Showtime / 4ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2016. Creadora: Ann Biderman. Directores: John Dahl, Liev Schreiber, Michael Apted, Phil Abraham, Robert McLachlan, Daisy von Scherler Mayer, Tricia Brock, Tucker Gates, James Whitmore Jr., Stephen Williams, David Hollander. Guionistas: David Hollander, Mike Binder, Sean Conway, Chad Feehan, Miki Johnson, Rob Fresco, David Sonnenborn. Reparto: Liev Schreiber, Paula Malcomson, Jon Voight, Eddie Marsan, Dash Mihok, Pooch Hall, Katherine Moennig, Steven Bauer, Devon Bagby, Kerris Dorsey, Ismael Cruz Cordova, Dominique Columbus, Alyssa Diaz, Lisa Bonet, Embeth Davidtz, Gabriel Mann, Paula Jai Parker, Ted Levine, Raymond J. Barry, Tara Buck, Leland Orser. Fotografía: Robert McLachlan, Roy H. Wagner. Música: Marcelo Zarvos.
Las temporadas pares no le salen bien a Ray Donovan. Tras una tercera tanda que remontó el vuelo artístico tras la salida de la creadora Ann Biderman y la ascensión a showrunner de David Hollander, con tres nominaciones a los Emmy y una victoria incluidas, la cuarta tanda se ha encallado en una estructura que ya cansa y una negativa casi obscena a desarrollar a los personajes secundarios, limitando casi siempre su presencia –cuando no directamente su ausencia sin explicaciones– a un par de frases por episodio y su uso meramente instrumental para avanzar la trama. El problema parece provenir de la raíz, porque la serie todavía no sabe lo que quiere ser, y Hollander y su equipo tratan que sea varias cosas a la vez sin éxito. Lo que comenzó como un elegante neonoir plagado de humor y peligro sobre la labor de un hombre que arregla los problemas de las estrellas se ha serializado hasta devenir en saga criminal, con una familia en el centro, los Donovan, aspirantes a clan de asesinos. En medio, la repetición de un esquema narrativo similar (se presenta un problema, se trata de solucionarlo de distintas maneras, la solución elegida implica meterse en un embrollo más grande, todo finalmente se soluciona) y la salida forzada de las situaciones en las que los personajes se ven involucrados. La necesidad de llenar una docena de entregas –esta temporada ha tenido varios episodios de 45 minutos frente a los habituales 55, y no es casual– hace que se acaben dando pasos en falso, creando subtramas que se autodestruyen en dos o tres capítulos. El problema es que seguir haciendo esto en la cuarta temporada y esperar que el espectador lo acepte sin molestarse revela que los responsables no han aprendido de sus errores. Hay que destacar en ese sentido, y quizá como posible explicación a la torpeza, que Hollander ha renovado por completo la sala de guionistas y rescatado a Sean Conway, que escribió en la primera.
La temporada retoma la acción poco después del cliffhanger que despidió la tercera tanda, y nos reencuentra con un Ray en pleno proceso de recuperación personal. Pero como siempre pasa en la serie, algo va a dinamitar la tranquilidad, y la incestuosa relación de un boxeador compañero de terapia de Ray con su hermana y la investigación del caso de los armenios muertos harán que el agujero en que nuestro protagonista se meta sea bastante grande. Uno que además involucra a su familia de manera directa, al convertirlos en objetivo de la mafia armenia y reventar ya para siempre las barreras entre trabajo y vida personal que Ray (un estupendo Liev Schreiber) siempre ha tratado de mantener. Y aunque como concepto es interesante y aporta algunas ideas poderosas –la solidificación de la relación entre el matrimonio Donovan–, la ya mencionada bidimensionalidad de los secundarios hace que la noción no tenga toda la profundidad deseada, y eso que el reparto cumple con creces. Para que lo escrito en el papel se traduzca en pantalla hace falta un trabajo más concienzudo que el aquí presente. Las relaciones de los personajes avanzan en medio de este clima de peligro constante, y como suele pasar, son las nuevas incorporaciones las que aportan algunos de los mejores momentos. En concreto es destacable el trabajo de Lisa Bonet y Embeth Davidtz como Marisol, la autodestructiva hermana y amante del boxeador, y Sonya, marchante de arte/jefa criminal de la mafia rusa. Se recupera también al reciente ganador del Emmy Hank Azaria para un par de episodios o a otros personajes de temporadas pasadas, porque si por algo es destacable Ray Donovan es por su narrativa autorreferencial, una densa mitología de personajes y acciones que hace que todo lo que ha pasado cuente y pese, y que los personajes sean la suma de lo que les sucede. Esto puede parecer obvio, pero muchas series no lo hacen. Aunque no salva al drama de su previsible mecánica, que encadena estampas grotescas con momentos de humor negro, y lograda emotividad con estallidos de cruda violencia. La libertad que da trabajar en Showtime se nota en todo momento, ya sea en el tratamiento de la religión y la Iglesia como institución o en especial en la trama del incesto, tema bastante tabú en la sociedad y que aquí no sólo se comenta sino que se muestra, aunque en última instancia su desenlace sea un elemento narrativo más para completar el círculo perfecto de la historia. Porque quizá Hollander tenía miedo de no regresar por una quinta temporada (que ya ha sido concedida), de ahí que el final de la cuarta sea uno tan cerrado, tan extrañamente feliz para los protagonistas. Pero sabemos que esa dicha es momentánea, porque ninguno ha logrado la paz consigo mismo. Y en cierta forma de eso trata Ray Donovan, de hallar ese equilibrio interno que haga que se pueda vivir sin que los demonios personales lo dominen a uno. | ★★★ |
crítica de la primera (y última) temporada de Roadies.
Showtime / 1 temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2016. Creador: Cameron Crowe. Directores: Cameron Crowe, Jonathan Kasdan, Jeffrey Reiner, Allison Liddi Brown, Julie Anne Robinson, Sam Jones. Guionistas: Cameron Crowe, Winnie Holzman, David J. Rosen, Hannah Friedman, Tom Kapinos. Reparto: Luke Wilson, Carla Gugino, Imogen Poots, Rafe Spall, Keisha Castle-Hughes, Colton Baker, Peter Cambor, Ron White, Christopher Backus, Tanc Sade, Jacqueline Byers, Finesse Mitchell, Branscombe Richmond, Ethan Michael Mora, Nima Azizi, Catero Colbert, Luis Guzmán, Brian Benben, Ely Henry, Derek D. Dow, Jack Yang, Lamon Archey, Shawn Woods, Joy Williams. Fotografía: Thomas Yatsko, Nicola B. Marsh.
Cameron Crowe se encuentra en una posición delicada en el mundo del espectáculo tras el batacazo de Aloha (2015), cuya recepción en Estados Unidos fue tan feroz que propició su estreno en España directamente vía Netflix. Para más inri, la existencia de Roadies ha sido cuando menos tumultuosa. Showtime acordó producir un piloto en junio de 2014, con la idea de que este seguiría el formato de una hora mientras que el resto de la hipotética temporada sería una comedia de media hora, como hiciera HBO con Hung (2009-2011). Tras meses sin saber noticias del piloto, Christina Hendricks salió del proyecto el verano pasado, siendo reemplazada por Carla Gugino. Tras volver a rodar estas y otras escenas, la serie recibió la luz verde el pasado agosto, con la novedad de que ahora toda la temporada sería del formato de 60 minutos. Crowe y el productor J.J. Abrams contrataron desde el principio a Winnie Holzman con la idea de que ella fuera la showrunner del proyecto, lo cual apuntaba a poca presencia del director en su creación, pero finalmente ha estado muy presente como director y guionista. Estrenada a finales de junio y con audiencias más bien discretas, Roadies no va a ser el proyecto que saque a Crowe de la extraña espiral de malditismo en la que se halla.
Y eso que la serie tenía todo para ser su triunfo al aplauso unánime, a los tiempos de la magnífica Casi famosos (Almost Famous, 2000), película que le dio el Óscar al Mejor guion original. La idea de partida era documentar el trabajo de los “pipas”, los trabajadores no-musicales que acompañan a los grupos cuando están de gira. Mánagers de la gira, encargados de montar el escenario, de tener listos los teleprompter, representantes de la discográfica, seguridad, conductores... todos ellos. Para eso el proyecto se centra en un pequeño grupo de estos pipas, y cómo tratan de llevar vidas normales en medio de tamaña locura de empleo. Hasta ahí sonaba bien la premisa, porque no es algo que haya sido el eje central de muchos trabajos de ficción, pero desde que empieza la acción y las tramas comienzan a desarrollarse, entra en juego el factor romántico, y la cosa decae enteros. Tensiones sexuales e incipientes romances en medio de un clima que lo propicia pero a la vez no, porque hacer tal énfasis en este aspecto implica devaluar la importancia de la labor de los pipas. Roadies, por tanto, no sabe qué quiere ser. Es como si Crowe y Holzman no confiaran en poder sostener la comedia dramática exclusivamente con su jugoso punto de partida, o quizá porque es una de las lecciones más antiguas de la historia del relato que una historia de amor atrae a la gente y puede capturar atenciones, pero la idea de hacer varias y de hacerlas de maneras tan obvias y nada originales es lo que afecta en última instancia a la calidad global del asunto. El resto de elementos están mejor trabajados, con una creíble química entre el elenco, fundamental para las escenas grupales y la coreografía de entradas y salidas de los personajes en su frenesí profesional; y la impecable selección musical, con una impresionante lista de artistas interpretándose a sí mismos, y además tocando alguna canción en la mayoría de los casos. Por nombrar sólo unos pocos, están Lindsey Buckingham, Halsey, Jonathan Russell, John Mellencamp, Shelli Azoff, Nicole Atkins, Robyn Hitchcock o Eddie Vedder. Amén del rapero Machine Gun Kelly, que forma parte del reparto principal como Colson Baker, y da vida a Wes, mellizo de Kelly Ann. Pero el trabajo de Baker es estrictamente actoral. También hay un episodio que recuerda la historia del músico Ronnie Van Zant y su banda Lynyrd Skynyrd, el emotivo The All Night Bus Ride (1.8), que introduce al personaje de Phil como testigo del ascenso del grupo y sus tensiones internas hasta la muerte de Van Zant en un accidente de avión con tan solo 29 años.
«Con sus audiencias nada espectaculares, su tibia recepción crítica y el hecho de que la tanda cierra bastante las principales tramas, con la gira terminada, no sorprende que Showtime haya decidido no renovar o cancelar el enésimo salto de un director de cine a la pequeña pantalla».
Y eso es algo que Roadies hace muy bien, aunque le pueda costar espectadores. Nos introduce in media res en la gira de la banda y en el mundillo del rock and roll, sin sobreexplicaciones. Si sabes de lo que hablan bien, y si no pues aprende sobre la marcha. Este crítico se pierde multitud de referencias y en cosas que se dan por supuestas, pero no le importa porque se nota genuino y cómplice, porque el placer al abordar esos temas y hacer esas reflexiones es casi palpable. Hace sentir a la audiencia que es parte de verdad de ese mundo, de esa red de interconexiones que ya habían empezado cuando aterrizamos en medio de la historia. Y es curioso que haga esto porque tiene en el personaje de Reg un evidente punto de entrada en el mundillo representado, pero no lo usa demasiado con este propósito. El hombre está presente más bien para servir el clásico arco argumental del Converso, aquél que comienza en la oposición extrema a lo que nuestros protagonistas predican y que tras vivir intensos momentos y quizás encontrar el amor, se convierte a la causa sin remedio. Clásico y previsible, porque lo lleva escrito desde sus primeras apariciones. Esa encorsetada previsibilidad es lo que hace más daño a la comedia, que además tiene en Luke Wilson un protagonista demasiado monocorde, que funciona bien en las escenas grupales pero no le imprime la profundidad necesaria al rol de Bill, con su pasado de adicto y su presente haciendo malabares como el mánager de la gira. Así que en ese equilibrio entre los enfoques, lo genuino y lo artificial, se mueve Roadies, con un resultado final que lamentablemente se acerca más a la irregularidad que a la grandeza. Porque algunas cosas suceden porque las manda el guion, y la acertada apuesta de dejar fuera de campo todas las escenas domésticas –no existe la vida ante la cámara fuera del autobús de la gira y las diferentes ciudades en las que van tocando– perjudica en aquellos momentos en que no tiene sentido que los personajes no estén en esas vidas (el bebé de Donna, el funeral del suegro de Shelli), y su presencia en el puesto laboral no está bien justificada. Con sus audiencias nada espectaculares, su tibia recepción crítica y el hecho de que la tanda cierra bastante las principales tramas, con la gira terminada, no sorprende que Showtime haya decidido no renovar o cancelar el enésimo salto de un director de cine a la pequeña pantalla, porque es uno que no se ha saldado con la mejor respuesta posible, todo hay que decirlo. Y en el negocio de la televisión, en pleno 2016, cuesta dar segundas oportunidades. | ★★ |
crítica de la tercera temporada de Penny Dreadful.
Showtime, Sky Atlantic / 3ª y última temporada: 9 capítulos | EE.UU, 2016. Creador: John Logan. Directores: Damon Thomas, Paco Cabezas, Toa Fraser. Guionistas: John Logan, Andrew Hinderaker, Krysty Wilson-Cairns. Reparto: Eva Green, Josh Harnett, Timothy Dalton, Harry Treadaway, Billie Pipper, Reeve Carney, Patti Lupone, Wes Studi, Douglas Hodge, Sarah Greene, Shazad Latif, Christian Camargo, Samuel Barnett, Casper Allpress, Stephen Lord, Jessica Barden, Sebastian Croft, Sean Gilder. Fotografía: John Conroy, Nigel Willoughby. Música: Abel Korzeniowski.
Fin. Con una declaración tan efectiva y que despeja cualquier atisbo de duda termina la tercera temporada de Penny Dreadful, sorprendente final de serie que cierra esta trágica novela gótica que John Logan, guionista de 24 de los 27 episodios, parió de su curiosa y fértil imaginación hace años. La unión de algunos clásicos personajes literarios como Víctor Frankenstein, Drácula, el Hombre Lobo, Dorian Grey o el binomio Jekyll/Hide con invenciones originales del guionista, como la familia Murray, el pistolero americano Ethan Chandler y sobre todo la gran protagonista de esta historia: Vanessa Ives, el mejor y más completo personaje, una auténtica revelación al que da vida una Eva Green cuyo talento no es de este mundo. Nominada al Globo de Oro en enero de este año, Green ha saltado sin red a la oportunidad de dar alma y cuerpo a Vanessa, sufriendo como pocos y encontrando el dulce alivio del descanso en la única opción posible: la muerte. Hasta llegar a ese trágico momento, Logan y su nueva sala de guionistas (Andrew Hinderaker y Krysty Wilson-Cairns) van trabajando las diferentes tramas y conexiones, su retorcida y oscura poesía –tanto de verdaderos autores como la de cosecha propia– en forma de diálogos y de acciones. Tiene sentido que el final haya sido trágico, porque esta serie lo ha sido siempre.
De hecho, el mismo final de la segunda temporada, la mejor de las tres, pintó una situación desoladora para casi todos nuestros protagonistas, esparcidos por el mundo y solos en sus rincones. La acción se retoma aquí poco después, y es la necesidad de contacto y el poder de la amistad lo que lleva a los personajes a tener una nueva misión, un mal que combatir al final del camino. Por fin sabremos qué le pasó a Ethan y la deuda que tiene con su padre. Se sabrá que Lily tiene un trauma que la impulsa a odiar a los hombres, y Drácula hará finalmente su aparición, inteligentemente desde el comienzo aunque no lo sepamos. Los guionistas perfilan tramas con mano maestra e irregular desarrollo, con los intensos monólogos y escenas de acción que son ya marca de la casa. La temporada empieza bien, y durante cuatro episodios la cosa funciona, pero tras el maravilloso A Blade of Grass (3.4), clásico episodio-botella de Penny Dreadful, las tramas empiezan a cerrarse con torpeza, a perder el prometedor brillo e incluso a caer en cierta contradicción (Dorian pasa de estar encantado a estar agotado con la idea del ejército de mujeres liberadas en lo que dura un pestañeo, Ethan declara su amor por Hécate por el Mal para acto seguido recordar a Vanessa). Aun así existe una belleza tan extraña en cada fotograma y frase de esta serie que uno no puede evitar adorar la esencia si entra en su juego. Está claro que hay problemas de producción que limitan el número disponible de extras o que a los nuevos personajes les cuesta desarrollar cualquier tipo de profundidad, pero siempre alguna imagen de macabra belleza o algún giro de guión inesperado acaba por salvar la función. Como en realidad sabemos muy poco de muchos de los personajes y estamos viendo casi siempre su presente, el creador puede crearles un pasado que sorprenda pero siempre cuadre. Así, revelaciones como la de la hija de Brona o el trabajo previo de John Clare pueden parecer extrañas de entrada, pero encajan una vez desarrolladas ayudan a entender mejor de dónde vienen los personajes y en qué punto se convirtieron en lo que son ahora. Quedan espacios a rellenar por la imaginación de la audiencia, pero lo esencial lo conocemos.
Pocas series se preocupan de transmitir tanto con sus imágenes como con sus palabras, y la atmósfera es fundamental aquí. Una casi palpable sensación de melancolía y pesar se materializa ante nuestros ojos, entre las cultas citas literarias y lo visceral de las acciones de los personajes. Hay mucho sexo y mucha sangre, se respira deseo y muerte, y suena de fondo una música para que todo esto junto baile al son. Penny Dreadful es como un estado de ánimo, pero desafortunadamente es uno que en última instancia nunca reguló bien el interés de sus tramas y personajes, que resultaba previsible y simplista en más de una ocasión –el doctor Frankenstein nunca pasó de ser un personaje plano y monocorde– y que resucitó algunos grandes mitos para desaprovecharlos. Su metafórica reivindicación de la importancia de la diferencia era efectiva, pero no justifica un Todo con aristas sin limar, como de narrador cargado de una ambición excesiva, que toca muchos palos sin terminar de decidirse por ninguno en concreto (excepto la musa Vanessa). La insatisfacción que puede producir el desenlace no viene tanto porque el destino de cada personaje no case con lo que les ha pasado hasta ese instante, porque lo hace y el mérito de Logan deben ser reconocido, sino por la brusquedad del desarrollo de los acontecimientos y las preguntas sin respuesta y subtramas abandonadas que deja por el camino (¿Drácula les deja irse sin más?). Sea un problema de producción o de la parte creativa, el resultado final es muy estimable y deja una colección de momentos inolvidables, únicos, y una interpretación que debería pasar a la historia del medio, la de Eva Green con su compromiso total con la causa y con Vanessa. Que todos los proyectos irregulares sean igual de fascinantes, porque está claro que esta serie es única e irrepetible, con todo lo bueno y lo malo que eso suponga. | ★★★ |
Una serie un poco superficial para un mundo muy superficial
crítica de House of lies (2012-2016). Final.
Showtime / 5 temporadas: 58 capítulos | EE.UU, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016. Creador: Matthew Carnahan. Directores: Stephen Hopkins, Matthew Carnahan, Daisy Von Scherler Mayer, Don Cheadle, Adam Bernstein, otros. Guionistas: Matthew Carnahan, David Walpert, Wesley S. Nickerson III, Theo Travers, Jessica Borsiczky, Taii K. Austin, Karin Gist, otros. Reparto: Don Cheadle, Kristen Bell, Ben Schwartz, Josh Lawson, Donis Leonard, Jr., Glynn Turman, Dawn Olivieri, Jenny Slate, Larenz Tate, Bess Armstrong, Ryan Gaul, Richard Schiff, Alice Hunter, Griffin Dunne, Steven Weber, Evan Hart, Taylor Gerard Hart. Fotografía: Peter Levy, Loren Yaconelli. Música: Mark Mothersbaugh, Clinton Shorter.
Durante cinco temporadas y 58 entregas, House of lies ha podido dar la impresión de cambio, y efectivamente se han producido alteraciones a lo largo de su existencia, pero en lo esencial ha seguido siendo la misma serie su episodio piloto nos presentara aquel ocho de enero de 2012. Con todo lo bueno y lo malo que eso conllevaba. En una entrevista de 52 minutos que el creador Matthew Carnahan ofreció para el programa Media Mayhem poco antes del estreno de la tercera temporada, la periodista Allison Hope Weiner preguntaba sobre el complejo comportamiento del protagonista de la serie, Marty Kaan (espléndido Don Cheadle, ganador del Globo de Oro en 2013), y Carnahan argumentaba que su idea era que cuando terminara la historia, se pudiera ver el arco de cambio de Marty. El final de la temporada no era originalmente el final de la serie, cancelada hace apenas un mes y medio, pero se nota que el guionista sospechaba que su creación podía no regresar, de ahí que muchas de las tramas principales tengan conclusión pero otras (relacionadas con la familia Kaan y Clyde y Doug) no tengan un punto y final muy perdurable. ¿Ha cambiado nuestro protagonista en estos años? Sí y no.
El punto de partida de House of lies era mostrar el trabajo de las consultorías, un negocio que en esencia consiste en vender humo, en jugar con proyecciones y predicciones hechas en base a datos y estadísticas. Trabajan con el 1% de la población más rica y poderosa, con empresarios/as que buscan expandir su negocio y entrar en nuevas áreas de mercado. La visión del creador ha sido siempre crítica con este mundo, reflejando cómo en última instancia existe un elemento de adicción al riesgo, a la inversión más grande y exagerada. Este material se expone con una comicidad negra y cínica, casi misantrópica en algunos puntos, y extrañamente sexual –el recuerdo de Dirt (2007-2008), la anterior creación de Carnahan, hace pensar que éste es uno de sus rasgos como autor–, a lo que ayuda la libertad que Showtime da a sus productos para no ponerse límites en la representación del sexo, y un reparto dispuesto a hacer algunas insólitas combinaciones de sexo y humor. Ese punto de partida dio paso a una primera temporada que presentó las principales características que la serie exhibiría durante toda su andadura: ritmo, velocidad, combinación de tramas autocombustibles y serializadas, nombres de relumbrón en arcos argumentales y personajes con evidente fecha de caducidad y un tratamiento superficial de muchos temas de interés social. Tener un protagonista afroamericano interpretado además por un actor/productor (y ocasional director) implicó en esta serie el tener guionistas de color, dar oportunidades de variedad étnica en las elecciones de casting y hacer un comentario racial sobre la América de hoy, especialmente interesa por la gran posición de poder es que está Marty. El personaje cambió poco a poco su dura coraza y a su alrededor les sucedían cosas a su equipo y familia, pero –ya sea por los ajustados 28 minutos de duración por episodio o por la propia incapacidad de los guionistas– en muchas ocasiones el resultado era estéril. Una mecánica previsible, aunque los eventos de la serie nunca lo fueran en sí, que contagiaba un tono efectivo aunque manso.
Showtime / 1ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2016. Creadores: Brian Koppelman & David Levien & Andrew Ross Sorkin. Directores: Neil Burger, James Foley, Scott Hornbacher, Neil LaBute, Stephen Gyllenhaal, John Dahl, Susanna White, Karyn Kusama, Anna Boden, Ryan Fleck, Michael Cuesta. Guionistas: Brian Koppelman, David Levien, Andrew Ross Sorkin, Willie Reale, Wes Jones, Heidi Schreck, Young Il Kim, Peter K. Blake. Reparto: Paul Giamatti, Damian Lewis, Maggie Siff, Malin Åkerman, Toby Leonard Moore, David Costabile, Condola Rashad, Daniel K. Isaac, Susan Misner, Frank Harts, Ilfenesh Hadera, Kelly AuCoin, Dan Soder, Terry Kinney, Glenn Fleshler, David Cromer, Ivan Martin, Nathan Darrow, Jacob Knoll, Jeffrey DeMunn, Christopher Paul Richards, Jack Gore, Stephen Kunken, Rob Morrow, Louisa Krause, Malachi Weir, Sam Gilroy, Ali Ahn, Kaliswa Brewster, Ruben Santiago-Hudson, Arthur J. Nascarella, Catherine A. Callahan, Franco Gonzalez, Kira Visser, Kate Arrington, Annapurna Sriram, Zachary Unger, Alexa Swinton. Fotografía: Jake Polonsky, Radium Cheung, Eric Steelberg. Música: Eskmo.
¿Qué quieren contar los creadores de Billions? Vista la primera temporada de esta serie que prometía tanto, no está muy claro. Es un ataque a los multimillonarios, es una crítica a un sistema de justicia demasiado lento. Es una cruel burla a los valores americanos, o quizá nada de esto. O todo a la vez. Y es que da bandazos tonales y de interés a lo largo de una docena de episodios capaces de ofrecer lo mejor y lo peor. Un tono de thriller con deudas a algunos grandes clásicos de los años 70, la era del entretenimiento para adultos, que no termina de casar bien con los aspectos más humorísticos de la propuesta, sobre todo en el día a día de las oficinas de Axe Capital. Lo que sucede es que el dúo Brian Koppelman & David Levien, unidos para la gestación de la serie con el economista y escritor Andrew Ross Sorkin, vienen del mundo del cine, y trasladan un poco de esa mentalidad al formato de larga duración. Esto son doce horas en lugar de dos, y parece que serán muchas más (ya hay segunda temporada firmada gracias a los espectaculares resultados de audiencia) mientras se pueda mantener el prestigio, o al menos su apariencia. Porque este drama tiene tanto de calidad como de apariencia de calidad, y está tan bien rodado como cuestionablemente planeado. El resultado final, de momento, es mucho mejor que peor, pero la amenaza del absurdo acecha. ¿Quizá sea inevitable tratando lo que trata?
Billions cuenta la investigación del fiscal Chuck Rhoades sobre el multimillonario Bobby Axelrod, al enterarse de que ha sacado beneficio de manera ilegal, con tráfico de influencias. Complica la situación que esté casado con Wendy, psicóloga de Axel Capital y amiga de Bobby desde hace años. Así, la temporada desarrollará de forma paralela –con algunos cruces aquí y allá– la vida en ambos lugares de trabajo y en los hogares de algunos personajes concretos, los más cercanos al meollo de la cuestión: Chuck quiere humillar a Bobby porque está harto de que gente así se salga con la suya, pero también está exorcizando sus demonios internos, aquellos que hablan de celos y sentimientos de inferioridad. Que Wendy sea psicóloga no es una excusa argumental para darle un aura de inteligencia, sino uno de los puntos centrales del relato. Y ese es uno de esos puntos tan propensos al ridículo, la importancia que los personajes le dan a diseccionar sus emociones y sentimientos. De hecho, bordea en más de una ocasión el chiste involuntario, aunque el talento del elenco y algunas frases brillantes salvan la situación. Un reparto variado, mezcla de caras conocidas y desconocidas –muchas de la escena neoyorquina, ciudad donde se graba la serie–, y que tiene en Damian Lewis y Paul Giamatti dos conflictivas joyas, porque ambos tienen tanto talento como tendencia al exceso (véase la escena que despide la temporada). Los que mejor parados salen son los capaces de encontrar un punto intermedio entre la mesura y lo hiperbólico, con mención especial a Maggie Siff, David Costabile y Condola Rashad.
Showtime | EE.UU, 2016. Director: Neil Burger. Guión: Brian Koppelman & David Levien & Andrew Ross Sorkin. Reparto: Paul Giamatti, Damian Lewis, Maggie Siff, Malin Åkerman, Toby Leonard Moore, David Costabile, Condola Rashad, Jeffrey DeMunn, Terry Kinney, Glenn Fleshler, Stephen Kunken, Nathan Darrow, Arthur Nascarella, Deborah Rush, Melissa Errico, Danny Mastrogiorgio, Robert LuPone, Christopher Paul Richards, Jack Gore, Daniel K. Isaac, Kelly AuCoin, Ivan Martin, Jerry O'Connell. Fotografía: Eric Steelberg. Música: Eskmo.
Con su estreno el pasado domingo 17 de enero, Billions se ha convertido en el arranque más exitoso de la historia de Showtime, y no podemos decir que nos extrañe. No hace daño tampoco que vaya acompañada de Shameless (2011-), uno de los mayores y continuados éxitos de la cadena, pero también se debe a que es una combinación difícil de resistir de entrada, al menos para el seriéfilo de pro. A saber, una serie que mira con lupa la vida del 1% escandalosamente rico en Norteamérica y los esfuerzos de un poderoso fiscal para enjuiciar a un multimillonario. Un cuarteto protagonista con tirón (con Damian Lewis y Maggie Siff viniendo de sus respectivos éxitos catódicos, el nominado al Óscar y excelente actor Paul Giamatti debutando en una ficción semanal y la popular Malin Akerman mostrándonos sus artes de actriz dramática) y la promesa de un duelo de titanes que, de entrada, no decepciona. Pero hasta llegar al choque propiamente dicho, casi al final de estos cargados 59 minutos, los creadores Brian Koppelman, David Levien (popular dúo cinematográfico) y Andrew Ross Sorkin –periodista experto en economía que ha documentado la crisis financiera en forma de libro– han preparado bien el terreno, explicando poco a poco un mundo que para muchos, este crítico el primero, resulta de lo más críptico. La acusación que el fiscal Chuck Rhodes podría lanzar contra el empresario Bobby Axelrod es la de tráfico de información privilegiada, algo difícil de probar porque supone seguir el dinero en un conglomerado empresarial que siempre suele ser complejo. Por tanto, la entrada en el asunto para el espectador es la de contemplar el factor humano, los hogares y entornos profesionales de Rhodes y Axelrod, ayudándonos a comprender el ansia de más poder y notoriedad de unas figuras que no van escasas de ninguna de estas cosas.
La serie arranca como solo una serie de Showtime puede, y aunque no vamos a desvelar exactamente qué sucede, basta con decir que no solo es algo hecho para buscar la imagen impactante, sino para informarnos desde ya sobre los personajes (amén de formar un círculo perfecto con el final del capítulo) y sus dinámicas. Desde ese momento, no pararán de sucederse eventos, uno tras otro con una banda sonora del grupo Eskmo que habla sin palabras de una situación tensa, un mundo tenso. Los guionistas usan el metraje de manera expeditiva, y no están tan preocupados de introducir a los personajes y sus tramas durante todo el metraje sino de que la historia empiece a crecer como la bola de nieve que parece va a ser. Estamos en el universo del riesgo, donde las posiciones aseguradas parecen estar todas a un mínimo toque de derrumbarse. Antes de centrar el conflicto en estos dos hombres, se toma la inteligente decisión de mostrarnos a Chuck en su más despiadado momento –esa reunión con un imputado– y a Bobby como perfecto e inteligente tiburón de los negocios. Y de la vida. Ellas, por su parte, tienen por el momento menos tiempo para definirse, aunque cada una cuenta con un momento memorable para que sepamos que son igualmente potentes como personajes.Es verdad que hay algo de rutina y de exposición del argumento para el espectador medio en algunas partes (Bobby y sus hijos en concurso, Chuck en el estudio ante su padre), pero es que esto sigue siendo un piloto y hay que vender la serie, pero a la larga se perdonan porque, en comparación con el resto, esta introducción es más que interesante. Los posibles intereses cruzados entre las familias prometen un material de alta calidad, así como las cuestionables prácticas que el fiscal y el empresario puedan acometer bajo la mesa. Una partida de ajedrez entre dos grandes, y una visión de las altas esferas y sus entornos (prensa, negocios locales, altruismo) que suena a verdad inyectada de esteroides. Billions parece una combinación perfecta, o al menos da lo suficiente como para propiciar el regreso para el segundo episodio. [80/100]
Showtime / 5ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2015. Creadores: Alex Gansa & Howard Gordon. Directores: Lesli Linka Glatter, Dan Attias, Keith Gordon, John Coles, Michael Offer, Alex Graves, Tucker Gates, Seith Mann. Guionistas: Alex Gansa, Chip Johannessen, Ted Mann, Patrick Harbinson, Meredith Stiehm, Ron Nyswaner, Benjamin Cavell, Charlotte Stoudt, David Fury, Liz Flahive & Howard Gordon como argumentista. Reparto: Claire Danes, Mandy Patinkin, Rupert Friend, F. Murray Abraham, Miranda Otto, Sebastian Koch, Sara Sokolovic, Alexander Fehling, Nina Hoss, Atheer Adel, Mark Ivanir, René Ifrah, Alireza Bayram, Allan Corduner. Fotografía: David Klein. Música: Sean Callery.
La fórmula del reinicio le sigue funcionando a Homeland, que se mantieme igual de fresca, imaginativa y tensa en su quinta temporada con un salto temporal de dos años que traslada la acción a Berlín, con nuestra incansable protagonista Carrie Mathison (estupenda Claire Danes, que después de 60 entregas sigue tomándose en serio su trabajo) como exagente de la CIA de vida tranquila. Casi una postal de lo ideal (novio perfecto, estupendo entorno para su hija, trabajo que no le aburre), que va a reventar en mil pedazos cuando un ataque informático resulte en el robo de más de 1.000 documentos de la sede local de la CIA, y que apuntan a posibles violaciones de los derechos de los ciudadanos en estrecha colaboración con la autoridad alemana. La serie se ha dedicado en esta temporada a integrar más que nunca, y con gran eficacia, las ideas clásicas y modernas de la profesión del espía según nos ha sido representada en otros medios. Casi ninguno de nosotros sabe en realidad cómo es ejercer una ocupación así, y seguramente Homeland y toda la literatura y lo audiovisual que tratan de reflejarlo estarán hasta cierto punto equivocados, pero de cara a transmitir una sensación de credibilidad y del riesgo que conllevará dedicarse a algo así, el relato que vertebra esta docena de episodios es una victoria bastante rotunda.
La era de la hipervigilancia integrada a un proceso fascinante que nos remite –quizá por el clima– al cine europeo de espías, que de hecho tiene su perfecto correlato en la subtrama de la doble agente que trabaja para Rusia y Estados Unidos desde su posición de jefa de estación alemana, y que empieza como un recurso manido de guión para luego adquirir profundidad y hasta trascendencia. La introducción de Allison (espléndida Miranda Otto) en la trama ha acabado proporcionando algunos de los mejores momentos de la tanda, haciendo estupendo uso dramático de los silencios y creando una tensión constante que nunca resultó gratuita. A la vez que esto, la serie ha jugado más que nunca a las tramas paralelas, con la propia Carrie investigando un posible complot para asesinarla, Quinn caído por un discutible azar en medio de una célula terrorista y los tres nuevos personajes fijos (Jonas, Otto y Laura) defendiendo la idea de los derechos internacionales y la vulneración de los mismos en pos de un bien mayor. Si normalmente este thriller gusta de espolear debates, en esta ocasión los guionistas (seis nuevos y cuatro recurrentes) han ido a por todas tratando de crear acciones polémicas en casa frente. Lo mejor que se puede decir de esta opción, que siempre es bienvenida mientras la crítica que hace no sea gratuita ni solo busque generar polémica porque sí, es que queda perfectamente integrada en el desarrollo de los episodios, no parece nunca el resultado de una composición hecha desde el papel. Aunque desde el principio la combinación más sorprendente que Homeland ha sacado adelante es que una serie como ésta, tan presa de los giros de guion extremos, cuide tanto y tan bien el sentimiento, la raíz emocional de lo que pasa. Se logra que las acciones de los personajes tengan repercusiones emocionales y que nosotros las veamos, haciendo así más fácil la identificación como audiencia. El reparto se dedica más bien a eso que a lucirse físicamente en escenas de acción o persecuciones. Son los encargados de hacer palpables esas emociones en un entorno tan cargado de intensidad, y es en el muy buen hacer del elenco y la impecable ejecución técnica donde Homeland brilla, haciendo que esta nueva entrega no muestre signo alguno de agotamiento ni desidia, aunque haya perdido un poco el favor del público que la consumía y comentaba obsesivamente hace apenas tres años.
crítica de The affair (2014-) | Segunda temporada.
Showtime | Nacionalidad: Estados Unidos. Año de producción: 2015. Dirección: Jeffrey Reiner, Ryan Fleck & Anna Boden, John Dahl, Laura Innes, Scott Winant, Michael Slovis. Guion: Sarah Treem, Alena Smith, Anya Epstein, Sharr White, David Henry Hwang, Abe Sylvia. Premios: 2015: Globos de Oro: Nominada a mejor actriz secundaria (Maura Tierney)/2014: 2 Globos de Oro: Mejor serie de TV - Drama y Mejor actriz (Wilson)/2015: Satellite Awards: Nominada a mejor actor en serie drama (Dominic West)/2014: Satellite Awards: 2 nominaciones incluyendo Mejor serie de TV – Drama/2015: Critics Choice Awards: Nominada a mejor actriz secundaria (Maura Tierney). Productores: Ford Wheeler, Kevin Thompson. Fotografía: Steven Fierberg, Tod Campbell. Música: Marcelo Zarvos. Dirección artística: Jonathan Arkin, Mark Newell. Vestuario: Caroline Duncan. Reparto: Dominic West, Ruth Wilson, Maura Tierney, Joshua Jackson, Julia Goldani Telles, Jake Richard Siciliano, Colin Donnell, Jadon Sand, Mare Winningham, Darren Goldstein, Michael Godere, John Doman, Kathleen Chalfant, Leya Catlett, Deirdre O'Connell, Victor Williams, Nicolette Robinson, Danny Fischer. Duración: 12 capítulos, 60 min.
«La memoria es el perro más estúpido. Le tiras un palo y te trae cualquier cosa», afirma el protagonista sin nombre de Tokio ya no nos quiere, novela de Ray Loriga que reflexiona de manera ácida y poética acerca de la búsqueda de la identidad y del olvido químico. Lo cierto es que nuestra memoria es un juguete volátil y caprichoso, y según la imaginación y el punto de vista de su dueño, los pedazos que recoge y el puzle resultante en la cabeza de cada cual son diferentes respecto a la historia grabada en la mente de un amante, un cónyuge o del vecino del cuarto. Absolutamente todo es cuestión de perspectiva y, por eso, cada narración puede desdoblarse en tantas miradas como existan en la misma, confundiéndonos, sorprendiéndonos y desvelándonos matices y pinceladas nunca antes sospechadas. Los creadores de la maravillosa The Affair —Hagai Levi y Sarah Treem, responsables de éxitos televisivos como En terapia (2008-2010)— apostaron por una estructura narrativa fragmentaria en la primera temporada de esta serie, convirtiendo una trama de infidelidad, drama, amor y acusaciones criminales en una auténtica autopsia emocional de sus mimados personajes. ¿El resultado? Un experimento sobresaliente sustentado en las fantásticas interpretaciones y en el acierto del inusual formato elegido. Para esta segunda entrega, los guionistas han apostado por sumar a los puntos de vista de Noah —Dominic West— y Alison —la premiada con el Globo de Oro a Mejor Actriz de Drama, Ruth Wilson—, los de sus exparejas: la genial Maura Tierney en el papel de Helen Solloway, y del también notable Joshua Jackson en la piel de Cole Lockhart. Si la primera entrega terminaba con un poderoso cliffhanger, en el que Noah era misteriosamente detenido y acusado de asesinato en su domicilio, esta nueva edición intercala el relato de los episodios previos a ese incidente con la futura preparación del juicio, diferenciada por unos planos oscuros cercanos al uso del blanco y negro.
crítica de Masters of sex (2013-) | Tercera temporada.
Showtime / 3ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2015. Creadora: Michelle Ashord. Directores: Jeremy Webb, Adam Arkin, Dean Parisot, Miguel Sapochnik, Christopher Manley, Michael Weaver, Matt Earl Beesley, Dan Attias, Susanna White, Michael Apted. Guionistas: Michelle Ashford, Amy Lippman, Steven Levenson, David Flebotte, Esta Spalding, Gina Fattore, Jonathan Igla. Reparto: Michael Sheen, Lizzy Caplan, Caitlin Fitzgerald, Annaleigh Ashford, Kevin Christy, Josh Charles, Benjamin Koldyke, Jaeden Lieberher, Isabelle Fuhrman, Beau Bridges, Colin Woodell, Emily Kinney, Michael O`Keefe, Kevin Fonteyne, Blake Morgan Ferris, Teddy Sears, Sarah Silverman, Allison Janney, Tate Donovan, Julie Ann Emery. Fotografía: Christopher Manley, Tim Bellen, Jeffrey Jur, John C. Newby. Música: Michael Penn.
Tras una segunda temporada plúmbea y que tuvo una escasa presencia en el circuito de los premios y las listas de lo mejor del 2014 en televisión, los responsables de Masters of sex y Showtime han aprendido algo de errores pasados y han entregado una tanda superior a la anterior, que sin tampoco rozar especialmente la excelencia sí acaba por convertirse en una docena de episodios de lo más sólida y entretenida. Lo curioso es que lo hacen teniéndose que enfrentar de entrada a un problema extra-televisivo, y que se tradujo en lo intra-televisivo en la creación y fabulación con efecto dramático de una historia diferente en ciertos aspectos reales de la vida de Virginia Johnson y William Masters, algo hecho para evitar acciones legales por parte de los herederos de ambos autores por lo que la serie cuenta. Así, Virginia se queda embarazada de nuevo de George y Bill ha tenido otro hijo en medio del salto temporal de varios años que separa el final de la segunda y el comienzo de la tercera temporada, y un cartel aclaratorio de la condición ficticia de varios personajes cierra los créditos de cada entrega.
Por ello, los dos primeros capítulos parecen un prólogo de lo que será el gran tronco narrativo de la temporada: la toma de conciencia definitiva de lo que cada uno de los dos protagonistas siente por el otro, casi un intercambio de roles respecto a cómo empezó la serie, con Virginia locamente enamorada y Bill frenando sus avances por la dura y fría lógica de la época. Con la historia real pendiendo sobre todo el proyecto como una losa (una historia en la que sabemos que Masters y Johnson acabaron casándose durante años), los guionistas pueden permitirse hasta cierto punto de jugueteo con el espectador, y más cuando la intención de la creadora Michelle Ashford y su equipo pasa también por hacer una crónica de la época y evidenciar las duras circunstancias vitales de las mujeres. Por ello se ha tomado la sabia decisión de dar profundidad y relevancia a Tessa Johnson, personaje que durante las dos primeras series fue más bien un pegote de intermitente presencia y nulo desarrollo personal pero que aquí es ya una adolescente que carga con la presencia pública de su madre y con haber crecido en un hogar muy desestructurado, amén de con las dificultades de una joven en los años 60.
crítica de Ray Donovan (2013-) | Tercera temporada.
Showtime / 3ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2015. Creadora: Ann Biderman. Directores: John Dahl, Dan Attias, Michael Uppendahl, Tucker Gates, Ed Bianchi, Lesli Linka Glatter, Colin Bucksey, David Hollander. Guionistas: David Hollander, Brett Johnson, Michael Tolkin, William Wheeler, Gina Welch. Reparto: Liev Schreiber, Paula Malcomson, Jon Voight, Kerris Dorsey, Pooch Hall, Eddie Marsan, Dash Mihok, Katherine Moennig, Steven Bauer, Devon Bagby, Katie Holmes, Ian McShane, Alyssa Diaz, Christy Williams, Aaron Staton, Leland Orser, Jason Butler Harner, Fairuza Balk, Shree Crooks, Grace Zabriskie, Nikola Kent, Hank Azaria, Peter Jacobson. Fotografía: Robert McLachlan. Música: Marcelo Zarvos.
Era una apuesta al 50%. ¿Sería capaz David Hollander, nuevo showrunner de Ray Donovan tras la salida de la creadora Ann Biderman, de remontar la serie a la calidad de su primera tanda? Por un lado se podía confiar en que sí, ya que Hollander era la mano derecha de Biderman y tiene experiencia en el campo —la serie El guardián (2001-2004) y trabajos en cine—. Por otro, quizá las demandas de Showtime pusieran al hombre en una posición que le impidiera concentrarse en ofrecer solo calidad y nada más que calidad. Afortunadamente, ha sido la primera opción. Esta docena de capítulos ha contenido muchos de los rasgos más afortunados de la serie, algunos de los peores –para qué negarlo– (el escaso uso de Connor como personaje, la ausencia de vida personal de Lena, el relego de Bridget al arquetipo de la niña tonta enamorada que enfurece a sus padres), pero el resultado final se coloca muy cerca de la excelencia, aunque no haya recuperado nunca la elegancia de sus comienzos (se ve que influía bastante el trabajo fotográfico de Matthew Jensen). Pero eso no hace tanto daño, y lo que queda es una estupenda temporada de televisión.
La primera gran decisión de Hollander es una de carácter metafórico. Ray Donovan siempre se ha debatido entre el elemento episódico que puede propiciar su premisa (un hombre encargado de solucionar los problemas de los niños ricos de Hollywood) y lo intensamente seriado de la narrativa continuada que encuentra a Ray como un patriarca en medio de una amplia familia siempre al borde de romperse. El nuevo responsable ha creado un gran caso para dar trabajo al protagonista y lo lanza en medio de una familia también al límite de la ruptura. Casi como un fantasma de las Navidades Futuras o un escenario de “¿qué hubiera pasado si...?”, Ray comienza a trabajar para los Finney, cónclave liderado por el poderoso magnate de los medios Andrew Finney y que tiene en su hija Paige (una esforzada aunque nunca del todo lograda interpretación de Katie Holmes) a su mayor némesis, y un problema constante para que el hombre que da título a la serie lidie con más o menos éxito. De una manera retorcida, la relación entre Andrew y Paige funciona de espejo con la de Ray y su padre Mickey (el gran Jon Voight) o cómo la de Ray y su propia hija Bridget, especialmente tras el estado de su relación en el final de la temporada. Y es que las tensiones familiares, ya bastante altas en lo anteriormente visto, han subido un par de decibelios en esta ocasión, sirviéndonos un plato tras otro de conflicto, decepciones y momentos de autodescubrimiento. Los Donovan tropiezan con las mismas piedras y cometen así los mismos errores, siendo la diferencia sustancial que dichas piedras son cada vez mayores. En su eterno y factible rol de chanchullero insalvable, Mickey mete a varios de sus hijos en negocios con la mafia armenia, mientras Terry sufre un cambio radical de vida mientras su Parkinson avanza y una figura indirecta del pasado vuelve para meter en líos eclesiásticos a Bunchy (el único que experimenta algo de felicidad esta vez) y a Ray.
Incorrecto diagnóstico de una auténtica familia americana
crítica a Weeds (2005-2012).
Showtime / 8 temporadas: 102 capítulos | EE.UU, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012. Creadora: Jenji Kohan. Directores: Craig Zisk, Michael Trim, Scott Ellis, Julie Anne Robinson, Eric Jewett, Paul Feig, Lev L. Spiro, Tucker Gates, Perry Lang, otros. Guionistas: Jenji Kohan, Roberto Benabib, Matthew Salsberg, Victoria Morrow, Dave Holstein, Brendan Kelly, Stephen Falk, Rolin Jones, Ron Fitzgerald, Carly Mensch, otros. Reparto: Mary-Louise Parker, Hunter Parrish, Alexander Gould, Justin Kirk, Kevin Nealon, Elizabeth Perkins, Andy Milder, Allie Grant, Tonye Pantano, Maulik Pancholi, Guillermo Diaz, Demian Bichir, Indigo, Enrique Castillo, Romany Malco, Renée Victor, Hemky Madera, Jennifer Jason Leigh. Fotografía: Michael Trim, Steven H. Smith, otros. Música: Gwendolyn Sanford & Brandon Jay, otros.
Weeds es una de las series insignia de Showtime. Aquélla que, junto a Dexter (2006-2013) o Californication (2007-2014), permitió que la cadena dejara de ser asociada en exclusiva a la comunidad homosexual y empezara a ser reconocida por la diversidad de su parrilla. Es verdad que antes estuvieron Tan muertos como yo (2003-2004), Fat Actress (2005) o Huff (2004-2006) –que sumó para Showtime dos Emmys consecutivos para Blythe Danner como Mejor actriz de reparto en drama–, pero la corrosiva comedia de la extraordinaria guionista Jenji Kohan logró lo que éstas no: éxito de público y llegar a una tercera temporada. Y no solo llegar, sino seguir renovando hasta sumar ocho entregas y un total de 102 capítulos, la serie más larga de la cadena hasta la fecha. Hoy, 7 de agosto de 2015, se cumplen diez años del estreno de esta estupenda comedia negra, que se emitió con el desenlace de Queer as folk (2000-2005) para proporcionar un colchón de audiencia que posibilitara un arranque exitoso. Y lo lograron. Weeds empezó su andadura con fuerza y supo mantenerse fresca y original, con un quinteto protagonista estable y una historia que cambiaba de piel cada par de años. Este texto es un homenaje al trabajo de todos sus responsables, tratando de honrar la existencia de una maravillosa serie que enarbolaba la sana incorrección política por bandera con resultados en ocasiones excesivos pero siempre, y merece la pena repetir siempre, con diversión e inteligencia.
¿De qué trata Weeds? De varias cosas y a la vez siempre de la misma. Empieza contando que una reciente viuda y madre de dos chicos vende marihuana en la zona residencial de lujo en la que vive. Nancy Botwin lo hace para no perder su acomodado nivel de vida. A lo largo de las temporadas, Nancy, sus hijos Silas y Shane, su cuñado Andy y su contable Doug (personaje mantenido de diversas formas por la gracia de Kevin Nealon para funcionar como secundario meramente cómico) cambiarán de ambiente, de lugar y de vida, pero siempre se mantendrá el motor de toda esta historia. Lo que hace Kohan es emplazar a una mujer blanca, de nivel social medio-alto y adicción al riesgo en un ambiente que de natural le es, más que nada por un prejuicio, ajeno. El mundo del tráfico de drogas en diferentes niveles y una personalidad arrolladora que arrastra a estos hombres en su vida en un camino de perdición. De lo que siempre trató Weeds es de la familia –tanto la biológica como la creada por el amor o el cariño– como núcleo indivisible. Como entidad que puede sufrir las más duras pruebas y no romperse. También de cómo la gente no cambia, de cómo en esencia crecemos pero seguimos siendo los mismos (en You Can`t Miss The Bear (1.1) un personaje lanza una sentencia que será completamente verdadera cuando termina It`s Time parts 1 & 2 (8.12/13), probando que los guionistas tenían las cosas claras desde el principio y una tesis de base establecida. Si la medida de un buen producto de ficción televisivo es su capacidad para no traicionar su premisa y ser consecuente con lo contado y dicho, la comedia aquí celebrada es un buen producto. ¿Que dejó de tratar sobre la venta de marihuana en los suburbios? Sí, pero porque seguíamos a los personajes, y era imposible que estos no avanzaran. A Nancy se le iba a quedar pequeña Agrestic/Mayectic/Regrestic, y su grupo de dependientes hombretones iba a seguirla hasta el fin del mundo. El mérito de Kohan y su gente reside en que este camino, la evolución personal y criminal de la mujer y su familia, nunca fuera menos que inevitable.
crítica a Penny Dreadful (2014-) | Segunda temporada.
Showtime, Sky Atlantic / 2ª temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: John Logan. Directores: Brian Kirk, James Hawes, Damon Thomas, Kari Skogland. Guionista: John Logan. Reparto: Eva Green, Josh Harnett, Timothy Dalton, Harry Treadaway, Danny Sapani, Billie Pipper, Reeve Carney, Helen McCrory, Simon Russell Beale, Olivia Llewellyn, Douglas Hodge, Sarah Greene, Jonny Beauchamp, Ruth Gemmell, Tamsin Topolski. Fotografía: Owen McPolin, PJ Dillon, Nigel Willoughby, John Conroy. Música: Abel Korzeniowski.
Aunque llena de ideas estimulantes y reflexiones muy interesantes sobre conceptos como humanidad, bien y mal, la primera temporada de Penny Dreadful fue a todas luces irregular, una descompensada panoplia de personajes, situaciones, momentos de acción y violencia, escenas de sexo, jugueteos con el espectador y varias cosas más. El problema es que el mayor interés de la pieza recaía al final en uno o dos personajes (Vanessa Ives, Dorian Gray) y el creador y único guionista John Logan (todo hay que decirlo, en su primera experiencia seriada) no reguló bien sus muchos frentes abiertos en ocho capítulos que a veces pesaban como una losa. De cara a la segunda entrega, Logan ha pulido bastantes aspectos y el resultado es abiertamente superior a su predecesora. Ningún capítulo se ha hecho especialmente largo, los nueve personajes regulares y otros pocos recurrentes han tenido su importancia y razón de ser en el resultado global y todo lo contado ha conducido a un final que deja con ganas de más, esa tercera temporada de nueve capítulos que llegará en 2016 a nuestras pantallas. La inspiración gótica de Logan continúa en una tanda que tiene como grandes villanas a una bruja y su aquelarre, pero que también se guarda un poderoso as bajo la manga bajo el signo de lo femenino e incide en la maldición que sufre Ethan, hombre-lobo perseguido por la autoridad de Londres.
Se nota que el creador ha hecho y sigue haciendo carrera como guionista para cine, porque aunque llevamos ya 18 horas de serie, la manera en la que Logan desarrolla y gestiona los diferentes hilos y revelaciones sorpresa o la forma en que prepara el camino para los momentos climáticos se asemejan más a los actos de un filme muy coral que a una narrativa episódica. Así, volvemos a contar con un episodio-flashback centrado en Vanessa (inconmensurable Eva Green, actriz entregada como pocas a dar vida a la tumultuosa existencia de su personaje), los secundarios de intenciones ambiguas revelan sus planes con un monólogo climático y todo los elementos conducen a un enfrentamiento entre los polos opuestos de la historia, donde hay bajas y del que los personajes salen cambiados, como marcan las pautas. No significa esto que Penny Dreadful sea un producto manso y predecible, ni mucho menos. La mente de su responsable procesa referencias, ideas y guiños y produce un resultado siempre atractivo, donde violencia, sexo, religión y las fuerzas de la luz y de la oscuridad se usan tanto literalmente como en forma de metáforas. Donde la época se filtra poderosamente en los detalles y comportamientos y el turbio pasado y presente de los personajes da lugar a momentos de estupenda televisión. Sigue existiendo la disparidad entre los personajes carismáticos y aquellos más aburridos (Ser Malcolm, Víctor), pero están mejor regulados los espacios personales y el camino por el que van a transitar para pasar por sus propios procesos transformativos. Al final, lo que este drama sobrenatural deja claro es la importancia de ser diferente, y reivindicar esa diferencia para alcanzar un lugar en el mundo.
Showtime / 1ª temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: Shalom Auslander. Directores: Ken Kwapis, Gail Mancuso, Ken Whittingham, Andrew McCarthy, Jesse Peretz. Guionista: Shalom Auslander. Reparto: Steve Coogan, Kathryn Hahn, Sawyer Shipman, Bradley Whitford, Carrie Preston, Nils Lawton, Tobias Segal, Hannah Hodson, Sean Kleier, Molly Price, Lauren Culpepper, Andre Royo, Ellen Barkin, Kevin Kilner, Reshma Shetty, Marsha Stephanie Blake. Fotografía: Ben Kutchins. Música: Nathan Larson.
Conforme avanzan los episodios de esta corrosiva y estimulante Happyish, uno va viendo el nombre de su creador, el novelista Shalom Auslander, como guionista de cada entrega, hasta que acaba por preguntarse si es que Auslander será el único firmante de la serie. Cuando termina la temporada, la sospecha se confirma, y más que eso, tiene además todo el sentido del mundo que lo sea. Porque Happyish tiene una voz autoral tan potente, tan distinta y poderosa, que tiene que ser complicado que más gente pueda verbalizar con tanta agresividad y pertinencia los pensamientos del creador. Está claro que esta divertida comedia, misántropa hasta la extenuación, es el escaparate para exponer una visión del mundo actual muy negativa, en constante cabreo pero que a la vez rezuma inteligencia. Una visión donde el cinismo del mundo de la publicidad es la opción perfecta para mirarlo todo desde una perspectiva que desdramatiza y se presta a la relativización constante. Auslander habla a conciencia y con desprecio de un mundo profesional que comprende una máxima, o al menos intenta hacerlo, y es que todo se puede vender, los valores son para jugar con ellos y apelar al público consumidor. Al entrar en la cuarentena y ver cómo su empresa pasa a contar con las reformas de dos veinteañeros suecos, Thom Payne (estupendo Steve Coogan, perfecto para el papel) empieza a cuestionarse con insistencia la idea de la felicidad y si la ha logrado en su vida. Esa búsqueda, tan frustrante como hilarante, será lo que dé motor y sentido a la temporada.
Esto se contrapone, curiosamente, con la reivindicación de la familia y el amor como lo único bueno y positivo que existe en este mundo tan terrible. Llama la atención que una comedia como Happyish tenga en el centro uno de los matrimonios más sólidos de la televisión actual, en un momento donde la gran norma es escarbar en las miserias maritales y demostrar que no hay tanto amor como complacencia. Lee y el pequeño y frágil Julius son la gran razón de ser de Thom, el motivo por el cual sigue respirando en un universo tan viciado, donde todo está corrompido. El análisis que hace el creador y único guionista no deja títere con cabeza, y aunque seguro que muchos no comulgan con sus diagnósticos y estilo (debe ser una de las series con mayor número de palabrotas por escena), no se pueden negar sus raciones de certeza, como las referidas a las pretensiones intelectuales exhibidas más de cara a la galería o la vacua sabiduría que se borda en bolsos de mano, por poner solo un par de ejemplos. La serie muestra el duro trabajo de la gente que trabaja en estos mundillos, o incluso de aquellos que solo intentan existir, vivir el día a día sin derrumbarse (el viaje al centro comercial de Lee y Bella, la capacidad de Jonathan de adaptarse a lo nuevo aunque lo odie).
Showtime / 7 temporadas: 80 capítulos | EE.UU, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015. Creadores: Evan Dunsky y Liz Brixius & Linda Wallem. Directores: Paul Feig, Jesse Peretz, Brendan Walsh, Randall Einhorn, Steve Buscemi, Seith Mann, Bob Balaban, Linda Wallem, Adam Bernstein, Keith Gordon, Abe Sylvia. Guionistas: Liz Brixius, Linda Wallem, Evan Dunsky, Clyde Phillips, Liz Flahive, Tom Straw, Ellen Fairey, Rick Cleveland, Abe Sylvia, Carly Mensch, Heidi Schreck, Mark Hudis, Christine Zander, otros. Reparto: Edie Falco, Merritt Wever, Paul Schulze, Stephen Wallem, Anna Deavere Smith, Peter Facinelli, Dominic Fumusa, Ruby Jerins, Mackenzie Aladjem, Eve Best, Arjun Gupta, Betty Gilpin, Lenny Jacobson, Harry L. Seddon, Katie Flahive. Fotografía: Joe Collins, Bill Colleman, Christopher LaVasseur, Vanja Cernjul, otros. Música: Lisa Coleman & Wendy Melvoin, Pat Irwin.
A veces de unas circunstancias desafortunadas puede salir algo muy bueno. Evan Dunsky escribió un guión pensado como un bastante oscuro drama de una hora sobre la adicción lleno de alucinaciones, pero el proyecto fue finalmente rechazado. Cosas de Hollywood, se dio la oportunidad de convertirlo en algo ligeramente distinto y así hacerlo más atractivo para una cadena. En 2008, Showtime estaba cimentando su imagen de marca como la cadena de las protagonistas femeninas no convencionales, y un proyecto como éste era perfecto. En manos de Liz Brixius y Linda Wallem, la idea de Dunsky se convirtió en Nurse Jackie, negra comedia de media hora donde se recogía la doble vida de una enfermera impecable en su trabajo, con una galopante adicción a las drogas y cero remordimientos por ello. Una adicta con todas las letras, que interpretada por la sobrenatural Edie Falco (ganadora del Emmy por la serie en 2010) logra hacer las mayores barbaridades capítulo tras capítulo sin que podamos desentendernos de ella. Podemos odiarla y despreciar su actitud, o justificarla amparándonos en los males de la enfermedad que es la adicción, pero existe una atracción casi malsana por ver lo lejos que es capaz de llegar en su destructivo comportamiento.
Nurse Jackie comienza con un aire de ensueño que nunca terminó de sacudirse del todo. Alucinaciones como efecto del consumo y un aire de comedia etéreo que combinaba sensibilidad y tacto con brusquedad, sin que el resultado fuera irregular. De hecho, acuñó un tono muy peculiar, que hacía que Brixius y Wallem comandaran una comedia dramática o un drama con tintes de comedia negra que era verdaderamente única e intransferible. Un tono donde tenían cabida los mayores extremos y donde los intérpretes se movían en una elaboradísima coreografía de diálogos y acciones, ofreciéndonos información sobre sus personajes tanto por lo que decían como por lo que hacían. Los guionistas nos introdujeron en una situación que ya llevaba un buen tiempo teniendo lugar, y aunque existe el personaje de la novata enfermera Zoey (extraordinaria Merritt Wever, actriz con un gran instinto que ganó un merecido Emmy en 2013) como puerta de entrada a la realidad del hospital, no se usa para que todo esté claro, sino para que su desconcierto sea nuestro desconcierto, mientras aprendemos las dinámicas personales y las varias sorpresas que están por venir. La jefa Gloria Akalitus, los doctores Cooper y O`Hara (gran personaje ésta última), los enfermeros Thor y Mo-mo y el encargado de la farmacia Eddie, involucrado en lo que él considera una relación con Jackie, y que para ella solo es una manera de conseguir su preciado botín.
Showtime | EE.UU, 2015. Director: Ken Kwapis. Guión: Shalom Auslander. Reparto: Steve Coogan, Kathryn Hahn, Sawyer Shipman, Bradley Whitford, Carrie Preston, Andre Royo, Molly Price, Ellen Barkin, Nils Lawton, Tobias Segal, Hannah Hodson. Fotografía: Ben Kutchins. Música: Nathan Larson.
Shalom Auslander, creador de Happyish, tiene un par de cosas que decir sobre el estado del mundo actual. Y lo hace a través de sus personajes, tan molestos con el orden de las cosas que deben anestesiarse con marihuana y drogas con receta para pasar los días y bajar la cabeza ante el poder para mantener económicamente a sus familias. Personajes que clasifican a sus propios hijos entre “gilipollas” o “nenazas”, que ven malas intenciones en lo que otros llamarían la bondad de las personas y que ante todo dicen muchas palabrotas. Muchísimas. Tras ver su primer episodio, Happyish luce tan escasa de sutileza como sobrada de efectividad. No es difícil imaginar las razones por las que Showtime quisiera comprar la propuesta del guionista, y que atrajeron a un reparto de lo más eficaz para tratar de dar vida con humor a unas cuestiones humanas de lo más fundamentales. Y vitriolo. Cantidades ingentes de vitriolo que desbordan los 30 minutos de metraje, desde un arranque que se cuestiona una frase de la Constitución de los Estados Unidos hasta un final que revela la inherente cobardía de nuestro protagonista. Y es que Thom Payne (interpretado por un Steve Coogan perfecto para el papel) no sabe si es feliz. Él piensa que no, que es imposible que pueda serlo con un trabajo que no valora lo que él puede ofrecer; con una mujer a la que parece incapaz de satisfacer sexualmente y con un hijo que necesita espabilarse un poco para no ser maltratado por la vida. Pero su editora Dani Kirschenbloom –que pide una hamburguesa con todo para después quitarle una a una las capas– le dice que no podría ser más feliz, que su techo de la felicidad es bajo y por ello no puede aspirar a más.
Esta abrasiva comedia es ambiciosa, algo nunca malo mientras dicha ambición tenga una adecuada correspondencia en imágenes, y no esconde sus referentes de alta cultura. El mismo título del episodio es Starring Samuel Beckett, Albert Camus and Alois Alzheimer, que casi parece el principio de un chiste del genial Juan Carlos Ortega, y las reflexiones que hace Thom en su generosa voz en off a lo largo del piloto son sentencias muy articuladas sobre cuestiones existenciales, anclado todo en el veloz mundo de la publicidad en pleno 2015, ya sin el aura romántica de la extraordinaria Mad Men (2007-2015), diana de una de las bromas más crudas de Auslander. Y que el día después de que nuestro protagonista cumpla 44 años, la oficina en la que trabaja pasa a estar de manos de unos suecos veinteañeros con ganas de librar el mundo de los tecnófobos, un bloqueo de Twitter tras otro. El problema, el gran riesgo de Happyish, es que lo que dicen los personajes acaben siendo más consignas repetidas del manual del hombre airado moderno que una genuina manera de experimentar lo que están pasando. No es difícil negar la razón en lo que Thom y su mujer Lee escupen por la boca cada vez que la abren, pero quizá sea la manera facilona de Auslander de ganarse al respetable. ¿Cómo resistirse ante una serie con raciones de animación irreverente, donde hay elfos suicidas y elfas ancianas con ganas de sexo? Habrá que ver la temporada, compuesta de nueve entregas más, para comprobar si el drama cómico-existencialista del patriarca de los Payne tiene mordiente o si se queda en algo que ya hemos escuchado y visto en más de una ocasión. Lo que este notable arranque prueba es que la serie es divertida, ocurrente, políticamente incorrecta y pertinente en un momento como el actual, donde todo es una marca y ni siquiera lo sabemos, como bien dice el superior de Thom ante las imágenes de la tragedia de Charlie Hebbo. Si por fin aceptamos que todo es una marca, si nos dejamos llevar por la histérica e hiperveloz corriente del nuevo mundo, ¿seremos felices? Showtime y Shalom Auslander nos invitan a explorar la posibilidad, y este crítico acepta. 75/100.
Showtime / 5ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: John Wells. Directores: Mimi Leder, Sanaa Hamri, Peter Segal, Christopher Chulack, Anthony Hemingway, Alex Graves, William H. Macy, Wendey Stanzler, Michael Uppendahl. Guionistas: John Wells, Nancy M. Pimental, Sheila Callaghan, Etan Frankel, Davey Holmes, Krista Vernoff. Reparto: William H. Macy, Emmy Rossum, Jeremy Allen White, Emma Kenney, Steve Howey, Shanola Hampton, Cameron Monaghan, Noel Fisher, Ethan Cutkosky, Emily Bergl, Dermot Mulroney, Steve Kazee, Kellen Michael, Isidora Goresther, Nichole Bloom, Luca Oriel, Vanessa Bell Calloway, Dichen Lachman, Bojana Novakovic, Sasha Alexander, Michael Reilly Burke, Justin Chatwin, Emma Greenwell, Joan Cusack, Chloe Webb. Fotografía: Kevin McKnight.
Aunque cueste reconocerlo, los años han pasado en el hogar de los Gallagher, y lo que una vez fue un núcleo familia inquebrantable de siete hermanos donde solo la primogénita era mayor de edad, con el paso del tiempo se ha sesgado en pequeños núcleos emocionales, y también narrativos. El hogar de la familia ha dejado de ser el lugar donde transcurre la mayor parte de los episodios, y en esta temporada los guionistas han decidido seguir directamente a los personajes a sus núcleos (in)dependientes. Documentar así con la voz baja y paciencia una dura realidad: que ya no están tan unidos. Y por ello ahora pelean más. Por eso, y porque se continúa (era inevitable) la senda de meterlos en problemas y conflictos a cada paso del camino, un cúmulo de desgracias que afrontan con resignación pero que, es inevitable, acaban cansando al espectador, aunque se toquen temas de relevancia en el intento. Es interesante ver crecer a los personajes, de eso sí que no hay duda, observar cómo los jóvenes van formando sus personalidades y cómo los mayores entran en el mundo adulto. Respecto al mayor del clan, el patriarca a su pesar, Frank (magnífico William H. Macy, último ganador del premio de la Unión de Actores por la serie) también ha mostrado un lado inédito en esta docena de episodios.
Ha sido la temporada del cambio, del comportamiento sorprendente, aunque no inesperado. Fiona dudando entre dos hombres y haciéndose daño por el camino; Frank controlando lo que bebe y ocupándose de otro ser humano con cariño y preocupación; Lip teniendo que elegir un entorno; Ian rechazando el diagnóstico de la bipolaridad que comparte con su madre; Deb queriendo crecer más rápido de lo debido y Verónica y Kevin en plena crisis por sus diferentes enfoques respecto a ser progenitores. Carl es el único que ha seguido la senda que se podía adivinar para él desde un principio, y progresa en el mundo de la delincuencia juvenil al convertirse en un orgulloso camello. Si Shameless se salva de que la tachemos de culebrón, que en esencia lo es, es por el tono de comedia negrísima y brutal, que escupe chistes y da puñetazos de cinismo en lugar de llorar y gritar sentimientos. En esa casi morbosa atracción por ver la próxima burrada que los responsables van a ejecutar lo que hace que muchos volvamos año tras año, aunque los personajes resulten ya más antipáticos que otra cosa (no es que esto sea un problema de entrada) y que los dramas personales de cada uno tengan tal marcado cariz sentimental. La gran novedad que vendían los avances de la temporada, el aburguesamiento de la parte de Chicago donde viven los protagonistas, se ha saldado de manera irregular. Una subtrama olvidada a ratos y solo potenciada cuando convenía a los guionistas.
crítica a House of Lies (2012-) | Cuarta temporada
Showtime / 4ª temporada: 12 capítulos | EEUU, 2015. Creador: Matthew Carnahan. Directores: Daisy Von Scherler Mayer, Matthew Carnahan, John Dahl, Michael Uppendahl, Don Cheadle, Victor Nelli, Jr., Michael Lehmann. Guionistas: Matthew Carnahan, David Walpert, Wesley S. Nickerson III, Theo Travers, Jessica Borsiczky, Taii K. Austin. Reparto: Don Cheadle, Kristen Bell, Ben Schwartz, Josh Lawson, Donis Leonard, Jr., Glynn Turman, Dawn Olivieri, Mary McCormack, Demetri Martin, Valorie Curry, Fred Melamed, Michael Gladis, Larenz Tate, Alice Hunter, Jenny Slate. Fotografía: Peter Levy. Música: Clinton Shorter.
Tras la espectacular tesitura en que quedó la trama en la tercera temporada, con Marty arrestado y posiblemente condenado y Jeannie como nueva jefa en funciones (justo después de decirse con honestidad el primer “te quiero”), las circunstancias de la vida real trastocaron un poco los planes de Matthew Carnahan. El segundo embarazo de Kristen Bell les hizo pensarse de otra forma la línea temporal de esta nueva tanda de episodios. En lugar de ignorarlo y rodar a la actriz desde ángulos concretos o usando efectos digitales para borrar su barriga de mujer encinta, como ya hicieron en la segunda temporada de la serie, el creador decidió preñar al personaje por obra de nuestro protagonista, complicando aún más la maraña sentimental y profesional de una pareja tóxica como pocas. Así, la temporada arranca descontertando varios meses después de la poderosa imagen de Marty Kaan en el desierto. Y durante los primeros episodios irá hacia detrás y hacia adelante en el tiempo, no sea que parezca que el protagonista tuvo el mejor de los descansos en prisión. Aunque lo usara para conseguir un negocio. Porque es así es Marty Kaan y así lo interpreta un entregado Don Cheadle; como un inquieto hombre de negocios hasta el fin, de lamentables habilidades sociales y una mentalidad hiperactiva, capaz de aprovechar cualquier situación. Pura energía que sigue rompiendo la cuarta pared con frecuencia para cachondearse de situaciones concretas con nosotros, y también explicarnos mejor lo que está pasando, la parte más difícil de seguir de la trama debido a la abundante terminología del mundo de las consultorías.
En cuatro temporadas las vidas de los personajes han cambiado. Pero ellos, su esencia, permanece inalterable hasta límites malsanos. Y es que si algo tienen en común todos los miembros del cuarteto protagonista es que son autodestructivos. De manera más (Jeannie) o menos (Doug) sutil, pero en igual proporción. Por ello están condenados a repetir los mismos errores y decepcionarse con las mismas cosas. Se dan de bruces con una realidad que no es suya por derecho, porque en el mundo corporativo de la Norteamérica del siglo XXI, el trabajo duro a veces no es suficiente. Hay que tomar atajos, arriesgarse y tener suerte. Y la suerte es fundamental en la vida de dicho cuarteto, y como viene, se va. El problema es que a veces para que los guionistas confunden esto con la directa manipulación de la vida de sus creaciones, siendo la diferencia que esos reveses del destino sean creíbles o frustrantes. Momentos caprichosos o que sirvan para enriquecer la trama. Tras cuatro temporadas, House of lies empieza a ser aburrida, y sus 28 minutos de metraje empiezan a notarse. Los personajes parecen impermeables a las cosas que les están pasando, y el reparto hace lo que puede con el material, defendiéndolo con solidez pero ya sin especial brillantez. Solo el magnetismo y el evidente disfrute con el aspecto más juguetón de su personaje de Kristen Bell acaban destacando, así como las tres intervenciones de Dawn Olivieri (ya no fija en la serie) dando vida a la compleja Mónica. El que peor sale parado es Ben Schwartz, porque esta temporada ha tenido una subtrama dramática con la visita y muerte de su padre, y no la ha sacado adelante muy bien.
Showtime, BBC / 4ª temporada: 9 capítulos | EE.UU, Reino Unido, 2015. Creadores: David Crane & Jeffrey Klarik. Director: Iain B Macdonald. Guionistas: David Crane & Jeffrey Klarik. Reparto: Matt LeBlanc, Tamsin Greig, Stephen Mangan, Kathleen Rose Perkins, John Pankow, Mircea Monroe, Andrea Savage, Joseph May, Daisy Haggard, Andrea Rosen, Fiona Glascott, Niger Planer. Fotografía: Rob Kitzmann. Música: Mark Thomas, Oli Julian.
La cuarta temporada de Episodes arranca justo donde nos dejó la tercera. Beverly y Sean se ven obligados por contrato a regresar a Estados Unidos para rodar seis capítulos más de Pucks!; Matt pierde su trabajo de ensueño en el drama de la NBC y la agente Eileen Jaffe (una estupenda Andrea Rosen) volverá con su campaña de acoso y derribo para que los británicos vendan su fabuloso guión a alguna cadena. Tras el despido de Castor, el jefe de la cadena contrata a Helen Basch, volviendo a relegar a la pobre Carol (fabulosa Kathleen Rose Perkins, actriz con un olfato cómico de primera) a ser la segunda de abordo. Y la amante, aunque esto es elección suya. Y en esta línea se desarrollarán las tramas de estos magníficos nueve capítulos, donde los creadores David Crane & Jeffrey Klarik siguen explorando los tejemanejes de los despachos de Hollywood con tanta mala baba como veracidad. También aprovechan la oportunidad para adentrarse en una cara menos conocida de la estrella televisiva, su variante de posible gloria pasada. Matt LeBlanc ha conjugado a la perfección comedia y drama (sin aspavientos ni sobreactuaciones en ninguna variante) en su encarnación de “sí mismo”, y trabaja desde un sabia serenidad que apunta a un interior tormentoso. Y banal. A la vez.
La serie mantiene su política de no hacer amigos y sigue engordando su universo referencial, plagado de chistes recurrentes, pautas de comportamiento ya vistas y, en definitiva, una dinámica que ha probado ser efectiva en el pasado. Recordemos que los creadores son los únicos guionistas, que tienen la temporada escrita antes de rodar y por ello pueden supervisar el proceso en persona. Ruedan en función de las localizaciones para ahorrar, y esta temporada ha repetido por primera vez un director. Iain B Macdonald, nominado al Emmy por su trabajo en la tercera tanda, se encarga de la cuarta y lo hace siguiendo el patrón visual de siempre. Sin alardes pero sin que tampoco parezca todo funcional, o rodado con el piloto automático. Lo que más sorprende de Episodes es que genuinamente sorprende. Las tramas son impredecibles, no así tanto los comportamientos de los personajes, pero los creadores se las ingenian para crear constantemente “situaciones-trampa”, en las que el cuarteto protagonista (Merc y Morning no están en cada capítulo) se ven atrapados por compromiso o necesidad. Es la esencia de la buena comedia, la descripción de unas características plausibles, aunque suenen extravagantes, que parecen llevar inexorablemente a X punto. Y solo lo parece, porque en realidad todos están tomando decisiones. La promesa de una vida mejor, de la felicidad o de la fama y abundancia mueven sus acciones, aunque estén tan ciegos que no (quieran ver) vean y se sientan después desgraciados por el resultado final. Pero cargas de profundidad aparte, esto es una comedia y de las más divertidas. El oficio de Crane y Klarik es palpable tanto en la construcción de los chistes como de los momentos cómicos en sí. Aprovechan el potencial incómodo del silencio (el momento del tiramisú) y del conflicto, de manera que la serie está presidida por un tono de humor, lo cual no afecta al realismo de lo contado, que contagia cada segundo de metraje. Es una serie de ritmo tranquilo, pero recorrida por un fino trenzado de diversión. Saben jugar con las expectativas del espectador y han demostrado no tener piedad alguna con sus personajes. Las odiseas en las que se ven cada uno metidos (Matt pierde la mitad de su dinero; Sean y Beverly se vuelven a ver arrastrados al negocio; Carol se lía con su jefa y ésta resulta ser una novia celosa y agobiante) son prueba de esto, y gran parte de nuestro deleite como audiencia es verlos pasar por eso.