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    Carla Simón
    Carla Simón
    || Críticas | Cannes 2025 | ★★★☆☆ ½
    Romería
    Carla Simón
    Algunas cuestiones sobre el punto de vista


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    España, Alemania, 2025. Título original: «Romería». Dirección y guion: Carla Simón. Compañías: Elastica Films, Ventall Cinema, Dos Soles Media, Romería Vigo AIE. Festival de presentación: Festival de Cannes (Sección Oficial, Compitiendo por la Palma de Oro). Distribución en España: Elastica Films (estreno el 5 de septiembre de 2025). Fotografía: Hélène Louvart. Montaje: Sergio Jiménez, Ana Pfaff. Música: Ernest Pipó. Reparto: Llúcia Garcia, Mitch, Tristán Ulloa, Celine Tyll, Miryam Gallego, Janet Novás, José Ángel Egido, Sara Casasnovas, Marina Troncoso y Leon Romagosa, entre otros. Duración: 115 minutos.

    Lo primero que hay que decir es que Romería supone, dentro de la filmografía de Carla Simón, una nueva indagación: sus imágenes no son el resultado de la cristalización de la mirada de la cineasta, ni su puesta en escena convierte en estancado manierismo lo que antes era un movimiento genuino que proponía una nueva forma de observar la realidad. La película, como su protagonista, no deja de preguntarse cosas y de preguntárselas a los demás. Ya en sus secuencias iniciales, la certeza desaparece como concepto; la red de historias y anécdotas que configuran el fuera de campo de la película y el pasado de su protagonista no tarda en desvelar su propia fragilidad. Las palabras que Marina escuchó en su infancia, lo que su familia materna le contó sobre sus padres —ambos fallecidos cuando era una niña— se convierten en aire cuando inicia su viaje para contrastar versiones. No tiene asideros a los que agarrarse, ni siquiera cuando los signos del pasado parecen estar fijados en un papel: el diario de su madre acentúa una verdad desagradable: el paso del tiempo es ineludible. Los lugares que compusieron la geografía vital de sus progenitores —y que están descritos en las páginas de ese cuaderno íntimo— han desaparecido; algunos se han convertido en escombros, en locales vacíos que nadie visita, otros son tiendas o supermercados, y unos pocos han hallado nuevos cuerpos que los habiten. La letra de la madre encuentra una réplica en las imágenes de esos mismos sitios que graba la hija con una cámara de vídeo; la recomposición de los hechos que sucedieron en el hiato temporal que separa esos dos lenguajes se convierte en la principal obsesión de la joven y en el propósito central de la película.

    Con la excusa de conseguir un papel que necesita para solicitar una beca universitaria —para estudiar cine—, Marina viaja a Vigo para encontrarse con la familia de su padre, a quien nunca llegó a conocer, e intentar arrojar algo de luz sobre su pasado. La gran diferencia de Romería con respecto a las obras precedentes de su directora tiene que ver con el punto de vista: si en Verano 1993 el acompañamiento de una niña huérfana que sufría un bloqueo emocional se hacía desde un distanciamiento empático, y en Alcarrás la narración era un prisma polifónico compuesto por diferentes voces y miradas, aquí Simón subjetiva el relato y convierte las imágenes en la expresión directa de las impresiones sensoriales de su protagonista. El espacio se convierte así en una incógnita, en una suerte de geografía codificada cuyo pasado sólo puede desencriptarse a través de los signos de su presente —el presente en el que sucede la acción de la cinta: 2004—, de las heridas abiertas que supuran debajo de la fina venda de silencio con que la familia de Marina las ha rodeado.

    Primera herida: la adicción a la heroína que sufrió Alfon, el padre de la protagonista. Segunda: su muerte a causa del sida —la versión oficial es que fue víctima de la hepatitis C. Tercera: la existencia de la propia Marina, quien, a ojos de sus abuelos, es la prueba viviente de todo aquello de lo que se avergüenzan. En el registro civil no consta que Alfon tuviese descendencia: sus padres, despóticos burgueses —con apellido compuesto— con gran influencia en Vigo, se encargaron de que padre e hija no estuviesen vinculados en ningún documento oficial. Marina encuentra en la palabra el principal terreno en el que iniciar su indagación: en las conversaciones cotidianas de su familia están inscritas las asperezas, dolores y enfrentamientos que intentan ocultar o, mejor dicho, esas conversaciones están condicionadas por las asperezas, los dolores y los enfrentamientos que los interlocutores prefieren mantener en la oscuridad. Los silencios bruscos alrededor de determinados asuntos son los hilos de los que tira la protagonista para intentar llegar a la verdad, para desvelar la incógnita de su padre. En Romería, la omisión también es una forma de expresión y las palabras no desnudan la realidad, sino que la visten de mentiras. La desconfianza, la puesta en duda de todo cuanto sus tíos le cuentan de su padre, pasa a ser una obligación.

    Pese a que la palabra desempeña un papel fundamental en la película, Simón no tiene como referencias las poéticas de Rohmer, Hong Sang-Soo o Linklater —por citar a tres cineastas que han convertido los diálogos extensos y alambicados en las raíces de sus imágenes. Su cine opera en un plano sensorial, impresionista en su capacidad para capturar la emoción efímera sin necesidad de dramatizarla para poder subrayarla. Las conversaciones que Marina tiene con sus primos y sus tíos son los núcleos que generan los seísmos emocionales que la cineasta traduce con la cámara. Es la paulatina desestructuración de la abstracta imagen que la protagonista tenía de su padre lo que verdaderamente le interesa a la directora. La hibridación de la mirada de Marina con la de la cámara evita que las decisiones de puesta en escena más expresionistas, las que más contrastan con el realismo de las imágenes, desentonen en el conjunto general. Dicha subjetivación es, sin embargo, el desencadenante del principal problema de la obra: su incapacidad para pensar de forma activa la realidad que retrata, para entender el porqué de los acontecimientos que intenta sacar a la luz.

    Simón pone en escena la estigmatización del sida y el mutismo que rodea los estragos causados por la heroína en los años ochenta, pero, al mismo tiempo, ofrece una mirada contradictoria sobre esos años. En la película, la movida madrileña y sus derivados están filmados con una fascinación comprensible si quien mira es la protagonista, que se ha hecho una idea de lo que fue esa época a través de las notas de su madre, pero no tanto cuando se trata de la cineasta. No hay un distanciamiento que permita contextualizar dicha fascinación dentro del marco de la mirada de la adolescente y, por ello, dentro del aparato discursivo de la propia cinta, las heridas y muertes de aquellos años parecen un daño colateral causado por esa luminosa libertad —también mitificada— que hipnotiza a la joven. El punto de vista totaliza la película, convierte cada imagen en la formulación visual de una emoción de la que es incapaz de separarse para pensar en las causas que la provocan. Los hallazgos de Romería son innegables, como también lo es su propósito de búsqueda. Pero eso no quita que las decisiones formales y narrativas de Simón terminen limitando la indagación alrededor de la que articula la obra. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    septiembre 04, 2025

    Crítica | Romería

    por Rubén Téllez Brotons | septiembre 04, 2025

    Hermoso acto de resistencia

    Crítica ★★★★★ de «Alcarràs», de Carla Simón.

    España, Italia, 2022. Título original: «Alcarràs». Dirección: Carla Simón. Guion: Carla Simón, Arnaú Vilaró. Compañías productoras: Elastica Films, Avalon P.C, Vilaüt Films, Kino Produzioni, Movistar+, RTVE, TV3. Distribuidoras en España: Elástica Films & Avalon. Presentación oficial: Berlinale 2022 (Competición). Dirección de fotografía: Daniela Cajías. Música: Andrea Koch. Intérpretes: Jordi Pujol Dolcet, Anna Otín, Xenia Roset, Albert Bosch, Ainet Jounou, Josep Abad, Montse Oró, Carles Cabós, Berta Pipó. Duración: 120 minutos.

    Hay algo de mágico, algo de místico en el hecho de cultivar la tierra, —permítaseme este acceso naíf— que tiene que ver con una suerte de justicia telúrica: cuidar del campo, alimentarlo y dedicarle trabajo y sudor genera como contrapunto que éste devuelva el favor, que cuide de esas manos que lo riegan, y proporcione alimento y sustento. Es un equilibrio perfecto en sí mismo, que retribuye el esfuerzo con un regalo de vida, dictando además el paso del tiempo y demarcando, en su sucesión periódica y ordenada, una dinámica sencilla y hermosa. Alcarràs, segunda película de Carla Simón, nos presenta el colapso de esta perfecta belleza.

    Mediante un acercamiento naturalista y sin prácticamente otros recursos, la cámara observa de manera atenta, se sienta a la mesa con sus personajes y consigue un tremendo efecto de cercanía, un vínculo tan intenso, que parece fundir las fronteras, desdibujando cualquier disonancia entre quién es observado y quién observa, por momentos alcanzando casi un estado de interacción. Cada uno de los miembros de esta familia, los Solé, está escrito con muchísima delicadeza, y sus líneas de diálogo evitan con acierto recurrir a sobreexplicaciones y contextualizaciones para comunicarse al otro lado de la pantalla; no hace falta. Porque esta es una historia claramente reconocible, partiendo de una premisa muy básica y presentando a cada uno de los miembros de la familia con la sobriedad de la sencillez.

    Lo que resulta casi alquímico es cómo germinan, sin manipulaciones estéticas, destellos de emotiva belleza en algunas secuencias y que encierran, a su vez, un profundo significado discursivo. Como la primera escena a su vez prólogo y profecía, que presenta a la pequeña Iris (Ainet Jounou) y sus dos primos gemelos jugando dentro de un coche destartalado que es un pequeño paraíso, en el que tiempo no importa o solo está dictado por los mecanismos de la naturaleza y no de otra índole, no hay juicios de valor sobre las cosas, simplemente se aceptan y se toman, como con el propio trabajo de tierra y sus frutos; un paraíso, decíamos aparentemente atemporal que desvela una fragilidad inevitable —y, por ello, terrible—, cuando se acerca un operario de grúa que echa a los niños y recoge el coche para llevarlo a desguace. Prólogo y profecía, pues es esto mismo lo que está ocurriendo paralelamente en la casa familiar: una promesa como acto de gratitud durante los años más oscuros de la Guerra Civil, transmitida de generación en generación, parecía el único y orgánico modo de concebir el mundo de las personas y las cosas. La digna pureza del trabajo de la tierra proporcionaba el sustento y modelaba a su vez el devenir de los días, de los meses y los años, sin intervención de herramientas más complejas que el esfuerzo, la dedicación y la disciplina; y no hay excusas de inocencia que valgan como justificación de lo inesperado, pues la palabra era más importante que el papel, y la transmisión de un juramento valía más que cualquier notaría. Por desgracia, de manera análoga a aquel juego infantil del inicio, este modelo de vida comienza a resquebrajarse desde los cimientos en el momento en el que el menor de los Pinyol, miembro de una nueva generación, terrateniente tecnócrata e ignorante, reclama en propiedad las tierras a la familia, y no hay promesa ni tradición que valga, pues esta es la era del ultraprogreso, de la agricultura extensiva la producción en serie. De repente, este paraíso sin relojes se da de bruces con la antesala de su fin, al acabar el verano.

    por Luis Enrique Forero Varela
    abril 28, 2022

    Crítica | Alcarràs

    por Luis Enrique Forero Varela | abril 28, 2022

    El verano en que todo cambia

    Crítica ★★★★★ de Verano 1993 (Estiu 1993, Carla Simón, España, 2017).

    La primera imagen que tenemos de Frida corresponde a la noche de San Juan de 1993. De espaldas, en una plaza de Barcelona, juega con otros niños a Un, dos tres, pollito inglés. Aguanta, tratando de mantenerse inmóvil, con los brazos en alto. Tras intentar desestabilizar con unas muecas a otro compañero de juego, el niño que “paga” (es decir, el que cuenta hasta tres de cara a la pared), se acerca a ella y le pregunta por qué no está llorando. En ese momento Frida parece rendirse y baja los brazos, a lo que el niño le responde de manera inmediata: ¡Estás muerta! Valdría la pena detenerse ante este pequeño detalle que ocurre justo al inicio de la cinta para poner de relieve uno de los grandes temas sobre los que se asienta Estiu 1993. Resulta, como poco, curioso, que en la mayoría de juegos infantiles la muerte se relacione con el acto de perder no tanto física como moralmente. En un mundo que transita entre tableros del juego de la oca o el parchís y juegos callejeros como el pilla-pilla o el escondite, la imposibilidad de ganar puede que sea uno de los mayores dramas. Perder una partida de cualquier pasatiempo resulta una de las primeras frustraciones a las que debemos hacer frente en nuestra infancia. Es algo superable, que nos puede hacer llorar al principio, pero a lo que en seguida nos acostumbramos, de lo que aprendemos a reponernos. Sería, de algún modo, el primer contacto con el concepto metafórico de la muerte. Un concepto que se nos presenta incompleto, totalmente edulcorado y vaciado de su significado total pero que se cuela en el vocabulario y forma parte del día a día del patio del colegio. La muerte vuelve a aparecer en dos ocasiones más a lo largo de la cinta. Nada más llegar al pueblo para vivir con sus tíos tras el fallecimiento de su madre, Frida acompaña a su tía Marga a la carnicería. Allí, ante sus ojos, con la mecánica inclemencia de su trabajo, la carnicera trocea un conejo siguiendo las instrucciones de la clienta. El impacto de la visualización de ese cuerpo inerte y despellejado y la violencia que se ejerce sobre él queda patente en el rostro de Frida. Pero una loncha de jamón que la carnicera le regala con ternura suaviza la impresión inicial. De nuevo, el concepto de la muerte se presenta incompleto y la niña acaba asimilándolo. El tercero, que ocurre ya casi en el desenlace, es quizás el más revelador. Frida asiste a la matanza de una cabra y es entonces cuando la muerte se presenta de un modo más completo: un tajo en la garganta, la vida que se apaga dando sus últimos sonidos, un hilo de sangre por el que se escapa el último aliento. Y la intensa mirada de Frida lo observa, lo codifica, lo asimila. Aunque tan solo hayan pasado un par de meses desde que aquel niño le espetará que estaba muerta en un inocente juego en una plaza de la Ciudad Condal, Frida, sin haber perdido su condición de niña, es ahora más consciente del vacío que se abre tras la muerte, algo que antes parecía algo mucho más liviano y lejano.

    Sirvan estos tres momentos para demostrar lo que, en última instancia, nos cuenta la película: un proceso de adaptación. Carla Simón debuta en Estiu 1993 con una historia autobiográfica en la que Frida actúa como su álter ego, como vehículo para poner en imágenes los recuerdos de su historia: los de una niña que con solo siete años debe marcharse a vivir con sus tíos y su prima a un pueblo de La Garrotxa gerundense tras la muerte de su madre por sida. No es la primera ni la última narrativa sobre la adaptación y la asimilación a una situación nueva, pero la particularidad de esta pequeña obra maestra está en la posición de su mirada, en cómo coloca el punto de vista a la altura de Frida y se mantiene fiel a esta decisión a lo largo de todo el metraje. Y así, a través de conversaciones medio susurradas y de momentos entrecortados, Frida se empieza a relacionar con su nueva realidad. Y es que ese proceso de ajuste al que aludíamos anteriormente no solo afecta a la pequeña. Simón parte de los sentimientos íntimos a los que afronta Frida para ir apuntando los conflictos individuales de los adultos, pero también a los mecanismos familiares y a las interacciones sociales de un pueblo de la comarca catalana. Y todo se muestra desde la sutileza narrativa de quien ha colocado el punto de entrada de la información a la altura de alguien a quien le cuesta tanto decodificarlo, a quien se le esconde gran parte de la verdad en un intento de protección. Así, son estos pequeños detalles (desde el miedo inicial de una madre al contagio del sida, una enfermedad tabú, hasta la imagen de Frida casi presidiendo las fiestas populares del pueblo se adivina que hay un gran trecho) los que construyen una película mucho más rica, compleja y polifónica de lo que se podría pensar a primera vista. Estiu 1993, en ese sentido, articula una relación entre la madurez y la niñez muy estimulante: desde la distancia de los años y el recuerdo de ese momento, Simón construye una película que parte sin esconderlo de la sensibilidad infantil, pero por las rendijas de sus sentidos se cuelan pequeñas píldoras de información que se vuelven a decodificar por el espectador adulto para construir el contexto completo de lo que está aconteciendo. Un dispositivo que, si bien es cierto que escurre la explicitación de los detalles pormenorizados de cada acontecimiento, es capaz de proporcionar una experiencia inmersiva completa en el momento, el lugar y en la intimidad de su protagonista. Así, podríamos afirmar que Estiu 1993 es una película parca en explicaciones y subrayados. No los necesita. En el cine el drama siempre se manifiesta en dos espacios fílmicos: por un lado, se encuentra en la intimidad de los personajes, en la trama propiamente dicha, en lo que les acontece; por otro, lo dramático se subraya en el nivel formal, en el aparato que se pone en funcionamiento para hacer aflorar en forma de imagen esos sentimientos. Simón consigue que la intimidad salga a la luz y nos atrape sin necesidad de una puesta en escena que se apoye en excesivas trampas o artilugios. Estiu 1993 es pura narración de observación. Está filmada desde el convencimiento de que la emoción puede (y debe) partir de las interacciones entre los personajes. Su éxito reside en el sosiego y la precisión emocional de sus planos, en el montaje que permite que las situaciones respiren y que cada pequeño gesto encuentre su espacio, en la absoluta adhesión a una puesta en escena que premia la naturalidad por encima del virtuosismo. Su desbordante sensibilidad para narrar y mostrar el proceso al que se enfrenta su protagonista sustituye cualquier recurso adicional que se sitúe fuera de la propia historia, ajeno al recuerdo propiamente dicho.

    por Anónimo
    julio 13, 2017

    Crítica | Verano 1993

    por Anónimo | julio 13, 2017

    Riesgos

    Crónica de la novena y última jornada de la 67ª edición del Festival de Berlín.

    Ahora que está a punto de echar el cierre esta edición, cuando uno sale de una película que no le ha conquistado en exceso ya no sabe hasta qué punto es fruto del cansancio acumulado. Un festival son películas, entrevistas, carreras entre pases… pero también madrugones, cafés, conversaciones y mucho trabajo. Pero no se preocupen, no es momento ni el lugar de quejarse (como dirían algunos, sarna con gusto no pica). Puede que la ilusión de empezar este festival se haya ido desvaneciendo poco a poco a causa de la falta de sueño y del nivel de las películas presentadas. Porque esto último será, junto con el palmarés, por supuesto, el tema estrella en todos los corrillos. ¿La selección a concurso ha sido mejor o peor que la de año pasado? ¿Y si tenemos en cuenta el resto de secciones? ¿La calidad de esta Berlinale ha subido o ha bajado? Poco importa. El pulso al cine está tomado y el resultado es que, intentando dejar a un lado la tiranía de Cannes, nos llegan numerosas propuestas que nos dan largo y tendido para hablar de quiénes somos, nuestras contradicciones, nuestros anhelos, las sociedades que construimos, la historia que forja el presente… Y eso, aunque pueda resultar baladí, es importantísimo. Al cine, más allá de cualquier otra cosa, deberíamos pedirle que nos haga reflexionar, que nos acerque a este mundo que vivimos de otra manera. En esta Berlinale eso ha quedado muy patente. Puede que haya que buscarlo en secciones como Fórum, Panorama o Generation Plus. Posiblemente haya que atreverse a adentrarse en lo desconocido y a no conformarse con lo que la Sección Oficial nos ofrece para luego despotricar de si las películas no están a la altura. No. Desde aquí reivindicamos el riesgo de los márgenes que, entre otros, nos ha permitido descubrir pequeñas joyas como El mar nos mira de cerca, de Manuel Múñoz Rivas, El mar la mar, de Joshua Bonetta y J. P. Sniadecki, o Estiu 1993, de Carla Simón, que reseñamos más abajo.

    por EAM
    febrero 18, 2017

    Berlinale 2017 | Día 9. Críticas: Ana, mon amour, Estiu 1993, Have a nice day, Logan, Self-criticism of a bourgeois dog

    por EAM | febrero 18, 2017

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