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    Anthony y Joe Russo
    Anthony y Joe Russo
    || Críticas | ★☆☆☆☆
    El agente invisible
    Anthony Russo, Joe Russo
    Balas perdidas


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos y República Checa, 2022. Título original: «The Gray Man». Directores: Anthony Russo y Joe Russo. Guion: Joe Russo, Christopher Markus y Stephen McFeely (basado en el libro de Mark Greaney). Producción: AGBO / Netflix / Roth Films / Roth/Kirschenbaum Films / Stillking Films. Fotografía: Stephen F. Windon. Montaje: Jeff Groth y Pietro Scalia. Música: Henry Jackman. Diseño de producción: Dennis Gassner. Decorados: Nancy Haigh. Vestuario: Judianna Makovsky. Reparto: Ryan Gosling, Chris Evans, Ana de Armas, Billy Bob Thornton, Jessica Henwick, Dhanush, Alfre Woodard, Regé-Jean Page, Julia Butters. Duración: 122 minutos.

    La competición creciente entre las plataformas de contenido audiovisual exige incluir en sus respectivos catálogos propuestas de cada vez mayor enjundia. Mientras que HBO o Amazon Prime nos ofrecerán, en próximas fechas, superproducciones en formato de serie de televisión, Netflix ha querido antes copar los visionados veraniegos con lo que tradicionalmente habría sido un blockbuster para la pantalla grande. Con un presupuesto de unos 200 millones de euros, dos directores reconocibles para el gran público por su participación en el universo Marvel, y un elenco de grandes estrellas, la adaptación del libro de Mark Greaney sobre los tumultos provocados por un agente de la CIA debería haber sido un taquillazo cuando todavía no existían estas plataformas. El problema no es entonces que su lanzamiento quede reducido a un oscuro recuento, por parte de los ejecutivos de su productora y distribuidora, según el número de reproducciones caseras, sino que el hecho de que sea un producto de Neflix minora su propia repercusión. Pese a los elementos de partida que destacábamos, El agente invisible (The Gray Man, 2022) resulta en efecto un visionado intrascendente, que no gana nada en comparación con otros tantos contenidos disponibles para la pequeña pantalla. En pocas palabras, da la sensación de estar viendo un telefilme del montón, en lugar de una gran producción cinematográfica.

    Esto no se debe a un parecido, a primera vista, con ese otro contenido, pues el mismo no puede disfrutar de tantos alardes de técnica y localizaciones, de una dirección libre para explotar (en sentido figurado y literal) las distintas posibilidades del libreto, ni de la presencia de Ryan Gosling, Chris Evans o Ana de Armas, tres de los actores más en boga en la actualidad y, por ello, con mayor caché. Todo ello llevaría a diferenciar, de primeras, esta película del resto. Sin embargo, el acabado sí es análogo, porque estos factores no aportan aquí ningún valor añadido. La puesta en escena, con una cámara que en ocasiones funciona como un dron acelerado que sigue a los personajes por los recovecos más insospechados y con ángulos aberrantes, es un mareante despropósito. No funciona la alternancia entre secuencias de ritmo más pausado y aquellas otras de mayor adrenalina, porque las primeras están pensadas como mera anticipación de la acción y, a su vez, esta carece de verdadera motivación. La secuencia central de la persecución y el tiroteo en Praga, desmedida y confusa, es un buen ejemplo de ello. Y esto nos lleva a la otra cara de la moneda: la infrautilización de las exóticas localizaciones de las que puede alardear la producción. Las ubicaciones en Bangkok o Viena serían intercambiables por otras, ya que no se muestra nada característico suyo ni añaden nada a la estructura narrativa. En cuanto a la capital checa, de mayor presencia por la inversión de este país en la película, parece solo justificada para librar en ella una operación de destrozo del casco histórico, sin ningún tipo de freno ni suspense.

    Respecto de la dirección de los hermanos Russo, uno de los cuales es también coguionista, se limita a interpretar la narración en clave de thriller frenético, obviando todo el interés del protagonista como agente secreto, con sus potenciales traumas y recelos. El problema es la inconsistencia del tono, pues varios diálogos y situaciones están ideados con humor, como el momento del flashback del personaje de Gosling con la niña (Julia Butters) a la que debe proteger, en momentos en que no encajan bien, porque no se corresponden con la intención dramática que debe perseguirse en ese momento del metraje: en ese caso, un sentido recuerdo de la interacción que tenían estos dos personajes, para justificar el rescate que el primero debe luego realizar de la segunda. Esto conecta con la dirección de actores, ya que el carisma de Gosling está desaprovechado, Ana de Armas se limita a actuar de comparsa y los dos villanos tienen defectos opuestos: uno (interpretado por Chris Evans) nos impide tomarlo en serio y otro (a cargo de Regé-Jean Page) se toma demasiado en serio. En especial, la rivalidad entre Gosling y Evans queda desdibujada, al carecer de background y no compartir ningún momento impactante. Esto tratan de remediarlo los Russo in extremis con una pelea final, pero la misma es anticlimática e injustificada. De hecho, el trato que otros personajes tienen con el protagonista, perdonándole la vida o haciéndosela imposible según las circunstancias, no obedece a comportamientos coherentes, sino solo a las arbitrarias necesidades del guion y sus últimos giros.

    Con ello llegamos a la historia que, aunque debería ser lo principal, acaba siendo lo de menos. No se sabe si El agente invisible pretende contarnos algo sencillo o complejo, directo o rebuscado, pues a veces parece una cosa y a veces otra. Como adelantábamos, no se aprovechan los conflictos que surgen naturalmente en un relato de estas características, sino que todo se reconduce al conflicto externo, de un hombre contra los demás. Si todo girara entonces en torno al suspense, la atmósfera o la coreografía asociadas a esta clase de conflicto, el resultado podría ser meritorio. Pero esto no ocurre aquí, por el suspense truncado en su concepción, la falta de una atmósfera absorbente y la coreografía imprecisa a causa de un montaje errático. Estamos, sin duda, ante una película de acción. Y, también, por mucho presupuesto que la impulse, las ciudades en que se desarrolle o los actores que la protagonicen, hay que reconocer que dicha acción es indiscernible, vacua y artificial. Por tanto, la película pierde buena parte de su razón de ser, más allá de engrosar ese catálogo de Netflix al que nos referíamos, y unirse como una más entre las múltiples propuestas que contiene, sin personalidad ni apenas nada memorable. Toda una decepción. ⁜

    por Ignacio Navarro
    agosto 30, 2022

    Crítica | El agente invisible | Netflix

    por Ignacio Navarro | agosto 30, 2022

    De aquí a la eternidad

    Crítica ★★★★☆ de «Vengadores: Endgame», de Anthony Russo, Joe Russo.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Avengers: Endgame. Directores: Anthony Russo, Joe Russo. Guion: Christopher Markus, Stephen McFeely (Cómic: Jim Starlin. Personajes: Stan Lee, Jack Kirby). Productores: Kevin Feige, Mitchell Bell, Christopher Markus, Stephen McFeely. Productora: Marvel Studios. Fotografía: Trent Opaloch. Música: Alan Silvestri. Montaje: Jeffrey Ford, Matthew Schmidt. Reparto: Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Mark Ruffalo, Jeremy Renner, Don Cheadle, Paul Rudd, Brie Larson, Tom Holland, Benedict Cumberbatch, Chadwick Boseman, Karen Gillan, Zoe Saldana, Chris Pratt, Josh Brolin, Tessa Thompson, Evangeline Lilly, Elizabeth Olsen, Gwyneth Paltrow, Rene Russo, Anthony Mackie, Sebastian Stan, Tom Hiddleston, Danai Gurira, Benedict Wong, Tilda Swinton, Pom Klementieff, Dave Bautista, Letitia Wright, John Slattery, Jon Favreau, Hayley Atwell, Natalie Portman, Marisa Tomei, Angela Bassett, Robert Redford, Michael Douglas, Michelle Pfeiffer, William Hurt, Samuel L. Jackson, Cobie Smulders, Linda Cardellini, Frank Grillo, James D'Arcy, Winston Duke, Vin Diesel, Bradley Cooper, Taika Waititi, Sean Gunn.

    Un chasquido de dedos. Nunca un gesto tan simple había conocido unas consecuencias tan devastadoras, tanto para la humanidad, como para la legión de seguidores de Marvel que contemplaron, enmudecidos, cómo Thanos salía victorioso en su misión de restablecer un presunto equilibrio en el universo, cobrándose millones de vida en el camino, entre ellas las de gran parte de los héroes más queridos de la casa. Tras aquel chasquido se hizo el silencio y el drama inundó la pantalla, mostrando la primera derrota de estos superhéroes ante un villano que no dudaba en sacrificar aquello que más amaba en beneficio de su causa. Fue así como Vengadores: Infinity War (Anthony Russo, Joe Russo, 2018) se convirtió en la magistral primera mitad de la culminación del fin de una era que ha dado jugosísimos dividendos en taquilla y ha hecho felices a tantos seguidores de los cómics. Parece que fue ayer cuando Iron Man (Jon Favreau, 2008) llegó a nuestras vidas como inicio de la primera fase del megaproyecto UCM y, al mismo tiempo, mucho ha llovido desde aquella reunión grupal que cambió el género para siempre en Los Vengadores (Joss Whedon, 2012). En su momento nos pareció el no va más ver cómo Iron Man, Capitán América, Thor y compañía unían sus fuerzas para luchar, codo con codo, para proteger la seguridad mundial, pero Marvel ha sabido superar su propio listón, entrega tras entrega, tocando techo con una Infinity War que consiguió ser mucho más que un blockbuster al uso, entregando espectáculo y emoción en dosis perfectas y brindando un desolador final abierto para el que la nueva Vengadores: Endgame trae todas las respuestas y soluciones. Los Russo tenían la complicada misión, no solo de estar a la altura de aquella anterior aventura, sino de superarla en un desenlace lo suficientemente épico como para dejar la sensación de que, de verdad, se habían guardado lo mejor para el final. El hype, esas expectativas que, muchas veces, juegan malas pasadas y terminan siendo la antesala de las mayores decepciones, estaban ahí, amenazantes, pero hay que reconocer que, afortunadamente, los directores han conseguido poner la guinda final a la saga de manera sobresaliente. ¿Quiere decir esto que Endgame es aún mejor que Infinity War? Para nada. Aunque tampoco tenía que serlo. Son dos experiencias diferentes que, de forma mágica, se complementan a la perfección y suponen un deleite para los sentidos (y las emociones) que pocas veces se encuentra en el cine comercial.

    Esta definitiva película se abre con una escena realmente dramática, que tiene como protagonista a uno de los grandes ausentes de Infinity War, un Ojo de Halcón que ve enmendada su no convocatoria allí con un notable protagonismo en la continuación. Es la manera que los guionistas tienen de devolvernos al momento exacto en que todo se vino abajo para el planeta, antes de mostrarnos el luto por el que pasan los personajes que sobrevivieron a la cruenta extinción cometida por Thanos. La primera hora de las tres que dura la cinta está dedicada a enseñarnos la desintegración de un equipo al que le cuesta asimilar la derrota y que no puede perdonarse un fracaso que les ha costado las vidas de muchos seres queridos. Un salto temporal de cinco años durante los que los supervivientes han tratado de superar sus demonios interiores de diferentes maneras, separando sus caminos y sin esperanzas de que exista una forma de revertir aquella tragedia. Endgame, después de la espectacular odisea de acción que fue su antecesora, sorprende por el tono reposado y maduro, casi crepuscular, de su primer tercio, favoreciendo el desarrollo del lado más “humano” de sus personajes alejados de la heroicidad, algo que se traduce en una excelente oportunidad de lucimiento interpretativo para esos actores a los que, a veces, cuesta valorar en su justa medida bajo esas caracterizaciones de héroes de acción. Así, Robert Downey Jr. y Chris Evans se muestran más cercanos e íntimos que nunca en las versiones fracasadas de Tony Stark y Steve Rogers, mientras que Scarlett Johansson y Jeremy Renner consiguen dar a sus no siempre explotados roles una mayor dimensión dramática. La otra ausencia notable de Infinity War, el Ant-Man de Paul Rudd, se revela aquí como pieza indispensable para el devenir de la revancha contra Thanos, funcionando como alivio cómico de un relato dotado de una potente carga emocional. También Chris Hemsworth y Mark Ruffalo parecen haberle cogido el gusto a la comedia que tan buenos resultados les dio en la sorprendente Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017) y sus representaciones de Thor y Hulk (con impactantes cambios de look incluidos) se hacen con los momentos más divertidos de la función. Y es que, una vez más, una de las mayores bazas para el éxito de la empresa ha sido la efectividad con la que Marvel sabe impregnar de humor a sus historias, aun cuando estas cuentan las mayores de las tragedias, sin que, por ello, estos chascarrillos se sientan fuera de lugar.

    por José Martín León
    abril 29, 2019

    Crítica | Vengadores: Endgame

    por José Martín León | abril 29, 2019

    Enaltecimiento de la aventura superheroica

    Crítica ★★★★★ de Vengadores: Infinity War (Avengers: Infinity War, Anthony Russo, Joe Russo, Estados Unidos, 2018).

    El esfuerzo y el trabajo bien hecho se han visto recompensados. Diez años han pasado desde que fuera presentado en sociedad Iron Man (Jon Favreau, 2008), primero de los superhéroes destinados a conformar el grupo de los Vengadores. A partir de ahí, 18 películas más nos fueron familiarizando con las personalidades de Thor, Capitán América, Hulk, Black Panther, Doctor Extraño, Ant-Man, un Spider-Man adolescente y los gamberros Guardianes de la galaxia, en un laborioso ejercicio de preparación al espectador ante lo que estaba por venir, esta Vengadores: Infinity War (2018) que supondría la culminación del proyecto más faraónico de la historia de los blockbusters –con permiso de James Cameron y su Avatar – , la unión de la plana mayor de las héroes de los cómics Marvel contra el villano más temible y poderoso del universo, Thanos. El reciente triunfo de Black Panther (Ryan Coogler, 2018), situado ya entre los diez filmes más taquilleros de todos los tiempos, auguraban una apoteósica recepción para la nueva incursión de los hermanos Russo tras sus dos magníficas Capitán America: El soldado de invierno (2014) y Capitán América: Civil War (2016), hasta ahora consideradas las joyas de la corona de la saga. Un rumoreado presupuesto de 400 millones de dólares y un reparto plagado de grandes estrellas, imposibles de reunir en otras condiciones que no sean las que aquí acompañan, son dos de las bazas con las que los directores han contado para facturar la que estaba llamada a ser la obra definitiva (y definitoria) marvelita, aquella que dejaría a las anteriores aventuras de los Vengadores en ejemplares bocetos y a su competencia directa, Liga de la Justicia (Zack Snyder, 2017) de DC, a la altura de una simpática serie B. Pero si algo juega a favor, con más fuerza que cualquier despilfarro presupuestario que posibilite un espectáculo visual de primer orden, eso es la robustez con la que se ha edificado el universo MCU, sobre cimientos tan firmes como unos personajes perfectamente perfilados (e indudablemente queridos por los fans) y unas tramas que han actuado como piezas de un rompecabezas que, por fin, ha acabado materializándose en todo su esplendor.

    A lo largo de esta década hemos tenido tiempo para familiarizarnos con la figura, un tanto ambigua, de Thanos. En Vengadores: Infinity War este cobra tal protagonismo que se convierte, sin ninguna dificultad, en el plato fuerte de la función. Pocas veces un villano que aspira a ser Dios ha adquirido en la gran pantalla tanta fuerza y carisma como para lograr ensombrecer a todo superhéroe con el que tenga que coincidir en pantalla y, lo que es más difícil, hacer que el espectador sienta cierta empatía hacia él. Es Thanos un malvado con motivaciones claras, las de preservar la vida y los recursos naturales del universo, aun a costa de cometer un genocidio que acabe con la mitad de sus habitantes. Esta sería una empresa de lo más loable si no fuese por el rastro de destrucción que va dejando a su paso por los distintos planetas que va invadiendo durante su camino para obtener las seis Gemas del Infinito que le ayudarían a cumplir su objetivo con un simple chasquido de dedos. Josh Brolin, bajo múltiples capas de magia digital, realiza una soberbia labor como Thanos, mientras que el guion de Christopher Markus y Stephen McFeely realiza auténticas acrobacias para repartir el protagonismo de manera equitativa entre todas sus estrellas, distribuyéndolas en multitud de tramas paralelas, todas igualmente decisivas, que hacen imposible cualquier tiempo muerto durante dos horas y media de metraje que pasan ante nuestros ojos como una exhalación. Iron Man, con su verborrea ingeniosa, sigue siendo el cabecilla del grupo. A su lado, tenemos al Thor más poderoso que hemos visto hasta ahora –una vez superado aquel genial festival del humor que fue Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017)–, a un Spiderman cada vez más consolidado como vengador, a un Bruce Banner que le come terreno a su álter ego Hulk, y a un Doctor Extraño (cada vez está más claro que Benedict Cumberbatch ha nacido para este papel) que adquiere gran protagonismo en la trama, entre otros. La sorpresa llega cuando algunos de los momentos más intensos, aquellos que provienen de los sentimientos y las relaciones afectivas, por encima del lucimiento en las set pieces de acción, corren a cargo de secundarios como Visión y Wanda, por un lado, y la Gamora interpretada por la estupenda Zoe Saldana, por otro. La hija favorita de Thanos es la responsable de humanizar la figura del villano, siendo su subtrama la que alcanza las cotas de emotividad más altas de toda la función.

    por José Martín León
    abril 29, 2018

    Crítica | Vengadores: Infinity War

    por José Martín León | abril 29, 2018
    Capitán América: Civil War

    Dos bandos, mismo heroísmo

    crítica de Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, Anthony Russo, Joe Russo, EE. UU, 2016).

    El ambicioso proyecto de los Estudios Marvel de expandir el generoso universo de sus cómics en la gran pantalla continúa su imparable camino a pasos agigantados. Se cumple casi una década desde que los primeros asaltos individuales de Iron Man (Jon Favreau, 2008), Thor (Kenneth Branagh, 2011) o Capitán América: El primer vengador (Joe Johnston, 2011) irrumpieran en las taquillas de todo el mundo con la fuerza de una apisonadora, convirtiéndose en los seminales inicios de una serie de sagas destinadas a cruzar sus caminos en algún momento. Tras dos prescindibles secuelas de las peripecias de Tony Stark y una flojísima segunda incursión del hijo de Odín, recayó sobre los hombros del director y guionista Joss Whedon la difícil empresa de reunir en una misma superproducción a todos estos personajes, con la consecuente lucha de egos que acarreaba. Los Vengadores (2012) salió airosa a la hora de combinar con mano maestra acción, efectos especiales y bastante humor, a la vez que acertaba a la hora de repartir de manera equitativa el lucimiento de sus distintos héroes –de hecho, Robert Downey Jr. consiguió brillar más en su encarnación del sarcástico Stark en aquel filme coral que en los que le tuvieron como protagonista individual–. Así, junto a Thor (Chris Hemsworth), Capitán América (Chris Evans), Viuda Negra (Scarlett Johansson), Ojo de Halcón (Jeremy Renner) y Hulk (Mark Ruffalo tomando el relevo a Eric Bana y Edward Norton), conformó el equipo reclutado por Nick Fury (Samuel L. Jackson), director de la Agencia S.H.I.E.L.D. para proteger al mundo. Curiosamente, tras el triunfo comercial (y artístico) de la cinta, su continuación Vengadores: La era de Ultrón (Joss Whedon, 2015) se dejó llevar un tanto por los excesos pirotécnicos en detrimento de un guion bastante más flojo que el de su antecesora –incorporando a sus filas, eso sí, a nuevos fichajes como Visión (Paul Bettany), Falcon (Anthony Mackie) o Wanda, la Bruja Escarlata (Elizabeth Olsen)– , haciendo que su recibimiento crítico fuese menos entusiasta. Para colmo, los hermanos Anthony y Joe Russo habían entregado un año antes Capitán América: El soldado de invierno (2014), una segunda incursión en la figura de Steve Rogers que sorprendió, además de por unas vibrantes escenas de acción, por una mayor complejidad argumental y un tono serio más propio del thriller de espionaje, siendo saludada de manera inmediata como el mejor título de Marvel estrenado hasta la fecha.

    Ante semejantes resultados, no era de extrañar que se volviera a contar con los mismos realizadores para Capitán América: Civil War (2016), una curiosa entrega que funciona a la vez como continuación de El soldado de invierno y como consecuencia inmediata de los acontecimientos reflejados ese clímax final en la ciudad de Sokovia de Vengadores: La era de Ultrón. No obstante, la plana mayor de los personajes de ésta última vuelve a hacer aparición (salvo las bajas de Thor y Hulk) en una historia que, a partir del cómic de Mark Millar, divide a los Vengadores en dos bandos enfrentados. Los terribles daños colaterales de las actuación de los héroes contra el villano Crossbones (Frank Grillo) en Nigeria hace que la ONU deba tomar cartas en el asunto, consiguiendo que éstos firmen un tratado que les obliga a no volver a actuar por su cuenta y a aceptar someterse a la disciplina del gobierno americano, así como a responsabilizarse de las bajas civiles que puedan producirse en el futuro. Mientras Tony Stak, Viuda Negra, Visión y Máquina de Guerra (Don Cheadle) acceden al pacto, Capitán América, Falcon, Wanda y Ojo de Halcón están dispuestos a seguir por libre, provocando la ruptura del equipo. Civil War toma lo mejor de Soldado de invierno y del díptico de Los Vengadores para escalar un peldaño más en ese camino emprendido por Marvel para conseguir su obra más redonda. La película cuenta con algunas de las secuencias de acción más espectaculares vistas en el género, así como con unas coreografías de peleas de lo más creativas. El guion, obra de Christopher Markus y Stephen McFeely, es muy sólido y consigue darle su espacio a todos y cada uno de sus personajes. Chris Evans vuelve a ser un sólido Capitán América, mientras que a Robert Downey Jr. le toca en esta ocasión descubrirnos facetas tan desconocidas de la psicología de Stark como esa juventud atormentada que vuelve con fuerza a sus recuerdos, reduciendo sus habituales comentarios irónicos de forma considerable. Como notables incorporaciones al equipo tenemos a un furioso Pantera Negra (Chadwick Boseman) –espectacular en su debut en celuloide– y unos Ant-Man (Paul Rudd) y Spider-Man (Tom Holland) –en versión adolescente y de verborrea incontrolada– menos secundarios de lo previsto y absolutamente sensacionales, que aportan el contrapunto más cómico a la prodigiosa secuencia del choque entre los dos bandos en el aeropuerto.

    por José Martín León
    mayo 03, 2016

    Crítica | Capitán América: Civil War

    por José Martín León | mayo 03, 2016
    Capitán América: El soldado de invierno

    Patriotas con sabor a óxido

    crítica | Capitán América: El soldado de invierno, de Anthony y Joe Russo, 2014

    Frío, lo que se dice frío, no. Es un Invierno más bien primaveral, mercenario y amnésico, junto al gran obelisco in memoriam y la sede de S.H.I.E.L.D (acrónimo de Strategic Homeland Intervention, Enforcement and Logistics Division), en Washington. El paréntesis quizá sea irrelevante, okay, mas conviene ir asumiendo toda información desinformadora para el espectador. Ya hablé en anteriores críticas de estos productos siameses unidos por un frágil cordón argumental al Gran Progenitor y, ay, también Gran Esperanza. Es decir, Los Vengadores. Que a un año vista para el estreno de su nueva aventura, La Era de Ultrón, cargan y recargan ya los artilugios y los superpoderes con que han de maravillar al respetable. Y así no hay quien piense en paz, ni en ella. Pues la velocidad exige tomar nuevos viejos caminos: intimidación, violencia, épica 0% materia grasa, e incluso el "adoquín fascistoide" arrojado por los aires como si fuera una pelota de ping-pong. El mismo sonido metálico que emite al golpear el escudo con la estrella de cinco puntas: pink-ponk, pink-ponk. O chakín-chakín si el material se transforma en balas directas a tu cuerpo ignífugo, quizá a prueba de artillería pesada o vaya usted a saber qué tipo de artefactos. Y así no hay quien piense en ningún sol. Ni siquiera en quedarse viudo: un sueño con pantalones ajustados muy recurrente. Ya no es frío, sino una polaroid invernal atrapada en el tiempo con marmita. El Capitán América se cortó literalmente las alas, y ahora hay quien aspira a cortárselas definitivamente. A sus noventa y muchos, luego de aniquilar a medio régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, tras certificar su patriotismo sometiéndose a un proceso reconstituyente para reconstituir su lamentable constitución física: un flaco y bajito sin músculo era, y en un Apolo lo convirtió su gobierno. Ah, la patria. Ah, Tío Sam. Me resulta difícil frenar mis impulsos y no decir que no a El Capitán América: El soldado de invierno. Porque no hay más, tan sólo una vaga certidumbre a propósito del héroe en sí: una figura estólida que, mal que les pese a ciertos frikis (lectores de cómics, no freaks o monstruos), es el resultado directo de la ironía más vergonzante. Estados Unidos necesitaba un símbolo cuya potencia de fuego pudiera derrocar a los regímenes totalitarios. Por ello, decidió convertirse en lo que había denostado por una gris época, esto es, una nación-probeta que promulgaba la supremacía racial. ¿Quién sino el Capi representa el arquetipo de superhombre anhelado por Hitler? Y, para más inri, rubio. En fin. No incidiré más en ese aspecto, que a nadie interesa. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, las coreografías y los tiros. Chakín, pink-ponk. Y el termostato a veinte: ni frío ni calor. La vista y la temperatura idóneas.

    por Anónimo
    marzo 27, 2014

    Crítica | Capitán América: El soldado de invierno

    por Anónimo | marzo 27, 2014

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