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    Crítica en serie | House of cards / Temporada 3

    House of cards

    El átomo político

    crítica a House of Cards (2013-) | Tercera temporada

    Netflix / 3ª temporada: 13 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: Beau Willimon, basado en las novelas de Michael Dobbs y las miniseries de Andrew Davies. Directores: James Foley, John David Coles, Tucker Gates, John Dahl, Robin Wright, Agnieszka Holland. Guionistas: Beau Willimon, John Mankiewicz, Frank Pugliese, Laura Eason, Kenneth Lin, Melissa James Gibson, Bill Kennedy. Reparto: Kevin Spacey, Robin Wright, Michael Kelly, Nathan Darrow, Mahershala Ali, Derek Cecil, Molly Parker, Elizabeth Marvel, Jimmi Simpson, Paul Sparks, Kim Dickens, Jayne Atkinson, Larry Pine, Reg E. Cathey, Lars Mikkelsen, Kate Lyn Sheil, Reed Birney, Shawn Doyle, Alexander Sokovikov, Kelly AuCoin. Fotografía: Martin Ahlgreen, Peter Konczal, Paul Elliott. Música: Jeff Beal.

    Una de las grandes razones, si no la mayor, que hizo que Beau Willimon y David Fincher se decidieran a vender su remake americano de House of cards a Netflix fue que el portal de contenidos online se comprometió a financiar dos temporadas. 26 episodios que Willimon afrontó con un objetivo claro: al final de la segunda temporada Francis Underwood sería el presidente no electo de los Estados Unidos de América. Llegados a ese punto, ¿qué era lo siguiente? Willimon ha tenido años para pensarlo, y su solución es tan lógica como sorprendente. Frank y Claire iban a hacer todo lo necesario para mantener una de las posiciones de poder más importantes del mundo. Con lo que no contaban, ni el espectador tampoco, es conque su unión fuera a ser tan puesta a prueba como lo ha sido en estos 13 capítulos. Uno de los puntos fuertes de la serie ha sido ver al fascinante matrimonio protagonista vivir una relación genuinamente igualitaria. Siempre han ido a por el mismo objetivo, entendiendo lo que cuesta llegar al lugar deseado y dispuestos a hacer sacrificios. Sinceros hasta el dolor, apenas se juzgaban y los reproches y culpas se repartían en la misma proporción, así como unos planes meticulosamente trazados. A lo largo de estas entregas han sucedido muchas cosas, y en varias de ellas los Underwood no tenían (directamente) que ver. Pero todo siempre volvía a ellos, a esa unión atómica en trato 100% de iguales. Hasta que la Silla, entendida como ese trono de adictiva sensación, se ha metido entre ellos. Con la ironía de que el pueblo americano prefiere a Claire (inconmensurable Robin Wright), y Francis (notable Kevin Spacey) lo sabe.

    Beau Willimon y sus guionistan han dedicado entonces la temporada a explorar cómo resquebrajar al matrimonio Underwood, y muchas veces el suculento personaje de Tom Yates (estupendo Paul Sparks, recién salido de Boardwalk empire (2010-2014) y con nuevo registro) ha sido vocal de nuestros pensamientos y preguntas como audiencia. Es un recurso sencillo pero muy efectivo, y que ha terminado de fortalecer el cisma que se producirá entre el dúo en el último tramo de la temporada. En su nueva posición de hombre más poderoso de Occidente, Francis ha tenido que lidiar con Rusia e indirectamente con el conflicto de Oriente Medio. Como un evidente trasunto de Vladimir Putin, el ficticio Viktor Petrov ha representado una idea del país vista desde la perspectiva estadounidense, y el gran trabajo de Lars Mikkelsen ha ayudado a entender en lo posible al hombre que ostenta el poder. No se puede obviar el cameo de casi todo el grupo Pussy Riot haciendo de sí mismos y oponiéndose a Petrov en su cara. Todo un ajuste de cuentas ante una política tan criticada y tensa, y también el punto donde se empezó a agrietar el binomio Underwood (magistral el Capítulo 32 (3.6), donde una visita a Rusia se convierte en incómodo pulso de titanes).

    House of cards

    La temporada arranca seis meses después del desenlace de la segunda, y dedica buena parte del primer episodio a resolver uno de los grandes enigmas: ¿había sobrevivido Doug a la agresión de Rachel y unas horas en el bosque? La respuesta es sí, pero dejándolo en muy malas condiciones físicas. Si hay un personaje (y un actor) que pueda secuestrar un poco nuestra atención de los Underwood, ese es Doug. El espléndido Michael Kelly, que debería estar presente en los Emmy por su trabajo, ha dado vida a las sombras más oscuras y vulnerables de su personaje, envuelto en su habitual misterio y sin dejar claras del todo nunca sus intenciones. Le hemos visto en lo más bajo de su desesperación, con toda la subtrama que le unía a Gavin el hacker, y también ostentar el mayor de los poderes. Su vínculo con Francis es muy profundo, y el desenlace prueba que hará lo que sea necesario para no perder su posición (las escenas en la furgoneta son descorazonadoras).

    Las tramas se mueven alrededor de los personajes, de manera que la acción la avanza lo que pasa, no lo que ellos provocan. Willimon es un demiurgo que trabaja desde las alturas, y aunque es evidente su disfrute al escribir a Francis y Claire, está más claro que no tiene mucha compasión por ellos. Dentro de lo que cabe, aplica el realismo y la lógica a la situación, y los personajes sufrirán las consecuencias de sus actitudes. Aunque al final esto es un thriller con alma de drama, y las formas deben corresponder a esa intención. Es todo parte, o al menos logra dar esa impresión, de un plan superior donde los elementos cumplen su función por precisión, la información dada es fundamental siempre y los saltos temporales están graduados de manera que no nos extraña que en un capítulo pasen unas horas y en otro transcurran semanas. Una sensación maximizada por una puesta en escena cuidada al detalle y un objetivo nunca, y es importante reiterar el nunca, colocado de manera funcional. Los movimientos de la cámara están cargados de psicología y nos dicen algo de la situación y los elementos que estamos viendo en el encuadre. Una pauta que estableció Fincher al dirigir los dos primeros capítulos, y que el resto de directores (destacando a la propia Wright, presente en dos entregas esta temporada) sigue sin tacha. Sumen la maravillosa música de Jeff Beal y el envoltorio técnico ya es irreprochable.

    House of cards

    Lástima que la temporada se vea perjudicada por la falta de una sólida oposicíon al trío protagonista, ya que el personaje de Heather Dunbar es interesante pero no especialmente memorable, y llegados a un punto la trama se vuelve mecánica en cuanto a la dinámica de los miembros de la Casa Blanca. Cuesta creer que Francis se exponga así ante Tom, o que Claire empiece a renquear por el claro camino que los cónyuges se habían marcado. Todo crea la duda de si estamos ante un plan maestro del creador o es que la serie ha perdido sutileza en busca del giro sorpresa. Pero al final queda como eso, una duda, ya que los responsables son capaces de ofrecer un drama de altísima calidad que hace pensar que hay un propósito para lo que parecen pasos en falso. Quizá la errática actitud de los personajes se debe a que, en definitiva, son seres humanos. Pueden haberse visto sobrepasados por las circunstancias, que la presión del cargo fuera demasiado. El desarrollo de la temporada se presta sin duda a todo este tipo de preguntas, ya que estamos ante una serie esquiva, que no se lo pone fácil al espectador. El humor, que solía venir de las interacciones directas del protagonista con la audiencia al romper la cuarta pared, ha sido mucho menor que antes, y contagia a un tono oscuro y pesimista, donde parece que nadie puede disfrutar de lo que le está pasando en su vida (el matrimonio y “maternidad” de Jackie es pura estrategia de relaciones públicas, por ejemplo). Es el mundo de la política norteamericana, y House of cards lo refleja como el más asfixiante juego por la supervivencia. Un juego donde la clave puede querer dejarte en medio del día. “¿Vas a dejar que pase?”, preguntamos a quien nos mira directamente. | |

    Adrián González Viña
    Redacción Sevilla



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