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    James Gunn
    James Gunn
    || Críticas | ★★☆☆☆
    Superman
    James Gunn
    Mira al suelo


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2025. Título original: Superman. Director: James Gunn. Guion: James Gunn. Productores: Pete Chiappetta, James Gunn, Nikolas Korda, Andrew Lary, Peter Safran, Anthony Tittanegro, Galen Vaisman, Chantal Nong Vo, Lars P. Winther. Productoras: DC Studios, Domain Entertainment, Troll Court Entertainment, The Safran Company, Warner Bros., Screen Australia, New Zealand Film Commission, Québec Productions Services Tax Credit. Fotografía: Henry Braham. Música: David Fleming, John Murphy. Montaje: Craig Alpert, William Hoy. Reparto: David Corenswet, Rachel Brosnahan, Nicolas Hoult, María Gabriela de Faría, Sara Sampaio, Nathan Fillon, Edi Gathegi, Isabela Merced.

    En una reciente entrevista para GQ, James Gunn ha afirmado sin pestañear que nunca supo muy bien lo que significaban las Fases de Marvel. Vaya. Habrá que refrescarle la memoria. Señor Gunn, las Fases de Marvel son la estrategia que ahora usted y su colega productor Peter Safran pretenden inocularle a Warner-DC, y si no al tiempo. Las Fases de Marvel son el concepto que le permitió a Kevin Feige rescatarle a usted de la nada creativa en la que se encontraba en 2013, tras los fiascos de Slither. La plaga (2006) y Super (2010), ya que entonces Marvel empleaba a directores-títere. Y no menos importante, las Fases de Marvel son la excusa que usted ha esgrimido para barrer de un plumazo el Snyderverse, a Henry Cavill (ríete tú de las puñaladas venecianas) y, en general, todo cuanto oliera a Geoff Johns. ¿Recuerda ahora lo que son las Fases de Marvel?

    No es el único olvido que ha sufrido Gunn durante estos meses previos al estreno de su Superman. Ahora también se hace el sueco cuando le preguntan por los supuestos (ciertos) remontajes y reshoots que se realizaron tras los primeros test con público. Incluso se hace de nuevas cuando la recuerdan que para no querer a Cavill, ha elegido a un actor que parece una fotocopia suya generada por IA. Estos antecedentes hablan mal de las artes de Gunn como tránsfuga que ha saltado de Marvel a DC, y viceversa, cuantas veces ha querido en la última década, poniendo encima de la mesa Guardianes de la Galaxia como ejemplo de su infinita genialidad. Cuando 1) Guardianes tiene tanto de Kevin Feige como suyo, por no mencionar a los guionistas (Dan Abnett, qué paciencia tuvo) que dedicaron horas a reescribir unos diálogos inteligibles. Y 2) Guardianes se apoya fundamentalmente en el carisma de su magnífico reparto, como todo Marvel hasta 2019.

    No me he olvidado de Superman. Pero es necesario recordar, eso que tan poco le gusta, quién es Gunn y de dónde viene, antes de valorar una película que se presenta ante todo como una cínica oda al olvido y, por lo tanto, a la cobardía. Algo muy contemporáneo, por otra parte. No, a Gunn no le gusta Superman. Le gusta, le fascina Lex Luthor (Nicholas Hoult), el personaje mejor definido en esta entrega. Y prueba de ello es que en esta ocasión el plan maestro de Luthor consiste precisamente en que los ciudadanos de la Tierra se olviden de Superman, igual que Gunn aspira a que nosotros nos olvidemos de Zach Snyder, de Bryan Singer y hasta de Richard Donner, si fuera necesario. Quiere erradicarlo de la memoria colectiva, fingir que nunca ha existido, acusándole de ser un dios tiránico, cruel y destructor enviado a nuestro planeta para someternos a su voluntad. O sea, lo que realmente pretende Lex y lo que realmente ha pretendido Gunn.

    Esta analogía termina siendo el aliciente más goloso de una película que, bajo el manto de una aventura blanca para toda la familia, y ahí está Krypto para hacer reír a los niños y vender peluches, esconde la maliciosa intención de imponer un nuevo DCU a partir del auténtico y verdadero Superman, el héroe inocente, sacrificado y feliz que solo Gunn ha sabido ver. Cualquier que haya leído más de una etapa de Superman sabe que esto no es así. Aunque no es necesario ser un fan de los tebeos para olerse la jugada corporativa de Gunn, que pasa ni más ni menos que por «marvelizar» al último hijo de Krypton para convertir Warner-DC en una suerte de subsidiara temática y formal de Disney-Marvel. En otras palabras, nos aguarda un horizonte de cine de superhéroes cortado por el mismo patrón: héroes luminosos (arquetipos y clichés, para entendernos), historias familiares, cuota racial e inclusiva moderada, escenas de acción creadas por equipos de postproducción con ayuda de IA generativas, valores americanos disfrazados de universales, y un sentido de la justicia paternalista que defiende el intervencionismo unilateral. Bienvenidos a la era Trump.

    Es curioso que algunas voces hayan señalado la valentía «política» de este nuevo Superman, trazando un paralelismo entre el conflicto que retrata la película y las actuales guerras en Ucrania y Gaza, cuando el guion, escudado, como digo, en el olvido, hace bandera justamente de las teóricas bondades que nos brindaría un superhombre. En este sentido la película de Gunn es idéntica a la última «misión imposible» de Cruise, en la que Ethan se presenta como una suerte de Mesías redentor. No creo que Gunn señale con el dedo de los Putin y Netanyahu de este mundo, sino que apuesta, como buen admirador de Luthor que es, por un contrapoder que imponga por la fuerza sus principios, es decir, los de América. Como no puede permitirse la osadía de convertir a Luthor en la brújula moral de esta historia, y a Superman lo distrae con una grieta inter-dimensional, una subtrama que por momentos parece montada con escenas eliminadas de Guardianes, Gunn descarga esta idea imperialista en el supergrupo formado por Mr. Terrific (Edi Gathegi), Chica Halcón (Isabela Merced) y el Linterna Verde Guy Gardner (Nathan Fillon), que en última instancia son los encargados de resolver la guerra que tiñe el fondo argumental de Superman. Los tres muy molones y muy divertidos, claro que sí, para que cuele mejor el veneno.

    Termino con las formas (inexistentes) de una cinta que no regala ni una imagen icónica, ni una música mínimamente inspiradora, salvo cuando se recurre a John Williams, ni una secuencia cuya estética o estilo visual no recuerde a algo ya visto en alguna otra parte, rematado todo ello por un montaje a machetazos y un nulo sentido del ritmo. Se habla de que es un comic-book hecho película… Un respeto a los comic-books, por favor. El peor capítulo de Smallville (2001-2017) y el guion más soso de Lois y Clark: las nuevas aventuras Superman (1993-1997) tenían más de comic-book que este ejercicio narcisista de un falso autor. ♦


    por Raúl Álvarez
    julio 11, 2025

    Crítica | Superman (2025)

    por Raúl Álvarez | julio 11, 2025

    Autoficción có(s)mica

    crítica ★★★ de Guardianes de la galaxia. Vol. 2 (Guardians of the Galaxy, Vol. 2, James Gunn, Estados Unidos, 2017).

    De pronto un pulpo gigante irrumpe por uno de los laterales de la pantalla y se abalanza sobre una plataforma en la que lo esperan (contando ya los segundos) Peter Star Lord Quill, Gamora, Drax, Rocket y la versión en miniatura de Groot. Los Guardianes llevan consigo unos altavoces, también minúsculos, que amenizan con música una batalla que se presume rápida y sin embargo muy violenta. En la que todos lamentan sus fallos y tuercen el gesto de dolor y nadie muere del todo porque el objetivo es morirse de la risa; no morir jamás. Groot baila en primer término mientras sus compañeros, en segundo, intentan frenar el aluvión de golpes y rayos mortíferos que les dedica ese calamar morado. Un recurso cómico punteado por el vaivén de diálogos que casi interrumpen a Groot, quien —baile por aquí, baile por allá— no pierde la oportunidad de correr detrás de unos monstruos con aspecto de zarigüeyas radiactivas, completando así una escena-prólogo de aliento evocadoramente nostálgico: el slapstick de este siglo, a caballo entre el ruido y su ausencia por indecisión. Este recurso lo utiliza James Gunn más que nunca. Ya asistimos a un gag semejante en la primera entrega de lo que promete ser una/otra saga con el carrete de los pescadores generosos. Dividida en volúmenes, como aquellos viejos cassettes que reunían los grandes éxitos del verano, o cualquier mezcolanza maximalista, embrutecedora, de un tiempo en particular; «lo mejor de los setenta», «grandes clásicos de la música disco», «las mejores canciones de los ochenta». Guardianes de la galaxia Vol. 2 baila al son de una cinta cuyo propietario es el melómano Peter Quill. Suya es la letra pero no la cuota de pantalla, pues esta vez el verdadero protagonista es Drax. Repentinamente le ha salido al E.T. de Pachá una vis cómica que la película exprime con cierta gracia, como un padre que presumiera de los cíclicos hallazgos de su bebé y no dejara de repetírselos y enviárselos por WhatSapp a sus contactos. Porque es tan bonito. Quién no se reiría con y de un bebé de un metro noventa y cinco que bien podría haber surgido de una nota al pie de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury. Drax también representa a esos marcianos psicoanalistas que no admiten una verdad hasta que la ven reducida a su detritus, a una proyección subjetiva que no es sino un delirio del viaje. No basta con tenerlo delante, no. Hay que asumirlo: Dave Bautista se hace muy bien el tonto. Sus carcajadas desafían las leyes de la gravedad. Disfruta sufriendo a lo grande. Disfruta muriéndose de la risa él solo.


    «Un filme complaciente con el espectador que se mira al espejo entre secuencias y que no duda en, nuevamente, reconocerse como alguien ingenioso que no se toma en serio. Así funciona Guardianes de la galaxia Vol. 2, en el terreno de la autoparodia y la incesante producción de golpes de efecto pop».



    No aconsejo verla en 3D. Los errores de escala son continuos. Pongamos un ejemplo: un plano general muestra una carretera perdida de Estados Unidos rodeada por verdes, estimulantes campos como salidos de una pintura de Hopper. Un coche ¿descapotable? avanza hacia nosotros, o somos nosotros quienes avanzamos hacia él, da igual. La cámara se mueve de arriba abajo. De izquierda a derecha. A través de las gafas activas uno tiene la sensación de estar observando más bien una maqueta con MicroMachine incluido, una chuchería en manos de Kurt Russell, que conduce y sonríe rejuvenecido y rodea con el brazo a una mujer visiblemente feliz en el asiento del copiloto. Cualquiera no diría que es un nuevo modelo de Terminator, Kur T-Ego Russell. Su expresión justifica el nombre con que han bautizado a este dios benéfico. Y, al tiempo, esa misma condición no justifica su presencia en un filme complaciente con el espectador que se mira al espejo entre secuencias y que no duda en, nuevamente, reconocerse como alguien ingenioso que no se toma en serio. Así funciona Guardianes de la galaxia Vol. 2, en el terreno de la autoparodia y la incesante producción de golpes de efecto pop. El guionista y director James Gunn acusa por momentos la necesidad de que sus personajes, no poco simpáticos, nos recuerden los tópicos del cine de aventuras y el subgénero espacial. No le importa, no parece, que a la historia se le noten las tuercas y las sucesivas capas de amianto con que la han parcheado durante su escritura y subsiguiente rodaje. Una idea destaca por encima del resto, y es que si algo funciona bien, ¿por qué cambiarlo? Es este un cine hiperdemocrático, viscoso y juguetón, que no se opone a ningún modelo, ni contemporáneo ni pasado. Surge por entusiasmo y nervio adolescente, sin deudas posteriores. Su máxima aspiración es la de concitar al público —sin descargo de espíritus cascarrabias— en una misa frenética que ya dejó de apoyarse en el texto y la viñeta, para cristalizar en un neolenguaje cuyos referentes son otros. Ni mejores ni peores, si bien cada vez menos elásticos. Los Guardianes de la galaxia aspiran a una cosa tan básica como hallar estilo en la repetición de unos esquemas fundamentales en nuestra formación cinematográfica. Recuperemos si no me creen una imagen descrita al principio de este artículo (un árbol danzarín que capta, como buen prestidigitador del Tormes intergaláctico, nuestra atención gracias a su nada inocente forma de escaquearse) y crucémosla con otra aún más definitoria: la del pulso que mantienen hoy la ficción y esa cosa publicitaria (ha existido siempre) llamada autoficción, sobre todo en el mercado editorial. Esta vez, auto-ciencia-ficción. Kurt Russell y MicroMachines y superproducciones 2D convertidas a tres dimensiones que evocan —entre otros hitos— a La guerra de las galaxias e Indiana Jones y el stevensoniano tratado de amistad (insobornable, dicen) de Los Goonies. Diversas y marcianas formas de no tomarse en serio, pues todo conduce indefectiblemente al mismo lugar; al estímulo del yo, al cameo del mito en formol, al guiño «friki», a la grasilla de la nostalgia ochentera. Algunos los hay, fieles a su (des)memoria, que se conforman con visitar de tarde en tarde las inverosímiles ruinas del pasado sin pasear luego a los zombis de los que fueron, son y serán siempre nuestros héroes en el tiempo detenido del cine. Gente aburrida, y muy respetuosa con los suyos. | ★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Guión y dirección: James Gunn. Fotografía: Henry Braham. Música: Tyler Bates. Reparto: Chris Pratt, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper, Vin Diesel, Michael Rooker, Karen Gillan, Kurt Russell, Glenn Close, Sylvester Stallone, Elizabeth Debicki, Tommy Flanagan, Sean Gunn, Pom Klementieff, Chris Sullivan. Productora: Marvel Studios. Distribuidora: Walt Disney.

    por Anónimo
    abril 29, 2017

    Crítica | Guardianes de la galaxia Vol. 2

    por Anónimo | abril 29, 2017
    Guardianes de la galaxia

    Los comienzos de una banda muy singular

    crítica de los Guardianes de la galaxia | Guardians of the Galaxy, dirigida por James Gunn, 2014

    Guardianes de la galaxia ratifica hoy una tendencia contra pronóstico: este verano de 2014 está haciendo felices incluso a los siempre escépticos del blockbuster, producciones multimillonarias que aterrizan con el firme propósito no sólo de amortizar presupuesto y sumar ganancias sino de doblar la apuesta, digamos, en el último segundo. Más o menos igual que Christopher Walken en El cazador, aunque sin medidas drásticas. (No se aconseja preparar un speech revólver en mano, ni siquiera teniendo enfrente al dueño de los estudios, o la productora interesada.) Ya no basta con tener una gran idea y un mejor guión; ahora también hay que regalarle al productor la posibilidad de abrir franquicia, de poder sumar ceros a su(s) cuenta(s) bancaria(s) mediante ostentosas y estruendosas aventuras para, en última instancia, alienar un poco más a sus devotos en Pekín, en Skopje o en Honolulú. Quizá los ejemplos indeseables recientes sean Piratas del Caribe y Transformers, dos productos que definen a la perfección la codicia y la estupidez hollywoodienses, y cómo éstas nublan a veces el juicio del espectador más incauto: no por nada el mismo personaje que catapultó al excéntrico Johnny Depp a categoría de icono rock, ha acabado por sepultarle en la simple mueca; en tanto que los Optimus Prime y Galvatron de Michael Bay siguen a lo suyo, imponiendo su mandanga —con efectos no del todo saludables— a golpe de hostias. Y disculpen la redundancia, pero es revisar nuevamente lo ya visto. Una verbena donde el Tren Chu-Chu es regentado por la misma bruja José Javier desde 2007.

    Hablaba al comienzo sobre la felicidad, o la euforia que se hace pasar por ésta, de quienes demonizan aleatoriamente, por afición, la cartelera en verano. Que la temporada estival es una época idónea (hace calor, la gente se va de vacaciones, las expectativas se despeñan como kamikazes sin airbags ni eyector alguno, y se restauran como por arte de cine) para colarnos saldos no es ningún secreto, como tampoco lo es que entre la supuesta morralla surgen de vez en cuando historias apasionantes, incandescentes; sin ínfulas dramáticas ni artísticas más allá de querer erizarte los vellos del culo o arrancarte una sonrisa tonta, quedándose a vivir contigo primero por tres meses y después por seis o diez años. O a perpetuidad, es decir hasta que la muerte (o un spin-off) os separe: esa compañía no tiene coste alguno y suele provocar mucha satisfacción. Y mucha satisfacción esconde a plena vista Guardianes de la galaxia, acaso la mejor película de antihéroes venidos forzosamente a superhéroes (con el permiso de Watchmen) que pasa por ser el reverso luminoso, una versión rocker y working-class de Los Vengadores, sin lugar a dudas el culmen narrativo y la élite del nombre propio hecho grupo del universo Marvel. Filme que rebajó sustancialmente la tensión que poco después traería consigo un minuto de silencio tras el final de The Dark Knight Rises de Christopher Nolan, cuya guinda a más de uno se le indigestó. Una película, Los Vengadores, que interpuso sarcasmo entre toneladas de cemento, donde la oscuridad gravitaba como fuerte axioma sin recorrido, vibrante y lejano en el espacio y, si me permiten jugar con la semántica, también en el tiempo. Así, Disney/Marvel puso contra las cuerdas a la hasta entonces muy subversiva Warner Bros/DC, y de repente los fans de esta segunda empezaron a tener dudas a propósito del futuro comercial —cinematográfico, no farmacéutico— de la depresión, de la tinieblas ahogadas, del huir de uno mismo a ninguna parte, de impostar la voz y la existencia misma, de soñar grises azulados con destellos rojos, de convertir a Superman en Sa(n)dman o, mejor aún, en Grant Morrison; y a Batman en Frank Miller con un traje que no, ¡última nueva!, no es de goma espuma. Pequeños detalles que podrían no gustar a los felices-de-la-vida, igualmente enfermos clínicos.

    por Anónimo
    agosto 14, 2014

    Crítica | Guardianes de la galaxia

    por Anónimo | agosto 14, 2014
    Super, de James Gunn

    CRIMSON BOLT, HÉROE DE SALDO

    crítica de Super | James Gunn, 2010

    En medio de la vorágine que estamos viviendo entre tanta superproducción hollywoodiense que se apunta a la moda de los héroes de cómic, varias películas independientes han sabido, en mayor o menor medida, subvertir sus normas para ofrecer algo completamente distinto. Filmes como Defendor (2009) o Especial (2006) nos mostraron a tipos corrientes –tirando a grises, todo hay que decirlo– que por alguna razón, a pesar de carecer de poderes especiales, se sentían capacitados para impartir justicia en las calles, embutidos en los atuendos más vergonzosos que cabría imaginar. Estos dos títulos, protagonizados por Woody Harrelson y Michael Rapaport, respectivamente, presentaban a unos personajes maltratados por la vida, para los que estas supuestas “heroicidades” suponían la única válvula de escape posible para seguir adelante con sus vacías existencias. Con Super, el cómico Rainn Wilson, muy popular por la serie The Office o sus apariciones en el mítico Saturday Night Live, es el último intérprete en sumarse a este grupo de perdedores con su papel de Frank Darbo, un pobre diablo que pasa sus aburridos días cocinando hamburguesas en un antro de mala muerte. Al igual que le sucedía a Forrest Gump con su amada Jenny, Frank tiene idealizada a Sarah (Liv Tyler), su ex alcohólica y drogadicta esposa, que únicamente siente gratitud y lástima por él. Cuando la mujer se marcha con Jacques, un peligroso traficante de drogas (genial Kevin Bacon), el abandonado esposo sufre una extraña alucinación en la que es tocado por “el dedo de Dios”, convirtiéndole en elegido para servirle en la Tierra, luchando contra el mal que amenaza en cada esquina. Desde ese momento se convertirá en un anónimo vengador que pondrá en jaque a los maleantes de la ciudad, causando controversia entre la población. Y como todo héroe debe tener un compañero, Rayo Escarlata –que así se hace llamar–, recluta a Libby (Ellen Page), la joven dependienta de una tienda de cómics que, bajo la identidad de Rayito, le ayudará a repartir leña a diestro y siniestro.

    por José Martín León
    julio 02, 2013

    Crítica | Super

    por José Martín León | julio 02, 2013

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