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    Crítica en serie | Penny Dreadful (T3)

    Penny Dreadful

    El último verso de este bello poema de terror

    crítica de la tercera temporada de Penny Dreadful.

    Showtime, Sky Atlantic / 3ª y última temporada: 9 capítulos | EE.UU, 2016. Creador: John Logan. Directores: Damon Thomas, Paco Cabezas, Toa Fraser. Guionistas: John Logan, Andrew Hinderaker, Krysty Wilson-Cairns. Reparto: Eva Green, Josh Harnett, Timothy Dalton, Harry Treadaway, Billie Pipper, Reeve Carney, Patti Lupone, Wes Studi, Douglas Hodge, Sarah Greene, Shazad Latif, Christian Camargo, Samuel Barnett, Casper Allpress, Stephen Lord, Jessica Barden, Sebastian Croft, Sean Gilder. Fotografía: John Conroy, Nigel Willoughby. Música: Abel Korzeniowski.

    Fin. Con una declaración tan efectiva y que despeja cualquier atisbo de duda termina la tercera temporada de Penny Dreadful, sorprendente final de serie que cierra esta trágica novela gótica que John Logan, guionista de 24 de los 27 episodios, parió de su curiosa y fértil imaginación hace años. La unión de algunos clásicos personajes literarios como Víctor Frankenstein, Drácula, el Hombre Lobo, Dorian Grey o el binomio Jekyll/Hide con invenciones originales del guionista, como la familia Murray, el pistolero americano Ethan Chandler y sobre todo la gran protagonista de esta historia: Vanessa Ives, el mejor y más completo personaje, una auténtica revelación al que da vida una Eva Green cuyo talento no es de este mundo. Nominada al Globo de Oro en enero de este año, Green ha saltado sin red a la oportunidad de dar alma y cuerpo a Vanessa, sufriendo como pocos y encontrando el dulce alivio del descanso en la única opción posible: la muerte. Hasta llegar a ese trágico momento, Logan y su nueva sala de guionistas (Andrew Hinderaker y Krysty Wilson-Cairns) van trabajando las diferentes tramas y conexiones, su retorcida y oscura poesía –tanto de verdaderos autores como la de cosecha propia– en forma de diálogos y de acciones. Tiene sentido que el final haya sido trágico, porque esta serie lo ha sido siempre.

    De hecho, el mismo final de la segunda temporada, la mejor de las tres, pintó una situación desoladora para casi todos nuestros protagonistas, esparcidos por el mundo y solos en sus rincones. La acción se retoma aquí poco después, y es la necesidad de contacto y el poder de la amistad lo que lleva a los personajes a tener una nueva misión, un mal que combatir al final del camino. Por fin sabremos qué le pasó a Ethan y la deuda que tiene con su padre. Se sabrá que Lily tiene un trauma que la impulsa a odiar a los hombres, y Drácula hará finalmente su aparición, inteligentemente desde el comienzo aunque no lo sepamos. Los guionistas perfilan tramas con mano maestra e irregular desarrollo, con los intensos monólogos y escenas de acción que son ya marca de la casa. La temporada empieza bien, y durante cuatro episodios la cosa funciona, pero tras el maravilloso A Blade of Grass (3.4), clásico episodio-botella de Penny Dreadful, las tramas empiezan a cerrarse con torpeza, a perder el prometedor brillo e incluso a caer en cierta contradicción (Dorian pasa de estar encantado a estar agotado con la idea del ejército de mujeres liberadas en lo que dura un pestañeo, Ethan declara su amor por Hécate por el Mal para acto seguido recordar a Vanessa). Aun así existe una belleza tan extraña en cada fotograma y frase de esta serie que uno no puede evitar adorar la esencia si entra en su juego. Está claro que hay problemas de producción que limitan el número disponible de extras o que a los nuevos personajes les cuesta desarrollar cualquier tipo de profundidad, pero siempre alguna imagen de macabra belleza o algún giro de guión inesperado acaba por salvar la función. Como en realidad sabemos muy poco de muchos de los personajes y estamos viendo casi siempre su presente, el creador puede crearles un pasado que sorprenda pero siempre cuadre. Así, revelaciones como la de la hija de Brona o el trabajo previo de John Clare pueden parecer extrañas de entrada, pero encajan una vez desarrolladas ayudan a entender mejor de dónde vienen los personajes y en qué punto se convirtieron en lo que son ahora. Quedan espacios a rellenar por la imaginación de la audiencia, pero lo esencial lo conocemos.

    Pocas series se preocupan de transmitir tanto con sus imágenes como con sus palabras, y la atmósfera es fundamental aquí. Una casi palpable sensación de melancolía y pesar se materializa ante nuestros ojos, entre las cultas citas literarias y lo visceral de las acciones de los personajes. Hay mucho sexo y mucha sangre, se respira deseo y muerte, y suena de fondo una música para que todo esto junto baile al son. Penny Dreadful es como un estado de ánimo, pero desafortunadamente es uno que en última instancia nunca reguló bien el interés de sus tramas y personajes, que resultaba previsible y simplista en más de una ocasión –el doctor Frankenstein nunca pasó de ser un personaje plano y monocorde– y que resucitó algunos grandes mitos para desaprovecharlos. Su metafórica reivindicación de la importancia de la diferencia era efectiva, pero no justifica un Todo con aristas sin limar, como de narrador cargado de una ambición excesiva, que toca muchos palos sin terminar de decidirse por ninguno en concreto (excepto la musa Vanessa). La insatisfacción que puede producir el desenlace no viene tanto porque el destino de cada personaje no case con lo que les ha pasado hasta ese instante, porque lo hace y el mérito de Logan deben ser reconocido, sino por la brusquedad del desarrollo de los acontecimientos y las preguntas sin respuesta y subtramas abandonadas que deja por el camino (¿Drácula les deja irse sin más?). Sea un problema de producción o de la parte creativa, el resultado final es muy estimable y deja una colección de momentos inolvidables, únicos, y una interpretación que debería pasar a la historia del medio, la de Eva Green con su compromiso total con la causa y con Vanessa. Que todos los proyectos irregulares sean igual de fascinantes, porque está claro que esta serie es única e irrepetible, con todo lo bueno y lo malo que eso suponga. | ★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla



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