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    Clásicos 1980
    Clásicos 1980

    Aquella granja al pie de las colinas de Ngong

    Memorias de África (Out of Africa, Sydney Pollack, EE.UU. 1985).

    Director, productor y actor estadounidense, Sydney Pollack fue, sin duda, uno de los nombres imprescindibles de la industria durante cinco décadas, desde que debutara con La vida vale más (1965) hasta su fallecimiento en 2008. Excelentes películas como Danzad, danzad, malditos (1969), Yakuza (1974) o Ausencia de malicia (1981) y grandes éxitos de taquilla como Tootsie (1982) o La tapadera (1992) dejaron constancia de su buena sintonía con crítica y público, siendo especialmente recordadas sus colaboraciones con el actor Robert Redford, con quien llegó a trabajar en siete títulos. Propiedad condenada (1966) –coprotagonizada por Natalie Wood–; el western Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972); el exitoso drama romántico Tal como éramos (1973) –a mayor gloria de Barbra Streisand–; el notable thriller de espionaje Los tres días del cóndor (1975); El jinete eléctrico (1979) –con una Jane Fonda en la cresta de la ola– y Habana (1990), especie de revisión de la mítica Casablanca (Michael Curtiz, 1942) ambientada durante la revolución cubana en los años 50, fueron las películas que Pollack y Redford dejaron para la posteridad, aunque, tal vez, la más famosa de todas sigue siendo Memorias de África (1985), todo un referente en cuanto a cine romántico, con todos sus ingredientes combinados de manera perfecta para forjar un clásico del género que mantiene intacta su capacidad de seducción treinta años después de su estreno.

    Publicado en 1937, Memorias de África es un libro de memorias en el que la escritora danesa Karen von Blixen-Finecke narra, bajo el seudónimo de Isak Dinesen, muchos de los recuerdos de los diecisiete años que vivió en Kenia. A finales de 1913, Karen Dinesen era una joven de 28 años proveniente de una familia adinerada que, ante el temor de quedarse soltera (algo no especialmente bien visto en la sociedad de la época), realizó un pacto con su primo, el Barón Bror von Blixen-Finecke, con quien mantenía una estrecha relación de amistad y complicidad, dado el carácter indómito que compartían. Éste consistió en la celebración de un matrimonio por interés en el que el esposo se beneficiaría del patrimonio de ella para poner en pié una granja de vacas en la colonia británica del África Oriental, mientras que Karen obtendría el título nobiliario. Una vez en tierra africana, la mujer se encontró con una realidad bien diferente a la que se había imaginado. Bror cambió de planes e invirtió el dinero en unas plantaciones de café que, por las características del lugar y el clima, tenían todas las papeletas para convertirse en una ruina. Al mismo tiempo que Karen se enamora rápidamente del continente y su gente, a la que trataba con amabilidad, a pesar de estar en una posición de superioridad en aquella tierra feudal, su matrimonio comenzó a tambalearse. El Barón realizaba constantes (y largas) escapadas, escudándose en su pasión por la caza, dejando sola a su esposa al frente de los problemas de la granja. Karen, que en un principio había parecido asumir las condiciones de su casamiento (los sentimientos quedarían en un segundo plano), había empezado a tener verdadero afecto hacia Bror y echaba en falta la figura de un compañero a su lado. La irrupción en su vida del cazador Denys Fin Hatton le hizo volver a sentir la pasión por un hombre, iniciando un romance marcado, hasta la prematura muerte de él en un accidente de aviación, por los altibajos debidos a la escasa predisposición del cazador a renunciar a su vida libre y salvaje para sentar cabeza en una relación convencional. Memorias de África es un relato apasionante (y apasionado), no solo en la faceta romántica y personal de la vida de su protagonista –una heroína de armas tomar en la línea de los grandes personajes del género, como la Escarlata O´Hara de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939)–, sino también en el amor que sus letras desprenden hacia el continente africano, sus costumbres y gentes, con largos segmentos que describen el comportamiento de los nativos masáis.

    Memorias de África (Out of Africa, Sydney Pollack, EE.UU. 1985).

    «Memorias de África es un relato apasionante (y apasionado), no solo en la faceta romántica y personal de la vida de su protagonista, sino también en el amor que sus letras desprenden hacia el continente africano, sus costumbres y gentes, con largos segmentos que describen el comportamiento de los nativos masáis».


    Tres años después de reventar las taquillas con Tootsie –más de 177 millones de dólares recaudados solo en USA–, que, además, cosechó excelentes críticas y fue nominada a 10 Oscars (incluyendo los de mejor película y director), Pollack se decidió a llevar a la gran pantalla las experiencias de Von Blixen, sobre un guion de Kurt Luedtke que, además del libro homónimo, también bebía de otras obras como Isak Dinesen: The Life of a Story Teller, de Judith Thurman, o Silence Will Speak, de Errol Trzebinski, y, muy especialmente, de Sombras en la hierba, de la propia Von Blixen. Se trataba de un proyecto largamente acariciado que, de forma originaria, perteneció a Greta Garbo y estuvo a punto de llevarse a cabo, en varias ocasiones, con realizadores tan reputados como Orson Welles, David Lean o Nicolas Roeg llevando las riendas. Por fin, en 1985, la Universal puso en las manos de Pollack un generoso presupuesto (para la época) de 28 millones de dólares para poner en marcha la que se convertiría en una de las películas más archifamosas de la década de los ochenta. Sin duda, el mayor as del que dependía el éxito o el fracaso de la cinta, residía en la elección de una actriz con la suficiente fuerza y carisma para estar a la altura de un personaje femenino que era un auténtico bombón. Tras barajarse el nombre de la veterana Audrey Hepburn, finalmente éste recayó en Meryl Streep, la intérprete del momento que, a sus entonces 36 años, ya había conseguido ganar dos Oscars –mejor actriz de reparto por Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) y actriz principal por La decisión de Sophie (Alan J. Pakula, 1982)–, siendo también nominada por El cazador (Michael Cimino, 1980), La mujer del teniente francés (Karel Reisz, 1981) y Silkwood (Mike Nichols, 1983). Su fichaje no pudo ser más acertado, personificando a una Karen von Blixen perfecta, otorgándole el carácter indomable y valiente requerido y logrando una extraordinaria química con los dos actores con los que coprotagonizó el filme, muy especialmente con un Robert Redford que se había apropiado del papel de Denys, por encima de un Jeremy Irons que realizó incontables esfuerzos por conseguirlo. El tercero en discordia, dando vida a Bror, fue el actor y director de origen austríaco Klaus Maria Brandauer, que había saltado a la fama con su papel en la oscarizada Mephisto (István Szabó, 1981) y fue el villano de aquella aventura extraoficial de 007 titulada Nunca digas nunca jamás (Irvin Kershner, 1983), con Sean Connery retomando el papel de agente en medio del reinado de Roger Moore. Brandauer está espléndido y, pese a contar con menos presencia en pantalla, no se deja opacar por las estrellas protagonistas.

    Resulta curioso cómo Memorias de África llegó a calar tanto como cinta “romántica”, teniendo en cuenta la constante frustración de su personaje femenino por no ser correspondida como desea por ninguno de sus dos hombres. Tal vez la imagen de maduro galán de Redford –en su mejor momento físico a sus casi 50 años– ejerciendo de solitario cazador, los preciosos escenarios naturales en los que se desarrollaba su romance con Streep (potenciados por una maravillosa fotografía de David Watkin) y la ensoñadora partitura musical de John Barry, en uno de sus mejores y más famosos trabajos, lograron idealizar una historia, por otra parte, no exenta de ingredientes más delicados –una enfermedad de transmisión sexual que pone a la protagonista al borde de la muerte; la malaria que sesga la vida de Berkeley, el socio de Denys, y la relación interracial que éste mantiene, casi en secreto y durante años, con una chica somalí (encarnada por la supermodelo Imán, viuda de David Bowie); la ruina económica–. Para contrarrestar, momentos tan idílicos como el paseo en avioneta de los amantes, con esas hermosas panorámicas de África a vista de pájaro; Denys lavándole amorosamente el cabello a Karen; o la mágica escena en la que ella ameniza la velada a los cazadores contándoles cuentos al calor de la chimenea, fueron claves a la hora de hacer del filme uno de los títulos más emblemáticos del género romántico en su vertiente más exótica y con una guerra como telón de fondo (en este caso, la Primera Guerra Mundial). Tan solo El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996), también ganadora de nueve Oscars, consigue acercársele en popularidad, sobre todo entre el público femenino. Pero casi tan importantes como sus relaciones amorosas, son en la cinta los fuertes lazos de amistad y complicidad que Karen llegó a establecer con algunos de sus empleados, especialmente con el joven cocinero Kamante y con el criado somalí Farah, su más fiel compañero de fatigas a lo largo de sus diecisiete años de vida en el continente africano, en aquella granja a los pies de las colinas de Ngong.

    Memorias de África (Out of Africa, Sydney Pollack, EE.UU. 1985).

    «Hoy, cuando ya se han cumplido 30 años desde su estreno, Memorias de África se ha ganado a pulso su categoría de clásico. Una obra maravillosa en todos los sentidos; un placer para la vista y para los oídos que, como pocas veces en la Historia del Cine, debe mucho de su impacto a la poderosa música del maestro John Barry».


    Memorias de África, pese a sus más de dos horas y media de duración, es una obra que consigue atrapar al espectador en todo momento, seduciéndole con un romanticismo, en contra de lo que pueda parecer, no demasiado almibarado, y protagonizado por unos personajes maduros que se aceptan los unos a los otros con sus defectos (para bien o para mal, tanto Bror como Denys son sinceros en todo momento con Karen respecto a hasta dónde están dispuestos a ofrecer en sus relaciones) y que tienen muy claras sus prioridades vitales. Su carácter intimista (cuando no contemplativo), se ve únicamente roto por los leves toques de aventura de los que el relato se impregna en las emocionantes escenas de cacería y esos encuentros de Denys y Karen con unos leones que, finalmente, adquieren un papel casi poético dentro de la historia, cuando él es enterrado en una colina y éstos acuden a dormir sobre su tumba. La combinación perfecta de todos sus ingredientes hicieron del filme un enorme triunfo crítico y comercial. Memorias de África pasó como una auténtica apisonadora en la ceremonia de los Oscars, siendo la mayor damnificada El color púrpura, de Steven Spielberg. Ambas partían como favoritas, con once nominaciones cada una, y mientras el trabajo de Pollack se llevó siete estatuillas –mejor película, director, guion adaptado, banda sonora, fotografía, dirección artística y sonido–, el drama racial de Spielberg se fue de vacío. Pese a que Streep perdió en esta ocasión la batalla frente a la veterana Geraldine Page de Regreso a Bountiful (Peter Masterson), su interpretación de Blixen siempre quedará como una de sus más recordadas demostraciones de versatilidad. En taquilla, recaudó la friolera de 128 millones de dólares en todo el mundo (solo 87 fueron en suelo americano), todo un éxito teniendo en cuenta que en aquellos momentos arrasaban productos de índole más comercial como Regreso al futuro (Robert Zemeckis) o Rambo 2 (George P. Cosmatos). Hoy, cuando ya se han cumplido 30 años desde su estreno, Memorias de África se ha ganado a pulso su categoría de clásico. Una película maravillosa en todos los sentidos; un placer para la vista y para los oídos que, como pocas veces en la Historia del Cine, debe mucho de su impacto a la poderosa música del maestro John Barry.


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 1985. Título original: Out of Africa. Director: Sydney Pollack. Guion: Kurt Luedtke (Novela: Isak Dinesen). Productor: Sydney Pollack. Productoras: Mirage Entertainment / Universal Pictures. Presupuesto: 28.000.000 dólares. Recaudación mundial: 128.499.205 dólares. Fotografía: David Watkin. Música: John Barry. Montaje: Pembroke J. Herring, Sheldon Khan, Fredric Steinkamp, William Steinkamp. Vestuario: Milena Canonero. Dirección artística: Colin Grimes, Cliff Robinson, Herbert Westbrook. Reparto: Meryl Streep, Robert Redford, Klaus Maria Brandauer, Michael Kitchen, Malick Bowens, Michael Gough, Suzanna Hamilton, Graham Crowden, Rachel Kempson, Leslie Phillips, Shane Rimmer, Iman.

    Póster: Memorias de África (Out of Africa, Sydney Pollack, EE.UU. 1985).
    por José Martín León
    febrero 06, 2016

    Cineclub | Memorias de África (1985)

    por José Martín León | febrero 06, 2016

    El niño que siempre llevaremos dentro

    Los goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985).

    Si hubo una época realmente gloriosa para el cine más aventurero y la fantasía en estado puro, esa fue la nostálgica década de los ochenta. Un nombre que fue clave en este periodo fue el del director, guionista y productor Steven Spielberg que, al mismo tiempo que realizaba excelentes espectáculos del tipo En busca del arca perdida (1981), E.T., el extraterrestre (1982) o Indiana Jones y el templo maldito (1984), estuvo detrás de exitosos proyectos como Gremlins (Joe Dante, 1984), Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985) o El secreto de la pirámide (Barry Levinson, 1985) que, estando dirigidos por otras personas, tenían su impronta visual de calidad en cada fotograma. Una de las obras más celebradas popularmente de esta corriente ochentera fue Los goonies (1985), una divertida y emocionante aventura juvenil que se convirtió en la gran abanderada de los niños que nacieron a mediados de los 70 y principios de los 80, y, para los que, sin duda, adquiere un plus de valor sentimental. Este año se cumplen 30 años desde su estreno y lo cierto es que mantiene todo su encanto intacto, así como un aspecto visual envidiable, doblemente meritorio al no existir por aquel entonces los sofisticados efectos especiales de la actualidad, que obligaban a que el trabajo fuese mucho más artesanal y laborioso.

    Al igual que hiciera en la terrorífica Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), Steven Spielberg urdió la historia a la que Chris Columbus —luego director de taquillazos como Solo en casa (1990) o Señora Doubtfire (1993)— dio forma en su guion de Los goonies. El encargado de dirigirla fue Richard Donner, un cineasta que había demostrado un excelente sentido del espectáculo en éxitos como La profecía (1976) o Superman (1978), convertidos además en dos auténticos clásicos del cine. Un presupuesto bastante generoso para la época (19 millones de dólares) y la seguridad de contar con el Rey Midas de Hollywood en la producción (y montaje, aunque no estuviese acreditado), fueron dos armas sobre las que se construyó este pequeño clásico que resultó todo un triunfo al amasar más de 61 millones de dólares de recaudación en todo el mundo. El argumento de Los goonies es (y ahí radica gran parte de su efectividad) de lo más simple. La acción arranca en un pequeño e idílico pueblo costero de EE.UU. —la cinta está íntegramente rodada en Astoria (Oregón)—, donde unos promotores inmobiliarios sin escrúpulos están a punto de expulsar a todos los vecinos de sus hogares para construir un campo de golf. Un grupo de niños, amigos desde la infancia, se disponen a pasar su último fin de semana juntos antes de tomar caminos diferentes con sus respectivas familias en diferentes puntos de la geografía. Se hacen llamar “los goonies” y son todo lo excéntricos, alegres y fantasiosos que pudieran ser los chicos de aquellos años. Es una tarde lluviosa de otoño y no se les ocurre otra cosa que investigar entre los trastos viejos que los padres de Mikey guardan en el desván antes de que vayan a parar a un museo. Es allí donde aparece, como por arte de magia, un viejo mapa del tesoro que data de 1632 y parece indicar la situación del botín de rubíes, esmeraldas y diamantes del pirata Willy el Tuerto, desaparecido junto a la tripulación de su barco “El Infierno” en su huida de la armada del rey de Inglaterra. Ni cortos ni perezosos, los protagonistas se embarcan en la aventura de su vida con la intención de encontrar unas riquezas que serían la última oportunidad de salvar su pueblo y mantenerles unidos.

    por José Martín León
    agosto 13, 2015

    Cineclub | Los goonies (1985)

    por José Martín León | agosto 13, 2015

    GIANCALDO, MON AMOUR

    Cineclub | Cinema Paradiso, dirigida por Giuseppe Tornatore, Italia, 1988.

    Hay una frase que dice que nuestros sueños son nuestra única vida real. Tal vez sea por su fuerza, su incidencia, o la claridad con la que nos alumbran y permanecen dentro de nuestras cabezas pese al paso del tiempo, también los recuerdos se convierten en nuestra única existencia paralela, un foso lleno de imágenes que se resisten a desaparecer. Desde que somos niños y hacemos uso de nuestras memorias, ambas cosas, recuerdos y sueños, van creciendo como flores y malas hierbas en nuestros interiores, algo que de lo que jamás podremos desprendernos. Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) nos ha enseñado que si amas verdaderamente a una mujer, pierdes la cabeza por las películas, y quieres a un amigo contra viento y marea, esas pasiones permanecerán incorruptibles, unidas a nosotros irremediablemente como la otra cara de nuestras monedas. Por este mismo motivo, un cuarto de siglo después de su lanzamiento, este filme italiano sigue siendo uno de esos cuentos cinematográfico que conjugan con acierto, encanto y atemporalidad los mejores ingredientes para cautivar el corazón de cualquier espectador que aún no haya viajado con Totó a Giancaldo, un pequeño pueblecito italiano donde, en los años 40, la población concentrada sus ilusiones y aparcaba los temores y las vicisitudes de la posguerra en los butacones de esa hermosa y pintoresca sala de cine que da nombre a la obra.

    Para comenzar a relatar la historia encargada de transmitir las experiencias vitales más importantes de su protagonista, Salvatore di Vita (Jacques Perrin) además de personificar una declaración de amor metacinematográfica hacia el séptimo arte, empieza el filme con una llamada telefónica. Ya entrado en la madurez, Salvatore es un afamado y prestigioso director de cine afincado en Roma, y cuando una noche regresa a su piso, su novia le comenta que su madre ha telefoneado desde su pueblo natal para informarle de que un tal Alfredo ha fallecido. Con la duda por parte de esa mujer sobre quién es el hombre que ha muerto, comienzan a desfilar una serie de recuerdos en retrospectiva, que discurren en orden cronológico desde la infancia a la vida adulta de su protagonista; unas experiencias marcadas por la pobreza, el ansia de superación, el vitalismo, la soledad, el amor y la asimilación de las frustraciones, bajo el amparo incondicional del cine. Ennio Morricone tiñe de magia las casi tres horas de duración de una película que retrocede tres décadas desde su punto de inicio y nos presenta a Totó, el hijo diminuto y avispado de una viúda de guerra, de ojos brillantes y orejas de soplillo, que desde muy pequeño se ve maravillado por la labor artesanal que existía en la sala de proyecciones.

    por Anónimo
    septiembre 08, 2014

    Cine Club | Cinema Paradiso (1988)

    por Anónimo | septiembre 08, 2014
    Blade Runner

    Los androides soñadores de Philip K. Dick

    Cine Club | Blade Runner, Ridley Scott, 1982

    Pese a que sus últimos trabajos, no exentos de calidad, adolecen de cierta irregularidad –Robin Hood (2010), Prometheus (2012), El consejero (2013)– no se puede poner en duda que Ridley Scott fue uno de los cineastas más influyentes de la década de los 70. Su debut con la aventura histórica Los duelistas (1977), ambientada durante las guerras napoleónicas, fue una inmejorable carta de presentación que le valió el premio a la Mejor Ópera Prima en Cannes y el David di Donatello al Mejor director extranjero. Con su segundo trabajo, Alien el octavo pasajero (1979), Scott no solo logró una de las cumbres de la ciencia ficción en su vertiente más terrorífica, sino que también inauguró una de las franquicias más exitosas del género, con uno de los monstruos más icónicos de la Historia del Cine. Cuando parecía que le sería imposible superar a esta obra maestra, el director sorprendió a propios extraños con un nuevo y ambicioso proyecto, también enmarcado dentro del cine de ciencia ficción: Blade Runner (1982), basado en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick –un autor de cuyas obras saldrían películas del calibre de Desafío total (1990, Paul Verhoeven), Minority Report (2002, Steven Spielberg) o A Scanner Darkly (2006, Richard Linklater)–.

    Lo primero que llama la atención de Blade Runner es que, pese a ser una historia futurista, claramente enmarcada en la ciencia ficción, posee una estructura tremendamente deudora del cine negro americano de los años 40. Más allá del decadente paisaje que presenta la ciudad de Los Ángeles de 2019, repleta de enormes refinerías que contaminan el aire a golpe de espectaculares llamaradas –con una incesante lluvia ácida como resultado de los cambios climáticos–; descomunales pantallas anunciando múltiples productos –icónica la imagen de la geisha– en todas las azoteas y el buen número de aeronaves sobrevolando los cielos en medio de miles de luces centelleantes, la historia viene a ser una revisión de las aventuras detectivescas de Philip Marlowe. Al igual que en, por ejemplo, El sueño eterno (1946, Howard Hawks), protagonizada por el inolvidable Humphrey Bogart, el Rick Deckard encarnado por Harrison Ford debe hacer frente a una investigación que no le resulta especialmente cómoda, poblado de mujeres fatales –aquí materializadas en sensuales y muy letales androides de última generación– e intrigas que salpican a las grandes esferas. Ambos títulos respiran idéntica turbiedad tanto en los ambientes como en la descripción de su antihéroe, un hombre que no parpadea a la hora de traspasar los límites de la legalidad a la hora de hacer cumplir su trabajo. Deckard es un desencantado blade runner –agente de policía destinado al retiro (por eliminación) de replicantes ilegales– al que se le encarga la misión de dar caza a un grupo de cuatro de estos androides –sofisticados NEXUS 6 superiores en fuerza e inteligencia a los humanos, pero diseñados para vivir una corta existencia de cuatro años– que han huido de una colonia espacial y han entrado en la Tierra con intenciones desconocidas. El grupo lo forman Roy Batty (Rutger Hauer), líder especialmente peligroso e inteligente; Pris (Daryl Hannah), seductor modelo creado para el “placer” de los humanos y pareja sentimental de Roy; Leon (Brion James), creado para trabajos forzados en la eliminación de basuras y, por ello, más propenso a los arrebatos de violencia bruta; y Zhora, una atractiva bailarina exótica que realiza peligrosos números con serpientes artificiales.

    por José Martín León
    junio 25, 2014

    Cine Club | Blade Runner (1982)

    por José Martín León | junio 25, 2014
    Cuenta conmigo, de Rob Reiner

    El verdadero significado de la palabra amistad

    Cine Club | Cuenta conmigo, Stand By Me, de Rob Reiner, 1986

    “Nunca he vuelto a tener amigos como los que tuve a los 12 años. Dios mío, ¿alguien los tiene?”. Con esta nostálgica reflexión, realizada por la voz en off de Richard Dreyfuss, culmina Cuenta conmigo (1986), una película especial y maravillosa que se ha ganado, por méritos propios, su hueco entre lo mejor que dio la década de los 80. Hoy vamos a desgranar los ingredientes que hicieron que esta receta perfecta obtuviera tan magníficos resultados, no sólo a nivel artístico, sino instalándose en los corazones de los espectadores que, generación tras generación, encuentran en la película el verdadero significado de la palabra amistad. La adolescente, toda camaradería incondicional y sinceridad, lejos de cualquier interés o doblez. Lo primero que llama la atención de este proyecto es el origen de su historia, una novela con tintes autobiográficos titulada The Body, obra de Stephen King. Este escritor, un auténtico superventas, es más famoso por sus novelas de terror, las cuales comenzaron a ser adaptadas al cine sucesivamente tras el gran éxito de Carrie (1976, Brian De Palma). Hollywood es capaz de reconocer la gallina de los huevos de oro a la legua y así lo hizo con King. El resplandor (1980, Stanley Kubrick), Christine (1983, John Carpenter), Cujo (1983, Lewis Teague) o La zona muerta (1983, David Cronenberg) dieron buenos dividendos en taquilla y, prácticamente todos, están considerados clásicos del cine de terror hoy en día. Con Cuenta conmigo, sin embargo, descubrimos a un Stephen King más emocional, con una delicadeza inaudita a la hora de retratar la adolescencia. No cabe duda que sabía de lo que escribía. Existe, eso sí, algo de su gusto por lo macabro en el leitmotiv de la historia (la búsqueda del cuerpo sin vida de un muchacho por parte de los cuatro protagonistas), pero ahí acaban los puntos de conexión con sus anteriores obras adaptadas. Solo faltaba la buena mano de un director con sensibilidad para llevar el proyecto a buen puerto, aun con las dudas sobre si el público recibiría igual de bien este cambio de registro del autor. La elección de Rob Reiner no pudo ser más acertada. Acababa de tener un moderado éxito comercial con Juegos de amor en la universidad (1985), pero no fue hasta esta película cuando comenzó una inspirada etapa en la que nos entregó títulos tan memorables como La princesa prometida (1987), Cuando Harry encontró a Sally (1989) o Algunos hombres buenos (1992).

    por José Martín León
    marzo 18, 2014

    Cine Club | Cuenta conmigo (1986)

    por José Martín León | marzo 18, 2014
    Sacrificio (Offret), de Andrei Tarkovski, 1986

    El fin del mundo en claroscuro

    Cine Club | Sacrificio (Offret), de Andréi Tarkovski, 1986

    Con su testamento fílmico Sacrificio, Andréi Tarkovski retomó el camino por el que había transitado en obras como El espejo, Nostalgia y, de forma más explícita, Andrei Rublev. El hermanamiento del cine con el mundo del arte. La superación de ciertos dogmas cinematográficos como forma de abrir sus películas hacia un mundo de resonancias poéticas, libres de los límites narrativos clásicos. El maestro ruso pertenece a esa reducida estirpe de cineastas que generan casi más interés en los estudiosos de arte que en los cinéfilos. Quizá por el valor pictórico de sus largos encuadres, por su forma de contar emociones mediante los contrastes entre luces y sombras, o por el fuerte peso que tienen ciertas tradiciones del arte cristiano en sus imágenes. Sacrificio funciona en este aspecto, como veremos un poco más adelante, mediante su recurrencia a obras de Da Vinci y Bach para subrayar sus inquietudes temáticas. Pero también conecta con la poesía de místicos “extremos” como San Juan de la Cruz, por su forma de buscar la salvación espiritual de sus personajes llevando al límite sus vidas, obligándoles a “perderse a sí mismos” para volver a encontrarse. Tarkovski recurre nada menos que a un argumento apocalíptico. Alexander, su protagonista, se encuentra celebrando su cumpleaños con su familia y unos pocos amigos en una remota isla sueca, cuando irrumpe en escena el estruendo de una escuadrilla de aviones. Y poco después, la televisión anuncia una Tercera Guerra Mundial que puede acabar con el mundo. Alexander, al que en los primeros compases hemos visto expresar sus inquietudes por una humanidad que ha perdido su espiritualidad, ofrece entonces el sacrificio que da título al filme. Le pide a Dios que salve a mundo de los horrores que se anuncian, prometiéndole a cambio la renuncia a todo lo que posee: casa, afectos y familia.

    Así, Sacrificio navega por situaciones extremas, personajes desquiciados y paisajes de pesadilla. Un panorama de terror nuclear muy acorde con 1986, el año en el que se rodó. Se trata de la primera vez (y la última, puesto que Tarkovski murió meses después de terminar la película) que el cineasta pudo rodar de forma explícita la paranoia de la Guerra Fría. Sacrificio fue su única obra realizada sin el implacable control soviético, ya que la rodó desde el exilio en Suecia, con la ayuda de varios colaboradores habituales de Ingmar Bergman (el protagonista Erland Josephson, el director de fotografía Sven Nykvist) y en uno de sus escenarios más recurrentes: la isla de Gotland. No obstante, este panorama oscuro solo supone la parte de las sombras en un mundo convulso donde la luz también interviene en la lucha. La luz, que ha de vencer a la noche oscura, aparece como esa “salvación extrema” de San Juan de la Cruz encarnada en Alexander. Y en la figura de su hijo pequeño que recibe su legado. En la forma de contar esta pugna tienen mucho que ver las conexiones artísticas antes mencionadas. Tarkovski marca el tono de Sacrificio ya desde los títulos de apertura mediante un plano-detalle del cuadro de Da Vinci La adoración de los Magos. Lo acompañan las notas de La pasión según San Mateo de Bach. La elección de estas dos obras no solo adelanta el carácter general místico del filme, sino que también concreta sus búsquedas, los anhelos espirituales que lo mueven. La parte elegida de la obra de Bach (un Kyrie Eleison, es decir, una petición de piedad a Dios) no es casual. Tampoco la aparición recurrente de la pintura al óleo de Leonardo. Hay mucho en Sacrificio de su compleja simbología. Por ejemplo, de la escena que Da Vinci pinta en segundo plano: hombres peleando que dan la espalda a la manifestación divina que sucede en el centro de la composición. Pero sobre todo, hay mucho del marcado claroscuro que ocupa su escena central.

    por Miguel Muñoz Garnica
    marzo 16, 2014

    Cine Club | Sacrificio (1986)

    por Miguel Muñoz Garnica | marzo 16, 2014

    Vivo o muerto, tú vendrás conmigo

    Cine Club | Robocop, de Paul Verhoeven, 1987

    Ahora que el realizador brasileño José Padilha (responsable del prestigioso díptico de Tropa de élite) acaba de estrenar en medio mundo su moderna visión de Robocop con una recepción crítica mayoritariamente tibia y, lo que es más preocupante, decepcionantes cifras en la taquilla, encontramos una oportunidad inmejorable para echar la vista atrás, remontarnos a la añorada década de los 80 y recuperar el clásico original de Paul Verhoeven, todo un referente para el cine de acción y ciencia ficción contemporáneo. En el momento de su gestación, Robocop no las tuvo todas consigo para llegar a buen puerto. El título de la propuesta y su premisa del policía mitad humano y mitad máquina no invitaban a que esta idea de Edward Neumeier fuese fácilmente tomada en serio por los grandes estudios, pero el éxito de una modesta serie B titulada Terminator (1984, James Cameron) contribuyó para que Orion Pictures diese luz verde al proyecto. Al guionista se le ocurrió la historia al pasar junto a un cartel de Blade Runner (1982, Ridley Scott), otra obra maestra del género futurista que también tenía a robots como principales protagonistas, así que inspirándose también en los cómics de Juez Dredd, Neumer y Michael Miner escribieron el guión de Robocop, la película que supondría el primer gran éxito comercial de Paul Verhoeven para la industria americana tras su interesante etapa en Holanda con obras como Delicias turcas (1973), Eric, oficial de la reina (1977) o El cuarto hombre (1983).

    El director acababa de obtener duras críticas por la extrema violencia de algunas escenas de su primer trabajo en inglés (con gran parte de producción española), la aventura medieval Los señores del acero, por lo que necesitaba con urgencia un triunfo que le asentase definitivamente en Hollywood. Cuentan que cuando recibió el libreto de Robocop lo arrojó a la basura diciendo que era una porquería, pero que su esposa lo recogió y, tras leerlo detenidamente, acabó por convencerle de que tras la historia del robot policía se hallaban ocultas segundas lecturas muy interesantes que, a simple vista, podían pasar desapercibidas. Tampoco se veía Verhoeven capacitado para dirigir ciencia ficción, género que le era extraño pero que, curiosamente, terminó por traerle algunas de sus obras más recordadas –Desafío total (1990), Starship Troopers (1997)–. Afortunadamente, supo estar a la altura de las circunstancias y podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que Robocop no sería la estupenda película que es si detrás de las cámaras se hubiese sentado otra persona. La otra pieza importante era encontrar al actor que se enfundara el traje de metal para dar vida al protagonista y, tras barajarse muchos nombres (incluido el del mismísimo Arnold Schwarzenegger), el elegido fue Peter Weller, un intérprete alejado de lo que es una estrella pero que había llamado la atención con un puñado de pequeños títulos de culto para los amantes del cine fantástico del calibre de Q, la serpiente voladora (Larry Cohen, 1982), De origen desconocido (George Pan Cosmatos, 1983) y Las aventuras de Buckaroo Banzai a través de la octava dimensión (W.D. Richter, 1984). Weller sufrió lo indecible por las largas horas que tuvo que soportar bajo tan pesado vestuario, el cual le provocaba un calor insoportable que le hizo perder mucho peso. El sacrificio valió la pena y, pese a que lo más recordado de su actuación sea su mentón, logró con el agente de policía de Detroit Michael Murphy su trabajo más famoso.

    por José Martín León
    febrero 19, 2014

    Cine Club | Robocop (1987)

    por José Martín León | febrero 19, 2014
    El imperio del sol (1987)

    La guerra, a través de los ojos de un niño

    cine club | El imperio del sol, de Steven Spielberg (Empire of the Sun, 1987)

    A estas alturas de la vida, pocas son las voces que se atreven a alzarse en contra de las aptitudes de Steven Spielberg como excelente realizador dramático. Los siete Oscars obtenidos en 1993 con la tremenda La lista de Schindler (incluidos los de mejor película y director) supusieron el definitivo reconocimiento de la crítica, para la que hasta ese momento era básicamente el rey Midas de Hollywood, capaz de facturar un estupendo cine de entretenimiento con el que arrasaba en las taquillas de manera casi infalible. Luego vendrían Salvar al soldado Ryan (1998) –que le otorgó su segunda estatuilla como director–, Munich (2005) o Lincoln (2012), filmes “serios” que Spielberg compaginó sabiamente con sus habituales espectáculos de siempre. Sin embargo, hay que recordar que no le fue precisamente fácil lograr este equilibrio entre cineasta “de prestigio” y facturador de cine comercial. En la década de los 80, Spielberg era sinónimo de éxito y dinero. Con Tiburón (1975), Encuentros en la tercera fase (1977), En busca del arca perdida (1981), E.T., el extraterrestre (1982) e Indiana Jones y el templo maldito (1984), logró encabezar año tras año las listas de filmes más taquilleros. Únicamente su incomprendida sátira bélica 1941 (1979) le dio un pequeño disgusto. En 1985 llegó un momento decisivo en la carrera de Spielberg, rodando la adaptación de la novela de Alice Walker El color púrpura, su primera incursión en el drama. Pese a que con los años, la cinta se ha convertido en todo un clásico de los 80, las críticas se ensañaron con ella tildándola de excesivamente sentimental, traduciéndose en un estrepitoso fracaso durante la ceremonia de los Óscars donde optaba a 11 premios y se fue de vacío. El director, lejos de achantarse, decidió probar suerte dos años después con un nuevo proyecto de similares ambiciones artísticas, la adaptación al cine de la autobiografía de J.G. Ballard El imperio del sol.

    La historia arranca en 1941, durante la II Guerra Mundial en un Shanghai ocupado casi íntegramente por los japoneses. Únicamente ha sido respetada, gracias a la protección diplomática, la denominada zona de asentamiento internacional, algo así como un país dentro de otro, donde europeos y americanos continúan normalmente sus vidas de lujo, sin verse afectados por la pobreza que existe al otro lado de las alambradas. Jim Graham es un niño inglés de clase alta que vive felizmente junto a sus padres en su elegante mansión, asistiendo a fiestas de disfraces de la alta sociedad y disfrutando de su pasión por los aviones. Vive en una burbuja, sobreprotegido, ajeno a la guerra que asola el país. Pero esta inocencia se verá violentamente destruida cuando el mismo día del ataque a Pearl Harbor, Jim y su familia se vean obligados a dejar atrás sus posesiones materiales para tratar de escapar de China, con tan mala fortuna que el pequeño se separa de sus padres en medio de la multitud que huye desesperada por las calles. Jim va a parar a un campo de concentración situado junto a un aeropuerto militar chino. Durante sus largos cuatro años de cautiverio, pasará de ser un miedoso niño a convertirse en un precoz hombre, ingeniándoselas para sobrevivir en condiciones infrahumanas (de su amigo, el maleante Basie, aprenderá que se puede ser capaz de cualquier cosa por una patata, aunque esté infestada de gorgojos) sin perder un ápice de su talante alegre y altruista, ya que también se dedica a hacer la vida más llevadera al resto de los prisioneros, entre ellos el matrimonio Victor, que suple de alguna manera la ausencia de los auténticos padres del muchacho.

    por José Martín León
    octubre 14, 2013

    Cine Club | El imperio del sol (1987)

    por José Martín León | octubre 14, 2013
    Evasión o Victoria

    ALEMANIA VS. SELECCIÓN ALIADA

    crítica de Evasión o victoria | Victory, John Huston, 1981

    Esta semana visita nuestra sección uno de los mayores directores de todos los tiempos, John Huston, y lo hace con una de sus obras más cuestionadas y, a la postre, una de las más simpáticas: Evasión o victoria (1981). Está claro que está lejos de pertenecer al nutrido grupo de obras maestras que adornan la filmografía de este versátil realizador, que ha tocado con éxito casi todos los géneros. Del cine negro de El halcón maltés (1941), Cayo Largo (1948) o La jungla del asfalto (1950) a las aventuras de El tesoro de Sierra Madre (1948), La reina de África (1951), Moby Dick (1956) o El hombre que pudo reinar (1975), Huston nos acostumbró a un cine vibrante, que aunaba a la perfección el entretenimiento con la calidad. Pese a que su última etapa esté sembrada de títulos menores, ¿quién se atrevería a desechar un musical como Annie (1982) o un thriller mafioso a mayor gloria de Jack Nicholson y Kathleen Turner como El honor de los Prizzi (1985)?. Cuando hay un realizador de talento detrás, incluso los filmes menos trascendentes son bienvenidos. Este es el caso de Evasión o victoria que, para qué engañarse, Huston aceptó dirigir con fines alimenticios, para así poder lograr el dinero necesario para sacar adelante trabajos más personales como el de su título póstumo Dublinesses (1987) –su última obra maestra–. Y para ello tenía detrás a unos productores con el olfato comercial de Mario Kassar y Andrew G. Vajna, que se hicieron de oro con las películas de Rambo o los mayores éxitos de Paul Verhoeven.

    por José Martín León
    mayo 05, 2013

    Sesión Doble | Evasión o victoria (1981)

    por José Martín León | mayo 05, 2013
    Paisaje en la niebla
    VIAJE A NINGUNA PARTE
    crítica de Paisaje en la niebla | Topio stin omichli, Theodoros Angelopoulos, 1988

    Mirad con atención... Veis... Detrás de la marca, detrás... A lo lejos... ¿No veis un árbol?-
    Paisaje en la niebla

    por Anónimo
    abril 01, 2013

    CINE CLUB | PAISAJE EN LA NIEBLA (1988)

    por Anónimo | abril 01, 2013
    Depredador, de John McTiernan | Predator, 1987
    THE GHOST AND THE BLINDNESS
    Depredador | Predator, John McTiernan, 1987

         No solo de geniales autores como Stanley Kubrick, Martin Scorsese o Woody Allen vive el cine. También hay que reconocer a una meritoria segunda división de eficaces artesanos, capaces de hacer películas comerciales con un alto grado de calidad y sin insultar a la inteligencia del espectador. En este grupo podrían incluirse directores como Richard Donner, Walter Hill o John McTiernan, el nombre que hoy ocupa nuestra Sesión doble. Con una carrera plagada de éxitos como Jungla de cristal (1988), La caza del octubre rojo (1990) o Jungla de cristal 3: La venganza, McTiernan no siempre ha dado en la diana comercial, pero hay que reivindicar sus dos mayores descalabros - El último gran héroe (1993) y El guerrero nº13 (1999) - como estupendos vehículos para lucimiento de sus respectivas estrellas, Arnold Schwarzenegger y Antonio Banderas

    por José Martín León
    febrero 17, 2013

    SESIÓN DOBLE | DEPREDADOR (1987)

    por José Martín León | febrero 17, 2013
    Tras el corazón verde | Romancing the Stone
    CUANDO INDIANA JONES ENCONTRÓ LA NOVELA ROSA
    Tras el corazón verde | Romancing the Stone, Robert Zemeckis, 1984

         De plena actualidad gracias a su regreso al cine convencional con El vuelo (2012) tras sus experimentos en el campo de la animación, Robert Zemeckis es uno de esos directores sin los que sería imposible entender la evolución del cine de entretenimiento desde los 80 hasta la actualidad. Sus obras siempre han sido sinónimo de diversión y calidad, a partes iguales. La triunfal trilogía de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), La muerte os sienta tan bien (1992), Forrest Gump (1994), Contact (1997), Lo que la verdad esconde (2000) o Naúfrago (2000) son la prueba palpable de su eterna relación de amor con el gran público, que ha coronado cada trabajo suyo con un nuevo éxito de taquilla. El primer gran triunfo comercial de Zemeckis data de 1984 (tras un par de cintas perfectamente prescindibles) con este Tras el corazón verde, una hábil combinación de cine de aventuras (se intentó vender el producto como un sucedáneo de los filmes de Indiana Jones, que ese mismo año arrasaba con su segunda entrega en el templo maldito), comedia y romance.

    por José Martín León
    febrero 17, 2013

    SESIÓN DOBLE | TRAS EL CORAZÓN VERDE (1984)

    por José Martín León | febrero 17, 2013
    The Last Starfighter, de Nick Castle
    BIENVENIDO A LA LIGA DE LAS ESTRELLAS
    Starfighter: La aventura comienza | The Last Starfighter, Nick Castle, 1984

         Comenzamos nuestra lúdica Sesión doble de esta semana con una pequeña película de ciencia ficción de principio de los 80 que, pese a los buenos momentos que nos hizo pasar a muchos de los cinéfilos que hoy rondamos los 30 años, hoy permanece confinada a un inmerecido olvido. Se trata de Starfighter: La aventura comienza (1984), realizada por Nick Castle, al que le debemos otra interesante cinta fantástica como Más allá de la realidad (1986) o la traslación al cine de la popular serie televisiva Daniel el travieso (1993), a mayor gloria de un Walter Matthau en horas bajas.

    por José Martín León
    febrero 10, 2013

    SESIÓN DOBLE | STARFIGHTER (1984)

    por José Martín León | febrero 10, 2013
    'Lady Halcón', de Richard Donner - LadyHawke
    SIEMPRE JUNTOS, ETERNAMENTE SEPARADOS
    Lady Halcón (Ladyhawke, Richard Donner, 1985)

    He de reconocer que dentro del nutridísimo grupo de aventuras fantásticas de los 80, Lady Halcón (EE.UU., 1985) nunca ha sido de mis favoritas. Siempre he tenido debilidad por Dentro del Laberinto (1986) o Willow (1988), mientras que al filme de Richard Donner lo metería en el mismo saco que a Legend (1985), aquella fábula esteticista de Ridley Scott, como otra propuesta que, en mi opinión, podría haber dado algo más de sí. Ambos títulos comparten un impecable aspecto visual, una arrebatada historia de amor y una discutible elección de la banda sonora. Sin embargo, y siendo justos, hay que reconocer que se trata de una más que buena película que ha soportado estoicamente el paso del tiempo. En esta sesión pasaremos a desentrañar las luces y las sombras de uno de los clásicos del género por méritos propios.

    por José Martín León
    diciembre 26, 2012

    LADY HALCÓN (RICHARD DONNER, 1985)

    por José Martín León | diciembre 26, 2012
    La niebla, de John Carpenter (1980)
    EL ELIZABETH DANE VUELVE A ANTONIO BAY
    La niebla (The Fog, John Carpenter, 1980)

    Completamos nuestra Sesión doble de esta semana dedicada a John Carpenter con uno de sus clásicos más entrañables, una pequeña cinta de terror, anclada (a primera vista) dentro del subgénero de películas de zombis, que no fue muy bien recibida en el momento de su estreno. El motivo: las altas expectativas creadas tras el éxito de la excelente La noche de Halloween (1978), que dejó el listón demasiado alto para el realizador neoyorquino.

    por José Martín León
    diciembre 11, 2012

    LA NIEBLA (THE FOG, JOHN CARPENTER, 1980)

    por José Martín León | diciembre 11, 2012
    Flash Gordon, de Mike Hodges (1980)
    SPACE OPERA
    Flash Gordon (Mike Hodges, 1980)

    Una de las comedias más exitosas de los últimos tiempos, Ted (2012), nos traía esta temporada a un deslenguado oso de peluche que compartía amistad eterna con Mark Wahlberg. Los que nacimos en la década de los 70 nos encontramos en ella con un impagable regalo nostálgico: la presencia de Sam J. Jones, mítico Flash Gordon del cine, riéndose de sí mismo (y del personaje por el que siempre será recordado) y haciendo un gran homenaje a la película de 1980, de la que sus protagonistas se declaran fervientemente enamorados. En una de las líneas de diálogo de Ted, el oso decía: “Es tan mala, pero es tan buena”. A continuación vamos a analizar cuánto hay de cierto en esta apreciación.

    por José Martín León
    noviembre 14, 2012

    FLASH GORDON (MIKE HODGES, 1980)

    por José Martín León | noviembre 14, 2012
    Crítica de La mosca, de David Cronenberg
    TERRORÍFICA METAMORFOSIS
    La mosca (The Fly, David Cronenberg, 1986)

    En esta sección, a propósito de La invasión de los ultracuerpos (1978), ya puntualizamos que, en algunas ocasiones, un remake puede igualar en calidad a la película original y en muchos aspectos, superarla. Fueron muchas las nuevas versiones de clásicos de la ciencia ficción de los 50 que pudimos disfrutar en los 80. La cosa (1982), Invasores de Marte (1986) o El terror no tiene forma (1988) corrieron desigual suerte en las pantallas de cine. Mientras que la película de John Carpenter logró hacer olvidar a aquella El enigma de otro mundo (1951) de Howard Hawks, el resto de revisiones salieron peor paradas en las comparaciones con las cintas originales. Junto a La Cosa, el mejor remake que se hizo fue, sin duda, La mosca (1986), donde el controvertido David Cronenberg se llevaba a su terreno la historia corta de George Langelaan, de idéntico título, que ya había conocido una primera traslación al celuloide en 1958 de la mano de Kurt Neumann. Un magnífico clásico, mucho más fiel al relato que la película que hoy tratamos.

    por José Martín León
    noviembre 07, 2012

    LA MOSCA (DAVID CRONENBERG, 1986)

    por José Martín León | noviembre 07, 2012
    Crítica de Furia de Titanes, 1981 - Clash of the Titans review
    MÁS ESTRELLAS QUE EN EL OLIMPO
    Furia de Titanes (Clash of the Titans, Desmond Davis, 1981)

    La memoria cinéfila de todo seguidor del cine fantástico está forjada por inolvidables escenas donde la fantasía se hace realidad gracias a la magia del séptimo arte. Los efectos especiales, hoy tan dependientes de las últimas tecnologías informáticas, han conseguido desde los tiempos de La Luna a un metro (1898) de George Méliès, que el espectador se vea transportado a mundos o situaciones imposibles. Uno de los mayores maestros en convertir estos sueños en realidad fue, sin duda, Ray Harryhausen. Sus aportaciones con la técnica del stop motion en películas tan inolvidables como Simbad y la princesa (1958), La Isla Misteriosa (1961), Jason y los Argonautas (1963) o Hace un millón de años (1966) han marcado un antes y un después en la historia de los efectos especiales. Hoy revisamos su último trabajo: Furia de Titanes (1981), que contiene algunas de sus más celebradas creaciones.

    por José Martín León
    noviembre 06, 2012

    FURIA DE TITANES (DESMOND DAVIS, 1981)

    por José Martín León | noviembre 06, 2012
    Crítica de Poltergeist - Poltergeist review
    EL VIAJE DE CAROL ANNE HACIA LA LUZ
    Poltergeist (Poltergeist, Tobe Hooper, 1982)

    Hace unos meses, a través de esta sección confesé mi debilidad por el subgénero de casas encantadas. Fue con ocasión del recuerdo de la obra maestra del género Al final de la escalera (1980), un filme elegante, sobrio y que huía en la mayor parte de su metraje de efectismos baratos. La película con la que vamos a celebrar este especial Noche de Halloween representa el reverso lúdico y espectacular de la cinta de Peter Medak. Una auténtica montaña rusa que fue el feliz resultado de la colaboración entre un director de culto dentro del género del horror como Tobe Hooper y Steven Spielberg en la producción y el guión. Se trata, como ya habrán podido adivinar, de la mítica Poltergeist (1982).

    Spielberg se encontró en 1982 con dos proyectos muy personales para dirigir: E.T., el extraterrestre y Poltergeist, una historia propia que llevaba años queriendo llevar a la pantalla y que tuvo que dejar en manos del director de La matanza de Texas (1974), ante la imposibilidad de realizar las dos películas a la vez. Sin embargo, es sabido que su participación en el rodaje de Poltergeist fue mucho mayor que la de cualquier productor, hasta el extremo de que se ha puesto en duda en muchas ocasiones la verdadera autoría de Hooper sobre este filme. Ciertamente, si analizamos el resultado final, el filme es una obra 100% spielbergiana, donde los valores familiares y la abundancia de efectos especiales están más cercanos a la propia E.T. que al terror más explícito y cruento característico de Hooper. Tan solo en la macabra escena de la alucinación del parapsicólogo frente al espejo se puede reconocer esa violencia gráfica tan del gusto del director.

    por José Martín León
    noviembre 01, 2012

    POLTERGEIST (TOBE HOOPER, 1982)

    por José Martín León | noviembre 01, 2012
    Aliens, James Cameron
    Cuesta muchísimo empezar a escribir sobre esta magnífica cinta sin citar esa frase que muchos se empeñan en airear: “segundas partes nunca fueron buenas”. Pues bien, si alguien sabe que eso no tiene por qué ser cierto es James Cameron, director y guionista de la película que ahora nos ocupa: Aliens: el regreso (que manía tienen las distribuidoras de añadir coletillas a los títulos de esta saga), secuela de la maravillosa y pionera Alien (Ridley Scott, 1979). Cameron, fan declarado de la primera entrega, allá por 1983 ya tenía en mente un proyecto para retomar la historia que Scott y O’Bannon cuatro años antes habían llevado a la gran pantalla. Se daba la paradoja de que en ese año el joven (por entonces tenía 29 años) cineasta canadiense se hallaba en plena pre-producción de su primer gran filme y, merecidamente considerada, obra de culto: Terminator (1984). Así pues, tras contactar con David Giler y ampliar el guión de cuarenta y cinco páginas a noventa – gracias a que el rodaje se pospuso porque Arnold Schwarzenegger grababa en esos momentos Conan el destructor (Richard Fleischer, 1984) –, 20th Century Fox, sorprendida por la calidad del guión, se decidió finalmente a acoger con 18 millones de dólares el proyecto de Cameron supeditado, eso sí, al éxito que tuviese en su estreno Terminator.

    Ni que decir tiene que la película cumplió con lo prometido, por lo que Cameron convenció primero a Sigourney Weaver para repetir rol principal y posteriormente a la productora para que contratara a la neoyorquina, ya que el director consideraba fundamental contar con la actriz para la cual escribió el guión. Obviamente, habría sido un error garrafal por parte de 20th Century Fox prescindir de Weaver para el papel de Ripley, como quedó demostrado pues su excelente interpretación mereció ni más ni menos que su primera nominación al Oscar como mejor actriz principal (algo inusual tratándose de un filme de ciencia ficción) y ganando, esta vez sí, el premio Saturno al que fue también fue nominada en la primera entrega. Y es que, es bien sabido que Cameron profesa admiración por mujeres “de armas tomar” (una de sus señas de identidad) como la teniente Ripley que no se achantan y desafían la autoridad machista, atributos compartidos con su protagonista femenina más representativa e icónica: Sarah Connor.

    por Unknown
    octubre 09, 2012

    ALIENS (JAMES CAMERON, 1986)

    por Unknown | octubre 09, 2012
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