner, Deidrie Henry, Gonzalo Menendez, Jacob Vargas. Fotografía: Checco Varese. Música: Clinton Shorter.
Parece que Carlton Cuse le ha cogido el gusto a ofrecernos su particular visión de algunas de las tendencias más acuciadas de la televisión reciente. Tras el fin de Perdidos (2004-2010), el guionista ha recontextualizado y llevado al presente el argumento de una película famosa –Bates Motel (2013) de la impecable Psicosis (Psycho, 1960, Alfred Hitchcock–, ha ayudado a Guillermo del Toro & Chuck Hogan a adaptar su trilogía literaria sobre vampiros en The Strain (2014-) y realizó, sin éxito, un remake USA de la serie francesa Les revenants (2012-), llamada The Returned (2015). Ahora, y sin dejar de trabajar en las dos primeras series nombradas, Cuse se ha aliado al joven Ryan J. Condal para tratar el manido argumento de la invasión alienígena, y como suele lograr su idea es bastante interesante. La mejor decisión que se toma, de entrada, es no mostrar a ninguna criatura extraterrestre en estos vibrantes 50 minutos. Están en el cielo, como presencia amenazante, y lo aterrador es comprobar la cantidad de humanos que se han adaptado a vivir según las reglas de la invasión, cosa que en realidad no tardaría en suceder. Con eso, con la realista respuesta a algo tan complicado de creer, juegan los responsables durante todo el episodio, dosificando la información y jugando sabiamente con las expectativas de la audiencia, que como siempre se hace varias cábalas por minuto buscando poner en orden lo que vas aprendiendo de los personajes y sus relaciones.
La historia arranca cuando empieza el día de la familia Bowman, una rutina que no parece nada destacable (se quieren, disfrutan de la compañía del otro), pero desde que el padre sale por la puerta y se dirige al trabajo, notamos que algo falla. Estamos en una sociedad tensa, donde la gente mira por encima del hombro y la policía ejerce su poder con inusual descaro. Para cuando llegue el cliffhanger que despide el capítulo, sabremos muchas cosas más. Los responsables de Colony saben que no hay nada especialmente novedoso en la historia que están contando, así que son inteligentes y enfocan sus energías en hacer que el déjà vu no se enfatice demasiado. Por eso, aunque ya estén claros los buenos y los malos, los elementos a batir y el tortuoso camino del héroe con un objetivo claro, el interés no decae nunca en todo el metraje. Ayudan las eficaces interpretaciones de un elenco notable y también la creación de momentos climáticos y más o menos inesperados (ese cliffhanger al que ya hemos aludido, el escondiste bajo el camión).
Hay una Resistencia que se opone con violencia a la gente del espacio, hay unos representantes humanos de los alienígenas en la Tierra que se manifiesta como una esfera de afortunados ricachones, y hay un ejército policial que ejecuta con brutalidad el trabajo asignado, sin plantearse las cosas dos veces. En medio, por supuesto, el factor humano, con este núcleo familiar que nos lleva por las diferentes maneras en que la invasión ha afectado a la sociedad (escasez de alimentos y medicación, limitaciones profesionales, miedo constante a ser llevado) de manera rutinaria pero no muy evidente, hasta formar la presentación de entrada a este nuevo universo en el que nos vamos a mover durante nueve entregas más. Al timón, el oscarizado cineasta argentino Juan José Campanella, que lleva años dirigiendo series en Hollywood y compaginándolo con su cine hispanoparlante, y que afronta su incursión en la ciencia ficción –más concretamente, en su variante realista– con tanta profesionalidad como falta de personalidad.Lo que nos puede hacer volver a Colony, es que sus responsables han sabido captar nuestra atención. Los motivos de la invasión, la noción compartida de los humanos de que no ésta no es permanente, el tenso doble juego que plantea el desenlace y la curiosidad por saber cómo ha cambiado el mundo son interrogantes lo suficientemente jugosos como para que apetezca ver al menos el segundo episodio. USA Network se encuentra en un momento muy dulce con el gran éxito de la extraordinaria Mr. Robot (2015-), lo cual se puede manifestar en apuestas más arriesgadas para una cadena que suele apostar sobre seguro. La serie que nos ocupa tiene potencial, así que solo quedar verla para comprobar si éste aflora o si ganan los convencionalismos. [75/100]
crítica de Fear the Walking Dead | Episodio piloto.
AMC | EE.UU, 2015. Director: Adam Davidson. Guión: Robert Kirkman & Dave Erickson. Reparto: Kim Dickens, Cliff Curtis, Frank Dillane, Alycia Debnam-Carey, Maestro Harrell, Keith Powers, Lincoln A. Castellanos, Elisabeth Rodríguez, Lorenzo James Henrie. Fotografía: Michael McDonough. Música: Paul Haslinger.
Cuesta acercarse a Fear the walking dead con la mirada limpia y sin tener en cuenta cuestiones que van más allá de la pura calidad de la serie. Este spin-off de The walking dead (2010-) retrocede en el tiempo hasta el estallido de la catástrofe que convierte a las personas en muertos en vida que comen carne humana y pasa a centrar la acción en la soleada ciudad de Los Ángeles y así en otro grupo de personajes, con una familia hecha de remiendos de dos familias como núcleo central alrededor del cual empezar a construir los conflictos. AMC confirma así su condición de cadena descaradamente preocupada por hacer caja –todas lo están, pero lo disimulan mejor– y ha debutado esta historia de acción paralela con bastante rápidez (empezó a tomar forma a mediados de diciembre del año pasado, tras meses y meses de rumores y preparación), teniendo lista la primera temporada de la serie, de seis entregas lista para que deje paso al estreno de la sexta de The walking dead. Que además tenga ya firmada una segunda temporada de 15 entregas hace pensar que AMC quiere tener el dominio zombi durante 31 domingos al año (con los 16 episodios habituales de la ficción originaria), y que la parte creativa de todo el asunto es la que más está sufriendo en este aspecto, aunque el resultado, todo hay que decirlo, es estupendo en última instancia.
Fear the walking dead lleva la firma de uno de los escritores de los cómics en que se basa la serie madre –y ocasional guionista de la misma– Robert Kirkman, y de Dave Erickson, que se curtió en la notable Hijos de la Anarquía (2008-2014) durante varias temporadas, lo cual se nota para bien en el tratamiento de unas relaciones nada complacientes. No asusta hincar el diente en un conflicto doloroso (la adicción del hijo mayor de una familia cuyo padre es en realidad un padrastro que no encaja con los jóvenes de la casa), lo cual habla bien de las intenciones de estos responsables. Pero está claro que su mera existencia la ha propiciado la lujuria por los índices de audiencia más altos posibles, como ya pasara con Breaking bad (2008-2013) y su brillante escisión Better Call Saul (2015). Una lujuria que se ha visto correspondida más allá de lo imaginable, firmando el mejor debut de la historia para una serie por cable y abriendo con éxito el camino a varios meses de programación zombie. De ahí emerge una de las grandes cuestiones, referente a si la nueva serie tiene alguna oportunidad de autonomía y éxito fuera del circuito fan. Está claro que a AMC eso poco le importa, pero este crítico no ve la serie madre y se encontró tenso, emocionado, intrigado y muy entretenido ante este enérgico arranque, 61 minutos que no pesan y que si acaso pecan de algo es de su propia autoconciencia de spin-off de The walking dead. Es decir, de ofrecer una sensación de anticipación sin dejar de jugar con las expectativas de la audiencia, como una gigantesca introducción que sabes va a terminar en puntos suspensivos.
Sin embargo, antes de llegar a esos puntos suspensivos –con zombie progresivamente demacrado– tenemos que empezar a tener sentimientos por los personajes, de ahí que su situación sea tan complicada de entrada y por separado veamos que funcionan con independencia y tienen su mundo propio. La música de Paul Haslinger, en especial los puntuales momentos donde la inquietud crece con unas notas melódicas, ayuda a crear el clima de extrañamiento que este producto de terror busca, describiendo la calma segundos antes de una tormenta cuyos primeros chispazos se van filtrando sabiamente por los guionistas. Todo pensado para funcionar como lo hace, un artefacto de partes bien pensadas que deja con ganas de más, aunque su ejecución es una decisión tan transparentemente tomada basándose en razones equivocadas que hay que destacarlas para entender mejor el mundo del espectáculo y su lógica interna, aunque lo dicho no pillará de nuevas a nadie. 80/100.
crítica a The Western Book of the Dead (2014) | Episodio piloto de la segunda temporada de True Detective.
HBO | EE.UU, 2015. Director: Justin Lin. Guión: Nic Pizzolatto. Reparto: Colin Farrell, Rachel McAdams, Taylor Kitsch, Kelly Reilly, Vince Vaugh, Ritchie Coster, David Morse, Christopher James Baker, Timothy V. Murphy, W. Earl Brown, James Frain, Michael Irby, Matt Battaglia, Leven Ranbim, Trevor Larcom, Afemo Omilami. Fotografía: Nigel Bluck. Música: T Bone Burnett.
Decir que las expectativas eran altas ante esta nueva encarnación de True detective es quedarse corto. La primera temporada de la creación de Nic Pizzolatto tuvo tal repercusión de crítica y público que hasta el propio novelista ha comentado en más de una ocasión que se encontraba en una situación complicada, aunque gratificante. Y tras más de un año de espera por fin ha llegado The Western Book of the Dead, una suerte de “episodio piloto” que presenta en nuevo caso y toda una galería de personajes a los que empezar a descifrar en su enigmático dolor. Otro quinteto central, aunque esta vez un auténtico quinteto protagonista y ninguna distinción entre personajes más o menos secundarios. Los detectives Ray Velcoro y Ani Bezzerides, el oficial en suspensión temporal Paul Woodrugh y el poderoso matrimonio de Frank y Jordan Semyon conectados con la misteriosa muerte de Ben Caspere, socio de Frank cuya desaparición investigaba Ray, que es encontrado por Paul y que por pura geografía está en territorio de Ani. Hasta llegar a ese punto climático donde los tres agentes de la ley comparten pantalla, Pizzolatto nos ha enseñado sus desastrosas vidas por separado, un clásico de su escritura. El ser humano que no puede vivir consigo mismo, con su pasado o con las elecciones que ha hecho. Y que adormece su mente con alcohol, drogas o ambas cosas. Durante gran parte del metraje, sabremos un poco más de las causas del comportamiento del trío, con ese flashback que a la vez ilustra la relación de Ray con Frank; la charla de Ani con su peculiar padre y las pistas sobre un turbio incidente que involucró y marcó (física y mentalmente) a Paul, y que le convierte en un temerario que disfruta de la situación límite.
Al ritmo de “Nevermind”, tema de Leonard Cohen que pone a tono a la audiencia desde el principio, arranca una cabecera que sigue el mismo patrón visual, y hasta se permite un par de juguetones momentos idénticos a la primera tanda. Un tono de rojo sangre para indicar que nos espera un viaje movidito, uno que de momento ya ha incluido unas cuantas agresiones y desencuentros personales. Los personajes presentados están metidos en intensos conflictos, y el guionista usa la clásica estrategia de informarnos sobre ellos a través de otros personajes (a veces hasta de manera muy evidente, como la charla entre Ani y su hermana Athena). Esta temporada trae también la novedad de usar varios directores para encargarse de los ocho capítulos, lo que probablemente juegue en su contra porque al eficaz trabajo de Justin Lin le seguirán el de otros profesionales competentes en nómina de HBO, pero que finalmente dejarán menos huella visual, algo a lo que también ayudará el cambio de director de fotografía. Entre las decisiones más acertadas, el asalto de Ray a un periodista que escribe sobre la corrupción en la ciudad de Vichi, apuntando directamente al mafioso Frank Seymon, con quien el personaje de Colin Farrell tiene una gran deuda y algo parecido a una amistad interesada. El inquietante gesto de un Ray encapuchado a la cámara y la subsecuente agresión fuera de campo logran que la rutinaria acción deje algo de poso.
HBO | EE.UU, 2015. Director: Jay Roach. Guión: Roberto Benabib & Kim Benabib. Reparto: Tim Robbins, Jack Black, Pablo Schreiber, Aasif Mandvi, Maribeth Monroe, Eric Ladin, Geoff Pierson, Esai Morales, Mimi Kennedy, Erick Avari, Ryan Cutrona, Mary Faber, John Larroquette, Iqbal Theba. Fotografía: J. Michael Muro. Música: David Robbins.
Con la excepción de algunos cromas y unos cazas del ejército digitales bastantes cuestionables, HBO no ha escatimado en ambición y talento a la hora de producir su nueva serie. Al chispeante guion de Roberto Benabib –que se curtió en excelencia durante las ocho temporadas de Weeds (2005-2012)– y su hermano el novelista Kim Benabib, la cadena le asignó a Jay Roach, que con las TV-Movies El recuento (Recount, 2008) y Game Change (2012) tocó el cielo crítico y amasó varios Emmys para el gigante de premium cable. En el reparto, dos actores de cine como Tim Robbins y Jack Black –que entraron además como productores– y el versátil Pablo Schreiber para dar vida al trío protagonista. El Secretario de Estados de Exteriores de los Estados Unidos, un agente de la CIA de muy bajo nivel y poco cerebro y un experto piloto de cazas que trafica con drogas para mantener a su familia. Sumemos un argumento con su parte de riesgo (hacer humor del conflicto de Oriente Medio requiere algo de valor) y la combinación es como mínimo interesante. El resultado final no es todo lo brillante que uno podría esperar, pero gusta lo suficiente como para seguir viendo The Brink, aunque solo sea porque el episodio se despide con un cliffhanger tras 30 minutos de narración.
Una narración, y este es uno de los aspectos más interesantes de esta comedia geopolítica, que funciona a tres bandas. Tres historias que se desarrollan sin cruzarse físicamente pero que están relacionadas de forma directa. Un esquizofrénico líder político que ha perdido las elecciones da un golpe de estado y amenaza directamente a Israel y por ende a Estados Unidos, a cuyos drones acusa de estar afectando a la biología reproductora de las mujeres y hombres de su país –un probable guiño a la paranoia de los fluidos afectados por el agua y la URSS de ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964)–. Nuestros protagonistas conectarán con el hecho desde la perspectiva del poder, la acción desde el mismo lugar y la servidumbre del que acata órdenes. Y con humor, con una sorna que afecta desde un secretario de estado en constante juerga sexual, alcohólica y con un vocabulario donde el “fuck” es frecuente (y que además es el más razonable al tratar de evitar una 3ª Guerra Mundial) hasta un empleado de la CIA que compra marihuana en Pakistán para ligar con embajadoras de otros países y un piloto que antes de salir a volar se traga un Xanax.
Es un tono de pura irreverencia, que fuerza en ocasiones las oportunidades para el chiste pero que a la postre resulta efectivo para desdramatizar los asuntos que trata. La disposición de Robbins para reírse de su imagen seria se une al habitual despliegue cómico de Black y la capacidad de Schreiber para dar credibilidad al papel que le caiga, y así lideran un mosaico de personajes con ganas de ser políticamente incorrectos y derribar tópicos a golpe de ocurrencia salvaje. The Brink tiene potencial de grandeza, y si los Benabib regulan mejor el tono de vodevil (esa pelea en plena noche paquistaní), quizá se logre la trascendencia que HBO busca en muchos de sus productos. Si no, pues al menos queda una serie con un bienvenido sentido del descaro y ganas de no salvar a nadie de sus cargas de vitriolo. 70/100.
TNT | EEUU, 2015. Director: Alex Graves. Guión: Rob Bragin. Reparto: Jennifer Beals, David Sutcliffe, Edi Gathegi, Caroline Kaplan, Matthew Modine, Joe Morton, Callum Blue, Annie Thurman, Ava Telek, Gabrielle Rose, Aaron Pearl, Chelah Horsdal, Daniel Jacobsen, Patricia Isaac. Fotografía: Thomas v. Kloss, Bernard Couture. Música: David Buckley.
La premisa de Proof es atractiva de entrada. Un multimillonario que ha conquistado varias fronteras imposibles contrata a una pragmática cirujana que perdió a su hijo hace un año y sufrió una experiencia cercana a la muerte en un tsunami asiático para que trate de encontrar pruebas sobre la vida (o su ausencia) después de la muerte. Bajo una nueva dirección ejecutiva, TNT está tratando de sacudir su imagen de canal de basic cable de inofensiva programación —en el transcurso de unos meses han cancelado Dallas (2012-2014), Fraklin y Bash (2010-2014) y Perception (2012-2015); y han dado luz verde o segundas temporadas a apuestas más arriesgadas y serializadas— y demostrar que lo de la extraordinaria Southland (2009-2013) no fue un espejismo. Quizá la propuesta de Rob Bragin se situé a medio camino entre ambas variantes, ya que se apunta al estudio de un caso por capítulo en medio de una trama general que se extenderá en nueve entregas más, pero en su arisco personaje protagonista (interpretado por la estupenda Jennifer Beals, actriz capaz de dar credibilidad a lo que le propongan) o la variante emotivo-misteriosa de su enigma central puede estar la clave de diferencia de esta serie. Una historia de médicos que quizá no lo sea tanto, o un dramón con el tema de la pérdida como centro que no tema entrar en lo agresivo de las consecuencias familiares de la misma.
Bajo la dirección de Alex Graves, director polifacético que se ha encargado de más de un piloto con éxito, Proof empieza y termina de manera circular, siguiendo a Carolyn en su sesión de footing diario por las calles de la ciudad, una manera de desconectar de la intensidad de su trabajo y mantener un cuerpo sano —algo que, según vemos a lo largo del episodio, le preocupa—. En medio de estas carreras sucederá la acción detonante, aquello que la lanza en una nueva trayectoria profesional y personal y que activará la investigación que da el motor dramático a la historia. Carolyn es con quien estamos como espectadores, y sentimos al resto de personajes a través de las interacciones con ella. Su jefe que entiende su brillantez y temperamento, su futuro ex-marido con quien comparte custodia y espacio de trabajo, y especialmente su hija, ante la que no sabe cómo estar relajada. Su comportamiento errático, bajo control por los pelos, es uno de los puntos más interesantes del personaje, en unos tiempos donde todavía existe la preocupación por el factor “agradable” de los personajes femeninos. Solo hay que ver cómo trata al joven doctor que ha decidido acoger bajo su tutela para darse cuenta de ello.
La investigación comienza al reunirse con el multimillonario Ivan Turing, y despierta el interés de la doctora al hacer seguimiento de uno de los casos y ser manipulada emocionalmente por Turing, con preguntas sobre su hijo muerto y su experiencia en Asia. El creador Rob Bragin plantea el dilema y a través del ejemplo de una niña cuyas experiencias en el otro lado convencen a sus padres, y hacen que también entre en la trama el último personaje protagonista de peso, un médium que escribe un libro sobre su labor y que puede ser un estafador o tener de verdad un don especial. Bragin no se posiciona, aunque el aura de misterio que crea desde la página y que domina la puesta en escena de la serie (con abundancia de un suave tono de azul) hace pensar que vamos a tratar con lo sobrenatural en más de una ocasión a lo largo de la tanda. Proof es un arranque como mínimo interesante, que apunta varios caminos argumentales y que tiene el suficiente empaque como para hacer que volvamos la semana que viene. Es una premisa ambiciosa, de eso no hay duda, y tiene su margen para el ridículo o lo rutinario, pero su dosis de riesgo merece al menos un poco de seguimiento, y su limpio acabado visual termina de redondear la invitación a quedarse. 70/100.
Showtime | EE.UU, 2015. Director: Ken Kwapis. Guión: Shalom Auslander. Reparto: Steve Coogan, Kathryn Hahn, Sawyer Shipman, Bradley Whitford, Carrie Preston, Andre Royo, Molly Price, Ellen Barkin, Nils Lawton, Tobias Segal, Hannah Hodson. Fotografía: Ben Kutchins. Música: Nathan Larson.
Shalom Auslander, creador de Happyish, tiene un par de cosas que decir sobre el estado del mundo actual. Y lo hace a través de sus personajes, tan molestos con el orden de las cosas que deben anestesiarse con marihuana y drogas con receta para pasar los días y bajar la cabeza ante el poder para mantener económicamente a sus familias. Personajes que clasifican a sus propios hijos entre “gilipollas” o “nenazas”, que ven malas intenciones en lo que otros llamarían la bondad de las personas y que ante todo dicen muchas palabrotas. Muchísimas. Tras ver su primer episodio, Happyish luce tan escasa de sutileza como sobrada de efectividad. No es difícil imaginar las razones por las que Showtime quisiera comprar la propuesta del guionista, y que atrajeron a un reparto de lo más eficaz para tratar de dar vida con humor a unas cuestiones humanas de lo más fundamentales. Y vitriolo. Cantidades ingentes de vitriolo que desbordan los 30 minutos de metraje, desde un arranque que se cuestiona una frase de la Constitución de los Estados Unidos hasta un final que revela la inherente cobardía de nuestro protagonista. Y es que Thom Payne (interpretado por un Steve Coogan perfecto para el papel) no sabe si es feliz. Él piensa que no, que es imposible que pueda serlo con un trabajo que no valora lo que él puede ofrecer; con una mujer a la que parece incapaz de satisfacer sexualmente y con un hijo que necesita espabilarse un poco para no ser maltratado por la vida. Pero su editora Dani Kirschenbloom –que pide una hamburguesa con todo para después quitarle una a una las capas– le dice que no podría ser más feliz, que su techo de la felicidad es bajo y por ello no puede aspirar a más.
Esta abrasiva comedia es ambiciosa, algo nunca malo mientras dicha ambición tenga una adecuada correspondencia en imágenes, y no esconde sus referentes de alta cultura. El mismo título del episodio es Starring Samuel Beckett, Albert Camus and Alois Alzheimer, que casi parece el principio de un chiste del genial Juan Carlos Ortega, y las reflexiones que hace Thom en su generosa voz en off a lo largo del piloto son sentencias muy articuladas sobre cuestiones existenciales, anclado todo en el veloz mundo de la publicidad en pleno 2015, ya sin el aura romántica de la extraordinaria Mad Men (2007-2015), diana de una de las bromas más crudas de Auslander. Y que el día después de que nuestro protagonista cumpla 44 años, la oficina en la que trabaja pasa a estar de manos de unos suecos veinteañeros con ganas de librar el mundo de los tecnófobos, un bloqueo de Twitter tras otro. El problema, el gran riesgo de Happyish, es que lo que dicen los personajes acaben siendo más consignas repetidas del manual del hombre airado moderno que una genuina manera de experimentar lo que están pasando. No es difícil negar la razón en lo que Thom y su mujer Lee escupen por la boca cada vez que la abren, pero quizá sea la manera facilona de Auslander de ganarse al respetable. ¿Cómo resistirse ante una serie con raciones de animación irreverente, donde hay elfos suicidas y elfas ancianas con ganas de sexo? Habrá que ver la temporada, compuesta de nueve entregas más, para comprobar si el drama cómico-existencialista del patriarca de los Payne tiene mordiente o si se queda en algo que ya hemos escuchado y visto en más de una ocasión. Lo que este notable arranque prueba es que la serie es divertida, ocurrente, políticamente incorrecta y pertinente en un momento como el actual, donde todo es una marca y ni siquiera lo sabemos, como bien dice el superior de Thom ante las imágenes de la tragedia de Charlie Hebbo. Si por fin aceptamos que todo es una marca, si nos dejamos llevar por la histérica e hiperveloz corriente del nuevo mundo, ¿seremos felices? Showtime y Shalom Auslander nos invitan a explorar la posibilidad, y este crítico acepta. 75/100.
Netflix | EE.UU, 2015. Director: Phil Abraham. Guión: Drew Goddard. Reparto: Charlie Cox, Elden Henson, Deborah Ann Woll, Toby Leonard Moore, Bob Gunton, Vincent D`Onofrio, John Patrick Hayden, Skylar Gaertner, Royce Johnson. Fotografía: Matthew J. Lloyd. Música: John Paesano.
Todavía escaldados por el recuerdo de la mediocre versión cinematográfica que Mark Steven Johnson dirigió en 2003, la gente de Marvel ha puesto en sabias manos la adaptación seriada del personaje creado por Stan Lee y Bill Everett. El creador es Drew Goddard —guionista de Monstruoso (Matt Reeves, 2008) y co-guionista y director de La cabaña del bosque (2012—, amén de parte reseñable de varias series magníficas de la última década y media), que tras firmar los dos primeros episodios dejó la serie. Netflix, la entidad responsible junto a Marvel Studios y ABC, eligieron como sucesor a otro vástago de la “escuela Joss Whedon”, Steven S. DeKnight, que venía de crear y llevar con gran éxito Spartacus (2010-2013) en Starz. Daredevil es por tanto una pieza más dentro del engranaje Marvel, la tercera televisiva tras Agentes de SHIELD (2012-) y Agente Carter (2015-) pero no la última, ya que las series Jessica Jones y Luke Cage ya están en pleno proceso de producción. Merece ser dicho que la que nos ocupa y ésas dos últimas son series de Netflix, y las dos pioneras son de ABC. Mayor diferencia imposible, en presupuesto, libertad creativa, duración de temporadas o hasta duración de los episodios.
Goddard no pierde ni un segundo en contar los orígenes del héroe y su primera –al menos para nuestros ojos– misión como Daredevil. Antes de los créditos ya hemos visto las consecuencias inmediatas del accidente que le costó la vista al joven Matt Murdock, y cómo el adulto Matt Murdock (un más que correcto Charlie Cox) interviene en el encierro de un grupo de mujeres para propósitos oscuros. En la noche es uno, y durante el día es la mitad más atractiva de un destartalado dúo de recién licenciados en Derecho que toman como primera clienta a Karen Page —la estupenda Deborah Ann Woll, recién salida de True blood (2008-2014) y en otro registro—, aparente culpable de un crimen que no cometió. La resolución de ese caso y esporádicos vistazos a la dura infancia del protagonista se van a mezclar con una visión periférica de los males que azotan la ciudad. Personajes repetidos, villanos con potencial carismático y unas escenas de acción rodadas con la competencia esperada, enfatizando que la agilidad y fuerza de Matt es resultado del trabajo duro y horas de preparación física, y que las peleas duelen.
El creador establece desde el comienzo la sombra de la amenaza (del malvado más malo solo escuchamos la voz) y el alcance de lo implicados que están en distintas facetas –ese montaje musical que cierra el capítulo, el portátil retransmitiendo en directo lo que se dicen en la charla telefónica–, además de que sabemos que conocen la presencia de nuestro héroe. En 53 minutos bien utilizados veremos la combinación de humor y cinismo marca de la casa, la dicotomía en la que vive el personaje central como héroe con limitaciones y la creación de un ambiente lúgubre, mojado (hasta con pelea bajo la lluvia, lugar común por antonomasia) y frío, reflejo de un sitio donde no se puede confiar en nadie. El estar en Netflix permite pensar en ella como una serie adulta, con puntuales peajes que pagar pero maneras de perverir los tópicos. Daredevil es prometedora, no hace que pese el metraje y usa tramas ya clásicas, deuda de su inspiración del mundo del cómic. Sus responsables han demostrado que saben lo que se hacen, así que solo quedar comprobar, y gracias al modelo de difusión de la entidad lo podemos hacer ya, si la historia del superhéroe ciego es de las que se quedan en el recuerdo. 70/100.
FX | EE.UU, 2015. Director: Larry Charles. Guión: Ben Wexler & Matt Nix & Larry Charles & Billy Crystal. Reparto: Billy Crystal, Josh Gad, Stephnie Weir, Matt Oberg, Megan Ferguson, Denis O`Hare, Andrew Secunda, Steven Weber, Larry Charles. Fotografía: Anthony Hardwick.
FX ha sido muy astuta a la hora de poner en pie este apetecible proyecto, ya que ha ocultado lo más posible –algo milagroso en un momento como el actual, donde casi todo se filtra– el aspecto directamente meta de su nueva comedia. Basada en la serie sueca Ulveson & Herngren (2005), The Comedians se había vendido como la historia de un cómico consagrado que debía unir fuerzas profesionales con una estrella emergente, un contraste de generaciones que se las prometía muy divertida. Y tenemos eso, sí, pero lo que no sabíamos es que Billy Crystal y Josh Gad iban a entrar en un lúdico juego al interpretarse a sí mismos como parte de un programa de sketches para ¡FX!, dirigido –brevemente– por el célebre Larry Charles (guionista de Seinfeld (1989-1998) y director de las tres comedias americanos ideadas por Sacha Baron Cohen), que hace también de sí mismo. Charles es co-creador y director/productor de The Comedians, junto al propio Crystal, Ben Wexler y Matt Nix, todos con algún papel en este estupendo episodio piloto. Un trabajo que usa a conciencia sus 23 minutos para ponernos en situación, ya que la serie en sí es un falso documental sobre el proceso que lleva a Crystal a trabajar con Gad y poner en pie un programa donde el protagonismo tiene una proporción del 50%.
El capítulo va hacia delante y hacia detrás en el tiempo tres meses antes de la grabación del primer programa, cuando –empieza la ficción– FX se reunió con Crystal para decirle que solo iban a financiar la temporada de su programa de sketches “The Billy & Billy show” (el clip que se nos muestra es genial) si accedía a unirse con Gad frente a la cámara. Veremos su primera cena de negocios y la dinámica de celos y lucha territorial que cada uno trata de imponer, con ambos actores humillándose gustosamente. Es la marca del buen cómico, y el juego con dónde empieza la realidad y acaba el aspecto paródico, algo con que cuentan y explotan para provocar la risa. Pero la serie no solo se nutre de ellos, sino del circo alrededor del mundo del espectáculo, aquí centrado en ejecutivos que doran la píldora, agentes que cuentan medias verdades y, a tenor del hecho de que los intérpretes están fijos en la serie, jóvenes asistentes de las estrellas y el guionista jefe del programa, cuyo trabajo se prevee complicado para nuestro deleite.
Como en los mejores pilotos, la presentación de la historia no abarca todo el metraje sino que las subtramas ya comienzan y los resortes cómicos de lo que vamos a ver durante 12 capítulos más se empiezan a desplegar. El contraste entre generaciones de cómicos, el ego de las estrellas, la importancia del chiste frente a la gracieta barata, el ansia de ser el más gracioso (aquí Josh la pifia siempre porque se acaba pasando) y el humor incómodo como seña de identidad general, a tenor de lo visto en el capítulo y el personaje de Kristen, todo nervios y problemas de colon. El formato de falso documental permite jugar también con la doble perspectiva y el contraste a través del montaje (esas llamadas desde el coche a los agentes tras la cena), y también vemos directamente algunos hilarantes sketches de “The Billy & Josh show”. Está claro que The Comedians busca ante todo hacernos reír, ofrecer una vitriólica visión de la vida profesional en Los Ángeles y que no teme tocar temas espinosos, como el que introduce el personaje de Steven Weber como punto intermedio entre lo que Josh y Billy buscaban en el nuevo director/a del programa. Es una premisa muy jugosa, que promete mucho y que esperemos no se despeñe por el camino del autorretrato exagerado. 80/100.
CBS | EE.UU, 2015. Director: Eagle Egilsson. Guion: Carol Mendelsohn & Ann Donahue & Anthony E. Zuiker. Reparto: Patricia Arquette, James Van Der Beek, Peter MacNicol, Charley Koontz, Shad Moss, Hayley Kiyoko, Michael Irby, Susan May Pratt, Kenneth Mitchell, Brady Smith. Fotografía: Marshall Adams. Música: Jeff Russo & Ben Decter.
Desde que anunciaron su intención de lanzar un nuevo spin-off de CSI: Las Vegas (2000-), el cuarto ya, la CBS hizo hincapié en lo novedoso del concepto y cómo la serie iba a ser algo distinto respecto al resto de policiacos de la saga de Anthony E. Zuiker. El tema apoyaba esta promesa de renovación (el mundo de los cibercrímenes, que todavía no se reconoce como real por algunas instituciones), así como el hecho de que el argumento no limita la acción a una ciudad específica o el protagonismo de una mujer por primera vez en la franquicia. Una fémina lideraría el escuadrón central, con sede en Washington y experto en resolver crímenes que tengan su origen y desarrollo en la red. Como ya hicieran con CSI: Miami (2002-2010), y en cierta forma con CSI: Nueva York (2004-2013), CSI: Cyber nació como episodio de prueba dentro de la serie madre. En Kitty (14.21) –dirigido también por Egilsson–, la agente especial Avery Ryan hizo su entrada en el mundo de las unidades de criminalística, y parece que convenció lo suficiente a la audiencia como para que los jefes de la CBS le dieran una oportunidad. Aunque fuera a medias. Una temporada de 13 entregas a estrenar en la primavera de 2015, después de la 15ª temporada de CSI: Las Vegas. Ryan volvió a salir en una escena de The Twin Paradox (15.4) para que el público no la olvidara, y hace unos días su equipo debutó en solitario con un episodio que lamentablemente suena a déjà vu, a rutinaria carta de presentación que ya hemos visto más de una vez. La casualidad, eso sí, ha querido que la serie contara con una bienvenida ayuda promocional. Hablamos del merecido Óscar que la protagonista de CSI: Cyber, la grandiosa Patricia Arquette, ganó hace apenas tres semanas por su labor en Boyhood (Richard Linklater, 2014). Arquette está estupenda, y sus compañeros de reparto son solventes, pero si la nueva serie debía resultar rompedora o simplemente original, la operación no ha funcionado.
La acción arranca con el secuestro de un bebé y el uso de su monitor con cámara como pantalla para realizar una subasta ilegal online. La mayor originalidad del policiaco reside en que apenas se lidia con cuerpos, sangre o pruebas físicas. Lo que el grupo del CTOC (en inglés, Centro de Operaciones de Ciber Amenazas) se encarga de investigar es la identidad virtual de los criminales, el por qué de sus acciones y el alcance del daño. CSI: Cyber debería servir en última instancia para que la audiencia se dé cuenta de los peligros de la red, el amplio porcentaje de internet que está oculto para los usuarios no expertos. En ese sentido será muy interesante observar los nuevos casos semana tras semana, profundizando aquí y allí en las personalidades de los protagonistas. Protagonistas que de momento se limitan a seguir una descripción básica de patrones repetidos, de arquetipos ya muy quemados (el agente guapo e intrépido, el pirata informático gordo y antipático, la joven informática de aspecto rompedor) y con una protagonista que, agárrense, se las ingenia en una escena para informarnos de su trauma fundacional de “superheroína” y de que tiene una némesis. Ryan es una antigua psicóloga con mucha determinación y ganas de ahorrar sufrimiento a los ciudadanos.
Zuiker y sus co-creadoras Carol Mendelsohn y Ann Donahue, con las que lleva trabajando desde el comienzo de la serie madre, no han variado apenas la fórmula que llevan aplicando 15 años. Se podría argumentar que esto se debe a que el crimen no ha cambiado esencialmente desde el año 2000. Y tendrían razón, pero que cualquier espectador pueda adivinar sin mucha dificultad los giros de guión o lo siguiente que va a decir o hacer éste o aquél personaje no habla muy bien de la labor de los guionistas. Eso sí, la serie es capaz de convidar la sensación de vértigo que produce enfrentarse a un cibercrimen, donde las posibilidades de triunfo parecen escasas ante la inmensidad de internet; y la subtrama del hacker obligado a ayudar para evitar la cárcel es muy interesante, al menos sobre el papel. No se puede decir que el episodio sea malo porque los diferentes equipos convocados, tanto en el lado técnico como en el artístico, funcionan con un mínino nivel de competencia. Nada es cutre ni ridículo (bueno, puede que esos sentimentaloides ralentís), pero tampoco especialmente apasionante. Y eso que el tema lo permite. 60/100.
CBS | EE.UU, 2015. Director: Bryan Singer. Guión y argumento: Vince Gilligan & David Shore. Reparto: Dean Winters, Josh Duhamel, Kal Penn, Aubrey Dollar, Janet McTeer, Edward Fordham, Jr., Damon Herriman, Liza Lapira, Dustin Ybarra, Travis Tope, Omar J. Dorsey. Fotografía: Newton Thomas Sigel. Música: John Ottman.
Vince Gilligan escribió el guión de Battle Creek poco después de terminar más de siete años de trabajo en Expediente X (1993-2002), y lo vendió a la CBS, que lo guardó en un cajón tras decidir no producirlo. Tras convertirse en un dios televisivo por méritos propios y recién salido de Breaking bad (2008-2013), la cadena se puso en contacto con él con la oferta de producir su policiaco. Todo un sueño para cualquier guionista. Pero AMC fue más rápida y logró que Gilligan quisiera hacer Better Call Saul (2015-), de manera que no iba a desarrollar Battle Creek. Eso sí, permitió que su idea viviera con independencia y aprobó la decisión de adaptar su guión junto a otro gran creador, David Shore, al que debemos la estupenda House (2004-2012). Comparten crédito de creadores y Gilligan es productor, así como su socio Mark Johnson, pero según ha dicho es solo un título. Es Shore el que lleva la serie, y la gran prueba reside no solo en lo más evidente, como el fichaje de Bryan Singer para dirigir el piloto –como ya hiciera con House– o la presencia en el reparto de de Kal Penn, sino especialmente en el tono humorístico y cínico de la serie. Muchas réplicas son puro Shore, que está aprovechando la esencia de la idea de Gilligan (la contraposición de dos policías muy distintos) y trayéndola a 2015, no solo tecnológica sino intrínsecamente. Nunca sabremos con exactitud qué pertenece a quién en el piloto como producto audiovisual, pero sí que las 12 entregas restantes serán mayoritariamente del responsable de House, y esperemos que pueda lograr algunas de las cimas que ya conquistó durante ocho temporadas en Fox.
La serie arranca con un prólogo que pone en contexto con mucha gracia e inteligencia la situación de una comisaría de Michigan, que se va a ver revolucionada con la apertura de una oficina del FBI a cargo del detective Milton Chamberlain (un Josh Duhamel exprimiendo su encanto). Chamberlain chocará desde un comienzo al detective Russ Agnew, opuesto casi por naturaleza y una curiosa contraposición en la manera de encarar el trabajo. “Proteger y servir”, que rezan las puertas de los coches de policía, de formas más o menos ortodoxas. Su forzosa relación de compañeros de investigación será la pieza central de Battle Creek. Y por lo visto hasta ahora, será divertida e interesante, aunque también puede caer en tópica y ya vista. Como primer episodio es eficaz en cuanto que presenta a los personajes, define sus principales características con un par de gestos y describe con elocuencia las dinámicas. Su punto fuerte es el ingenio y ritmo con el que todo está contado, que hace que los 42 minutos de metraje se pasen en un suspiro. Por otro lado, puede ser un problema que los casos estén planteados siempre con sorpresa dentro, ya que crea un clima de sospecha constante en el espectador.
La dirección de Bryan Singer también trae la fotografía de su cinematógrafo de siempre, Newton Thomas Sigel, y con ello un acabado visual de primera. Se ve que la CBS no ha escatimado en medios para apoyar una serie que quieren que sea un éxito, de la que esperan grandes cosas. Que tenga el potencial para serlo es distinto, porque es bien sabido lo difícil que resulta hacer un policiaco distinto, que se diferencie sobre el resto de ofertas de la temporada. Aunque cuenta a su favor con el hecho de que David Shore ya realizó una operación similar con su gran creación previa y los dramas médicos. Tras el visionado del episodio, que ofrece alguna que otra reflexión interesante, queda por lo tanto el querer saber por qué Milt ha sido relegado a Michigan, qué se esconde detrás de la actitud vital de Russ o si los compañeros de oficina tendrán relieve o serán una comparsa de secundarios de efecto más bien cómico. La presencia de la imponente Janet McTeer como la jefa de la comisaría hace pensar que Battle Creek tiene algo medianamente novedoso que ofrecer. Ahora solo queda comprobarlo. 65/100.
FOX | EE.UU, 2015. Director: Lee Daniels. Guión: Lee Daniels & Danny Strong. Reparto: Terrence Howard, Taraji P. Henson, Bryshere Gray, Jussie Smollett, Trai Byers, Grace Gealey, Malik Yoba, Kaitlin Doubleday, Gabourey Sidibe, Rafael de la Fuente, Antoine Mckay. Fotografía: Andrew Dunn. Música: Fil Eisler.
Lee Daniels es el último director de cine en pasarse a la pequeña pantalla, en este caso en doble faceta, no solo como director sino como co-creador de la serie. Tras cuatro largometrajes que tienen en común su mirada hacia la Otredad, y con el discurso de Viola Davis al recoger el SAG todavía retumbando en los oídos, la idoneidad de una serie como Empire es indiscutible. De ahí que apenas diez días después de su exitoso estreno, FOX la haya renovado por una segunda temporada. El reparto es mayoritariamente negro, la temática está apegada a la comunidad afroamericana y Daniels y su co-creador Danny Strong –guionista de El mayordomo (The Butler, Lee Daniels, 2013)– quieren evidenciar muchas de las cosas que suceden en esos hogares, amén del mundillo de la música, contando para ello con el respaldo de Timbaland como productor musical y seguro que suministrador de historias. Lo mejor que se puede decir de este episodio, y de lo visto de la serie hasta el momento, es que los referentes convocados son explícitos y los responsables los exhiben con orgullo. Estamos ante un culebrón confeso, “el Dinastía negro”, en palabras del propio Daniels. Y el argumento de partida (un padre descubre que tiene ELA y no sabe a cúal de sus hijos legar su imperio) es tan deudor del Rey Lear de William Shakespeare que uno de los personajes lo dice directamente. Fuera prejuicios e ínfulas. Empire es diversión festivamente vulgar.
Solo así se entiende la actitud arrasadora de su arma más potente: el personaje de Cookie. Interpretada por una Taraji P. Henson que se lo debe estar pasando muy bien y escrita de manera que cada frase que sale de su boca es una sentencia hilarante, Cookie sale de la cárcel tras 17 años y dispuesta a reclamar lo que es suyo. Aunque todavía no está claro, parece que asumió sola la culpa de un crimen que también implicaba a su marido, así que están en deuda. Lo que no sabe es que ha caído en un proceso de estrategias entre los hijos y su padre, con la vista puesta en el sillón del jefe de Empire, la discográfica. El conflicto está servido, y en los 46 minutos de metraje del capítulo veremos cómo se orquestan las alianzas, y también de dónde vienen los personajes. Cada uno de los hijos corresponde a un arquetipo bastante transparente, aunque seguro que su drama tendrá más capas conforme avance la temporada. Andre es la elección responsable porque tiene una educación y ambición de ir a más pero no entiende la música como arte; Hakeem es el talento díscolo, la cara más vendible pero con afición excesiva a la fiesta; y Jamal es un talento tranquilo pero que no tiene ganas de triunfar y cuya homosexualidad le supone el rechazo automático no solo de su padre sino de su público potencial: los consumidores de ese tipo de música. El crudo momento en que Lucious tira a su hijo de pequeño a la basura por vestirse con los tacones de su madre es una llamada de atención a los comportamientos homófobos de ese tipo, además de ser una experiencia personal del propio Daniels.
A pesar de la solidez y gravedad que aporta Terrence Howard a su personaje, la mejor manera de disfrutar Empire es no tomársela demasiado en serio. Las impresiones tras este primer capítulo apuntan a una ficción rutinaria, histérica como suele serlo el cine de Daniels y también condicionada por emitirse en abierto. Si bien es verdad que FOX es la cadena más osada, tienen límites de lenguaje y violencia, así que no parece que el reflejo de la parte más lumpen de la comunidad afroamericana puede verse reflejada con fidelidad. Aunque esto puede resolverse con elegantes soluciones visuales (el disparo a cámara), parece que el espectador va a tener que hacer ese compromiso. La parte musical, eso sí, está más lograda. Las canciones están integradas en la trama y ayudan a avanzar la historia. Queda por lo tanto la preparación de una guerra por el trono, con hermanos enfrentados y padres irresponsables a los que les preocupan otras cosas. Con apuntes a un pasado y presente gángster y el uso de flashbacks para rellenar los huecos y que el espectador sepa de qué son capaces los personajes. Y por lo visto, son capaces de cualquier cosa. 65/100.
crítica al episodio piloto de Man Seeking Woman | por Adrián González Viña.
FX | EE.UU, 2015. Director: Jonathan Krisel. Guión: Simon Rich Reparto: Jay Baruchel, Eric André, Britt Lower, Maya Erskine, Vanessa Bayer, Bill Hader, Raeanna Guitard. Fotografía: Christian Sprenger.
Es muy, pero que muy difícil que empezando 2015 llegue una serie que pueda sorprender genuinamente, que no despliegue sus armas en un primer episodio y el espectador más avispado no sepa apuntar que están haciendo los responsables, qué están preparando para la audiencia. Man seeking Woman, nueva muestra de que FX es la cadena por cable con el catálogo más variado e interesante, logra partir de la situación más común imaginable (un joven decide volver a salir con mujeres meses después de una dolorosa ruptura) y orquestar algo novedoso, original y, lo más importante para el género aquí tratado, muy divertido. Josh, clásico veinteañero enclenque perdido en la vida, decide sumergirse de nuevo en el mundo de las citas por las presiones de su mejor amigo y su hermana. A lo largo de la noche que cubre el piloto, será emparejado inadecuadamente, (auto)humillado en una fiesta que su ex-novia y su nuevo chico celebran y jaleado por atreverse a tontear con una chica que conoce esperando el metro. Dicho así no parece gran cosa, pero es que es mejor no conocer la arriesgada e ingeniosa estrategia del creador Simon Rich, que parte de su propio libro como fuente de material. Basta decir que se juega con una mezcla de exageración, literalidad y surrealismo para configurar una mirada cómica fresquísima.
Con Lorne Michaels –legendario productor de Saturday Night Live– y Jonathan Krisel –director y co-creador de Portlandia (2011-)– apadrinando el proyecto y el protagonismo de Jay Baruchel como cara más visible de la serie, Rich habla con sorna de las nuevas formas de ligue, del resentimiento que trae una ruptura o de las presiones del entorno para salir del estancamiento vital, aunque sea tomando decisiones equivocadas. El impagable cameo de Bill Hader enterrado bajo capas de maquillaje y dando vida a un polémico personaje evidencia la apuesta de la serie por hacer reír al espectador con inteligencia pero también de manera instantánea. Poco más debe decirse de Man seeking Woman, aparte de alabar su existencia y desear que el tono se mantenga durante los nueve episodios restantes que componen la primera temporada. Y, por supuesto, que encuentre a su público perfecto, ya que la propuesta de entrada no es para todos y puede resentirse en los números. Pero algo así es necesario en televisión. Y cada vez extraña menos que sea FX quien ofrezca este tipo de cosas. 90|100.
HBO | EE.UU, 2015. Directores: Jay Duplass & Mark Duplass. Guión: Jay Duplass & Mark Duplass, basados en una historia de Jay Duplass & Mark Duplass & Steve Zissis. Reparto: Mark Duplass, Melanie Lynskey, Amanda Peet, Steve Zissis, Abby Ryder Forston, Ken Marino. Fotografía: Jas Shelton. Música: Michael Andrews.
Tras unos diez minutos de episodio, al abajo firmante le asaltó la pregunta de por qué una serie como Togetherness está en HBO cuando lo visto hasta el momento, aunque expuesto de otra forma y sin decir palabrotas, podría verse en una comedia en abierto. Tras el minuto 28, punto final de la primera de ocho entregas de esta serie, estaba un poco más claro la razón. Además de la libertad de hablar sin tapujos y plantear algunas realidades que en abierto no se pueden (ambas escenas de frustada masturbación), Togetherness está en HBO como enésima muestra de que la cadena por cable más prestigiosa atrae el talento de las gentes del cine. En este caso de los hermanos Duplass, reyes del mumblecdore, esa corriente del cine indie caracterizada por hacer de la falta de medios, la improvisación como parte de la historia y el uso de canales alternativos para su distribución. Junto a cineastas como Lynn Shelton o Joe Swanberg, los Duplass han ido escribiendo y dirigiendo sus pequeñas películas desde hace años, cruzando a menudo las labores (Mark es también conocido como actor y Jay lo está empezando a ser) y ante todo demostrando que hay una alternativa a la gran industia. En este caso han partido de una idea conjurada con su amigo Steve Zissis y han puesto en pie esta comedia de media hora, escrita y rodada casi en su totalidad por ambos y centrada en algo tan intangible pero común como es la sensación de vivir sin rumbo, de hacer lo que se supone que debes hacer pero sin obtener los resultados que la sociedad dice que deberías recibir. En dos momentos de esta divertida carta de presentación, Alex (Zissis) y Tina (la siempre carismática Amanda Peet), argumentan por separado al matrimonio protagonista que no han logrado nada tras más de cuarenta años en esta tierra. El matrimonio en sí tiene bastante con lo suyo, al darse cuenta de que la atracción y ganas de tiempo en pareja se desvanecen.
El interés de la serie va a recaer entonces en ver como estos cuatro personajes navegan sus vidas y cruzan sus destinos, habida cuenta de que Tina es la hermana de Michelle y Alex es el mejor amigo de Brett, y las circunstancias del destino han querido que los cuatro vayan a compartir casa, al menos por el momento. La llegada hasta ese momento climático, suponemos el gancho para que el espectador vuelva al siguiente episodio, está plagado de humor, histeria y cinismo. Con su colaborador habitual en la dirección de fotografía, Jas Shelton, la serie tiene un look cotidiano e inmediato, para transmitir una sensación de verismo y naturalidad, además del sello HBO de calidad cinematográfica a la hora de rodar sus series. Con una pequeña paleta de los extremos a los que pueden llegar los personajes, la serie no sobrecarga su primer capítulo de información sino que confía en acuñar un tono exacto y contar algo interesante y cercano que garantice la vuelta de los espectadores. Es una estrategia algo arriesgada, pero que el premium cable se puede permitir. ¿Por qué Michelle ya no se sientra atraída por Brett? ¿Encontrará Tina lo que busca vitalmente en la ciudad? ¿Puede Alex tener éxito como actor? Sin haber visto nada apasionante, el abajo firmante volverá a reencontrarse con Togetherness porque confía en el talento de los responsables y su reparto para contar algo que merezca la pena. 65/100.
crítica a How to get away with murder (2014- ) | Episodio piloto.
ABC | EEUU 2014 / Director: Michael Offer. Guión: Peter Nowalk. Reparto: Viola Davis, Billy Brown, Alfred Enoch, Jac Falahee, Katie Findlay, Aja Naomi King, Matt McGorry, Karla Souza, Carlie Weber y Liza Weil. Música: Photek.
Shonda Rhimes es una hacedora de éxitos. De Grey´s Anatomy (2005-) a Scandal (2012-), pasando por Private Practice (2007-2013), no hay dudas que la guionista norteamericana ha probado tener una habilidad especial para saber y producir lo que el público quiere ver. Subestimar cualquier tipo de creación por popular sería un error capital. Sin dudas, cuando una obra es capaz de llegar a muchos se revaloriza en tanto que el alcance de sus resultados será mayor. En tiempos donde el raiting mucho importa, a veces en detrimento de la calidad, que una serie de televisión sea popular adquiere una significación superior. Con Shonda Rhimes sucede algo interesante: lejos están sus creaciones de ser perfectas; sin embargo, son capaces de generar números de audiencias elevados y a la vez destacan por sus méritos también audiovisuales. Una evidencia vuelve a serlo How to get away with murder (Cómo escabullirse de un crimen), su reciente estreno como productora para ABC y el más visto en lo que va de año.
La historia es la de un grupo de estudiantes de abogacía que compiten por ganar un trofeo entregado por una respetada profesora de Derecho Legal. Aprenden cómo defender de un crimen a acusados, en su mayoría culpables, mientras son parte del grupo de trabajo de dicha profesora. Lo más inquietante de la historia es que ese mismo grupo de estudiantes cometerá un “crimen” en el futuro, evidencia con que abre la serie, en el que morirá el esposo de la profesora, la misma que les está enseñando a esconder pistas incriminatorias y potenciar otras secundarias para ganar un juicio al precio que sea. Un argumento atrapante e inteligente, que garantiza una audiencia cautiva por saber cómo llegaron a tal punto los nuevos pupilos, sin importar cuántos capítulos tengan que ver con resoluciones de otros casos similares de por medio. La fórmula no es nueva, de hecho la misma Shonda Rhimes en Scandal maneja una estructura similar, lo que nos permite anticipar que la gradualidad de la trama funcionará de maravillas.
NBC | EE.UU 2014 / Director: Michael Patrick Jann. Guión: Ben Queen. Reparto: Ben Feldman, Cristin Milioti, Henry Zebrowski, Leonora Crichlow, Christina Kirk, Katey Sagal, Lea Thompson, Parvesh Cheena, Hong Chau, Eric Normington. Música: Craig Wedren.
El humor y el amor parecen conceptos cada vez más difíciles de mezclar cuando se trata de generar una ficción interesante. A tal punto que hoy, antes de asistir a una comedia romántica, predomina más la duda que el deseo, cuando hace pocos años era este uno de los géneros preferidos del público. Ha imperado la risa fácil y las historias intrascendentes, generándose una lista de series y filmes difícilmente recordables. Si bien hay que reconocer que la sociedad ha cambiado y que las relaciones humanas se han reconfigurado influenciadas en gran medida por la tecnología y el carácter impersonal de la virtualidad, el hombre sigue enamorándose y sigue generando las más impensadas situaciones cuando el amor lo conduce. Esta premisa la han tenido bien presente los responsables de A to Z, la nueva sitcom de las noches de NBC.
El primer episodio de la serie denominado A is for Acquaintances parece un buen intento por amigar nuevamente al público con el género venido a menos. Una narradora fuera de la trama comienza presentando individualmente a la pareja de protagonistas, Andrew (Ben Feldman, Mad Men) y Zelda (Cristin Milioti, How I met you mother). Por momentos, nos recuerda a la enigmática Mary Alice de Mujeres desesperadas (ABC, 2004-2012) en la ironía con que es capaz de describirnos dos personas tan diferentes. Y cuando ya ha quedado más que claro que A y Z son como el día y la noche, sobreviene una sentencia que condicionará el resto del relato: “Hoy es el día en que Andrew y Zeta se conocerán, saldrán durante ocho meses, tres semanas, cinco días y una hora. Este programa de televisión es la historia completa de su relación”. Al menos dos premisas quedan claras en lo que está por venir: olvidémonos del happy ending y, como diría uno de los temas más hermosos del compositor uruguayo Jorge Drexler, amemos la trama más que el desenlace.
FOX | EE.UU., 2014. Director: Danny Cannon. Guión: Bruno Heller. Reparto: Ben McKenzie, Donal Logue, David Mazouz, Sean Pertwee, Robin Lord Taylor, Zabryna Guevara, Erin Richards, Cory Micharl Smith, Camren Bicondova, Jada Pinkett Smith. Fotografía: David Stockton. Música: Graeme Revell y David E. Russo.
No existe término medio en la adaptación de un cómic a una serie de televisión. Se cumple o se decepciona. Hay un universo propio que respetar, con líneas argumentales establecidas y una estética a seguir. Cuando dicha historieta ha sido acompañada por exitosas puestas cinematográficas, el reto es mayor porque a nivel audiovisual, y no solo gráfico, aparecen otros referentes para juzgar. Por eso a nadie pasó desapercibido cuando FOX anunció el estreno de Gotham como una de sus principales apuestas para la presente temporada. La historia del caballero oscuro ha representado para su casa editorial, DC Comics, posiblemente su mayor éxito y para muchas productoras cinematográficas conquistas absolutas de taquilla, impulsadas por el ingenio de directores como Tim Burton (Batman, 1989; Batman Returns, 1992), Joel Schumacher (Batman Forever, 1995; Batman y Robin, 1997) o Christopher Nolan (Batman Begins, 2005; The Dark Knight, 2008; The Dark Knight Rises, 2012) y la popularidad de actores como Michael Keaton, Val Kilmer, George Clooney o Christian Bale, por citar algunos.
El proyecto de FOX llegó de la mano del guionista británico Bruno Heller, conocido por la creación de series como Roma (HBO, 2005-2007) o El mentalista (CBS, 2008-), quien se encargará además de la producción ejecutiva de toda la serie y de escribir el guión de la mayoría de los capítulos. Sin embargo, no tiene mucho en común esta nueva propuesta audiovisual con sus predecesoras versiones cinematográficas. En Gotham no parece que habrá Batman, al menos por mucho tiempo, y sí la construcción de una leyenda desde el inicio. El relato será absolutamente lineal y gradual, con punto de partida en el asesinato de los padres del pequeño Bruce Wayne (David Mazouz) en las peligrosas calles de Gotham. Tocará al recién llegado investigador James Gordon (Ben McKenzie) encontrar al culpable mientras combate la corrupción en una ciudad que parece destinada al infierno.
crítica a The Affair (2014-) | Episodio piloto | ★★★★ |
Showtime | EEUU, 2014. Director: Mark Mylod. Guión: Sarah Treem, basada en una historia de Sarah Treem & Hagai Levi. Reparto: Dominic West, Ruth Wilson, Maura Tierney, Joshua Jackson, Julia Goldanii Telles, Leya Catlett, Jadon Sand, Jake Siciliano, John Doman, Mare Winningham, Kathlee Chalfant. Fotografía: Steven Fierberg. Música: Marcelo Zarvos.
En el que es su segundo estreno de 2014 tras la algo decepcionante aunque interesante Penny Dreadful, Showtime ofrece con The Affair una propuesta envolvente, arraigada en el más sencillo pero a la vez más complicado tema: las relaciones personales. La aventura que da título a la serie es la que mantienen Noah y Alison, Dominic West y Ruth Wilson, que en este logrado piloto ofrecen su perspectiva personal e intransferible del momento y circunstancias en que se conocieron. Perspectivas, cada una, contadas por separado y en forma de gigantesco flashback, habidaresena-tv-affair cuenta de que ambos están ofreciendo la información en un interrogatorio policial. ¿Qué ha pasado? No lo sabemos, y a tenor de la narración dividida de la historia, tardaremos en saberlo. La originalidad y ambición de la propuesta de Sarah Treem y Hagai Levi radica en hablar de lo curioso e impreciso de la memoria, de cómo los seres humanos recuerdan las cosas. Volver a los hechos desde diferentes perspectivas se lleva haciendo desde Rashomon (Akira Kurosawa, 1950), pero The Affair se atreve a mostrarnos no un hecho concreto en sí, solo la reconstrucción memorística de un hombre y una mujer.
Treem es una reconocida dramaturga, lo cual se nota, y es su primera serie como responsable máxima tras trabajar en la magnífica En terapia (2008-2010), donde coincidió con Levi, co-creador de la serie israelí original que adaptaba HBO, Be Tipul (2005-2008). La guionista trabajó luego en la primera temporada de House of cards (2013-), antes de unir fuerzas con Levi para concretar la prometedora idea que vertebra The Affair. Afronta su riesgo con humildad, claridad (la división viene con fundido a negro y un cartel) y sin tomar partidos por ninguna de las parejas. Mark Mylod, uno de esos directores que se ha convertido en frecuente realizador de pilotos, dirige estos 59 minutos, siempre interesantes y que no tienen miedo de plantear cuestiones serias. No parece que estemos ante un entretenimiento pasajero, sino en la variante de la televisión como medio capaz de ofrecer arte. O esa es la intención. La guionista siembra las bases de un romance cuya repercusión no conocemos, pero sobre el que podemos empezar a hacer cábalas. Es mérito del episodio el no querer pasarse adelantando cosas, sino dosificar la información (aunque no pueda resistirse a crear un cliffhanger) y confiar en que los nueve capítulos restantes aclaren ese futuro. O presente.
crítica a The Simpsons Guy, dirigida por Peter Shin, 2014
FOX | EE.UU, 2014. Director: Peter Shin. Guión: Patrick Meighan. Voces originales: Seth MacFarlane, Alex Borstein, Seth Green, Mila Kunis, Mike Henry, Dan Castellaneta, Julie Kavner, Yeardley Smith, Nancy Cartwright, Hank Azaria. Música: Walter Murphy.
El 28 de septiembre de 2014 quedará marcado como día histórico para la televisión estadounidense, ya que fue el elegido para la emisión de The Simpsons guy (14.1), arranque de la nueva temporada de Padre de familia (Family Guy, 1999-) y esperado episodio cross-over con Los Simpson (1989). Ha tenido que llegar el 2014, año en que una va a cumplir su 25º aniversario (el 17 de diciembre) y la otra ya cumplió su 15º (el 31 de enero), para que los responsables de ambas series decidieran dar luz verde a la idea. ¿El resultado? Pues no es todo lo satisfactorio que uno podría esperar, puede que porque fuera imposible satisfacer las expectativas de los fans, pero sus 44 minutos de metraje están puntuados de muchísimos metachistes, ocurriencias salvajes (al fin y al cabo, es un capítulo de Padre de familia) y guiños al espectador. Un espectador claramente nacido bajo el influjo de ambas series, ya que no se encuentran rastros de la estructura de un clásico episodio de la familia amarilla, pero tampoco es un episodio en la vida de los Griffin lleno de cortes y cambios de plano (de hecho, solo hay uno desde que estamos en Springfield, y es un metachiste de lo más divertido).
La peripecia arranca con los Griffin viendo un hipotético cross-over entre Modern family (2009-) y Todo en familia (1971-1979), y Chris alabando las ventajas de un episodio que cruza dos series. Stewie le corta, y así empieza la diversión. Y es que para muchos un cross-over en un acto desesperado o de pura promoción, y es esa autoconsciencia lo que va a predominar de ahí en adelante. La historia comienza como un episodio de Padre de familia (Peter enfurece a las mujeres de Quahog por una viñeta machista y deciden irse del pueblo por un tiempo) y cruza caminos con Los Simpson cuando Hans Topo robe el coche de la familia y estos se vean atrapados en Springfield (¿cuál? No parece que puedan decirlo legalmente hablando). Patrick Meighan y sus compañeros plantan referencias, como cabría esperarse, en cada minuto de metraje, pero fallan a la hora de dar empaque a las subtramas. Éstas son: Homer y Peter se hacen amigos casi al instante; Lisa trata de ayudar a Meg a encontrar su talento especial; Marge y Lois pasan tiempo juntas; Brian y Chris se encargan del Pequeño Ayudante de Santa Claus y Stewie se cuelga intensamente de Bart, hasta el punto de querer ayudarle de forma retorcida. La criticada tendencia de los guionistas a no escribir bien las tramas femeninas se refleja aquí en que la trama Lisa/Meg sea tan genérica y que Marge y Lois apenas tengan tiempo en pantalla juntas (aunque un inteligente chiste define perfectamente sus opuestas personalidades), así que se hace evidente que el plato fuerte para los convocados es la unión de los patriarcas.